Los treinta apellidos
Capítulo ocho
—Llámelo usted como quiera y dará igual, eso no cambiará nada. Las palabras se las lleva el viento, sobre todo las que carecen de sustancia. La idea de mi sobrino es absurda, su proyecto no tiene ni pies ni cabeza, está fuera de lugar… No hay ninguna base en lo que él sostiene y, aunque la hubiera, eso tampoco iba a cambiar nada, porque a fin de cuentas la sangre no es más que un líquido y el hecho de que alguien a quien ni siquiera conoces lleve la tuya no lo convierte en modo alguno en tu familia —dijo Guadalupe Espriu.
Trataba de dejar claro que para ella las circunstancias mandan y uno obedece, así que no se iba a poner ninguna medalla por haber cuidado a su sobrino Lluís: simplemente, cumplía con su obligación. Que él no fuera hijo suyo, como Narcís, no quitaba para que ella lo tratase como una madre, a todos los efectos. Y a la vez, quería explicar, de forma contradictoria, que tratar de establecer la más mínima relación entre ellos y la supuesta descendencia que Joan Maristany hubiese dejado en La Habana siglo y medio antes era absurdo.
Era una mujer pequeña y fibrosa, uno de esos seres enjutos a quienes se les pueden contar a simple vista los huesos de la cara y de las manos, y que transmiten una sensación al mismo tiempo de fragilidad y de dureza. Debía de ser un puro nervio, como hubiese dicho mi madre, una de esas personas que ni cuando se paran están quietas, nunca dejan de moverse y jamás encuentran la postura. Sus modales se le parecían, era educada e inflexible y uno percibía de inmediato que su amabilidad no admitía réplica y que su comportamiento protocolario era una forma de marcar distancias. Sus gestos eran fugaces, parecían inacabados, como si fuesen un esquema o el borrador de un proyecto que al final nunca pasaba a limpio. La imaginé autoritaria, batalladora, tan poco autoindulgente como severa con el resto del mundo. Se trataba de alguien para quien no existían ni el término medio ni el conformismo, que creía que lo contrario del orden absoluto sólo puede ser el caos y que la base del éxito es la insatisfacción. Su modelo de comportamiento era ser regular, coherente, sistemática hasta conseguir que cada día pareciese una parodia del anterior. Actuaba quitándose importancia mientras hablaba de forma tajante, con una extraña mezcla de orgullo y resignación, aparentaba ser dueña de sus actos y a la vez estar fuera de lugar.
Hablaba de los suyos con reverencia y de ella con desinterés, queriendo dar la impresión de que se consideraba uno de esos seres que están de paso por su propia vida y van de acompañantes en la de otros. La creí, en parte. A la luz de lo que sabía de ella, decidí que nunca había conocido el verdadero amor, puede que ni siquiera el falso, y que eso la había consumido sin remedio: lo que nunca te ha herido no tiene cura.
Iba vestida de negro y sospeché que eso era algo invariable y venía de lejos. Me pregunté si también estaba de luto, desde cuándo y por quién. Los zapatos que calzaba eran planos, lisos, sin gracia. Lucía en el dedo anular de la mano derecha su alianza matrimonial y en el de la izquierda una sortija art déco de platino y diamantes, pero no le vi ninguna otra joya, ni siquiera la cruz de oro al cuello que se podría esperar de alguien de su condición. Llevaba el pelo cuidadosamente peinado en una trenza de espiga y teñido de un tono castaño suave, lo cual era su única concesión a la coquetería, si es que se trataba de eso.
—Así que me parece que es hora de limpiar nuestra conciencia, ir en busca de nuestros parientes de Cuba, explicarles quiénes son y de dónde provienen, eso en el caso, en mi opinión muy improbable, de que no lo sepan o lo intuyan, y dar con una fórmula que permita compensarlos por todo lo que no han tenido —dijo Lluís, mientras se servía una tercera copa de vino de Burdeos, un tal La Croix-Davids que me dejó claro que me consideraban una visita de segunda categoría: a alguien importante le habrían servido como mínimo un Petrus, y a cualquiera de los socios de sus empresas, nada inferior a un Lafite Rothschild.
—Tú no necesitas un detective privado ni a mí, sino un doctor: es evidente que has perdido por completo el juicio —trató de cortarle su hermano Narcís.
