Los premios

Erich Segal · Capítulo 14 de 65

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Los premios

Capítulo 12

 

 

ISABEL

UNA NIÑA DE DOCE AÑOS INGRESA EN BERKELEY

Niña prodigio en la facultad de física

Associated Press. La Sproul Plaza, en el campus de la

Universidad de California en Berkeley, siempre tiene un aire carnavalesco. Pero, durante unas horas, se revistió ayer de un aura de coronación.

Era el día de inscripción para los de primer curso. El

abigarrado grupo de estudiantes (desde los más desaliñados a los más atildados) se hacinó junto a la cuerda que ejerce de simbólica barrera para ver a la jovencita que acababa de hacer historia.

La niña de doce años Isabel da Costa, de Clairemont Mesa,

parecía más tranquila que los incrédulos espectadores: aguardaba tumo para inscribirse, y convertirse en la más joven estudiante de primer curso de la centenaria historia de la universidad.

Acompañada por su padre, Raymond da Costa, técnico de

laboratorio de Física, de cuarenta y seis años, Isabel hizo gala de un insólito aplomo.

Un enjambre de reporteros trató de abrirse paso para

fotografiarla de cerca, gritándole: «¡Mira hacia aquí, Isabel!» o «¡Anda, bonita, sonríe!». Ella seguía imperturbable en la cola para inscribirse como alumna de primero de Física en el curso académico de 1988.

Irónicamente, quien no pudo dormir la noche anterior fue Raymond da Costa. Mientras Isabel dormía beatíficamente en el dormitorio contiguo, él paseaba de uno a otro lado del salón de su atestado apartamento.

No comprendía por qué estaba tan nervioso.

«¿Por qué demonios estaré tan preocupado? —se preguntaba—. La niña va a marcar un hito histórico. Eso no tiene por qué cambiar nuestra relación», se decía.

Sin embargo, si era sincero consigo mismo tenía que reconocer lo inevitable: «Mañana todo será distinto. Esta noche aún me pertenece; por la mañana pertenecerá al mundo».

Olvidaba que fue él quien propició la publicidad que ahora se daba a tan extravagante situación.

El tutor Kendall sabía que era inevitable que se produjese cierto revuelo. Optó por transigir con los reporteros, aunque les concedió solo un cuarto de hora —«y ni un minuto más»— para entrevistar a la niña prodigio.

Pocos minutos antes de mediodía, Isabel apareció ante cámaras y micrófonos. Raymond, muy poco acorde con su talante, permanecía en un segundo plano.

—Tenemos entendido que piensas licenciarte en Física, Isabel. ¿Podrías decimos por qué has elegido esta disciplina? —le preguntó Natalie Rose, de la United Press International.

—Es bastante difícil de explicar —repuso la pequeña entre los flashes de las cámaras—. Siempre me ha intrigado cómo funcionan las cosas. Supongo que por eso destrocé mi reloj de cuco cuando tenía tres años.

La respuesta de Isabel provocó admirativas risas. Luego, se le acercó una periodista del New York Times.

—¿También estudias música, verdad? —le preguntó—. ¿Piensas tocar en la orquesta de la universidad?

La pequeña miró un instante hacia su padre antes de responder.

—Solo si me eligen como solista. Y a condición de que solo tenga que interpretar «La primavera» y «El verano» de Zas cuatro estaciones.

Esto provocó aún más risas. Los había cautivado a todos.

Los artículos que aparecieron al día siguiente (y a lo largo de la semana, porque también estuvieron presentes periodistas de Time y de Newsweek) fueron de un cariz muy distinto.

Los periódicos más serios destacaban su aplomo e inteligencia. Los más sensacionalistas, en cambio, especulaban con la idea de que Raymond da Costa pudiera ser para su hija lo que Svengali para Trilby.

Comprensiblemente, las historias más insinuantes, y que más explotaban los sentimientos, irritaron a Isabel.

—No es justo —le dijo a su padre llorosa—. Uno de esos payasos incluso te ha llamado «ventrílocuo diabólico».

—Ni caso, cariño —la tranquilizó él—. Nosotros sabemos que no es verdad. Ni siquiera debería leer esa basura. Lo que esa gentuza considera noticia es quién le tiñe el pelo a Ronald Reagan.

