Los premios

Erich Segal · Capítulo 28 de 65

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Los premios

Capítulo 26

 

ISABEL

RAYMOND poco podía enseñarle ya. Su reserva de conocimientos estaba casi agotada. Lo más que podía ofrecerle era su apoyo y aliento constantes, y protección para que nada ajeno a los estudios la distrajese. En otras palabras, casi insensiblemente había pasado de entrenador a animador.

Sin embargo, Raymond nunca olvidó su responsabilidad para procurar que Isabel mantuviese su equilibrio interior.

Después de asegurarse de que Isabel estaba perfectamente preparada por su examen de Literatura universal del día siguiente, le sugirió tomarse un respiro e ir a la bolera Holiday Bowl a hacer un poco de ejercicio.

La cúpula que cubría las pistas retumbaba con el estruendo de los bolos y los gritos de los espectadores. Padre e hija se sentaron en un banco a ponerse las raídas botas que habían alquilado. Raymond cambió de pronto de cara al mirar a lo lejos.

—¿Qué demonios hace aquí?

—¿Quién, papá?

—Tu «pretendiente», el señor Pracht, inaccesible al desaliento.

—¿Está Jerry? —exclamó ella risueña.

Irónicamente, Isabel había pasado un solitario verano, tratando de aceptar el hecho de que no volvería a ver a Jerry. Y, sin embargo, allí lo tenía ahora, a menos de cien metros, tan alegre y exultante como siempre, con un grupo de amigos y talante de líder. Ardía de impaciencia, pero, antes de que pudiera tomar alguna iniciativa, Raymond estaba de nuevo a su lado con dos vasos de plástico.

Como estaban los segundos en la cola, no tendrían que esperar más allá de cinco minutos.

Jerry estaba en la pista 9, y los de la 6 y la 12 parecían a punto de terminar sus partidas. Quedase libre una u otra, pensó Isabel, estarían lo bastante cerca para que él la viese. Y su padre no podría mostrarse grosero en público con el tutor de su hija.

Jerry estaba a punto de lanzar, con la bola a la altura de la mejilla. Miraba fijamente el bolo delantero del fondo de la pista. Entonces soltó la bola con un hábil movimiento para no perder el equilibrio. Le dio al bolo delantero tan de pleno que cayeron todos los demás. Un strike. Sus amigos lo vitorearon. «¡Formidable, Jerry!»; «¡Fenomenal!».

Isabel, cautivada por su habilidad, no pudo contenerse.

—¡Bravo por el ciento noventa y cuatro del mundo! —gritó.

El héroe del momento alzó la vista y la vio.

—¡Eh, cuánto tiempo! —exclamó entusiasmado—. ¿Quién te lo ha dicho?

—Oye, ¡que me costó un dólar la revista de tenis! Sancho debe de estar muy orgulloso, porque ya estás entre la elite. ¡Has subido cien puestos!

—¿Se puede saber de qué bobadas habláis?

Isabel notó por el tono de la pregunta que su padre estaba más aplacado.

—Es que Jerry ha dado un salto gigantesco en la clasificación de la Asociación de Tenistas Profesionales —contestó ella al acercárseles su amigo.

—Hola, señor Da Costa —dijo Jerry alegremente al darle la mano.

Raymond era demasiado sensato para hacerle un desaire, sobre todo en público.

—Hola, Jerry —correspondió amablemente al estrecharle la mano—. ¡Menudo strike acabas de hacer!

—Gracias —dijo el joven—. No sabía que les gustasen los bolos.

«¡Pues también es mala suerte!», pensó Raymond ante lo que le parecía un sarcasmo. Porque, salvo a subir en globo, era a lo único que no había invitado a Isabel.

Justo en aquel momento, una jovencita norteamericano-japonesa de lozano rostro, que llevaba una blusa a franjas rojas y blancas, les avisó.

—Pista doce para Da Costa —dijo.

—Encantado de verte —dijo Raymond, que le dio un golpecito con el codo a su hija y enfiló hacia la pista.

—Lo mismo digo —correspondió Jerry—. A nosotros se nos ha acabado ya el tiempo. Si quiere, nos quedamos a verlos jugar.

—¡Estupendo! —exclamó Isabel antes de que su padre se adelantase con alguna educada excusa—. Me podéis enseñar un poco.

—Hecho —dijo Jerry sonriente, mirando a sus amigos—. Tranquilos que allá vamos.

Raymond se puso tan nervioso que su primera bola fue a parar al canal derecho y cayó al foso.

—Mala suerte, señor Da Costa —concedió Jerry—. Quizá ha soltado la bola demasiado pronto.

—Sí, supongo que sí —reconoció educadamente Raymond, que tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse—. Me falta práctica.

—Creo que le vendría mejor una bola menos pesada —sugirió Jerry.

Raymond ignoró el consejo y lanzó la segunda bola con tal descontrol que fue a parar al canal izquierdo.

Ahora le tocaba a Isabel. Aunque sin exteriorizar que aceptaba el consejo de Jerry, eligió la bola más ligera que encontró. Se situó tras la línea de lanzamiento y soltó la bola que, a diferencia de la de su padre, no se desvió tanto y derribó tres bolos.

—No está mal —dijo Jerry al mirarlo ella—. Es el típico error del principiante: frenar el cuerpo en seco antes de soltar la bola. Como científica, deberías reparar en que eso anula el efecto del impulso que te das, que sirve precisamente para darle mayor potencia al lanzamiento.

—¡Madre mía! —exclamó Isabel—. ¡Como si fueras un físico!

—Dios me libre —protestó Jerry—, aunque supongo que algo de lavado de cerebro me han hecho.

Se vieron de pronto interrumpidos por la aparición de una atractiva rubia de la edad de Jerry.

—Vamos, Pracht, que no podemos esperar hasta el Día del Juicio —dijo en tono insinuante—. Que casi todos tenemos que estar en casa a las once, ¿sabes?

Jerry asintió y se dirigió a los Da Costa.

—Perdonen, pero soy el único que lleva coche. No puedo estropearles la noche a mis amigos. Quizá otro día.

—Claro —dijo Isabel sin dejar traslucir su decepción.

Padre e hija quedaron abandonados a su suerte de novatos, aunque, por lo menos, al cabo de un rato aprendieron a tomárselo con buen humor.

De vuelta a casa, Raymond creyó llegado el momento de hacerle a su hija un comentario a modo de advertencia.

—Mira, Isabel, espero que ahora hayas comprendido por qué no quiero que andes por ahí con gente así.

—No sé a qué te refieres, papá —dijo ella perpleja.

—Simples matemáticas —repuso él—. Si esa jovenzuela tiene permiso hasta las once de la noche, y no son más que las nueve y veinte, es de imaginar lo que habrán ido a hacer.

Isabel entendió perfectamente bien que el comentario de su padre no tenía otro objeto que desacreditar a Jerry Pracht. Pero su única reacción fue pensar que le hubiese encantado ser la otra chica.