—Y tú deberías recuperar cuanto antes el sentido de la justicia —le respondió Lluís, sin alterarse lo más mínimo—, y darte cuenta de que la honestidad se demuestra igual aquí que en Varsovia: si descubres en una red de túneles secretos un tren de los nazis con dos toneladas de oro y obras de arte, como ocurrió en la ciudad polaca de Wroclaw, tu obligación es encontrar a los descendientes de los judíos a quienes se lo robaron y entregárselo; y si alguien de tu familia está perdido en Cuba, lo buscas y le ayudas.
—Desvarías. Qué tendrá que ver una cosa con la otra. ¿Es que nos vas a comparar con el Tercer Reich? Y, además, tú no tienes más familia que la que estás viendo en esta habitación.
No había mucho que decir de su hermano Narcís, aparte de que no lo era, algo por lo visto muy normal en aquella dinastía de parentescos inventados: en realidad, eran primos, según me fue revelado nada más comenzar el almuerzo, y él era hijo de Guadalupe, en este caso de verdad, porque resulta que ella tampoco fue nunca la tía soltera que yo había supuesto, sino que era viuda. Su marido se llamó José González y había sido un militar nacido en Larache, Marruecos, donde estaba destinado su padre, un teniente de infantería de Jerez de la Frontera que formaba parte de las tropas españolas del Protectorado y que se movió con su regimiento entre el Yebala y el Rif, saltando de Nador a Tetuán, de Ceuta a Melilla y de Xaouen a Alhucemas, hasta que al comienzo de la Guerra Civil lo mandaron a Barcelona, donde murió por fuego amigo, a principios del año 1939, en un bombardeo de los temidos Savoia-Marchetti SM.62 italianos sobre Arenys de Mar, muy cerca de El Masnou. Aunque otros decían que fue ametrallado por un hidroavión Cant Z.506B que, tras el ataque, daba una última batida sobre el puerto. Su hijo, tras pasar por algunos hospicios del Auxilio Social, fue rescatado por su madre, cuando ella pudo regresar a España desde Marruecos —donde había vuelto para cerrar su casa y organizar el traslado—, y se quedó a vivir en la zona para seguir los pasos de su padre en el ejército. Así conocería a su futura esposa. Se casaron en 1966. Falleció cuatro años después, al disparársele de manera fortuita su arma de reglamento, mientras la limpiaba.
Me apiadé de ella y me avergoncé de mí, al comprender que más que ser seca lo estaba, se había marchitado a golpe de infortunio y lo que yo había hecho era tomar su tristeza por rigidez y su desolación por antipatía, igual que Livingstone confundió el río Congo con el Nilo. La vida había sido muy cruel con ella, se le había muerto todo el mundo antes de tiempo y desde entonces, como demostraban sus eternas ropas de duelo, sus rasgos atormentados y su mirada sin brillo, le había echado el cierre a su existencia: el resto de su historia sólo era algo que pasaba después del punto final. Hubiese sido más fácil que se pusieran a latir todos los corazones grabados a punta de cuchillo en los árboles de la Tierra, antes de que volviese a hacerlo el suyo.
—Los Espriu y los Quiroga hemos trabajado mucho, señor Urbano —dijo, envarada en su asiento—. Hemos hecho fortuna, pero le aseguro que nos merecemos cada una de las monedas que van a parar a nuestras cuentas bancarias. Mi hermano Guifré, que en paz descanse, decía que la mejor forma de contribuir al bien común…
—… es ganar dinero de modo que los que te lo dan también salgan ganando… — completó la frase Lluís, imitando la forma de hablar de un niño que repite de mala gana un sermón. Me fijé en la mirada entre tierna y reprobatoria de su mamadre, como llamaba Pablo Neruda a la mujer que lo crio, que era la segunda esposa de su padre, «… lámpara encendida… para que todos viesen el camino… mientras la noche entera aullaba con sus pumas…».
—En eso, estábamos hechos de la misma madera y destinados los unos a los otros —dijo Guadalupe Espriu, haciéndome regresar del poema.
—Sí, y dicen que no hay peor astilla que la del mismo palo —volvió a la carga Lluís—. Com més parents, més dolents.
