Los treinta apellidos
Capítulo veintiséis
A esas horas, con el fin de semana en capilla y el buen tiempo que se disfrutaba en la ciudad, la Rambla de las Flores era un espectáculo maravilloso. Los transeúntes caminaban sin prisas por ese tramo de Barcelona donde el mundo real parece quedar entre paréntesis y ser desbancado por un paisaje onírico, en el que las rosas, los claveles o las margaritas dulcifican el aire y enardecen la mirada, con sus aromas tibios y sus colores llameantes.
La gente entraba y salía del Mercado de la Boquería, hojeaba libros y la prensa internacional en los quioscos del paseo y se detenía a mirar las estatuas humanas que se exhiben en las aceras y cobran vida cuando les das una moneda. Los turistas se sentaban a tomar el aperitivo en las terrazas y hacían fotos de la pastelería Escribà, con su maravillosa fachada modernista, o de la casa de los Paraguas, con su dragón chino y su farol. Y para recordarme a qué había ido allí, estaban la famosa tienda Gimeno, especializada en cigarros habanos, o el Palau de la Virreina, construido por el marqués de Castellbell con el oro que había ganado en Perú.
Se cuenta que el filósofo Immanuel Kant era tan puntual que los vecinos de Königsberg ponían sus relojes en hora al verlo pasar cada mañana ante sus casas, de camino a la universidad donde impartía clases. Guadalupe Espriu era justo ese tipo de persona y también llegó a la cita conmigo y con su pasado sin retrasarse ni adelantarse un solo minuto. Llevaba más de cincuenta años con aquel rito privado que consistía en acudir cada viernes, a la una y media de la tarde, al establecimiento en el que hacía ya más de medio siglo conoció al capitán José González, para comprar exactamente lo mismo que entonces, un gran ramo de ginestas amarillas como el que él se ofreció a llevarle hasta su coche, el Pegaso Z-102 último modelo que le habían regalado Biel y Olalla por su cumpleaños.
Al verme en la puerta esperándola, me miró sin demasiado interés, hizo una leve inclinación de cabeza y echó un vistazo en torno, sin duda por ver si descubría a los dos agentes de la Policía Nacional que le había anunciado que me estarían vigilando.
—Vaya al Cafè de l’Òpera —me dijo, secamente—. ¿Lo conoce? Frente al Gran Teatre del Liceu. Espéreme allí.
Hubiera preferido el Bar Marsella, por ir donde fueron en su día Picasso, Gaudí o Hemingway, pero no estaba allí para poner condiciones, sino para aceptarlas, así que con tal de hablar con ella habría dado por bueno un antro en el que las bebidas las preparase madame Lafargue, la envenenadora que protagoniza una de las novelas de Alejandro Dumas. Quizá Lluís Espriu la hubiese leído, aunque no fuera de piratas.
Para conseguir que se reuniese conmigo, había usado el método Vivaldi, es decir, el que idearon los dos estudiosos que habían conseguido localizar las partituras originales y en su mayor parte inéditas del autor de Las cuatro estaciones, tras dos siglos perdidas, para rescatarlo del olvido: como por más puertas a las que llamasen no conseguían el dinero que necesitaban para comprárselas a los dos coleccionistas en cuyas manos habían acabado, se les ocurrió pedírselo a dos comerciantes que habían perdido recientemente a sus hijos, a cambio de que cada una de las mitades de aquel legado, que se depositaría en la Universidad de Turín y a buen seguro iban a visitar hasta el fin de los tiempos los musicólogos de todo el planeta, llevara el nombre de sus pequeños, Marco Foà y Renzo Giordano. Ellos les habían ofrecido la eternidad a unos padres sin consuelo. Yo tenté a la arisca viuda de El Repòs con un tesoro que para ella tenía un valor semejante: la verdad sobre la muerte de su marido. En cuanto aceptó la cita, saqué un billete para el primer puente aéreo de aquella mañana.
Entró en el local como una emperatriz en su palacio de verano, altiva y envarada, con una actitud que invitaba a tratarla con reverencia y a estar seguro de que si algo le disgustaba, hablaría con los jefes, y si ellos tampoco le daban una explicación satisfactoria, compraría el negocio y lo cerraría. A alguna gente se la respeta por lo que hace; a otra por lo que podría hacerte.
