Los treinta apellidos
Capitulo veintisiete
Capítulo veintisiete
Los primeros días no hice nada. Absolutamente nada. Me sentía al margen de mí, ingrávido como un astronauta de paseo por la luna. El otro, ese alguien que vivía agazapado dentro de mí y con el que, al parecer, compartía el cuerpo, aunque tuviéramos ideas y necesidades muy diferentes, se ocupó en mi lugar de los asuntos ordinarios: comer latas de conserva, dormir, sentarse frente a la televisión durante horas… La traición aviesa de la doctora Grandes había sido un golpe tan duro como sólo pueden serlo aquellos que vienen de quien menos los esperas, y me sentía igual que un boxeador noqueado. La persona que dejé de ser al enamorarme de Mónica se tomaba la revancha, culpándome de no haber previsto lo que iba a ocurrir, mientras que él, por supuesto, lo supo desde el mismo día en que la vio. «Yo y cualquiera que tuviese ojos en la cara y dos dedos de frente», repetía. Me encerré en casa, no quería ver a nadie, ni dar explicaciones, ni atender el teléfono cuando me llamaban mis hermanas, porque con una sola lengua es imposible hablar mientras te lames las heridas.
A ella no traté de localizarla, no le envié ningún mensaje, ningún reproche, sólo una copia del artículo en el que se hacía referencia a la empresa de los Espriu, con su nombre subrayado en amarillo, el color de las ginestas que llenaban los jarrones de El Repòs y a las que algunas leyendas medievales atribuían el secreto de la inmortalidad: según los alquimistas, al final de su raíz más profunda había un fruto llamado panacea —igual que la diosa griega de la salud hija de Asclepio, inventor de la medicina, y nieta de Helios, el sol—, que al ingerirse aclaraba la vista, teñía el pelo, fortalecía órganos y músculos, renovaba la sangre y devolvía la juventud. «Para ti ha sido, más bien, un veneno», me echaba en cara mi auténtico yo, dispuesto a no pasarme una.
Pero de todo se sale menos de la tumba, acostumbraba a decir mi madre cuando las cosas nos iban mal, y lo mejor es creerlo y sacar fuerzas de flaqueza, levantarse de la lona y volver a la casilla de salida. Superar una depresión es como aprender un idioma, hay que ir al país de la angustia, estudiar su vocabulario y traducir lo que sientes a su lengua, porque sólo podrás explicarte lo que puedas comprender: qué me ocurre, cómo ha sucedido, quién me lo ha hecho. Poco a poco, logré reponerme, volver a mi vida para empezar otra vez desde abajo, igual que quien entra de ordenanza en una empresa para ir ascendiendo lentamente en el escalafón, y a medida que pasaba el tiempo pude ver las cosas con más perspectiva, que es el arte de afrontar tus problemas guardando las distancias, lo mismo que si fuesen los de otro. No tardé en buscar refugio en el lugar de siempre, mi antidepresivo más eficaz: el trabajo. Tenía cosas con las que entretenerme: planificar mi regreso al instituto; acabar un par de mis biografías por encargo; decidir si escribía esta novela o me olvidaba de ella. «Recuerda que es un libro basado en hechos reales y, en consecuencia, si quieres acabarlo honradamente, antes tienes que saber el final de la historia», me advertí. Era cierto, necesitaba hablar con Lluís Espriu, convencerle de que me permitiera llegar al fondo del asunto. Lo llamé y trató de darme largas, pero le aseguré que tenía una información sobre su familia «que prefería transmitirle a él antes que hacerla pública» y conseguí que me diera una cita, dos días más tarde, en El Masnou y «en el bar de siempre».
Saqué mis billetes a Barcelona por internet y mientras llegaba el momento de tomar, una vez más, el puente aéreo, seguí enclaustrado; mi única salida fue para reunirme una mañana con el inspector Sansegundo y sus subordinados en el Montevideo, transmitirle algunos datos que él ignoraba acerca de las actividades, tanto legales como ilícitas, de los Espriu i Quiroga en África, y recibir a cambio algunas confidencias sobre su trama de blanqueo de dinero, fuga de capitales y evasión fiscal. No es necesario detenerse en los detalles, ni hablar de los malabarismos que hacía su red de testaferros y asesores especializados en ingeniería financiera para falsear sus libros de cuentas, sacar los beneficios no declarados del país y ponerlos en la caja fuerte de un banco de Suiza, Hong Kong o las islas Caimán, porque en España eso ocupa a diario los medios de comunicación y cualquiera que lea un periódico, escuche una radio o ponga la televisión ya sabe cuáles son los mecanismos de los defraudadores.
