Los treinta apellidos

Benjamín Prado · Capítulo 13 de 31

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Los treinta apellidos

Capítulo trece

 

 

A la joven Neus Millet Vilarasau no la habían mirado jamás por las calles; nadie volvía la cabeza a su paso ni sentía el deseo urgente de seguirla, entablar conversación con ella y buscarse cualquier disculpa para pedirle su número de teléfono o, los más atrevidos, directamente una cita. Sin embargo, siempre fue uno de los focos de atención del resto de los invitados a las fiestas donde acudía cada dos por tres con su familia, en la que se juntaban dos de los apellidos más influyentes de la alta sociedad catalana y una de las fortunas más rutilantes del país, gracias a sus diversos intereses en entidades financieras, empresas constructoras, textiles y alimenticias, complementados con su presencia al uso en diferentes consejos de administración. Mientras investigaba sobre los Espriu i Quiroga y sus antepasados, encontré referencias continuas a ella y sus padres, miembros más que destacados de aquella oligarquía que en muchos casos había cimentado su imperio en la época de la dictadura y cuyos primeros espadas alternaron el mundo del dinero y el de la política con total desenvoltura, entrando y saliendo de uno al otro por puertas giratorias que los mantenían a ambos lados del ominoso muro tras el que se habían parapetado los golpistas de 1936. Algunos de ellos, antes de hacerse, por ejemplo, con el sillón de mando en La Caixa y presidir simultáneamente una concesionaria de autopistas a la que el Estado otorgaba numerosas obras públicas, habían ocupado en los años sesenta y principios de los setenta puestos como los de director general de Telefónica, del Departamento del Tesoro y de Política Financiera; otros, habían montado la petrolera Campsa en los años veinte y años después una fábrica de cerveza que los iba a hacer doblemente millonarios; cuando vieron amenazados sus intereses, colaboraron en la fundación de la banda terrorista Falange Española; tras la Guerra Civil, que ellos habían ayudado a pagar, le añadieron a su expediente algún muerto de la División Azul y varios de ellos hasta llegaron a ministros del Régimen que sus hijos o nietos iban a combatir en el futuro. Con esas credenciales, sus buenas relaciones y, sin duda, su talento y su habilidad para moverse entre bambalinas por los mercados, habían ido pasando por el Banco Industrial de Cataluña, la red de gasolineras Cepsa o el Banco Comercial Transatlántico, y sus descendientes habían ampliado su frontera comercial hasta asociarse con firmas como la promotora de infraestructuras y servicios Sacyr, la conservera Pescanova o los colosos energéticos Gas Natural y Repsol, aunque últimamente para muchos ciudadanos eran más conocidos por sus visitas a la Audiencia Nacional, imputados por blanqueo de capitales, estafa y delitos contra la Hacienda Pública.

Durante su adolescencia y los primeros años de su juventud, la hereva de los Millet Vilarasau no había mostrado gran interés por los asuntos profesionales de los suyos; al contrario que sus hermanos, Ovidi y Meritxell, en ese terreno se mantenía en un segundo plano, al parecer interesada sólo por sus estudios de Medicina y Biología, carreras que sacó con notas brillantes y sin aparente dificultad. Fuera de las aulas y las bibliotecas, quienes se le acercaban la veían entre ausente e incómoda. No tenía una naturaleza alegre, ni mucho menos era habladora, sino que era tímida, reservada y con frecuencia prudente hasta el mutismo, aunque había quien la consideraba simplemente huraña. Por todo eso, no tenía admiradores, sólo pretendientes; algo lógico, porque quién podría negar que era un gran partido, un salvoconducto hacia una vida de color de rosa. Y eso lo alisaba todo: al fin y al cabo, lo que brillan son las monedas, da igual lo gris que sea quien las tiene en la palma de la mano.

