Los premios

Erich Segal · Capítulo 25 de 65

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Los premios

Capítulo 23

 

ISABEL

JERRY PRACHT fue el causante de las primeras discusiones serias entre Isabel y su padre, que no estaba dispuesto a que su hija se viese con aquel «inútil desequilibrado», ni siquiera del modo más inocente.

—Me pasma que puedas ver nada positivo en semejante individuo —le espetó Raymond.

—Es muy simpático —replicó ella enfáticamente—. Y muy independiente. Además, mamá me dijo anoche que aprender a jugar al tenis es estupendo. Que es un deporte que ayuda a relacionarse. Y es la primera persona que he conocido con un coeficiente intelectual superior al mío.

—¿Y qué sabes tú? —exclamó Raymond con expresión de incredulidad.

—Se lo pregunté a Karl —confesó Isabel algo azorada.

Sonó el timbre de la puerta y Ray miró su reloj. Era las diez en punto. Desde luego puntual lo era un rato el muchacho. Lo oyeron enfilar escaleras arriba y, al instante, aquel genio supuestamente incomprendido estaba allí frente a ellos, con chándal azul y un par de zapatillas en la mano que no eran precisamente nuevas.

—Creo que te vendrán —dijo Jerry alegremente—. Además, traen suerte: son las que llevó mi hermano cuando, bajo mi experta dirección, ganó el campeonato de Bay Area para alevines de hasta doce años. Pruébatelas a ver. Si te vienen un poco grandes ponte otro par de calcetines.

Jerry había reconsiderado su actitud hacia Ray y había decidido mostrarse más diplomático.

—¿Qué opina de los estudiantes de Berkeley, señor Da Costa? —le preguntó amablemente mientras Isabel se sentaba en un cojín y se probaba las zapatillas.

—Solo he conocido a los más torpes —contestó Ray—. De manera que no puedo opinar.

—Bueno, por lo menos le queda el consuelo de no haber tenido que darme clase a mí —replicó Jerry, que se volvió entonces hacia su alumna—. Vamos, Isa, démonos prisa, que solo he alquilado la pista para hora y media.

—¿Tanto? —objetó Raymond—. Quedará agotada. Y tiene muchísimo trabajo que hacer esta tarde.

—En cuanto a pedagogía tenística se refiere, señor Da Costa, su hija está en manos de todo un maestro. Si veo que se cansa demasiado, descansaremos y daremos un paseo en coche.

—¿Cómo dices? ¿Qué piensas llevarla a dar un paseo en coche? —dijo Raymond exasperado.

—No tema, señor Da Costa, que es una de las cosas en las que destaqué en el instituto. Extremaré la prudencia. Que yo sé lo mucho que quiere usted a su hija, y lo mucho que mi padre quiere al coche.

Raymond cayó entonces en la cuenta de que, de haber pensado antes en el transporte, pudo haber tenido una buena excusa para cancelar la cita. Y, aunque muy contrariado, transigió y confió en que todo fuese bien.

—Os quiero aquí a las doce en punto —dijo—. Que ya te he dicho que Isabel tiene toda la tarde muy ocupada.

—Qué lástima. ¿Y no puede cambiar de planes? —dijo el joven mirando a Isabel—. Porque pensaba que almorzásemos en el club. Me hacen descuento y tienen unas hamburguesas que quitan el sentido.

—Pues lo siento —replicó tajante Raymond—. Tendrás que aparcar lo de quitar el sentido.

Llamó entonces al timbre el primero de los alumnos de Raymond. Jerry aprovechó la oportunidad para hacerle una seña a Isabel con la cabeza y se dirigieron ambos hacia la puerta. Antes de salir se dio la vuelta para tranquilizar a su padre.

—No se preocupe, señor Da Costa, que se la devolveré sana y salva.

A Isabel no se le daba precisamente muy bien el tenis.

Empezó a sentirse incómoda al ver que, pese a las explicaciones de Jerry, no acertaba una. Al cabo de media hora quedó hecha polvo.

—Vamos a dejarlo ya, Isa. Que es tu primer día y estás un poco en baja forma.

—No lo entiendo —dijo ella jadeante—. Hago jogging casi todas las mañanas.

—No te preocupes. Quizá no corras lo bastante deprisa. Dentro de unas semanas, cuando te enseñe mi servicio atómico, a lo mejor me das una paliza.

A las doce menos cinco, Jerry miró su reloj.

—¿Qué? ¿Aprovechamos nuestros últimos preciosos instantes para tomarnos un té helado? —le propuso.

—Estaba esperando que me lo ofrecieses —repuso Isabel sonriente.

—He notado que disfrutas quedándote con los demás haciéndote el tonto —comentó ella al sentarse a una mesa de la terraza—. Pero, en serio, ¿qué piensas hacer de mayor?

—Ahí está lo malo, Isa —contestó él—, en que ya soy mayor. Paco Rodríguez, mi entrenador, cree que, si me esfuerzo, en un par de meses estaré preparado para entrar en el circuito profesional. Supongo que nunca habrás leído el California Tennis, pero me dedicaron un artículo el pasado verano tras ganar el campeonato absoluto junior. Aunque no llegue a hacer gran cosa y las fieras de las pistas me destrocen, será toda una experiencia.

