Los premios

Erich Segal · Capítulo 19 de 65

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Los premios

Capítulo 17

 

 

ISABEL

POR MÁS que se hiciera el fuerte, Raymond da Costa quedó muy afectado por su ataque cardíaco. No le servían de consuelo las piadosas palabras del doctor Gorman, ni leer el optimista diagnóstico del cardiólogo, que aseguraba que, si llevaba una vida más saludable, «podía llegar a centenario».

Una tarde, al salir de clase y regresar a casa, padre e hija se detuvieron en el economato de la universidad a comprar chándales y zapatillas de deporte para los dos. Él se compró uno de los menos ostentosos y a Isabel la dejó en libertad para escoger, cosa que ella hizo de mil amores. Eligió uno más llamativo que el de su padre, con la inscripción U. C. Berkeley.

Raymond se proponía poner el despertador a las cinco y media de la mañana, despertar a Isabel y salir los dos a hacer jogging, sin llamar la atención, por el sendero del cercano Edwards Field. No estaba dispuesto a morir antes de ver a su adorada hija subir al estrado en Estocolmo.

Mientras rebuscaba por la Biblioteca Médica de Consulta de la base de datos de su ordenador, encontró un artículo que aseguraba que el ejercicio físico regular podía elevar el coeficiente de inteligencia de un niño o una niña entre un cinco y un diez por ciento. Lo que significaba llevar el coeficiente de Isabel a una altísima cota. De manera que Raymond hizo lo posible para que Isabel no dejase de practicar jogging ni un solo día.

Isabel tenía los músculos tan agarrotados y estaba en tan baja forma que, durante la primera semana, se veía obligada a ir al paso en cuanto recorría un breve trecho, y quedaba sin resuello. Pero poco a poco fue habituándose hasta alcanzar el vigor que proporciona correr. Al poco tiempo podía correr, sin parar, más de tres kilómetros, límite que, sin embargo, no trató de sobrepasar, porque reparó en que era a lo máximo que llegaba su padre.

Una mañana, varias semanas después de haber empezado con la atlética rutina, Raymond apareció en chándal y se encontró a Isabel sentada a la mesa, vestida aún con los tejanos y el jersey que llevaba la noche anterior.

—¡Eh! ¿Cómo es que aún no estás vestida para nuestro entrenamiento preolímpico? —le dijo con fingida severidad.

—¡Madre mía! ¿Tan tarde es ya? —exclamó ella perpleja al mirar el reloj.

—¿No irás a decirme que no te has acostado?

—No… Me he enganchado a estos diabólicos problemas. Son como las saladitas, que empiezas a picar y ya no puedes parar. Me he enfrascado tanto que no me he dado cuenta de la hora.

—¿En serio? —exclamó Raymond con satisfacción—. ¿De qué asignatura?

—De ninguna —repuso ella, que le mostró la cubierta de Electrodinámica, de J. D. Jackson.

—Pero en este curso no tienes Electricidad y magnetismo —le objetó él —. ¿A qué tanta prisa?

—Por gusto —repuso ella—. Me ha dicho Karl que la mayoría de los que están a punto de licenciarse no han podido contestar ni la mitad de las preguntas. Me ha intrigado tanto que le he pedido que me preste su libro.

—¿Y quién es Karl? —le preguntó su padre en tono receloso.

—El profesor Pracht, mi nuevo tutor.

—¿Desde cuándo? —preguntó Raymond visiblemente alarmado—. ¿Qué sucedió con Tanner?

—Bueno, es que Elliott tendrá el próximo año su último curso sabático — repuso Isabel con la mayor naturalidad—. Y me ha dicho que, antes de marchar, quería dejarme con un buen canguro.

—¿Por qué no me lo dijiste ayer? —le preguntó Raymond, nada tranquilizado por el léxico del tutor, aunque tratase de disimular su inquietud.

—Es que, al llegar anoche, hablabas por teléfono con ese periodista de Sacramento, y enseguida llegó tu primer alumno. Además, no me pareció importante.

—¿Cómo qué no? —objetó Raymond—. Es demasiado joven. Me refiero a que…

—Pero, papá, si tengo apenas catorce años y Karl es casi de tu edad — dijo ella riendo—. Además, tiene mucho interés. Es un especialista en partículas elementales.

—Bueno —dijo Raymond, que se esforzó por sonreír y cambió prudentemente de tema—. ¿Vamos a entrenar?

—No podría dar ni un paso —dijo ella bostezando—. Tendré preparado el desayuno cuando vuelvas.

—¿Estás segura de que no vas a seguir ahí con esos problemas?

