Los premios

Erich Segal · Capítulo 52 de 65

Páginas del PDF

Los premios

Capítulo 51

 

 

ADAM

CHARLIE ROSENTHAL no pudo contener el llanto.

En veinte años de profesión médica, solo en otra ocasión no supo dominarse (al ver a su hijo yacer inconsciente en el hospital a causa de una caída en bicicleta).

—Lo siento, Adam. Lo siento muchísimo —le dijo entre sollozos—. Eres mi mejor amigo. Lo que más me subleva es que sea un campo en el que en nada puedo ayudarte yo.

—Cálmate, hombre —dijo Adam posando la mano en su hombro—. Aún falta para lo peor. Reserva tus lágrimas para entonces. Entretanto, dime qué especialista va a tener el placer de ocuparse de mi caso.

—Me he informado y parece que no hay duda: Walter Hewlett, de la Mass General, es el más indicado.

—¿Por qué? —preguntó Adam con frialdad.

—Pues porque no te aplicará un tratamiento de libro, Coopersmith. Su padre murió de la enfermedad de Alzheimer.

—¡Qué clase de médico eres tú, Rosenthal! —le gritó Adam furioso—. Sabes perfectamente que lo peor del Alzheimer no es que sea mortal.

—Lo sé, Adam, lo sé —admitió Charlie visiblemente nervioso—. Es, claro… la etapa de deterioro…

—¡Peor que la muerte! —clamó Adam.

—Escucha, después del sida es la enfermedad sobre la que más se vuelca la investigación —se apresuró Charlie a recordarle—. Y no te lo digo por animarte. Es que es así.

—Lo sé, Charlie. Ya han descubierto que se debe a una proteína defectuosa de un gen del cromosoma 21. Pero la futura solución no va a llegar a tiempo de que me sirva a mí para nada.

—Bueno, amigo mío, ¿por qué no lo hablas con Walter?

Investiga sobre células neurotróficas. Porque supongo que convendrás conmigo en que alguien tuvo que ser el primero en no morir a causa de una infección gracias a una inyección de penicilina. Además, Hewlett va a hacer historia, y bien merece una visita.

Charlie rodeó con el brazo a su doliente amigo y salieron de aquel despacho suyo, tan atestado de libros que hacía que el austero salón lo pareciese aún más.

Joyce y Anya charlaban frente a la chimenea de gas, cuyo fuego agrandaba sus sombras en la desnuda pared.

Al levantarse ellas e ir hacia Adam, él se puso hecho una fiera.

—¿Qué os habéis propuesto? —les gritó—. Invadir mi casa de esta manera, violar mi intimidad, preocupar a Anya…

—Cálmate, por favor, Adam —le dijo Charlie—. Conoces a Joyce hace muchos años. Fuiste el padrino de nuestra boda.

—¿Quién os habéis creído que sois? —le espetó Adam a Charlie, que estaba estupefacto—. No me extrañaría que hubieseis venido a envenenarme.

—Cariño, que los Rosenthal son viejos amigos —dijo Anya para tratar de que volviese a la realidad.

—¡No me mientas! —le gritó él—. ¡Échalos de aquí antes de que llame a la policía!

Charlie miró a Anya tan desconcertado como apenado.

—Nos vamos ya —dijo Charlie—. Sobre todo, que se tome las pastillas. Hewlett llegará antes de las nueve. Llámame si necesitas algo.

—¡Deja de hablar con mi esposa! —le gritó Adam.

Charlie y Joyce miraron a Anya, que salió del salón para acompañarlos a la puerta.

Al volver junto a Adam lo encontró con el rostro hundido entre las manos.

—¿Qué te ocurre?

—Tengo la cabeza como si me fuese a estallar —contestó Adam.

—No te preocupes, que dentro de un rato llegará el médico.

—¿Qué médico? —preguntó él, sumido aún en la confusión—. No necesito más que una aspirina.

—Bueno. Quédate aquí tranquilo y te la traigo —dijo ella, que no podía evitar cierta aprensión a quedarse sola con él.

Anya volvió al cabo de unos momentos con un vaso de agua, dos aspirinas y una píldora que, con suerte, lo tranquilizaría hasta que llegase el médico.

Lo que más sorprendió a Anya de Walter Hewlett es que fuese tan joven, y ya tan famoso.

—Gracias por venir, doctor.

—Es lo mínimo que podía hacer, señora Coopersmith. Quizá su esposo no lo recuerde, pero fui alumno suyo, cuando tuvo que hacerse cargo de las clases de Max Rudolph a mitad de curso. Era un profesor extraordinario.

«Era —pensó Anya—. Me parece que voy a tener que acostumbrarme a que se refieran a él en pretérito».

Al entrar en el salón, Adam miraba con fijeza el fuego de la chimenea. Pareció perplejo al verlos.

—Es Walter Hewlett, Adam —le dijo Anya—. Es neurólogo de la Mass General. Y fíjate qué coincidencia: fue alumno tuyo.

—¿Ah, sí? —exclamó Adam en un tono completamente normal—. Pues, como en realidad solo di un curso, para sustituir a Max, tuvo que ser en el de mil novecientos setenta y nueve. ¿Estoy en lo cierto?

—Esa es exactamente la fecha —le confirmó Hewlett sonriente—. Buena memoria, doctor Coopersmith.

—¿Quiere usted café? ¿Y tú, Adam? —preguntó Anya, que confió en tranquilizar a Adam, al dar la impresión de que se trataba de una visita de cumplido.

