Los treinta apellidos
Capítulo veintiuno
Lo primero que vi al despertar fue un techo pintado de blanco y paredes de un azul casi idéntico al de los ojos de los Espriu. Había sobre mí una lámpara de tubos fluorescentes, hecha de acero inoxidable y plástico amarillo, que tenían apagada. La habitación estaba casi en penumbra, sin duda para combatir con las sombras el calor que debía de hacer fuera. La luz del sol enseñaba los dientes al filtrarse entre las tablas de las persianas. El olor a alcohol, desinfectante y enfermedad me dio a entender que me encontraba en un sanatorio. Me hice las preguntas clásicas: cuánto tiempo llevaría ahí, cómo había llegado y qué me pasaba.
Estaba aturdido, no confuso, sabía quién era y recordaba perfectamente lo que me había pasado. Como si pudiese continuar la escena en el punto en que la dejé cuando alguien me golpeó en mi cuarto del Meliá Cohiba, me llevé la mano a la cabeza para evaluar los daños. La tenía vendada y al tocarme sentí un dolor que fue primero un latigazo y a continuación un terremoto en miniatura: dentro de mí se agrietó la tierra, se derrumbaron las estatuas y cayeron torres envueltas en llamas y ruido de cristales rotos. Me sentí mareado y pensé que iba a perder el sentido. No lo hice.
Volví a abrir los ojos. A los pies de la cama no estaban ni Mónica ni un doctor ni una enfermera, sino dos policías. Me enseñaron sus acreditaciones. Eran de la secreta.
—Nos va a disculpar, señor, necesitamos hacerle algunas preguntas. Ante todo, esperamos que se encuentre restablecido —dijo el que parecía llevar la voz cantante. No se me escapó el orden de las frases: lo primero, el interrogatorio y en segundo lugar, los buenos deseos.
Asentí. Me encontraba mal, tenía la mente nublada y el cuerpo a oscuras, pero no podía hacer otra cosa y además tampoco había nada que temer: estaba en un hospital porque había sido víctima de un asalto. Sin embargo, aquella pareja no había ido allí por eso.
—Nos gustaría tener un breve intercambio de opiniones con usted, referido a la naturaleza y el propósito de algunas de sus actividades en la isla de Cuba y también en Miami —dijo el más alto de los dos.
Tenía una manera de expresarse en la cual lo que decía y los gestos con los que se ayudaba, en vez de armonizar, parecían contrarrestarse. Sus palabras y el tono con que las pronunciaba eran de una neutralidad burocrática, secas, concienzudas e impersonales, mientras que su rostro era tremendamente expresivo y sus manos no dejaban de moverse para reforzar lo que pretendiera explicar, igual que si tratara de hacerse entender por alguien que hablara otro idioma.
Su compañero permanecía callado, pero se trataba de esa clase de silencio que te hace pensar en agua a punto de romper a hervir o, si eres menos positivo, en un frasco de nitroglicerina apoyado en el borde de una mesa. Sus ojos eran impasibles, estaban llenos de desinterés, te miraba como si tratase de olvidarte sobre la marcha; y a pesar de ello, había una violencia subterránea en él, algo que infundía respeto en el peor sentido de la palabra, el que no la emparenta con la admiración sino con el miedo. Eso, sin duda, haría de él un agente muy bien considerado entre sus superiores y habría llenado su guerrera de medallas y su expediente de buenas notas, porque así es este mundo en el que la capacidad de destrucción se considera una virtud, un logro. ¿Alguien recuerda exactamente qué fue lo que inventó en su laboratorio Alfred Nobel, el científico que da nombre a los galardones más prestigiosos de todos los tiempos? Si no es así, yo se lo recuerdo: la dinamita.
—Estoy aquí de vacaciones —dije, para cubrirme, ganar tiempo y ver si ellos ponían sus cartas sobre la mesa—. Creo que alguien me ha seguido desde que llegué a Cuba y ya ven que he sido atacado y herido. No sé por quién, y sobre todo no tengo la más mínima idea de por qué. Sólo soy un profesor de Lengua y Literatura que ha venido con su novia a conocer su país.
—Y otras cosas, ¿no es cierto? Miami no está en nuestro país, está en la Florida, Estados Unidos.
