Los premios
Capítulo 44
SANDY
EL DÍA más radiante en la vida de Gregory Morgenstern fue el más negro para Sandy.
Apenas tres años después de la publicación de su descubrimiento de los anticuerpos del cáncer de hígado, le concedieron a Morgenstern el premio Nobel de Medicina, como si considerasen que el galardonado era, desde hacía tanto tiempo, un silenciado héroe de la comunidad científica que debían apresurarse a reivindicar.
El anuncio de la concesión del premio le dolió bastante a Sandy. Pero la ceremonia fue como una puñalada. Porque Greg, el ejemplar padre de familia, no solo fue a Estocolmo acompañado de su esposa sino también de su hija y de su nieta.
Por un cruel capricho del destino, los fotógrafos de toda Norteamérica se centraron en el galardonado y sus tres damas de honor.
Irónicamente, la generosidad de Sandy no había hecho sino acrecentar su disgusto. Porque, de acuerdo a los términos de su divorcio, Judy necesitaba su autorización para llevar a Olivia al extranjero.
Sintió el impulso de negársela, porque era tanto como aprovechar la oportunidad de negarle algo a Morgenstern, que a él lo había despojado de todo.
Y, sin embargo, no era tan duro de corazón como para convertir a su hija en rehén de su amargura y de su rabia. Además, pensó que si insistía en su derecho a impedir el desplazamiento de su hija, Judy lo utilizaría como arma arrojadiza contra él mientras Olivia fuese menor de edad.
—La verdad es que no me hace ninguna gracia —reconoció Sandy al pedirle Judy la autorización.
—Y me hago cargo —dijo ella en tono comprensivo—. Pero sé que te comportarás con honestidad, al margen de tus sentimientos. Porque no querrás hacerle daño a Olivia.
—Te lo autorizaré con una condición —dijo Sandy.
—Tú dirás, Sandy.
—Que no vuelvas a utilizar la palabra honestidad conmigo.
Al regresar su hija de la ceremonia, llamó por teléfono a su padre con el mayor candor.
—¡Ha sido estupendo, papá! —le dijo—. Tendrías que haber estado allí.
Nada más perpetrar Greg Morgenstern su robo intelectual, Sandy había consultado a Milton Klebanow, el más reputado experto en propiedad intelectual de la Facultad de Harvard para ver si, aunque fuese mínimamente, cabía esperar que se le hiciese justicia.
En su primera entrevista, Klebanow no se mostró del todo pesimista. Al fin y al cabo, el doctor Raven podría presentar pruebas en sus propios diarios de laboratorio, y recurrir al testimonio de expertos que evaluasen y testificasen la importancia de su contribución al proyecto.
Durante la conversación, le asaltó a Sandy el súbito temor de que Morgenstern, o cualquiera de sus acólitos, se hubiese apoderado de sus pruebas. De manera que, nada más despedirse de Klebanow, fue de inmediato al laboratorio a recoger toda la documentación, incluido su contrato con la universidad. Contagiado de las fantasías del espionaje y los espías, se abstuvo de utilizar las fotocopiadoras de la facultad y lo fotocopió todo en unos almacenes de Massachusetts Avenue.
Al día siguiente, Klebanow lo llamó por teléfono al club de profesores, donde Sandy se refugiaba últimamente.
—No soy hombre de ciencia —le dijo Klebanow— y las fórmulas exceden mi capacidad de comprensión. Pero hay dos cosas que puedo afirmar. En primer lugar, que ha trabajado usted mucho; y, en segundo, que es demasiado tarde para poder hacer nada.
—Pero ayer me dijo… —le recordó Sandy descorazonado.
—Ayer no había leído el contrato —le comentó el abogado—. Y me temo que usted tampoco lo ha leído. De lo contrario, habría tenido en cuenta la cláusula que, automáticamente, concede todos los derechos sobre lo que usted cree al director del laboratorio, en este caso el profesor Morgenstern.
A Sandy se le cayó el alma a los pies. Tenía claro que, aunque hubiese leído aquella cláusula, habría confiado en Greg lo bastante como para firmar el contrato igualmente.
Tal fue su decepción que renunció a su puesto en el MIT, confiando en que no le resultaría difícil encontrar otro empleo. Y no se equivocó, porque las universidades de Columbia y de Johns Hopkins, que eran las que mejor informadas estaban de la importancia de su labor en la investigación de Morgenstern, se le adelantaron y se pusieron en contacto con él. Esto, unido a las cartas que escribió a otras instituciones, hizo que se viese inundado de ofertas.
