Los treinta apellidos
Capítulo dieciseis
Capítulo dieciséis
—Todo giraba en torno al azúcar. Producirlo era un negocio tan rentable que quienes lo llamaban oro blanco no es que no mintiesen, es que ni siquiera exageraban. Era así de sencillo y así de cruel: Europa quería dulces y Cuba necesitaba esclavos que trabajasen en las plantaciones para satisfacer la demanda. Ni más ni menos.
—Se comprende —dijo Mónica, con una sonrisa amarga en los labios—. ¿Qué habrían hecho los vecinos de Londres sin sus crumble de frutas a la hora del té o los de Berlín en Navidad sin sus galletas plätzchen de vainilla? La gente es tan fiel a sus costumbres como las brújulas al polo norte.
—La máquina trituradora no se podía detener por eso y, sobre todo, por que los beneficios que le proporcionaba a la oligarquía que se formó en estas tierras, la llamada sacarocracia, eran incalculables. Así que cuando los negros empezaron a parecerles una amenaza real porque eran muchos, casi medio millón en esa época, porque con el ejemplo de lo que había sucedido en Haití ya forcejeaban para intentar romper sus cadenas y porque las leyes internacionales los amparaban, los terratenientes lo intentaron solucionar trayendo chinos, los llamados culis, pero los consideraban rebeldes y perezosos, no toleraban los castigos físicos y la tasa de suicidios entre ellos era muy alta. Así que a uno de sus líderes, que era de Orense, se le ocurrió que si en lugar de ir a África los trajesen de Galicia, donde él sabía que los labradores pasaban hambre tras años de lluvias escasas y cosechas perdidas y después de sufrir una epidemia de cólera, el resultado iba a ser el mismo o mejor. Pero se equivocaba de parte a parte, porque no fue así y ese error de cálculo, que cometió un antepasado de esa familia que lo ha contratado a usted, los Quiroga de Feijóo, a él le costó dinero y a unos dos mil compatriotas de ustedes les costó la vida.
La doctora Cabrera era una de esas personas cuya manera de no ser guapas las hace muy atractivas. Sus rasgos no eran hermosos si los juzgabas por separado, pero el conjunto se imponía con rotundidad a las partes. Tenía un hermoso pelo ondulado, de ese tono de negro que brilla como si escondiera algo azul, y unos ojos combativos de color ámbar. Era profesora en la Facultad de Filosofía e Historia y mostraba la desenvoltura clásica de los buenos maestros para dejar muy claro lo que quieren decir sin malgastar palabras. Su nombre era Delia. El de su tío, Adalberto.
—¿Está segura de eso?
—Tan segura como de que estamos en el Caribe y ese satélite que brilla en el cielo es la luna. El hombre del que les hablo se llamaba Urbano Feijóo de Sotomayor, fue militar y diputado por su ciudad en España y aquí por el distrito de Matanzas; era accionista del ferrocarril de Sagua y vocal de la Junta de Auxilio; poseía varias haciendas, cinco ingenios azucareros y tres cafetales. Pero era un mal administrador y llevó todos esos negocios a la ruina. Entonces, se le ocurrió su estrategia «patriótico-mercantil», como él la llamaba, y no le resultó excesivamente difícil venderla en España, donde no eran conscientes de su situación económica. Era listo y un buen orador, lo caracterizaban una astucia y una simpatía capaces de embaucar a cualquiera… Tenía de todo, menos corazón.
—¿Y no le cabe duda de que hablamos de los mismos Feijóo?
—Mire, como decimos nosotros, si ves dos veces una ballena blanca, es que es la misma.
«Vaya con la familia entera de Lluís Espriu y su pasado tenebroso», pensé. «Resulta que concertamos esta cita para hablar de los Maristany y mira con qué historia sobre los Quiroga de Feijóo aparecen nuestros invitados».
—Y por lo que dice, en España recibieron la idea con los brazos abiertos, ¿no es así, Delia? —intervino Mónica.
