Los treinta apellidos

Benjamín Prado · Capítulo 14 de 31

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Los treinta apellidos

Capítulo catorce

 

A principios del siglo XIX, los puertos de La Coruña y Barcelona registraban una gran actividad. El transporte de mercancías a América dejaba beneficios notables desde que el comercio se había liberalizado y ya no era obligatorio, tal y como había ocurrido en otras épocas, zarpar hacia el nuevo continente como miembro de una flota que surcase el mar bajo la protección de los galeones reales y volver a Cádiz para darle a la Corona una parte del botín que atesoraban los barcos cargados de esmeraldas de Nueva Granada, cacao de Venezuela, oro del Perú, azúcar de Cuba, plata de México o perlas de la isla Margarita. El control ya se había relajado ostensiblemente en los tiempos de la Regencia y la desamortización de Mendizábal, y había ido a menos con el paso de los años, pero los peligros no mermaban, porque ahí seguían los bucaneros franceses de La Española; los corsarios de Inglaterra, que eran vistos como héroes en su país y además repartían el producto de sus saqueos con la Corona; o los piratas llegados de Holanda a través del mar de las Antillas, que tenían su cuartel general en la isla de las Tortugas, al norte de Haití, y desde allí lanzaban sus ataques sin dar tregua. Entre eso, el contrabando y los tratos ocultos que nuestros propios comerciantes hacían con sus supuestos enemigos, por lo general en el estuario del Río de la Plata y con el fin de saltarse impuestos, tasas y aranceles, gran parte de las riquezas que podrían haber alimentado la Hacienda pública se quedaba por el camino.

Sin embargo, la mina de oro estaba en otras dos actividades: el tráfico de armas cuando había guerra y el de personas cuando se firmaba la paz. El segundo, la trata de esclavos, propició algunas de las grandes fortunas del país. Cádiz, Barcelona, La Coruña y Santander fueron lugares donde proliferó ese comercio ignominioso pero rentable, cuyos enormes beneficios se invertían en la industria naviera, la construcción de ferrocarriles e infraestructuras, la banca y las compañías de seguros. Sólo entre 1816 y 1820 partieron más de cien expediciones de La Coruña, por ejemplo, que llevaron a Cuba y Estados Unidos alrededor de siete mil esclavos que antes habían adquirido o dado caza en las costas de África, generalmente por la zona de Benín, en la desembocadura del Níger, Guinea Ecuatorial y el resto del golfo de Biafra. Algunos bergantines y fragatas célebres en ese sentido fueron La Mariña de Hércules, el Ysiar, el Pura y Limpia Concepción y Nuestra Señora del Rosario, que era propiedad de los antepasados de la familia Quiroga.

Por aquella época y hasta bien entrado el siglo XIX, se observaba cierta ambigüedad moral en lo referido al contrabando y a la piratería, lo primero porque algunos compaginaban el papel de bandido con el de soldado, puesto que un día tomaban al abordaje un buque y al siguiente ganaban una batalla de la guerra sin fin que España libraba contra Inglaterra y Francia; lo segundo, porque en tiempos de carencia la única forma de sobrevivir era moverse al margen de la ley. Se podía ser armador y filibustero, como el célebre Juan Gago de Mendoza, y que mientras en Londres se ponía precio a su cabeza, en Madrid el rey Carlos IV le otorgara patente de corso, le encomendase la defensa de la ría de Pontevedra, el sur de Galicia y el norte de Portugal y, finalmente, le concediera una medalla al valor y un grado militar, tras haber derrotado a la Armada inglesa en Ferrol y ser parte del ejército que venció a las tropas napoleónicas en la batalla de Ponte Sampaio y en la liberación de la ciudad de Vigo. O se podía ser un tratante feroz, como el gaditano Manuel Pastor Fuentes, y que Isabel II le nombrara senador vitalicio y le diera el título de conde de Bagaes, a cambio de la cuota que le pagaba por cada mujer u hombre que entregaba a los terratenientes de sus colonias. La corte de la reina, de hecho, estaba absolutamente tomada por indianos como él, que habían sido responsables de que el Estado ganara mucho dinero, y todos y cada uno de ellos recibieron esas mismas prebendas: en los pasillos de la futura Cámara Alta o Senado, entonces llamada significativamente Estamento de Próceres y recién inaugurada por la regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, se movían como peces en el agua y enjoyados con sus sortijas de oro del Nuevo Mundo los condes de O’Reilly y Buenavista, de Casa Bayona, de San Antonio, de Torre-Díaz y de Villanueva; los marqueses de Cáceres, de Manzanedo, de Guáimaro… La lista sería inacabable y deja ver a las claras que la esposa y la hija de Fernando VII fueron las amas de llaves de aquel mercado clandestino.

