Los treinta apellidos

Benjamín Prado · Capítulo 3 de 31

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Los treinta apellidos

Capítulo tres

 

 

Si el mejor sitio para acabar una juerga es cualquiera al que no sepas cómo has llegado, yo me encontraba en el lugar perfecto. Es verdad que me ardía la garganta, el latido de la sangre me golpeaba contra las sienes como si fuera un animal encerrado en una caja de embalar y me dolían todos los huesos, del esfenoides al metatarso; pero no había un muerto en la otra mitad de la cama, ni dos policías intentando echar abajo la puerta, ni un anillo de casado en mi dedo, así que en realidad no era para tanto. Aunque habría sido mejor si dentro de mi cabeza no hubiesen estado golpeando incansablemente sus tam-tams los bakongo, los hutus, los zulúes y el resto de las tribus bantúes de África.

La habitación en la que desperté daba vueltas, pero era amplia y poseía una suerte de elegancia rural que se notaba mirases donde mirases; tenía dos muros de piedra que le daban un aroma de castillo o ermita y otros dos pintados de diferentes azules, ópalo y turquesa; el techo era alto, con vigas de madera en las que distinguí un escudo heráldico cincelado en relieve y compuesto por un ancla, unas llaves cruzadas y una corona con cinco puntas visibles, tres en forma de flor y dos decoradas con ramos de perlas, que si no me equivocaba era el símbolo de los marqueses. El suelo era un mosaico de baldosas hidráulicas con un dibujo de flores de lis teñidas de rosa pálido y encerradas en rombos, la clase de pavimento que usó Gaudí en el paseo de Gracia y que en el siglo XIX se puso de moda entre la burguesía del Ensanche. Había una cómoda de nogal y sobre ella un jarrón con un ramo de ginestas. Y una amatista natural en la mesilla de noche de la que pensé tres cosas: que los aficionados al esoterismo sostienen que ese tipo de cuarzo morado evita el insomnio, que en la antigua Grecia lo consideraban un antídoto contra la embriaguez y que en mi caso había sido más cierta la primera teoría que la segunda.

Al acabar el inventario, me incorporé a duras penas. La claridad, que me hirió los ojos igual que si fuera zumo de limón, entraba a la alcoba por una ventana geminada de onda conventual, con sus dos arcos divididos por un parteluz, y a través de una puerta acristalada que al levantarme vi que daba a un balcón en el que había una mecedora y una mesa auxiliar blancas. Tras los vidrios, una enorme buganvilla lo llenaba todo con su fulgor violeta y a lo lejos, más allá de unas tierras cultivadas y un bosque de pinos, se divisaba el mar.

Imaginé por un momento que esa casa me perteneciera y lo tranquilo que estaría en ella, al margen de casi todo, lejos de mí y fuera del alcance de mis fantasmas, trabajando al aire libre cada mañana, desde muy temprano y sin nadie que me molestase, incluido yo. El teléfono y el correo electrónico los atendería exclusivamente una hora y sólo por las tardes, de siete a ocho, mientras tomaba un café ardiendo y un vodka helado con vistas al Mediterráneo. Tendría asegurada la inspiración para mis novelas, que me proporcionarían una multitud de seguidores y gracias a eso desaparecerían de mi vida, de una vez por todas, los papeles en blanco y los números rojos, porque la mejor forma de convertirse en un escritor profesional es haciéndote pasar por uno de ellos. «¿Y por qué no ibas a conseguirlo?», pensé. «Los propietarios de esta mansión y de todas las demás que hay por aquí tienen dos manos, dos pies y veinte dedos, igual que tú». Lo bueno de estar despierto es que puedes soñar lo que te dé la gana.

Intenté reconstruir lo que había ocurrido la noche anterior y sólo me vinieron a la cabeza algunas frases sobre agronegocios, biocarburantes, campos de soja, Adís Abeba, el Mato Grosso y Dar es-Salaam. Pero lo que no era fácil de recordar tampoco era difícil imaginarlo: aquel hombre con andares de profesor de danza y yo habíamos hecho un largo viaje alrededor de la noche, dejando un rastro de botellas y conversaciones vacías a nuestro paso. Y lo cierto era que me encontraba mal, pero me había sentado bien, porque en mi estado era mejor hacerse daño que mortificarse. Con esa coartada por bandera, me puse en movimiento. Y aún guardaba un as en la manga: echarle la culpa al empedrado, como sin duda habría dicho mi madre. Si no me hubiera visto obligado a ello, un hombre como yo jamás habría actuado del modo en que lo hice.

