Los treinta apellidos

Benjamín Prado · Capítulo 18 de 31

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Los treinta apellidos

Capítulo dieciocho

 

Después de cinco días sin que ocurriese nada, era evidente que algo sucedía. En ese tiempo no habíamos vuelto a ver a nuestros amigos cubanos, ni siquiera a hablar con ellos. Era igual que si se los hubiese tragado la tierra como a los hombres de Coré, a quienes aniquiló un dios colérico, «junto con sus casas y todos sus bienes», sólo por cuestionar la autoridad de Moisés. Salvando todas las distancias, ¿les habrían hecho a ellos algo parecido? En la facultad donde impartía sus clases Delia Cabrera no podían darnos «ninguna información sobre su paradero ni sus actividades» porque «lo prohibía el reglamento de la universidad», tan sólo «comunicarnos extraoficialmente» que estaba de viaje «en una misión académica», según me hizo saber la persona con la que hablé por teléfono. El móvil de la profesora seguía apagado, nadie respondía cuando marcabas el número de El Siglo de las Luces y las dos veces que fuimos al bar de don Adalberto fue para encontrar sus puertas cerradas. No supe qué hacer. Ir a la policía no me pareció buena idea, dadas las circunstancias. Quedarme quieto tampoco. Era muy probable que Lluís Espriu pudiese utilizar sus influencias y mover algunos hilos para que alguien de la embajada me orientase o prestara ayuda, pero lo cierto es que no había logrado comunicarme con él desde nuestra llegada. Y eso también resultaba inquietante. ¿Es que acaso el heredero de El Repòs ya no tenía interés en aquel asunto? ¿Había sido todo, simplemente, un capricho del millonario fantasioso sin nada que hacer, con mucho dinero para gastar y la cabeza llena de pájaros que le atribuía su primo Narcís? Elegí creer que no, por la cuenta que me tenía. El optimismo atenúa las preocupaciones como el veneno de las abejas suaviza los dolores de la artritis.

A Mónica, por supuesto, la tuve que poner al corriente de mis sospechas, hablarle de los guardias, detectives, funcionarios o lo que fuera que nos seguían y, sobre todo, pedirle disculpas por no compartir con ella mis temores: le dije la pura verdad, que lo había hecho para que no se preocupara, con la intención de no estropear nuestra casi luna de miel… Tuve la impresión de que oír eso la conmovía y disgustaba a partes iguales, porque vi aparecer una curva en sus labios y una nube en sus ojos. En el momento en que le conté todo aquello, de manera esquemática pero sin ahorrarme ningún detalle trascendental, seguíamos en la cama, jadeando igual que atletas extenuados, tras hacer el amor a quemarropa al regresar de una visita al Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, donde ella quería ver las esculturas de los cemíes, que según me contó eran unos ídolos domésticos tallados por los indígenas en madera de ébano, con rasgos de tótem o fetiche, encontrados en la región de Punta Alegre, en los yacimientos de Ciego de Ávila, y que aparte de representar al dios de la yuca o a la diosa de los ríos, servían en ocasiones para guardar reliquias.

—Gracias por intentar protegerme —dijo, sentada encima de mí, mientras me acariciaba la mejilla con el dorso de la mano y un segundo antes de darme una bofetada que me volvió, literalmente, la cara del revés—. Pero no vuelvas a hacerlo —añadió, y estuve seguro de que no bromeaba. Volvimos a empezar desde el principio. Mi rostro ardía. El resto de mí también.

 

La entrevista con Verónica de Valdés en el boletín de El Encanto era una mina, entre otras cosas porque el periodismo de cualquier especie siempre lo es, tarde o temprano, incluso a su pesar y aun en las publicaciones más modestas, porque al final lo que se dice refleja lo que sucede, se quiera o no se quiera, y de un modo u otro resume el pasado, lo simboliza, lo devuelve a la costa y, por irrelevante que pueda parecer, nos lo dibuja tal y como lo hacen un collar de abalorios, un frasco de perfume o unas monedas de plata con unos atunes labrados en su cruz que pueden explicarte cómo vivían los cartagineses en Ibiza, los romanos en Mérida o los fenicios en Cádiz.