A vender negros en La Habana y Texas, donde eran obligados a trabajar en la recogida de caña de azúcar y en las plantaciones de algodón, se dedicaban antiguos exportadores de vinos, pieles curtidas, salazones y aguardientes, muchos procedentes de Cataluña, a finales del siglo XVIII, entre otras cosas para transportar fusiles, pólvora y municiones a la Norteamérica de la guerra de Independencia. Cien años más tarde, a sus sucesores les vino la suerte de cara, porque la abolición de la esclavitud en Gran Bretaña les dejó supuestamente el campo libre. En la práctica, no sucedía así del todo, y es evidente que fueron muchos los países que llevaron a cabo la atrocidad de conducir por la fuerza a dieciocho millones de personas a lo que ellos llamaban las Indias Occidentales, pero incluso así las fortunas que reunían con la parte que les tocaba eran de tal envergadura que hubo un malagueño llamado Pedro Blanco Fernández de Trava que, tras hacer en innumerables ocasiones la ruta de Guinea Ecuatorial al Caribe, llegó a construir su propio almacén de esclavos en un islote del estuario del río Gallinas, en Sierra Leona, al que llamó Lomboko, dado que ni tenía nombre ni constaba en los mapas, una cualidad que lo convertía en un escondite inmejorable. Allí encerraba en jaulas a los rehenes que sus secuaces hacían cautivos en un territorio que según se agotaba el filón del golfo de Biafra se fue extendiendo de Senegal a Liberia, Ghana y Camerún, y esperaba a que apareciese en el horizonte su infame clientela. Al envejecer, se instaló en Barcelona y más tarde fue a morir a Génova.

Sin llegar a esos extremos, las ganancias netas que obtenían muchos con aquel comercio inhumano, al comprar nativos a los reyes tribales por quince o veinte dólares y después vendérselos a los latifundistas por trescientos cincuenta y hasta cuatrocientos, iban a dar de sobra para tener satisfechas a las tripulaciones y, sobre todo, para que sus jefes se convirtieran en hombres poderosos que en un tiempo muy breve formaron una nueva oligarquía con humos de alta sociedad, vocación de pervivencia y un innegable carácter endogámico, en la que las bodas entre sus herederos eran el pan nuestro de cada día y gracias a ellas los patrimonios se multiplicaban por dos en el altar.

El enlace de Montserrat Maristany Figueres y Jacint Espriu i Roselló en la basílica de Santa María del Mar fue de ese tipo. Y los orígenes de su fortuna también. La familia del novio se había dedicado de forma esporádica a la trata de negros en las Antillas, como tantas otras a las que un poco más adelante se conoció por ser propietarias o accionistas de algunas de las empresas e instituciones financieras más señaladas de la región: gente que a un lado del océano poseía cafetales y al otro fundaba bancos. En su caso, empezaron por la industria textil y los astilleros de El Masnou, y de ahí pasaron a tener diversas participaciones en empresas metalúrgicas como Bonaplata, Vilaregut, Rull y Compañía, en el Raval; dedicadas al transporte de viajeros como La Maquinista Terrestre y Marítima, o a la producción de panas y terciopelos como la fábrica del Vapor Vell, en Sants. A continuación, empezaron a jugar en la Bolsa como corredores de cambio en el Casino Mercantil de la Ciudad Condal y, desde 1848, a implicarse en la construcción del ferrocarril, asociados con el antiguo habanero cuya firma, Biada y Cía., construyó nada más regresar a España la línea Barcelona-Mataró. Después vendría su participación en entidades como la Sociedad Catalana General de Crédito y la Caja Barcelonesa, en cuyos consejos de administración coincidirían, dos décadas más tarde, con la familia Quiroga.