—Hubo algunas discusiones en el Parlamento, con el fin de guardar las apariencias, pero la Corona aprobó el plan y la Junta de Población Blanca sufragó los pasajes de los emigrantes, segura de que eso los ayudaría a imponer una mayoría de ciudadanos españoles en la colonia; y de propina, le adjudicó un contrato para construir dos leguas de vía férrea entre Macagua y Villa Clara.
—El tren siempre estaba ahí, ya lo ves —le dije a Mónica—. Simbolizaba el progreso y hacía ricos a quienes lo manejaban.
—… Y esclavos a todos los demás, porque así es como acabarían los pobres gallegos de esa historia, ¿no es cierto?
—Peor. Mucho peor. Les dieron a entender que iban a ser colonos y al llegar al muelle les entregaron tres camisas, un pantalón, un par de zapatos y un sombrero de paja; les prometieron un anticipo para sus familias que nunca llegó, y una paga de cinco pesos mensuales, cuando los negros libres ya cobraban entre veinte y veinticinco. Pero eso era en el puerto de salida; en el de llegada, a los contratos que habían firmado se les añadían otras cláusulas. Primera: los trabajadores no podían romper el acuerdo hasta que pasaran cinco años. Segunda: durante ese periodo, no dispondrían de pasaporte, sino de una cédula de identificación emitida en Cuba y controlada por los terratenientes. Tercera: aceptaban sufrir «ciertos castigos correccionales con arreglo a las ordenanzas». Y cuarta, debían dar su consentimiento por escrito a esta última disposición: «Me conformo con el salario estipulado, aunque sé y me consta que es mucho mayor el que ganan los jornaleros libres de la isla de Cuba; porque esta diferencia la juzgo compensada con las otras ventajas que ha de proporcionarme mi patrono y con las que aparecen en este contrato».
—Un engaño en toda regla.
—Y de grandes dimensiones, porque lo que proyectaban era traer ni más ni menos que tres mil emigrantes al año desde La Coruña a La Habana. Cuando llegaron aquí los primeros, a bordo de la fragata Villa de Neda, se les recibió a bombo y platillo, hubo discursos y una banda de música, desfilaron por las calles en pelotones de veinticinco al mando de un capataz y la prensa orgánica hizo sonar sus trompetas. Pero al llegar la noche, el empresario los recluyó en unos barracones insalubres, donde supuestamente iban a pasar un periodo de aclimatación, aunque en realidad sólo eran el depósito al que irían a comprarlos sus futuros dueños; los encadenó y les puso a régimen de batatas y tasajo. Según las cifras que manejamos los estudiosos, de esa primera expedición, que estaba compuesta por trescientos hombres, murieron ciento sesenta y nueve y a otros setenta y tres se los dio por desaparecidos. Es decir, que nada más que sobrevivieron cincuenta y ocho, los únicos capaces de soportar la travesía, el cautiverio, las jornadas de quince horas en las plantaciones y los latigazos de los mayorales. Feijóo, sin embargo, no perdió nada, obtuvo los ciento cuarenta mil pesos con que la Junta de Fomento de La Habana subvencionó la operación y otros ciento diecinueve por cada bracero que entregó a los hacendados.
—¿Y nadie en España hizo algo por parar ese disparate?
—Hubo algunos políticos de la oposición que llevaron al Senado y al Congreso las cartas dramáticas que los compatriotas de ustedes enviaban de forma clandestina a sus allegados, contándoles su odisea y la estafa que habían padecido; pero después de un par de sesiones, las palabras se las llevó el viento y el Gobierno consideró que «nada ofrece en su conjunto la empresa de Feijóo» —leyó Delia Cabrera en uno de los documentos que había llevado a nuestro hotel— «que no parezca equitativo, que repugne a la equidad o que la sensatez rechace».
—Qué vergüenza —dijo Mónica llevándose las manos a las mejillas.