Con todo, la terrible injusticia amargó tanto a Sandy que adoptó, conscientemente, un cínico talante. Se dijo que, en adelante, todo su trabajo de investigación lo orientaría a medrar y enriquecerse.
Y enseguida comprendió que lo más rentable era todo aquello que estuviese orientado a combatir el envejecimiento. Todo el mundo temía morir. La muerte era, en definitiva, el enemigo universal. El científico que ralentizase el proceso (y no digamos si lograba parar el reloj) tendría el mundo a sus pies y millones en el banco.
En los laboratorios de todo el mundo se quemaban las cejas analizando los mecanismos que imponían límites a la longevidad. Legiones de científicos iban a la caza de genes que debilitaban distintos órganos del organismo, y que contenían el invisible reloj vital.
De ahí que, muy al estilo de su padre, Sandy sondease a todas las instituciones que trabajaban en proyectos convergentes con la idea de crear un instituto consagrado al estudio de la degeneración celular.
Sin embargo, al final terminó por aceptar una cátedra de microbiología, con laboratorio propio, en el Tecnológico de California.
Lo aceptó por varias razones. En primer lugar, por prestigio, por su elevada remuneración y porque contaría con modernísimas instalaciones. Pero, en la misma medida, porque le prometieron que, en un futuro no lejano, le financiarían un instituto de Gerontología. Además, también contribuyó a decidirlo el hecho de que su padre viviese en Beverly Hills.
Por otra parte, trasladarse a California significaba alejarse al máximo de Gregory Morgenstern.
Ya se habían dado importantes pasos en aquel campo. Un equipo de científicos de la Universidad de Texas descubrió un par de fatales actividades genéticas: la M-Uno que, al activarse, desencadena un lento proceso de desgaste. Y la M-Dos, que remata la faena expeditivamente.
Sin embargo, al desactivar estos procesos pudieron detener el proceso de envejecimiento.
Sandy se había concentrado no solo en detener el proceso sino en reeducar estos genes para, en última instancia, invertir el proceso de su destructiva actividad.
A diferencia de enfermedades como la fibrosis cística, que se atribuía a un específico cromosoma, el envejecimiento se controla desde, por lo menos, un centenar de segmentos del genoma.
Algunos aspectos del envejecimiento son visibles. Sandy podía hacer consigo mismo una banal pero dolorosa comprobación con solo peinarse por la mañana. A veces, no resistía la tentación de contar los cabellos que se le quedaban en la mano.
Este no es sino un benigno indicador de que determinadas partes del organismo empiezan a fallar. Los telómeros —fragmentos de genes— pierden unos cuantos pares al reduplicarse.
Estas pérdidas se acumulan hasta que terminan por causar desperfectos. Sandy y sus colegas descubrieron que una enzima llamada telomerasa puede utilizarse para la que en otro tiempo fuera inevitable erosión del ADN. En otras palabras, decía Sandy en son de broma, «habían descubierto un crecepelo para los genes».
A pesar de todas sus solemnes declaraciones de misantropía, Sandy se consagraba a la investigación por un inconsciente impulso humanitario.
Porque, en mayor o menor medida, siempre subyace algo psicológico en la atracción que los científicos sienten hacia determinadas disciplinas. Y, quizá, los distintos proyectos de Sandy estuviesen, por lo menos en parte, motivados por la preocupación que sentía al ver envejecer a su padre.
Como consecuencia de muchos años de exposición al sol de California, le salieron a Sidney Raven tres manchas negras en la cara. Un dermatólogo le diagnosticó que eran malignas y se las eliminó quirúrgicamente. En su opinión, no corría gran riesgo inmediato de que el carcinoma le produjese una metástasis.
Pero el solo hecho de que su padre estuviese cada vez más cerca de su límite vital lo espoleaba para dedicar cada vez más tiempo a su investigación. En su fuero interno acariciaba la irracional idea de regalarle la inmortalidad a su amado padre.
Y hubo otro aspecto que contribuyó también a que Sandy se decidiese por aquella universidad (y que no comentó con su padre). Ir a California significaba estar cerca de la ex Rochelle Taubman, de quien, en realidad, no tenía apenas más noticias que lo que leía en los periódicos.
Aunque su ruptura con Elliot Victor no ocupase grandes titulares —en una ciudad en la que el matrimonio no pasa de ser un deporte estacional—, los acontecimientos que siguieron proyectaron de nuevo a Kim Tower hacia el firmamento de Hollywood, y con visos de continuidad.
—¿Te has enterado de la noticia, muchacho? —le preguntó Sidney a su hijo por teléfono.
—Me he pasado todo el día encerrado en el laboratorio, papá.
—Pues… ¡si tiene a la ciudad revolucionada! ¡Regresa en plan triunfadora!