—Pues…, si tardas más de la cuenta, a lo mejor —contestó ella sonriente.

Raymond accedió y salió a correr. Enseguida notó que el jogging se le hacía más difícil que otros días. Quizá, pensó, porque aún no estaba del todo repuesto del susto. Ver a Isabel con aquel libro de texto lo había dejado de una pieza, porque aunque nunca se lo hubiese confesado a nadie, ni siquiera a Muriel, la teoría electromagnética era una de las asignaturas que él había suspendido durante sus años en la universidad.

El libro de Jackson lo había dejado a un lado, consciente de que los problemas del final de cada capítulo quedaban muy lejos de sus posibilidades.

El momento que Raymond temía que llegase desde hacía años, había llegado. Su hija lo superaba ya en capacidad intelectual. ¿Cómo iba a justificar ahora su papel de mentor?

Temblaba ante la idea de que su hija trabase un vínculo con una mente superior a la suya. En cierto modo, no era muy distinto a lo que sentía una madre al tener que dejar a su hija en la puerta de la guardería. Aunque Raymond da Costa estaba resuelto a posponer su separación lo más posible.

—Me opongo, profesor Tanner. Me opongo tajantemente.

—¿Por qué razón? —preguntó el paternal director del departamento de Física.

—Porque, con todo respeto, comparado a otros profesores de prestigio mundial de su facultad, Pracht es demasiado joven e inexperto.

—Creo innecesario recordarle, señor Da Costa —repuso el director, perplejo—, que los grandes talentos de las matemáticas y de la física suelen ser muy precoces.

—Bueno, quizá. Pero, por decirlo comedidamente, mi hija es una estudiante excepcional. ¿No cree usted?

—Señor Da Costa, todos nosotros sentimos idéntico respeto por la capacidad intelectual de Isabel —repuso Tanner, que se inclinó hacia adelante para dar mayor énfasis a sus palabras—, y por eso, precisamente, pensé que Pracht era la persona idónea. Su reputación es tal que estuvimos a punto de perderlo dos veces el año anterior, y solo logré retenerlo concediéndole un aumento de sueldo hasta el límite de nuestras posibilidades. Y, lo que es más importante: Pracht e Isabel se llevan de maravilla.

La explicación le resultó a Ray convincente, aunque no le hizo nada feliz.

Hacia finales del segundo trimestre de Isabel en Berkeley, Raymond recibió una carta del decanato en la que se le comunicaba que accedían a su petición de que, en atención a las altísimas calificaciones de su hija, pudiese, siempre y cuando permaneciese en Berkeley durante los cursos de verano, obtener la licenciatura en dos años y medio.

Sin embargo, el decano añadía una nota personal, en la que le encarecía a Raymond que disuadiese a su hija de ir tan deprisa. Porque, en su opinión, eso no haría sino volver a llamar la atención por su precocidad, y que volviesen a centrar la atención de los periodistas.

Cansado de tanto sermón, Raymond hizo caso omiso del consejo. Al ir a esperar a Isabel aquella tarde al Le Conte Hall, le dio la buena noticia, pero se calló la recomendación de prudencia del decano.

Isabel se alegró, más que nada al verlo a él tan contento.

A mediados de junio de 1986, padre e hija fueron en el coche a San Diego para asistir a la entrega de diplomas de bachillerato al finalizar Peter sus estudios en el instituto. Pero le advirtió seriamente a su hija que no contase los planes que tenían para el verano.

—Porque tu madre trataría de quitártelo de la cabeza —le dijo en un tono lo más anodino posible.

Lo que más preocupaba a Isabel era la reacción de Peter cuando comprobase que, académicamente, estaba mucho más adelantada que él. Sin embargo, toda su ansiedad se disipó al aparcar frente a la casa y ver que su hermano salía corriendo a abrazarla, con un globo en el que se leía «¡Bien venida a casa!».

Isabel estaba encantada de estar de nuevo en su hogar, de poder dormir en su habitación rodeada de las muñecas y animalitos de peluche que se vio obligada a dejar allí. Ocupar de nuevo su dormitorio fue para ella algo especialmente gozoso.

Por la noche permaneció un buen rato despierta, tratando de imaginar cómo hubiera sido su vida si no se hubiera marchado y hubiese ido al instituto como las demás niñas de su edad. Pero era inútil soñar. Se había adentrado muy lejos por un camino muy distinto. Y no había vuelta atrás.

La ceremonia de entrega de diplomas tuvo lugar por la mañana siguiente en el auditórium del instituto. Pero, aunque sonaron cálidos aplausos al subir Peter al estrado, su momento de gloria se vio opacado al reparar los espectadores en que, si él estaba en el estrado, su célebre hermana no podía andar lejos.