El texto de aquella mezcla de conversación y artículo que venía a confirmar muchas de las cosas que ya sabía y daba a entender otras igual de importantes era como sigue:

ACTRIZ DE NOCHE, MODISTA DE DÍA

En una venturosa iniciativa a la que ya en su momento dimos nuestro aplauso

más cordial desde estas páginas, los almacenes El Encanto ofrecieron hace tiempo a sus operarios la posibilidad de formar un grupo teatral, sufragado por la empresa, que les permitiese dar rienda suelta a sus inquietudes artísticas y ocupar sus días libres en recorrer los escenarios de nuestra hermosa Perla de las Antillas. Desde que se autorizó la presencia de mujeres sobre las tablas, una de las empleadas que con más éxito las ha pisado es la modista Verónica de Valdés, que desde luego no se ha lucido aún bajo los palcos del Tacón, ni debutará en el Alhambra, que es un club masculino, pero sí que se ha lucido ante el respetable del Payret, en La Habana, donde fue muy celebrada su interpretación de algunos entremeses; el Reina Isabel II, en Santiago; el Principal, de Puerto Príncipe; el Sauto, de Matanzas, y el Tomás Terry, de Cienfuegos. Toda una gira que, sin duda, le habrá proporcionado un abanico de experiencias.

Esta prometedora artista cómica y dramática a la vez que hábil costurera

empezó a trabajar en nuestra firma como escaparatista, aprovechando para el desempeño de esas funciones su experiencia en el ramo del comercio, del que

proviene su familia, que es una de las más lustrosas de la Cuba indígena y cuenta entre sus antepasados con algún señero representante de la cultura nativa.

«Actuar es un pasatiempo», nos dice, «y no me engaño con respecto a eso,

porque yo sé dónde está mi sitio; pero mientras lo hago me siento bien, es como si no fuese yo y estuviera en otra parte». Y a tenor de lo que se oye en los mentideros, al respetable le ocurre igual cuando ella toma la palabra: logran evadirse, que es lo que solemos desear que nos ocurra cuando asistimos a un espectáculo. No sabemos si a esta bella y emprendedora muchacha, que también es una de las alumnas voluntarias que toma tres días por semana las clases de inglés que nuestras galerías ofrecen sin coste alguno a sus operarios, la llamarán de París para que salga en una de esas películas de Georges Méliès que están dando la vuelta a un mundo enamorado del invento del cinematógrafo, y ella será la diva de las próximas Barba Azul o Viaje a la Luna, pero estamos seguros de que si el golpe de suerte se produjera no la iba a encontrar con la guardia baja.

Sobre su vinculación al gremio textil, recuerda que su madre regentó una

conocida sedería en la encrucijada de las calles Galiano y San Rafael, «abierta por unos inversores de España», que después de mantenerse al servicio de su clientela durante muchos años y con gran aceptación popular fue traspasada, tras obtener un acuerdo ventajoso para ambas partes, a los dueños de El Encanto.

Gracias a su habilidad con la aguja, Verónica pronto ascendió a costurera,

luego a ayudante del jefe de taller y hoy es modista. Se ha convertido en una de las mejores en su puesto e incluso ha llegado a colaborar en el diseño de varios patrones que han merecido el reconocimiento de los sastres y de la propia dirección. «Aquí me siento valorada y se me ofrece la posibilidad de crecer profesionalmente», recalca, agradecida, para luego añadir que «a pesar de ello, en un futuro no muy lejano tengo la intención de trasladarme con mi hijo a la costa de Barcelona, donde me brindarán su hospitalidad unos parientes».

Le deseamos desde aquí muy buena suerte en todos sus proyectos y quimeras

a Verónica de Valdés, tanto si permanece entre nosotros como en el caso de que logre de verdad emprender su travesía a la madre patria, un deseo tan fácil hoy de comprender como difícil de alcanzar, «que no en vano entre Cuba y España / tiende inmenso sus olas el mar», como escribió con tino el poeta.

Analizada con calma, aquella entrevista corroboraba por todo lo alto algunas de nuestras informaciones e hipótesis y además dejaba leer otras muchas cosas entre líneas. Para empezar, que el acuerdo de compraventa que firmó doña María de la Salud al desprenderse de Sederías Valdés tuvo que ser, efectivamente, muy satisfactorio para todos, entre otras cosas porque a su hija la trataron con enorme deferencia: nombrarla escaparatista era poner sobre sus hombros una gran responsabilidad, porque, según pude comprobar en algunos vídeos de la Asociación de Antiguos Empleados de El Encanto que circulan por la red y en los que aquellos exiliados de Miami se deshacían en elogios y nostalgias hacia las galerías y sus jefes, era obvio que en ese comercio se les dio desde el principio una gran relevancia a las vidrieras, como ellos las llaman, que se renovaban de arriba abajo cada semana y ante las cuales desfilaban en procesión miles de mujeres y hombres cada viernes y sábado, hasta transformar esa costumbre en uno de los pasatiempos favoritos de los habitantes de La Habana.

