Los premios
Capítulo 25
ADAM
CON LA proximidad de las Navidades se animó el ambiente familiar de los Coopersmith. Adam llevó a Heather a clase preparatoria de esquí al polideportivo local. Y Toni se levantaba quince minutos más temprano todas las mañanas para ponerse en forma, con ejercicios que recomendaba un manual de la Fuerza Aérea canadiense.
Como el viaje en coche sería largo, Adam propuso invitar a Charlie Rosenthal, su colega de la clínica en la que trataban los casos de esterilidad. A Toni le caía bien su esposa Joyce, y la edad de Heather promediaba la de los dos hijos del matrimonio Rosenthal, con lo cual la niña podría contar con dos compañeros de juegos bastante adecuados.
Ya en la carretera, los dos maridos decidieron turnarse al volante de la furgoneta de los Rosenthal. Pisaban a fondo, probablemente apremiados por la insoportable música rap que sus vástagos insistían en hacer atronar a través de los altavoces del vehículo.
Al atardecer del día de Nochebuena, cansados pero exultantes, llegaron a uno de los hoteles del complejo de Georgian Bay, situado en primera línea de mar, en uno de los extremos de la bocana.
Las familias fueron a ocupar cada una sus respectivos bungalows del hotel. Quedaron en cenar juntos en el restaurante a las siete. Impacientes por entregarse a las actividades invernales, los jóvenes Rosenthal y Heather se quedaron afuera para hacer un muñeco de nieve. Cuando la jovencita decidió volver al bungalow, estaba empapada y temblando. Se metió de buena gana en la bañera jacuzzi y luego se puso su falda nueva, a cuadros escoceses, y el blazer azul marino que Toni le había comprado para las vacaciones. Luego se calzaron todos botas y se dirigieron al comedor principal, muy animados y con mucho apetito.
Los Rosenthal les aguardaban junto a la gigantesca chimenea de piedra, Charlie y Joyce con sendas copas de ponche de huevo y ron, emulados por sus hijos que lo tomaban sin alcohol.
—Esto es maravilloso —dijo Joyce entusiasmada—. Nos hemos apuntado al trineo de balancín para mañana por la mañana. Si os apetece, vamos todos.
—¿Por qué no? —bromeó Charlie—. Somos médicos. Podremos reparamos las piernas mutuamente. Pero, vamos ya, antes de que nos dejen sin pavo.
Los bulliciosos comensales atacaban los platos con un ánimo redoblado por el alcohol.
Un cuarteto de cuerda de la Universidad de Toronto interpretaba versiones seudoclásicas de populares melodías navideñas, al estilo de Bach, que fueron muy del gusto de grandes y pequeños y contribuyeron a dar un toque mágico al ambiente.
Heather estaba sentada entre los dos jóvenes Rosenthal. A su padre le impresionó vivamente advertir los destellos de su prometedora belleza.
Siempre se podía contar con Charlie para que contase algún chiste nuevo y en aquella ocasión tampoco los decepcionó, aunque sus hijos, que ya se los sabían, no paraban de lamentarse: «Ese otra vez no, papá».
Después del banquete, mientras aguardaban la típica torta Alaska, se acercó el conserje y le susurró algo al oído a Adam, que asintió con la cabeza.
—Guardadme un trozo, eh —dijo al levantarse—, que tengo una llamada.
—Tiene gracia la cosa, Joyce —exclamó Charlie en son de broma—. A mí, que no hago otra cosa que la consulta, no me llama nadie. Y la media docena de pacientes que debe de tener Coopersmith no puede pasarse sin él. Hasta el otro lado de la frontera lo persiguen. No sé si debo considerarme afortunado o sentir celos.
—Tú espera a ver quién es, que nunca se sabe —dijo Adam en plan simpático al enfilar hacia las cabinas, preguntándose qué demonios debía de ocurrir.
—Diga.
—Soy Marvin Bergman, doctor Coopersmith. Soy el jefe médico residente del Psiquiátrico de Massachusetts. Siento molestarlo, pero se trata de la señora Avílov.
—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó Adam estremecido.
—Ha intentado suicidarse. Se ha tomado treinta tabletas de Diazepan-5. Pero luego se lo ha pensado mejor y ha llamado a su consulta, que se ha puesto en contacto con nosotros.
—¡Dios mío! —exclamó Adam consternado—. ¿Y cómo está?
—Fuera de peligro —repuso Bergman—. Llegamos con tiempo sobrado para hacer un lavado de estómago. Va a dormir como un tronco, eso sí. Pero se despertará viva. Bueno, ya que es usted su ginecólogo, conocerá a su psiquiatra.
—No tiene. ¿Ha… preguntado por mí?
