Los premios

Erich Segal · Capítulo 6 de 65

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Los premios

Capítulo 4

 

ADAM

DE PRONTO, a comienzos de la tercera semana, los resultados de los análisis de sangre del segundo grupo de ratones de Stanford empezaron a mejorar espectacularmente.

Max y Adam no se lo comunicaron a los demás hasta que, a las cuarenta y ocho horas, no les cupo duda alguna: el organismo de los animales estaba sano.

El cáncer que consumía al hombre se había curado en el ratón que desempeñaba el papel de doble.

Estaban ya todo lo seguros que cabía estar, a nivel de laboratorio, de que su fármaco sería eficaz con el paciente. Aunque subsistía un margen de incertidumbre, ya que no habían completado el ciclo de pruebas prescritas por el FDA (el Instituto de Farmacología norteamericano).

Sin embargo, contaban con la aprobación de la Casa Blanca.

Con la generosidad que caracterizaba su relación con Adam, Max Rudolph dejó que fuese él quien llevase el suero personalmente a Washington. Aunque en materia de técnicas e investigación científica nunca delegase en nadie, pensó que enviar a su ayudante podía tener un efecto terapéutico.

Lo que distinguía a Adam de todos los discípulos de Rudolph era que aquel joven tenía una extraordinaria sensibilidad y un deseo casi religioso de curar a los demás. El solo hecho de verlo y de mirar aquellos ojos —de un gris ligeramente verdoso— rebosantes de solidaridad, infundía confianza al enfermo.

—Pero, Max —protestó Adam—, ¿no podríamos enviarlo a través del mismo mensajero que nos trajo la sangre?

—Sí —concedió su mentor—. Pero ni la mejor mensajería puede detectar una incipiente reacción tóxica en un fármaco no experimentado en seres humanos.

—¿Por qué no va usted entonces?

—Me siento viejo y cansado, y no quiero dejar a Lisl —contestó el doctor Rudolph—. ¿No será que lo pone nervioso verse con quienes ejercen tanto poder?

—Pues, francamente, sí.

—Razón de más para que vaya. Enseguida se dará cuenta de que son tan corrientes como cualquier ser humano —replicó Max—. Y algunos, incluso están por debajo —añadió con una maliciosa sonrisa.

El almirante se quedó perplejo al saludar a Adam tras desembarcar este en el aeropuerto Nacional de Washington.

Además de su bolsa fin de semana, el larguirucho doctor de Harvard llevaba lo que parecía una pantalla de lámpara cuadrada y con un asa.

—¿Qué es eso?

—Una sorpresa para el paciente —repuso Adam esbozando una sonrisa —. Creo que a usted también le gustará.

—¿Lleva más equipaje?

—No, viajo con muy poco.

Penrose asintió con la cabeza y condujo a su colega bostoniano a una limusina que aguardaba en la pista.

Tras permanecer varios minutos en silencio, Adam miró por la ventanilla y se percató de lo mucho que se habían alejado de las luces de Washington. Estaban en pleno campo.

—Eh… ¿Qué ocurre? —exclamó confuso—. ¿Vamos a Camp David o qué?

—No —contestó el almirante—. El paciente está en Virginia. Y no se trata del Presidente —le confió.

—¿Cómo? ¿Quién más puede tener tanto enchufe como para poder disponer de tres fármacos que aún no poseen licencia?

—Cuando se lo diga, doctor Coopersmith, comprenderá que, en este país, quienes ponen y quitan rey son más poder rosos que los reyes. Nuestro paciente es Thomas Deely Hartnell.

Adam se quedó boquiabierto.

—¿A quién llaman el Jefe? ¿Exembajador en la corte de Londres? ¿Consejero de todos los presidentes, a derecha e izquierda?

—Y un hombre a quien nadie osa decir no. Confío, perdone esta añagaza, pero presentía que el doctor Rudolph no querría llevar su patriotismo más allá del Despacho Oval.

«Ni yo tampoco», pensó Adam enojado, contrariado por aquella revelación. Y, a medida que la limusina avanzaba por carreteras cada vez más estrechas y oscuras creció su aprensión. ¿Y si tampoco era cierto lo que acababa de decirle aquel médico de la Armada? ¿Y si era un capo de la mafia?

