Los premios

Erich Segal · Capítulo 53 de 65

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Los premios

Capítulo 52

 

 

ISABEL

RAYMOND da Costa estaba muy ofendido.

—¿Cómo has podido hacer una cosa así? ¿No crees que merecía que me lo hubieses dicho a mí antes que a nadie?

Nunca se había enfadado tanto con ella. Jamás la había recriminado tan dolido.

—Perdona, papá —se excusó ella con suavidad—, pero no tenía objeto mostrártelo hasta estar segura de que mi formulación era correcta.

—Lo que quieres decir es que crees que excede mi capacidad de comprensión.

Isabel se dio cuenta de la escasa entidad de su excusa. La verdad era que podía habérselo explicado a su padre en términos comprensibles para él, pero no se decidió a hacerlo. Aunque no sabía exactamente por qué le había negado el placer de la primicia.

Y allí tenía ahora a su padre, sentado frente a la mesa de la cocina. Se tapaba el rostro con las manos, lloroso.

Isabel sintió un escalofrío y se alarmó. Inconscientemente, quizá hubiera llevado demasiado lejos la reserva para evitar prematuras filtraciones de su descubrimiento. Se reprochaba haber sido tan dura con su padre; además temía que se desmoronase.

—Perdona, papá. Es verdad. Tenía que habértelo dicho a ti primero.

Se sintió como paralizada, con la dolorosa certidumbre de haberle infligido una herida que nunca cicatrizaría.

Oyó sonar el teléfono y lo cogió de inmediato.

—¿Sí? Ya se lo he dicho —contestó a lo que le preguntaban desde el otro lado del hilo—. Claro que se ha alegrado. A las ocho entonces.

—¿Jerry Pracht, no? —le espetó su padre cuando ella hubo colgado.

—Está de paso. Va a Wimbledon y me ha invitado a cenar.

—¡Pero si es un crío! No tiene ninguna posibilidad.

—Pues a Becker lo ganó.

—Porque estaba con gripe. Jugó con casi cuarenta de fiebre. Lo eliminarán en la primera ronda.

—¡Aunque no lograse hacer pasar una sola pelota al otro lado de la red no me decepcionaría en absoluto! —le gritó Isabel ya exasperada—. Por favor — añadió inmediatamente, en un esfuerzo por dominarse—. No quiero dañarte.

—Pues si llegas a querer…

—Anda, salgamos a correr un rato y nos tranquilizaremos —le rogó ella —. Y te contaré mi idea para la tesis.

Al escuchar las palabras de su hija, los sentimientos de Raymond se aplacaron casi instantáneamente.

—Te lo agradezco —le replicó en tono afectuoso—, pero, últimamente, prefiero hablar de los temas científicos confortablemente sentado. ¿Me lo cuentas al volver mientras nos tomamos un té helado?

—De acuerdo, papá. Estupendo —repuso ella.

Isabel fue a ponerse el chándal y, al volver al cabo de un momento, lo besó en la frente.

—Y no hagas tonterías mientras yo estoy fuera —le advirtió ella.

—¿Qué tonterías quieres que haga? —exclamó él de buen talante.

—Pues volver a limpiar la casa, por ejemplo —bromeó ella.

Mientras corría, Isabel no dejaba de reprocharse haber sido tan dura con su padre. Él le había consagrado muchos años de su vida. ¿No podía haber esperado unos días y ser un poco más indulgente con él?

Al volver al apartamento sintió verdadero alivio al ver que, por lo menos aparentemente, su padre estaba de mucho mejor humor. Había preparado una jarra grande de té con unas hojas de menta.

Isabel fue a ducharse, se puso unos vaqueros y una camisa, cogió sus blocs de notas y se dispuso a hacer su segunda disertación del día.

Raymond estaba extasiado por el talento de su hija. Su teoría no solo resultaba coherente sino que, como ocurría con muchos grandes descubrimientos, parecía haber estado siempre a flor de tierra y aguardar a que alguien la recogiese.

—Esto hay que celebrarlo —dijo Raymond cuando Isabel hubo terminado.

—Gracias, papá. Mañana podemos…

—Ya sabía yo que algo extraordinario habías descubierto —la interrumpió él—. Así que, mientras tú corrías, he ido a comprar todo lo que más te gusta. Estoy preparando la cena más fantástica de tu vida.

—Pero, papá —protestó ella amablemente—. Que Jerry va a pasar a recogerme.

—Esta es una ocasión muy especial para ti —farfulló crispado, como si hablase solo.

A Isabel no le pasó inadvertido que su padre no hubiera dicho para nosotros (algo insólito en él).

Estaba claro que no tenía la menor intención de despegársele. Paradójicamente, Isabel tuvo que asumir el papel de madre que trata de calmar a un hijo que se ha puesto histérico.

—Mira, papá. Ahora voy a cambiarme y cuando venga Jerry nos iremos.

Él hizo caso omiso de su comentario y siguió poniendo la mesa.

