Los treinta apellidos

Benjamín Prado · Capítulo 22 de 31

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Los treinta apellidos

Tercera parte (El Masnou / Las Rozas)

Tercera parte

(El Masnou / Las Rozas)

Capítulo veintidós

 

Aterrizamos en Barcelona tres días más tarde de que me hubiesen dejado libre, tras casi doce horas de vuelo, una escala en Madrid, una cena y un desayuno que entraban a duras penas en la palabra comida y un par de tormentas eléctricas que agitaron el avión como si fuese una coctelera.

Cuando fui a declarar a la comisaría, tras recibir el alta médica, los policías me dejaron entrever que mi caso no estaba cerrado, que «si seguía comprometiéndola», la doctora Cabrera podría resultar «aún más perjudicada» y, ante todo, que yo no iba a ser de ningún modo bien recibido si regresaba a La Habana. Quién sabía si lo haría, pero al menos no me había marchado de allí sin comprobar que la historia que me había contado aquella muchacha llamada Gloria era cierta. Para no quedarme con la duda, me puse en contacto con el gerente del hotel Las Brisas y él me confirmó que «la señorita Flores Chevalier había dejado su puesto tras recibir una oferta irrechazable para irse a trabajar a África». Ya estaría allí, tanto si había elegido el trayecto con paradas en París y Estambul como si se había inclinado por hacer tránsito en Ámsterdam y Nairobi. Estaba claro que si el artero Edgardo no le había ofrecido la ruta más lógica, la que opera la compañía Iberia y pasa por Madrid y El Cairo, fue por no correr el riesgo de que se quedara en el aeropuerto de Barajas. La invitación oficial y la propuesta de trabajo que exigen las autoridades de Cuba para dejar salir a sus ciudadanos del país eran de Tanzania y de la corporación Biorefinery & Agribusiness Global Inc., por supuesto, pero en su caso resultaría muy fácil pedir asilo en España y conseguir un permiso de residencia en cuanto Lluís Espriu certificase que era familia suya.

Que Verónica había embarcado con dirección a Dar es-Salaam lo pude acreditar gracias a una buena amiga que trabaja como azafata de tierra en la T4, que movió algunos hilos con dos colegas de KLM y Qatar Airways que le debían algún favor y tanto el uno como el otro le confirmaron que, efectivamente, su nombre estaba en lo que ellos llaman el PIL, el listado de pasajeros, y que había subido a un Boeing 777-300 que había despegado de La Habana cuatro días antes que el nuestro y cuyo destino último era el Aeropuerto Internacional Julius Nyerere. La pregunta que quedaba por contestar era si Guadalupe y Narcís se conformarían con mantenerla a distancia o pensaban ir un paso más allá. Me respondí que eso dependería de si Lluís seguía adelante o prefería dejar las cosas tal y como estaban.

Fuimos a El Masnou en tren y mientras pasábamos por las estaciones de Sant Adrià de Besòs, Badalona y Montgat pensé que aquella línea ferroviaria había sido como una cremallera que al cerrarse volvió invisible la historia de los antepasados de los Espriu y los Quiroga de Feijóo como negreros.

—Es la condición humana —me dijo Mónica—, el progreso se basa en el dominio, en someter a otros para poderlos considerar inferiores y así saquearlos en nombre de la civilización. A robar el oro de América y esclavizar a sus habitantes lo llamamos descubrirla. Y así todo y todos. No tenemos remedio. La justicia acaba donde empieza la ley del más fuerte, que es lo que gobierna el mundo.

Quién podría quitarle, en eso último, la razón.

Llegamos a El Repòs a mediodía. Allí me esperaban, en teoría, Guadalupe Espriu y su hijo Narcís, aunque sólo había conseguido hablar con su secretaria, una mujer de una amabilidad helada que hacía su trabajo sin apartarse un milímetro de las órdenes que le daban y que me repitió hasta el cansancio que el senyor estava molt ocupat. La imaginé pequeña, enjuta, vestida de manera formal y tan maquillada que cuando se despintase por las noches desaparecería. Al tercer intento me dio por fin una cita, y me despedí de ella en su idioma, en señal de respeto, l’hi agraeixo molt.