Nada más entrar en casa, el teléfono sonó y vi en la pantalla que quien llamaba era la secretaria de Narcís Espriu, como le gustaba llamarse a sí mismo. Respondí, tras echar un vistazo a la calle y comprobar que los escoltas que me había puesto el inspector Sansegundo continuaban aparcados frente a mi casa, y me dijo que iba a tratar de pasarme con él: las personas importantes son así, te llaman ellas y lo primero que te dejan claro es lo ocupadas que están y la deferencia que tienen contigo al atenderte: su tiempo es oro y hacérselo perder es igual que robarles las joyas de sus antepasados. Deduje que no sabía nada de la operación abierta contra él y, por lo tanto, era imposible que sospechara que mi teléfono estaba pinchado.
—Buenos días, señor González —dije—. Antes de nada, permítame una pregunta: ¿tiene pensado mandar hoy a alguien a matarme?
—No sé de qué habla, pero en cualquier caso le aconsejo que reserve sus chistes para otra ocasión. Si yo fuera usted, me concentraría en buscar un buen abogado. Lo demandaremos por estafa, calumnias y atentado contra el honor.
—Yo prescindiría de lo último: cómo voy a atentar contra algo que usted no tiene… En cuanto a lo otro, no veo en qué podría basar la denuncia.
—En líneas generales, digamos que se aprovechó de un hombre desequilibrado para sacarle dinero.
—Se refiere a su primo…
—La persona a la que usted embaucó para que firmase un contrato que rescindiremos de manera unilateral, dado que en el momento de hacerlo no cumplía el requisito de estar en posesión de sus facultades mentales. Llegado el caso, podremos aportar el informe médico de la clínica psiquiátrica donde estuvo ingresado en esa época.
Me entraron unas ganas terribles de lanzarle que dentro de poco era a él a quien llamaría a declarar un juez, por ladrón, traficante y defraudador, pero me contuve.
—Tenga cuidado —dije—, si sigue apilando mentiras, en algún momento alcanzarán una altura que no podrá saltar.
—El que está al borde del abismo es usted, señor Urbano. Sólo habría que darle un último empujón para que cayese. Pan comido. Bufar i fer ampolles, como decimos nosotros.
El verbo haber en condicional lo decía todo: me estaba ofreciendo un trato. Si yo me retiraba, ellos no avanzarían.
«¿Por qué no?», pensé. «Si le sigo la corriente y finjo tener un precio, lograré sonsacarle algo que Sansegundo pueda usar contra él». Me dije que no sería complicado, porque quienes piensan que en este mundo todos tenemos un precio no conciben que alguien pueda rechazar venderse. Son triunfadores, viven en el limbo de la buena estrella, se sienten por encima de los demás, sea cual sea la situación creen tener la sartén por el mango y el resultado de todo eso es que, aunque no lo sepan, su punto débil es sentirse invulnerables.
—Por ese camino, en mi caso, pincha en hueso. Pero hay otros, y se le dan mejor. Pruebe a ir por ahí, quizá llegue a alguna parte.
—¿Qué insinúa? Se lo advierto: no está en condiciones de exigir nada.
—Usted es un gánster de medio pelo y un hombre de negocios avispado. El primero no me asusta, pero el otro quizá tenga algo que ofrecerme.
Debió de quedarse boquiabierto, porque no se esperaba aquel giro. Pero, por otro lado, seguro que, en su interior, su mente había comenzado a evaluar los pros y los contras de mi sugerencia.
—¿Y usted? ¿Qué tiene usted para nosotros? ¿Pretende venderme su silencio? ¿No se le ha ocurrido que a lo mejor puedo hacerle callar gratis?
—¿Es otra amenaza? No me enseñe las uñas o se le notará que es sólo un gato.
—Es la ley de la oferta y la demanda, nada más.
—Magnífico, pero recuerde que yo no vendo silencio, sino justo todo lo contrario. A mí no se me cierra la boca con un cheque, como a la doctora Grandes —dije, y cuando le escuché reír al otro lado de la línea me dieron ganas de abofetearlo.
—Claro, es usted un hombre de principios —ironizó.
—No lo dude. Pero también tengo facturas que pagar. Y he pensado que usted estaría interesado en saber, por ejemplo, cómo murió en realidad su padre. Es una corta, oscura y triste historia, llena de fanatismo y crueldad —dije, parodiando el modo de hablar de su primo Lluís.