—Es la historia del mundo: hay miles de personas que se hunden para que unos pocos naden en la abundancia —sentenció don Adalberto a la vez que se levantaba trabajosamente para ir en busca de su cena. Tenía razón, ya se estaba haciendo tarde.
Le eché un vistazo al inmenso autoservicio del hotel Meliá Cohiba, con su fuente ornamental, sus tragaluces y su vegetación decorativa; sus manjares tapados por cúpulas de acero; sus mesas ocupadas por clientes que hablaban inglés, alemán, español o árabe; sus vistas panorámicas sobre el mar; sus mostradores colmados de zumos y frutas tropicales y sus cocineros inmaculadamente uniformados, y me pareció que aquellas viejas historias de esclavos y negreros de la isla quizá sonaban remotas y parecían ecos lejanos de un mundo extinguido, pero también explicaban muchas cosas del presente. Me entretuve en enumerar los apellidos de Lluís Espriu, Quiroga, Maristany, Feijóo… Demasiados piratas en un solo nombre. Si él sabía eso, aunque fuera de un modo parcial, y por mucho que a fuerza de leer a Stevenson, a Conrad y a Salgari se hubiese formado una visión romántica de sus antecesores, no me extrañaba que quisiera hacer algún tipo de reparación. Y ya que era de todo punto imposible desagraviar a todas las personas en cuyo sufrimiento se cimentaba la fortuna de su familia, al menos trataría de ayudar a los que llevaban su propia sangre. La conciencia también se puede blanquear, como el dinero.
Mientras nos servíamos la cena del bufé, la de mis acompañantes más sólida, a base de malanga, yuca, ropa vieja con carnero y ese plato de arroz con frijoles que llaman moros y cristianos, y la mía limitada a una sopa de verduras con lima y de postre algo de fruta, me volví de repente, como si me llamasen o hubiera olvidado algo, para comprobar si continuaban en sus puestos, a la distancia precisa de nosotros para no parecer entrometidos y lo bastante cerca como para oír lo que decíamos, dos hombres con aspecto de policías, uno blanco y otro negro, que no nos habían quitado ojo en toda la noche. Vestían guayaberas azules, pantalones de lino y llantas deportivas. Sus rostros estaban llenos de esquinas, parecían haber sido tallados con un cuchillo de monte, eran tensos, de rasgos tan duros que daban la impresión de combatirse unos a otros. Sus miradas resultaban a la vez pasivas y amenazadoras, te hacían pensar en un volcán apagado pero que en cualquier instante podría entrar en erupción. Eran musculosos, de esos forzudos de gimnasio que transmiten la impresión de no poder abarcarse a sí mismos, se mueven un poco a cámara lenta, como dando un rodeo, y sus posturas nunca son naturales, sino maniobras deliberadas, exhibiciones hechas de cara a la galería. Intentaban disimular sus tareas de espionaje leyendo el periódico o en las pantallas de sus teléfonos móviles, y no es que lo hiciesen mal, sino que en ese terreno yo estaba muy toreado, había aprendido a detectar conductas sospechosas a mi alrededor cuando me llamaba TP 9/13 y vivía escondido en El Masnou, siempre en guardia y con los cinco sentidos alerta por si aparecían a mi espalda los matones de la fenya, con sus cuchillos de combate NR-40 y sus pistolas GSh-18.
