Los premios
Capítulo 33
SANDY
EN LA historia del champaña, las botellas más singulares eran las de cristal auténtico, suministradas al zar Alejandro II por su proveedor francés Louis Roederer. Lo fueron hasta el otoño de 1975, cuando un río de excelente champaña conoció los rigores de grandes jarras de laboratorio. La nutrida concurrencia se reunió en el laboratorio de David Baltimore, en el MIT, para celebrar el premio Nobel. Se lo habían concedido por sus descubrimientos relativos a la interacción entre virus tumorales y el material genético de la célula.
Naturalmente, todos los equipos de los laboratorios cercanos fueron invitados a la fiesta.
Como era de esperar, en cuanto anunciaron por radio la concesión del premio, Greg Morgenstern se movilizó. Telefoneó a Sandy para que se reuniese con él en la bodega Martignetti y lo ayudase a acarrear burbujas, por así decirlo (un botellón de dos litros y medio que pagó de su propio bolsillo).
También se adelantó a los más famosos profesores del Tecnológico, entre quienes había muchos premios Nobel, y fue el primero en acudir a felicitar a aquel prodigio de treinta y siete años premiado por la Academia sueca.
Después de la fiesta, de regreso a sus dominios, aflojó el paso un momento.
—Estoy seguro de que no tardaremos en celebrarlo también por usted, profesor —le dijo Sandy.
—No —dijo Morgenstern—. No hay cuidado.
—Pero, profesor, está a punto de sintetizar esa proteína. No lo dude: también usted pasará a la Historia.
—Mira, Sandy —replicó su mentor—. Preferiría que dejases de referirte a mí como si fuese un hombre-orquesta. De no haber tenido la suerte de contar con un grupo de jóvenes turcos, sobre todo contigo, no habría progresado ni la mitad.
Aunque no lo exteriorizase, a Sandy le afectaba mucho que su padre no hubiese rehecho su vida sentimental. Desde luego, se decía a veces, sus padres no hubiesen sido una de las parejas elegidas para el Arca de Noé. Su padre tendría mucho éxito profesionalmente, pero en lo personal era un desastre. Y no era que no le gustase tener a una mujer siempre al lado. Lo que ocurría era que, lamentablemente, nunca era la misma. Sandy estaba convencido de que su padre se equivocaba en sus prioridades.
Greg Morgenstern no era, ciertamente, un coloso en su profesión, pero tenía una familia que lo adoraba como a un héroe. ¿No era eso lo más importante en la vida?
Sandy no solo se había enamorado de Judy sino de los valores de la familia Morgenstern. De su sentido de la unión familiar.
De ahí que fuese para él una fascinante experiencia estar con una familia tan unida en ocasiones como el Día de Acción de Gracias, Navidad y Nochevieja. Todos ellos (Greg y su esposa Ruth, además de Judy) le abrieron la puerta y el corazón de par en par.
Lo que Sandy tardó algo más en comprender fue que los sentimientos de Judy estaban influidos, en una enorme medida, por la admiración que su padre le tenía. Greg Morgenstern no había sentido nunca tal admiración por una mente científica, ni le había prodigado tantos elogios (ni siquiera a colegas que tenían ya un prestigio consolidado). Aunque nunca se hablara de ello explícitamente, estaba clarísimo que el mejor regalo que Judy podía hacerle a su padre era darle a Sandy Raven por yerno.
El 4 de julio era doblemente festivo en su calendario: no solo celebraban el Día de la Independencia sino el primer aniversario del encuentro entre Sandy y Judy, que ya vivían juntos en Cambridge sin pasar por la vicaría.
Al tomar la decisión de organizarse, Sandy expresó su preocupación de que pudiera afectar a sus relaciones profesionales con Greg. Pero ella lo tranquilizó.
—Me dijo el otro día que te quiere tanto que, de no habernos unido tú y yo, te hubiese adoptado.
Si de algo pecaba Gregory Morgenstern era de una honestidad casi mística. Al ser contratado su ayudante por una empresa del sector biotecnológico que le pagaba más, se empeñó en llevar a cabo un complicado proceso de selección para sustituirlo (solicitando incluso el consejo de otros miembros del claustro) para elegir con la cabeza y no solo con el corazón.
Al saberse elegido, Sandy se sintió tan honrado como exasperado. Morgenstern tenía tan exagerado sentido de la equidad que, en todos los trabajos que le publicaban al laboratorio, no figuraban los autores por orden de acuerdo a su rango, sino por orden alfabético. Era como si Morgenstern le tuviese aversión a destacar.
Sandy barruntaba que acaso esa fuese la razón de que Morgenstern se hubiese dedicado a algo tan apremiante —y científicamente tan impopular— como el azote del cáncer de hígado. Porque lo dejarían solo.
El hígado es el órgano de mayor tamaño, y el que más trabajo tiene. No solo metaboliza carbohidratos, grasas y proteínas sino que desintoxica la sangre, filtra sus impurezas, produce útiles sustancias que favorecen la coagulación y destruye los glóbulos rojos agotados. Lógicamente, todo deterioro de un órgano tan polivalente pone en grave riesgo el organismo.
Había muchas «curas» teóricas para el cáncer de hígado (la más obvia los trasplantes), pero los trasplantes en gran escala eran imposibles, sobre todo en zonas en las que la enfermedad alcanzaba proporciones de epidemia.
Gregory Morgenstern llevaba a cabo una investigación bioquímica por territorio inexplorado. Comoquiera que el cáncer se produce cuando lo que controla y equilibra el crecimiento de las células deja de funcionar, tenía puestas sus esperanzas en la producción de una proteína sintética que reparase el averiado gen para que volviese a funcionar normalmente.
