Los treinta apellidos

Benjamín Prado · Capítulo 30 de 31

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Los treinta apellidos

Capitulo treinta

Capítulo treinta

 

—Quizás hubo un tiempo en que los negocios no eran tan sucios y en los que la divisa del viejo Biel Espriu, «hay que ganar dinero de modo que los que te lo dan también salgan ganando», aún se podía sostener. Al menos, en parte.

—Ya, ya… Pero entonces tampoco serían hermanas de la caridad —dijo el inspector Sansegundo, sin quitar los ojos de la carretera. Los demás coches se apartaban a nuestro paso y nos dejaban el camino libre, porque, aunque llevaba la sirena apagada, sobre el techo de su vehículo daba vueltas una luz azul y detrás de nosotros iba una comitiva formada por otros cinco zetas que serpenteaba en las curvas igual que una anaconda metálica.

—Eran comerciantes, desde luego —le respondí—, pero en algunos casos había un cierto impulso cívico en lo que hacían. En Sevilla, por ejemplo, la dinastía Marañón Lavín se compró, con la fortuna que había ganado en Cuba gracias a la mano de obra forzada, la famosa Casa de la Moneda, que era donde antiguamente se fundían el oro y la plata que llegaban de las Indias, para convertirlos en doblones, y hasta les puso a las calles de esa zona, en recuerdo de sus posesiones en el Caribe, los nombres que aún hoy llevan: Habana, Güines o San Nicolás; pero también sufragó íntegramente la construcción del hospital de la Cruz Roja. Otro tanto puede decirse de los negocios de los Quiroga de Feijóo en La Coruña: es innegable que le proporcionaban a la gente servicios que necesitaba, da igual si hablamos de El Paraíso del Buzo, Cabotajes de Riazor, la cartera de seguros marítimos La Garantía o de sus barcos de emigrantes. Y con los Maristany y los Espriu sucede lo mismo: su capital también provenía de la trata de esclavos y tenían a sus espaldas atrocidades como el asalto a la isla de Pascua, pero cuando se dedicaron al transporte de viajeros, además de obtener ganancias sustanciosas con su Gran Compañía del Camino de Hierro, les ilusionaba unir su pueblo, El Masnou, con Barcelona, y es evidente que aquel tren mejoró la vida de sus vecinos. Y seguro que lo mismo podría decirse de sus convicciones políticas y su lucha por el nacionalismo, porque financiar un diario como La Renaixensa, apoyar a organizaciones del tipo de la Lliga de Catalunya o patrocinar a otras dedicadas a recaudar fondos para la causa no eran sólo, ni siquiera básicamente, movimientos financieros. Después, la moral fue devorada por la ambición, y ya sabemos dónde conduce eso: «Lo mucho se vuelve poco con sólo desear otro poco más», como dice Quevedo.

—Así que eran al mismo tiempo idealistas y materialistas —respondió con sorna el policía.

—Probablemente sí, dependiendo de cuándo, con quiénes y para qué. Y seguro que seguían a rajatabla uno de los refranes que solía citar mi madre: «Detrás del mostrador no conozco al amigo, sino al comprador». El viejo Jacint Espriu, según parece, consideraba que su trabajo era descubrir lo que otros buscaban y conseguirlo antes que ellos, pero añadía que si el precio que les cobrabas no era justo, nunca iban a volver, y en ese caso estabas perdido, «porque la clientela no se hace con los que entran y salen, sino con los que regresan».

—Saltémonos la parte histórica y el anecdotario —dijo Sansegundo sin andarse con miramientos—, y céntrese en lo que nos ocupa, si es tan amable. Cuál es el papel en todo esto de doña Guadalupe.

—Es una mujer amargada, cuyo único fin ha sido colocar a su hijo al frente de las empresas familiares. Es inflexible y está muy sola. Entre bastidores, se la conoce como «la Estatua». Siempre viste de luto y por eso cualquier sitio donde esté se empapa de pesimismo, tiene una reverberación de velatorio. Por supuesto, es un hacha para los negocios, que la han hecho rica pero no feliz, porque eso no depende de lo que se te da bien, sino de lo te hace sentir bien. Para ella, seguir en este mundo debe de ser una especie de penitencia.

—¿No le duele que Narcís esconda el apellido de su esposo?

—Supongo que lo respalda a pesar de eso. Las madres quieren a sus hijos, aunque sea a regañadientes, por encima de sus debilidades o, quizás, a causa de ellas. Y él, además, es el tipo de persona que sabe dar lástima a cambio de obtener recompensas, hacerse la víctima para lograr una indemnización.