—¿Y la astronomía? —preguntó Isabel—. ¿No te gustaría reanudar los estudios?

—Nunca los he dejado. Que no vaya a clase no quiere decir que no devore todos los números de Sky and Telescope. Ni que no vaya al Exploratorium, y al Morrison Planetarium. Incluso a veces me paso toda la noche con mi telescopio, contemplando los fuegos artificiales del universo.

—¿Con tu amigo Darius? —preguntó ella para demostrarle que recordaba todo lo que dijo en su primer encuentro.

Jerry la miró con una extraña expresión, como si sus retinas se hubiesen desenfocado.

—No, con Darius no —balbuceó.

—Pues yo creía…

—Es una larga historia que no creo que te gustase mucho. —Tú inténtalo.

En cuanto Jerry abrió la boca se notó que estaba ansioso por contársela.

—Darius Miller iba un curso por delante de mí en la Manchester School, para los llamados niños superdotados. Era un genio de las matemáticas. Le aceptaron un primer artículo en Random Structures and Algorithms con apenas doce años. Y cuando el artículo estaba aún en la imprenta, dio un recital de piano en el Arts Center de Walnut Creek. ¿Te imaginas? ¿Que toda una promesa del Hollywood Bowl lo invitase a tocar en uno de sus conciertos de verano? Pero a sus padres, que eran también profesores universitarios, no les gustó la idea de que perdiese el tiempo en ensayos.

Jerry se excitaba cada vez más a medida que se lo contaba.

—Perder el tiempo, Isa. ¡Que te digan eso con apenas doce años! — prosiguió—. Yo era su único amigo, aunque no me hacía ilusiones respecto de cuál era la razón por la que sus padres me aceptaban. Por lo pronto, porque mi padre es quien es, y porque yo siento verdadera pasión por la astronomía. Sabían que, conmigo, pasaría el tiempo hablando de enanas azules y gigantes rojas, en lugar de… uy, líbrenos Dios de hablar de chicas y de béisbol. Pero da la casualidad de que también soy muy marchoso y de que me encanta practicar deportes. Al tenis no podía jugar con Darius, claro está. Pero, un día que vino a casa, le presté unos patines y, aunque no puede decirse que a Darius le entusiasmase el ejercicio físico, le encantó. Pero se cayó y se rompió un brazo. Para qué te cuento cómo reaccionaron sus padres. Se cabrearon tanto que le prohibieron volver a jugar conmigo; ni siquiera en su casa.

Jerry tomó aliento antes de llegar a lo más penoso.

—La verdad es que no creo que fuese culpa mía, aunque bien sabe Dios que me remuerde la conciencia. El caso es que seis semanas antes de cumplir los dieciséis años, Darius se suicidó —dijo Jerry sin perder la sonrisa—. Creo que no pudo soportar hacerse mayor.

Isabel se estremeció. No solo por lo que acababa de oír sino por la tristeza que reflejaban los ojos de Jerry.

—Debiste de quedar destrozado —musitó.

—Y furioso. Muy furioso —asintió él—. Se celebró un funeral en su memoria en el colegio. Todos los profesores elogiaron su inteligencia, venga a perorar sobre la gran pérdida que representaba para la ciencia, y toda esa basura. Y, encima, tuvieron la infausta idea de pedirme que dijese yo unas palabras —añadió con visible irritación al evocarlo—. Reconozco que yo estaba fuera de mí, pero no dije sino la verdad: que dondequiera que estuviese entonces, Darius estaría, por fin, como nunca estuvo en vida, despreocupado. Iba a decir «feliz», pero Karl, que habló antes que yo, creyó que era ir demasiado lejos. Al fin y al cabo, tanto el doctor Miller como su esposa estaban destrozados por el dolor.

Jerry se interrumpió de nuevo, muy afectado al evocar aquella pesadilla. Por un momento dio la sensación de ir a romper a llorar.

—Perdona, Isa —musitó al proseguir—. Quizá no debería haberte contado…

—No… Ya sé por qué lo has hecho. Me encaja bastante —admitió—, aunque no del todo.

—Pero también lo he hecho para contarte mis cosas. Me gustaría que fuésemos amigos, y no podríamos serlo si me tomas por un irresponsable. Solo que, al suceder lo de Darius, lo planté todo.

—¿Cómo reaccionaron tus padres?

—Verás. No se pusieron a dar saltos de alegría. Pero supongo que pensaron que era mejor que dejase el colegio que dejarlos a ellos. De manera que me metí en la noria del tenis. Me hacía olvidarme de todo. Me pasaba el día pegándole a la pelota y la noche mirando a las estrellas. Cualquier cosa menos claudicar con el sistema que destrozó a Darius.

Jerry tuvo que sobreponerse para continuar.

—Me dejó el telescopio. Lo tengo en el patio de atrás de casa de mi padre.