El tono de la revista era amable en general y es muy posible que un tanto por ciento de la coba que se le daba a la descendiente del negrero Maristany como actriz estuviese destinada a alabar a la propia empresa por fomentar ese tipo de actividades; pero el resto parecía pensado para complacerla a ella. En realidad, aquellas funciones de aficionados se hacían en locales muy modestos o, cuando no lo eran tanto, en una sesión de tarde, sin cobrar entrada y siempre ante un público no muy numeroso que mayoritariamente estaba compuesto por empleados de la propia firma, algunos clientes sin nada mejor que hacer y media docena de amigos. En Cuba, por otra parte, a la burguesía que llenaba los patios de butacas no se la deslumbraba con cualquier cosa, porque tenía el paladar fino y dinero de sobra para contratar a las grandes divas de la cartelera, entre otras a Eleonora Duse, Sarah Bernhardt o las españolas Margarita Xirgu y María Guerrero. Lo mejor de cada época.

Que Verónica de Valdés pudiese llamar la atención de algún director de cine era una hipérbole que, sin embargo, podría haberse hecho realidad medio siglo más tarde, cuando muchas de las grandes estrellas de Hollywood comenzaron a frecuentar el Salón Francés, la sombrerería o el departamento de corbatas italianas del establecimiento: Lana Turner, Errol Flynn, Elizabeth Taylor, John Wayne, Ava Gardner o Henry Fonda eran asiduos y el galán Tyrone Power fue la imagen publicitaria de la tienda. Toda una vía láctea. La aureola de El Encanto era un imán tan atrayente que hasta el científico más famoso del mundo entonces y ahora, Albert Einstein, lo visitó para comprarse un jipijapa cuando su barco con destino a San Diego hizo escala en la ciudad.

Y por supuesto, era de vital importancia para mí que en esa conversación se confirmase que Verónica tenía un hijo y que proyectaba viajar a España, más en concreto «a la costa de Barcelona» y a casa «de unos parientes». Eso no era una frase, era una flecha clavada en el mismo centro de la diana. Cerré el puño y lo agité en el aire, como si fuera a tirar unos dados, porque la verdad era que había sido muy emocionante ver a la difusa Verónica emerger poco a poco, tomar cuerpo, pasar de lo que se cree a lo que se sabe. Hasta entonces había parecido que en vez de localizarla me la hubiera inventado y en lugar de hacer un informe escribiese una novela. Pero no, había sido una persona de carne y hueso y, al igual que todas las demás, había dejado su huella sobre la tierra.

Si lo examinabas con cuidado, en el texto había también algunas cosas extrañas y como fuera de sitio en una publicación de esa naturaleza. La primera, lo que parecía una crítica implícita al nuevo Gobierno autónomo, al calificar el plan de Verónica de dejar el país como muy comprensible en aquellos tiempos, que su autor o autora reprobaba con un adverbio tan corto y venenoso como el aguijón de una raya látigo: «Hoy». En mayo de 1903, el año en que iba a celebrarse en Barcelona la boda de Montserrat Maristany con Jacint Espriu, las aguas estaban revueltas, hacía menos de tres meses que el primer presidente de Cuba, Tomás Estrada Palma, había firmado un tratado con los Estados Unidos según el cual se les arrendaba de manera perpetua la bahía de Guantánamo, para que estableciesen allí una base naval con la que, evidentemente, tendrían el control de la zona y a la nación recién nacida bajo vigilancia. Y también estaba muy próxima la afrenta de Washington al nuevo Ejecutivo y a sus líderes, obligándolos a añadirle a su flamante Constitución de 1901 la célebre Enmienda Platt, que dejaba en manos de la Casa Blanca parte de la soberanía de la isla. Era el precio que tenían que pagar los insurgentes por la ayuda interesada que les habían dado sus todopoderosos vecinos del norte en su lucha contra España, tras forzar su entrada en la guerra con el equívoco hundimiento del acorazado Maine.

