Los treinta apellidos

Benjamín Prado · Capítulo 10 de 31

Páginas del PDF

Los treinta apellidos

Capítulo diez

 

Cuando llegué a mi casa, ya era otra. Todo estaba en un sitio diferente y tenía un nuevo uso. La entrada original había desaparecido y ahora la puerta estaba en el extremo opuesto del inmueble, donde antes hubo un paso de carruajes. Los techos se habían elevado hasta llegar a la cubierta y ya no había cielo raso ni focos con bombillas halógenas, sino vigas de madera a la vista y lámparas de luces suaves. El antiguo cuarto de estar, como lo llamaba mi madre, era un dormitorio y la ventana había cambiado de pared. El salón, la cocina y el comedor se habían transformado en una sola pieza y entre los dos últimos había un arco decorativo que le daba a esa zona un aire ligeramente oriental. Un baño había pasado a formar parte de la antigua habitación de invitados, convertida en la alcoba principal, y el otro no era ni su sombra, tenía un tragaluz, un ojo de buey y un espejo enorme que lo situaban en algún estado intermedio entre la paz y el fulgor. El patio de baldosas se había transformado en un jardín donde crecían el césped y varios árboles frutales, y el tejado de la pequeña construcción auxiliar que siempre hubo al fondo se había subido alrededor de metro y medio para acoger en su interior estanterías altísimas llenas con mis libros y hacer realidad uno de los sueños a los que nunca había renunciado y que jamás creí que alcanzaría: una biblioteca de dos pisos. En mi opinión, la clave de la felicidad está en tener que usar una escalera para llegar a las obras de Jorge Manrique. Entre otras cosas, porque visto desde ellas todo parece relativo: «Ved de cuán poco valor / son las cosas tras que andamos / y corremos, / que, en este mundo traidor, / aun primero que muramos / las perdemos…».

Había acordado con mis hermanas instalarme allí, pero sólo si se cumplía un requisito: no me veía capaz de habitar entre fantasmas y, por lo tanto, había que hacer una reforma que, en la medida de lo posible, borrase las huellas, difuminara los recuerdos. «Lo pasado al olvido sea dado», hubiese dicho mi madre, pero los dos sabíamos que eso iba a ser de todo punto imposible con ella. Me acordé de todos esos refranes que solía repetir, «casa en esquina, o muerte o ruina», «casa con corral, paraíso terrenal…». Por fortuna, en ese instante, sonó el teléfono: me había salvado la campana justo cuando estaba a punto de caer en la lona. Miré la pantalla: era Mónica Grandes. No respondí, porque una cosa es que quisiera volver a empezar y otra muy distinta que supiese por dónde hacerlo. Y cómo. Y en especial con quién; porque en el fondo tengo la sospecha de que a mí lo que me gusta realmente es estar solo y creo «que aun de seda no hay vínculo suave», como dice mi amado Luis de Góngora, tal vez por la manera en que acabaron mis dos únicas experiencias de vida en común, una en divorcio y otra en catástrofe sentimental. «Casa sin mujer y barca sin timón lo mismo son», me dijo mi madre al oído. Ella nunca se rinde.

El móvil volvió a vibrar. En esta ocasión no conocía el número, que era uno de esos de catorce cifras que suelen tener del otro lado a alguien que trata de venderte algo, de forma que tampoco contesté. Dejaron un mensaje: «Bona tarda, señor Urbano. Le llamo de la oficina de don Narcís Espriu, que deseaba hablar con usted. ¿Tendría la bondad de ponerse en contacto con nosotros? Espero sus noticias. Un saludo».

Aún no había dado un sí o un no definitivos a la propuesta que me había hecho su primo Lluís, entre otras cosas porque no lograba decidir si era una locura, una buena oportunidad o el último capricho de un millonario extravagante que no sabía en qué gastar su dinero. Pero yo sí lo sabía: toda aquella obra la habían pagado mis hermanas y yo les tenía que devolver lo que habían adelantado. No iba a ser sencillo, aunque ya muy pronto me fuese a reincorporar a mi plaza de profesor de Lengua y Literatura en el instituto: con mi sueldo, tardaría diez años en saldar la deuda. Así que necesitaba otros ingresos y tendría que buscarlos por mi cuenta, porque los billetes no crecen en los árboles. Mientras volaba de Barcelona a Madrid, había leído en el periódico la historia de un décimo de lotería premiado con cuatro millones setecientos mil euros que llevaba dos años en una administración de La Coruña, a la espera de que su dueño lo reclamase. En ese tiempo, más de doscientas personas habían intentado demostrar que era suyo, pero ninguna pudo aportar el resguardo del boleto o cualquier otra prueba concluyente. Y ya no quedaba más que una semana del plazo que marca la ley para que se lo pudiera quedar el propietario del establecimiento donde se había sellado. Hice lo que hacemos todos cuando llega a nuestros oídos una noticia de esa clase: imaginar que el agraciado era yo y lo que haría con esa fortuna. Cuando estaba a punto de comprar una caja de Château Lafite Rothschild, una primera edición de Poeta en Nueva York de Lorca, un pasaje para Río de Janeiro y una Triumph Speedmaster de 790 centímetros cúbicos, el teléfono volvió a sonar.

