Los treinta apellidos

Benjamín Prado · Capítulo 25 de 31

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Los treinta apellidos

Capítulo veinticinco

 

Me clavó los ojos de tal forma que fue sorprendente que no necesitara usar un martillo para hacerlo. Eran marrones, con una gota de amarillo en el centro, tenían algo de escorpión fosilizado en ámbar y cuando se ponía serio resultaban imponentes. Después se echó hacia atrás en su silla, igual que si yo fuera un cuadro que él esperase comprender mejor si lo observara desde más lejos; se acarició la mandíbula del modo en que lo suelen hacer los modelos de los anuncios de maquinillas de afeitar y compuso un gesto marca de la casa, es decir, ilegible. Su rostro era exactamente como lo recordaba, duro y anguloso, de una neutralidad rayana en la inclemencia, y la luz del flexo encendido sobre su escritorio le añadía al inspector Sansegundo unas sombras que le daban un aire de héroe de tebeo o película de serie negra, uno de esos comisarios de policía a quienes los reyes del hampa, por motivos obvios, suelen llamar sabuesos. Después de unos instantes en los que dio la impresión de callar a propósito y con segundas para retarme a una guerra de nervios, seguramente porque era lo que hacía con cualquiera que estuviese en mi lugar, convencido tras décadas de tratar con lo peor de cada casa de que el único modo de que la gente afloje la boca es apretarle las tuercas, escribió algo en su cuaderno y repitió su pregunta.

—¿Se da usted cuenta del terreno que trata de pisar? Los Espriu i Quiroga son una familia muy poderosa. Con gente como ésa, por lo general uno lleva todas las de perder.

—Bueno, entonces tendremos que darles las gracias por darnos la oportunidad de demostrar que la ley es igual para todos…

No sonrió. Nunca lo hacía, al menos en mi presencia. No podía estar a la vez de broma y de servicio. Era un hombre metódico hasta el límite de lo obsesivo, serio a punto de ser antipático, en el que cada palabra y cada gesto parecían obedecer a un orden establecido y tener su lugar asignado, como el dinero en las cajas registradoras. Había sido mi ángel guardián cuando estuve bajo la amenaza de la fenya, quien gestionó mi traslado a El Masnou y quien al serme retirada la escolta me mandó a dos de sus agentes especialistas en artes marciales para que me enseñaran los secretos del krav magá. Lo que hicieron ellos impidió que me matasen entonces y lo que me enseñaron a hacer me había salvado la vida ahora.

—Hemos tomado declaración al individuo que usted sostiene que allanó su casa y trató de matarlo. No tengo que decirle que, naturalmente, él niega en redondo haberlo hecho.

—Lo hizo, y además es la segunda vez: la otra fue en La Habana, allí me golpeó y me robó mi trabajo y el ordenador, y después utilizó mis averiguaciones para llegar hasta Verónica Flores Chevalier y quitársela de en medio a sus jefes.

—Sobre lo segundo, él afirma que jamás ha estado en Cuba; y de lo primero, dice que fue a su domicilio a hablar de sus honorarios por un trabajo que hizo para su jefe, que usted mismo le abrió la puerta y que después, sin motivo alguno, le golpeó.

—Claro. Y a King Kong le invitó a subirse al pararrayos del Empire State el presidente de los Estados Unidos —respondí haciéndome el gracioso. Para mí, las cosas estaban claras: Edgardo no tenía escapatoria y tan sólo se defendía de esa forma patética en que luchan por no caer los que ya lo han hecho.

—Le voy a dar un consejo: no subestime a esas personas, señor Urbano. Pertenecen a las altas esferas y tienen en nómina a unos abogados que saben hacer su oficio. En cambio, usted va por libre, y en lo que respecta al caso que nos ocupa, el hecho es que no ha sufrido lesiones significativas ni dispone de pruebas que demuestren lo que denuncia; y a cambio, no olvide que quien ha acabado en un hospital con fractura de cráneo es la persona a la que usted acusa.

—¿No tenía una pistola y fui yo mismo quien le avisó de que estaba encerrado en mi casa?