Isabel no se calmó tan fácilmente.

—Entiendo que me lo digas, papá, e intentaré que estas cosas no me afecten. Pero ¿no podías haberle pedido al tutor Kendall que me inscribiesen de incógnito, como si ayudase en su despacho o algo así? Porque es que me siento como una mona del Zoo de San Diego.

—De algo así hablamos —le dijo Raymond sin faltar a la verdad, a la que sí faltó a continuación—. Pero opinó que, si había que tratarte como a cualquier otra estudiante, amordazar a la prensa no haría sino estimular su apetito. Lo que haremos es que, de ahora en adelante, los vigilantes del campus se ocupen de que esos parásitos no infecten las clases.

—¿Estás seguro de que esas acusaciones no te preocupan? —le preguntó la niña con visible ansiedad.

—En absoluto —repuso él—. Porque los dos sabemos que no son ciertas —añadió en tono convincente.

Su papel de privilegiado espectador había terminado por gustarle. Al fin y al cabo, cuando jaleaban el talento de su hija, implícitamente, lo elogiaban también a él.

Raymond había conseguido la excedencia indefinida en su puesto del laboratorio de Física de San Diego, aunque el profesor Kinoshita, jefe del departamento, les confesó a sus colegas que, en su opinión, era muy improbable que Raymond regresase.

Esto lo dejaba sin aparentes recursos económicos. Tenía que pagar el alquiler del apartamento y la manutención para él y para Isabel, aparte de que, movido por su sentimiento de culpabilidad, le prometió a Muriel pagar la mitad de la hipoteca de la casa familiar.

No le hubiese resultado difícil presionar para que el departamento de Física de la Universidad de Berkeley lo contratase como experto en equipos de laboratorio. Porque, a diferencia del tutor Kendall, los miembros del equipo no hubiesen puesto reparos a tener entre ellos al mentor de un prodigio de doce años. Que el talento es el talento. Pero Raymond prefirió sacarle partido a su capacidad como mentor por otro camino.

La publicidad que rodeaba a su hija lo había convertido también a él en una celebridad. Se anunció en los tablones del departamento para dar clases de física, y enseguida tuvo más alumnos de los que podía atender, pese a que cobraba treinta dólares por hora.

No fueron solo los estudiantes con dificultades los que acudieron a Da Costa. En cuanto los más brillantes contaron en casa que el padre de Isabel daba clases particulares, los padres animaron a sus hijos a que aprovechasen aquella oportunidad única. ¿Quién te dice que el señor Da Costa no pueda obrar milagros también con ellos?, debieron de pensar.

Para Raymond fue como desentrañar un secreto psicológico: que muchos padres albergaban el íntimo convencimiento de que sus hijos eran genios, faltos solamente de que se diesen a su alrededor las circunstancias favorables.

Raymond programó prudentemente sus clases, de siete a diez de la noche entre semana y los sábados por la mañana; horas en las que sabía que Isabel estaría enfrascada en sus estudios en la habitación contigua.

Los domingos los reservaba exclusivamente para su hija. Si hacía buen tiempo iban de excursión, aunque solo fuese a almorzar al Golden Gate Park, al otro lado de la bahía.

Isabel empezaba a evidenciar las transformaciones físicas que la convertirían en una mujer. Sentía ya la natural ansiedad por no poder hacer las mismas cosas que todas las chicas de su edad. Al salir de excursión con su padre, veía con envidia a las parejas que paseaban de la mano o hacían jogging, respirando aire fresco y charlando alegremente por los senderos flanqueados de árboles.

Todo esto le planteaba cuestiones que una jovencita podía hablar con toda naturalidad con su madre. Pero las dos veces por semana que Isabel llamaba a Muriel por teléfono no eran suficientes (aparte de que siempre hablaba cohibida y nerviosa). Aunque Raymond no estuviera junto al teléfono, Isabel creía traicionarlo si le confiaba intimidades a su madre. Todo lo que podía hacer Muriel era tratar de anticiparse a lo que preocupase a su hija y comentárselo por teléfono, casi como en un monólogo.