—Queríamos ver el atardecer sobre el Golfo, bañarnos en South Beach y fotografiar las casas de los famosos junto al mar. ¿Hay algo de malo en ello?
—Puede que lo haya en hacer demasiadas preguntas. Y lo hay seguro en no mostrar respeto a la autoridad.
«No los minusvalores», me dije tratando de no dejarme vencer por el sopor. «Recuerda que esto es una dictadura y que si para algo sirven en estos casos las botas militares es para pisotear derechos».
—Estaba buscando a una persona —dije—, por encargo de unos familiares de España, para transmitirle sus saludos. Eso es todo.
—Aquí a la gente que desaparece no la buscan los turistas, lo hace la policía.
«Cuando no es ella quien la quita de en medio», me hubiese gustado responder. En lugar de eso, opté por marear la perdiz, una especialidad que, según mi madre, «se me da como hongos».
—No es que hubiera desaparecido, es que no sabíamos dónde estaba.
—Pero ahora ya lo saben.
—Sabemos algo más que cuando aterricé en La Habana.
—No sea tan modesto —me interrumpió, agitando una mano en el aire igual que si limpiara el vaho de un cristal y haciendo una mueca que sólo a duras penas y por las malas podría caber en la palabra sonrisa—. Seguro que le habrá dado tiempo a averiguar muchas cosas, mientras hablaba con nuestros profesores y con nuestros enemigos.
Lo sabían todo. Ellos habían mandado a los dos hombres que nos vigilaban. Pensé en Delia Cabrera y en su extraño viaje «a la zona de Trinidad». ¿Seguían existiendo las UMAP, aquellos campos de trabajos forzados donde «reeducaban» a los caídos en desgracia?
—¿Disculpe? No creo entenderle. ¿Los enemigos de quién?
—Los contrarrevolucionarios. Los que se fueron pa’l yuma, como decimos aquí. Los antisociales. Los que hablan y hablan y jamás cuentan nada bueno de Cuba — apuntilló el otro. Su jefe le puso una mano en el hombro y le dio unas palmadas, como si tratara de calmar a un caballo a punto de encabritarse.
—¿Dónde quieren ir a parar?
—¿Y usted? Sabemos que es escritor, además de maestro.
—Novelista… —dijo su colega, de forma que sonase como sabandija. Su superior le lanzó una mirada admonitoria. Parecía estar al borde de perder la paciencia.
—¿Quizá —continuó, recuperando la calma mientras sus manos se movían igual que si construyesen en el aire una telaraña— es que trama escribir un libro sobre nosotros? ¿Tal vez sobre los almacenes El Encanto?
—Un negocio capitalista que la Revolución entregó al pueblo y que los traidores quemaron —añadió el otro. Tendría una bandera roja y una escultura del Che Guevara sobre el televisor, pero a mí no me costó gran cosa imaginarlo cantando a todo pulmón en la ducha el Horst-Wessel-Lied de los nazis, mientras se enjabonaba: «Die Straße frei / Den braunen Bataillonen / Die Straße frei / Dem Sturmabteilungsmann». «La calle libre / para las tropas marrones. / La calle libre / para los soldados que desfilan».
—Vaya, vaya, de manera que un viaje de ocio, ¿no es eso? —dijo su jefe, vuelta a empezar.
Estaban haciendo círculos. No parecían tener prisa ni querer descubrir algo, sino intentar que corriese el tiempo. Me pregunté cuál era la razón.
—Si no desean ninguna otra cosa, estoy un poco fatigado —dije, y era verdad que se me cerraban los ojos y parecía hundirme lentamente en las arenas movedizas de una ciénaga—. No sé bien si necesitan que ponga una denuncia sobre el asalto que he sufrido.
—De manera que simple turismo, ¿no es eso?
—Así es.
—Una gran idea, elegir nuestro país. No existe paraíso en la tierra comparable a la isla de Cuba. Por eso es nuestra obligación cuidarlo, ¿no cree? Hay que poner límites, evitar las influencias corruptoras y proteger la moral, para que esto no vuelva a ser un lupanar, como en los tiempos de Batista.
—Y el caso es que hay extranjeros que vienen a pervertir a nuestra gente con malas ideas y peores ejemplos, a comprarlos por un puñado de dólares —dijo el otro, al tiempo que me lanzaba sobre la cama, con suavidad pero con desdén, un sobre de cartón amarillo.