Iba vestida con su austeridad característica, completamente de negro; llevaba un sobretodo de cuello redondo, corte acampanado, cierre con doble botonadura y mangas con hojas bordadas que si Mónica hubiera estado allí habría reconocido como un diseño de Chanel. Yo no lo supe y tampoco puedo describirles el resto de su atuendo, aparte de los zapatos casi planos y el bolso Hermès de piel de cocodrilo, porque no se desprendió de él en ningún momento. La sortija art déco de platino y diamantes y la alianza de matrimonio seguían en sus dedos anulares y el pelo estaba como siempre, reluciente, teñido de un castaño suave, entre el café y la madera, aunque esta vez no lo llevaba peinado en una trenza de espiga, sino recogido en un elegante moño italiano que le añadía edad pero también distinción.
Me localizó con la mirada y se acercó a mí con sus pasos enérgicos, un poco castrenses, observando a las personas que se hallaban en el establecimiento como si fueran presuntos carteristas. Me puse en pie y quise apartar la silla para invitarla a tomar asiento, pero me detuvo con un gesto elocuente de la mano: déjese de monsergas, no necesito su ayuda. Tampoco me dio tiempo a preguntarle qué quería tomar, porque los camareros se acercaron a ella con gestos obsequiosos y mientras se movían a su alrededor como mariposas en torno a una bombilla encendida fueron poniendo sobre la mesa un juego de té, sin duda el mismo que debía de utilizar siempre que se dejaba caer por allí, y unos platos mínimos con carquinyolis, panellets recubiertos de clara de huevo y piñones y un par de esas almendras tostadas, envueltas primero en una pasta de avellana y leche y luego con otra de cacao, que se llaman catànies: unos dulces que ninguno de los dos probaríamos y que a mí me hicieron pensar con qué gusto los habría consumido mi madre. Cuando nos dejaron a solas, me observó a través del humo que salía de su taza. Sus ojos estaban apagados, pero quemaban. No se podía saber qué había en su interior, era como una maleta sin desempacar, una mujer tan distante que el espacio entre nosotros se podría haber medido en millas aéreas. Y seguro que desde su posición a los demás se nos debía de ver insignificantes.
—Le doy quince minutos —dijo, y miró su reloj, una antigualla de esfera microscópica, con números y agujas de oro, que por algún motivo di por hecho que había estado, antes que en la suya, en las muñecas de su madre, Olalla Quiroga, y su abuela, Montserrat Maristany.
—No es mucho, teniendo en cuenta que lleva más de cincuenta años esperando para saber lo que voy a contarle.
Sonrió, con amargura.
—Eso es lo que cree, ¿verdad? Que va a ponernos los puntos sobre las íes y a sacarnos del limbo. Que nos va a leer la cartilla. ¿Por quién me ha tomado y quién se piensa usted que es, señor Urbano?
—Alguien que sabe quién mató a su esposo, el comandante José González.
Pensé que dejaba caer una bomba, pero no hubo ninguna explosión. La señora Espriu, simplemente, se sirvió un poco más de té con una especie de desenvoltura acartonada y guardó silencio mientras las cintas de vapor que soltaba el agua hirviente se deshacían en el aire como las ataduras de un obsequio envuelto para regalo. Luego, volvió a taladrarme con la mirada, lo que en las novelas de detectives llaman escudriñar, un verbo que suena a «exprimir con los ojos», que era exactamente lo que ella hacía.
—Mi esposo, que en paz descanse, murió a causa de un desdichado accidente, fue víctima de la Brigada Político-Social o quién sabe si las dos cosas.
—¿Eso cree?
—Era una persona valiente. Si trataron de reducirlo, se defendería, y en ese caso tuvo que haber un forcejeo, su pistola se disparó y la bala fue a parar al hombre equivocado.
—No ocurrió así, quien lo atacó fue un empleado de su familia.
—Se refiere a Edgardo, como es lógico y natural —dijo, y me pareció que trataba de parecer irónica y darme la impresión de que se aburría, de que yo era un hombre muy previsible—. Está obsesionado con él, por lo que parece.
—Él ejecutó la sentencia, pero otros la dictaron…
—Se equivoca —dijo, pero de pronto estaba pálida—. Sin excepción alguna, nuestros empleados, los de ayer y los de hoy, sólo cumplen las órdenes que les da la familia.
—Y eso es exactamente lo que hizo.
