Los treinta apellidos

Benjamín Prado · Capítulo 5 de 31

Páginas del PDF

Los treinta apellidos

Capítulo cinco

 

La costa de la Muerte no era una mina de oro a principios del siglo XIX, excepto para algunos de sus habitantes. Por esa época, en la ciudad de La Coruña, lo mismo que en el resto del país, se intentaban superar los malos tiempos que habían seguido a la invasión de Napoleón, la guerra de la Independencia, el ataque de los Cien Mil Hijos de San Luis o la represión desencadenada contra sus rivales políticos por Fernando VII en cuanto lo volvieron a sentar en su trono, la llamada Década Ominosa, que en el caso de la capital gallega ya había quedado simbolizada por la ejecución denigrante del general Díaz Porlier en el Campo de la Leña, la actual plaza de España, donde lo ajusticiaron en la horca tras ser desposeído de sus galones de mariscal, dándole así una muerte más ofensiva que a otros líderes de la conjura, por ejemplo su compañero de armas y grado Lacy y Gautier, que tras sublevarse en Barcelona fue fusilado en los fosos del castillo de Bellver, en Palma de Mallorca, cayendo así como un soldado y no como un malhechor. No era lo más común, sin embargo, porque «en la venganza, el más débil es siempre el más feroz», según dice Balzac, y, para darle la razón, la justicia de aquel soberano, déspota a la hora de mandar y sumiso hasta la náusea a la de obedecer, era tan encarnizada que para el más conocido de los militares que se alzaron contra su régimen de terror, el general Riego, sus fiscales pidieron que tras expirar en el cadalso «se desmembrara el cadáver, colocando la cabeza en el pueblo donde el año 1820 se lanzó el grito de libertad y los pedazos del cuerpo en Sevilla, la isla de León y Madrid». El tribunal no lo aceptó, pero de camino al patíbulo fue paseado por la capital a lomos de un burro y el lugar que se eligió para colgarlo en público fue la plaza de la Cebada, que Benito Pérez Galdós define en uno de sus Episodios Nacionales, El terror de 1824, como «un lugar de aire zafio y ambiente malsano» donde el reo «pereció como la pobre alimaña que expira entre los dientes del gato».

En Galicia, como en toda España, no resultaba fácil sobreponerse a esa avalancha de catástrofes ni afrontar el futuro con optimismo, cuando se estaba condenado a elegir entre dos males, a un lado los usurpadores de la Santa Alianza y al otro un rey absolutista cuyos partidarios entre la ciudadanía eran conocidos con el apodo de los serviles, que alentó la fundación del Museo del Prado y fue mecenas de pintores como Goya, pero que también reinstauró la Inquisición, cerró la universidad e impuso la censura a la prensa. Y, sobre todo, que fue la marioneta de una oligarquía capaz de defender con uñas y dientes sus privilegios. Cuando lograron abolir la Constitución de 1812, tras el asedio a las tropas liberales —a quienes los realistas, por su parte, llamaban negros— y el bombardeo de Cádiz, las principales carteras del Gobierno de emergencia que se formó para restablecer la tiranía recayeron en miembros de la nobleza, a la que pertenecían muchos de los instigadores del famoso Manifiesto de los Persas, redactado en apoyo del monarca Borbón: el conde de Colombí, los duques del Infantado y de Montemar, el barón de Eroles, los marqueses de la Constancia, Heredia e Irujo…

Si eso era lo que ocurría en el interior, fuera, el imperio se desmoronaba desde finales del siglo XVIII, con sucesivas revueltas indígenas y episodios como la guerra de los Siete Años, que acabó con la toma de La Habana y Manila por parte de los ingleses; la revolución de los Estancos en Quito o la firma del Tratado de Basilea, por el que España cedía Haití y Santo Domingo a Francia. Y esas fueron sólo las escaramuzas preliminares: poco después, los nombres de San Martín, Bolívar y Sucre empezaron a oírse en Madrid y los libertadores a proclamar, una tras otra, la emancipación de Argentina, la de Paraguay, las de Venezuela, Colombia, Ecuador, Chile, Perú, México y el resto de las colonias de ultramar. Cuando murió Fernando VII, en 1833, ya sólo se conservaban Cuba y Filipinas, España estaba en quiebra y, eso sí, él tenía quinientos millones de reales depositados en el Banco de Londres.