A quienes se aproximaban a ella, por lo general a última hora, en ese momento en que suelen ir de la mano no tener nada que decir con haber bebido demasiado, les resultaba tan difícil encontrar un tema de conversación como saber lo que Neus pensaba de él, si le parecía apropiado o fuera de lugar, interesante o tedioso. Era siempre educada y fría, atendía con amabilidad a cualquiera que se dirigiese a ella, pero nunca sobrepasaba la raya que hay que cruzar para meterse en intimidades y dar pie a que quienes están a nuestro lado se nos acerquen. Podían arrimarse a Neus Millet lo que quisieran, pero ella iba a estar siempre a la misma distancia, observándolos como desde una torre que no estaban capacitados para escalar, con una gentileza administrativa, disuasoria. Y en determinado momento, los dejaría plantados en mitad del baile, como quien dice, haciendo que se sintieran como el perro a quien su ama ha atado a una farola mientras ella se mete a curiosear en una tienda. La sensación que les quedaba tras intentarlo era que, por una parte, no había ocurrido nada, y, por la otra, se había producido alguna clase de confrontación soterrada entre ellos y esa mujer, un combate del que no habían salido ni mucho menos bien parados.

Cuando llegó a la edad en que seguir soltera se consideraba una mala inversión, según los criterios que se manejan en las altas esferas a las que ella pertenece, tan similares en el fondo a una corte del siglo XVI, con sus matrimonios concertados y sus intrigas palaciegas, su padre, un hombre autoritario, de esos que siempre hablan como si no se les pasara por la cabeza que pudiera estarse en desacuerdo con su manera de ver las cosas, empezó a presionarla de forma sutil pero firme, y ciertas veladas comenzaron a girar a su alrededor y a tener como objetivo prioritario encontrarle una pareja entre los que él consideraba sus iguales, naturalmente utilizando su clase social y su patrimonio a modo de baremo, filtro y sistema de medida. En las aguas donde pesca esa gente, si lo que muerde el anzuelo no es un pez gordo, lo devuelven al mar.

Los aspirantes a desposarla y llevarse el botín no eran pocos, al margen de que algunos se hubiesen fijado en ella por propia iniciativa y otros, aconsejados por los suyos, que los urgían a no dejar pasar aquella oportunidad de oro que, sin duda, afianzaría su porvenir; pero Neus les daba largas a todos y no encontró en ninguno de los supuestos candidatos nada que realmente le interesase. La aburrían, los encontraba insustanciales, materialistas, ávidos de éxito y fortuna; carentes de principios y de ideas; codiciosos y vacíos; tan preparados en lo académico, con sus carreras, sus doctorados y sus cursos de ampliación de estudios en Londres o Nueva York como intelectualmente débiles. Se entrenaban para vencer, no para disfrutar del juego. Estaban dispuestos a renunciar a lo que fuera con tal de tenerlo todo. No les importaba sustituir lo que querían por lo que ambicionaban, ni entrar a un mundo en el que jamás podrían tomarse un descanso y donde, con el tiempo, los compararían con los tiburones, que al fin y al cabo son unos animales que para no quedarse sin oxígeno tienen que estar siempre en movimiento, no pueden ni dormir ni dejar de nadar, porque si lo hacen se hunden y se ahogan. En suma, le desagradaban aquellos pretendientes ansiosos y calculadores que, antes que nada, parecían mucho más interesados en quién era que en cómo era, en lo que tenía que en lo que podía darles. Si debía elegir, pensaba hacerlo con cuidado; no necesitaba más que pensar en los riesgos que corría si no se andaba con pies de plomo para entender por qué el verbo precipitar sirve tanto para definir lo que se hace antes de tiempo como lo que cae al vacío.