—Lo ha llamado un par de veces por su nombre de pila —contestó Bergman sin dejar traslucir que le diese la menor importancia—. Pero está totalmente fuera de peligro. No hay ninguna necesidad de que interrumpa usted sus vacaciones.
—No importa. Llamaré a Toronto a ver si aún puedo coger un avión. Si se despertase antes, sobre todo dígale que voy de camino. ¿De acuerdo, doctor Bergman?
—Por supuesto. Aunque, según a qué hora llegue usted, es posible que no esté de servicio.
—Pues, sobre todo, doctor, que quien lo sustituya no olvide decírselo a ella —casi le gritó Adam, que se percató enseguida de que sus sentimientos podían traicionarlo—. Ya sé que tener guardia en Nochebuena es una mala pasada, doctor —añadió más calmado—, y por ese motivo le agradezco aún más su interés.
Nada más colgar, Adam se dirigió sin demora a recepción para averiguar si había algún vuelo a Boston aquella noche. La única posibilidad era salir inmediatamente en un taxi y pedirle al taxista que pisase a fondo. Reservó el billete, pidió el taxi y volvió al comedor lentamente, pensando en cómo podría justificar marcharse de aquella manera.
Todos lo saludaron jubilosamente al llegar a la mesa, pese a su lúgubre expresión.
—¿Podríamos salir afuera a hablar un momento? —le susurró a Toni.
Su esposa lo siguió al vestíbulo con cara de preocupación.
—Ay, no me tengas así, Adam. ¿Qué pasa? —lo apremió con ansiedad—. ¿No será mi padre?
—No, no. No se trata de él. Pero hay un problema y he de volver.
—¿Cómo dices? —Casi le espetó ella—. Las urgencias más graves que has tenido tú nunca han sido abortos, y sobra gente en Boston para hacerse cargo.
—Esto es mucho más grave —persistió Adam—. ¿Recuerdas a la señora Avílov?
—¿La rusa?
—Sí. Ha intentado suicidarse.
—¡Dios mío, qué horror! —exclamó espontáneamente Toni, que, sin embargo, intuyó de inmediato que allí había gato encerrado—. ¿Y no queda eso muy al margen de tu especialidad? Porque tú no eres psiquiatra, que yo sepa.
—Ya lo sé, ya lo sé. Es complicado de explicar. Soy su único amigo. Se ha creado, ¿cómo te lo diría?, una ilógica dependencia respecto de mí.
—Bueno, cariño, pero da la casualidad de que estás de vacaciones con quienes sienten una lógica dependencia de ti. ¿Por qué no dejas que se hagan cargo en Psiquiatría y vuelves a la fiesta?
Toni lo tomó de la mano pero él no se movió.
—No tengo tiempo para explicártelo, Toni. ¿Puedo pedirte que, simplemente, aceptes que no tengo más remedio que marcharme?
—Mira, Adam, esto no es lo que prometiste —le reprochó ella—. Me he sacrificado, renunciando a ir a Clifton con papá para poder hacer estas vacaciones. Siento de verdad lo de la señora Avílov. Pero casi todas tus pacientes están siempre al borde de la tragedia. ¿Qué cambia en su caso? ¿Hay algo entre vosotros?
—¡Por el amor de Dios! —exclamó Adam exasperado—. Solo quiero asegurarme de que cuiden de ella adecuadamente. No te puedes imaginar la pandilla de novatos que hace sustituciones en Navidad.
Se miraron, conscientes ambos de lo frágiles que eran ya sus relaciones.
—Está bien —dijo Toni esforzándose por no exteriorizar su enojo—. ¿Cuándo volverás?
—Estaré solo un día; dos, a lo sumo.
—¿Y nuestra hija qué? —le recriminó—. Se suponía que esto iba a servir para acercarnos.
—¿Y qué quieres que haga? Le decimos que se trata de una urgencia y ya está.
—No le vamos a decir nada. Tú eres quien habrá de enfrentarse a Heather y a los otros miembros del jurado. Ah, y Adam —le dijo de mal talante—, procura ser más convincente con ellos de lo que lo has sido conmigo.
Adam habló con su hija a solas.
—Ya sé que es muy mala suerte, cariño. Pero tienes que entender que soy médico y que esta paciente me necesita mucho.
—Yo también te necesito —musitó Heather—. ¿Puedo ir contigo? — añadió en tono implorante—. No quiero quedarme aquí sola.
—Pero amorcito, si va a ser solo visto y no visto —repuso Adam visiblemente azorado—. Solo iré al hospital y regresaré en el primer vuelo. Sé buena y cuida de mamá mientras tanto.
Heather lo miró perpleja y decepcionada.
—Parece cosa de broma, papá —musitó.