—… O como en la época de los colonizadores —remató su jefe, sin acusar la interrupción—. Llegaban, disfrutaban de nuestras mujeres y se iban dejando un reguero de mulatos desde la punta de Maisí al cabo de San Antonio. Pobres, ¿no?, todos esos huérfanos de padres que en realidad estaban vivos y coleando.
Escuché lo que decía de fondo, entre brumas y mientras veía el contenido del sobre que acababa de darme su subordinado. Eran fotos. En todas estábamos Mónica y yo en el hotel y en ninguna llevábamos ropa. Las primeras habían sido tomadas en la habitación; las últimas, en las duchas de los vestuarios de la piscina. Pero había algo más en dos de ellas, un personaje añadido: era la doctora Cabrera y también se la veía desnuda. El montaje no estaba bien hecho, era obra de un aficionado, y únicamente si no te fijabas mucho podría dar el pego y hacerte creer que de verdad Delia hubiese estado allí. Por eso mismo, supe que era ella, no su cara recortada y pegada sobre un cuerpo ajeno, como en los miles de fakes de cualquier famosa que circulan por la red: en un trabajo tan calamitoso, las marcas del bricolaje se habrían notado. Supuse que para tomarle esos retratos tendrían que haberla obligado por la fuerza a posar «como dios la trajo al mundo», que sería la expresión pudorosa que ella usaría, e imaginé uno de sus austeros vestidos de profesora tirado en un rincón y a los soldados o los agentes de la DGI con sus cámaras, haciéndole comentarios lascivos, y sentí una oleada de cólera. Malditos sean, asquerosos, siniestros, depravados, inmundos violadores.
—Alguien hizo llegar eso de forma anónima a nuestra comisaría —mintió el oficial, observándome como quien busca una brecha en un muro—. No sé si conoce nuestras leyes, pero es mi deber informarle de que podríamos acusarlo de escándalo público, alteración del orden y exhibicionismo.
—¿En mi propia habitación y a puerta cerrada?
El más impulsivo fue a decir algo, tal vez a abalanzarse sobre mí, pero su superior lo detuvo con un ademán tajante.
—Ahí, es cierto; pero también en unos lavabos de uso general, que son un espacio común y, sobre todo, con una joven cubana a la que tendremos que esclarecer si usted pagó por tomar parte en la orgía. En nuestro país está penado ejercer de jinetera. Y también rastrearemos cualquier posible relación entre sus… llamémoslas aficiones y el altercado que lo trajo a esta clínica en una ambulancia.
—Esas fotos están trucadas. Son el fruto de dos mentes abyectas, la de quien las encargó y la del que las ha manipulado —dije, al borde del desmayo, pero con la esperanza de que se diesen por aludidos y poder ofenderlos.
—Claro, claro, habrá que investigar también eso —dijo, sin inmutarse—; y si usted tiene razón y el fraude queda demostrado, tenga la seguridad de que el chantajista, voyeur o lo que quiera que sea será perseguido, descubierto y arrestado. Hasta ese momento, tenemos que pedirle que nos entregue su pasaporte y que no se mueva de La Habana.
Dentro de mi cabeza, se hizo la luz. Fue sólo un destello, pero fue más que suficiente. Vi claro que eso era lo que querían, retenerme allí, que no fuera a Guardalavaca y no me entrevistase con Verónica Flores Chevalier. O que alguien llegara antes que yo hasta ella. Recordé las palabras de Lluís Espriu al teléfono, que quizá no eran tan incongruentes como había pensado: «Si alguien existe, se le puede encontrar, ¿no es cierto? Tú y cualquiera…».
—¿Estoy bajo arresto?
—Al contrario, está bajo nuestra protección. Por eso dejaré a un hombre de guardia en su puerta, las veinticuatro horas del día, no vaya a ser que quien lo golpeó venga a rematarlo. Cuando le den el alta, tendrá que prestar declaración en comisaría. Le pedimos que nos proporcione sus documentos para evitar que alguien le pueda llevar de viaje contra su voluntad.