Veinte minutos después, Isabel reapareció con una preciosa blusa de seda y una falda azul. Vio con desazón que su padre seguía con el trajín de la cena. Aunque con una significativa novedad: preparaba la mesa para tres.

—Papa… Te he dicho…

—Podéis cenar aquí, ¿no? —farfulló él fuera de sí—. ¿No es Jerry un buen chico?; ¿un chico estupendo? Pues hay cena para él también…

Isabel miró con fijeza a su padre. La persona a quien, durante tanto tiempo, consideró omnisciente e infalible no era ahora más que un manojo de nervios. Sintió tanta pena por él que se le encogió el corazón. Y, por contradictorio que pueda parecer, también sintió ira, como si, de pronto, le reprochase el enclaustramiento en que la había tenido casi siempre.

Se oyó entonces el zumbido del portero automático e Isabel cogió el auricular del pasillo.

—Saldré en un momento —dijo.

Luego se volvió hacia su padre, que jadeaba aparatosamente.

—Por… favor —musitó él, que se oprimió el pecho con ambas manos y cayó de rodillas.

—¿Qué te pasa, papá? —exclamó ella aterrada.

—No me dejes ahora —dijo él con el rostro enrojecido y sudoroso.

Isabel logró conservar la calma, pulsó el botón del portero automático y le rogó a Jerry que entrase de inmediato.

El joven Pracht se percató enseguida de lo que le ocurría a Raymond.

—Yo me ocupo de él. Tú llama enseguida al novecientos once y pide una ambulancia.

—No. Me pondré bien —musitó apenas Ray—. Solo quédate…

No pudo acabar la frase. Perdió el conocimiento y quedó boca arriba, tendido en el suelo.

Para Isabel fue una reedición de algo horrible.

Recordaba cómo la afectó el ataque que su padre tuvo en Berkeley, y el pánico que sintió mientras aguardaba a que los médicos diesen su diagnóstico. Aunque ahora había una diferencia importante: Jerry estaba a su lado. Y, además, el diagnóstico no fue tan alarmante como entonces.

—No ha tenido ninguna crisis cardíaca —le dijo el director del hospital Municipal de Cambridge—. No sé si habrá tomado su medicación con regularidad, pero lo que sí ha tenido ha sido un fuerte shock que le ha elevado enormemente la presión sanguínea. Lo hemos sedado y, debido a su historial clínico, lo tendremos en observación durante dos o tres días.

Como su padre no se iba a despertar hasta por la mañana, Isabel accedió a ir a cenar algo con Jerry. Pero era tal su sentimiento de culpabilidad que dudaba que pudiese probar bocado.

Jerry estuvo encantador, como un firme y sólido refugio que rebosaba comprensión. Ella sintió en su interior que lo amaba aún más de lo que creía poder amarlo.

Isabel terminó por animarse, y ya iban por su tercera ración de buñuelos.

—¿Recuerdas que íbamos a salir a cenar algo más suculento? —le dijo él cariñosamente.

—Sí. ¿Por qué?

—Porque quería darle cierta solemnidad a algo importante que tengo que decirte; o, por lo menos, a mí me parece importante.

—Pues dímelo ahora.

—Hay cosas a las que ya no concedo tanta importancia —dijo él—. He llegado a la conclusión de que nuestra relación no tiene futuro si va a depender solo del teléfono.

Por un instante, Isabel lo interpretó mal y temió que fuese a dejarla.

—¿Algo más?

—Sí. Que deberíamos vivir en la misma ciudad.

—Me encantaría —musitó ella emocionada—. Me gustaría muchísimo.

—No sé cómo demonios te las has arreglado para cambiarme. Voy a dejarme de excentricidades. ¿Qué aburrido, verdad? Y dejaré de ser «un fracaso escolar».

—Nadie te considera un fracaso en nada —dijo ella—. Y, dentro de una semana, puedes ser campeón de Wimbledon.

—¿No lo dirás en serio? —exclamó él sorprendido.

—¿A qué te refieres?

—¿No irás a creer, ni por un momento, que voy a coger el avión esta noche y te voy a dejar aquí, con tu padre en la UCI?

—No seas bobo, Jerry, tengo muchos amigos aquí. Tu padre, por ejemplo.

—No, Isa, no —dijo él meneando la cabeza—. Vamos a hacer las cosas como Dios manda. Voy a ser tu compañero y voy a estar a tu lado cuando me necesites.

—Pero ¿y lo de…?

—¿Lo de hacer pasar una pelota al otro lado de una red? —La interrumpió él—. ¿Comer las típicas fresas de Wimbledon? No creo que compense por dejarte sola. Además, gané a Becker por pura suerte. Lo de Cenicienta solo ocurre una vez.

Al acompañarla a su apartamento vio en su cara una mirada de indefensión.

—Isa, por favor, no me interpretes mal. Pero creo que nos sentiríamos los dos mejor si no te dejase sola esta noche.

Por un momento, Isabel no supo cómo reaccionar. Luego susurró:

—Gracias.

Y sintió un inmenso alivio por haber tenido valor para decírselo.