La frase, ahora sí, dio en el blanco. La gran dama se mordió los labios, cerró los ojos unos segundos y sus rasgos angulosos parecieron borrarse igual que si fueran los de una estatua de arena deshecha por el viento. Miró una vez más la hora. Se ajustó las solapas del abrigo. Bebió un poco de té y luego se entretuvo en rebuscar algo en su bolso, aunque no pude saber qué, porque al final no sacó nada de allí. Inhaló una bocanada de oxígeno desmedida e hizo ademán de tantearse un poco el cabello, con la palma de la mano en dos o tres lugares, pero sin apenas rozarlo, lo mismo que si la acercase a una plancha caliente con la intención de calcular su temperatura, o a un animal por el que temiera ser embestida; y, de algún modo, verificar que estaba impecable pareció devolverle la calma, el ímpetu y la seguridad en sí misma.
—Cuénteme lo que sabe —ordenó, pero noté que de pronto le faltaba autoridad, que el peso de la duda lastraba el tono imperativo que intentó darle a esas cuatro palabras.
Hice lo que me pedía, mezclando lo que había averiguado con lo que imaginaba, los hechos con las deducciones. Escuchó sin intervenir, y sin apenas moverse, el relato entero: la animadversión de su familia hacia su marido, sus provocaciones y ofensas continuas, la reacción del militar cuando pusieron en entredicho la memoria de su padre, la afrenta que representaba para ellos tener en su propia casa a un miembro de las fuerzas represivas de la dictadura y que un hijo suyo heredase su imperio, que en el futuro el apellido González sustituyera en sus empresas al apellido Espriu.
—Era una lucha sorda pero feroz —dije—, en la que él ponía en riesgo el pasado y ellos veían peligrar el porvenir. Un combate a muerte en el que estaban en juego las cosas por las que suelen empezar todas las guerras: las clases sociales, el poder, el dinero, las creencias, la honra o el descrédito… Cuando su hermano Guifré, que era quien manejaba sus intereses, murió en aquel accidente ferroviario de 1968, su padre, Biel, que era un hombre volcado en la política y que encarnaba, si me permite la expresión, al icono racial, el purasangre nacionalista, no pudo soportar la idea de que todo lo que habían construido los Maristany, los Espriu y los Quiroga, o al menos la mitad de ello, fuese a parar a manos de su hijo Narcís, que también era su nieto, el mayor además, y sin duda lo querrían, pero que no llevaba su apellido y sí el lastre que para ellos constituían el pasado y el presente militar de su abuelo y su padre. La gota que pudo colmar el vaso fue saber que su esposo investigaba la historia de Joan Maristany y había dado con la pista de sus descendientes en Cuba, algo que podía poner en riesgo su patrimonio y llenar su árbol genealógico de manzanas envenenadas. Quizá pensaron que con usted al frente de su imperio, él acabaría heredándolo, y en realidad, si me permite que se lo diga, los acontecimientos demuestran a las claras que su sospecha de que le favorecería en detrimento de Lluís, a quien consideraban su delfín y propietario legítimo de su fortuna y sus negocios, no fue en absoluto equivocada. Me atrevería a decir que su manera de educarlos a uno y otro tampoco fue inocente, sino todo lo contrario: con la disculpa de ser más estricta con él que con nadie, le inculcó los valores del trabajo, el esfuerzo y la disciplina, mientras que en Lluís fomentaba el idealismo, la pereza y la anarquía. Para el primero, los bienes materiales, lo tangible; y para el segundo, las ensoñaciones, las quimeras. Ésa ha sido su venganza, y sólo me falta saber una cosa: si sabía o ignoraba lo que ocurrió.
Se tomó su tiempo para contestarme. Miró la pantalla de su móvil y respondió escuetamente a un mensaje. Por algún motivo, supuse que era de uno de sus temibles abogados, «alguno de esos jóvenes picapleitos de traje ejecutivo, corbata de seda, gafas de montura azul y raya al lado», me dije, atribuyéndole la primera cara que se me ocurrió, para así poder quitármelo de encima: somos seres racionales y no podemos concebir lo inconcreto. Para completar la entelequia, supuse que, a lo mejor, le hablaban de sus depósitos bancarios en cuentas opacas de Hong Kong, Suiza y las islas Caimán y de cómo mantenerlos fuera del alcance de Hacienda.