Sabía que me lo jugaba todo a una carta: que su madre no le hubiera hablado de eso, ni de nuestra conversación en el Cafè de l’Òpera. Sin embargo, algo me decía que Guadalupe Espriu no lo había hecho: en manos de su hijo, esa información era una bomba de relojería. Entre otras cosas porque tal vez estuviese tan lleno de complejos y resquemores que rozaba la demencia, pero no era en modo alguno estúpido, y por lo tanto se iba a plantear las mismas preguntas que yo: ¿ella lo sabía? En caso afirmativo, ¿desde cuándo? Y si no ignoraba lo que sucedió, ¿también estaba al corriente de quiénes dieron la orden y quién la ejecutó? ¿Por qué no hizo nada?
—No se atreva, ¿me oye?, no se atreva a faltarle al respeto a la memoria de mi padre, o le juro que es hombre muerto —escupió, con una voz que vibraba a causa de la ira lo mismo que un cristal a punto de resquebrajarse y estallar.
—¿Y eso me lo dice usted, que no lleva ni su apellido? —le respondí, fingiendo una carcajada irónica que lo sacase aún más de quicio.
—Vaig a matar-te, maleït fill de puta! Voy a acabar contigo —susurró, masticando las palabras como si hubiera alguien con él y no quisiese que oyera sus amenazas.
—Lo único que vas a acabar es en la cárcel. Quién sabe, igual coincides allí con tu Edgardo: él fue quien asesinó al comandante González por orden de tus abuelos, Biel y Olalla. Les pasaba lo mismo que a ti: se avergonzaban de él; para ellos, su nombre era una mancha en la bandera.
No cortó la comunicación, y eso era un buen síntoma.
—Estás mintiendo —dijo, pero supe por su tono que la duda se había metido en él y actuaba como la carcoma sobre la madera: horadaba galerías, dejaba un rastro de serrín…
—Es la verdad. Al echármelo encima, vio el cielo abierto, le hiciste un gran favor, porque librándose de mí liquidaba dos pájaros de un tiro y el más grande era el suyo, un auténtico quebrantahuesos: sabía que iba a desenmascararlo, él robó mi ordenador y mis papeles en La Habana para llegar a Verónica Flores antes que yo, pero al ver por dónde iban mis investigaciones se tuvo que dar cuenta de que estaba a punto de descubrir lo que sucedió en el paseo de Gracia. Y claro, no podía consentirlo, había llevado una existencia feliz desde entonces, las quinientas mil pesetas que le pagaron por el crimen eran una suma importante para la época, pero también eran lo de menos: lo más importante no fue lo que ganó, sino lo que le debían. Ya no eran sus dueños, sino sus cómplices. Y estaban en sus manos.
—Se lo está inventando —dijo regresando del tuteo al trato formal—. Es usted novelista. Y es también muy gitano. Sólo trata de confundirnos.
—Haga la prueba. Seguro que puede conseguir acceso a su cuenta bancaria y a su saldo, y si es así, comprobará que ingresó esa cantidad en aquellas fechas. Y si ese documento ya no existe, habrá otros que sirvan para lo mismo y que lo delaten.
Hizo una nueva pausa. Oí el sonido de un fósforo al encenderse, la pequeña explosión de azufre y el crujir leve del tabaco al arder. La sangre había dejado de hervir, pero la duda quemaba.
—¿Cuál era el trato que pensaba ofrecerme?
—Es muy fácil: yo me olvido de las esculturas del reino de Aksum y usted se acuerda de Cuba. O si lo prefiere, mantenemos oculto lo que esconden las máscaras a cambio de sacar a la luz a Verónica Flores Chevalier.
Por supuesto, no pensaba hacer nada de eso, sólo jugaba al gato y al ratón con aquel sinvergüenza. Y ya que estábamos, trataba de descubrir hasta qué punto temía aquel forajido de guante blanco que la UDEF del inspector Sansegundo llamara a su puerta.
—Se lo voy a repetir por última vez, señor Urbano: ni en mi familia ni en mi empresa conocemos a nadie con ese nombre.
—La pelota está en su tejado, González. Usted decide: le da a su pariente lo que es suyo o se lo da a Hacienda.
Y colgué.
Me sentí satisfecho. Le había cantado las cuarenta a aquel miserable. Le había puesto entre la espada y la pared. Había logrado que no le llegara la camisa al cuerpo… Mi madre lo hubiera resumido con alguna de esas frases de su repertorio. O puede que no. Puede que sólo me hubiese dicho: «Ten cuidado, no vendas la piel del oso antes de cazarlo», y que yo estuviese muy cerca de descubrir que en el futuro eso era lo que mejor explicaría lo que estaba a punto de pasar.