Decenas de ojos recorrieron la platea hasta descubrir a la famosa niña prodigio. Fue tal el entusiasmo al verla allí, en carne y hueso, que ni siquiera aguardaron a que terminase la ceremonia.

Varias de las personas que estaban sentadas más cerca de ella fueron a pedirle que les firmase un autógrafo en el programa. La pillaron tan desprevenida que no supo cómo reaccionar para no quitar protagonismo a su hermano mayor en un día que le correspondía, por pleno derecho, a él.

Durante el almuerzo que se celebró en los jardines acto seguido, Peter no pareció haberse tomado a mal lo sucedido. Se limitó a acercarse a besarlos a todos y luego corrió a reunirse con sus compañeros, que, como ya se sabía por allí, se habrían agenciado una caja de botellas de cerveza.

Por la noche, elegantemente vestido y acicalado, oliendo como si se hubiese duchado con colonia de esas para hombres que dejan huella, Peter salió de casa en el coche de Muriel, que se lo prestó para que pudiera llevar a la joven a quien se refería como «mi chica», a todo plan, al baile de graduación que se celebraba en el instituto.

Al regresar Peter de madrugada, fue a la cocina y se sorprendió al ver a su joven hermana aún levantada, hojeando un ejemplar de Cosmopolitan, nada menos.

—¡Madre mía, Isabel! —exclamó en tono burlón—. Jamás hubiese dicho que te diese por leer esas cosas. ¿Estás segura de que no lo haces para ocultar alguna revista científica?

Peter fue entonces al frigorífico a coger una cerveza.

—Vamos, Peter, ¿no irás a creer que soy una repelente empollona? — replicó ella de buen talante—. ¿O crees que no lo pasamos bien en Berkeley?

Su hermano se sentó, apoyó los pies displicentemente en la mesa y destapó la cerveza.

—Pues no. Por lo que dicen en los periódicos, consagras todos los minutos de tu vida al saber.

—Bah, ¡como si hubiera que creer siempre lo que se lee!

—Dime a ver entonces cuáles son tus diversiones.

—Voy al cine un par de veces por semana.

—¿Y no sales con chicos? —La tanteó su hermano discretamente.

—Claro que no. Solo tengo catorce años.

—¿Y qué? Podrías tener perfectamente un novio de dieciséis.

—Bobadas. Parece que solo ves el mundo como un coto para ligar.

—Es que, a tu edad, eso debería suceder, por lo menos en parte.

Isabel se sintió confusa. No sabía si se burlaba de ella o si, como anhelaba vivamente, le ofrecía la oportunidad de sincerársele y confesarle sus sentimientos.

—Mira, Peter —replicó, no solo para convencerlo a él sino a sí misma—, tengo seminarios de licenciatura. Y, aunque me encanta estudiar, tengo demasiado trabajo.

—¿Y papá tampoco sale? —le preguntó él sin andarse con rodeos, tras tomar otro sorbo de cerveza.

—Claro que no —repuso Isabel, tan perpleja como azorada por la pregunta—. Está casado con mamá, ¿no?

—¿De veras? Pues a mí más bien me parece un alto el fuego indefinido. Y la verdad es que me alegro de que ella no se encierre en casa a comerse el coco.

—¿Quieres decir que mamá sale con otros hombres? —preguntó Isabel, inquieta al pensar que así pudiera ser.

—Pues sí. Lo que no sé es si son relaciones más o menos platónicas. De lo que no me cabe duda es de que no está dispuesta a pudrirse en casa.

—Humm. ¿Sale con alguien concreto?

—Bueno, va muy a menudo a las veladas musicales con Edmundo.

—¿No está casado? —preguntó Isabel.

—¡Madre mía! Pero ¿en qué mundo vives, Isabel? Esto es California. El divorcio es aquí más popular que el béisbol. Lo que ocurre es que, aunque llevan años sin verse, su esposa es muy católica y se ha negado siempre a concederle el divorcio a Edmundo. A mamá le gusta, y tienen mucho en común.

—¿Sabes qué te digo? Que prefiero que dejemos correr el asunto —dijo Isabel, muy incómoda con el realista enfoque de su hermano acerca de la vida privada de su madre—. ¿Crees que papá y mamá van a romper? —añadió preocupada.

—Verás… Ahora apenas se ven, ¿no?

Isabel guardó silencio unos instantes. Peter retiró los pies de la mesa, se levantó y la rodeó con el brazo.

—Escucha, Isabel, no te digo todo esto para asustarte. Pero ¿para qué están los hermanos? Además, tú eres la única persona en el mundo a quien le puedo hablar de esto.

