Los premios

Erich Segal · Capítulo 31 de 65

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Los premios

Capítulo 29

 

 

ADAM

A LAS doce menos veinte de la noche de Nochebuena, Adam abrió la puerta de la habitación 608 del hospital Psiquiátrico de Massachusetts.

Una enfermera de origen hispano, con aspecto de matrona, intentaba suavemente convencer a su paciente para que se durmiese.

En un primer momento, Adam no supo qué hacer. Aunque sabía que Anya necesitaba que el sueño disipase su angustia, estaba impaciente por asegurarse de que se encontraba bien.

Pero, aunque no hizo ruido al entrar, ella notó su presencia.

—¿Eres tú, Adam? —balbuceó.

—Cálmate, Anya. No te conviene excitarte.

—Suena a broma después de la barbaridad que he hecho —farfulló ella, que ladeó la cabeza para mirarlo—. No tenías que haber venido.

—Pues he venido —replicó él—. Y tú querías que viniese.

Ella guardó silencio, sin negar ni asentir.

—Puede dejamos solos, soy uno de sus médicos —le dijo Adam, impaciente, a la enfermera.

—Está bien, doctor —accedió ella, que se alejó discretamente.

Adam se sentó entonces en la silla de la enfermera, junto a la cama.

—Lo siento tanto… —dijo Anya con voz ronca—. Tengo tal talento para el fracaso, que ni siquiera he sabido suicidarme.

—Pero ¿cómo se te ha ocurrido semejante tontería? —dijo él consternado —. Creí que nos sentíamos muy felices juntos.

—Pues por eso precisamente, Adam. Era Navidad… Y me sentía muy sola. Te echaba mucho de menos, Y he comprendido que nunca podríamos estar juntos.

—¿Por qué no? —preguntó él quedamente.

—Pues porque estás casado —dijo ella con lentitud—. Tienes una hija — añadió con mayor énfasis—. Creo que serías mucho más feliz si no nos hubiésemos conocido.

—No —la contradijo él—. Tú eres lo más maravilloso que me ha ocurrido en mi vida, Anya, Estar contigo es lo que más deseo en este mundo.

—Pues haces mal —persistió ella.

—No creo que sobre el amor baya nada escrito. ¿Por qué eres tan dura contigo misma?

—No puedes amarme —musitó ella.

—¿Qué demonios significa eso? —exclamó él.

—Es que en toda mi vida me ha salido nada a derechas —repuso ella con una amarga sonrisa.

Sintió el impulso de estrecharla entre sus brazos y consolarla, pero estaba agotada y enferma. Y aquello era un hospital. Y él era médico.

—¿Sabes qué? Pondremos la televisión —dijo él—. A lo mejor aún podemos seguir la Misa del Gallo. La retransmiten desde la catedral de San Patricio.

—Si quieres… —dijo ella quedamente.

Adam encendió el televisor y siguieron la retransmisión. De vez en cuando la miraba satisfecho, al comprobar que la solemnidad del rito la sosegaba.

Al terminar la misa, apagó el televisor y trató de adormecerla con cariñosas palabras. Pero no había manera de que se durmiese. Estaba claro que su ansia por hablar con él se imponía a la necesidad fisiológica de dormir.

Faltaba poco para la madrugada. El vuelo de las nueve a Toronto era uno de los pocos que había el día de Navidad. Y Adam era consciente de que no tenía más remedio que cogerlo.

—Óyeme, cariño —le dijo apretándole la mano—. He de marcharme. Pero te prometo llamarte todas las mañanas si tú me prometes que tendrás confianza en mí y en que voy a solucionar las cosas.

—Lo intentaré —asintió ella con una sonrisa apenas esbozada pero suficiente para indicar que se aferraba a aquella esperanza.

—Así me gusta —dijo él, y la besó en la frente.

—Gracias, Adam —musitó ella sonriéndole más abiertamente—. Gracias por haber venido.

—Anya, amor mío —le susurró él—, la próxima vez que necesites verme, llámame por teléfono, que es más barato.

Se miraron sonrientes y Adam salió enseguida, para asegurarse de no perder el avión.

Heather jugaba con los hermanos Rosenthal en la nieve, frente al bungalow.

—¡Papá! —exclamó al verlo llegar.

—¿Ves que pronto? —dijo él al abrazarla amorosamente—. Pero ya te echaba de menos. ¿Os he hecho polvo las Navidades, verdad?

—No del todo —contestó ella con un enfurruñado mohín—. Porque los regalos los tengo.

—¿Dónde está mamá? —preguntó él tratando de mostrar aplomo.

—Con Charlie y Joyce en clase de esquí.

—Bueno, pues voy a cambiarme de ropa y les daré una sorpresa a pie de pista.

—No corras, papá —le gritó Heather al ver que iba a entrar.

—¿Por qué no? —preguntó él dándose la vuelta.

—¿Sabes qué? A ella sí le has hecho polvo las Navidades.

Para acabarlo de arreglar, Heather le lanzó de mal talante una bola de nieve que se le estrelló en plena espalda.

«¡Dios! —exclamó Adam para sí—; ¿qué demonios he hecho yo?».

Toni se deslizó por la pista como si fuese a embestirlo. Se detuvo en seco, a apenas tres metros, entre un remolino de nieve.

Ambos permanecieron en silencio unos instantes.

—Bueno, ya estoy aquí —se decidió a decir Adam.

—Ya lo veo —dijo ella con sequedad.

—Y también ves qué poco he tardado, ¿no?

—Eso no anula el hecho de que te hayas marchado —replicó ella en un tono enigmático como para inducirlo a que sacase él mismo conclusiones.

—Bueno, pero ya se solucionó el problema —contemporizó él visiblemente inquieto.

—¿Ah sí? —dijo ella, que lo miró con el ceño fruncido.

—Toni, por el amor de Dios, lo he hecho por pura humanidad.

—¿Toda la noche? He llamado a casa cada media hora. A no ser que te hayas alojado en el Hilton, supongo que habrás estado tomándole la mano.

—¿Estás tan loca como para insinuar lo que pienso que estás insinuando? —exclamó él exasperado.

Ella se le acercó y lo miró con fijeza.

—Oye, Adam, no es necesario acostarse con una mujer para ser infiel —le espetó.

Adam tenía el corazón en un puño.

—Digamos que vas a estar en libertad bajo palabra —sentenció ella señalándolo con un palo de esquí.

En días sucesivos mantuvieron las apariencias, por Heather y por los Rosenthal, pero todos palpaban la tensión que había entre ellos.

Por más que lo intentaba, Adam no podía dejar de pensar en Anya ni un solo momento.

La mañana del día de su partida, Adam se levantó temprano y fue a recepción a pagar. Porque si pagaba Toni vería el dineral que se había gastado en conferencias a larga distancia a un solo número de Boston.

A mediodía subieron a la furgoneta de Charlie. Los Rosenthal rebosaban buen humor con un aspecto de lo más saludable. Los Coopersmith, en cambio, cada uno a su modo, sabían que sus vidas ya nunca volverían a ser igual.