—En su opinión, ¿tiene algo que ver con el blanqueo de dinero y la evasión fiscal?

—¿Y en la suya?

—Creemos que en lo que se refiere a esa cuestión, no sabe por dónde van los tiros.

—Para mí, está al margen.

—¿Y su sobrino Lluís?

—No se ha enterado nunca de nada. Su tía lo educó para eso y él está en Babia, vive en un mundo de ficción, es una especie de don Quijote sedentario, al que los libros de aventuras y piratas le han nublado la razón y que de tanto fantasear con el rajá blanco de Sarawak y los adoradores de la diosa Kali no se había dado cuenta de que al auténtico villano lo tenía en casa.

—Se refiere, una vez más, a su primo Narcís, por supuesto.

—A quién si no. Es un ser acomplejado y, en consecuencia, peligroso, que firma como Narcís Espriu para ocultar su apellido y los humildes orígenes de su padre en Larache, Marruecos, y que daría un ojo de la cara por ser lo que él considera un Espriu de pura cepa. Según me contó una tarde su primo Lluís, las hazañas militares de su abuelo le avergüenzan, no quiere saber nada de cabilas que asedian Gomara y Ajmás o dinamitan la Fábrica de Harinas de Nador, ni de tropas de regulares que combaten a rifeños y yebalíes en Dar Akkoba; no le interesan Abd el-Krim ni el caíd Mohamed el Temsamani. Querría borrar todo eso de su historia, porque le parece que abarata su sangre, que lo empequeñece. Ha vivido siempre inquieto, poniéndose en tela de juicio, con la sospecha de que lo miraban por encima del hombro y murmuraban a sus espaldas; y nunca ha dejado de sentirse en vilo, a prueba, de paso por la cima a la que tanto le ha costado llegar y temiendo que su primo reclamara su puesto al frente de la empresa. Cuando éste, de algún modo, lo hizo y empezó a proclamar a los cuatro vientos que a partir de entonces se ocuparía de sus asuntos personalmente, aunque me imagino que la fuerza se le hubiese ido por la boca, como de costumbre, el otro lo vio también como a un rival, pensó que ya estaba aquí el monstruo dormido que tanto le angustiaba que despertase y en pleno ataque de pánico decidió eliminarlo, igual que a Mónica y a su propio guardaespaldas. Por suerte, dice usted que no lo ha conseguido…

—Está grave. La ambulancia llegó pronto al lugar del accidente, los enfermeros del SAMUR lograron estabilizarlo y los médicos se emplearon a fondo en el quirófano, pero se teme por su vida. Permítame añadir que su tasa de alcohol en sangre ofrecerá una gran coartada a quien pudiera resultar sospechoso de atentar contra él: sobrepasaba diez veces lo permitido.

—¿Y la doctora Grandes?

—He hablado con gente del Ministerio de Defensa. Un terrorista de Asuán le disparó tres balas, dos hicieron blanco, pero ninguna en órganos vitales. También saldrá de ésta, aunque es más que probable que le queden secuelas. Tiene algún tipo de daño en la columna vertebral, no es fácil que pueda volver a caminar. El agresor fue abatido por las fuerzas de seguridad egipcias que vigilaban la excavación.

—No era de Asuán ni era un terrorista, era un sicario.

—Ahora ya no es nadie. Esa gente no hace prisioneros, los soldados egipcios tiran a dar.

—Ya lo supongo. Pero, aunque a él no puedan interrogarlo, podrán rastrear la pista del dinero que le ha pagado Narcís González.

—Puede estar seguro de que lo haremos y también de que no vamos a descubrir nada. Los pagos de esa clase se hacen en efectivo, a través de un mensajero y en mano, para no dejar huellas. Todo ello, dando por sentado que sus conjeturas sobre el señor González Espriu tuviesen algún fundamento.

—Los dos sabemos que lo tienen.

—Tiempo al tiempo —sentenció. Era un hombre de pocas palabras y no quería utilizar ninguna de ellas para decir algo de lo que luego tuviera que arrepentirse.

—Una cosa más —dije—: Si el mercenario que enviaron a por Mónica Grandes apretó tres veces el gatillo, ¿cómo es que no acertó de pleno con ninguna de las balas? Esos individuos tampoco suelen fallar.