Enseguida comprendió que, en cierto modo, eso era precisamente. Que no en vano era Hartnell un traficante de influencias al viejo estilo. No debía de ser, ni mucho menos, la primera vez que se saltaba las reglas para conseguir sus fines.

Quizá el almirante le leyó el pensamiento.

—Permítame que le asegure, doctor Coopersmith —le dijo Penrose al cabo de unos minutos—, que Thomas Hartnell es una persona que merece la pena… muy valioso para este país. No debe tener escrúpulos por lo que está haciendo.

A los pocos instantes llegaron frente a la imponente verja de Clifton House, que enseguida se abrió para franquearles la entrada a aquellos dos hombres que iban a curar al dueño de la mansión.

—¡Uy!

Adam guardaba silencio en el elegante dormitorio mientras Penrose inyectaba suero en la nalga de Hartnell. Luego volvieron boca arriba al dignatario y cuando este se encontró ya cómodo, Adam, con talante de mago, retiró el paño que cubría el objeto con el que entró en la habitación.

—Voila, señor Hartnell, obsequio del laboratorio de Inmunología 808 y, especialmente, de su director, Max Rudolph.

—¿Un ratón…?

—Pues sí. Zoológicamente hablando, supongo que sí. Pero este pequeño amiguito es bastante singular. La composición química de su sangre es idéntica a la de usted. Pensamos que, si lo ve corretear tan campante por la jaula, podrá hacerse idea de cómo se encontrará usted dentro de un par de semanas.

—Pero, dígame a ver —le preguntó el Jefe en tono imperioso—. ¿Cuánto tardaré en estar mejor?

—No puedo contestarle a eso —replicó Adam—. Desgraciadamente no es usted un ratón.

Tras aguardar a que el sedante hiciese efecto, Penrose condujo al científico invitado a un majestuoso salón. Varios miembros del círculo íntimo del paciente aguardaban muy tensos frente a la chimenea. Todos estaban ansiosos por saber cuál era la evolución del enfermo.

El almirante hizo enseguida las presentaciones.

—Todo lo que podemos decir en estos momentos es que descansa tranquilo —dijo Penrose a modo de introducción—. Y, ahora, dejaré que mi docto colega les exponga qué tratamiento hemos empezado a aplicarle — añadió para cederle la palabra a Adam, que miró en derredor como para estudiar a los presentes.

—Es innecesario que les diga que lo que hacemos es como caminar sobre una fina capa de hielo a oscuras. Pero les informaré gustoso de lo que sabemos.

A pesar de lo avanzado de la hora, Adam sintió de pronto un acceso de renovada energía. Hasta aquel instante había estado muy nervioso, no solo por el hecho de correr tan grave riesgo, en tanto que médico, sino por lo ajeno que le era aquel entorno. Era como si los presentes perteneciesen a otro mundo. Su rango lo intimidaba.

Pero ahora entraba en un terreno que dominaba y ellos pasaban a ser como boquiabiertos turistas, que lo miraban con asombro sin perderse una palabra. Además, cuando de hablar de ingeniería genética se trataba, su entusiasmo se desbordaba.

Por otra parte, tenía un innato sentido pedagógico y su talante cautivó a los presentes.

Les expuso todo lo relativo al cultivo de un retrovirus que podían inocular, directamente, en las células cancerígenas que se hallaban descontroladas. El retrovirus iba «disfrazado», lo que le permitía penetrar en el núcleo de la célula maligna, donde la alquimia del DNA convertía al enemigo en amigo.

—En otras palabras —les dijo sonriente—, convierte a una pandilla de «ángeles del infierno» en un coro de los niños cantores de Viena.

Adam se quedó perplejo al reparar en que, entre aquella selecta audiencia, había una mujer alta y rubia, muy atractiva. Sus gafas de montura de concha y su serio traje sastre le parecieron un deliberado intento de camuflar su belleza.

Antonia Nielson era, sin embargo, demasiado joven (luego sabría que acababa de licenciarse en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown) para desempeñar algún cargo público importante. Y demasiado joven también para ser una esposa, políticamente aceptable, de un sesentón.

Más bien parecía el reconstituyente idóneo para algún miembro del Ejecutivo.