—Sí, y también una licencia de armas del tipo C, la que se concede a los escoltas privados, que es justo la titulación que él tiene.

—Todo está en regla, entonces…

—Con el sello del Ministerio del Interior en el diploma y su tarjeta de identificación profesional en la cartera…

—¿Eso significa que van a mirar para otra parte, igual que hicieron en 1970? — dije perdiendo un poco los papeles y sintiendo que la rabia me envolvía como una serpiente anaconda—. Porque Edgardo es un simple peón en esta partida. Los peces gordos son quienes lo mandaron ayer a mi casa y hace cincuenta y tantos años a la del comandante González.

—Ésa es una hipótesis que tampoco va a poder sostener.

—No es necesario, ya se encarga de ello la cicatriz que ese orangután tiene en la mejilla: se la hizo la famosa segunda bala disparada aquel día por el marido de Guadalupe Espriu.

Mientras lo decía, pude ver la escena: el militar está sentado, o tal vez en el suelo, ya derribado por Edgardo, cuyo ataque sin duda lo habrá cogido por sorpresa; pero aún reacciona, no olvidemos que es un profesional, tendrá muchas horas de entrenamiento y en plazas peores habrá toreado, de manera que se revuelve y abre fuego con su Star Z62 reglamentaria, aunque falla el disparo porque está en una postura imposible, sin ángulo de tiro ni tiempo para apuntar, y aunque no yerra por mucho, ve cómo el proyectil sólo roza la cara del asesino y le hace esa herida que dejará marcado su rostro para siempre, antes de alojarse en el marco de la ventana y de que le arrebate la pistola…

—Un supuesto crimen que, en todo caso, ya habría prescrito —respondió el inspector Sansegundo, para sacarme violentamente de mis ensoñaciones y quitarle brillo a mi teoría igual que si le limpiara las escamas a un pez—. Así que créame si le aseguro que hay tantas posibilidades de reabrir ese caso como de que la estatua del Cid Campeador cobre vida y eche a cabalgar por Burgos.

—¿Y la razón? ¿Y la justicia? ¿Acaso es que no importan?

—En las comisarías y los tribunales no nos atenemos a conceptos filosóficos, señor Urbano, sino al Código Penal. Nos guste o no, lo que se dice en él va a misa.

—Así que no hay esperanza, al final vuelven a ganar los malos; o sea, los de casi siempre.

Abrió los brazos, se encogió de hombros y curvó la boca, como diciendo: «Qué razón tiene, cuánta impunidad hay en el mundo, la de maleantes que dan el golpe y se van de rositas, pero y yo qué le voy a hacer, si a los que nos tiene atados de pies y manos la magistratura es a los policías…». Luego se hundió de nuevo en sí mismo y su rostro volvió a petrificarse, como un remanso de agua que se deshiela al salir el sol y se congela de nuevo en cuanto cae la noche. Para tratarse de él, en cualquier caso, aquello había sido el colmo de la expresividad. Y el silencio que guardó después, una demostración de que, por su parte, no había nada más que añadir.

Me levanté, le di la mano y, como siempre y de todo corazón, las gracias: si en aquel momento me estaba decepcionando era porque yo estaba allí, y eso era posible sólo porque él había impedido que me mandasen al otro barrio.

«No ha servido de nada», me dije según avanzaba hacia la salida, sintiéndome abatido y sin fuerzas para rebelarme contra lo que parecía irremediable, «tanto esfuerzo, tanta implicación, el viaje a Cuba, las horas invertidas en buscar esa aguja en un pajar llamada Verónica Flores Chevalier, los golpes recibidos en el hotel de La Habana… Pero bueno, también hay que tener en cuenta el viaje, lo que me van a pagar y, sobre todo, a Mónica Grandes, lástima que no esté aquí para consolarme, igual mañana me subo a un avión rumbo a Egipto, para olvidarme de todo esto».

—Cierre la puerta —dijo el inspector, a mis espaldas—. Vuelva aquí y siéntese.

Obedecí, regresé a mi silla y esperé. Se acarició el mentón con aquel movimiento que le daba un aspecto a la vez pensativo, astuto y receloso. Daba la impresión de debatirse entre confiarme un secreto o guardárselo.