En cuanto a los Maristany, el padre de la novia había sido aquel capitán de la corbeta Rosa y Carmen, construida también en las atarazanas de El Masnou, que un día del año 1862 dobló el escollo de Punta Rosalía, en el tercer vértice del triángulo de la Polinesia, se aproximó a la isla de Pascua, dio la orden de echar el ancla frente a las playas de Vaihu y Anakena, sus hombres mataron al pie del volcán Rano Kau a ciento cincuenta de los indígenas y capturaron a otros mil cuatrocientos. Su idea era venderlos por todo el continente, allá donde se necesitase mano de obra esclava para trabajar en las plantaciones de algodón o tabaco, en las minas de cobre o en la recogida del salitre en Tarapacá y el guano en las islas Chincha. El plan fracasó de forma dramática, como sabemos, porque una gran parte de los cautivos murieron durante la travesía, hacinados en las bodegas de la nave, y con ellos su cultura, que quedó aniquilada.

Fue uno de los últimos viajes de aquel traficante de seres humanos, al que pisaba los talones la flota abolicionista del Reino Unido, que incluso había mandado a espías tierra adentro para vigilar de día y de noche su casa de La Habana y conseguir apresarlo en cuanto cometiera el más mínimo descuido. Parecía que su futuro estaba en una mazmorra de cualquier castillo de Londres, pero no fue así, porque gracias al amparo de la Armada española pudo romper el cerco, dejar atrás su vida y sus posesiones en Cuba y regresar a España y a su pueblo junto al Mediterráneo, donde se hizo construir una esplendorosa mansión colonial en la que envejecer sin sobresaltos y a la que llamaría, muy significativamente, El Repòs.

Por su parte, Nuestra Señora del Rosario, la embarcación de los Quiroga, que también surcaba aquellos mares en esa época, iba a obtener su mercancía terrible por la misma zona, en la isla de Fernando Poo y sus alrededores, y en su caso la llevaba, preferentemente, a Santiago de Cuba. Además, en el viaje de regreso se hacía con otros productos de Cabo Verde, Gambia y Sierra Leona, por lo general plata, especias y maderas preciosas que sus dueños colocaban en los mercados de Cádiz y La Coruña. Con todo ello habían prosperado hasta situarse entre las familias más acaudaladas de Galicia. Pero los peligros eran cada vez mayores y, como acostumbraba a decir el patriarca de aquella estirpe de marineros, ya había llovido y escampado desde que se podía ir sin ningún temor desde la desembocadura del río Volta a La Habana y Mozambique; así que decidieron buscar otros caminos y los encontraron en el negocio de los trenes. Eso hizo que según aumentaban el tendido y las vías sumaban kilómetros por toda España se diversificasen sus inversiones. Nada más poner el pie en el mundo de la banca y de los ferrocarriles, los Espriu se cruzaron en su camino. Y el matrimonio entre Olalla y Biel selló su alianza años más tarde.

Hay dos teorías sobre el origen de la frase «la unión hace la fuerza», una se la atribuye al escritor Sulkhan-Saba, un príncipe y monje de Tandzia, Georgia, y otra al Kan Kubrat, un caudillo búlgaro; aunque las dos cuentan la misma historia y, sobre todo, ofrecen la misma moraleja: un rey agonizante mandó llamar a sus doce hijos a su lecho de muerte y les pidió que quebrasen una flecha cada uno. Eran guerreros fuertes, temibles en el campo de batalla, y lo hicieron sin gran esfuerzo. Después les dijo que cualquiera de ellos tratase de partirlas en dos todas juntas, y eso ya no pudo conseguirlo ninguno. «Recordadlo», les dijo, con su último aliento, «la fuerza reside en la unión. Si permanecéis juntos, el enemigo no os podrá hacer ningún mal; si os dividís, la victoria caerá de su lado». De algún modo, los jóvenes herederos de los Espriu y los Quiroga parecían una versión contemporánea de los príncipes de esa leyenda.