—Cuando tanto ellos como nosotros nos dedicábamos más que ahora a los ferrocarriles —continuó, ignorándolo por completo— hicimos puentes que juntaban España y Portugal y vías que conectaban todo el Maresme y que sacaron de una vez por todas a Galicia de su aislamiento. Cuando nos centramos en la exportación de ganado vacuno a Inglaterra, Francia y otros países de Europa, muchas familias que nos suministraban los animales vieron crecer sus granjas y sus rentas. Cuando invertimos en el transporte de pasajeros, miles de personas lograron alcanzar el destino que ambicionaban a bordo de uno de nuestros barcos. Cuando nos involucramos en la creación del Banco de Cataluña, los ciudadanos vieron abiertas líneas de crédito que no hubiesen podido imaginar que obtendrían de las entidades financieras de Madrid. Ahora, entre otras muchas actividades, contribuimos al desarrollo de cultivos transgénicos y de biocarburantes en Tanzania o Brasil, y eso librará a millones de seres humanos de la desnutrición. Es un inventario muy sucinto, pero se dará usted cuenta del peso que cargamos sobre nuestros hombros y de la cantidad de gente que nos necesita. Demasiada como para ponerla en apuros con ocurrencias, insensateces o salidas de tono.
—Salud y muchas gracias; yo también respeto tus ideas y trato de ponerme en tu lugar —dijo Lluís, alzando su copa. La voz empezaba a resquebrajársele a causa de las embestidas del vino.
—Con que te mantengas en tu sitio será más que suficiente —masculló Narcís, como si en vez de pronunciar las palabras las royera.
—Y ese sitio ¿cuál es: detrás de ti? Por cierto, lo que venía de Madrid hasta aquí —dijo su primo retándolo con la mirada— no eran agravios sino prebendas, como la adjudicación a vuestro Banco de Cataluña de CAMPSA, que por si alguien lo ignora son las siglas de la Compañía Arrendataria del Monopolio del Petróleo.
—Recapacita y verás que tu hermano tiene razón. Tu plan, por llamar de alguna forma a ese capricho, es un dislate. Supongo que el señor Urbano estará de acuerdo —dijo Guadalupe Espriu, volviéndose hacia mí. Tuve la certeza de que no estarlo me convertiría en un embaucador, un secuaz, un aprovechado, un cazafortunas…
—Te equivocas: Juan aceptará mi propuesta porque va a ser generosa, porque es un aventurero que lo mismo va a Roma que a Hong Kong a hacer sus pesquisas y porque eso no tiene cura, ya sabéis lo que dice el poema de Kipling: «… si una vez has oído / la llamada del Este, / ya no podrás pensar en otra cosa: / las palmeras, el sol, los templos, Mandalay…» —recitó de forma intencionadamente enfática, al estilo de los dobladores de las películas antiguas. Después cambió de frecuencia, porque aquello no había sido más que una cortina de humo, y añadió en un tono malevolente—: Narcís, querido, para que tú también puedas identificarlo, él es quien escribió El libro de la selva y esos versos los cantó Frank Sinatra.
—No hace falta que seas impertinente con tu hermano —dijo la señora, lanzándole una mirada letal. La diferencia entre sus dos hijos es que por el falso daría la vida y por el auténtico mataría con sus propias manos al otro.
—No et molestis, mare, no val la pena —dijo Narcís—. Y en cuanto a ti, puede que tengas razón y el señor Urbano acepte tu oferta. Ya se sabe: pagant, sant Pere canta.
En ese punto, mi paciencia llegó al límite. No estaba allí para que se ofendiesen insultándome. Que boxearan entre ellos, porque yo no iba a hacer ni de saco ni de árbitro.
—Miren, por mí no se preocupen —dije esforzándome para guardar la calma—. No sé a ciencia cierta de qué están hablando ni cuál piensan que es mi papel en este drama, pero les aseguro que no me interesa representarlo. Les doy las gracias por su hospitalidad. Sin embargo, ya es hora de irme.
Y dicho eso, nadie se levantó.
