Los treinta apellidos
Capítulo veinticuatro
«Abriré una ruta hacia el interior de África o moriré en el intento», dicen que se juró a sí mismo el explorador David Livingstone. Y lo cierto es que estuvo muy cerca de acertar con su profecía; en sus expediciones, fue herido por un lanza y padeció más de treinta fiebres malignas; en el valle de Mabotsa fue atacado por un león que le dejó la marca de sus colmillos en la piel; en la aldea de Colobeng los bóeres saquearon su cabaña y arrasaron su biblioteca cuando lo fueron a buscar para matarlo; en el desierto de Kalahari, sobrevivió a base de ranas guisadas, orugas fritas y una especie de calabazas llamadas kengwe de las que nunca se podía estar seguro de si eran venenosas o no; en las orillas del río Chobe, la mosca tse-tse mató a casi todos los bueyes de su caravana; en los rápidos del Zambeze su canoa naufragó y sólo con la ayuda de sus remeros pudo librarse de caer por las cataratas Victoria y alcanzar a nado la isla de la Cabra… Pero después de todo eso y de sufrir muchas más desventuras en sus expediciones desde Ciudad del Cabo a Mozambique y de la isla de Zanzíbar al lago Tanganica, logró su objetivo. Yo estaba leyendo sus memorias con la intención de tomarlo como guía espiritual y seguir su ejemplo de perseverancia. Y porque, al fin y al cabo, fue Lluís Espriu quien me habló insistentemente de él cuando nos conocimos, y los amantes de la literatura no podemos evitar creer que todos los buenos libros cuentan por lo menos dos historias: la suya y la de quienes los leen. La realidad suele encargarse de demostrar justo lo contrario: que saber cosas de los demás no te ayuda a conocerlos.
Aunque yo no tenía la intención de buscar las fuentes del Nilo, como él y como los protagonistas de Cinco semanas en globo de Julio Verne; ni de evangelizar a nadie, como el misionero escocés, tampoco iba a quedarme de brazos cruzados y permitir que Verónica Flores Chevalier siguiese igual de perdida que hasta entonces, sólo que en otro lugar, ni que todo mi trabajo hubiera sido en balde, una simple pérdida de tiempo, por muy bien pagada que estuviese: esa manera de ser no va conmigo, prefiero ganar la mitad por acabar lo que empiezo a llevarme el doble por dejarlo a medias. Puede que ése sea el modo de comportarse de un perdedor, pero al menos no es el de alguien que se vende por un plato de lentejas. Y, en cualquier caso, uno puede ser de los que ganan o de los que pierden, nunca de los que abandonan. Si el futuro del rebelde también está escrito, al menos lo dejará lleno de tachaduras.
Continué haciendo averiguaciones. Le di otro vistazo general a la historia de los Espriu y los Quiroga, sin encontrar en su pasado más de lo que ya sabía. Los acontecimientos y los nombres pasaron por mi mente como los dibujos de unos naipes entrevistos mientras los baraja un tahúr o un mago. Eran triunfadores, es decir, gente respetada por los suyos y temida por el resto. Eran laboriosos y ávidos, de esa clase de personas que harían cualquier cosa que esté en su mano para evitar que lo que quieren acabe en la tuya. Eran firmes, emprendedores, competitivos y, si la situación lo requería, implacables, porque considerar la vida una carrera te hace ver a las personas más fuertes como rivales y a las demás como simples obstáculos. Eran intuitivos, persistentes, audaces sin llegar a ser temerarios… Nada los definía mejor que los dos significados de la palabra fortuna, porque les sobraban la suerte y el dinero. Y con la suma de una cosa y la otra habían comprado poder, notoriedad e influencia.