—No lo hizo. A la arqueóloga la salvó su marido, que se interpuso entre el pistolero y ella. Actuó como escudo humano. Todo un héroe.

«¿Así que además estaba casada?», mascullé. «Se veía venir», dije, como suele hacerse cuando lo ocurrido ya ha pasado de largo. Traté de persuadirme de que no me importaba gran cosa. Me alegré de que hubiera sobrevivido y me parecía terrible la posibilidad de que acabase en una silla de ruedas, pero como me pasaría con cualquiera. Esa mujer me había hecho daño y no se me ocurría ninguna otra solución que esperar a que la herida se cerrara y llegase un día en el que pudiera tomarme aquella historia a broma: ya se sabe que la comedia es la suma del drama más el tiempo. Noté un sabor amargo en la boca al recordar mis planes de ir con ella a El Cairo, pedirle que se casara conmigo en nuestro hotel de la isla Gezira. O, aún peor, la vez que le dejé caer que quizás iba a comprarle un anillo de compromiso y salió del apuro poniéndose a hablar de Agatha Christie y su marido arqueólogo. Se me vino a la cabeza la fábula de Samaniego: «Bebiendo un perro en el Nilo, / al mismo tiempo corría. / “¡Bebe quieto!”, le decía / un taimado cocodrilo. / Díjole el perro, prudente: / “Dañoso es beber y andar; / pero ¿es sano el aguardar / a que me claves el diente?”». Era mi historia, en otras palabras: me había detenido a querer a Mónica Grandes y ella me había devorado.

Mientras subíamos la colina que llevaba a El Repòs, pensé que Narcís González era una calamidad y que, por añadidura, no tenía suerte. Había tratado de matar a cinco personas, a Verónica, a Edgardo, que quizá se lo tuviese merecido porque quien muerde la mano que le da de comer la transforma en un puño, a Mónica, a Lluís y a mí, y el caso era que tres seguíamos vivas. Un auténtico desastre. Y aquélla era la historia de su vida: quiso ser un caudillo y sólo era un gerente; quiso ser un magnate y fue el encargado; quería ser un Espriu y era un González, con lo que ambas cosas significaban para él. Alguien debería haberle dicho hacía muchos años: «No muerdas más de lo que puedas masticar». Pero, seguramente, tampoco hubiera obedecido, porque de alguna manera estaba predestinado a la derrota, su sino era querer salirse con la suya y que ésta se hubiera ido con otro, tratar de superarse y quedar segundo.

Era un día soleado que muy probablemente yo vería lluvioso y con árboles de hojas amarillas cuando lo recordara años después. Aquella noche se esperaba que se viese en el cielo una lluvia de meteoros, las famosas lágrimas de San Lorenzo, que eran una buena metáfora de aquel personaje y de su más que previsible caída en desgracia: él también era un fragmento de aquel cometa empresarial, una partícula que se quemaba al entrar en la atmósfera; era una estrella fugaz en una noche de verano. Y al igual que les había ocurrido a tantos otros de su calaña, la avaricia había roto el saco, como hubiese dicho mi madre, y de tanto jugar con fuego estaba a punto de quemarse y, probablemente, de acabar reducido a cenizas, un estado del que sólo regresa a la vida el ave fénix; lo cual, cuando se conoce la leyenda entera, no es que ofrezca un gran consuelo, dado que lo hace a los quinientos años de haber ardido.

—En su opinión —dije, para volver al tema que nos importaba—, ¿la doctora Grandes confesará que Narcís la sobornó a cambio de que no hablara de las obras de arte con las que trafica para blanquear dinero? Porque de ser así, él mismo se habría puesto la soga al cuello. Y cuando ella sepa que ha intentado matarla…

—Su testimonio podría ser relevante, llegado el caso. Pero conviene ser cautelosos, ir por partes y esperar a ver con qué nos encontramos —dijo, tan prudente como si acabase de consumir una medicina cuyo prospecto desaconsejara conducir bajo los efectos del optimismo.

—No le gusta echar las campanas al vuelo…

—Mi objetivo no es lo que vuela, sino lo que hay que enjaular —sentenció. A veces, se le transparentaba el lector de novelas policíacas que seguramente era, aquel que al enviarme a mi refugio de El Masnou me regaló unas cápsulas de azul de Prusia y El misterio de Pale Horse, de Agatha Christie, para que aprendiese a reconocer los efectos del talio y supiera cómo contrarrestarlos.