En La Coruña, que había sido junto a Barcelona y Cádiz uno de los bastiones del constitucionalismo, la pelea por salir del atolladero también resultó dura, porque lo que había sucedido contribuyó a paralizar el tráfico marítimo, que era junto con la pesca la principal fuente de ingresos de la población; pero, a pesar de todo, la ciudad se fue rehabilitando y en poco tiempo logró imponerse a Vigo, Ferrol o Santiago de Compostela como el núcleo industrial más próspero de la región. A la Fábrica de Tabacos, la Real Maestranza de Mantelería y los talleres de vidrio, sombreros y conservas que habían mantenido a flote, aunque fuese a duras penas, la economía de muchos de sus habitantes, se añadieron, a un ritmo sorprendente, otras factorías y establecimientos: se incrementaron las travesías ultramarinas hacia Cuba, donde aún no se vivía «entre el verbo de Martí y el machete de Maceo», como dice la guajira, y la actividad financiera creció de forma espectacular con la apertura del Banco de Emisión y de las compañías de seguros navales La Integridad y La Herculina. Los buques no dejaban de zarpar desde el muelle de Hierro hacia las Indias, unos cargados de artículos de consumo y otros de emigrantes que soñaban con hacer las Américas. Se puede entender lo lucrativos que resultaban esos últimos para las empresas que los trasladaban al Nuevo Mundo si recordamos que entre 1880 y 1930 salieron de esas costas, en busca de una segunda oportunidad, más de medio millón de personas. Si sabes en qué tiene alguien depositada su última esperanza, ofrécete a llevarlo allí y te dará lo que le pidas.

En los años anteriores, cuando para casi todo el mundo pintaban bastos y la subsistencia era una lucha sin cuartel, se podían ver amarrados en el puerto media docena de bergantines, fragatas y galeones como El Noticioso, el Pura y Limpia Concepción, Nuestra Señora del Rosario o el San Juan, todos ellos dedicados a lo que sus patrones llamaban transporte de ébano y cuyos destinos más frecuentes eran el golfo de Biafra, el Caribe y el sur de Estados Unidos, especialmente Texas. Uno de ellos pertenecía a la familia Quiroga de Feijóo, que estaba entre las más antiguas de la ciudad y era una de las que, según los biógrafos y los historiadores, «mejor simbolizaban la naturaleza indomable y la capacidad de superación de sus gentes». Si se miran en el orden en que están colocadas las fotografías de sus álbumes domésticos, puede verse con toda nitidez su evolución: los pescadores, arponeros y tejedoras de redes que en las primeras láminas posan con ropas de trabajo y las herramientas propias de su oficio se transforman en mecánicos que enseñan a la cámara los tremendos engranajes de una sala de máquinas o los cilindros, bombas, ruedas de palas y cigüeñales de una caldera de vapor. Luego ya son grumetes o amas de llaves; después, radiotelegrafistas, oficiales de uniforme y matrimonios burgueses en el día de su boda. En las siguientes páginas son comerciantes que sonríen orgullosos a la entrada de sus tiendas, El Paraíso del Buzo, Cabotajes de Riazor y de la aseguradora La Garantía. A continuación, hay varias instantáneas de unos astilleros. Las últimas imágenes son de tres damas que toman el té junto a una gran chimenea, en unas delicadas tazas de porcelana y atendidas por sus sirvientas, y de dos señores imponentes que miran a la posteridad sentados a sus mesas de despacho, en el salón de un club social o en una sala de juntas, reunidos con su consejo de administración. En tres o cuatro de ellas se distingue el cartel de una sociedad llamada Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España. Y en la última, esos mismos hombres parecen explicarle algo vehementemente a la reina Isabel II y a su esposo, el duque de Cádiz, el día en que éstos fueron allí a inaugurar las obras del tren que, con el tiempo, lograría comunicar Galicia con Madrid.

La disputa por conseguir las licencias que hacían falta para hacerse con aquel contrato había sido despiadada y, además, el proyecto sufrió innumerables contratiempos económicos que llevaron a muchos a la bancarrota, debió superar dificultades técnicas como la de tender un largo puente sobre el río Miño y se vio afectado una y otra vez por los oscuros vaivenes políticos que desembocaron en la revolución Gloriosa, en septiembre de 1868, la caída de Isabel II y la proclamación, un lustro más tarde, de la Primera República. Todo quedó paralizado y nadie les auguraba a iniciativas de tal magnitud y complejidad un gran porvenir; pero el grupo al que pertenecían los Quiroga de Feijóo, la familia que con el tiempo iba a emparentar con los Espriu i Maristany, supo cambiar de piel las veces que fue oportuno y adaptarse a las circunstancias, de un lado obtener la ayuda financiera de un consorcio formado por cinco bancos franceses que aportase el capital que se necesitaba y del otro entablar negociaciones, en su momento, con el Gobierno que comandaba el general Prim, pese a no comulgar con sus ideas liberales. Su firma terminó por llevarse el gato al agua y la capacidad de maniobra de sus jefes, su diplomacia y su sentido práctico les proporcionaron una gran reputación. La prosperidad llamaba a su puerta y no la iban a dejar volverse por donde había venido.