Por más que Isabel tuviese que madrugar, Raymond se levantaba antes a prepararle el desayuno: una nutritiva mezcla de proteínas para su crecimiento y de carbohidratos que le aportasen energía física y mental. Casi se había convertido en un experto en nutrición. Leía con avidez todos los boletines de la Facultad de Medicina de Harvard y del hospital Johns Hopkins, aparte de recurrir a toda la información sobre temas de salud de su base de datos.

Aunque él solía acostarse antes de medianoche, Isabel seguía estudiando. Era tal su dedicación que, muchas veces, eludía responder cuando su padre le preguntaba a qué hora se había acostado.

Los extraños suponían que, al llevar una vida tan enclaustrada, Isabel no estaría al corriente de lo que ocurría en el mundo exterior. Lo cierto era que procuraba estarlo, a través de una popular emisora de San Francisco. En cuanto oía roncar a su padre, abría el cajón de abajo, cogía su pequeño transistor y se ponía los auriculares para escuchar a los radioyentes que opinaban sobre el tema del día.

Esto le proporcionó un relativo conocimiento de distintas idiosincrasias y de sus diferentes posturas sobre temas tan candentes como el sida, los derechos de la mujer o la guerra de las Galaxias de Reagan. También tuvo ocasión de oír apasionados (y a veces feroces) debates sobre cuestiones como el aborto, un problema que le interesó mucho. El embarazo y el parto era cuestiones en las que, de modo inevitable, pensaba una adolescente.

Cerca ya de cumplir los trece años, Isabel empezó a preocuparse cada vez más por los cambios que advertía en su cuerpo. Científicamente, los entendía. Hacía mucho tiempo que había leído libros sobre la reproducción. Pero lo que sabía era que «la disminución de secreciones de la glándula pineal, paralelamente al aumento de producción de hormonas adrenocorticales, acompañada de la aparición de vello en la zona genital, señalan el comienzo de la pubertad».

Afrontar lo que todo ello implicaba era otro cantar.

25 de febrero

 

Lo sabía. Soñaba con ello, me preocupaba, me asustaba y

lo deseaba. Todo al mismo tiempo.

Y, sin embargo, al llegar el momento, me ha pillado

totalmente desprevenida.

A última hora de la tarde estaba haciendo un resumen

sobre un experimento que hicimos en el laboratorio. No paraba un momento porque quería tenerlo acabado antes de cenar.

De pronto empezaron a dolerme los riñones y noté una

extraña humedad. Fui corriendo al cuarto de baño, me bajé la cremallera de los tejanos y miré.

Había manchas.

Tenía mi primer período.

No sabía si reír o llorar.

Pero mi problema era más inmediato: necesitaba algo para

que absorbiese la sangre.

De momento tuve que arreglármelas con varios kleenex

cuidadosamente superpuestos. Pero era solo una solución provisional.

Aunque físicamente me sentí mejor (volví a mecanografiar

mi resumen), me resultaba casi imposible concentrarme.

No solo estaba preocupada por «lo que aquello

significaba» (a juzgar por la importancia que le daban a «convertirse en una mujer» las revistas para adolescentes, que había leído en la consulta del dentista). Me preocupaba otra cosa completamente distinta y mucho más compleja que nada de lo que decían aquellas revistas: yo estaba segura de saber afrontarlo, pero me preguntaba cómo reaccionaría papá.

Aunque Isabel no quería decírselo a su padre, en su fuero interno quería que él lo supiese, a pesar de que albergaba el irracional temor de que se enfadase.

No obstante, su problema inmediato era de orden mucho más práctico. Como Raymond rara vez se despegaba de ella (daba la impresión de que, para él, el único territorio seguro fuesen librerías del estilo de Cody) tenía que encontrar el medio de hacerse con lo que necesitaba todos los meses.

Decidió actuar en cuanto volviesen a ir al supermercado de Shattuck Avenue.

El momento de la revelación se produjo cuando padre e hija colocaban la compra en la negra cinta transportadora de una de las cajas.

Ray se quedó sin habla al ver el estuche azul de Kotex.

—Ah… ¿necesitas tú eso? —le susurró apenas.

Isabel asintió con la cabeza.

Raymond no dijo más y siguió con la tarea de vaciar el carrito.

Durante el trayecto de regreso a casa, Raymond permaneció en silencio un buen rato.