Mi doctora Grandes no había estado nunca por la zona y le impresionaron muchas de las casas de los indianos de El Masnou, con sus formas neoclásicas y sus detalles góticos, pero ninguna tanto como aquélla, con sus torres, sus tejados en forma de pirámide y sus cúpulas de aguja. Los patos de cabeza verde seguían en el estanque, las sirenas de hierro forjado adornaban la barandilla de la escalera y las gárgolas hacían muecas de hierro en el remate del pasamanos. En la vidriera de la entrada principal, san Jorge continuaba hundiendo su espada en el dragón.

Una empleada doméstica con humos de ama de llaves nos condujo, entre paredes acristaladas y techos de madera en los que reconocí el escudo del marqués de Maristany labrado en una de cada dos vigas, con su ancla, sus llaves cruzadas y su corona de cinco puntas, a través de la galería lateral llena de plantas verdes que le daban una atmósfera de invernadero y hasta un gabinete minúsculo y de paredes irregulares, llenas de máscaras africanas, en el que había una vitrina con libros encuadernados en piel, un mueble acristalado con un par de esculturas en su interior y un pequeño escritorio de madera oscura sobre el que vi un ordenador, una lámpara estilo art déco de cristales emplomados y una de esas máquinas que son a la vez teléfono, fax e impresora. En un rincón había un pequeño sofá y dos sillones tapizados con piel de cebra. Supuse que allí era donde recibían a los aspirantes a servir en la mansión y di por hecho que era una forma de ponerme en mi sitio, ideada por doña Guadalupe. Para completar la escenificación, nos hicieron esperar unos veinte minutos. Nadie nos ofreció un café, ni ninguna otra cosa. Cuando empezábamos a sentirnos ofendidos, se oyeron unos pasos, se abrió la puerta y entró Narcís.

—Señor Urbano, señora… Buenos días, discúlpenme —dijo mientras cruzaba la habitación de dos zancadas y nos tendía una mano veloz, esquiva. Eran los movimientos de alguien que estaba ostensiblemente de paso y sin tiempo que perder. Llevaba una chaqueta de color marrón-Sahara, con dibujo houndstooth y estampado de cuadros príncipe de Gales, combinada con unos pantalones a juego, aunque dos tonos más oscuros, y una corbata verde botella. Una elegancia preceptiva, de formulario. «El hábito no hace al monje», oí que me susurraba mi madre.

Nos ofreció asiento con un ademán de estadista y miró su reloj de pulsera con una ampulosidad a la que le habría venido mejor uno de bolsillo. Me fijé una vez más en su porte atildado, en la perfección histérica de cada detalle, su falta de espontaneidad: era un hombre de imitación. También era una persona taimada, cautelosa, de esas que nunca se fían, que siempre guardan las distancias y no permiten bajo ningún concepto que nadie sepa lo que realmente piensan ni las conozca del todo. En él prevalecía lo invisible, era todo fachada y la única forma de saber por dónde iba era olvidarse de la mitad de lo que decía e intentar sustituirlo por lo que se callaba. Sobre la mesa, en un marco de plata, pude ver una fotografía de su esposa, Neus Millet Vilarasau. Si hubiera sido posible, aquel hombre casi me habría dado pena: era la confirmación de que se puede nadar en la abundancia y no ser más que un pobre diablo.

—He intentado hablar con su primo Lluís —dije, para romper el hielo—, pero no consigo localizarlo. Su teléfono está fuera de cobertura. No responde a los mensajes. La última vez que hablamos, lo encontré incoherente, desorientado. No sé qué ocurre, si está de viaje o enfermo. Y necesito ponerme en contacto con él.

—Me temo que eso va a ser imposible, al menos por el momento. Mi hermano ha tenido algunos problemas de salud, efectivamente, necesita cuidarse y evitar sobresaltos.

—¿Está hospitalizado?

—Se está restableciendo.

—¿Dónde?

Me dedicó una sonrisa condescendiente y una mirada pendenciera. Su pose era la de un ser magnánimo, un dictador que perdona la insolencia de uno de sus súbditos, pero no por piedad ni empatía, sino para demostrar su poder.

—No se lo tome a mal, pero ése es un asunto privado. Coses de familia.