A la hija de Joan Maristany le habían tocado en suerte aquellos años conflictivos que desembocarían en una independencia restringida, porque estaba tutelada por los norteamericanos, quienes más de una vez volverían a La Habana con su ejército para tomar el mando de sus instituciones. ¿Cómo viviría ella las escaramuzas militares, las noticias que llegasen de Cayo Hueso, donde José Martí lanzó el periódico Patria y el Partido Revolucionario; las batallas, el avance de las tropas populares, los mambises; la victoria de Cuba y su aliado, la capitulación de España, la firma del Tratado de París, la liberación…? No podemos saberlo, pero sí sospechar que cuando las cosas no fueron lo que se esperaba sentiría la misma decepción que muchos de sus compatriotas. Y ahí era donde estaba el segundo dardo oculto de aquella charla afable, en la cita final, que reproducía con segundas intenciones dos versos del escritor José María Heredia, otro héroe popular y uno de los cabecillas, en 1823, de la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar, por la que fue puesto en busca y captura y tuvo que exiliarse. Sus poemas eran un himno para los descontentos y un azote para los resignados: «Que si un pueblo su dura cadena / no se atreve a romper con sus manos, / bien le es fácil mudar de tirano, / pero nunca ser libre podrá». O me equivocaba de parte a parte o su presencia en aquellas páginas y en esos momentos no podía ser casual.

La Historia es la ciencia de defraudar a quienes luchan para cambiarla. La gente se deja la sangre en las banderas y envuelve con ellas a unos ídolos que nueve de cada diez veces las utilizan como disfraz, las hacen jirones y los usan como mordazas. No hay más que ver el modo en que Cuba salió de la jaula de España para caer en la red de Estados Unidos y escapó de ella para enredarse en la telaraña de una dictadura que lleva más de cinco décadas en el poder. En lo que se refiere al asunto que nos ocupa, al cambiar la Sierra Maestra por el palacio presidencial los antiguos guerrilleros iniciaron una política de nacionalizaciones que propició que se confiscasen miles de sociedades anónimas, entre ellas los almacenes El Encanto. Sus fundadores, los asturianos José y Bernardo Solís, descubrirían de ese modo que ellos y otros hombres de negocios habían sido traicionados por los rebeldes, a los que apoyaban en su intento de derrocar al general Batista y a quienes ellos y otros muchos habían financiado: hay testigos que los recuerdan pasando su sombrero Panamá entre los asistentes a las reuniones de la federación de comerciantes, que iban llenándolos por turnos con billetes de cien pesos con los que contribuir a la causa.

Los fastuosos almacenes El Encanto no les durarían mucho a los nuevos legisladores, porque fueron reducidos a cenizas el 13 de abril de 1961 por el incendio que siguió al estallido de varias bombas en cadena en el quinto piso de la tienda, en un atentado que rápidamente fue atribuido a los grupos contrarrevolucionarios que actuaban a sueldo de la CIA. El solar se convirtió en el parque Fe del Valle, en honor de una miliciana comunista que entró como dependienta en las galerías, donde intentó sin éxito montar un sindicato, llegó a jefa de planta y fue la única víctima de las llamas que calcinaron el edificio, al aventurarse en él en busca de la recaudación del día, «para salvar los bienes del pueblo», según proclamó a bombo y platillo la versión oficial de los hechos.

En cualquier caso, me pareció evidente que mi próxima tarea no podía ser otra que aprovechar que tras medio siglo de aislamiento y hostilidad mutua se habían restablecido las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana y volvía a haber un barco que unía ésta con Miami y más vuelos desde el aeropuerto José Martí a Florida. Me sacaría dos pasajes, para Mónica y para mí, que les iban a costar otro buen puñado de dólares a los Espriu, y una vez que estuviésemos al otro lado del estrecho hablaría con los veteranos de la Asociación de Antiguos Empleados de El Encanto. Sería fácil y estaba seguro de que tendrían muchas cosas que contarme.

Marqué el número de la recepción y pedí de nuevo una conferencia a Barcelona. Quería poner a mi jefe, si es que aún lo era, al corriente de mis descubrimientos y de mis intenciones. En esa ocasión sí que respondió a mi llamada. Todo le pareció fantástico, aunque no se enteró de gran cosa y no hacía falta ser un genio para saber el motivo: ocho mil kilómetros no eran distancia suficiente como para que no se le notase a la legua que estaba muy drogado, un poco bebido y, sobre todo, las dos cosas a la vez. Por alguna razón, di por hecho que se encontraba en el despacho de su elegante refugio a la sombra de El Repòs, en uno de sus sillones de cuero verde, junto al velador sustentado por colmillos de elefante en forma de aspa y con los libros de Conrad, Dumas, Stevenson y los demás al alcance de la mano vacía: en la otra, había un vaso con tres centímetros de zumo de naranja y seis de Beluga Gold Line, el vodka que beben los ricos.