—¿Cenamos juntos? Hola, Mónica, cuánto tiempo… —dije, en un desorden intencionado. Funcionó, porque la oí reír, aunque fuera con un deje sardónico.

Ella no me reprochó nada, al menos en ese instante; no se puso cáustica ni dijo «claro que sí, ¿acaso no habíamos quedado en vernos hace…, déjame que lo piense…, alrededor de dos años…?».

Yo no tuve que admitirlo, pedir disculpas ni dar explicaciones.

Y todo eso que no dijimos fue un extraordinario punto de partida. Entre dos que tienen cuentas pendientes, callarse es lo que logra que «de las espadas se forjen arados», como dice el profeta Isaías. Si se terciaba, ya nos lo contaríamos todo esa noche, dónde habíamos estado, con quiénes, qué estábamos buscando… Les aseguro que ahí me iba a llevar una sorpresa de categoría: después de pasar por Egipto y Siria, la arqueóloga Mónica Grandes había vuelto a Madrid para tratar de encontrar en el convento de las Trinitarias Descalzas ni más ni menos que a Miguel de Cervantes. Y lo había conseguido. Al lado de eso, la historia de la familia ultramarina de Lluís Espriu i Quiroga seguro que no iba a parecerle gran cosa.

 

—Sabíamos que era un hombre de unos setenta años, con artrosis en la espalda, cicatrices en el pecho producidas por un disparo de arcabuz; que había estado enfermo de diabetes y paludismo, tenía la mano izquierda maltrecha y tan sólo le quedaban «seis dientes y mal acondicionados», tal y como él mismo confesó en el prólogo a sus Novelas ejemplares. Además, contábamos con todos los dispositivos necesarios para realizar la búsqueda: un georradar de ondas electromagnéticas con antenas de cuatrocientos, novecientos y mil quinientos megahercios, una cámara termográfica, sensores de infrarrojos, aparatos de reconversión de croquis lineales a mapas en tres dimensiones…

—Oye, empiezo a perderme. Demasiadas palabras con ge de más de cuatro sílabas…

—Pero el estado de los restos —continuó Mónica Grandes después de forzar una sonrisa y beber un sorbo de su copa— era tan lastimoso que no se pudo demostrar científicamente. Al menos, no en el tiempo que nos dejaron trabajar con los osarios. Si hubiera sido más y nos hubieran dado más fondos, ahora tendríamos, incluso, una reconstrucción facial. ¿Te imaginas? Pero los políticos y las autoridades eclesiásticas tenían mucha prisa por inaugurar un monumento, poner una placa y sacarse una fotografía. Sin embargo, no hay la más mínima duda: lo que encontramos en el subsuelo de esa cripta es lo que queda de Miguel de Cervantes.

—Así que estás segura de que es él.

—Sé que está ahí, es uno de los cuatro hombres que hay entre los diecisiete muertos que encontramos en la cripta, incluida su mujer, Catalina de Salazar. Pero no sé cuál de ellos es. Y tampoco hemos podido detallar qué piezas son suyas, porque nos las quitaron prácticamente de las manos.

—¿No se les pudo hacer la prueba del ADN? Su hermano Rodrigo, el que estuvo con él en Lepanto y en las mazmorras de Argel, murió en la batalla de las Dunas y estará perdido en alguna fosa común en Dunkerque; pero si no me equivoco, además tenía otros dos, Andrés y Juan, y varias hermanas —dije, para darle a probar su propia medicina y que no olvidara que soy profesor de Lengua y Literatura y llevo media vida enseñando el Quijote.

—Magdalena, Andrea y Luisa, y de ésta sabemos que está en el convento de la Imagen, de Alcalá de Henares. Podríamos tratar de localizarlas. Pero las monjas dicen que los huesos de todas las religiosas sepultadas allí están mezclados y que además se debieron de desintegrar cuando aquel templo fue profanado, expoliado e incendiado en los primeros meses de la Guerra Civil. No hay constancia alguna de que eso sea verdad, pero en cualquier caso da igual, porque tampoco nos van a conceder el permiso ni a dar el dinero que necesitaríamos para la excavación arqueológica, así que ya ves: caso cerrado. Al menos, por ahora…

Le apasionaba su trabajo, eso resultaba evidente; pero allí y entonces esa conversación no era más que un recurso, la artimaña a la que recurría para ganar tiempo y no tener que hablar de ella, de mí y de lo que había pasado entre nosotros antes de que yo desapareciese. Que estuviéramos allí, sin embargo, demostraba que los dos teníamos muy presentes esos días en que una y otro atravesábamos un desierto emocional y, por así decirlo, nos dimos mutuamente sombra. Por esa época le habíamos prendido fuego a todo y estábamos vigilando las cenizas para disparar sobre el ave fénix, si es que se atrevía a remontar el vuelo. Ahora, las llamas se habían apagado y Mónica Grandes me gustaba igual.