 

—Así que ¿ésa es la fuente de su dinero? ¿Eran traficantes de esclavos y contrabandistas? Resulta asombroso —dijo Mónica Grandes—. Parece sacado de una novela.

—No tanto —respondí tomando carrerilla para hacer una demostración de mis habilidades—. Hasta muy entrado el siglo dieciséis, en España se vio como algo normal tener forzados a tu servicio, hasta el punto de que los periódicos estaban llenos de anuncios de compraventa de negros. Poseer uno se consideraba elegante. En casa de Zenobia Camprubí, la mujer de Juan Ramón Jiménez, que estaba no muy lejos de El Repòs de los Maristany, en Malgrat de Mar, había una criada que les había regalado un tío abuelo de Puerto Rico. La duquesa de Alba adoptó a una niña cubana que le regaló un amigo y a quien dibujó en un par de ocasiones Goya. Y no te digo ya en el Siglo de Oro. En Sevilla, que a los cronistas les gustaba describir como «un tablero de ajedrez», por la mezcla de negros y blancos de sus calles, los primeros eran subastados en los muelles, a plena luz del día, por un precio que oscilaba entre los veinte y los noventa ducados, y tras un periodo de adaptación llegaban a integrarse, a su manera, en la vida de la ciudad, se reunían en su tiempo libre en el barrio de Santa María la Blanca, algo de lo que habla un entremés atribuido a Cervantes, Los mirones, y hasta formaron sus cofradías de Semana Santa, como la Hermandad de los Negros de Triana, la de los Mulatos de San Ildefonso y la de Nuestra Señora de los Ángeles, que aún existe. Dos de ellos trabajaban en la casa de Velázquez, el famoso Juan de Pareja, cuyo retrato está en el Metropolitan de Nueva York y una joven mulata a la que inmortalizó en su lienzo La cena de Emaús, que se expone en la Galería Nacional de Dublín; su colega Murillo tuvo toda su vida a su servicio a una mujer capturada en Guinea que el padre de su esposa le había comprado para que fuese parte de su dote, y también a su hijo, el mulato Sebastián Gómez, al que enseñó su arte y que se cree que con el tiempo le ayudó a terminar algunos cuadros. Hans Christian Andersen escribió un cuento titulado El pintor desconocido, en el que imagina que por las noches el discípulo retocaba y mejoraba las vírgenes y los ángeles del maestro. Hasta en la familia de Santa Teresa de Jesús había un esclavo.

—Qué fuerte…

—Y eso en la realidad, porque en la ficción están por todos sitios, los encuentras en El coloquio de los perros, éste sí indudablemente escrito por Cervantes; en varios dramas de Lope de Vega, como La victoria de la honra y Amar, servir y esperar, y en tres o cuatro poemas de Quevedo. El Lazarillo de Tormes tiene un hermano de color después de que su madre se amancebe con un esclavo llamado Zaide… Un suma y sigue… Conozco bien esa lista, porque confeccionarla es uno de los trabajos que solía mandarles hacer a mis alumnos del instituto.

—La verdad es que me parece un tema alucinante. Mercaderes que asolan la isla de Pascua, bucaneros, corsarios, islas que no conocen los cartógrafos… Supongo que eso explica la afición de Lluís por los libros de piratas.

—No sabría decirte: él no me ha contado nada de todo esto. Ni una palabra. Lo descubrí solo.

—Tal vez quería que los árboles no te dejaran ver el bosque. Pero tú eres más astuto.

—No es difícil adivinar lo que te oculta la gente, sólo tienes que fijarte en dónde no quiere que mires.