El único punto de desdicha en su camino eran las muertes de Aloia y Guifré, en aquel choque de trenes en Medina del Campo, y la del comandante José González. Me puse a curiosear acerca de esa última desgracia. «Ya sabrás lo que buscas cuando lo encuentres», me dije. En la prensa de la época no descubrí gran cosa, más allá de una esquela en ABC y unos recortes en la Hoja del Lunes y en los diarios Ya y El Alcázar, en los que se informaba del «fatal accidente» y se eludía de forma sospechosa cualquier mención a la familia de su mujer, más allá de citar el nombre de la viuda. La única excepción era la del periódico de sucesos El Caso, que aunque fuera a su modo, con el estilo habitual de la prensa amarilla, dejaba algunos interrogantes sobre la mesa, entre ellos uno que me intrigó de forma especial: ¿qué explicación tenía, se preguntaba el reportero, que aquel «militar curtido en mil batallas», «hijo de un veterano de la guerra de Marruecos y él mismo oficial del ejército», hubiese disparado aquella tarde «no una sino dos balas, según fuentes de la investigación»? El fotógrafo de aquella cabecera volcada en la crónica negra había captado una imagen del segundo impacto en el marco de la ventana que había «frente al sillón en el que se encontró a la víctima», el lugar donde supuestamente se le había disparado el arma. «Si fue un accidente, resulta incomprensible; y si se trató de un suicidio, tampoco tiene lógica», decía el rotativo. «Sin embargo, la policía no contempla, al cierre de esta edición, una tercera posibilidad que, a la luz de los indicios de que se dispone, no parece en modo alguno descabellada», se decía en el artículo: «y es que el finado hubiera abierto fuego contra otra persona, antes de ser abatido…».
¿A qué tipo de asaltante se referían? ¿Un ladrón o un agente secreto de la dictadura, como sospechaban sus compañeros de armas y también los Espriu i Quiroga? ¿Tal vez un terrorista…? El móvil del atraco estaba casi descartado, puesto que no se denunció ningún robo, y sólo podría suponerse que los intrusos se hubieran asustado y huido al verse con un cadáver entre las manos. Un acto de guerra sucia por parte del Estado tampoco me parecía muy verosímil, por mucho que ese rumor hubiera hecho fortuna: aquel hombre quizá pudo conspirar un poco en los cuarteles, pero resultaba evidente que no fue nada serio; tampoco se entendía por qué tendrían que haber ido a por él y no a por otros, si es que realmente formaba parte de una confabulación; y además, el estilo de los represores en aquella España no era el asesinato bajo cuerda de los insurgentes, sino su detención y castigo ejemplarizantes, o en último caso el fusilamiento deshonroso. En cuanto a las dos últimas opciones, estaban fuera de lugar, puesto que la guerrilla de los maquis ya había sido aniquilada y ETA, aunque proclamó la lucha armada en esos mismos días y en Bayona, no empezaría a cometer atentados hasta unos años más tarde.
Sin embargo, era evidente que en aquellas palabras se sugería que si la hipótesis del crimen era descartada sin explicaciones y como si el segundo proyectil Bergmann-Bayard de nueve milímetros nunca hubiera salido de la pistola Star Z62 del comandante era porque se trataba de echar tierra sobre el asunto. ¿Con qué fin? Y en cualquier caso, ¿por qué ni su viuda, ni su hijo, ni su sobrino Lluís me habían hablado de eso? Me extrañó sobre todo de él, porque hubiese jurado que en eso era igual que yo y, por lo tanto, estaba convencido de que normalmente no hay mejor modo de empeorar las cosas que dejarlas como están. ¿No era esa idea la que le había llevado a contratarme para encontrar a su familia perdida de América?
Las interrogaciones zumbaban en mi cabeza como en un avispero. ¿Quién podría querer eliminar a José González? ¿Su familia política? Parecía obvio que no era santo de su devoción, como habría dicho mi madre, y que los Espriu i Quiroga consideraban que no daba la talla como marido de su hija, incluso que empañaba su apellido y hasta los ponía en mal lugar; pero ¿hubiesen llegado a ese extremo? Puede que les molestara que husmease en los inicios abominables de su fortuna y en la leyenda negra de sus antepasados, justo cuando ellos se esforzaban en presentarse como espejos en los que debían mirarse la nueva sociedad y la futura clase política. O tal vez se sintieron en peligro cuando el militar encontró dentro de aquel libro de la condesa de Pardo Bazán dedicado a Olalla Quiroga la carta enviada desde La Habana por Verónica Graciela Maristany a su padre biológico. ¿Llegaron a saber que no habría llegado más lejos, a juzgar por la anotación que hizo bajo la foto de la hecatombe ferroviaria de Medina del Campo y que encontraría entre sus papeles, muchos años después, su sobrino Lluís?: «¡Se acabó! ¿Cómo seguir con esto ahora? Bastante tienen ya…».