Me di cuenta de que estaba a punto de levantarse y dar por acabada la reunión. Y entonces hice algo que echó abajo sus defensas y la retuvo: puse frente a ella algunos de los papeles de José González que me dejó Lluís en su momento. Había colocado encima uno en el que aquel hombre íntegro y sentimental, enamorado de su mujer como un adolescente, había dibujado un corazón de tinta azul y escrito dentro de él: «Guadalupe, te quiero, eres lo mejor de mi vida». Se trataba de algo muy infantil, pero la desarboló por completo. Sus ojos se empañaron y la vi luchar contra las lágrimas. Miró la taza que tenía entre las manos, intentando recordar qué era y para qué servía. Después desvió la vista hacia un rincón en el que para mí y para el resto del mundo no había nada: fuera lo que fuese, sólo estaba ahí para ella. Pasó la yema de los dedos por aquella hoja como si acariciase un objeto sagrado, con tal delicadeza que parecía temer que se convirtiese en ceniza. Cumplió diez años frente a mí, en menos de un minuto. Después, guardó cuidadosamente esa página en su bolso. No hice nada por impedirlo.
—Esa inocencia, esa luz —dijo, y pareció una frase de otra conversación. Luego, hizo un gran esfuerzo para volver a parecer ella y preguntarme si había hablado de todo aquello con «su hijo Lluís».
—Por supuesto, era mi deber. Su sobrino está al tanto de mis investigaciones. Pero a él todavía no le he hecho la pregunta que acabo de hacerle a usted.
Se detuvo a escrutarme una vez más, con cara de tasadora, dedicándome una mirada apreciativa. Esa mujer nunca se precipitaba, ni siquiera en los momentos en que las circunstancias podían hacerla más vulnerable; sabía aquilatar sus juicios, pensárselo dos veces. Sin embargo, la dureza había desaparecido de su rostro y hubiese jurado que se sentía aliviada: la mejor forma de quitarse un peso de encima es que alguien te ayude a descargarlo; y ella lo había llevado sola demasiados años.
—Ponga su teléfono sobre la mesa y vuelva del revés sus bolsillos. Quiero asegurarme de que no lleva ninguna grabadora.
Lo hice. No la llevaba, así que no tenía nada que ocultar. Tampoco pretendía hacerle ningún daño, naturalmente: ella era la primera víctima de aquella historia.
—¿Satisfecha? No se preocupe, la entiendo.
—Me pregunta si no me asaltaron las dudas acerca de la muerte de mi esposo — dijo, tras otra larga pausa—. Sí y no. Tuve mis sospechas, pero no quise saber más. Aquellos temores me parecieron indignos, difamatorios. En cualquier caso, ¿qué importa? Los dos sabemos que todo aquello está muy lejos, es agua pasada, y aunque alguien hubiera hecho algo impropio, ya no queda nadie vivo a quien castigar.
—Queda Edgardo. El autor material del crimen. Porque fue eso, un asesinato, que ellos consiguieron hacer pasar a un segundo plano con aquella historia de conjuras militares e intrigas para liquidar al dictador. Esos rumores de alta traición cayeron como una losa sobre él, lo convirtieron en un proscrito, en un indeseable. Y por muy inverosímiles que pareciesen esas acusaciones o habladurías, está claro que en la España de 1970 nadie se hubiera atrevido a salir en defensa de un sospechoso de esos cargos.
Suspiró, de forma algo histriónica, y negó con la cabeza.
—Daría lo mismo: cualquier cosa que hubiera hecho en los años sesenta estaría prescrita. Pero además yo pongo la mano en el fuego por él. Su familia trabaja para la mía desde siempre, nosotros lo criamos, le hemos dado una educación, una casa y un modo de vida. La cicatriz que tiene se la hizo en un accidente de coche. Yo misma vi el estado en que quedó el vehículo, era el Aston Martin DB5 de mi padre, la joya de su colección, y si está pensando que lo estrellaron a propósito para tener una coartada, olvídelo: creo que antes de hacerle un arañazo de forma intencionada a aquel automóvil hubiera prendido fuego a El Repòs. Le costó una auténtica fortuna mandarlo a reparar a Inglaterra.
«Que es justo lo que ellos debieron de calcular», pensé: «Lo arrojamos contra una tapia, nos sirve de disculpa y luego lo hacemos desaparecer».
—Perdóneme, pero ¿realmente prefiere convencerse de eso a saber la verdad?