—Y en este caso, ¿le parece que esta vez el pájaro acabará entre rejas?

—Si el señor González ha cometido delitos, también habrá cometido errores — dijo, muy a su modo, guardándose las espaldas con aquella cautela suya que se basaba en la construcción de frases ambiguas, similares a una puerta entornada que no dejase claro si era una invitación a pasar sin llamar o a darse la vuelta—. Pero tendremos que probarlo. Y el asunto meterá mucho ruido. Se hablará de ajustes de cuentas empresariales y de venganzas políticas. A la gente le cuesta un mundo entender que alguien que ha llegado tan arriba caiga tan bajo; se resiste a creerlo.

—En su caso, simplemente ha respetado una tradición familiar, cambiando el tráfico de personas por el de obras de arte. A lo mejor es que la única manera de acumular tanto dinero es ésa, ganarlo de forma oscura y luego blanquearlo.

—Bueno, ellos lo llaman ingeniería financiera.

—Sí, y a matar a alguien con un cuchillo lo llamamos coserlo a puñaladas. Pero ni los defraudadores construyen puentes ni los asesinos zurcen heridas, sino todo lo contrario.

—Sin embargo —dijo tras meditar unos segundos con cara de concentración, igual que si buscara en otras regiones de sí mismo—, usted cree que Narcís González es, en cierto sentido, un enfermo. El culpable y la víctima a la vez.

—No exactamente. Mi impresión es que todo fue bien mientras su madre llevaba las riendas del imperio —dije—, pero cuando empezó a echarse a un lado y le dio carta blanca, quiso ir por libre, eligió el mal camino y perdió el control. Ella es una mujer de armas tomar, pero sabe controlarse; él es el otro extremo: rabioso, variable y con la obsesión enfermiza de demostrarle al mundo lo que vale. Un desdichado, en muchos aspectos.

—O quizás una de esas personas que saltan con red, tienen quien les saque las castañas del fuego y, si algo falla, aplican la teoría de las cinco pes y en lugar de insensatas se sienten audaces.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo es eso?

—«Prefiero pedir perdón a pedir permiso».

Los dos sonreímos, él contra su costumbre. Me caía bien el inspector Sansegundo, era un tipo recto, un hombre de una pieza. Me pregunté cómo sería su vida privada, si tenía pareja, familia, dónde estaba su casa, qué haría para divertirse cuando no estaba de servicio… Recordé unos versos de Pasolini, muy criticados en su momento por los comunistas italianos: «Yo simpatizo con los policías / porque los policías son hijos de los pobres». Mientras pensaba en todo eso, le vi dar uno de sus giros de ciento ochenta grados y cambiar por completo de expresión. Tenía una forma de ponerse serio que recordaba al cemento que se solidifica.

—Las cámaras de seguridad del hospital donde estaba ingresado Edgardo nos han proporcionado un sospechoso: hay alguien que entra en su habitación vestido de médico, pero se presenta allí a una hora en la que no estaba pautada ninguna visita y, además, no se le ve la cara en ningún momento y eso lo señala: se esmera demasiado para que no se le pueda identificar.

—En ese caso, no será fácil hacerlo.

—Ni imposible. Los técnicos usan unas herramientas muy sofisticadas de reconocimiento facial, manejan un sistema llamado UVF, las siglas de un departamento llamado Unidad Vídeo-Forense, con el que pueden hacer un retrato robot en tres dimensiones y cotejar en segundos cualquier cara que haya sido grabada en el circuito cerrado de la clínica con una base de datos de la policía en la que hay cientos de miles de personas fichadas. Si alguna vez le han tomado a ese sujeto las huellas digitales en una comisaría y tiene antecedentes, dé por seguro que lo desenmascararemos.

Mientras el inspector Sansegundo impartía algunas órdenes por la radio, me acordé de su misteriosa llamada, unas horas antes, para preguntarme si me gustaría acompañarlo «a una pequeña excursión que me parece que será de su agrado». Y ahí estaba, aunque fuese para presenciar el espectáculo de lejos: al llegar a El Repòs me mandó quedarme en el coche, advirtiéndome que si me dejaba ver o divulgaba de cualquier modo mi presencia en aquella operación —hoy en día hay que tener muchísimo cuidado con los teléfonos móviles y las redes sociales—, le buscaría problemas muy serios.

