Los premios
Capítulo 39
ADAM
AFORTUNADAMENTE, Adam se encontró con un recurso económico con el que no contaba. El modesto salario de Anya como empleada de laboratorio adquirió súbita importancia. Además, gracias a la perversa «generosidad» de Dimitri, tenían un techo bajo el que cobijarse; con goteras, pero techo al fin.
Sin embargo, Adam se sentía más que compensado de su quebranto económico por lo que emocionalmente había ganado. Ahora podía estar con Anya abiertamente, acercarse a su mesa del laboratorio a cualquier hora y abrazarla.
Nunca dudó de la inteligencia de Anya pero ahora podía apreciar su talento científico plenamente. Y lo que ella no aprendía con sus omnívoras lecturas se lo enseñaba él.
Heather pasaría con ellos el siguiente fin de semana. Por alguna inexplicable razón, a la niña le encantaba su desvencijado apartamento y dormir en el sofá-cama que acababan de comprar para sustituir a la destartalada cama turca.
Anya le había caído bien desde el primer momento. Entre otras cosas, Anya tenía una infalible intuición que la ayudaba a comunicarse muy bien con los más jóvenes. Lejos de hacer que se sintiese tratada como una cría, le inculcó la sensación de ser como una amiga, como una igual.
—Tu padre es un profesor estupendo —le dijo Anya en tono admirativo.
—No —le aseguró él a su hija—. Es Anya quien es una estupenda alumna.
—Bueno, por lo menos estáis de acuerdo en que el estupendo es el otro — dijo Heather riendo.
Verlos tan unidos no solo constituía para Heather una satisfacción sino que le infundía seguridad.
—¿Sabéis qué? —dijo Heather—. Que me gustaría mucho quedarme a vivir aquí con vosotros. ¡Menudo chollo con los deberes de ciencias!
—Bueno, cariño, ya sabes que por Anya no iba a quedar. Y, yo, por intentarlo no ha sido —repuso Adam cariñosamente.
—Ya —reconoció Heather sin poder ocultar su contrariedad por no estar siempre con ellos—. ¿Creéis que el Tribunal podría reconsiderar las cosas si os casaseis?
—¿No habrás sido tú quien le ha dicho que nos lo proponga? —exclamó Anya, que le dirigió a Adam una radiante mirada.
—En absoluto, cariño. Conoces de sobra a Heather. Es incapaz de hablar por boca de nadie.
—No faltaría más —confirmó Heather—. Y, cual bostoniana de pro, os expreso mi oficial desaprobación por vuestro oficioso arrejunte. Os iba a pedir un compacto para mi cumpleaños, pero me conformaré con una sencilla boda.
—Amor mío —dijo Adam con fingido tono melodramático—, en bien del equilibrio psíquico de mi hija, ¿querrías considerar la posibilidad de casarte conmigo?
—Por supuesto, cariño. Lo pensaré —contestó Anya alegremente.
—¿Cuándo le darás la respuesta? —preguntó Heather exultante.
—Pues ahora mismo. Ya lo he reflexionado. Y le digo que sí.
Pero la lima de miel tendría que esperar. Porque, en aquellos momentos, no podían abandonar lo profesional. Estaban muy volcados en el trabajo y hacían enormes progresos. Otros centros médicos de distintos países venían ayudándolos, realizando idénticas pruebas con mujeres aquejadas del mismo problema. Y empezaban a llegar los resultados de amplios estudios realizados en Minnesota, Bonn y en la Universidad de Niza. Los datos estadísticos eran asombrosamente parecidos. Ni en sueños imaginó Adam nada tan alentador.
«¡Dios mío, Max! ¡No sabes cómo me hubiese gustado que vieses estos datos!», se decía Adam.
Para las referidas pruebas seleccionaron mujeres que hubiesen tenido cinco o más abortos, sin que hubiese una causa explicable, durante el primer trimestre de embarazo, y las dividieron en grupos. En subsiguientes embarazos, a un tercio las trataron con cortisona. A otro tercio le prescribieron supositorios de progesterona natural por vía vaginal. Al resto no se le prescribió nada, para que sirviese de término de comparación.
Con el entusiasmo que es de suponer por parte de Adam y de su equipo, más del setenta y cinco por ciento de los grupos A y B dieron a luz felizmente. Esto significaba que, si podía convencer a la clase médica, sus colegas podrían sustituir el tratamiento con esteroides por el de progesterona natural y reducir así el riesgo de efectos secundarios.
Y, como no podía ser menos, los sabuesos de las empresas farmacéuticas olieron el enorme potencial económico del trabajo de Adam y les faltó tiempo para abordarlo. Clarke-Albertson, la empresa más entusiasmada con su investigación, se apresuró a hacerle una oferta.
Tras ganarse a los Coopersmith e invitarlos a cenar en la Colonnade, el subdirector de relaciones públicas, Prescott Mason, un trajeado y solemne patricio de Boston de aristocrático acento, se quedó perplejo al ver que Anya no estaba por la labor.
—Con el debido respeto, señor Mason —le objetó ella—. Personalmente, no veo por qué habríamos de comprometernos con ningún laboratorio en estos momentos. Adam tiene todo lo necesario para seguir con su trabajo. No solo nos financia Harvard sino que el Centro Nacional de Investigación ha aceptado generosamente nuestras propuestas.