—Mire —continuó, sin dejar de analizarme con aquella mirada que te hacía sentir como si estuvieses bajo una lupa—, lo que le voy a revelar es información reservada. ¿Entiende que si sale de este despacho y se hace pública los dos tendríamos problemas?

—Seré una tumba —asentí—. Puede tener por seguro que es usted la última persona de este mundo a la que yo traicionaría.

—Si es así, no voy a andarme con preámbulos, se lo diré sin medias tintas. No le he dicho que ya no estoy en el mismo puesto que tenía cuando nos ocupamos de usted, en el pasado: ahora pertenezco a la UDEF. ¿Sabe de qué le hablo?

—La Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal —respondí—. ¿Quién no ha oído hablar de ella, en este país?

—Llevamos tiempo siguiendo los pasos de los Espriu i Quiroga, por evasión de impuestos y fuga de capitales. Vigilamos, especialmente, a Narcís González y estamos convencidos de que se dedica a lavar dinero con obras de arte, que es un sistema muy frecuente entre las bandas internacionales del crimen organizado. La colección de máscaras africanas y esculturas de la que me ha hablado podría ser uno de los métodos que sigan para llevar a cabo el fraude.

—Narcís… —dije, y las dos sílabas hicieron un ruido apagado, similar al de dos piedras al caer al agua de un pozo—. Me deja usted… noqueado. Y si saben eso, ¿por qué no los detienen y los procesan?

—No es tan fácil echarles el guante, porque trafican con algo difuso, hablamos de piezas que con frecuencia no están registradas en ninguna parte y no tienen documentación, de las que se ignora su procedencia y cuyo precio real tampoco está claro, así que cualquier peritaje al que se les someta como mucho puede ser aproximativo y siempre discutible… Hay un agujero legal en cuanto a la regulación de este mercado y las autoridades aduaneras carecen de formación. Y además se trata de objetos muy sencillos de pasar por las fronteras: un cuadro que valga diez millones de dólares se enrolla, se mete en un cilindro de cartón o de plástico junto con un par de reproducciones baratas y nadie repara en él. Una escultura procedente de un expolio arqueológico puede ir facturada en una maleta, en la bodega de un avión o en el portaequipajes de un tren, envuelta en una manta o dentro de una caja de zapatos. Y una joya de mil años de antigüedad puede atravesar los controles de un aeropuerto o una estación ferroviaria en la muñeca o el cuello de una pasajera.

—¿Y qué hay de los vendedores?

—Ésa es otra… Los marchantes de arte se supone que deben denunciar cualquier operación sospechosa al Sepblac, la Comisión de Prevención de Blanqueo de Capitales, pero en lugar de eso realizan muchas transacciones bajo cuerda, hacen facturas simuladas, o ni eso, falsean sus libros de cuentas y declaran cantidades ficticias, para que uno no tribute y el otro multiplique sus beneficios cuando dé salida a las obras. Y si los investigas, usan como escudo el derecho de sus clientes a preservar su identidad, porque, entre otras cosas, se supone que quien se deshace de algo de tanto valor, que por lo general es parte de la herencia de su familia, es porque se ha quedado sin fondos, o fue un coleccionista importante y ahora está en bancarrota.

—Así que son inmunes…

—Salvo que cometan algún error… Por ejemplo, a veces los pillamos cuando hacen una póliza de seguros para sus tesoros. O cuando se ponen nerviosos, tal y como usted supone que ocurrió al recibir ese mensaje suyo en el que los amenazaba con tirar de la manta y escribir un artículo acerca de su trasiego de antigüedades, y dan un paso en falso.

—¿Y las casas de subastas? ¿También forman parte del mercado negro?

—Más de lo mismo: están obligadas a enviar sus catálogos a Patrimonio Nacional, donde hay inspectores de Hacienda y agentes de la Guardia Civil que controlan hasta donde es posible cada pieza y los antecedentes de sus propietarios; pero los defraudadores son listos y mantenerse en segundo plano es pan comido para ellos, no tienen más que buscarse un cómplice y meterle en el bolsillo un fajo de billetes lo suficientemente grueso como para que puje en su lugar, a cambio de una comisión y ofreciendo en la sala una cifra desproporcionada que en realidad no van a pagar, dado que han llegado bajo cuerda a un compromiso previo con la galería, por una cantidad menor, pero que sí utilizarán como punto de partida a la hora de revenderlo. ¿Me sigue?