La verja principal se abrió de par en par cuando un agente se acercó a la garita de los vigilantes y les enseñó su orden judicial. Los seis coches que formaban nuestra caravana subieron ceremoniosamente por el sendero que conducía a la mansión y pasaron junto al estanque de los patos de cabeza verde y bajo las copas de las palmas reales, que le añadían un trazo de horizonte caribeño a aquel cielo mediterráneo. Nos detuvimos frente a la escalinata. Vistos desde el aire, los automóviles debían de parecer fichas de dominó abandonadas a mitad de una partida. Ocho o diez puertas se abrieron y vi a Sansegundo y sus hombres subir los peldaños sin excesiva prisa. Quién me iba a decir a mí que presenciaría semejante escena, cuando vi por primera vez esa barandilla con sirenas de hierro, la vidriera de la entrada con su san Jorge y su dragón hechos de cristales esmaltados y todo lo demás, las torres con cubiertas en forma de pirámide, las cúpulas de aguja, la galería almenada, las mansardas… Tenía razón el comisario, ante aquella casa imponente era imposible no preguntarse las razones por las que alguien que lo tenía absolutamente todo decidía arriesgarse a perderlo, con tal de conseguir todavía más. Unos días antes había visto a Narcís Espriu en los periódicos, con la flor y nata de los empresarios catalanes, en un debate sobre el independentismo y las consecuencias que podría acarrear una posible ruptura con el resto de España, una polémica que hacía correr ríos de tinta en nuestro país. Su arresto no iba a ser más que el último escándalo de una larga lista encabezada por un antiguo presidente de la Generalitat y su familia, que se habían llevado millones de euros a Andorra durante los veintitrés años que el patriarca del clan ostentó el poder, y a la que se sumaban, día sí y día no, diversos altos cargos y sus compinches, que habían sido imputados y en algunos casos detenidos y encarcelados por saquear las instituciones que gobernaban, cometiendo una interminable lista de delitos que incluían la evasión de impuestos, el soborno, el fraude, el cobro ilegal de comisiones, la falsificación de documentos mercantiles, la estafa, la pertenencia a una organización criminal o el blanqueo de capitales. Es decir, exactamente lo mismo que los rivales con los que peleaban, unos y otros envueltos en banderas que usaban para ver de qué lado soplaba el viento y para engañar a quienes los seguían de buena fe, confirmando con sus actos que a menudo el patriotismo termina donde comienza el patrimonio.

Narcís apareció en el umbral rodeado de abogados y con su madre junto a él. Incluso a distancia, lo encontré pálido y daba la impresión de estar ausente, o al menos de sentirse allí sólo en parte. Pensé que, en aquel momento, hasta la más leve brisa podría derribarlo. También pensé en si alguien avisaría a su esposa, al menos en los papeles, y si Neus Millet Vilarasau vendría a España desde Brasil, aunque sólo fuese por guardar las apariencias.

En la entrada de El Repòs, Sansegundo le dijo algo a Narcís González, con seguridad que estaba detenido, los cargos que había contra él y que tenía que acompañarlo, y después les hizo un gesto a sus subordinados para que no lo esposaran. Él cerró los ojos, pero cuando otro inspector, en este caso de Homicidios, tomó la palabra, los abrió de una forma desmesurada, como si lo que veía no cupiera en ellos. Supuse que tras informarle los dos agentes de la ley de los cargos que había contra él por defraudar a Hacienda, un atolladero del que tal vez pensara que saldría fácilmente con el pago de una multa, le habían comunicado que también se le acusaba de encargar mi asesinato y los de su primo Lluís, el guardaespaldas Edgardo Valdés y la doctora Mónica Grandes. Trató de sonreír irónicamente, pero no le salió muy bien. Un mafioso de los años cuarenta hubiese dicho que había un papel con su nombre en el sombrero del diablo. Seguro que estaba asustado y temía lo que pudiera ocurrirle, como le pasaría a cualquiera en su lugar, porque nadie se hunde sin preguntarse qué habrá en el fondo del pozo.

