Los premios

Erich Segal · Capítulo 47 de 65

Páginas del PDF

Los premios

Capítulo 45

 

 

ISABEL

TODO estaba dispuesto para la solemne ceremonia.

Raymond da Costa llevaba un esmoquin que había comprado en Filene. Isabel no supo acabar de decidirse entre un vestido de tafetán azul claro y otro de seda color melocotón. Al final, su padre le dijo que no le diese más vueltas y que se quedase con los dos.

Por la noche, cuando ya no cabían más dudas, Isabel recurrió a un método eminentemente científico: lo echó a cara o cruz y ganó el azul claro.

El aula magna estaba atestada de personalidades, elegantísimas, condecoradísimas y enjoyadísimas. Isabel se sentó en el centro de una medialuna de sillas dispuestas en el estrado, reservadas para distinguidos miembros de la Academia. Su padre estaba entre el público, en primera fila, con expresión radiante.

Muchos de los distinguidos invitados no pudieron evitar comentar que la galardonada parecía una preciosa colegiala italiana. Los fascinó a todos incluso antes de abrir la boca.

La presentó el profesor De Rosa. Su tono y su gesticulación fueron de lo más obsequioso. Puso a Isabel por las nubes por sus logros y recordó a los «mayores» que se hallaban presentes que, del mismo modo que la ciencia no conocía fronteras, con igual objetividad había que tratar a los científicos.

—Para la investigación científica no deben tenerse en cuenta la edad ni el sexo. Lo único que importa es el resultado —aseveró.

Luego entró en detalles acerca de la extraordinaria labor realizada por Isabel, que había obligado a los físicos más eminentes a replantearse sus conclusiones acerca de la quinta fuerza.

Después, con florido estilo, proclamó a la ganadora del premio Enrico Fermi de aquel año, circondata d’honore.

Entre entusiastas aplausos, Isabel se dirigió al podio. Los flashes de las cámaras iluminaron el aula como una cascada de fuegos artificiales al estrecharle la mano el profesor De Rosa, quien la besó en ambas mejillas y le entregó una placa y un sobre, antes de volver a su sitio y dejarla sola ante los focos.

Isabel dejó la placa y el sobre en el atril y se dispuso a pronunciar su discurso de aceptación. Sorprendió a todos que no lo llevase escrito. Ni siquiera notas llevaba preparadas.

Sonrió al público con pasmoso aplomo y saludó con leves inclinaciones de cabeza a uno y otro lado del aula para agradecer su presencia.

Se hizo un absoluto silencio al oírla empezar.

—Carissimi colleghi, gentili ospiti, desidero ringraziarvi per l’alto onore che mi fate assegnandomi questo premio, di cui mi sentó indegna.

En un primer momento, la concurrencia supuso que se había tomado la molestia de memorizar, fonéticamente, aquellas palabras en italiano para halagar al país que la premiaba. Pero enseguida se percataron de que Isabel se proponía pronunciar el discurso enteramente en su lengua.

Quizá quien más estupefacto se quedó fue su padre. Isabel le había leído el borrador en inglés, sin comentarle que pensaba pronunciarlo en italiano.

Isabel empezó con unas palabras de elogio hacia los investigadores italianos, del pasado y del presente, y, sobre todo, hacia Rita Levi-Montalcini que, dos años antes, había obtenido el premio Nobel por sus trabajos sobre el crecimiento de las células nerviosas. Luego se deslizó hábilmente hacia la historia del premio Fermi.

Concluyó diciendo que todo científico moderno tenía la obligación moral «no solo de ahondar en el saber sino de compartirlo».

La distinguida concurrencia comprendió que aquello era una velada alusión al egoísmo que presidía muchos círculos de la comunidad científica. Eran conscientes de que, en su desenfrenada carrera, muchos científicos ocultaban sus descubrimientos hasta el momento que considerasen más provechoso para sus intereses personales, en lugar de darlos a conocer de inmediato para bien de la humanidad.

Le dedicaron una cerrada ovación. Y, de haberle podido conceder otro premio, se lo hubiesen otorgado de inmediato. La ovación no solo fue cerrada sino prolongada. Duró más de cinco minutos.

En cuanto hubo cumplido con el protocolario compromiso, Isabel bajó a toda prisa del estrado y estuvo a punto de tropezar con el profesor De Rosa, quien, con lágrimas en los ojos, la volvió a besar en ambas mejillas.

—Es usted la octava maravilla del mundo. Usted… —le dijo.

—Le ruego me disculpe —lo interrumpió ella—, pero tengo que ausentarme durante unos quince minutos. ¿Querrá decirle a mi padre que no se preocupe? Llegaré a tiempo para la cena.

Tenía tanta prisa que no reparó en que su padre estaba a pocos pasos.

De Rosa felicitó a Raymond y le dio el recado de su hija. Raymond se sobresaltó al oírlo y casi dejó al profesor con la palabra en la boca. Salió del edificio y enfiló por la empedrada Via della Lungara, justo a tiempo de llevarse la sorpresa de su vida. Porque entrevió a Isabel montar en el asiento de atrás de una Lambretta que conducía un estilizado joven, cuyas facciones quedaban ocultas por el casco.

Ray llamó al chófer que los aguardaba junto a la limusina estacionada frente a la entrada.

—¡Gino! —gritó Raymond, que señaló hacia el fondo de una calleja por la que acababa de desaparecer la Lambretta.

—¿Sí? —dijo el chófer.

—Andiamo! —dijo Ray recurriendo a una de las pocas palabras que sabía en italiano.

Subieron rápidamente al coche y siguieron por la calleja por la que desapareció la moto.