—Sí, me apetece —dijo el joven especialista, que se volvió hacia quien era, a la vez, su anfitrión y su paciente—. ¿Y usted, Adam?

—Hay que tener cuidado con la cafeína —contestó Adam en tono admonitorio—, pues aumenta el nivel de colesterol. —Se interrumpió y luego miró a Anya sonriente—. Aunque me temo que no he de preocuparme mucho por eso, ¿verdad, cariño? Así que tomaré yo también.

Hewlett abrió su maletín y sacó un sobre grande de papel Manila.

—Con el permiso de su esposo, he examinado los informes y las fotografías que trajeron ustedes de Nueva Zelanda.

—¿Nueva Zelanda? —preguntó Adam perplejo—. ¿Y a qué iba yo a ir a Nueva Zelanda?

—Ya sé que está usted cansado y que puede habérsele ido de la cabeza — contestó Hewlett—. Pero, como supongo sabe, soy neurólogo y me parece que tiene usted un problema.

—¿Ah, sí? —preguntó Adam con la mirada vidriosa.

—Por supuesto que haremos nuestra propia exploración.

Aunque, en mi opinión, las fotografías que han traído confirman el diagnóstico de Moody. Creo que, en efecto, padece usted la enfermedad de Alzheimer.

La reacción de Adam fue en cierto modo sorprendente.

—Y yo también —dijo en tono monocorde sin dejar de mirar el fuego.

En los días subsiguientes Adam se mostró muy comunicativo. Pasaba la noche en vela sin dejar de hablar con Anya. Tenía toda una vida que contarle… y un período de tiempo cruelmente corto para hacerlo.

Hacían el amor con una especie de angustiosa urgencia, en una callada comunicación en la que, con su intensidad, Adam trataba de tranquilizar a Anya al mostrarle que sabía exactamente lo que hacía. Y lo que pretendía decirle con ello.

El gestual lenguaje de sus manos se expresaba con mayor elocuencia que las palabras.

Besarla era besarla para toda la eternidad.

Había que informar a algunas personas. Y, muy especialmente, a Heather. Como el estado de Adam se agravaba rápidamente, se corría el riesgo de que su hija lo perdiese antes de producirse el fatal desenlace.

Y decírselo a Heather significaba decírselo también a Toni.

Por lo pronto, Anya llamó a Lisl, que se presentó inmediatamente «a ayudar a ordenar la casa».

La verdad es que constituyó para Anya una impagable fuente de valor, pues, hasta entonces, no había tenido en quién apoyarse.

Lisl insistió en ser ella quien se lo dijese a Heather y a Toni. Y, cuando lo hubo hecho, le dijo a Anya cuánto le había sorprendido su reacción. No esperaba que Toni se echase a llorar con tal desconsuelo.

Heather quedó tan aturdida que ni lágrimas pudo verter.

—¿Podría verlo? —le había rogado Toni.

—No sé —repuso Lisl ingenuamente—. Eso habrá de decidirlo Anya. De lo que no me cabe duda es de que él tiene enormes deseos de ver a Heather.

—¿Quieres que pase a recogerte mañana a la salida del colegio? —le había dicho cariñosamente Lisl a su ahijada, que asintió en silencio.

Anya, que era quien cargaba con lo más duro, sabía que lo que le quedase de vida a Adam no iba a ser más que una serie de crueles ironías, para las que tenía que estar preparada. Un ejemplo fue la carta que recibió la secretaria de Adam en el laboratorio:

Distinguido profesor Coopersmith: Me sentí halagado al recibir su carta y leí su proposición

con enorme interés. Tiene usted razón en que estamos, mentalmente, en una onda similar.

Tengo especial empeño en detener el proceso de

degeneración celular, no con la ambición de posponer la muerte sino de alargar la vida.

Su proyecto no plantea problemas éticos, Adam, porque, si

la investigación tiene éxito, no solo se habrá conseguido prolongar la vida sino retrasar el proceso de envejecimiento. Una madre de ochenta años no será una persona senil ni decrépita. Gozará de la misma buena salud de que pueda gozar ahora una mujer de cincuenta años.

A los medios informativos esto podrá sonarles a

despropósito, simplemente, porque parecen haber olvidado que, en 1850, la esperanza de vida del norteamericano era de cuarenta y cinco años. A finales de este siglo se habrá, prácticamente, doblado esa edad.

En este contexto, la idea de ampliar el tiempo de fertilidad

de una mujer sería perfectamente armónico con la nueva edad biológica.

En definitiva, que estaré encantado de ahondar en la

cuestión con usted.

Cordialmente,

SANDY RAVEN

Profesor de Ingeniería Genética

Impulsada por su deseo de prolongar la vida mental de Adam lo más posible, Anya le leyó la carta e incluso cayó en la inocente farsa de comentar la cuestión con él.

—Está realmente interesado —le dijo con fingido optimismo—. Se nota, por lo extenso de su carta y por su tono.

—¿Y qué harás tú al respecto? —preguntó Adam amargamente—. ¿Decirle que he optado por la jubilación anticipada?

—Ya se me ocurrirá algo —contestó ella esforzándose por sonreír.

Adam permaneció en silencio unos momentos.

—Escríbele, Annoushka. Empieza tú el proyecto con él. Así podrás trabajar…

Adam no pudo seguir. Se le quebró la voz de pura tristeza.