Lo que estaba por saber era de cuál.

En cualquier caso, daba la impresión de que desempeñaba un papel relevante, que le permitía cuchichear en un aparte con Boyd Penrose, quien incluso le gastó una broma antes de volver a fijar su atención en los demás.

Sonrió varias veces cuando Adam se permitió alguna observación ingeniosa. El joven científico empezó a pensar que había visto antes a aquella mujer.

Entonces comprendió de súbito. Al colocar la jaula en la mesilla de noche del paciente, hizo ligeramente a un lado una fotografía con marco de piel en la que Hartnell estaba con una exuberante joven. Era ella, sin gafas. De manera que ya sabía de qué iba.

En otras circunstancias, Adam se hubiese hecho ilusiones con ella. En aquel ambiente, sin embargo, amedrentador de puro pomposo, se sentía intimidado. Además, coquetear con la chica del Jefe podía costar caro.

A medida que varios de los presentes se despidieron, ninguno olvidó besar a Antonia con la naturalidad propia de la amistad, salvo el fiscal general del Estado, que la retuvo de un modo que, de no saber Adam la implicación de la joven con el Jefe, le hubiese hecho pensar en una íntima relación con el más alto representante de la judicatura.

Inesperadamente, mientras salían de la mansión, bajo un cielo azul, jaspeado con los primeros trazos sonrosados de la mañana, Antonia Nielson tomó la iniciativa.

El chófer aguardaba a Adam pacientemente. Como si hubiese estado de guardia toda la noche, bajó del automóvil con gesto cansado y le abrió la puerta a su pasajero. Antes de que Adam llegase a subir, la joven se le acercó.

—Sé que se hospeda usted en el Watergate, doctor —le dijo en tono suave y desenvuelto—. ¿Me permite que lo lleve?

Adam sonrió ante aquel inesperado regalo.

—Solo si accede a desayunar muy temprano conmigo —le contestó sonriente.

—Claro —contestó ella—. Se lo prepararé yo misma. Pero, a cambio, tendrá que dejarme que lo reconozca a fondo durante el trayecto.

—Encantado —repuso Adam—. Cojo mis cosas y despido al chófer.

Durante el trayecto hacia la capital, el joven científico comprendió que la actitud de la joven no estaba inspirada precisamente por el romanticismo. Era evidente su impaciencia por hablar con él, pero en calidad de médico.

—Es que nadie me dice nada —se lamentó ella—. Me refiero a que todos, incluso Boyd, me tratan como si aún fuese una niña. ¿Le importaría mucho explicarme la exacta naturaleza de lo que están haciendo?

Pues, aunque Antonia había escuchado atentamente la exposición del doctor Coopersmith, se la hizo repetir ahora punto por punto y con mayor detalle.

—Tiene que vivir, Adam —le dijo al concluir él, casi como una orden desesperada—. No debe dejar usted que muera. Dígamelo con franqueza: ¿qué probabilidades tiene?

Era como si tratase de convencerlo para que recurriese a quién sabe qué mágicos poderes. Pese a haberlo expresado ya antes con claridad, Adam contestó de nuevo a la pregunta para mostrarse solidario ante su perceptible preocupación.

—Señorita Nielson…

—Llámeme Toni, por favor.

—Pues bien, Toni, solo puedo decirle que, lo que el doctor Rudolph ha hecho, le da al señor Hartnell más probabilidades que las que tenga nadie en este planeta de darle un manteo a ese asesino.

—Oh, Dios, no sabe cómo me alegro. Es maravilloso —exclamó ella, que, al detenerse ante un semáforo, le apretó la mano.

El gesto de Antonia Nielson no fue, sin embargo, una invitación sino una mera y sentida expresión de agradecimiento.

—Lo digo porque… ¡es tan bueno! —añadió Toni—. Nadie lo conoce tan bien como yo. Pese a su brusquedad, es una persona cariñosa y sensible.

Cuarenta minutos después estaban en su apartamento, pequeño pero lujosamente amueblado. Los libros ocupaban un importante espacio en el decorado y reflejaban la amplia variedad de temas que interesaban a Antonia Nielson.