El cuarto donde había amanecido estaba en una segunda planta, así que bajé una escalera en la que vi, entre otras cosas, algunos cuadros de personajes de diversa catadura, quizá los antepasados de la familia —la mayor parte de ellos con los mismos ojos celestes de mi anfitrión—, un reloj de péndulo y una vitrina con incrustaciones de marfil en la que estaban expuestas algunas herramientas de navegación, por ejemplo un compás, una brújula, una rosa de los vientos o un sextante de los que había visto tantas veces en las novelas de Conrad, Stevenson y Jack London. Fui a dar a un salón donde me fijé, antes de nada, en la chimenea que ocupaba el centro, en la maqueta de un bajel que había sobre su repisa y en un par de sillones de cuero verde, separados por un velador cuyas patas eran tres colmillos de elefante en forma de aspa y en el que se apilaban algunos libros. Fui a ver de quiénes eran: Emilio Salgari, Walter Scott, Joseph Conrad, Alejandro Dumas, Nathaniel Hawthorne, Arthur Conan Doyle, Robert Louis Stevenson, John Steinbeck, Daniel Defoe… Todos ellos tenían dos cosas en común: estaban firmados por primeras espadas de la literatura y eran historias de piratas. Es decir, que le iban como anillo al dedo al ambiente naval que imperaba en aquella habitación. Nueve o diez boyas de cristal de color esmeralda y caramelo, que colgaban aquí y allá metidas en redes de pescador, y un ojo de buey que permitía contemplar el jardín desde el pequeño recibidor completaban el efecto.

No había decidido aún qué hacer, ni esa mañana ni todas las demás, de manera que me puse en marcha: cuando no sabes dónde ir, moverte no te va a llevar a ningún lado, pero quedarte quieto tampoco. Para empezar, buscaría la salida y un taxi que me llevara al sitio donde había aparcado la furgoneta; y lo siguiente sería empacar mis cosas, ir al aeropuerto y volver a Madrid, donde confiaba en que mi vida estuviese de algún modo esperándome.

Abrí la puerta, en la que estaba grabado el mismo escudo que en las vigas del dormitorio, y me armé de valor para echarme a la calle. ¿Se hacen una idea de la forma en que cae el cuchillo de un carnicero sobre un costillar de vaca? Pues así es como cayó aquel sol de mediodía encima de mí. Andaba laboriosamente, llevándome a cuestas, igual que si subiese una carretera de montaña en un tándem y el tipo de atrás hubiese dejado de pedalear. «Tú te lo has buscado», me dije, y me respondí: «Déjame en paz». Si te remuerde la conciencia, devuélvele el mordisco: ésa es mi norma. Una pradera de césped se extendió frente a mí, interrumpida por un sendero de losas de pizarra. Olía a humedad y me dieron ganas de caminar descalzo. Lo hice y me sentó bien. El frescor parecía trepar por mí como una enredadera.

Me giré para observar la fachada, sus muros de roca, uno de ellos cubierto de hiedra, la vidriera que había en un lateral y la espadaña que se alzaba en el extremo del tejado, con su hermosa campana de bronce y su cruz, que definitivamente le daban a aquella construcción un perfume eclesiástico. Me pregunté por qué, si era por simple estética o habría otras razones. Luego me dije que no era asunto mío.

Al lado izquierdo de la entrada había una piscina que la evidente falta de uso había transformado en un estanque decorativo: de hecho, en su fondo nadaban algunos peces y en la superficie flotaba media docena de nenúfares. Seguí adelante y según andaba por la propiedad se sucedían aquí y allá los álamos, los sauces, las mimosas y también otras especies que para mí eran desconocidas pero que cualquier entendido en botánica hubiera identificado como araucarias, ceibas, baobabs, árboles del caucho o ébanos, que en conjunto formaban una hermosa antología de las junglas de África y las selvas de América que, sin duda, sólo era posible mantener con el cuidado de los jardineros más competentes.

La propiedad era enorme, tanto que me pareció desproporcionada con respecto a la vivienda en la que había amanecido, y pronto descubrí por qué: lo que a mí me había parecido el no va más del lujo era sólo un inmueble secundario, una dependencia auxiliar donde me pregunté si mi compañero de farra estaría alojado porque trabajaba de guardés para los dueños, era un pariente que tenían ahí hospedado o tal vez un amigo que pasaba con ellos una temporada. ¿Me habría hablado de eso mientras cavábamos nuestra tumba de bar en bar, haciendo tiempo hasta que fuese demasiado tarde? Puede que sí, pero en el fondo qué más daba. Dos desconocidos que beben juntos no suelen entrar en profundidades, no se interesan uno al otro ni, en la mayoría de los casos, esperan volver a verse; pasan el rato y poco más; no tiran a dar, sólo pretenden quedarse sin balas.