—¿Quién? ¿De quién me hablas?
—¿No irás a decirme que has olvidado a Rochelle, eh? —bromeó Sidney —. No sabes lo orgulloso que estoy. Acaban de anunciar que la señorita Kim Tower, antes Rochelle Taubman, va a suceder a Sherry Lansing como directora de la Fox. Es el cargo ejecutivo más importante que haya ocupado jamás una mujer en Hollywood. En realidad, según mis fuentes, ya ocupa el puesto.
—¡Dios mío! —exclamó Sandy—. ¡Es fabuloso! Quizá debería enviarle un telegrama de felicitación o unas flores… o algo.
—¿Y por qué no la llamas, muchacho? Seguramente se alegrará de saber de ti. Recuerda que la conociste cuando no era más que un pececito. Pero, bueno, tú verás. Voy a ver unas pruebas. ¿Por qué no te acercas luego con el coche a Chasen’s? Te invito a la mejor carne con chile que hayas comido. Y brindaremos por Rochelle.
—Estupenda idea. Puestos, te recojo, si quieres.
—No hace falta, hombre. Que iré primero a casa a cambiarme. Nos vemos allí a las ocho.
Aunque no perteneciese al mundillo de Hollywood, Sandy se sintió algo apocado al detener su modesto Chevrolet a solo unos metros de la marquesina a franjas verdiblancas de Chasen’s, mientras aguardaba a que los porteros aparcasen dos impresionantes Silver Cloud.
Al dar Sandy su nombre, el maître lo saludó con una leve inclinación de cabeza. Enseguida lo condujo hasta un compartimiento del lujoso restaurante con los asientos tapizados de terciopelo rojo.
Declinó la sugerencia de tomar un cóctel y pidió agua mineral. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la semipenumbra del restaurante, miró en derredor tratando de ver algún rostro famoso.
Tan ocupado estaba Sandy en otear el estelar firmamento que perdió la noción del tiempo. Después de creer haber entrevisto a Paul Newman y Joanne Woodward, cayó en la cuenta de que eran casi las nueve. Su padre no aparecía. Llamó al camarero y le pidió un teléfono.
—Enseguida se lo traigo, señor.
Al cabo de unos momentos, Sandy marcaba el número de la Twentieth Century-Fox.
Sonó el teléfono varias veces. Pero nada. Quizá los estudios estuviesen cerrados por la noche. No. Era absurdo. Siempre había alguien, aunque solo fuese un humilde guionista.
Al fin contestó una voz de hombre. Comprendió que, a aquella hora, las llamadas pasaban a Seguridad.
—¿Podría decirme si todavía queda alguien trabajando en las salas de proyección? —preguntó Sandy.
Notó que el empleado llamaba a varios números interiores.
—Me temo que no hay nadie —le dijo al cabo de unos momentos.
—¿Podría ponerme entonces con Sidney Raven, por favor?
—Lo siento, señor. Aquí no hay nadie con ese nombre.
—¿Bromea? Sidney Raven. R-A-V-E-N. ¡Hace veinte años que trabaja en la Fox!
El empleado volvió a repetirle lo mismo como un autómata, sin la menor vacilación.
—Lo siento. No hay nadie con ese nombre que tenga extensión. Así que buenas noches, señor.
Al colgar el empleado, Sandy se quedó estupefacto. Dejó pasar otro cuarto de hora, hecho un manojo de nervios y, ya iba a llamar de nuevo, cuando al fin apareció su padre.
En contra de su costumbre —siempre iba hecho un figurín, impecable en su presentación—, Sidney apareció desaliñado, desgreñado, con la camisa desabrochada y el nudo de la corbata colgando debajo de su pecho.
—¡Dios mío, papá! ¿Qué te ha pasado?
—Estoy muerto, muchacho. Soy un cadáver andante.
Sandy se levantó, rodeó con sus brazos a su padre y lo ayudó a sentarse.
—Te pediré una copa —le ofreció Sandy solícito.
—Me parece que ya me he tomado demasiadas.
Entonces reparó Sandy en que a su padre le olía el aliento a whisky.
—No me tengas en vilo. ¿Qué ha ocurrido?
—¿Bromeas? ¿Qué crees que puede haber ocurrido para que esté así?
—Calma, papá —dijo Sandy, que le ofreció agua mineral y trató de calmarse él también—. Cálmate porque, si no me lo cuentas, ¿cómo lo voy a saber?
Sidney bebió el vaso de agua de un trago y le contó los últimos instantes de su vida profesional.