En su ecléctica biblioteca no solo había libros de historia y biografías, sino novelas de ambas Américas. Incluso la joven se permitió simpáticas interpretaciones literarias acerca de algunas. («El diario de mi vida social», dijo de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez; «Una alegoría de la carrera política de Richard Nixon», comentó de Moby Dick, de Herman Melville).

Mientras Antonia preparaba la masa para freír unas tortitas de avena, Adam se excusó para ir a lavarse las manos. Al volver, ella le servía ya las primeras tortitas.

—¿Mantequilla? ¿Confitura? —le preguntó.

—No, gracias. Ya me serviré yo. Tienen un aspecto estupendo. Me gustaría que el doctor Rudolph estuviese aquí. No hay nada que le guste más. Se merecería por lo menos las sobras.

—¿Ha hablado con él?

—Llamé antes de salir de Virginia, pero creo que tendría que volver a mi hotel cuanto antes. Cualquiera de mis pacientes puede tener una crisis en el momento menos pensado.

—Eso es insólito. Siempre he pensado que no hay manera de localizar a un médico cuando está de viaje.

—No ocurre así con un verdadero médico —replicó Adam.

—¿Y por qué no llama para ver si tiene mensajes? —le sugirió ella, inquieta ante la idea de que el consejero médico del Jefe se marchase.

—Gracias, Toni, pero me encuentro cansado y tendría que dormir un poco. Además, esa vigilante mirada del señor Hartnell empieza a ponerme nervioso —dijo Adam al señalar a una fotografía idéntica a la que vio en el dormitorio del enfermo. Toni la tenía en lugar preferente, junto al sofá.

—Pues es un sistema para que no le quite ojo a su paciente —bromeó ella —. ¿Me deja que lo entretenga un poco más con otra taza de café?

—Claro. Por supuesto.

Momentos después, mientras Toni estaba en la cocina, sonó el teléfono.

—¡Madre mía! —exclamó Adam—. Qué temprano empieza la jornada para usted.

—Qué va. Son mis noches las que son largas —dijo ella sonriente—. Cójalo usted, por favor. Tengo las manos ocupadas.

—Pero…

—Ande, cójalo. Que, si no, colgarán.

—Me parece que se equivoca de número —dijo Adam.

—¿Quién es? —preguntó ella casi inaudiblemente.

—Me parece que se equivocan —contestó Adam tapando el micrófono con la mano—. Una secretaria de no sé quién pregunta por Capi.

—Ah —exclamó ella desenfadadamente, arrebatándole el teléfono—. Esa soy yo. Es mi viejo apodo de cuando era una intrépida adolescente. Buenos días, Cecily. Pásamelo enseguida, por favor.

Toni aguardó a que la secretaria le pasase la llamada.

—Hola, tesoro, ¿te encuentras mejor? Sí. Estoy aquí con el doctor Coopersmith. Hemos de asegurarnos de que no nos lo atropelle un autobús. Es demasiado valioso… Sí. Claro que he notado que es atractivo. Lo único que te debe preocupar es que sabe lo que hace, y la verdad es que creo que ese medicamento va a funcionar. No… ¡Escúchame tú! —espetó de pronto con aspereza—. No vas a invitar a nadie a cenar, y menos aún en tu dormitorio. Además, en cuanto llegue, te voy a confiscar el whisky. Ahora que vas a salvar la vida no quiero que la pierdas por una cirrosis.

Un minuto después se despedían con un intercambio de besos y Toni colgó de muy buen humor.

—Ya habrá adivinado quién era —dijo sonriente.

—Ya —asintió Adam tratando de ocultar su desilusión—. El Jefe de todos.

—Mío no —replicó Toni sonriente.

—¿Y a qué se debe tal privilegio? —preguntó Adam visiblemente celoso.

—Soy su hija.

Vaya, vaya… De manera que Hartnell era su padre. Eso cambiaba un poco las cosas. Mejor dicho, lo cambiaba todo.

Pero ¿de dónde procedía «Nielson»?

El misterio quedaría pronto desvelado, nueve horas después, durante el trayecto de regreso a la finca de Virginia.

—Lo del señor Jack Nielson fue una chiquillada —le explicó Toni—. Éramos compañeros en la facultad de Derecho y, con franqueza, creo que se enamoró más de la influencia de mi padre que de mí. Fue la única vez que el Jefe y yo no estuvimos de acuerdo.