Hay zonas de Roma que nunca duermen y otras que nunca despiertan. Y, en su persecución de Isabel y su motorista, pasaron por calles brillantemente iluminadas y terrazas llenas de clientes que reían y cantaban mientras cenaban y bebían. Torcieron por una oscura calle que daba a una paralela a la de las terrazas. Casi todas las tiendas estaban cerradas por la noche. Solo se veía alguna que otra luz en las ventanas de los pisos superiores.

«¿Adónde demonios irá? —se preguntaba Raymond realmente alarmado —. ¿Irá por propia voluntad? Porque en Italia los secuestros están a la orden del día».

—¿Qué zona es esta?

—El Trastévere. Hay muchas tiendas de artesanía.

—Pero ¿qué hará a estas horas de la noche por aquí? —dijo Raymond—. ¡Que la cena es en su honor!

—Si quiere que le dé mi opinión —dijo Gino con marcado acento napolitano—, a lo mejor el joven se la ha ligado.

Raymond estuvo a punto de gritarle que podía guardarse sus comentarios. Y, justo en aquel momento, la Lambretta se introdujo en un callejón. Gino aceleró y luego detuvo la limusina casi sin hacer ruido.

—Creo que es mejor que sigamos a pie por aquí, signore. Conozco esto. Es un callejón sin salida.

Doblaron la esquina a tiempo de ver a Isabel y a su acompañante, iluminados por un haz de luz que salía de una puerta abierta.

El motorista se quitó el casco y echó la cabeza hacia atrás porque su larga melena se le venía sobre el rostro.

Raymond y el chófer avivaron el paso al ver que Isabel y el misterioso joven entraban en la tienda que, extrañamente, estaba abierta. La tenue luz del interior permitía leer las doradas letras del escaparate que identificaban el establecimiento:

GIULIANO

STRUMENTI A CORDA

Oían hablar a varias personas.

—Tengo muchísima prisa, señor Carbone. Espero que lo que le dijo a Edmundo sea cierto.

—Lo es, signorina, se lo prometo —repuso una voz que inequívocamente pertenecía a un anciano.

Raymond y Gino se arriesgaron a acercarse un poco más para atisbar el interior. Era una tienda pequeña, con lo que parecía un taller al fondo. De todas partes colgaban innumerables instrumentos de cuerda, desde la delicada viola d’amore hasta varios majestuosos contrabajos que había en el suelo, junto a una de las paredes.

Vieron que el anciano iba hacia una vitrina en la que había varios violines antiguos y que cogía uno. Era de un color ambarino oscuro y, aunque tenía algunas grietas, visibles pese al barniz, parecía en perfecto estado.

El anciano le entregó el violín a Isabel, que lo acunó entre sus brazos como si de un bebé se tratara mientras el luthier la ilustraba.

—Es un «Giovanni Grancino», de hacia mil setecientos diez. Ha sido propiedad de un coleccionista durante los últimos treinta años pero, al morir, su albacea lo ha puesto a la venta. Si no logro vendérselo a un particular, lo subastará Sotheby’s en Londres la semana que viene.

Al colocarse Isabel el violín bajo el mentón, el anciano le dio un arco que tenía todo el aspecto de ser de la misma época.

Isabel suspiró hondo y pasó el arco por las cuerdas, que produjeron un armonioso sonido. Y enseguida se arrancó con la Tercera fuga de J. S. Bach. Se arrebató de tal manera con la voz del instrumento que tocó todo el preludio. Al terminar, Carbone y el joven aplaudieron entusiasmados.

—¡Ha sido magnífico, signorina! —canturreó Carbone—. Ha tocado este instrumento como si hiciese el amor con él.

—Bueno —dijo Isabel sonriente—, usted ha cumplido su palabra y yo cumplo la mía. Aquí está el cheque de treinta y cinco mil dólares, conformado por el banco.

—¿Qué? —exclamó el anciano decepcionado.

—¿Qué ocurre? —preguntó Isabel.

—Creí que íbamos a regatear —se lamentó Carbone—. Le dije treinta y cinco como cifra de partida. Pero supuse que acabaríamos por ponernos de acuerdo en veintitantos mil.

—Lo siento —dijo la perpleja jovencita—. Pero ya le anticipé que no tengo la menor experiencia en estas cosas. ¿Qué puedo hacer ahora? Porque el cheque ya está extendido.

—Verá lo que vamos a hacer, ingenua jovencita —dijo el anciano en tono paternal—. Por ese precio puedo incluirle el espléndido arco con el que ha tocado. Así se lleva una verdadera ganga. Si quiere, se lo puedo enviar a su hotel mañana por la mañana.

—Pues, no sé —dijo Isabel vacilante—. Es que vamos a marchamos muy temprano. ¿Podría pedirme un taxi? Así me lo llevaré ahora… ¡Dios mío, el banquete! —añadió al recordarlo de pronto—. Voy a llegar tarde…

—No te preocupes, Isabel —dijo su padre irrumpiendo en la tienda.

—¿Cómo me has encontrado, papá?

—Tenías que habérmelo consultado, cariño —le dijo su padre sin contestarle—. Me duele, la verdad. Pero ya lo hablaremos mañana. Por lo pronto, el chófer nos espera en la esquina. Tenemos el tiempo justo para llegar al banquete.

Mientras se adentraban a toda velocidad por la laberíntica retícula que limitan Campo dei Fiori y Piazza Colonna, en dirección al hotel Excelsior, Raymond siguió regañando a su hija con suavidad.

—Además, treinta y cinco mil dólares es casi la mitad del premio. Tenías que haberme consultado, por lo menos, para darme la oportunidad de decirte que sí. Me hubiese sentado mucho mejor.

—Me parece que no —replicó Isabel tranquilamente.

—¿Por qué lo supones? —preguntó él.

—Pues porque lo he comprado para regalárselo a mamá.