—Usted sabe que el señor Espriu me encargó un trabajo. Necesito informarle, porque se han producido algunas novedades. En su caso, no hará falta decirle nada, imagino que ya está al tanto de lo sucedido —lancé.

—Dígame qué se le debe y lo estudiaremos —respondió con toda la soberbia que fue capaz de reunir.

—Eso no sería ético por mi parte, usted no es quien me contrató.

—No debería haberlo hecho nadie. Ya le di mi opinión en su momento.

Decidí cambiar de táctica, a la manera de un ejército que se reagrupa para atacar la misma posición enemiga por otro flanco, porque estaba seguro de que aquello no nos iba a llevar a ninguna parte: si hay dos cosas parecidas en este mundo son los callejones sin salida y los reproches.

—Sin embargo —dije—, usted también me ofreció ir a ver sus empresas en Tanzania y escribir sobre ellas. ¿Lo recuerda? Sonaba bien, visitaría el Kilimanjaro y la isla de Zanzíbar. ¿La propuesta sigue en pie? Si es así, la acepto encantado. Hay por allí algunos misterios que me gustaría resolver.

Me volvió a observar, adoptando una de sus poses ensayadas, con la cabeza torcida, las cejas arqueadas, los brazos medio cruzados, la mano derecha en el mentón y un asomo de sonrisa que él consideraba entre indulgente y aviesa. Después, cambió la postura, se echó hacia atrás en su asiento para distanciarse de lo que acababa de decirle; miró su agenda y consultó la hora, igual que si hubiese una fila de gente esperando para hablar con él, y puso las manos sobre el escritorio, como si la madera pudiese ofrecerle apoyo psicológico. Era un ser inseguro, de esos que se tienen bajo vigilancia día y noche y nunca desaprovechan la oportunidad de pasarse revista en cualquier superficie que los refleje: si están en la oficina, se miran en las pantallas apagadas de los ordenadores; si están en un restaurante, se miran en la cuchara sopera. Si yo fuese él, me pondría micrófonos para descubrir quién soy. En lo material, se trataba sin duda de un hombre con suerte, pero la disfrutaba menos de lo que temía perderla. Estaba arriba, pero lleno de miedo a caer. Era un perdedor que iba ganando, un don nadie que lo tenía todo. En realidad, se trataba de un segundón, un ser gregario, de los que no participan en la carrera para ganarla sino para tener a alguien a quien seguir.

—Vaya, no sabe cuánto lo lamento, pero esa plaza ya no está vacante —dijo—. Así es la vida, los trenes pasan y se van.

—¿Alguien la ha ocupado? No lo dirá por su prima Verónica, porque lo suyo es la biología, no la literatura ni los expedientes.

—Le aseguro, señor Urbano, que no tengo ni he tenido jamás ningún familiar que responda por ese nombre.

—Tuvo dos y ambos sabemos que uno de ellos seguía vivo la semana pasada. Espero que aún lo esté, señor González.

—Porque si no lo estuviese, significaría que las cosas habrían ido demasiado lejos —intervino Mónica.

—Nosotros sólo vamos demasiado lejos a abrir nuevos mercados —contestó, retándola con la mirada—. Efectivamente, Biorefinery & Agribusiness Global Inc. opera en Tanzania, Brasil y quizá dentro de poco en Egipto, del que a usted le interesará el valle de los Faraones y a mí el canal de Suez, a usted las pirámides y a mí que es un país que exporta ochocientas mil toneladas de verduras a la Unión Europea: un gran lugar para instalar nuestros invernaderos de alta productividad.

—Claro, a la nobleza es que no le importan esas cosas —dije intentando convertir la ironía en un golpe bajo. Hubo un pequeño cambio en su rostro, una alteración mínima, similar a una de esas variaciones musicales que consisten en repetir la misma melodía pero con un instrumento añadido. Sin embargo, mantuvo el control.

—Se equivoca —dijo tratando de sonar mundano—, el duque de Alba trajo a España a Howard Carter, para que diese varias conferencias sobre cómo descubrió la tumba de Tutankamón. En realidad, eran íntimos amigos.

—Claro, claro, estuvo en la Residencia de Estudiantes y en el teatro Fontalba, fueron a verlo Ortega y Gasset y Alfonso XIII y al día siguiente visitó el Museo Arqueológico Nacional. Yo trabajo allí, no me cuente mi vida —le soltó Mónica, y sus dos frases sonaron como si fuesen la andanada de una escopeta de dos cañones.