—¿Quiere decir que no aprobó el matrimonio?

—No. En realidad, Jack le parecía estupendo y, prácticamente, me echó en sus brazos. Lo que pasó es que mi esposo resultó ser tan sinvergüenza que empezó a pegármela durante la luna de miel.

—Lo siento —dijo Adam en tono solidario—. Valiente estúpido.

—Bah —dijo ella risueña—. Fue de esas cosas que le enseñan a una. Y ahora estoy inmunizada.

—¿Contra qué?

—Contra toda implicación sentimental —musitó ella sin dejar de mirar al frente.

Pese a la oposición de Toni, se celebró la cena. La única concesión que hizo el Jefe a las órdenes del médico fue no estar presente.

Fue una velada de muy alto nivel, a la que asistió un selecto círculo de cortesanos, muy acorde con el empaque de la mansión: dos senadores, un destacado columnista del New York Times, el secretario de Estado y el fiscal general del Estado. Todos, salvo este último, iban acompañados. La conversación era animada, aunque provinciana (en opinión de Adam, por lo menos). Los temas eran los clásicos chismorreos del alto funcionariado sobre los grandes personajes.

Antes de que la velada concluyese, el almirante Penrose apareció a tiempo de realizar con Adam un reconocimiento a fondo del paciente. El almirante volvió a marcharse enseguida.

Toni se quedó un rato más, llamó a Adam a un rincón e hicieron un aparte en tono confidencial.

—Coja mi coche y déjelo en el garaje —le dijo ella poniéndole las llaves en la mano—. Tengo otro juego. ¿Sabrá encontrar el camino de regreso?

Adam asintió con la cabeza. Entendió perfectamente de qué iba y no pudo evitar sentirse herido.

—Sí —musitó él—. Espero que sí. ¿Cómo se las arreglará usted…? Aunque, claro, supongo que no me incumbe.

—Supone bien —le susurró ella.

Bueno, pensó él para consolarse, aquello no era más que un coqueteo sin importancia. O figuraciones suyas. El caso era que Toni no estaba libre. Se había largado, tan campante, cogida de la mano del fiscal general del Estado.

Y, sin embargo, la noche siguiente ella insistió en invitarlo a cenar en La Renaissance.

Adam se quedó perplejo ante el inesperado interés de Toni. Aunque, el modo en que la veía conducirse en su ambiente lo animó a no privarse de hacerle unas cuantas cínicas observaciones.

—¿Aprueba su padre que salga con un hombre casado?

—Él no es quién para aprobarlo o desaprobarlo —replicó Toni en tono despreocupado—. Dejó de intervenir en mi vida social cuando rompí con Jack. Además, él y… mi amigo fueron compañeros de facultad. ¿Cómo me lo iba a reprochar?

No la cohibía en absoluto entrar en aquellos detalles. Por otro lado, no parecía muy entusiasmada con aquella relación sino más bien daba la impresión de que la llevaba con cierta filosofía. Porque parecía claro que debía de estar siempre dependiendo de las obligaciones familiares de su «amigo». Adam se afirmó en esta idea al comprobar que, durante varias noches seguidas, Toni no tenía compromiso y aprovechaba para invitarlo a una u otra fiesta en Washington.

Todos los intentos de Adam encaminados a que la joven le contase detalles más personales de su vida anterior (salvo por lo que se refiere a lo que le contó de su matrimonio) no obtenían más que superficiales datos propios de un curriculum vitae.

—Yo creía que esto era una conversación y no una entrevista laboral — terminó por decirle él con un deje de frustración.

Una noche, al regresar a pie a casa después de asistir a una representación de El lago de los cisnes en el Kennedy Center, Adam, de muy buen humor, dio unos pasos imitando al Príncipe. Le sorprendió que ella lo secundase.

No era un talante que fuese con ellos. Bajaron la guardia y se confesaron que, de pequeños, ambos estudiaron danza.

—¿Por qué lo dejó? —le preguntó él—. Lo digo porque tiene un cuerpo perfecto para ser bailarina.

—Gracias por el cumplido —dijo ella sonriente—. Le parecerá una estupidez, pero es que soy tan alta que ninguno de los chicos podía levantarme. ¿Y qué le impidió a usted convertirse en el Barishnikov norteamericano?