Al principio, había dado por sentado que aquellos dos gorilas miraban a Mónica y a la doctora Cabrera. Pero luego, al fijarme con más atención en sus gestos evasivos y su indiferencia artificial, ya no estuve tan seguro. Esos sujetos no eran clientes del Meliá Cohiba, no acababan de bajar al comedor desde sus habitaciones ni estaban allí sólo para cenar. ¿Quizás era a mí a quien vigilaban? Al aceptar el trabajo que me había ofrecido Lluís Espriu ¿me había metido en la boca del lobo? En España, al parecer, ya no corría peligro tras la detención de los sicarios de la antigua KGB que me perseguían; pero Cuba había sobrevivido décadas bajo el paraguas de la Unión Soviética y allí había muchos rusos… Me pregunté si aquellos individuos serían mercenarios extranjeros o agentes nativos del G-2, el cuerpo de élite de la Seguridad del Estado; o peor aún, si se trataba de paramilitares de la temida Sección 21, de los que se decía que asaltaban las casas de los disidentes políticos durante la madrugada, se los llevaban en un coche camuflado, los torturaban, los recluían en las celdas siniestras de Villa Marista y de algunos no volvía a saberse nada… «Para quien siente miedo, todo son ruidos», me habría dicho mi madre. Esta vez, sin embargo, no hubiese tenido razón.
Como tantas otras, La Habana es dos ciudades diferentes, una para los turistas y otra para los cubanos: la primera flota en la segunda, sin mezclarse con ella, y mientras en la parte de arriba brillan los restaurantes de lujo, las salas de fiesta y los hoteles de cinco estrellas, en la de abajo hay sitios como las calles de San Leopoldo, que el Estado hace todo lo posible para que no se vean. Por si todo eso no nos hubiese quedado claro el primer día, lo volvimos a comprobar por la mañana, al extender nuestras investigaciones, por consejo de la profesora Cabrera, del barrio del Vedado a los de La Timba, El Cerro, San Isidro o Jesús María, con el fin de preguntar por Verónica en comercios, albergues y restaurantes: la Perla Negra, en la calle Milagros; Casa Godo, entre San Mariano y Vista Alegre; la taberna Benny Moré, en Mercaderes esquina Teniente Rey… Fuimos al Registro del Estado Civil y a la estafeta de correos de la calle Infanta, por si alguien con sus apellidos tuviese un apartado postal. El trabajo era duro y el calor nos lamía la piel con mil lenguas de fuego. Para no desfallecer, cada uno de esos lugares infructuosos de los que salíamos con las manos vacías lo considerábamos una casilla tachada en un tablero, como si jugásemos a hundir la flota y cada disparo al agua pusiese a los barcos enemigos un poco más al descubierto.
Era evidente, sin embargo, que nos movíamos en círculos, estábamos en un punto muerto y tal vez no habríamos salido de esa espiral si la profesora Cabrera no nos hubiera enviado un mensaje en el que nos pedía que acudiéramos a verla a la universidad lo más rápidamente que nos fuese posible. Fuimos allí en un Ford Mercury de los años cincuenta al que el taxista había instalado un motor diésel. Nada más entrar en su despacho, Delia nos dijo que tenía dos cosas para nosotros: el nombre y la historia de la mujer con la que vivió Joan Maristany en La Habana. Al fin una luz en mitad del túnel.
—Se llamaba María de la Salud Valdés y era hija natural de Concepción Vázquez, una bailarina española procedente de la ciudad de Burgos, y Diego Ferrer Matoso, un barbero afrocubano.
—Sí —dije, por no estar callado—, ya suponíamos que se trataba de una mulata.
—Pero hay algo que ignora y que le va a encantar —añadió Delia—: También era hermana del poeta Gabriel de la Concepción Valdés, conocido como Plácido, que fue una de las personalidades de color que empezaron a hacerse notar en la isla a mediados del siglo diecinueve y al que, como ocurrió con tantos otros, se llevó la ola represiva que desataron las autoridades españolas para castigar a los instigadores de la famosa conspiración de la Escalera, que supuestamente buscaba convertir Cuba en otra Haití y que se sofocó a sangre y fuego. El hermano de doña María de la Salud fue una de las más de trescientas personas fusiladas por el ejército colonial. No debió de ayudarle el que en uno de sus textos más propagados jurase «ser enemigo eterno del tirano, / manchar, si me es posible, mis vestidos / con su execrable sangre, por mi mano / derramarla con golpes repetidos; / y morir a las manos de un verdugo / si es necesario, por romper el yugo».