—No tema, eso no entra en mis planes —le contestó con una tranquilidad rebuscada—. Aquí el que practica la ficción es su novio. En cuanto a mí, dé por bueno eso de que lo único que sabemos contar los ricos es nuestro dinero.

—Haga caso a la doctora y tenga cuidado —le amenacé—: Las cárceles están llenas de personas que se pasaron de la raya.

La sonrisa se congeló en su rostro. Una ráfaga de ira ensombreció su cara y en medio de esa oscuridad sus ojos centellearon como cuchillos. Se levantó, justo en el instante en que la puerta se abría y el coloso Edgardo entraba en la habitación. Fiel a su estilo, se quedó allí inmóvil y ni su rostro ni su actitud expresaron nada. Era un hombre de acero. Recordé que de Fermín Arrudi, uno de los gigantes sobre los que había investigado en su momento para una de mis biografías a la carta, se decía que mató a un oso de los Pirineos con sus propias manos, en una pelea cuerpo a cuerpo, y que más de una vez cruzó el río Aguas Limpias con un caballo a sus espaldas.

—Mire, le voy a dar un consejo, si me lo permite —dijo Narcís—: Acepte la compensación que le ofrezcamos, firme un acuerdo de confidencialidad en el que renuncie a escribir sobre nuestra familia y pase página. Por supuesto, si ha tenido gastos añadidos y nos presenta las facturas correspondientes, los asumiremos, siempre y cuando no se haya dedicado, como decimos por aquí, a estirar més el braç que la màniga. Y ahora, me van a disculpar, pero tengo que dejarlos.

—Volveremos a vernos —le advertí. Sabía de sobra que era la frase de la impotencia, la que se dice cuando uno se siente frustrado, pero me pareció mejor que nada.

—Bon vent i barca nova —se despidió: o dicho en plata, que siguiera mi camino y me apartara del suyo.

—Salude a su madre de mi parte y dígale que espero poder hacerlo muy pronto en persona —rematé, por el gusto de decir la última palabra.

Al pasar junto al titán Edgardo me dio un escalofrío, pero aun así lo encaré y le dije en un susurro, lo mismo que si le contara un secreto:

—Sé que fuiste tú. También sabré encontrar el modo de probarlo.

—Que tenga un buen día —respondió, torciendo un milímetro la boca. Si los lobos supieran mostrarse sarcásticos, lo harían exactamente del modo en que él lo hizo. Me pregunté cuántos años tendría, seguro que no eran menos de sesenta, pero aún resultaba imponente.

En el corredor, la luz doraba con delicadeza los muebles coloniales de aquel pasillo con trazas de invernadero y tan abarrotado que en él no había espacio ni para cambiar de opinión. Un par de papagayos de colores estruendosos dormitaban en su jaula. Al llegar al final, torcimos a la izquierda y atravesamos otra estancia que no habíamos visto a la ida y que estaba llena de trofeos y utensilios de caza: vi horrorizado una cabeza de león, otra de rinoceronte y otra de pantera, un armero de caoba donde se alineaban escopetas de cerrojo Mossberg & Sons y rifles con mira telescópica; una mesa sobre la que descansaban una brújula, unos prismáticos, una cantimplora… Cómo no, el hijo de Guadalupe Espriu tenía todo el aspecto de un individuo que se va una vez al año de safari, a matar hermosas fieras en una jungla de África, con un salacot o un gorro australiano, ropa de camuflaje, un chaleco con cananas, unas botas Elk Hunter y dinero de sobra para acallar su sed de aventuras con una carnicería. Debía de ser uno de esos furtivos que matan a miles de animales en vías de extinción cada año en África y cuyo gran sueño es abatir en una reserva al último superviviente de alguna especie protegida, mandarlo disecar y ponerlo de adorno en el salón de su casa. Eché mucho de menos que un zarpazo lo hubiera abierto en canal en cualquier selva de Tanzania o de Kenia.

—¿Tienes una idea de lo que acabamos de ver? —me dijo Mónica al oído, mientras la falsificación de la señora Danvers de Rebeca nos acompañaba a la salida entre ficus, helechos, cañas de bambú y troncos del Brasil.