Las palabras de Peter conmovieron a Isabel, que lo miró afectuosamente.

—Hasta esta noche no me he dado cuenta de cuánto te he echado de menos —le susurró ella.

—Me alegro —dijo él abrazándola cariñosamente—. Me hace mucha ilusión que pasemos juntos este verano. Mamá ha alquilado una cabaña en Yellowstone y…

Peter se interrumpió al reparar en que Isabel había dejado de sonreír.

—… Suéltalo —prosiguió Peter—. ¿No iréis a dejarnos plantados?

Ella asintió con la cabeza, aunque sin atreverse a mirarlo a la cara.

—Ah, no —dijo él entre dientes—. No puede hacerte eso. Me hacía muchísima ilusión…

—Y a mí, Peter —dijo ella sinceramente compungida—, pero el departamento ha accedido a mi solicitud de hacer dos cursos en uno hasta licenciarme.

—Querrás decir su petición, ¿no?

—¿Qué más da quién escribiese la carta solicitándolo? Estuvimos los dos de acuerdo en que era lo conveniente.

El rostro de su hermano enrojeció de ira y contrariedad.

—Si me perdonas la comparación, te diré que te va a ocurrir como al oso que trepó a la montaña más alta. Que cuando termines la carrera, que a este paso será cosa de cuatro o cinco semanas, ya no habrá más montañas que escalar.

—Ya lo creo que habrá, Peter. Cuanto antes termine la carrera, antes podré dedicarme a la investigación.

—Ay, hermanita, está claro que no te quiere por ti misma. Solo te utiliza para compensarse por su…

—No quiero oír una palabra más sobre este asunto —dijo Isabel levantándose.

—Ya, porque temes que tenga yo razón, ¿verdad? —dijo Peter que, al ver que ella se alejaba, insistió en tono amable—: Déjame que te diga otra cosa, Isabel.

—¿Qué? —preguntó ella al darse la vuelta hacia él.

—Algún día abrirás los ojos y comprenderás qué poco feliz eres así. Solo quiero que sepas que cuando lo comprendas, a cualquier hora del día o de la noche, yo estaré al otro lado del teléfono para escucharte.

Peter sabía que su hermana no podía contestarle con palabras, porque hacerlo así equivaldría a reconocer que tenía razón. Pero vio en sus ojos que sus palabras le hacían mella.

Isabel pasó los días siguientes en una creciente ansiedad, consciente de que sus padres iban a tenérselas en serio. Pero al llegar el terrible momento todo se produjo de un modo extrañamente silencioso, como una ahogada e interna explosión emocional, porque su madre no estaba dispuesta a que nada pusiese en peligro su ya tenue relación con Isabel.

Dos días después, mientras su hija hacía el equipaje para marcharse, Muriel se le acercó y trató de abordar la cuestión de manera despreocupada.

—¿Quieres que te ayude? —le preguntó.

—No, gracias, mamá. No he traído muchas cosas.

—Escucha, cariño, tu padre me ha hablado de vuestros supersónicos planes académicos —empezó por decirle su madre en tono amable—. Yo ya he renunciado a razonar con él. Abusa de su autoridad. Sabe que, aunque estoy tajantemente en contra, nunca haría nada por apartarte de tus estudios.

Al ver la angustiada expresión de su madre, Isabel se quedó sin saber cómo reaccionar.

—Gracias, mamá —acertó a decir tan solo.

—Por otro lado —prosiguió Muriel, decidida a planteárselo todo—, tu padre y yo tenemos que solucionar lo nuestro. Hemos llegado a la conclusión de que lo mejor es dar por terminado un matrimonio que ya no lo es. Vamos a divorciarnos.

Isabel acusó el golpe. Aunque racionalmente no se le ocultaba la ruptura de los vínculos externos del matrimonio de sus padres, ella, no obstante, se había refugiado en la ilusionada ficción que ellos habían mantenido hasta entonces para bien de su hija.

Al ver desvanecerse el espejismo tan bruscamente, se sintió impulsada a sincerarse.

—Ay, Dios mío, qué pena, mamá. Y todo por mí culpa.

—Pero ¿qué tonterías dices, cariño? —exclamó Muriel.

—No hago más que crear problemas en todas partes.

—No sé por qué, Isabel, pero ya me sospechaba yo que te echarías la culpa. Es lo más absurdo del divorcio: incluso la parte más agraviada se siente culpable. Pero, por extraño que pueda parecer, una de las razones que me han inducido a acabar con la callada tensión es que, por lo menos ahora, tú eres lo único que impide que tu padre se derrumbe.