Los premios
Capítulo 3
SANDY
TIME
CIENCIA
En portada:
EL HOMBRE QUE DESCUBRIÓ LA INMORTALIDAD
«El más importante avance de la década en la lucha contra el
cáncer».
«De pequeño, en el Bronx, yo era el clásico ejemplo del crío
que se lleva todos los palos de los demás».
Nadie le da ya palos.
Está ahora a la cabeza de la valerosa y nueva ciencia de la
ingeniería genética. El profesor Sandy Raven ya ha hecho historia, al obtener la primera autorización que concede el Estado para realizar pruebas clínicas de inversión del proceso de envejecimiento.
Con poco más de cuarenta años, y con muchos todavía por
delante de labor productiva, Raven ha allanado el camino para una prolongación de la esperanza de vida humana, para la potencial solución de enfermedades incurables y para la regeneración de los tejidos en enfermedades como la distrofia muscular y la enfermedad de Alzheimer.
Raven ha recibido numerosos premios. Se le considera
como un más que probable candidato a ganar el premio Nobel (salvo que la Academia sueca considere que ser multimillonario ya es suficiente compensación).
En muchos aspectos, su personalidad recuerda a la de Bill
Gates —otro atípico caso de genio y magnate (Time, 16 de abril
de 1984)—, quien, pese a no haber podido acabar sus estudios universitarios, fundó la Microsoft Corporation, el gigante de programas de ordenador, y es ahora uno de los hombres más ricos del mundo.
El estilo de vida de Raven es bastante excéntrico. Aunque
en el Instituto Tecnológico de California, donde es catedrático de Microbiología y director del Instituto de Gerontología, dispone de casi dos mil metros cuadrados de espacio de laboratorio, entre dos de las plantas del mayor edificio del campus, prefiere trabajar en el edificio especial que se hizo construir en su finca de ocho hectáreas de las afueras de Santa Bárbara.
Raven es muy celoso de su intimidad. El recinto de su
palaciega mansión lo patrullan día y noche varios vigilantes de seguridad. Tales medidas pueden justificarse, en parte, por el enorme potencial comercial de sus investigaciones. Sin embargo, fuentes cercanas a Raven (que, sin embargo, señalan que nadie, salvo su padre, está realmente cercano a él) apuntan a que Raven tiene motivos personales para tal obsesión por la seguridad.
Sin embargo, en las escasas ocasiones en que aparece en
público, se muestra afable y campechano. No le duelen prendas al referirse a sus pocos alentadores comienzos: «Como en una de las visiones científicas de la creación del mundo, mi carrera empezó con un Big Bang». A la edad de once años, trató de obtener hidrógeno y oxígeno mediante la electrólisis del agua. «Lamentablemente —recuerda con una tímida sonrisa—, debí de fallar por una molécula, y por poco hago volar por los aires la cocina de casa de mis padres».
Raven asocia esto a una explosión más traumática. Los
psicólogos señalan que muchas de las mentes más creativas han surgido de infancias carentes de afecto (Isaac Newton, abandonado al nacer, es el clásico ejemplo): Raven parece encajar en este modelo. Dice que lo único que lo aliviaba del fatigoso estudio científico era la «ensoñación».
Es hijo único de Pauline y Sidney Raven, que se divorciaron
justo al ingresar él en el instituto de Bachillerato (sección
Ciencias) del Bronx. Poco después, su madre se casó con un rico joyero y renunció a la custodia de su hijo.
Sandy pudo haber ido a vivir con su padre, que se había
trasladado a Los Ángeles, pero quiso a todo trance terminar el bachillerato en el instituto del Bronx, y pasó el resto de su adolescencia yendo de casa de un pariente a otro, que lo acogían de mala gana.
Raven padre (cuyo apellido acaso resulte familiar a los
cinéfilos como productor de la película de culto Godzilla contra Hércules) empezó como director del Loew’s Grand Theater.
Los más gratos recuerdos que Sandy conserva de su
infancia son los de los sábados por la tarde con su padre, cuando iban juntos «a devorar interminables bolsas de palomitas» mientras veían a Burt Lancaster medirse con los villanos, y a Gene Kelly saltar por encima de bocas de incendios mientras cantaba bajo la lluvia.
El trabajo de fin de estudios secundarios que presentó
Sandy, sobre la transmisión de genes en las moscas de la fruta, le permitió ganar una beca Westinghouse para estudiar en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Ya como doctorando, el mundo científico se disponía a realizar experimentos de genética en seres humanos.
La ingeniería genética no existía como disciplina
propiamente dicha cuando Sandy era un adolescente, aunque algunas de sus técnicas, utilizadas para el cultivo del maíz y la cría de ganado, se utilizaban desde hacía milenios. Ahora, los «nuevos agricultores» llevaban bata blanca y trabajaban entre cuatro paredes.
A lo largo de los doce años que pasó en la Facultad del
MIT, Raven pudo seguir de cerca pioneras investigaciones, como ayudante del profesor Gregory Morgenstern, a quien concederían el premio Nobel en 1983 por sus hallazgos sobre el cáncer de hígado.
