Los premios
Capítulo 43
ISABEL
11 de septiembre
Jerry tenía razón. Trasladarme al MIT ha resultado ser una
buena idea en muchos más aspectos de los que papá y yo podíamos imaginar. En primer lugar, como ahora ya soy mayor (metro sesenta y cinco con zapatillas de deporte), nadie en el campus murmura ni enarca las cejas, ni me señala al pasar. Hay muchos chicos de mi edad, e incluso un par son más jóvenes.
Hay un portento matemático, procedente del instituto de
Bachillerato del Bronx (sección Ciencias) que solo tiene quince años y (el muy afortunado) tiene por lo menos media docena de chicos de su edad con quienes hablar. Quizá lo más asombroso es que se aloja en el dormitorio con otros estudiantes.
Yo, también aquí estoy de incógnito. Gracias a Karl, que le
pidió a la oficina de prensa del MIT que hiciesen caso omiso de mi llegada.
Con lo caro que cuesta estudiar aquí en Cambridge, no hay
tantos estudiantes dispuestos a pagar treinta dólares la hora para que les dé clase el padre de Isabel da Costa. Pero, afortunadamente, una de las condiciones que Karl me consiguió del «Tec» (que es como llaman aquí al MIT) es que, pese a las objeciones de mi padre, estoy obligada a trabajar dos tardes a la semana como profesora ayudante de los chicos que se inician en prácticas de laboratorio. Pero no me plantea ningún problema para preparar mis cursos de doctorado. Lo
arduo será cuando tenga que leer la tesis. Con la tesina ya tuvieron dificultades para seguirme. Y, ahora, claro está, habré de hacerlo mejor, además de evitar la polémica. Aunque parezca increíble, aún publican cartas atacándome en las revistas.
Medio en serio, medio en broma, dice papá que ahora ya sé
cómo se sintió Galileo.
En cierto modo, Isabel da Costa llevaba una doble vida. Por un lado, su asalto a la teoría de la quinta fuerza le había labrado una reputación mundial. Con independencia de que unos científicos estuviesen a su favor y otros en contra, había alcanzado tanto prestigio como notoriedad.
Sin embargo, en el campus del Instituto Tecnológico de Massachusetts no era más que una posgraduada que tenía que sudar para conseguir el doctorado.
Quizá su espaldarazo más relevante fuese un artículo que Karl Pracht publicó en The Physical Review, en el que decía que, tras repetir diversos experimentos, había comprobado que la refutación de Isabel da Costa era correcta.
Aunque no le faltasen invitaciones de estudiantes para salir a cenar o al cine, se veía obligada a limitar su vida social a la cafetería de la facultad, donde estaba la máquina de café teórico. Apenas le quedaba tiempo más que para supervisar y ser supervisada.
En el MIT tenía oportunidad de conocer a otros talentos que, si no más brillantes que los de Berkeley, estaban siempre con la cabeza más fresca, porque la universidad tenía una cincuentena de profesores de física en dedicación exclusiva.
Todos los profesores del departamento querían dirigir su tesis. Sabían que, allá donde Isabel excavaba, terminaba por salir oro de cuyo brillo inevitablemente participarían.
Como a lo largo de todos sus estudios, realizaba los trabajos de doctorado con suma facilidad y hacía que los profesores que dirigían los seminarios se andasen siempre con pies de plomo con ella. Pero, en el fondo, disfrutaban tanto como Isabel ante el reto que significaba tener una alumna tan aventajada. Isabel no recordaba haber sido nunca más feliz.
Por lo menos intelectualmente.
Aunque solo fuese una profesora ayudante, tenía derecho a un cubículo al que pomposamente llamaban despacho. Pero como tenía teléfono y su ordenador personal, e intransferible, conectado a la red del Tecnológico, el cuartito en cuestión podía arrogarse cierto carácter oficial.
A diferencia de la rutinaria vida de Isabel, la de Jerry no podía ser más nómada: distintas ciudades, horas distintas siempre de hotel en hotel. Pero nunca dejaba de llamarla a horas en que sabía que podría hablar libremente.
Aunque llevaban sin verse desde mediados del verano, se sentían increíblemente unidos; cada vez más.
Lo cierto era que Jerry era demasiado joven para el circuito, sobre todo teniendo en cuenta que iba solo, sin entrenador.
Perdía casi siempre, y ya empezaba a considerar una victoria que los jugadores mayores que él no lo barrieran de la pista.