—Vaya, eso suena muy violento, pero no parece razón suficiente para ejecutarlo —dije.
—No se crea —continuó Delia Cabrera—, se trataba de un texto que se hizo muy popular, iba de boca en boca en unos momentos en que los motines se sucedían en los ingenios de Trinidad, Alcancía, Las Nieves y Aurora, en el cafetal Moscú, en los barracones de los forzados que construían el ferrocarril de Cárdenas a Bemba… Luego los disturbios se extendieron por toda la llanura de Colón y los esclavos se insubordinaron en las plantaciones de San Miguel, San Lorenzo y San Rafael. Se dice que algunos de ellos recitaban a voces esos versos de Plácido.
—Así que en La Habana el negrero Joan Maristany tenía por cuñado a un mártir abolicionista… A Lluís Espriu le va a fascinar esta historia.
—Lo pudo tener, aunque fuera a título póstumo, en el caso de que hubiera contraído matrimonio con la hermana del héroe, doña María de la Salud. Pero eso era dos veces imposible, porque él ya tenía una mujer en España, doña Nuria Figueres, y porque aquí en Cuba los enlaces interraciales estaban casi prohibidos.
—¿Había una ley específica para evitarlos? ¿Quién la promulgó?
—El Consejo de Indias, naturalmente. Se dictó lo que se llamaba una Real Célula, por la que cualquiera que quisiese tomar una esposa o un marido negros debía pedir un permiso especial a las autoridades. Lo hacían los pobres, muy raramente, y conllevaba el deshonor más absoluto para ellos y sus familias. En la alta sociedad no se estilaba. Imagínense, si las señoras blancas ni siquiera pisaban la calle porque estaba mal visto, de modo que salían a pasear y de compras en sus volantes o quitrines, unos carruajes de dos ruedas y con techo de fuelle, tirados por un solo caballo, y al llegar a las tiendas mandaban a sus criados para negociar con los comerciantes y se limitaban a elegir y pagar.
Delia Cabrera no sabía si Maristany llegó a conocer a Plácido, aunque lo consideraba muy poco probable, pero no podía ignorar quién era: los mártires están por todos los sitios. Sin embargo, que el traficante de El Masnou viviese con su hermana me pareció incomprensible. ¿No le traería eso problemas en una sociedad clasista y xenófoba como aquélla? Estamos hablando de muertos, gente encarcelada, deportados, torturas —la conspiración de la Escalera se llamó así porque ése era el objeto donde los mayorales ataban a sus víctimas para azotarlas con látigos de cuero —. Cuando todo acabó, la incipiente clase media formada por negros libres que había surgido en núcleos urbanos como La Habana o Matanzas quedó aniquilada.
—Hay una cosa que no entiendo —dijo Mónica, sacándome de aquellas dudas—: ¿Cómo es que sus padres se llamaban Ferrer y Vázquez y ella y su hermano, Valdés?
—Era el apellido que se les daba, en honor del obispo que había fundado el orfanato de la ciudad, a las criaturas que eran abandonadas en su puerta, como lo fue Gabriel de la Concepción.
—¿Sus padres lo dejaron en un hospicio? ¿No lo querían?
—Lo abandonaron para que tuviese una vida más amable y con más derechos. Es decir, que aunque en este caso la madre fuera blanca y el padre negro, hicieron lo que muchas mujeres de color que concebían hijos de los españoles y trataban por todos los medios de igualarlos a sus padres, lo que se conocía como «adelantar la raza». Y dado que en 1794 se había dictado un real decreto por el que Carlos IV equiparaba a los expósitos con los ciudadanos del Tercer Estado, la entrada de un niño a la inclusa le otorgaba el estatuto de persona blanca.
—¡Claro, si ésa es la historia de Cecilia Valdés o la loma del Ángel, la novela de Cirilo Villaverde! Es un escritor que nació en un campo de esclavos —le dije a Mónica…
—… concretamente —siguió Delia— en el ingenio Santiago, en Pinar del Río.