—¿Un pobre hombre con un traje de mil quinientos euros y un gorila de dos metros que habla? En el siglo diecinueve, al segundo lo habrían vendido a un circo ambulante y el primero sería el taquillero y se fugaría con la recaudación al acabar el espectáculo.

—A ellos no les he prestado atención. No merecen la pena.

—Así es. Son un cuatro de copas, como llaman los colombianos a los seres irrelevantes —dije tratando de aliviar la tensión que vibraba en el aire igual que si fuera de hierro.

—Estoy hablando de las máscaras. ¡Es una colección fabulosa! Y te aseguro que sé muy bien de qué hablo. Soy una especialista en el tema, he excavado el yacimiento de Ain Boucherit, en Argelia; el de Ŷébel Barkal, en Sudán, el de Koobi Fora, en Kenia… Conozco el arte indígena como la palma de mi mano.

«Vaya, vaya… Por eso estabas tan silenciosa… “Cada loco con su tema”, habría dicho ahora mi madre…».

—Pensé que eran simplemente muy buenas reproducciones, como aquella de la diosa Seshat que me regalaste.

—Había una de los kanaga, de Mali, y otra de los ibo, de Nigeria. La que es una mezcla de hiena, cocodrilo y antílope es una escupefuego de Costa de Marfil. Pero la palma se la llevan las cuatro que tienen encerradas en urnas de cristal a prueba de balas: la redonda, la que está blanqueada con caolín y tiene los labios pintados de rojo, es de los punu, de Gabón, y se trata de una pieza por la que algunos coleccionistas pagarían decenas de miles de euros; la alargada de color tabaco es una auténtica fang, puede venir de Camerún o de Guinea Ecuatorial. Hay muchas imitaciones y pocas originales. Nosotros tenemos dos en Madrid, en el Museo Arqueológico. ¿Sabes que se consideran la mayor inspiración del cubismo? Picasso no habría pintado sin ellas Las señoritas de Avignon. Las últimas, la de terracota policromada y la que está hecha en madera de rosa, estoy casi segura de que provienen de los mursi de Etiopía y los makonde, que son de Tanzania y Mozambique.

—Así que de Guinea Ecuatorial, Nigeria y Gabón… Por ahí era donde el pirata Maristany iba a capturar sus presas. ¿Y esas otras que dices son muy valiosas?

—Ya lo creo que sí.

—Qué interesante… Se me ocurre una idea… ¿Tú crees que esas máscaras habrán sido adquiridas legalmente?

—No. Y menos aún lo que había al lado de la ventana, ¿no te has fijado? Son un par de esculturas de terracota que me juego algo a que provienen de las excavaciones del reino de Aksum. Son piezas únicas, pueden tener mil setecientos años.

—Lo recuerdo, me contaste que aquel imperio se extendía a los dos lados del mar Rojo…

—… abarcaba las actuales Etiopía, Yemen, el sur de Arabia, Eritrea y el norte de Sudán…

—… y según la leyenda, el Arca de la Alianza, con las tablas de los doce mandamientos de Moisés dentro, está escondida en no sé qué iglesia de la capital.

—El templo ortodoxo de Nuestra Señora de Sión.

—Eso es. Pero, entonces, esas obras de arte las tendrían de forma ilegal, ¿no es eso? —dije, lo mismo que si hubiese logrado atrapar un relámpago en una botella.

—Es lo de siempre y en el orden de siempre: colonialismo, expolio, mercado negro, contrabando, falta de escrúpulos, complicidad de las autoridades, hipocresía generalizada… En eso, la historia de los museos de Europa es la de un expolio. ¿Cómo crees que llegaron la piedra Rosetta o los frisos del Partenón a Londres, el busto de la reina Nefertiti a Berlín o la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, el león del templo de Ishtar y el escriba sentado de Sakkara a París? Pero… ¿adónde vas ahora?