Si hay algo que odie es esa costumbre que tienen algunas personas de definir cada dos por tres las situaciones más prosaicas y hasta las más vulgares como dantescas, kafkianas o surrealistas; pero aquélla era, sin asomo de duda, las dos últimas cosas.
—Hizo muchas preguntas y ahora le llega la hora de dar respuestas —dijo el lugarteniente, y sonrió por primera vez. Era un sádico.
En ese momento, se abrió la puerta y Mónica Grandes entró como una exhalación, acompañada por un diplomático de nuestra embajada y un par de médicos. ¿O es que me había dormido y esa parte era ya un sueño?
Fuese lo que fuese, no entendí más que algunos fragmentos de la discusión que mantuvieron los seis, frases bruscas como hachazos, palabras sueltas que volaban igual que astillas. Hubo algunas llamadas de teléfono, desafíos, amenazas, coacciones… Después el tono bajó, lo que estaba al rojo vivo se fue enfriando. Al final, justo antes de dormirme, ya sólo se oía la voz apaciguadora del funcionario español. Y ese zumbido de motores y hélices que silba día y noche su canción por los pasillos agoreros de los hospitales.
Estuve otros cinco días internado. A partir del segundo me sentía más o menos bien, pero los médicos decían que el mejor tratamiento de una conmoción cerebral es el reposo, tanto físico como psicológico, y la observación. También me hicieron radiografías y un TAC. Había padecido lo que ellos llaman un traumatismo cerrado, es decir, sin heridas en la superficie ni huesos rotos, y no sufría ninguna alteración de las funciones cerebrales, ni tenía hematomas escandalosos, ni trastornos del sueño, ni me sentía desorientado. En consecuencia, no tuve la más mínima duda de que si aún estaba allí era por orden de la policía.
Mónica no me trajo buenas noticias del exterior, sólo una preocupante y otra mala. La primera, que tras telefonear a Lluís Espriu en varias ocasiones sin obtener respuesta había llamado a El Repòs y alguien del servicio le había informado de que «el señor se encontraba indispuesto» y, después de insistir mucho, de que estaba siendo tratado «en una clínica especializada». La segunda, que mi ordenador y mis cuadernos de notas habían desaparecido. Lo denunció, pero en aquellas circunstancias dimos por hecho que no iba a servir de nada, excepto para reclamarle al seguro cuando volviéramos a España. La pérdida no me preocupó gran cosa, porque aparte de que el propio sistema guardaba una copia automática de todos mis documentos en una nube virtual, uno de esos servicios de almacenaje de archivos en la red, yo siempre tomaba precauciones complementarias y me enviaba a mí mismo, por lo que pudiera ocurrir, una copia encriptada de mis trabajos a mis dos correos electrónicos, antes de cerrar cada sesión. Aquélla era una norma de seguridad que jamás me saltaba.
El problema no era ése, sino que quienes se hubiesen llevado mis notas tenían en su poder un plano que los conduciría en línea recta hasta Verónica Flores Chevalier. Nada bueno, porque estaba seguro de que su finalidad no era dar con ella, sino que no la encontrase yo; y, normalmente, las cosas se buscan con cuidado, pero se las hace desaparecer por las malas.
O tal vez sólo eran imaginaciones mías, en realidad lo único que sucedía era que en Cuba todo el mundo era sospechoso y estaba controlado, más aún si se trataba de alguien que hacía preguntas e iba a Miami para hablar con los disidentes, a quienes no olvidemos que los defensores de la Revolución llaman gusanos, con el fin de ponerlos a la altura de las lombrices, las orugas o las sanguijuelas. Pero hasta que no lo supiese, no podría descansar, de forma que viví aquellos días frustrado y de mal humor, e incluso aparecieron las primeras discusiones con Mónica. La duda es un animal muerto que envenena todo el río.
Para resolver el enigma, sin embargo, no hizo falta esperar mucho, ni siquiera ir a las playas de Guardalavaca; fue suficiente con una llamada y una conversación de diez minutos con la joven Gloria Fernández, la compañera de Verónica en la recepción del hotel Las Brisas. El resumen es que otra persona que usaba mi nombre se había presentado allí, le dijo a la joven descendiente del pirata Maristany que era yo y que su amiga me había entendido mal cuando hablamos por teléfono: no venía en modo alguno a verla de parte de unos familiares de España, sino de una empresa de cultivos transgénicos que sus jefes, unos empresarios de cerca de Barcelona, regentaban en el África subsahariana.