Pero, aunque se hubiese estancado en la clasificación de la Asociación de Tenistas Profesionales, Jerry tenía sus seguidores, sobre todo en el laboratorio de Pracht. Porque su carrera deportiva hacía que los científicos que lo conocían se sintiesen un poco «olímpicos». Aunque no fuese consciente de ello, se estaba convirtiendo en un héroe para docenas de sedentarios físicos, que veían en él a una especie de Lancelot por delegación.
Además, incluso en sus breves apariciones en el Canal Deportivo, interpretando el papel de sparring ante fenómenos como André Agassi y compañía, Jerry era el protagonista en otro terreno.
Muchas jovencitas aficionadas al deporte se interesaban más por el atractivo de los jugadores que por la calidad de su juego. Y, en este sentido, Jeny Pracht ganaba más puntos que el exuberante Agassi.
Qué no sentiría Isabel sentada frente al televisor del salón, ansiosa por verlo jugar, y oír los suspiros que provocaba entre las estudiantes el atractivo rubio.
Pues lo que sentía era, a veces, alegría, otras orgullo y otras soledad… y un cierto embarazo.
En una ronda de clasificación, en la que a Michael Chang le bastaron cuarenta y cinco minutos para mandar a Jeny a la ducha, una posgraduada se dirigió a las demás en voz alta.
—Y pensar que un tipo maravilloso como ese andará por Houston sin nada que hacer. Me dan ganas de llamarlo y ofrecerle mi compañía.
—¿No querrás decir tus servicios? —dijo una estudiante zumbona.
—¿Y por qué no? —contestó la otra—. Que está muy en su punto, y yo también.
—Pues no te hagas ilusiones, monada. Que un ejemplar como ese, seguro que tiene por lo menos media docena de premios de consolación esperándolo a la salida de los vestuarios.
Por más que bromeasen, estos comentarios afectaron mucho a Isabel, que estuvo a punto de echarse a llorar antes de ir a encerrarse en su despacho.
Pero tuvo su compensación. Porque, a los diez minutos, sonó el teléfono.
—¡Dios, cómo me alegro de que estés! —exclamó Jerry tan aliviado como ella compungida—. Tengo una depresión terrible. Me han dado un palizón que no veas. Mi hermano Dink lo hubiese hecho mejor incluso sin raqueta.
Su intuición le dijo a Isabel que era más prudente no comentarle que acababa de ver el partido.
—¿Cómo ha sido? —se limitó a preguntarle.
—Prefiero olvidarlo —contestó él con franqueza—. Aunque la verdad es que si no me desahogo, estallo.
Y le largó una perorata, que duró casi tanto como el partido, fustigándose por lo mal que había jugado.
—Bueno, Isa, perdona —dijo al fin—. Menuda manera de aburrirte.
—Que no, Jerry. Es natural —le dijo ella en tono confortador.
—En parte, he estado tan descentrado —prosiguió Jerry— porque sabía que Paco me estaba viendo. En cuanto cuelgue me va a poner de vuelta y media. Si sigo jugando así, es posible que ni siquiera me reserven mi empleo en el club.
—Vale ya, Jerry —lo reprendió ella—. Yo no entiendo nada de deporte, pero lo que sí sé es que todo el mundo tiene un mal día. Y hoy te ha tocado a ti.
—¿Por qué será, Isa, que aunque eso está más sobado que el pan de pueblo, me sienta tan bien viniendo de ti?
El cumplido la llenó de satisfacción.
—¿Crees que será por lo que siento por ti? —añadió él.
«Espero que sí», se dijo Isabel.
—En fin —prosiguió Jerry—. Ya me veo venir que Paco me va a sacar del circuito para que me machaque en los entrenamientos durante una semana. Ya te llamaré cuando sepa adonde me manda. Ah, y por cierto: si en algún momento te sientes tan deprimida como yo hoy, y quieres que te haga de paño de lágrimas, aunque sea por teléfono, papá siempre sabe dónde localizarme.
Jerry no se acababa de decidir a terminar la conversación, porque la había llamado también por otra razón. Al final se lo confesó con voz queda.
—Te echo mucho de menos, Isabel. A veces me pongo fuera de mí, rompería todas las raquetas y volaría a tu lado.
Isabel trató de ocultar su alegría bromeando.
—Y a empollar otra vez.
—No —dijo él riendo—. Todavía no estoy tan loco. Buenas noches. Eres maravillosa.
Como de costumbre, Isabel llamó a su padre poco antes de salir del laboratorio, para que fuese a recogerla y acompañarla a casa (una prudente práctica urbana a cualquier edad).
—¿Has trabajado mucho? —le preguntó él mientras caminaban por las calles desiertas.
—Un poco —musitó ella, absteniéndose de cualquier comentario acerca de la conversación con Jerry, que la tenía como en una nube.