Isabel tenía el corazón en un puño, entristecida por lo ocurrido con Darius, y por Jerry.

—¿Sabes qué hora es, Isabel? —los interrumpieron de pronto.

Ambos se sobresaltaron. Habían perdido la noción del tiempo y, como evidenciaba la presencia de Raymond, rebasado con creces el toque de queda.

Desconcertada por la inesperada aparición de su padre, Isabel se quedó admirada por el aplomo de Jerry.

—Lo siento muchísimo, señor Da Costa —dijo en tono compungido al levantarse—. Ha sido culpa mía. ¿Puedo repararlo invitándolos a los dos a un almuerzo rápido?

Isabel le dirigió una implorante mirada a su padre, que era obvio que tenía otros planes.

—Lo siento —contestó Raymond con acritud—. Ya nos hemos permitido demasiadas frivolidades para un fin de semana. Isabel tiene que hacer muchos deberes y ha de preparar una importante intervención para un seminario.

—Si se refiere al trabajo que le mandó hacer mi padre —dijo Jerry, que no se rendía así como así—, ya se lo entregó la semana pasada.

—¡Vaya! —exclamó Raymond en tono glacial—. ¿Le comenta su padre las clases?

—No —reconoció el joven—, sobre todo porque a mí me aburre mortalmente todo ese asunto teórico que enseña. Pero le impresionó tanto el trabajo de Isabel que me comentó la posibilidad de hacer que se publique — añadió volviéndose hacia su alumna—. Fenomenal, por cierto, Isa.

—¿Que se publique? —musitó Raymond casi para sí—. ¿Cómo es que no me has contado nada, Isabel?

—Pues porque es la primera noticia. ¿Estupendo, no?

—Estoy seguro de que habrá muchas otras noticias como esta —terció Jerry—. Pero, bueno —añadió al ver la dura mirada que le dirigía Raymond —, no quiero interferir en los progresos de la ciencia.

Jerry Pracht fue a dar media vuelta para marcharse. Antes de hacerlo miró a Isabel.

—Quizá la semana que viene sí puedas quedarte a almorzar, ¿eh? —le dijo balbuciente.

—Gracias, Jerry —repuso ella sin comprometerse—. Me lo he pasado muy bien.

—Me alegro. Espero que nuestra conversación no te haya deprimido.

Raymond enfiló entonces hacia el aparcamiento seguido de su hija.

—¿A qué conversación se ha referido? —le preguntó a Isabel ya en el coche, de regreso a casa.

—Ahora entiendo mejor a Jerry. Me refiero a que comprendo por qué dejó el colegio.

—¿Qué quieres decir?

—Su mejor amigo se suicidó.

—¿Por alguna razón especial?

Isabel vaciló un instante antes de contestar.

—Por ser un genio —repuso quedamente.

28 de junio

 

Hoy he tenido mi primera cita con un chico. No ha sido

apasionada como las de Romeo y Julieta. Han sido unas horas en compañía de un chico que, a pesar de no haber terminado los estudios en el instituto, está a años luz de mí en inteligencia.

Y, además, sin carabina. Hasta última hora, citando ha

llegado mi padre. Pasamos tanto tiempo juntos que casi puedo leerle el pensamiento. Y ha estado muy taciturno de regreso a casa. No sé por qué, pero me parece que ha pensado que Jerry me ha contado lo de Darius como un modo indirecto de criticarlo a él. Confío en haberlo convencido de que Jerry solo pretendía explicarme sus cosas.

Y entonces me ha soltado de sopetón que si «se había

comportado».

O sea, su indirecta manera de preguntarme si Jerry había

intentado meterme mano o algo parecido. Casi me entran ganas de gritar. «¡Qué pregunta más tonta, papá! Por supuesto que se ha comportado», le he dicho, a ver si así dejaba de preguntarme.

Aunque, mientras me duchaba, he recordado perfectamente

que Jerry sí que me había «tocado». En cierto modo, claro. Al mostrarme la postura para golpear de revés, se ha colocado

detrás de mí y me ha acompañado los brazos para enseñarme el movimiento. Y, aunque estoy completamente segura de que se ha tomado en serio su papel de profesor, mi espalda ha rozado ligeramente su pecho varias veces.

Eso ha sido todo. Y estoy segura de que para él ha sido

como cualquier otra clase de tenis que haya dado.

De todas maneras, dudo que vuelva a suceder en este siglo.

Porque tal como he visto a papá, creo que sería inútil preguntarle siquiera si me dejará volver a jugar al tenis con Jerry. Sobre todo porque tengo una semana muy difícil en la facultad.

7 de julio

 

Jerry aún no ha llamado.

12 de julio

 

Jerry sigue sin llamar.

19 de julio

 

Jerry no va a volver a llamarme.

 

26 de julio

 

He tenido una buena noticia, y otra mala. A papá se le ha

escapado que sí me ha llamado Jerry (dos días después de nuestra cita). Pero le hizo prometer que no me propondría volver a salir hasta que terminase los exámenes.

Pase que me lo ahuyente pero, por lo menos, podría

habérmelo dicho.