 

En diciembre de 1879, en La Coruña se hablaba de naufragios, en Madrid se hablaba de plantaciones de café y caña de azúcar y ninguna de esas dos cosas era en absoluto lo que más les importaba a los Quiroga de Feijóo.

La gran noticia a escala local era el accidente del buque inglés Capella, que se había ido a pique en cabo Corrubedo cuando navegaba de Alejandría a Bristol cargado de algodón, una tragedia que hizo correr ríos de tinta sobre la peligrosidad de esas costas y preocupó muy seriamente a todos los que allí vivían del mar, en un momento en que aún estaba muy cercano el hundimiento en la Pena das Ánimas del Memphis, otro vapor de la misma bandera que realizaba su ruta de Liverpool a Nueva Orleans con escalas en la ciudad gallega, Lisboa y La Habana.

En Madrid, mientras tanto, el Congreso y el Senado discutían la abolición de la esclavitud en Cuba, aunque lo que se buscaba era más bien una fórmula que fingiera acatar las leyes internacionales y no provocase a Francia o Gran Bretaña, pero sin renunciar al negocio. El subterfugio para retrasar lo que parecía inaplazable consistió en crear un patronato de la Gran Antilla «que impusiera la obligación de los libertos de trabajar por espacio de seis años en provecho de sus antiguos dueños». La demostración palpable de que eso no era más que un ardid está en los periódicos de la época, donde se continuarían publicando durante años los anuncios de compraventa de negros.

Sin embargo, ellos tenían, efectivamente, cosas mucho más importantes en las que pensar. Por un lado, habían conseguido, junto con otros empresarios, presionar al Gobierno para que se comprometiese a adaptar las tarifas portuarias de Gijón, La Coruña y Vigo a las que tenían sus competidores de Santander e Irún, lo cual multiplicaba sus posibilidades de expansión. Por otra parte, tras mucho tira y afloja habían alcanzado un acuerdo con la potente Compañía de los Ferrocarriles de Asturias, Galicia y León por el cual una y otra juntaban sus fuerzas y los Quiroga de Feijóo se llevarían un quince por ciento de todas las obras del tendido ferroviario que se realizasen en el noroeste de España. Cuando esa red estuvo completa, siguieron su tarea en otros puntos del país. Sus ingresos se triplicaban gracias a la exportación de ganado vacuno a Inglaterra y Portugal en los vagones de carga y las infraestructuras que posibilitaban todo ello continuaban aumentando con obras como la del puente entre Tui y Valença do Minho, que le llegaron a encargar al mismísimo Eiffel, aunque ni sus planos ni la minuta que aspiraba a cobrar los convencieron y finalmente lo hizo un discípulo suyo, el arquitecto riojano Pelayo Mancebo de Agreda.

Pero tampoco era ninguna de esas dos cosas lo que más les importaba, sino un asunto privado que, por añadidura, también favorecía una alianza mercantil de otra clase: la boda de su hija Olalla, una joven de diecinueve años culta, frágil y hermosa a su manera, que estaba a punto de contraer matrimonio, en la iglesia de Santa María do Campo, con el joven Biel Espriu i Maristany, primogénito de una acaudalada familia de El Masnou, Barcelona, donde los recién casados se iban a instalar en la finca de los progenitores del esposo, aunque en una casa independiente. La pareja se conocía porque los padres de ambos se dedicaban a lo mismo, los barcos y los trenes, y cuando sus intereses se cruzaron habían sabido llegar a acuerdos ventajosos para ambas partes, sobre todo a partir de 1883, que fue cuando al fin se produjo la integración del tendido ferroviario del noroeste, a través de Ponferrada, con el del resto del país. Lo profesional dio paso a lo personal, las reuniones, las citas, las mesas de despacho y las de comedor… y lo demás vino rodado, no hubo más que permitir que sucediera. «El roce hace el cariño», habría dicho mi madre.