—Se le considera uno de los padres de la literatura cubana…
—… y del país en general. Cómo no, si es uno de los libertadores que confeccionaron nuestra bandera, con sus barras blancas y azules, su triángulo rojo y su estrella.
—La protagonista del libro es hija ilegítima de un español rico…
—… el habanero Cándido de Gamboa…
—… que con los años se enamora de su hermano Leonardo y se convierte en su amante…
—… sin saber, por supuesto, ni remotamente, que llevan la misma sangre…
—… y acaba internada en el hospital de Paula. Una tragedia de campeonato.
—Termina en el sanatorio y comienza en la inclusa, donde la niña es dejada para conseguir el «adelantamiento»…
—Tengo una pregunta —dijo Mónica cortando por lo sano aquel intercambio erudito entre la doctora Cabrera y yo—: María de la Salud ¿también pasó por allí?
—No. Lo he investigado y su nombre no consta en los libros de la Casa de Beneficencia y Maternidad, que era como se denominaba en la época en que ella nació, cuando ya tenía su sede en el paseo del Prado y las cuentas más saneadas que en la época en que la mantenían con lo que se sacaba de las peleas de gallos celebradas en los fosos del castillo de la Fuerza.
—Entonces, ¿por qué llevaba el apellido Valdés?
—Puede que lo adoptase por orgullo, para ser reconocida como familiar de un mito. O como reclamo comercial, porque también he descubierto que antes de volverse a España su amante le puso una tienda, que ella llamó Sederías Valdés.
—Así que los apellidos de su hija tuvieron que ser Maristany y Ferrer —siguió Mónica.
—El segundo sí. El primero —dijo, con una sonrisa ladeada—, me van a permitir que lo dude. Les acabo de explicar que los españoles podían vivir amancebados con negras o con mulatas, pero no se casaban con ellas. Me temo que en ese punto a ustedes no les han dicho la verdad, que es que ni él ni casi nadie en aquella época y en aquellas circunstancias habría desafiado de ese modo ni a sus compatriotas ni a su clase social ni a la justicia.
Mi bonita arqueóloga me miró y no tuvo que decir nada, porque todos lo entendimos sin necesidad de abrir la boca: habíamos estado buscando a una persona que nunca existió, puesto que no respondía ni por Maristany, y ahora sabíamos que tampoco por Valdés; o si lo hizo fue de manera engañosa, porque ésa no era su verdadera identidad y, en consecuencia, ésos tampoco podían ser los datos que apareciesen en sus documentos ni en los registros. Cómo íbamos a haberlos encontrado, ni en la iglesia del Santo Ángel Custodio ni en ninguna parte. Nos miramos con plata en los ojos, como dicen en México. Es verdad que había que empezar desde el principio, pero esa vez con la ventaja de que ya sabíamos detrás de quién íbamos: una mujer que vino al mundo hacia 1864 y se llamó Verónica Ferrer Vázquez. Ella fue la primera rama cubana del árbol genealógico de la familia Maristany y, por extensión, de los Espriu i Quiroga.
Ni que decir tiene que en esa ocasión fui yo mismo quien le preguntó a Delia Cabrera si ella y su tío Adalberto nos harían el honor de cenar con nosotros. Las buenas noticias hay que celebrarlas. Siempre que algo o alguien no lo impidan. Cuando salimos de la facultad, paramos otro taxi, esta vez un precioso Chevrolet verde como recién salido de una película en blanco y negro. Nos subimos a él igual que si retrocediéramos un siglo. Un Geely EC7 oscuro que estaba aparcado al otro lado de la calle salió justo detrás de nosotros. Me habían contado que esos automóviles rusos y los Beijing BJ212 chinos eran los que usaban el Gobierno y la policía secreta. No lo quise mirar, por si iban dentro los dos hombres a los que había visto la noche antes en el comedor del Meliá Cohiba.