—Perfectamente: fingen que les costó el triple de lo que desembolsaron y luego se lo colocan a otro por el doble de esa suma.

Asintió, complacido: como a todas las personas acostumbradas a dar órdenes, le gustaba que le entendiesen a la primera.

—Creo que si han ido a por usted no es porque les amenazara con levantar la liebre acerca de su colección de arte africano, sino porque al colocar el foco sobre ella podría descubrirse el pastel, hacer que alguien sumara dos y dos y viese claro que lo utilizan como tapadera para llevar a cabo una estafa tributaria de millones de euros, porque eso ya son palabras mayores, un delito que los pondría a los pies de los caballos y a las puertas de la cárcel.

—Y claro, a las autoridades les viene muy bien darles un escarmiento fiscal, que sirva de aviso a navegantes… En cualquier caso, ¿por qué me está contando esto?

—Podría tener varios motivos —dijo tanteando el terreno—. Uno, hacer que sea consciente de con quién se la está jugando, porque mi obligación es ponerle sobre aviso y en última instancia protegerle. Otro, que si llegara a darse el caso de que los imputaran, usted y la profesora Mónica Grandes, que además tiene la virtud de ser una voz autorizada en ese tema, dada su condición de arqueóloga, podrían testificar que vieron en El Repòs las máscaras, esculturas y demás, porque ellos las van a esconder y negarán su existencia. Finalmente, si sienten que usted está a la vez protegido por nosotros y dispuesto a buscarles problemas, es fácil que no aguanten la presión y, como mínimo, tengan que negociar con el fiscal y con el ministerio, salden su deuda y asuman la multa que les pongan.

Así que todo se iba a reducir a eso: un cheque, un número de siete guarismos, una firma y sanseacabó, como habría dicho mi madre, «aquí paz y después gloria».

—Vaya —exclamé, dejando esos pensamientos de lado—, no me diga que al final regresaremos al punto de partida y volveré a ser un testigo protegido.

—No como la otra vez, desde luego, porque las circunstancias son diferentes y tenga la seguridad de que, aunque lo solicitáramos, resultaría muy difícil, por no decir imposible, que un juez autorizase que se le pusiera escolta.

—Me hago cargo. Pero, aun así, correré el riesgo.

Dejó escapar una mezcla de suspiro y bufido, pasó las palmas de las manos por la mesa igual que si buscase alguna imperfección en la superficie y se me quedó mirando: su cara era un cuadrilátero redondo en el que peleaban la censura y la simpatía. Intentó amañar el combate y formar una expresión admonitoria, pero sus rasgos no colaboraron.

—Puedo asignar a uno o dos agentes de mi brigada para que le tengan bajo vigilancia. Eso lo puedo justificar sin mayores problemas, si llega el caso.

—¿En serio? ¿Y me seguirían hasta Tanzania? Porque es allí donde pienso marcharme. Nunca dejo a medias un trabajo.

—Ya no tiene para quién hacerlo. Se ha quedado sin cliente. Nadie le pagará las facturas. Nadie le dará las gracias.

—Puede ser. Sin embargo, eso no va a detenerme. Con lo que me adelantaron en su día al menos cubriré gastos. No es mucho, pero para mí lo es todo. No ganaré nada, pero tampoco perderé la dignidad. ¿Me deja que le diga algo? Estoy completamente seguro de que usted haría lo mismo.

Llamaron a la puerta. Entró un policía de uniforme, me miró de arriba abajo, con cara de desconfianza, dio unos golpes en la funda de su pistola, igual que si tratase de calmar a un animal salvaje que estuviera poniéndose nervioso y a punto de saltar sobre mí, y dejó un papel, lleno de sellos rojos y azules, sobre la mesa de su superior.