Como si me leyera los pensamientos, se interrumpió y nos miramos de esa forma en que lo hacen las personas que se han visto desnudas y todo lo demás. Se mordió los labios, pero yo sentí que mordía los míos. «Para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura», dice Rafael Alberti en su libro Sobre los ángeles; y para caer rendido a sus pies tampoco.

En quinto lugar, la doctora Mónica Grandes era una mujer muy bonita; antes, era inteligente, sensible, tan generosa como yo había podido comprobar cuando en el pasado me ayudó en una de mis investigaciones y, por añadidura, una persona comprometida, que trabajaba en su tiempo libre con varias asociaciones dedicadas a exhumar fosas de republicanos abiertas por sus asesinos en cientos de cunetas y descampados de toda España.

Me gustaban sus ojos verde oliva con concesiones a la menta y al jade, pero sobre todo su mirada, a la vez impulsiva y calculadora; después, sus manos fuertes, incansables, expresivas, el modo en que parecía armar sus argumentos como si girase los lados de un cubo de Rubik o la forma en que cerraba un segundo el puño cuando mencionaba algo desagradable, como si la hipocresía o la impunidad se pudiesen cazar al vuelo. Su boca era demasiado grande, es decir, perfecta. Y de su cuerpo sólo voy a decir dos cosas: que era maravilloso y que resultaba inimaginable cuando tenía la ropa puesta. Añadiré que por algún motivo que no soy capaz de explicar también me encantaba que fuese unos seis centímetros más alta que yo. Y el tiempo debía de pillarle a desmano, porque no pasaba por ella.

—Bueno, es genial que menciones a Cervantes, porque yo quería hablarte de piratas similares a los que lo raptaron y de gente que se iba a hacer las Américas, lo mismo que él soñaba hacer —dije, suplantando con esas palabras un «¿por qué no dejamos la cena a medias, echamos a correr hasta tu casa o la mía y hacemos el amor hasta perder el sentido?».

—Vale, pero te advierto que esa historia ya me la sé: él y Rodrigo venían de Nápoles a España en la galera El Sol, fueron tomados al abordaje por los berberiscos, muy cerca de Barcelona, y estuvieron presos en Argel hasta que se pagó su rescate. Los trinitarios aportaron la mitad del dinero que pedían por él y por eso se hizo devoto suyo y está enterrado en uno de sus conventos.

—Donde las dan las toman, porque nosotros también fuimos corsarios y explotadores de las tierras que conquistábamos, como cualquier otro imperio. Los barcos que se armaban en nuestros astilleros iban a las Indias cargados de esclavos que se capturaban en África y volvían llenos de riquezas, pero también dejaban otras cosas allí…

—Básicamente, nuestro idioma y lo peor de cada casa, ¿no? —contestó, dándoles a sus palabras un acento combativo.

—Y familias de recambio, por llamarlas de algún modo. Hay más sangre española en América que agua en el Orinoco, el Paraná y el Amazonas juntos. Pero bueno, el caso es que ahora he recibido una oferta asombrosa por parte del descendiente de uno de esos aventureros que se enriqueció en Cuba, regresó a El Masnou, construyó una vía férrea, se hizo un palacio y abandonó a su amante y su hija mulata en La Habana. Quiere contratarme y paga bien.

—¿Qué clase de oferta? ¿Pretende que le escribas la historia de sus antepasados?

—Eso es, y hasta ahí todo es normal, porque resulta que tengo una empresa, por llamarla de algún modo, que se dedica a hacer biografías por encargo. Lo que pasa es que también me pide que vaya a buscar a su familia oculta del Caribe y encuentre a una supuesta prima suya de la que, al parecer, se sabe que vivió en el barrio de San Leopoldo, uno de esos sitios donde hierve el mercado negro, se come una vez al día y el resto del tiempo se bebe ron a granel para engañar al estómago. Los contactos que tiene en la embajada le han contado que fue camarera en algún restaurante más o menos legal, los que allí se conocen como paladares, y que después, por algún motivo que ellos ignoran, abandonó la ciudad para emplearse en un hotel de Guardalavaca. Ahí se pierde su rastro. Debe de seguir en algún lugar de la isla, pero no se sabe dónde ni haciendo qué. Espriu quiere que dé con ella, le cuente quién es y de dónde proviene, en el caso de que no lo sepa, y le diga que aquí se la espera con los brazos abiertos y que él hará todas las gestiones necesarias para que consiga un visado y pueda viajar a España.

—¿Por qué no va él en persona?

—Supongo que por la misma razón por la que no se hace la cama ni el desayuno: cuando tienes dinero, son otros los que se ocupan de tus asuntos.

—¿Aceptaste ya o te lo estás pensando?

—He puesto una condición, a él y a mí mismo. Y es innegociable.

—¿Cuál?

—¿No lo sabes?

—¿Cómo podría saberlo?

—Que tú vengas conmigo.

Su cara fue un poema. Debió de pensar que me había vuelto completamente loco, y puede que no fuera desencaminada. Me dio igual. Siempre es preferible cometer un grave error a conformarse con una vida hecha de aciertos leves. Y además, ya era hora de darle un giro a la mía. Hay personas que confunden no cambiar de lugar con no estar perdido. Lo sé porque durante mucho tiempo he sido una de ellas.