—¿Sabes? —comentó él ingenuamente—. He visto a tu viejo amigo por televisión.
—¿A quién? —preguntó ella haciéndose la desentendida.
—¿A quién va a ser? Al joven Pracht. Lo han barrido de la pista. La verdad es que como tenista no promete mucho.
«Pues muy bien, papá —pensó Isabel—. Pero como persona es extraordinario».
A diferencia de su hija, Raymond tenía mucho tiempo libre, prácticamente todo, desde que la dejaba a la puerta del laboratorio hasta que iba a recogerla a la hora que acordasen.
Bien es verdad que hacía todas las tareas domésticas (limpiar, comprar y cocinar). Luego se sentaba a leer el montón de publicaciones a las que Isabel estaba suscrita, para marcarle o recortarle todo aquello que creyese importante.
No era, desde luego, un tipo de vida muy satisfactorio, y tenía conciencia de ello. Lo más doloroso era percatarse de que también Isabel lo veía así.
Una mañana, al llegar al laboratorio a las ocho, Isabel encontró colgando del pomo de la puerta una nota de Karl Pracht, en la que le pedía que fuese a verlo lo antes posible.
Aunque un poco extrañada, fue enseguida a su despacho que, de acuerdo al rango de Pracht, era muy espacioso y tenía una espléndida vista al río Charles y a los resplandecientes rascacielos de la ciudad que se extendía a lo lejos.
Karl le ofreció una taza del excelente café de su cafetera de filtro.
—¿De qué se trata? —preguntó ella tras tomar un sorbo.
—De tu tesis, Isabel… o, más exactamente, de la falta de ella. Desde que nos conocemos, has estado en constante ebullición con teorías, ideas, conceptos, material suficiente para tener a todos los físicos de los Estados Unidos ocupados durante un siglo. ¿No te parece extraño que no acabes de redondear ni uno solo de los temas de la tesis?
Isabel se encogió de hombros.
—¿Quieres que aventure mi propia hipótesis?
Ella asintió con la cabeza.
—Es por tu padre, ¿verdad? —le preguntó él mirándola, aunque sin obtener respuesta—. Mira, Isabel; tarde o temprano, acabarás tu tesis y te van a llover ofertas para plazas de profesora titular. Y, llegado ese momento, ya no se podrá eludir la realidad de que el papel de tu padre habrá terminado definitivamente. Habrá hecho una brillante labor y podrá dormirse tranquilamente en los laureles. Pero ¿qué demonios vas a hacer tú con él entonces?
Isabel permaneció en un silencio que se hizo interminable.
—Es que me necesita —dijo al fin quedamente—. Me necesita de verdad.
—Lo sé tan bien como tú —convino Pracht en tono solidario—. El problema reside en que tú ya no lo necesitas.
—Mire, Karl, déjeme que le sea totalmente sincera con respeto a mi padre… —dijo Isabel vacilante y casi sin aliento—. Es que me da pánico.
El fax llegó a última hora de una noche de otoño, a principios de su segundo curso en el MIT. Lo habían enviado en principio al departamento de Física de Berkeley, que era al que pertenecía Isabel cuando publicó su polémico artículo, tal como figuraba en el mismo.
El decano llamó a casa de los Da Costa en Cambridge. Isabel se sorprendió gratamente al oír la voz de su antiguo profesor. Tras intercambiarse efusivos saludos, el decano le dijo algo que la hizo gritar de júbilo.
—Sí. ¡Es fabuloso! Pase el fax al departamento. Voy a correr tanto que llegaré antes de que haya acabado de pasar.
Gracias. ¡Un millón de gracias! —dijo Isabel, que colgó y se volvió entonces hacia su padre—. No te lo vas a creer: la Academia de Ciencias italiana me ha concedido el premio Enrico Fermi.
—¿El Fermi? —exclamó Raymond atónito—. Ese es el premio más cercano al Nobel de Física que le pueden dar a uno. ¿Cuándo es la ceremonia?
—La verdad —dijo Isabel meneando la cabeza con incredulidad— es que la noticia me ha dejado tan atónita que apenas recuerdo nada más de lo que ha dicho. De todos modos, no importa, porque lo dirá el fax. ¡Oh, papá! — añadió abrazándolo llorosa, de pura alegría.
«Me muero de ganas de llamar a Jerry esta noche para decírselo», pensó Isabel.
—¡No sabes lo orgulloso que estoy de ti! —dijo Ray.
—Sola jamás lo hubiese conseguido, papá.
Y, mientras seguían abrazados, se percataron de algo que ninguno de los dos comentó: Isabel ya era más alta que su padre.