Los dos hombres se volvieron hacia la mujer, que no movió un músculo, y luego se miraron entre sí con cara de querer partírsela. Pero no debía preocuparme, en esa casa jamás se rompían las reglas ni las normas de educación, de manera que ningún comensal se levantaría, ni a agarrarse por las solapas ni a ninguna otra cosa, hasta que ella lo hiciese o le diera permiso para retirarse. Me pareció, sin embargo, que al margen de convenciones y formalidades en aquel trío había un reparto de poderes mentiroso, una estructura de mando irreal: a fin de cuentas, Narcís sería el director general del entramado de empresas de la familia, tal y como me hizo saber, pero se apellidaba González, mientras que Lluís, por mucho que fuese por libre, era un Espriu de pura cepa y el heredero legal de su patrimonio. Podían oponerse a sus deseos o a sus iniciativas, pero no prohibírselos.
—Te daré carta blanca para tus averiguaciones, un buen adelanto y cualquier otra cosa que esté dentro de mis posibilidades y te pueda allanar el camino —dijo, confirmando que no me equivocaba: el jefe era él y sólo aceptaría las órdenes que no le importase cumplir.
—¿Por qué no contratas a un detective privado? En el listín telefónico y en internet los hay a docenas y se ocupan justo de esa clase de asuntos: gente desaparecida, maridos y esposas infieles, timos a seguros, espionaje industrial…
—Cualquiera de ellos podría resolver el caso, pero ninguno lo va a contar tan bien como tú.
—Me halagas. Aunque teniendo en cuenta que no me conoces ni has leído mis novelas, ¿cómo has llegado a esa conclusión?
—Las cosas que me confesaste cuando no sabías lo que decías hacen que me fíe de ti. También he leído algunas entrevistas y algunos artículos tuyos y sobre ti. Y creo que eres un buen sabueso, listo, metódico y obstinado. Te puedo asegurar que si yo me escondiese no querría por nada del mundo que fuera a ti a quien mandaran a buscarme.
Había que reconocer que Lluís Espriu i Quiroga no era cualquiera. Me costó un poco más admitir que empezaba a pensarme su ofrecimiento. ¿Por qué no? Seguro que me iba a pagar bien. Y también era muy posible que el viaje que me ofrecía y la misión que trataba de encomendarme sí que me sirvieran realmente de base para una novela. Tal vez aquello era el impulso que necesitaba.
—Es una proposición absurda. No puedo hacerlo… —le respondí. En las caras de mis otros dos anfitriones asomó una sonrisa de lagarto. Nos levantamos y en ese instante descubrí que aquel tipo gigantesco, Edgardo, se encontraba detrás de mí. ¿Había estado ahí todo el tiempo? Era tan voluminoso que seguro que resultaba muy fácil saber dónde se encontraba en cada momento: la casa estaría inclinada hacia ese lado, como la mitad de una cama de matrimonio en la que duerme el cónyuge gordo.
—¿Qué es lo que te parece absurdo? —dijo, con su habitual vehemencia, su jefe —. ¿Y qué es exactamente lo que te preocupa? ¿El tiempo que te llevaría? La catedral de Notre Dame se tardó en construir ciento ochenta años y la Gran Muralla China, mil ochocientos —dijo queriendo mantener las espadas en alto, pero se le notaba la decepción—. Y al final te alegrarías de haber…
—… Ya lo has oído —le cortó por lo sano la señora Guadalupe, con una bruma lúgubre en la mirada—. Debes quitarte ese sinsentido de la cabeza.
—… sin ayuda —dije, para dar a entender que antes no había terminado la frase —. No podría hacerlo solo. Necesitaría un ayudante y, en ese caso, ¿correrías también con sus gastos?
Sonreí lo mismo que si estuviese de broma. ¿Lo estaba? Hubiese jurado que sí, de no ser porque me encontré pensando en un asunto que había dejado a medias cuando escapé de mi casa y permití que otros tomasen las riendas de mi vida. Se llamaba Mónica Grandes, era arqueóloga y no me pareció imposible que si yo emprendía aquella extraña aventura ella quisiera acompañarme. Hay gente que te busca y gente que está dispuesta a perderse contigo; yo prefiero al segundo grupo y esperaba que ella fuese parte de él. En su momento, no habíamos seguido adelante porque los dos estábamos parados entre dos vidas, igual que un par de muebles en un camión de mudanzas. Pero esta vez podía ser diferente. Ya no éramos los mismos, y eso nos daba ventaja: lo que dura es a cambio de volverse otra cosa.