—Ah, pues claro… Gasta lo que haga falta… Ya sabes que esta familia tiene el dinero por castigo. Adelante, siempre… ¿Me entiendes? Ten cuidado con nosotros… —dijo, y luego se quedó en silencio. Oí al otro lado de la línea el ruido de un encendedor y a él aspirando una calada de su cigarrillo, seguramente de marihuana. Imaginé las volutas de humo retorciéndose en el aire como si buscaran con desesperación algo a lo que parecerse. Una sirena. Un caballo. Un velero.

—¿Sigues ahí?

—Sí, aquí…, no sé dónde… —respondió al cabo de una eternidad—. Sin embargo, imagino que ellos van a mover ficha… Como si fuera un dominó… Así que Verónica de Valdés… Así que El Encanto… Y un incendio…, es tan melodramático…, un final de novela rosa… Emilio Salgari ya sabía… que a veces la única manera de huir de la galera es prenderle fuego, como en El León de Damasco… Que tengas suerte… Mantén los ojos bien abiertos… Si llegan antes…

—¿Quiénes?

—No tiene importancia… Es pura lógica…

—¿El qué? No te entiendo. ¿Quién va a llegar antes y adónde?

—Si alguien existe, se le puede encontrar, ¿no es cierto? Tú y cualquiera… Pero estoy tranquilo… Eres mi Henry Morton Stanley particular, ¿recuerdas? Así que… da igual si se llama el Lualaba o el Congo, tú sigue el curso del río… y llegarás hasta las cataratas…, ¿te acuerdas? Las Victoria…, quizá las Kalambo… Un día te llevaré a Tanzania… Allí tenemos las fábricas… Navegaremos por el Zambeze y nos atacarán las moscas tse-tse…

Y entonces la línea se cortó, sin previo aviso, con la brusquedad de lo que se interrumpe porque alguien lo secciona o arranca violentamente. Las últimas palabras de Lluís Espriu zumbaban en el aire igual que si ellas también fueran insectos tóxicos.

Me quedé mirando en la pantalla del ordenador las fotografías de la casa que se había mandado hacer en el Principado de Asturias la familia Solís, en el año 1927. Estaba en la localidad de Villaviciosa, en Gijón, junto a una marisma llena de garzas y cormoranes, en la costa del Cantábrico, y era otra de esas viviendas de indianos con algo a la vez jactancioso y recóndito, tan elegante que le podría haber echado un pulso a cualquiera de las de El Masnou. Tenía dos torres contradictorias, una redonda y la otra cuadrada, balcones ondulantes llenos de geranios rojos, una galería de madera labrada, un porche de dos arcos con una pared adornada de azulejos blancos y azules; techos a dos aguas, muy inclinados, una veleta de hierro con el perfil de un águila imperial y ventanas de todas las clases, formas y tamaños posibles en su fachada. Y naturalmente, como no podía ser de otro modo, se llamaba Villa El Encanto. Sin duda, aquella gente había sido muy feliz en Cuba, estaba agradecida a aquella isla por lo que les había dado y la echaba de menos.

Por lo que pude averiguar, hoy en día esa mansión histórica a su modo, que por las imágenes que pueden verse en la red se conserva en un estado realmente admirable, ha cambiado de manos para ir a dar a otras parecidas, dado que ahora pertenece a otro emigrante con suerte, sin ninguna relación con sus propietarios originales, que también salió de España con lo puesto y para hacer las Américas, aunque en su caso el destino fue la República Dominicana. Trabajó duro, le fue bien y es dueño de una importante cadena de centros comerciales. Me pregunté si en esas tiendas se les pagaría un sueldo decente a los empleados. Quizá tenía razón Mónica Grandes y el abuso es parte de la condición humana, el modo en que funciona todo este tinglado. Porque son otros tiempos y tenemos otras costumbres, pero la realidad no es tan diferente: el dinero corre y nosotros lo perseguimos. Hay quienes le dan caza y quienes son su presa. Y todos lo buscan, pero algunos lo consiguen y otros mueren en el intento.