Aquel documento certificaba la puesta en libertad, en cuanto los médicos que lo atendían lo considerasen oportuno, de Edgardo Valdés Carballo. Me dio un vuelco el corazón. Ahí estaba la prueba que necesitaba, porque sus apellidos lo decían todo, por supuesto. El primero era el mismo del poeta mártir Gabriel de la Concepción. El segundo era de origen gallego, aparte de que lo definía a la perfección: traducida al castellano, significa roble. Uno era el que se les daba a los recién nacidos que eran abandonados en la puerta del hospicio de La Habana. El otro es muy frecuente en Cuba, por donde se extendió con la llegada de los esclavos de la Compañía Patriótico-Mercantil de Urbano Feijóo de Sotomayor. Pero lo más importante era que aquellas tres iniciales explicaban el apunte que había visto escrito al dorso de uno de los papeles de José González que me había dejado consultar Lluís Espriu, hecho en una letra que no era la del difunto y en el que se especificaba el ingreso que proporcionó la venta del piso del paseo de Gracia y los costes del entierro, el ataúd, las coronas de flores y aquel gasto que en su momento no pude entender porque se justificaba con un misterioso «pago evc»… Ahora ya sabía quién estaba oculto bajo esas tres letras: su «otra sombra», Edgardo Valdés Carballo. Las quinientas mil pesetas que constaban en ese documento eran la gratificación que le habían dado por asesinar al comandante.

Le conté todo eso al inspector Sansegundo, que me hizo un par de preguntas y tomó algunas notas, sin añadir ningún comentario. Le pasaría la información a los comisarios que se encargaban de ese asunto. Él estaba centrado en el caso del blanqueo de capitales de Narcís Espriu. Nos despedimos tras comunicarle que mientras preparaba mi viaje a Dar es-Salaam aceptaba de mil amores esos dos agentes que había ofrecido poner a mi disposición. Nos estrechamos la mano y salí de aquel despacho con una sonrisa de triunfo en la boca, mientras recordaba unos versos de la extraordinaria Rosalía de Castro, la escritora de cabecera de la temperamental Olalla Quiroga, que fue a conocer a su retiro en las Torres de Lestrove, en Padrón, y a cuya misa anual en la iglesia de San Domingos de Bonaval nunca faltaban Guifré Espriu y Aloia Quiroga: «Galicia está probe, / i á Habana me vou… / ¡Adiós, adiós prendas / do meu corazón!».

Mientras salía de la jefatura, marqué el número de Lluís Espriu. Esta vez no hubo demoras, ni buzones de voz, ni timbres que silbasen como balas perdidas: respondió de inmediato, igual que si estuviera aguardando mi llamada. Parecía sobrio y lo encontré mortalmente serio: no parecía haber en él, en aquella ocasión, ni rastro de su ironía pirotécnica o de su humor engolado. Le expliqué por encima lo que acababa de descubrir. Me escuchó sin interrupciones y ni siquiera dejó caer ninguna de sus frases chapadas a la antigua, del tipo de las que le gustaba leer en sus novelas de piratas y en sus biografías de exploradores por África; pero lo que no dijo resultaba muy revelador, y tuve la certeza de que en realidad lo que le estaba contando era un secreto que ya conocía y que, en todo caso, hubiera preferido no saber.

—No sigas —me interrumpió a mitad de una frase—. Me parece que esto es demasiado grave para hablarlo por teléfono. Nos vemos en media hora, en nuestro bar.

Confieso que entonces no lo pude entender: ¿era posible que, después de tanto buscarlo, aquel hombre lamentara descubrir lo que había pasado, cuáles fueron los motivos de que todo sucediera del modo en que ocurrió y quiénes habían dado las órdenes precisas para que el drama tuviese lugar? ¿Ya no tenía interés en conocer la auténtica historia de su familia? En aquel momento, me pareció inexplicable; pero tengo que confesar que si me lo preguntasen otra vez ahora, después de todo lo que nos ha sucedido al uno y al otro, creo que mi opinión sería muy distinta. Es lo que ocurre cuando te das cuenta de que a veces, y por raro que parezca, descubrir la verdad te hace echar de menos lo que no sabías.