—A decir verdad —repuso él en tono misterioso—, tenía otros motivos para asistir a clases de danza.

—¿Cuáles?

—Se lo diré otro día —contestó sonriente—. ¿Verdad que sienta mal que se ande uno con misterios cuando se hacen preguntas inocentes? —la reconvino.

Boyd Penrose llamó por teléfono a las tres de aquella madrugada. Fue derecho al grano, sin ni siquiera excusarse por lo intempestivo de la hora.

Acabo de ver el análisis del Jefe, Coopersmith, y esos linfocitos han decidido regresar definitivamente. Creo que lo más difícil está conseguido.

Eufórico, Adam llamó a Boston y le dio la buena noticia a Max. Nada más colgar recibió otra llamada.

—Hola —le dijo Toni radiante—, yo también acabo de saberlo. Usted comunicaba. ¿Ha hablado ya con Max?

—Sí, se lo acabo de decir.

—Lo he supuesto. ¿Por qué no viene e improvisamos una fiesta para dos?

—¡Vaya! ¿Por qué no?

Encontró a Toni desbordante de alegría.

—Oh, Adam —exclamó entre sollozos al abrirle la puerta de su apartamento—. Lo ha conseguido. ¡Le ha salvado la vida a mi padre! — añadió echándose en sus brazos.

De pronto lo besó en los labios.

No por inesperado le resultó menos grato. Era una mujer deseable y se sintió feliz ante aquel amoroso gesto, que añadía una nueva dimensión. A la que él dio la bienvenida con entusiasmo.

Por la mañana, Toni lo rodeó con sus brazos.

—¿Vas a decirme ahora por qué ibas a clase de danza? —le preguntó.

—Por dos razones. Para empezar, porque mi madre era la pianista de la clase y yo fui en un acto de lealtad. Además, era una manera de darle en la cara a mi padre por lo mal que la trataba. Era un modo de castigarlo. Imagínate a un fundidor de Indiana teniendo que decirle a sus compañeros que su hijo era un mariquita que andaba a saltitos en mallas.

—Bueno, puedo avalar tu masculinidad —le dijo ella radiante—. Incluso estaría dispuesta a firmar una declaración jurada. ¿Y qué es de tu madre?

—Murió cuando yo tenía doce años. Es decir, la mató él.

—¿Qué? ¿No hablarás en serio?

—Ella iba a darle otro hijo y, en las últimas fases del embarazo, cogió una intoxicación de la sangre —le explicó él, visiblemente alterado al recordarlo —. Fue una canallada desde el primer momento, desde que supo lo de la infección. Presionó al médico para que ella siguiese adelante con el embarazo y se asegurase de que el niño no naciese muerto. Al final los perdió a ambos.

—¿Y quién se hizo cargo de ti?

—Cuidé yo de mí mismo.

—Bah. Imposible.

—Pues no. Me las ingenié. Por inverosímil que parezca, me hice deportista: saltador de trampolín.

—¡Ja, ja! —exclamó ella con expresión admirativa—. A coquetear con el peligro, ¿eh?

—Más o menos. Lo que sí te aseguro es que, por lo menos durante un par de segundos, podía estar mentalmente a solas conmigo mismo, a más de diez metros por encima del resto del mundo.

—Ya sabía yo que eras un alma gemela —musitó ella—. Muy de puertas adentro somos los dos.

Durante el desayuno, Toni prosiguió con su interrogatorio.

—¿Llegó a enterarse tu padre que eras un temerario saltador de trampolín?

—Pues sí —contestó Adam con un dejo de reprimida tristeza—. En la única sección del periódico que leía. Vio que participaba en el campeonato estatal. Se presentó con dos de sus compinches de tasqueo. Pero, como nunca habían asistido a una competición de saltos, jaleaban cuando no correspondía. Me pusieron tan nervioso que me zambullía como una ballena y mi buena puntuación global se fue a hacer puñetas.

Toni vio en sus ojos que el recuerdo de su fracaso aún le escocía.

—A partir de aquel día no pensé más que en largarme de casa, en unos momentos en los que mi única posibilidad de salir adelante era conseguir una beca de estudios. Por suerte, mis notas eran mejores que mi puntuación en el trampolín. ¿Has oído hablar de la Escuela de Medicina Shimer?