Así las cosas, los protagonistas del enlace Espriu-Quiroga eran tan buen partido el uno para el otro que hubo quien pensó que aquello era simplemente una boda concertada; pero lo cierto es que el lazo nunca se deshizo y, por lo que se sabe, fueron una pareja bien avenida que tuvo cuatro hijos, tres mujeres y un varón que, cuando llegó la hora, se hizo con las riendas de un auténtico imperio con dos orillas, una en el Atlántico y otra en el Mediterráneo. Ninguna de ellas quedó relegada, porque si es cierto que la mayor parte del año la pasaban en Barcelona, las Navidades, la Semana Santa y los veranos se trasladaban a La Coruña. A partir de 1919, se sumó a sus costumbres la de acercarse en su Hispano-Suiza a Santiago de Compostela todos los 25 de julio, para asistir a la misa por Rosalía de Castro que se celebraba en la iglesia de San Domingos de Bonaval y que tenía, desde luego, un ánimo reivindicativo. Ese gesto simbólico les procuró a los Espriu grandes simpatías entre los nacionalistas gallegos.

Los vínculos entre los Espriu y los Quiroga no sólo permanecerían inalterables, sino que se estrecharon hasta llegar a la pura endogamia cuando Guifré, el hijo de Biel y Olalla, se casó con su prima Aloia, quince años más joven que él y de la que se había enamorado «un verano tras otro», tal y como solía repetir, «hasta que llegó aquel en el que tuvo edad para quererme». Esa anécdota expresa los rasgos fundamentales de su carácter, que era el de un hombre al que sus partidarios consideraban persistente y sus rivales, testarudo, una virtud y un defecto que, a fin de cuentas, iban a dar al mismo sitio, a una persona que nunca se rendía y que hizo de ello su principal baza, primero en el mundo de los negocios y, cuando éste se le quedó pequeño, en el de la política. En ese ámbito, el primero en dar un paso al frente había sido su padre, aunque en honor de la verdad hay que decir que si lo hizo, fue instigado por su madre, aquella dama seria, obstinada e inteligente, aficionada al arte y lectora compulsiva, que también era quien había puesto en marcha la tradición del 25 de julio, tanto por motivos ideológicos como por su afición a las obras de Rosalía de Castro —a quien había conocido y llegó a visitar en su retiro de las Torres de Lestrove, en Padrón, y de quien recitaba de memoria, en gallego y en castellano, los poemas de Follas novas y En las orillas del Sar— y de Emilia Pardo Bazán, por la que sentía una admiración y un respeto que, de algún modo, tuvieron mucho que ver con la animadversión que sentía por la dictadura surgida del golpe de Estado de 1936: al parecer, cuando en plena Guerra Civil un grupo de aduladores decidió regalarle al jefe de los sublevados la antigua casa de la autora de El saludo de las brujas o La prueba, el célebre Pazo de Meirás, la esposa del golpista se presentó allí un día acompañada por dos militares y un sacerdote, subió a la Torre de la Quimera, empezó a abrir displicentemente burós y arquetas llenos de originales de la novelista, se entretuvo en leer algunos fragmentos de sus diarios inéditos, unos apuntes de viajes y varias cartas; «y de pronto, se puso pálida», según contó después uno de los testigos de la escena y recogen las biografías de la escritora, «echó a andar hacia la salida con pasos coléricos y mientras se colocaba los guantes su voz restalló como un látigo: “¡Que se quemen los papeles que hay en los cajones! ¡Todos!”».

La indignación de Olalla Quiroga, tan fervorosa seguidora de las obras de su paisana, cuando tuvo noticias de esa atrocidad y se enteró de que, entre otras cosas, habían echado al fuego la correspondencia privada de la condesa feminista con Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas, Vicente Blasco Ibáñez y muchos otros, transformó el desprecio que ya sentía hacia el mediocre y sanguinario general en un odio profundo e irrebatible. Su marido se iría identificando poco a poco con sus ideas y, siguiendo sus consejos, entabló una relación discreta pero innegable con los opositores a la dictadura, tanto a los pies de los montes de Bocelo como del Tibidabo. La ascensión hacia el poder había comenzado.

Y junto a ella, desde luego, un nuevo capítulo de su epopeya familiar que aseguraría que cuando llegasen a este mundo sus hijos, Guadalupe y Guifré, o más tarde el de este último y su prima y esposa Aloia, nadie pusiera en duda que la sangre de los patriotas corría por sus venas. Ninguno de ellos, sin embargo, hubiera podido decir lo mismo de Narcís: la aparición en escena del capitán José González lo hacía imposible.