En su casa, sin embargo, había otras razones para tener prisa. La industria pesquera de la que formaban parte los Millet Vilarasau desde hacía varias décadas, cuando se asociaron con una conocida marca de alimentos congelados que tenía en nómina a cerca de quince mil empleados y operaba en una treintena de países, los traía por la calle de la amargura. Tras años de beneficios y crecimiento, con la llegada de las nuevas tecnologías y la necesidad de modernizarse para continuar siendo competitivos decidieron apostar por la acuicultura y expandirse por Centroamérica y el Cono Sur, y más adelante hacer una inversión de casi mil millones de euros para montar piscifactorías de langostinos, salmones y rodaballos en Ecuador y Arabia Saudí. Pero el gigante tenía pies de barro y hacía trampas, porque, a espaldas de sus acreedores y de sus propios socios, el presidente de la compañía, cuya central estaba en la ciudad de Vigo, había falseado su contabilidad; había desviado fondos a varias cuentas a nombre de su mujer, en Portugal, Andorra y Hong Kong, y se había llenado de deudas que trató de cubrir con créditos documentarios, ocultándose tras una red de sociedades pantalla, con facturas y albaranes ilusorios y usando líneas de lo que se conoce como factoring, que no es más que un mecanismo por el que se logran anticipos de una entidad financiera a cambio de cederle el cobro de un ingreso futuro; o, lo que es lo mismo, obtener liquidez y pagar por ella intereses, comisiones y recargos. Pan para hoy y hambre para mañana, porque la estrategia de sus dueños había llevado a la corporación a la quiebra y a ellos al banquillo, bajo los cargos de estafa, alzamiento de bienes, falsedad en documento mercantil, evasión de impuestos y uso de información privilegiada: es decir, lo de siempre, a esas alturas del crimen de guante blanco.

El panorama no era desesperado para los Millet Vilarasau, pero el terreno por el que se movían empezaba a no parecer tan firme y a dar una sensación de inestabilidad, lo mismo que los andenes de una estación cuando se aproxima el tren; y si por el momento no parecía que a corto ni medio plazo los amenazase la bancarrota, sí que era más que posible que en un futuro próximo tuvieran, como mínimo, que apretarse el cinturón si no hacían algo para evitar el peligro. Por supuesto, un atajo para rearmarse y sortear los problemas era la celebración de una boda en la que la palabra alianza respondiese por igual a sus dos acepciones: un anillo y un pacto. Era una maniobra poco original pero efectiva; y en cuanto a los sentimientos, argumentaban, ya llegarían. Les hubiese encantado haber leído a Molière para citar eso de que «el amor es a menudo fruto del matrimonio». Pero lo suyo no eran las letras, sino los números; no buscaban razones, sino resultados.

Mientras otros trataban de organizarle la vida, Neus intentaba exprimirla mientras pudiera, sabiendo que tarde o temprano se vería obligada a cargar con el peso que iban a poner sobre sus espaldas. Hasta que ese momento llegase, sin embargo, se dedicaba a las dos cosas que más le apasionaban en este mundo: visitar paraísos naturales y aprender idiomas. Así, la viajera recorrió Europa saltando del géiser Strokkur, en Islandia, al fiordo de Lyse, en Noruega, del santuario de aves marinas de las islas Farne, en Inglaterra, a los lagos de Plitvice, en Croacia; y la estudiante, tras dominar el inglés, el francés y el alemán, aparte de sus dos lenguas nativas, el catalán y el español, tomaba lecciones de chino tres días a la semana. Quería aprovechar el tiempo, antes de que fuera tarde. Y hacía muy bien. Si dejas escapar las ocasiones, antes de que te des cuenta lo que no has hecho se convierte en lo que ya no puedes hacer.

Y entonces apareció Narcís González Espriu. Su única ventaja sobre el resto fue llegar más tarde, cuando las demás alternativas ya habían sido descartadas, la paciencia de unos y otros estaba al límite y la gente ya empezaba a ver en ella un tinte de rareza, un atractivo desacreditado por la soltería. En resumen, la boda ya era apremiante y lo único que podía detener las murmuraciones. Cada minuto que pasaba era parte de una cuenta atrás.

La tarde en que Neus y Narcís se conocieron, el sol brillaba sobre el jardín de los Millet Vilarasau; camareros y doncellas de uniforme servían copas de champán a un selecto grupo de invitados y un apacible viento del mes de junio agitaba las ramas de las mimosas, los castaños de Indias y los plátanos de sombra, propiciaba un delicado oleaje de vestidos de seda o lino y tentaba a los huéspedes con los suculentos aromas que llegaban de la cocina montada al aire libre.