—La verdad es que no.

—Ni nadie. Pero es una pequeña y muy progresista extensión de la Universidad de Chicago. Partían del convencimiento de que, si aprobabas su test, con independencia de los cursos que hubieses hecho, estabas en condiciones de ingresar en una facultad. Era una especie de incubadora para estudiantes de medicina empeñados en ahorrarse algunos años. Y yo deseaba tanto ser médico que, durante los veranos, trabajaba de enfermero en el hospital Michael Reese, lo que, de paso, me proporcionaba una buena excusa para no volver a casa. Sublimé mi ira con el estudio y, milagrosamente, conseguí que luego me aceptasen en la Facultad de Medicina de Harvard.

—Sin duda para evitarles la toxemia a las embarazadas —señaló Toni amablemente.

—Y para salvar a los niños —dijo Adam—. Yo era un sesudo anciano de diecinueve años. Puede que, académicamente, estuviese bien preparado, pero socialmente era un desastre. Sobre todo, entre los distinguidos licenciados de

la Ivy League[1], que jamás habían oído hablar de la Escuela de Medicina Shimer. Supongo que por ese motivo solo me sentía cómodo cuando me encontraba entre las otras ratas de laboratorio.

—¿Y así es como conociste al doctor Rudolph?

—En él hallé a un padre al que podía respetar. Durante el final de mi etapa de residente en prácticas, en ginecología-obstetricia, Max Rudolph me consiguió una beca para investigación. No solo me enseñaba inmunología sino que me enseñaba a vivir. Me refiero a que, la primera vez que me invitó a cenar en su casa, comprendí que Max y Lisl tenían la clase de relación que prestigia a la institución matrimonial. Ella es una psicoanalista kleiniana; hace maravillas con los niños. Me tomaron bajo su protección. Lisl incluso me descubrió los cuartetos de la segunda época de Beethoven.

—Pues son bastante difíciles —señaló Toni.

—Sí —convino Adam, de nuevo impresionado por la amplitud de sus conocimientos—. Sobre todo, teniendo en cuenta que yo incluso desconocía los de la primera época.

—¿Tienen hijos? —preguntó Toni.

—Me temo que solo a mí.

—En tal caso, también tú les diste algo importante.

—En ello confío. Y, si alguna vez apruebo el examen de humanidad, a su generosidad lo deberé.

—¿Y? —inquirió ella.

—Que ahora te toca a ti hablarme de cosas personales —repuso él, confiado en que su sinceridad la hubiese desinhibido.

Pero se le escabulló. Pretextó tener trabajo atrasado, que debía estar en el Departamento de Justicia dentro de quince minutos. Que volverían a hablar por la noche. Adam la dejó marchar a regañadientes, temeroso de que utilizase el resto del día para volver a levantar sus barricadas psíquicas.

No se equivocaba. Había sido como estar en un baile de disfraces con alguien que luego se marchaba a casa sin quitarse la máscara. Irónicamente, aunque conociese detalles de la vida íntima de Toni, nada sabía de su fuero interno. Tanto es así que, antes de marchar a Boston, Adam no pudo resistir la tentación de expresarle su decepción al despedirse.

—Bueno, Toni, encantado de no conocerte.

Naturalmente, Adam no se marchó hasta que tuvieron los resultados de la tercera serie de análisis («irrebatibles», como lo expresó Penrose). Él y Adam convinieron en que ya se le podía decir al paciente que su recuperación era un hecho.

Hartnell estaba exultante. Después de pasar una hora con su adorada Capí, llamó a Adam para hablar en privado.

—Escuche, Coopersmith: escúcheme bien. Tengo mucha influencia y, gracias a su jefe, voy a poder utilizarla durante mucho tiempo. Estoy en deuda con él. Dígame: ¿qué es lo que el doctor Rudolph más desearía en este mundo?

Adam se acercó más a la cama.

—El ratón humanoide no es sino uno de los muchos logros científicos de Max —le susurró—. Creo que no hay nadie que merezca más que él el premio Nobel.

—Pues haré lo imposible para que se reconozcan sus méritos —le contestó el Jefe.