—No me haga reír. ¿Habla en serio? ¿Qué es la verdad? ¿Destruir todo lo que uno tiene? ¿Arrastrar tu nombre por los juzgados y servirles tu cabeza en bandeja a tus rivales y a la prensa amarilla? ¿En nombre de qué? La opinión pública no es un foro, es un circo, y los espectadores no pagan por verte andar sobre la cuerda floja, sino para verte caer. Mire, cuando todo aquello ocurrió, le confieso que me hundí, muy profundamente, y le puedo asegurar que tardé mucho en regresar a la superficie. No lo habría logrado sin la ayuda de mi madre, que Dios tenga en su gloria, pero salí del abismo y al hacerlo me juré que nunca más volvería a sufrir de aquella manera —dijo cerrando el puño como si el dolor fuera un insecto y lo hubiese atrapado en el aire—. Desde entonces, sólo he tenido un objetivo en la vida: conservar nuestro legado y asegurarme de que nada ponía en riesgo el bienestar de mis hijos. Y sí, señor Urbano, para mí ambos lo son, así que deje de ofenderme con lo que usted considera sarcasmo y yo calificaría como una simple falta de respeto.
Me encaró de nuevo. Tenía una expresión neutra y una mirada penetrante. Levantó la barbilla. Juntó las manos igual que si fuese a bendecir la mesa.
—Le pido disculpas —dije.
Me estudió una vez más, para ver si era sincero, y decidió que sí, al menos en parte. Su gesto se pacificó a la manera de un líquido puesto al fuego cuando se baja la llama.
—Pero en algunas cosas —continuó, ya más atemperada— tiene parte de razón, y lo admito; es cierto que al nacer Lluís parecía que llegaba el Mesías y que cuando vino al mundo Narcís no fue lo mismo. No se imagina lo que eso supone para una madre. Si embargo, la vida consiste en perdonar unas cosas, no olvidar otras y no rendirse nunca, ésa ha sido mi máxima desde que tengo uso de razón, y gracias a ella aún estoy aquí y he dejado atrás a muchas personas que parecían más rápidas, más listas o más fuertes que yo.
—Su guardaespaldas ha intentado matarme; está en el hospital, aunque según los cálculos de quienes le mandaron hacerlo soy yo quien tendría que estar en el cementerio.
—No sea paranoico y no confunda la realidad con sus novelas. Nosotros no nos dedicamos a eso, somos simples comerciantes.
—Es usted quien confunde lo que prefiere creer con lo que ha pasado. Hágase una pregunta: si ese individuo es capaz de hacer esto ahora, ¿por qué no iba a hacerlo en 1970? Entonces era casi un crío, pero ellos también saben usar una pistola…
Vi que vacilaba y que al final lograba sobreponerse. Tal vez no se atrevía a reconocer que, en el fondo, no le había descubierto nada que no se temiera ella misma desde el principio. Quizás es que toda su vida se basaba precisamente en el temor a saber, en su decisión de no levantar la venda para no enfrentarse a la herida. Dejé de tenerle miedo para tenerle lástima. Si se lo hubiese hecho saber, ella habría creído que salía perdiendo con el cambio: con el tiempo, hasta ella creería que era la persona que aparentaba ser ante los demás, esa gran dama cuyo nombre llevaba como séquito los adjetivos más insidiosos: rígida, huraña, escueta, glacial, desapacible, amargada…
—Quizá su fantasía le ha hecho ver visiones —dijo, para convencerse a sí misma —. Se ha dejado influenciar por Lluís y sus historias de piratas…
—Edgardo fue a mi casa, señora Espriu, la policía lo sabe porque lo encontró allí. Él no es un invento, ni tampoco lo es Verónica Flores Chevalier.
—No tengo la más mínima idea de por qué fue allí, pero puede estar seguro de que no volverá a acercársele. En cuanto a lo demás, no sé de quién me habla.
—Lo sabe perfectamente. Le hablo de una joven que lleva su sangre, que estaba en Cuba y a la que ustedes han llevado a Tanzania.
—Sea quien sea y esté donde esté, sigo sin saber a qué se refiere. ¿Quién la ha llevado ahí, cómo y para qué?
—De acuerdo, supongamos que lo ignora. En ese caso, resultaría evidente que Narcís actúa en solitario y a sus espaldas.