El premio Enrico Fermi lo instituyó la Accademia Nazionale dei Lincei para honrar la memoria de quien fuera profesor de Física Teórica en la Universidad de Roma. Era uno de esos raros científicos tan dotado para la experimentación como para la especulación teórica.
Tras obtener el premio Nobel en 1938, Fermi escapó de la Italia fascista de Mussolini y emigró a los Estados Unidos, donde se convirtió en uno de los más destacados miembros del equipo que, en Chicago, logró la primera reacción nuclear sostenida, un experimento que culminó con la producción de la primera bomba atómica.
Al igual que tantos otros premios científicos (incluso los más modestos), el galardón no llevaba aparejado solo una placa, o una estatuilla, sino que incluía una dotación económica. En el caso de Isabel, su arduo trabajo en el campo de la física de las altas energías se veía ahora compensado con setenta y cinco mil dólares.
Su Boeing-747 aterrizó en el aeropuerto romano Leonardo da Vinci al amanecer. Tres caballeros de distinguido aspecto, con impecables ternos negros, aguardaban a los Da Costa al desembarcar. Eran el presidente de la Academia, Raffaele de Rosa, y dos miembros del comité ejecutivo.
Mientras uno de ellos le entregaba un ramo de flores a aquella radiante jovencita de ojos castaños, se dispararon innumerables cámaras desde el otro lado del cordón de seguridad.
El respetuoso talante de los miembros de la comitiva de recepción, que la llamaban signorina Da Costa, contrastaba con el de los fotógrafos.
—¡Anda, sonríenos, Isabella! —le gritaban decenas de reporteros gráficos.
—¡Acércate!
—¡Saluda a toda Italia!
Mientras les recogían el equipaje, Isabel y su padre pasaron el control de aduana. Luego los tres académicos los condujeron hasta donde les aguardaba una limusina Mercedes.
Raymond, que no estaba acostumbrado a beber más que cerveza ligera, no pudo resistir a la tentación que le ofrecían las azafatas de Alitalia, que le sirvieron una copa tras otra de Asti Spumante.
De manera que franqueó la acristalada puerta de salida con paso inseguro, en compañía de dos profesores de física, justo detrás de su galardonada hija.
Durante el largo trayecto hacia la todavía dormida ciudad, uno de los científicos les leyó, en un inglés de libro y con fuerte acento, el programa de actos que los organizadores habían preparado con gran esmero. Incluía conferencias de prensa, almuerzos, más conferencias de prensa, entrevistas en televisión, dos cenas en su honor (una de ellas la víspera del gran acontecimiento en la que el estómago de Isabel estaría ya lleno de pasta de todas las formas y colores).
La apoteosis tendría lugar en el aula magna de la universidad, donde se le haría oficialmente entrega del premio.
Se esperaba que Isabel pronunciase un discurso de aceptación, después del cual irían al hotel Excelsior, donde se celebraría el banquete con el que se daría por concluido el programa de actos.
Mientras su padre se dedicaba a disfrutar de las delicias de la primera clase durante el vuelo, ella había repasado su discurso, que sería retransmitido en directo por la RAI.
El comité organizador no había escatimado gastos para mostrar su aprecio por los logros de la joven física. En la lujosa suite que les reservaron a los Da Costa en el Excelsior había no menos de una docena de ramos de flores.
Por pura intuición, Isabel se detuvo ante el más exuberante de los ramos, que, como enseguida imaginó, era de Jerry: «¡Suerte! Te quiero. J.».
Isabel guardó inmediatamente la tarjeta en su bolso.
Raymond estaba tan mareado que se excusó y fue a dormirla a su habitación.
Su hija, en cambio, pidió para ella el frugal desayuno europeo con café bien cargado, para estar despejada durante las doce horas de respiro que tenían, hasta el alud de la solemne ceremonia en el aula magna.
Después de trabajar alrededor de una hora, se levantó de su elegante escritorio (toda una antigüedad) y fue de puntillas hasta la puerta de la habitación de su padre. Como lo oyó roncar aparatosamente corrió al teléfono, sacó su pequeña agenda de la funda en la que llevaba también el pasaporte y marcó el número.
—Hola —musitó, temerosa de que su padre se despertase y la oyese—. Soy Isabel da Costa. Supongo que estaría esperando mi llamada…
Isabel permaneció unos instantes en silencio mientras escuchaba lo que le decían desde el otro lado del hilo.
—No —dijo luego—. No tendré el dinero hasta que concluya la ceremonia. Pero ya me he ocupado de que le libren un cheque conformado por el banco. Es como dinero en metálico. Espero que lo que me venda sea tan extraordinario como asegura o, de lo contrario, no hay trato. De acuerdo. Hasta entonces, pues. Grazie.