A unos cientos de metros, frente a un lago artificial en el que nadaban plácidamente unas dos docenas de patos con la cabeza verde esmeralda, y dominando una gran extensión cubierta de hierba y palmas reales, estaba la edificación principal, que era un auténtico palacio modernista de tres pisos, con una torre central rematada por una cubierta en forma de pirámide y otra redonda a su izquierda, que con su cúpula de aguja parecía sacada de un castillo de Baviera o, sin ir tan lejos, estar emparentada con la famosa Casa de les Punxes de la avenida Diagonal. Al lado contrario vi una galería almenada y tras ella otra ala rectangular, con miradores hexagonales, buhardillas y mansardas. Y, por supuesto, era imposible no reparar en su escalinata monumental y en su barandilla de forja decorada con sirenas verdes, en la que me pareció que el hierro se curvaba para simular el oleaje. El remate del pasamanos eran dos gárgolas en equilibrio entre lo infernal y lo grotesco, como tantas otras de las que hay en Barcelona y que siempre me han fascinado: miras hacia arriba y ahí están esos diablos, en el castillo de los Tres Dragones, en la casa de los Paraguas, en el hospital de Sant Pau, en la catedral de Santa Eulalia, en las azoteas de la calle del Bisbe o de la plaza del Pi… Un ejército de monstruos llegados de la Edad Media para advertir a los pecadores de lo que les espera en el más allá. La puerta de entrada tenía uno de esos llamadores de bronce que te hacen pensar que si lo tocas irá a abrirte alguien de otra época y, ante todo, una apabullante vidriera de cristales esmaltados en la que se representaba a san Jorge matando a su dragón.

—Sant patró de Catalunya, torneu-nos la llibertat!, —oí que decía alguien a mi espalda.

Era Espriu i Quiroga, quién si no. Me observaba irónicamente para realzar el tono paródico con que había entonado ese famoso emblema nacionalista escrito en un plafón de la casa Terrades, justo en la que yo acababa de pensar a causa de sus tejados cónicos, y se había quedado a unos pasos de mí, como si por alguna razón pensase que le convenía guardar las distancias o que yo podría saltar en cualquier momento sobre él, aunque a decir verdad, no recordaba tener ninguna razón para hacerlo. ¿La había?

Estaba de brazos cruzados y su sonrisa ladeada, un poco teatral, pretendía ser la viva imagen del sarcasmo. Esta vez iba con unos pantalones vaqueros cortados a la altura de la rodilla, una camisa blanca, sus sandalias de jipi y lo que me pareció el sombrero Panamá que yo había usado mi último día de furtivo. Tuve la tentación de buscar un espejo y mirarme, a ver si yo también llevaba puesto algo suyo: si al abrir los ojos descubres que te metiste en la cama vestido, es que la fiesta fue divertida; si la ropa es de otro, entonces hay que seguir investigando.

—Te lo puedes quedar, si te gusta —dije señalando su cabeza—. Si te soy sincero, nunca ha sido mi estilo. Aunque para moverte por aquí sin desentonar, a lo mejor resultaría más útil una chistera…

Se encogió de hombros y me enseñó las palmas de las manos, que es lo que hace alguien que quiere parecer honesto, según había aprendido de una periodista con la que viví una vez y que era una estudiosa del lenguaje no verbal.

—Espero que, dentro de lo que cabe, hayas dormido bien —dijo.

—En la gloria… No sé ni dónde estoy ni cómo he llegado aquí, pero gracias por tu hospitalidad, de cualquier modo —respondí, un poco a la defensiva.

—No hay de qué. ¿Acaso iba a negarte descansar en mi humilde morada y que Dios me castigase a vagar sin rumbo por toda la eternidad, como al judío errante?

—Así que humilde morada…

—Supongo que tienes razón, la casa de mi madre intimida un poco. Yo no vivo aquí, sin embargo: para mi uso personal tengo la otra, donde tú has pasado la noche.

De manera que el aún joven crápula no era parte del servicio ni tampoco una visita, sino el heredero de una gran fortuna que, como tantos otros de su especie, mientras llegaba la hora de tomar las riendas de su imperio se distraía jugando a ser el gran Gatsby, aquel millonario de Scott Fitzgerald que se había hecho de oro con el contrabando de alcohol y los garitos de apuestas clandestinas pero que a veces, cuando la melancolía le impulsaba a olvidar su falta de escrúpulos, «abría un cofre lleno de rubíes para aliviar con sus inagotables destellos escarlatas el dolor lacerante de su corazón devastado».

—Bueno, imagino que vivir en un sitio como éste debe ofrecer también algunas pequeñas ventajas —respondí, tratando de darle un golpe bajo.

—Tiene de todo —dijo Espriu, de repente muy serio—, pero especialmente una larga, oscura y apasionante historia que nadie ha contado y que estoy seguro de que cualquier buen novelista daría algo por hacer suya. ¿No cree, señor Urbano?

Estaba claro que no iba a marcharme de allí sin comprobar hasta qué punto eso era cierto o exageraba. No soy curioso, pero me gusta saber; no soy de los que escuchan detrás de las puertas, pero tampoco de los que renuncian a abrirlas.