—¿Por qué no paramos en Cody? No sé… Algún libro —le dijo, al fin, con toda la naturalidad de que fue capaz.

—Deja, papá. No necesito ningún libro.

—Pues, no sé… —dijo él visiblemente incómodo—. Quizá hablar con alguien.

—Tampoco es necesario.

Isabel creyó que era el momento oportuno para tranquilizarlo sobre el particular.

—Si necesito preguntar algo, puedo llamar a mamá, ¿no crees?

—Sí —masculló él—. Creo que estaría bien que la llamases.

Comprensiblemente, Isabel era frecuente tema de conversación en el campus. No eran solo su talento y su facilidad de palabra lo que despertaba interés. Lo que más daba que hablar era que su padre fuese con ella a todas las clases.

En una entrevista que le hicieron a principios de curso, Raymond explicó que lo hacía solo para asegurarse de que Isabel entendía las explicaciones. En caso necesario, podía ayudarla.

Muchos comentaban burlonamente que Isabel era tan pequeña que tenía que acompañarla para cruzar la calle. Otros lo planteaban al revés: que era el maduro Da Costa quien necesitaba lazarillo.

Por lo menos de manera consciente, Raymond no pretendía sofocar el desarrollo emocional de su hija. Incluso se propuso hacer algo realmente imposible: proporcionarle una vida social sin aflojar las ligaduras del control paterno.

Berkeley podía considerarse, con justicia, pionera del estudio de la cinematografía en tanto que arte. No era de extrañar que alguien de la talla de Pauline Kael iniciase su carrera programando proyecciones en los teatros locales.

Por supuesto, Raymond quiso que Isabel viese una retrospectiva de Ingmar Bergman. Y un sábado por la tarde fueron los dos a ver El séptimo sello y Fresas salvajes.

—No me he enterado de nada —se lamentó su padre en tono jovial al salir, con los ojos castigados después de la doble sesión.

—Sí —dijo ella por seguirle la corriente—. Los subtítulos no eran muy buenos.

—Bueno, por lo menos… —Raymond se interrumpió, no muy seguro de haber oído bien—. ¿No irás a decirme que has entendido los diálogos, Isabel?

—Todos no —repuso ella candorosamente—. Me parece que te entusiasmaste tanto comprando libros sobre Bergman, que no te diste cuenta de que dos estaban en sueco.

Raymond se quedó estupefacto. ¿Hasta dónde llegaba la capacidad de aprender que tenía su hija? Bueno, en el caso de que hubiera algún límite.

A modo de premio, la llevó a comer una pizza en Nino’s Brazilian. Pidió una Coca-Cola para ella y una jarra grande de cerveza para él.

Un grupo de jóvenes de aspecto poco tranquilizador se divertían junto a la máquina de discos. A juzgar por sus risas, iban bastante colocados, y no solo de cerveza.

El que parecía ser el líder, con chupa a lo motorista y cuatro pelos en el mentón, se fijó en ellos y los señaló con el dedo.

—¡Eh, mirad! ¡Ahí tenéis a Humbert Humbert y Lolita!

Raymond enrojeció de ira. Por supuesto, había leído la famosa novela de Vladimir Nabokov acerca de un hombre mayor atraído por las adolescentes, y la insinuación lo sublevó. Perdió los estribos.

—¡Calla la boca, asqueroso! —le gritó, con lo que no hizo sino que el grupo se burlase aún más.

—¡Tranquilo, colega! Que a mí me da igual. Que cada uno se monta su rollo, ¿eh, colega?

Raymond no pudo contenerse. Isabel se asustó al ver que se levantaba e iba derecho hacia el joven.

—¡Mi hija no es mi rollo, rata asquerosa! —le espetó.

—Calma, colega, calma —dijo el joven protegiéndose la cara con las manos—. Ya imagino que joder, lo que se dice joder, no joderéis.

Raymond estalló. El joven quizá no fuese más fuerte pero sí mucho más ágil y esquivó el directo que Raymond le envió.

Isabel vio horrorizada cómo su padre trastabillaba hada adelante y caía de bruces al suelo con un grito ahogado.

—¡Joder! —masculló el joven, aterrado al ver lo que había provocado su impertinencia—. Será mejor que alguien llame a una ambulancia. Me parece que este se ha quedado seco.