—Con mayor razón para dejarnos participar. Por su propia seguridad, me refiero —adujo Prescott—. Está claro que apuestan por un caballo ganador. Y mi empresa siempre vela para que los jockeys tengan su justa compensación. Que un poco de dinero extra nunca le viene mal a nadie, ¿no cree, doctor Coopersmith?
Adam se preguntó si era aquella una simple táctica de vendedor o si Mason habría hecho averiguaciones y aludía veladamente a lo castigado que tenía su bolsillo a causa de los onerosos gastos mensuales ocasionados por su divorcio.
El representante de la Clarke-Albertson era un hombre con formación científica, y estaba en condiciones de entender toda la potencial utilización que pudiera derivarse del trabajo de Adam.
—Nuestros laboratorios no solo están interesados en la cura acerca de la que usted investiga, sino en el agente que causa la disfunción. Imagine el provecho que podría derivarse si llegamos a reproducir el anticuerpo que usted trata de domesticar. Me refiero a que, en la actualidad, las mujeres que ustedes tratan ponen reparos por los negativos efectos que pueda tener en sus embarazos. Pero, si le damos la vuelta al problema, podría ser un perfecto sistema de control de natalidad. Ya sabe la que se ha armado con la RU-486 francesa que, técnicamente hablando, es una píldora abortiva. Sin embargo, comoquiera que el producto de ustedes es una hormona natural, el hecho de que sirva, también, como anticonceptivo no plantearía dilema moral alguno.
—Ese es un buen enfoque, señor Mason —admitió Anya—. Las posibilidades serían enormes en países superpoblados y en vías de desarrollo como la India, por ejemplo.
—Cierto —convino Mason, aunque sin excesivo entusiasmo por los potenciales beneficios que pudiera producir un país del Tercer Mundo—. Eso sin contar con otro saludable efecto secundario —añadió en tono risueño—. Si sus investigaciones tienen éxito, atraerán inevitablemente la atención de la Academia sueca.
—¿Qué te decía yo, cariño? —exclamó Anya, mirando a su esposo con expresión radiante.
—¡Bah! ¡Pues no hay codazos ni nada!
—Cierto —admitió el ejecutivo—. Pero la Clarke-Albertson no solo puede financiar y comercializar su trabajo sino que tiene mucha influencia en los medios del Nobel. Tanto es así que ya hemos logrado que lo consigan dos. Y un tercero no llegó a obtenerlo porque falleció antes.
—Me sorprende —dijo Anya—. Siempre creí que ese era el único campo moralmente intachable que nos quedaba.
—No se equivoque —replicó Mason—. No le conceden el premio a alguien que no lo merezca. Tarde o temprano se lo darían a ustedes. Pero ¿acaso no sería magnífico que el reconocimiento llegase lo antes posible?
—Quiero que comprenda una cosa, señor Mason —dijo Adam—. Soy, literalmente, el heredero del cúmulo de datos y conocimientos que le hubiesen reportado el Nobel al doctor Max Rudolph. Y, con franqueza, si el reconocimiento se produjese «lo antes posible», más probabilidades habría de que su esposa llegase a verlo.
—Confío entonces en que eso le haga nuestra oferta más atractiva —dijo Mason.
—Permítame que le sea aún más franco, señor Mason. Lo único que de verdad me atrae de todo esto es el tiempo. Es uno de esos casos en los que el dinero puede comprar tiempo, que es lo único que yo no puedo darles a mis pacientes, que necesitan soluciones lo más inmediatas posible. De manera que si lo que usted propone se las proporciona aunque solo sea un día antes, estoy moralmente obligado a aceptar la mejor oferta.
—Así lo entiendo, doctor Coopersmith —dijo Mason con sincera admiración—. Solo prométame una cosa: que, si alguno de nuestros competidores le hace otra oferta, nos dará la oportunidad de mejorarla.
Anya y Adam pasaron el resto de la noche hablando de la cuestión. Y no tardaron en comprender que no podían desaprovechar aquella oportunidad.
—Déjame que te diga, Adam, simplemente como mujer —dijo Anya con visible emoción— que, aunque este tratamiento no me sirva a mí, servirá a muchas otras, que se sienten frustradas, que no ven más que negros nubarrones en su vida.
—Sí —reconoció él—, muchas de mis pacientes ya han cumplido los cuarenta años, lo que acrecienta su dolor. Aunque solo sea por su bien, creo que no deberíamos hacer esperar mucho al señor Mason para contestarle. Obraríamos muy mal si no aceptásemos enseguida.
Adam se abstuvo de decirle cuánto lo conmovía su altruismo. Le dolía no poder hacer nada para remediar su frustración. Aunque, quizá, le sirviese de consuelo poder ayudar a otras mujeres.
A la mañana siguiente telefonearon a Prescott Mason que, a su vez, telefoneó a su departamento jurídico y este al de Harvard. Y tras negociaciones tan tenaces como educadas, ambas partes creyeron haberse impuesto a la otra.
A partir de la firma del contrato, Adam y Anya ingresaban literalmente en el mundo de los negocios.