Guadalupe pareció conmocionada por el giro que acababan de dar los acontecimientos. Lo miró con tal mezcla de asombro, espanto y decepción que por un segundo pensé que iba a abofetearlo, y después negó con la cabeza, como un médico que les da una mala noticia a los familiares de un paciente, a las puertas del quirófano. Sólo había dos opciones: era una gran actriz o no sabía nada de todo aquello. Cuando la policía ya se llevaba a su hijo, le puso una mano en el hombro, tal vez para disimular lo lejos que estaban uno del otro en aquellos instantes. Luego se volvió hacia donde yo estaba, noté que me reconocía y vi llamear el odio en su cara: sin duda, me hacía responsable de lo que estaba ocurriéndoles, tal vez porque no tenía más alternativa que ésa o aceptar la realidad, que era cruda y todos sus sinónimos: inclemente, brutal, despiadada, atroz… Si me hubieran dado a elegir, habría preferido cruzar la mirada con el sanguinario Narcís González Espriu antes que con ella: me caía simpática, me parecía en muchos aspectos una mujer notable y sentía de todo corazón que tuviera que pasar por aquel trago que, una vez más, era de hiel. Me dije que nunca sabría a ciencia cierta si llegó a creer que sus padres, Biel y Olalla, habían ordenado la muerte de su esposo. ¿O lo supo desde el primer momento y todo lo que hizo y dejó de hacer a partir de entonces era parte de su venganza? No pude evitar que se me pasase por la cabeza la visión de un imperio Espriu i Quiroga en el que Lluís no sobrevivía o quedaba impedido, Narcís pasaba treinta años en prisión y Verónica Flores Chevalier terminaba dirigiendo todas sus empresas. Claro que eso no iba a ocurrir, porque los últimos cuentos con final feliz los escribió Dickens y desde entonces lo más cerca de volar que puede estar la gente humilde es una caída. Me conformaba, en primera instancia, con que mis esfuerzos por salvarla hubieran dado su fruto y el asesino a sueldo que habrían enviado en su busca a Dar es-Salaam no hubiese conseguido encontrarla.

Los coches patrulla maniobraron al pie del palacete construido por el negrero Joan Maristany y pusieron rumbo hacia unas dependencias judiciales en cuya entrada ya estarían apostados los reporteros de las emisoras, los fotógrafos de los diarios y las cámaras de televisión. En los retrovisores de aquellos vehículos, El Repòs se iba empequeñeciendo según lo dejábamos atrás; en los informativos, el nombre y la imagen del empresario que uno de ellos llevaba dentro crecería como la espuma y era muy probable que se desvaneciese como ella en unas semanas, cuando un nuevo inmoral tomase su relevo. Ése era el signo de los tiempos.

Lo último que recuerdo de aquella escena es a Guadalupe Espriu inmóvil bajo el dintel del edificio, con un algo de mascarón de proa, dispuesta a cortar en dos las aguas más tempestuosas y resistir los vientos más dañinos, tan petrificada y solemne como si fuese otra pieza decorativa del edificio, una más entre los dragones simbólicos y las gárgolas que imitaban las de la casa de los Paraguas o el hospital de Sant Pau; con su dignidad a modo de estandarte y su vestido negro por bandera. A lo lejos, se entendía que la llamasen la «Estatua»; desde más cerca, los que lo hacían sin duda hubiesen visto una gran diferencia: el mármol no llora.

Al llegar a la comisaría y justo antes de entregarme una vez más al cuidado de mis escoltas, el inspector Sansegundo, que se había pasado todo el camino de vuelta comunicándose por radio con sus jefes y sus subordinados, y que por lo tanto no había vuelto a dirigirme la palabra, sacó de la guantera, con un gesto entre ceremonioso y apesadumbrado, igual que si echara mano de él sólo porque no tuviese más remedio, un sobre de color blanco. Era de un hospital. Tenía una cruz azul en el ángulo superior derecho y debajo uno de esos rectángulos de plástico transparente que hacen las funciones de ventana, para que se sepa a quién va destinado lo que contienen.

—Siga mi consejo y no lo haga —dijo mientras lo ponía en mis manos—. No siga adelante. Ocúpese de sus asuntos y no se meta donde ya no tiene nada que ganar. Váyase a casa. Empiece otra novela. Tómese unas vacaciones. No eche a andar por un camino que no lleva a ninguna parte.

Los dos sabíamos que no iba a hacerle caso. Puede que tuviera razón y puede que esta novela debiese terminar aquí, porque la historia ya ha sido contada y el malo va camino del interrogatorio y quizá de la prisión. Pero ya les advertí en su momento que no me gusta dejar las cosas a medias y que uno puede ser de los que ganan o de los que pierden, pero no de los que abandonan.

—No puedo no hacerlo.

—En ese caso, buena suerte —dijo, moviendo la cabeza como si asistiera con incredulidad a lo que él mismo estaba haciendo.

El nombre que aparecía escrito en aquella carta era el de Lluís Espriu i Quiroga.