—No me haga reír, por favor. Usted no lo conoce. Él nunca haría algo así. Y además, ¿no se da cuenta de que todo esto es absurdo? Los bucaneros, los esclavos, las colonias, la familia perdida de ultramar, las plantaciones de azúcar… Se ha dejado engatusar por un hombre que tiene la mente nublada por lo que lee y lo que bebe; o quizás es que le interesaba el encargo que le hizo, por absurdo que fuera, y primero le ha seguido la corriente y ahora está ofuscado. Piénselo bien y verá lo ridículo que es tratar de resolver un asunto que supuestamente ocurrió hace siglo y medio.
—A mí no me parece una locura, sino un gesto muy hermoso.
—¿Cuál? ¿Ser un quijote?
—Querer reparar una injusticia.
Sonrió de forma condescendiente, negó con la cabeza y se puso la mano sobre el corazón, con los dedos muy extendidos, como si fuera a saludar con una inclinación reverencial a un auditorio. Había una gota de juventud en aquel gesto, un vestigio de alegría. Por alguna razón, hubiera apostado algo a que esa luz que vi encenderse y apagarse en su rostro, lanzar un destello plateado como el de un pez en el fondo de un estanque de agua sombría, fue una de las cosas que hizo que José González se enamorase de ella. Si no lo hubieran matado por puro fanatismo, para evitar que un infeliz se hiciese con el control de su fortuna o que un don nadie pusiera en tela de juicio su pasado, ahora estaría allí y su mujer le seguiría pareciendo muy bonita. Pero no era así, lo habían mandado al otro barrio, como hubiera dicho mi madre, igual que se aplasta a un insecto. Me volví a preguntar si fue por su desafío de escarbar en el pasado de la familia o por su estirpe modesta, y supuse que una cosa sirvió de disculpa para la otra y las dos fueron la tapadera que ocultaba el auténtico motivo: envueltos en sus banderas, no querían, bajo ninguna circunstancia, que se airease su connivencia con la dictadura y las ventajas comerciales que habían sacado de sus buenas relaciones con el autodenominado Movimiento Nacional, en una época en la que sólo pasando por el aro podías ser un león: El Pardo no otorgaba un contrato público a quien no agachase la cabeza ante la tiranía y, como es obvio, repartiera con ella el botín…
—He cambiado de opinión con respecto a usted, señor Urbano, le voy a confesar que empiezo a tenerle alguna simpatía. Me gusta la gente que pelea, que no abandona ni saca bandera blanca. Y quiero que sepa que le agradezco de todo corazón que me haya dado el manuscrito de mi esposo: para mí es muy importante, me recuerda que alguien me quiso una vez —dijo mientras se levantaba, dando por concluida la cita—. Pero sea listo y háganos caso: retírese a tiempo, envíe su factura, cobre su minuta y regrese a su mundo. En el nuestro no tiene nada que hacer.
—No me basta con eso.
—Sí, ya lo supongo, usted apunta alto; mi madre solía decir que el ambicioso siempre recibe menos de lo que le das. Pero tenga cuidado: también puede ocurrir que por querer sacar más de la cuenta se queden sin nada.
El plural nos incluía a mí y a Verónica Flores, por supuesto. ¿Qué esperaba? Guadalupe Espriu era coherente, como todas las personas inflexibles, y si para encumbrar a su hijo le cortó el paso, con buenas y malas artes, a su propio sobrino, que además era quien por edad estaba destinado a dirigir las sociedades de la familia, ¿cómo iba a aceptar que una extraña se llevase parte del pastel?
La observé mientras se alejaba con andares a la vez suntuosos y aprensivos, entre un enjambre de camareros que la halagaban sin límites, le abrían paso y revoloteaban en torno a ella con ademanes zalameros, frotándose las manos con rapacidad, tan ansiosos como una nube de gaviotas sobre un barco de pescadores. Les dio una propina que debió de ser mayor que la propia cuenta. A mí, bien mirado, me había ofrecido exactamente lo mismo: que aceptase unos cuantos billetes de color violeta y dejara de buscarle tres pies al gato.