La dueña de la casa hizo una fotografía de su hija con los primos Narcís González y Lluís Espriu, este último charlando con la muchacha, una mano en el aire con la que gesticulaba para ilustrar lo que le decía, y la cabeza ladeada casi imperceptiblemente hacia ella, en la actitud de quien quiere estar en misa y repicando, hacer una confidencia sin dejar de posar. El otro, mucho más serio y un poco envarado, una encarnación de la verticalidad y la compostura; en la cara una expresión que parecería triste si no estuviese aderezada con una sonrisa de reglamento; los brazos cruzados con languidez o indolencia sobre el pecho, de una forma que te hacían pensar en los cordones desatados de unos zapatos; y la mirada fija en la cámara, dando en conjunto la impresión de preocuparse por su aspecto mucho más que sus acompañantes. Los tres están al borde de la piscina, vestidos de un modo que parece en exceso formal, como si fuesen personajes recortados de una novela del siglo XIX y pegados en otra más contemporánea.

El noviazgo de Narcís y Neus fue breve y consistió en buscar una conexión entre lo comercial y lo sentimental, un equilibrio difícil de conseguir y de entender, semejante al de esas esculturas modernas que oscilan entre el arte y el escombro. No lo lograron: sus besos eran de fogueo; sus caricias, un combate nulo y sus intentos de quererse, un disparo al aire. Entre ellos había matemática, pero no química. Sin embargo, cumplieron con lo que entendían que era su deber, su enlace se celebró, como mandaba la tradición, en la basílica de Santa María del Mar, en Barcelona, y la ceremonia y el banquete contaron con la asistencia de medio Gobierno y la mitad del Ibex 35. Es decir, lo que en esos círculos se considera todo un acontecimiento, cuya guinda fue la cobertura que tuvo, lo mismo en las páginas de sociedad de los periódicos serios que en las revistas del corazón.

Cuando dos personas están juntas, cualquier paso que dé sola una de ellas no puede servir más que para alejarla de la otra. Y ellos empezaron a distanciarse muy pronto, tras unos meses de vida en común en los que ambos entendieron la diferencia insalvable que hay entre compartir algo y repartírselo, entre estar con una persona o sólo en el mismo sitio que ella. Neus Millet, que nunca se había interesado gran cosa por los negocios de su familia, supo usarlos como disculpa para separarse de su marido sin estridencias y llevar una vida independiente. Primero, volvió a la facultad para cursar dos especialidades de Biología que completaran su formación, Genética Vegetal y Horticultura; y, más tarde, se fue un curso entero a Kiel, Alemania, y otro a Bellevue, Washington, para matricularse en Etnobotánica y Agronomía. En la época en que los Espriu i Quiroga entraron en mi vida, ella prácticamente había salido de las suyas; había pasado dos años en Arabia Saudí, trabajando en la renovación de los acuíferos del país, que estaban a punto de secarse y provocar una hecatombe, y después se instaló en Brasil, como directora de Biorefinery & Agribusiness Global Inc., en su sede central de São Paulo. Que Narcís le entregara la batuta de uno de sus negocios más prometedores pero también más lejanos parece indicar que estaban de acuerdo en vivir así, cada uno por su lado. Neus venía a España por Navidades, para las reuniones del consejo de administración de la compañía o cuando se producía algún hecho señalado para el clan: nacimientos, bodas, funerales… Había algunos rumores acerca de ella, de su esposo y de ciertas personas que tal vez ocupasen la mitad vacía de sus camas.

Narcís González tenía una relación cordial con su mujer, pero sólo de puertas para fuera. En público, siempre se refería a ella como la meva senyora, igual que ella, por su parte, lo llamaba también el meu marit, pero no se engañaba, sabía de sobra que su parentesco era burocrático, que no había afinidades ni nexos entre uno y otra, que el vínculo que los unía era una simple formalidad. Cuando resultaba inevitable que asistiesen en pareja a cualquier tipo de acto corporativo o protocolario eran una esmerada suma de cortesía e indiferencia. Pero por dentro, sin embargo, Narcís sentía un rencor casi infinito hacia esa mujer en la que hubo un tiempo en que de forma secreta había puesto algunas esperanzas, a la que deseó querer pero había empezado a aborrecer en silencio, sin confesarle a nadie su decepción y su odio, el día en que tuvo la mala idea de curiosear en su diario y encontró en él lo que más podía herirle, la peor traición, la puñalada más cruel.