—Mi Sherlock Holmes particular —dijo apoyando la cabeza en mi hombro: debíamos de parecer san Juan y Jesucristo en la última cena—. Quiero preguntarte algo.

—Lo que quieras.

—Es algo muy sencillo: ¿de verdad tienes algún interés en encontrar a la familia abandonada de los Espriu i Quiroga y escribir su historia?

—Bueno, lo que tengo es una empresa que se dedica a eso. Y cuando te dan lo que has pedido, ya no tienes dónde elegir. La otra opción era quedarme en casa y contar en cien páginas la luna de miel de dos empleados de unos grandes almacenes de Santander en el Brasil de la dictadura del mariscal Castelo Branco, y cosas así.

—A lo mejor lo único que quieres es no estar en otra parte.

—La quietud atrae los malos recuerdos. Eso es verdad. Pero ahora nos estamos moviendo y te voy a advertir algo, bella arqueóloga: puede que esto no vaya a ser como encontrar el sepulcro de Cleopatra, el de Gengis Kan o el de Alejandro Magno, y aun así, tampoco vamos a aburrirnos.

—Si lo hacemos, después de cometer la locura de haberte seguido, el que acabará tres metros bajo tierra serás tú.

—¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué me has dicho que sí?

—No lo he hecho. Estoy aquí contigo, pero no se trata de mí —respondió, con una sonrisa burlona.

—Me quedo con la primera parte: estás aquí; con eso basta y sobra.

—Lo estuve antes y no te parecí suficiente.

—Más bien, no nos lo parecimos ninguno de los dos.

—¿Y por qué ahora va a ser distinto?

—Quizá por la situación, o tal vez es que hay cosas que sólo se pueden ver si no se tienen delante.

Puso su mano sobre la mía y me miró con ojos de gata a punto de ronronear. La besé. ¿En qué árbol frutal habría crecido su boca?

—Creí que pensabas que el nuestro era un amor imposible…

—Un amor imposible es lo que sienten el uno por el otro dos cobardes.

—Tú lo eres… Al menos, lo fuiste.

—Ya hace tiempo de eso. Entonces no sabía lo que quería.

—Ya, pero es que por lo general, cuando alguien te dice que no sabe lo que quiere, lo que quiere decir es que a ti no.

—Las cosas han cambiado y tú me has cambiado a mí. Tanto que, si seguimos así, cualquier día te compro un anillo…

Aguzó la vista, como quien trata de descifrar la letra pequeña de un contrato. Luego, me sonrió.

—Prueba, a ver qué pasa —dijo, a la defensiva.

—Creo que lo haré, tengo mucho que ganar.

—Ya sabes lo que le dijo a Agatha Christie su marido: «Cásate con un arqueólogo y cuanto más vieja te hagas, más encantadora te encontrará». Me imagino que no sabes quién era él —dijo, y yo entendí que cambiaba de tema para zafarse de mis insinuaciones matrimoniales—. Se llamaba Max Mallowan y participó en excavaciones importantes en Siria e Irak. Se conocieron en las ruinas de la antigua ciudad de Ur y se enamoraron en el viaje de regreso a Inglaterra, naturalmente a bordo del Orient Express. Ella volcó algunas de las experiencias que tuvieron juntos en los yacimientos de Chagar Bazar y Tell Brak en Asesinato en Mesopotamia, en Muerte en el Nilo y en un pequeño ensayo que no ha leído casi nadie y que es una joya: se titula Ven y dime cómo vives. Si te portas bien, es posible que te preste mi ejemplar.

No me sentó bien que tirase balones fuera de aquel modo; pero, por suerte, no tuve que decir nada, porque en ese mismo instante el piloto del Airbus A330 de Iberia en el que viajábamos anunció que en unos minutos el avión iniciaría su descenso para aterrizar en la ciudad de La Habana.

«Por mucha imaginación que tuvieran», habría dicho otro narrador que no fuese yo, «ninguno de los dos podía figurarse lo que les esperaba allí. Y mucho menos aún sospechar que no eran los únicos que se dirigían a Cuba para buscarlo».