Al final, no importa por qué camino vayas ni adónde, porque todo acaba en el mismo lugar y por la misma causa: el dinero, ese virus que infecta a la gente, la narcotiza, le nubla la razón, la vuelve inmoral, ruin, avariciosa, depravada, servil y, antes que nada, traicionera. Qué bien lo sabía yo desde el día anterior, cuando leí en internet un reportaje sobre la excavación de la que formaba parte Mónica, en la necrópolis de Qubbet el-Hawa, cerca de la ciudad de Asuán. Las expectativas eran inmejorables, aún no habían aparecido la dama Sattjeni y el gobernador Herjuf, unos hallazgos sobre los que pronto iban a correr ríos de tinta por medio planeta, pero las razones para el optimismo estaban «más que justificadas», porque «nuestros arqueólogos» tenían «la preparación, el entusiasmo y los medios que se requieren para encontrar los tesoros que guarden las laderas de aquella casa de los vientos, que es como se traduce el nombre árabe de la colina donde se halla este misterioso yacimiento, situado a orillas del Nilo», y contaban con una tecnología punta, a la que habían accedido «gracias a la financiación de la empresa patrocinadora» que hacía posible su búsqueda. Cuando leí el nombre, me quedé de piedra: se trataba de Biorefinery & Agribusiness Global Inc., la multinacional de los Espriu.
Seguro que habían llegado a un acuerdo ventajoso para las dos partes, a partir de la oferta que Narcís González puso sobre la mesa durante nuestra visita a El Repòs y ante mis propios ojos, aunque entonces yo no me diese cuenta: «A usted, de Egipto le interesan las pirámides; a mí el canal de Suez y que exporta ochocientas mil toneladas de verduras a la Unión Europea, lo que lo convierte en un país idóneo para instalar nuestros invernaderos de alta productividad», le había dicho, poco más o menos. Y ella seguro que lo cazó al vuelo, la bombilla se encendió dentro de su cabeza y supo que ahí estaba la oportunidad que aguardaban ella y su equipo para poder sufragar la expedición, y que esos trenes pasan una vez en la vida y no regresan, así que aceptó el trato y se efectuó el canje: ayuda económica a cambio de información y de silencio. Quizá de postre le había ofrecido lo mismo que me propuso a mí en su momento, unos días de vacaciones en sus propiedades de Tanzania con paradas en Dar es-Salaam, el Kilimanjaro, el parque Serengueti, la isla Pemba y, lo más tentador para ella: una visita privada a la garganta de Olduvai, donde se cree que está la cuna de la humanidad.
Imaginé que cuando cenábamos en el restaurante de Miami que hay donde estuvo la casa del poeta Juan Ramón Jiménez, o incluso unas horas después, cuando hacíamos el amor en el hotel, ella sabía que Edgardo iba a entrar en nuestra habitación del Meliá Cohiba para husmear en mis papeles, colocar micrófonos, cámaras o lo que fuera que pretendiese hacer allí. Y que unos días más tarde, ya de vuelta en La Habana, cuando se metió por sorpresa en mi ducha de los vestuarios de la piscina, lo hizo solamente para ganar tiempo, porque sabía que el enviado de los Espriu estaba a punto de colarse por segunda vez en nuestro cuarto, en busca de mis apuntes y mi ordenador. Esa vez, sin embargo, les fallaron las previsiones, porque volví antes de lo que habían calculado; o quizás es que él se entretuvo más de la cuenta en su registro; pero el resultado fue idéntico: acabé en el hospital porque tuve la fortuna de no hacerlo en una cámara frigorífica. «Sí», me dije, sintiendo que los ojos se me llenaban de unas lágrimas densas como gotas de mercurio que no supe si eran de dolor o de rabia, «ella tenía que estar al tanto, tenía que saber todo eso». Me estremecí y a la vez me puse furioso al preguntarme si también estaba al tanto de lo que iban a hacerle a la profesora Cabrera. ¿Lo sabía mientras nos entrevistábamos con los veteranos de El Encanto; mientras cenábamos a la luz de las velas en el restaurante que hay en la antigua casa de Juan Ramón Jiménez y le hablaba de sus poemas, «yo no quería volver / en mí, por miedo de darles / disgusto de árbol distinto / a los árboles iguales»? ¿Lo sabía mientras los policías me acosaban en el hospital, después de ser golpeado por Edgardo, y me enseñaban aquellas fotos trucadas de nosotros dos y Delia?
Las respuestas daban igual y los detalles eran lo de menos, en qué acertaba y en qué no, qué había ocurrido y qué eran nada más que imaginaciones mías. El caso es que estaba otra vez solo, por dentro y por fuera; que mi corazón volvía a ser exclusivamente una máquina de bombear sangre, con sus aurículas, sus válvulas y sus arterias, y que me había quedado sin testigos de lo que sucedió en La Habana y sin la persona que podía identificar las obras de arte que se guardaban en El Repòs y que probarían las actividades ilícitas de los Espriu. La doctora Grandes me había vendido.