—Es que ella es bióloga, ¿sabe usted? Eso es lo que estudió en la Universidad de La Habana, en el Centro de Estudios de las Proteínas. Estaba aquí para salir adelante, pero esto no era lo suyo y sólo andaba de paso, a la espera de que llegase su oportunidad. De hecho, hace muy poco había presentado su currículum a una de las firmas extranjeras que van a dedicarse a eso aquí. Ya sabe, con la apertura que hay ahora…
—O sea, que ese hombre fue a darle justo lo que ella quería.
—Así mismo. Y estaba entusiasmada. Le ofreció un contrato de trabajo, ocuparse de todos los trámites para que pudiera salir del país y hacer ese largo viaje, un sueldo que multiplicaba por diez lo que ganamos aquí… A ver quién dice que no a eso. Ojalá me hubiera ocurrido a mí.
Me acordé de mi charla con Narcís Espriu y vi que todo encajaba: cuando le sugerí, medio en broma y medio en serio, que colocase en sus negocios de Tanzania o de Brasil a su pariente americana, me contestó que para trabajar allí había que ser «ingeniero agrónomo o biólogo». Qué casualidad. A veces, los malos tienen buena suerte.
—Sólo un par de preguntas más, Gloria, y dejaré de importunarla.
—Tendrá que darse prisa. Voy a tener que colgar, señor.
Me la representé como una persona huidiza, medrosa, enjuta, de piel pálida y con unos ojos sin brillo ni expectativas, que te hicieran pensar en las luces de los pisos donde no va a parar el ascensor.
—Me habla de un largo viaje. ¿Me puede decir exactamente dónde le ofrecían ese puesto? ¿En qué ciudad estaba?
—Cómo no: se ha marchado Tanzania, su avión iba a Dar es-Salaam —dijo confirmando mis temores—. Hace dos días.
—Está usted completamente segura, ¿verdad? Se lo pregunto porque voy a ir a buscarla —dije.
—Estuvimos viendo fotos del Kilimanjaro y de la isla de Zanzíbar —dijo Gloria —, de la catedral de San José y de las calles abarrotadas de furgonetas blancas y azules… Me contó que el viaje duraba casi un día entero y que le habían ofrecido dos itinerarios, uno que iba por Ámsterdam y Nairobi y otro por París y Estambul. Leímos que la ciudad estaba junto al océano Índico y que su nombre significa remanso de paz en árabe. Si hasta nos reímos tratando de aprender algunas frases en el idioma suajili…: buenos días, nzuri asubuhi; gracias, shukrani; adiós, kwaheri…
—Una última cosa —dije mientras intentaba descubrir si lo que había oído al final de su última frase era un sollozo—. ¿Me puede describir al hombre que la contrató?
Lo hizo, sin titubear. Se trataba de un individuo enorme, de más de dos metros, con una cicatriz con forma de media luna en el rostro y unas manos llamativamente grandes que casi le dieron miedo. Cuando las apoyó sobre el mostrador de la recepción, se fijó en que llevaba en la izquierda un anillo de oro que tenía grabadas una corona y una espada.
Se me vinieron a la cabeza unos versos de Lope de Vega, «la hermosa Circe y el feroz gigante, / sombra del mar y de la tierra asombro…». Pero, por supuesto, aquel individuo que usurpaba mi identidad no era ningún atlante, sino Edgardo, el asistente, guardaespaldas o lo que fuese de Guadalupe Espriu y de su hijo Narcís. Lo sospeché desde el principio, lo había llegado a descartar luego, por parecerme inverosímil, y ahora, por fin, ya no había duda. «Si ves dos veces una ballena blanca, es que es la misma», me había dicho la doctora Delia Cabrera el día en que la conocimos. Estuve completamente seguro de que eso también servía para aquel mayordomo con alma de sicario y puños de hierro que lo mismo se ocupaba de poner ramos de ginestas amarillas en los jarrones de la casa de El Masnou que le hacía el trabajo sucio a la viuda del comandante González. Tan sucio, violento e innoble como fuese necesario. Qué suerte habían tenido al encontrarse unos a otros. A veces, dos personas que se cruzan forman unas tijeras.