Habían ido a pasar un fin de semana a una de las casas de retiro de los Millet, construida por sus antepasados en el pueblo de Alp, Gerona, en la comarca de la Baja Cerdaña, donde en invierno iban a esquiar a la estación pirenaica de La Molina y a descansar en aquel paraíso nevado, en aquella paz como de otra época. Por entonces, a un mes de casarse, él creía que ambos trataban de buscar un camino que los acercase, de convertir la transacción en atracción. Es verdad que Neus seguía manteniéndose distante, que lo trataba con una urbanidad desalentadora, un compañerismo acogedor que no entraba en intimidades; pero él lo atribuía, por un lado, a su naturaleza reservada, a su modo de ser, tan frío, tan poco dado a las expansiones sentimentales; y, por otro, a los convencionalismos que regían en aquel entorno, donde un poco a contracorriente de los nuevos tiempos aún conservaban mucho peso las apariencias y todavía estaba vigente un cierto puritanismo. «Pero está claro que le gusto», se decía, «y que acabaré conquistándola». Al fin y al cabo, ella lo había elegido, ya sólo faltaba que lo quisiera.

La tarde fatal en que cometió la imprudencia de husmear en el diario de su prometida, aprovechando un momento en que ella tuvo que salir precipitadamente de casa y lo olvidó sobre la mesa de su habitación, sin echarle la pequeña llave con que siempre lo cerraba, todas sus ilusiones se vinieron abajo. Después se arrepentiría muchas veces de haber cedido a la tentación de fisgar en aquel cuaderno de tapas de piel verde y hojas cuadriculadas, mirar lo que no debía y encontrarse con una revelación que fue a caer sobre su optimismo como un jarro de agua fría; porque ¿acaso no es preferible ignorar lo que nos amarga la existencia cuando lo descubrimos, lo que nos llena de inquina, de resentimiento? Sin embargo, entonces no lo pudo evitar, sintió un impulso y se dejó ir: fue a llamar a su puerta, la vio entornada y con aquel libro a su alcance… Se dirigió hacia él con temor y a la vez con alegría, temiendo ser sorprendido en una situación embarazosa, cometiendo un acto imperdonable, y a pesar de eso, seguro de que iba a encontrar algo bueno, una luz al final del túnel, quizás una nota agradable o romántica sobre él o, directamente, la confesión de una Neus enamorada.

No dio con nada de eso, sino con una noticia demoledora, un golpe tremendo para su autoestima, una señal que lo dejó marcado, que envenenó su casa para siempre. Ni siquiera tuvo que leer una línea para que eso ocurriera, en realidad sobraron todas las palabras, lo mismo que el resto de su vida iba a guardar silencio acerca de aquel episodio que ni siquiera contó a Guadalupe Espriu, aunque a ella se lo contaba todo. Lo vio nada más abrir el diario. Estaba allí quién sabe si como simple marcador, o si para ella era un amuleto o una especie de reliquia. Era la foto original que les había hecho la madre de Neus unos meses antes, en el jardín de su residencia, junto a la piscina, bajo la protección de las mimosas, los castaños de Indias y los plátanos de sombra, la tarde en que se conocieron; aunque jamás contaría a nadie lo que vio, ni iba a permitir que aquello diera al traste con la boda. Lo que había encontrado no era en realidad aquella imagen, sino lo que quedaba de ella; porque lo cierto era que él ya no estaba allí, donde sólo quedaban, sonriéndole a la eternidad, su primo y su futura esposa: a él, Neus Millet Vilarasau lo había cortado. Se imaginó las tijeras con que lo habría hecho; y después se las imaginó clavadas en su espalda.