Deshice el camino a la carrera, dejándola a ella con la lección de arte en la boca y a la mujer que nos guiaba sin tiempo para que pudiese reaccionar: de hecho, cuando se dio cuenta de lo que ocurría y me exigió a gritos que me detuviese, yo estaba ya otra vez en la puerta del gabinete. Narcís y su caporegime, como los llaman en Sicilia, se alejaban en ese mismo instante de allí y cuando se volvieron nos miramos unos a otros con incredulidad, porque los tres estábamos igual de sorprendidos: ellos no esperaban verme nunca más y en cuanto a mí, no soy la clase de persona que se comportaría como lo estaba haciendo. Pero con frecuencia seguir un impulso consiste en eso, en actuar como si fueses otro y que él se encargue de hacer lo que tú nunca harías.

—Es muy bonita su colección de arte africano —solté—. Auténticas máscaras punu, fang y mursi, ni más ni menos… Obras de arte robadas… El reino de Aksum… Creo que al final sí que escribiré un artículo sobre Biorefinery & Agribusiness Global Inc., hablaré de tráfico de seres humanos y patrimonio cultural. Las autoridades de Tanzania van a tener que pensar si les conviene seguir haciendo negocios con personas como ustedes.

Edgardo fue a dar un paso adelante, pero Narcís lo contuvo.

—Salga de mi casa, antes de que me vea obligado a hacer que lo echen —dijo. Parecía tener que hacer un gran esfuerzo, porque la furia lo pone todo cuesta arriba, y vi sus ojos arder violentamente, cubiertos de pequeñas venas rojas similares a los ríos de un mapamundi.

—No se preocupe, voy a salir de la casa de su primo por mi propio pie. Espero una llamada de cualquiera de ustedes dos en las próximas veinticuatro horas, porque después de eso, seré yo quien marcará el número del periódico.

—Le recomiendo que mientras lo hace lea el Código Penal: ahí verá que la extorsión es un delito tipificado en el artículo 243 y que se castiga con una pena de entre uno y cinco años de cárcel.

—Lo haré, y puede que también les pregunte a la Interpol y a la policía de aduanas sobre el castigo que se les impone a los que pasan por las fronteras con el patrimonio cultural de otro país escondido en el equipaje. No se molesten en acompañarme a la salida, recuerdo el camino.

Eché a andar. No me persiguieron. Me alegré de que no lo hiciesen. Sin duda, estaba dando palos de ciego, pero eso no significaba que no pudiera acertarle al blanco. Y contaba con una baza interesante: la mezcla de cólera e inseguridad de Narcís, una de esas personas desequilibradas y autoritarias que no saben lo que quieren, sólo cómo conseguirlo, y que tienden a perder los nervios y precipitarse si los acorralas.

Sea como sea, el plazo de mi ultimátum no llegó a cumplirse, porque esa noche, tras dar un paseo por la playa en el que recordé mi vida de testigo protegido en aquel pueblo, siempre bajo la amenaza de la fenya y sus pistolas GSh-18, llevé a Mónica a cenar a uno de los restaurantes del muelle, a la luz de las velas y con el sonido embriagador de las olas al fondo, y luego a tomar una copa al bar en el que había empezado todo unos meses antes. Cuando estábamos ya a punto de marcharnos, oí la campanilla que sonaba cada vez que se abría la puerta de acceso para dar paso a un cliente y vi aparecer a Lluís Espriu, aproximarse a la barra, pedirle unas consumiciones a la camarera, buscarnos con los ojos y acercarse a mí con pasos a la vez indecisos y desenvueltos, una sonrisa de embaucador no muy lograda y un par de copas de vodka, sin duda de la marca Beluga Gold Line, con zumo de naranja en las manos, exactamente igual a como lo hizo la primera vez.

—Na zdorovie! —dijo, y se quedó parado frente a nosotros, salido de la nada; nos miró de arriba abajo, sin prisa, con un indicio de burla en los ojos; puso las bebidas sobre la mesa, todavía sin pronunciar una palabra, y se quedó a la espera de que le invitáramos a sentarse. Noté que su gesto era el que con tan poca destreza había tratado de imitar su primo Narcís unas horas antes en el gabinete de El Repòs. Llevaba uno de sus trajes blanco-hueso, que esta vez no era de lino sino de algodón, una camisa azul celeste y zapatos marrones tipo Oxford. Estaba mucho más delgado, pero tenía buen color.

—¿Es él? —preguntó Mónica.

—Sí —respondí—. Puede que ya no sea el mismo, pero es él.