—He ido a ver las primeras pruebas de la película, y allí estaba ella esperando. De momento, me he sentido halagado. Porque me he dicho: «Casi nada: la jefa de los estudios acaba de incorporarse y, lo primero que hace, es venir a ver lo mío».
—¿Y?
—Pues que hemos pasado la película. Y no es extraordinaria pero tampoco espantosa. Al encenderse las luces se vuelve hacia mí y me suelta: «Es una porquería, Sidney, una porquería. Y, lo que es peor: una porquería de los años sesenta». Y me lo ha repetido qué sé yo cuántas veces —le explicó Sidney muy dolido—. Me ha dicho que no he estado a la altura, que no estoy en la onda. Y luego me ha dicho algo peor.
Sandy tenía el corazón tan encogido que hubiese preferido no oírlo, pero comprendía que su padre necesitaba desahogarse.
—¿Qué te ha dicho, papá? —le preguntó.
—Me ha llamado dinosaurio. Que soy una especie extinta, y que ni siquiera me había enterado.
—No es más que una zorra. Como mínimo, debería mostrar mayor respeto por tu carrera.
Sidney meneó la cabeza.
—¡Después de lo que has hecho por ella, que fuiste el primero en apoyarla! —exclamó Sandy furioso.
—Vamos, muchacho… Que esta ciudad tiene el récord de amnésicos.
Sandy se sintió tan ultrajado como impotente. Ni entre las tribus más salvajes de la selva podía imaginar un comportamiento semejante. Y, aunque se temía lo peor, no tenía más remedio que preguntárselo.
—¿Y ahora qué hará? ¿Te va a postergar a cualquiera de esas producciones que llaman «de adolescentes»?
—¿Bromeas? Que ya hace tiempo que cumplí los veinticinco y lo poco que me peino son canas. A la gente como yo ya no se le confían estos encargos.
—Me parece que exageras, papá.
—Ojalá —repuso Sidney—. Créeme, muchacho, incluso tú eres demasiado viejo en este mundillo. Como las cosas sigan así, dentro de un par de años los estudios los dirigirán escolares con voz de pito y un sueldo de veinticinco millones al año.
—Escucha, papá —dijo Sandy tratando de consolarlo—, es natural que estés afectado. Pero no te dejes abatir a causa de ella. Te invitaré yo a cenar esa carne con chile y luego podemos ir a dar un paseo en coche junto al mar.
Sidney asintió y Sandy llamó al camarero, que no pudo ocultar su incomodidad por el lastimoso aspecto de Sidney Raven.
Al ver comer a su padre como un autómata, Sandy comprendió que estaba destrozado. Y, aunque por muy distintas razones a las que pudieran impulsarlo en principio, ahora iba a tener que hablar con Rochelle Taubman sin dilación.
Sandy no quiso dejar a su padre solo. Optó por quedarse a dormir en la habitación de invitados, que compartían con Judy antes de aquel rosario de reveses que había sufrido.
Paradójicamente, Sandy estaba más nervioso que su padre. No paró de dar vueltas en toda la noche, pensando en lo que le diría a Rochelle cuando la tuviese delante…, si es que se dignaba hablar con él.
Estaba en la cocina tomando café al entrar su padre en albornoz.
—Eh, ¿qué haces aquí, muchacho? ¿No vas al laboratorio?
—Tranquilo, papá, que estaba demasiado preocupado anoche para conducir. Si me prestas una camisa y la maquinilla de afeitar, saldré ahora, si me aseguras que puedo quedarme tranquilo.
—Muchacho… Que me las he arreglado solo casi desde la cuna. No temas. Lo pasado, pasado. Y ahora a pensar en el futuro. Como le dijera Claude Rains a Bette Davis en Deception. «Siempre he tenido un gran sentido del mañana». De manera que me sentaré frente al teléfono y empezaré a hacer llamadas.
Aunque el optimismo de su padre no le resultaba nada convincente, Sandy confiaba en que, por lo menos, se sobrepondría para seguir con su vida cotidiana.
Sandy se afeitó rápidamente, se peinó su rebelde cabello y acabó de dominarlo con laca. Antes de salir volvió a darle ánimo a su padre y le prometió pasar más tarde a verlo.
Durante las angustiosas horas de la noche anterior, Sandy le dio vueltas a la idea de si sería conveniente llamar a Rochelle y pedirle inmediatamente una cita. Y concluyó que esto le permitiría a ella echarle un vistazo a su agenda, lamentarse por lo llena que la tenía y rogarle amablemente que llamase otro día.
De manera que decidió ir a los estudios sin más. Quizá así tampoco quisiera verlo, pero el hecho de estar allí se lo pondría más difícil.
Si lo recibía le iba a decir unas cuantas cosas.