Durante aquellos años, Raven se casó con la hija de
Morgenstern, Judy. Tuvieron una hija y… se divorciaron. El doctor Raven ha mantenido siempre un impenetrable silencio acerca de su hija y de su divorcio.
A los treinta y dos años le ofrecieron la cátedra, que
implicaba dedicación plena, en el Instituto Tecnológico de Pasadena, del distrito universitario de California, en donde reunió un equipo para investigar en un nuevo campo: la lucha contra el envejecimiento.
Raven no era el primer gladiador que se aventuraba a esta
lucha. No hacía muchos años, genetistas de todo el mundo dieron pasos hasta entonces impensables, en lo que cabe considerar como el mayor —y el más arduo— reto a que pueda enfrentarse la humanidad.
A diferencia de ciertas enfermedades que pueden asociarse
a constituyentes específicos de un determinado cromosoma, el proceso de envejecimiento se controla desde, por lo menos, un centenar de puntos del genoma humano (la suma total de genes del cuerpo de una persona).
Varios descubrimientos importantes sirvieron de punto de
partida a los trabajos de Raven. En el Instituto Nacional de Ciencias de la Salubridad del Entorno, el doctor Carl Barrett localizó una zona del cromosoma uno que determina la longevidad. Y los doctores James Smith y Olivia Pereira-Smith, de Baylor, localizaron otra zona en el cromosoma cuatro.
La primera gran aportación de Raven consistió en
identificar un grupo de genes que causaban la degeneración de células de la piel. Aunque solo temporalmente, consiguió invertir el proceso en varias pruebas. Pero, cuando entró en un campo de concepción absolutamente propia fue al lograr «inmortalizar» algunos de los componentes genéticos del rejuvenecimiento de la piel.
Este descubrimiento «Ponce de León» (expresión acuñada
por la prensa, en alusión al conquistador español que organizó una expedición en busca de la Fuente de la Juventud, y que hace que los científicos tuerzan el gesto) convirtió a Sandy Raven casi en un héroe popular. La prensa lo trata, a menudo, como el forjador del supremo sueño de Hollywood: la obtención de un fármaco que prometa la eterna juventud.
Aunque anunció su descubrimiento en un artículo muy
técnico, en la académica revista Experimental Gerontology, sus mágicas artes bioquímicas pasaron rápidamente a todos los
teletipos del mundo, a las publicaciones de divulgación científica y a los grandes titulares de la prensa en general.
La reacción fue fulminante. La centralita de la universidad
se bloqueó. Le llegaban a su laboratorio, literalmente, sacos de correspondencia. Curiosamente, fue aquella una descorazonadora experiencia para Raven.
«En lugar de sentirme orgulloso, tuve sentimiento de
culpabilidad por no haber hecho bastante. Lo digo porque no se trataba solo de mujeres que querían ver desaparecer sus arrugas. Casi todas las comunicaciones eran gritos desesperados de personas que, erróneamente, daban por supuesto que yo ya era capaz de invertir el proceso de todo tejido dañado. Me suplicaban para que salvase la vida de sus seres queridos. Me sentí terriblemente frustrado y, por qué no decirlo, fracasado», dijo muy de acuerdo a la sensibilidad y a la modestia que lo caracterizan.
No obstante, pese a su desconsuelo, Raven ha allanado el
camino para el desarrollo de técnicas genéticas que puedan llegar a vencer a muchas patologías letales.
Raven sigue siendo un héroe, pese a sí mismo,
quijotescamente resuelto a eludir las candilejas. Con su característica modestia y su buen humor, frunce el entrecejo cuando se le habla de su celebridad. «Reconozcámoslo. Tengo el carisma de un mendrugo. “Los lerdos empollones a la conquista del mundo”, podría titular la portada de Time».
Otras grandes figuras de la disciplina muestran una actitud
más respetuosa.
«Los logros de Sandy constituyeron, probablemente, el más
importante avance de la década en la lucha contra el cáncer — dice su admirador y exsuegro, Gregory Morgenstern, del MIT —. Deja en mantillas todo lo conseguido por mí. Merece todo el honor, la gloria y el dinero que estoy seguro va a conseguir».
—Por Dios, papá. ¿Has visto cómo terminan el artículo? —exclamó Sandy furioso.
—Sí, hijo, sí —masculló su padre visiblemente incómodo—. Pero es lógico que, dedicándote el artículo de fondo, ahonden en tu carrera y hablen de quienes te han conocido. Al fin y al cabo, a Morgenstern le dieron el Nobel. ¿Cómo demonios van a saber todos los esqueletos que guarda en su armario? Podías haber aprovechado para decírselo.
—¿De qué hubiese servido? Además, supuse que lo desenterrarían ellos. Aunque imagino que, incluso la prensa, tiene sus limitaciones respecto de lo que puede averiguar.
—Pues mira, ha podido ser peor.
—¿Por qué?
—Míralo por ese lado, jovenzuelo. Han podido sacar a colación lo de Rochelle.
—Sí —admitió Sandy—. Demos gracias a Dios.