Sus «pacientes» eran ratones. Y, más concretamente, roedores «humanoides» criados en el laboratorio de Max Rudolph, de Harvard.
—Lo que papá nunca me ha explicado es por qué siempre utilizáis a la familia de Mickey Mouse en lugar de especies más creciditas —comentó Judy durante la cena.
—Ya sé que no parece lógico —contestó Sandy—, pero un extraño capricho de la Naturaleza ha hecho que esas criaturas sean más semejantes a nosotros que algunos primates. Los conejillos de Indias, en cambio, son completamente distintos. ¿Sabes que si se hubiese experimentado con ellos, para las primeras pruebas de la penicilina, quizá nunca hubiésemos llegado a tener antibióticos? Porque, por razones desconocidas, en determinadas épocas del año, incluso una pequeña dosis los mata.
—¡Caray! —exclamó Judy—. Pues, por los pelos. Pero, bueno, ¿y lo vuestro? ¿Es secreto de estado o estáis ya cerca del filón?
—Es extraño pero veo el tema desde tan cerca que no sabría cómo contestarte. El caso es que, mañana, un equipo de filmación de «Nova» visitará el laboratorio. Será porque barruntan algo.
—¡Formidable! No olvides ponerte las gafas, que te da más empaque. ¿Puedo ir a curiosear? Me encanta oír a papá contestar a todas esas preguntas tan difíciles de una manera que todo el mundo lo entiende. Además, así me aseguraré de que estés bien peinado.
—¡Fenomenal! —exclamó Sandy—. ¿Sabes qué? Que podrías hacer tú la entrevista en mi lugar, que eres mucho más guapa.
Al llegar Judy por la mañana, una furgoneta grande de la WGBH estaba aparcada frente al laboratorio, con dos ruedas sobre la acera y varios cables que cruzaban la entrada como electrónicos tentáculos.
Dentro, varios equipos de filmación se aplicaban a la labor. Una de las cámaras estaba instalada en el despacho de Morgenstern. Entrevistaban al profesor, que explicaba la altruista motivación que lo impulsó a dedicarse a investigar sobre el cáncer de hígado. Mientras tanto, Sandy iba al frente de otro equipo para que filmasen el resto de la planta y dar algunas explicaciones técnicas a los cámaras.
Mientras él hablaba, se veía a varios técnicos al fondo, realizando distintas tareas, como cargar el PCR —un aparato que «fotocopiaba» individualizados segmentos de ADN en un tubo de ensayo calentado—, o yendo de acá para allá a observar al microscopio el contenido de diversas placas de Petri.
Aunque Sandy tenía despacho propio, prefirió sentarse allá donde había más actividad.
—Me gusta estar lo más cerca posible de mis ordenadores —dijo sonriéndole a la cámara.
La directora de producción, una joven de pelo rizado y tejanos, situada fuera del alcance de la cámara, le hacía las preguntas.
Primero le pidieron a Sandy que explicase a la profana audiencia cómo transmite el ADN el código genético. Luego, cómo trabajaban en el laboratorio con él.
—Hay también una específica proteína que actúa como un agente de tráfico. Supervisa la división de la célula y, si algo va mal, puede detenerla inmediatamente. Ahora bien, continuamente tienen lugar pequeñas mutaciones, pero no son peligrosas. Lo preocupante es cuando la división celular se descontrola y empiezan a crecer células cancerígenas.
—¿Y qué hacen, exactamente, usted y el doctor Morgenstern? —preguntó ella.
—Analizamos tejidos de diferentes casos de carcinoma de hígado y descubrimos que, en todos los ejemplos, una zona concreta de esta proteína resultaba dañada. Obviamente, si pudiéramos reparar el daño podríamos curar la enfermedad.
—Dicho así parece algo sencillo, doctor.
—Es que la teoría en sí no es nada difícil. Lo arduo es la aplicación. Tendríamos que obtener un fármaco que hiciese que las partes «desplegadas» volviesen a «plegarse», de manera que la célula recuperase su forma y función normales.
Mientras lo explicaba llegaron frente al monitor de un enorme ordenador. La cámara sacó un primer plano de la pantalla al proseguir Sandy.
—Nuestra unidad de cristalografía por rayos X nos ayuda a determinar la formación de la proteína. Disponemos de un programa de conversión, que archiva los datos sobre la formación de la estructura en el disco duro. De manera que, algún día, podremos televisar literalmente nuestros resultados.
—¿Es usted optimista, doctor Raven? —le preguntó la directora de producción.
—Digámoslo de otro modo: si uno se aplica a buscar una molécula en una montaña hay que ser muy optimista… o muy loco. Creo que a mí me cuadran ambas cosas.
Cuando las cámaras se hubieron retirado, Sandy y Judy fueron del brazo a almorzar.
—Habéis estado muy bien —dijo ella—. Estoy contentísima de que, al fin, se le reconozca un poco a papá su callada labor.
—Claro —convino Sandy—. Si todo resulta bien, me temo que tu padre tendrá que soportar los parabienes, e incluso no me extrañaría que le concediesen el Nobel. ¿Crees que le gustaría?
—No tanto como el otro proyecto al que has contribuido —contestó ella con una radiante sonrisa.
—¿A qué te refieres?
—Pues a que estoy encinta. ¿Contento?
—Sí y no —repuso Sandy casi ruborizado—. Me refiero a que me encantan los niños… pero no soy partidario de las madres solteras. ¿Qué piensas hacer?
—Pues…, claudicar con los convencionalismos —contestó ella alegremente—. ¿Qué tal mañana a mediodía en el Registro Civil? Incluso nos da tiempo a hacernos los análisis de sangre.
—Te advierto que tu padre detesta interrumpir el trabajo a mediodía — dijo Sandy.
—Ya —convino Judy—. Pero sospecho que en este caso hará una excepción.