Atando cabos, me dije que Biel y Olalla sabían que ese día José González estaba solo, puesto que Guadalupe había llevado a Narcís a pasar la mañana con sus abuelos en El Repòs. Y también recordé la prisa que después de lo sucedido se dieron ambos, ella para marcharse con su hija a La Coruña y él en incinerar a su yerno y dar sepultura a sus cenizas en Badalona; en donar al ejército y a la Cruz Roja las pertenencias del difunto y en vender en menos que canta un gallo el piso del paseo de Gracia. Yo mismo había visto al dorso de los papeles del difunto que me había dejado Lluís Espriu unas cuentas que alguien había pormenorizado: en los ingresos, constaban tres millones de pesetas por la casa, y en los gastos, el coste del entierro, el del ataúd y las coronas de flores y, finalmente, una cifra de «quinientas mil» asignada al epígrafe «pago evc». Sea como fuere, tanta prisa sólo podía tener dos explicaciones que cabían en una pregunta: ¿no quisieron dejar ni rastro de él para que su mujer lo olvidase entonces o para que otros no lo pudieran seguir en el futuro?
Busqué la dirección de correo electrónico de la oficina de Narcís y el teléfono de su secretaria y mandé a ambos y también a Lluís el PDF de la página de El Caso sobre la oscura muerte de José González. En el asunto del mensaje, puse: «Una historia de tráfico, expolio y ¿asesinato?». Si les ponía nerviosos, quizá dejaran de actuar con tanta prepotencia. Me pregunté si empezaba a comportarme como un chantajista. «Bueno, te quedan tres meses para regresar al instituto, a tu vida de profesor y a la rutina, así que ¿por qué no divertirte un poco antes de ser de nuevo una persona seria y estable?», me dije. «Y, además, ¿por qué no hacer algo para bajarles los humos a esos maquiavelos de tres al cuarto?». Por supuesto que me repetí que en realidad nada de aquello era un asunto de mi incumbencia y tal vez me ponía en peligro a cambio de nada; pero me dio igual: iba a serme fiel a mí mismo, aunque sólo fuera para llevarme la contraria.
A la espera de la reacción que pudieran tener, me puse a trabajar en una de mis biografías por encargo, la del hombre de Rota, Cádiz, que estaba a punto de cumplir cien años, había trabajado toda su vida como enólogo de unas famosas bodegas de Jerez de la Frontera y en julio de 1956 había sobrevivido al naufragio del transatlántico Andrea Doria frente a las costas de Nantucket, Massachusetts, por donde navegaba entre la niebla, ya a punto de alcanzar el río Hudson y concluir su ruta entre Génova, que era donde él había embarcado, y Nueva York. El mundo es un pañuelo y otra vez se cruzaban en mi camino Moby Dick y los cazadores de ballenas…
Trabajé hasta la madrugada, con la ayuda de varias tazas de café negro como el azabache, mientras pensaba en Mónica, con quien había podido hablar por última vez hacía dos semanas, cuando aún estaba en un hotel de isla Gezira, en El Cairo, ultimando los últimos detalles de su traslado a Asuán y al yacimiento de Qubbet el-Hawa, en busca de su dama Sattjeni y su gobernador Herjuf, el explorador de África. Aquella mujer se me había metido en la cabeza y en el corazón, de modo que era muy fácil de localizar: estaba justo aquí, en todas partes. Supongo que estar enamorado consiste en eso: la felicidad va de dentro a fuera, es la caracola quien oye el mar dentro de ti.
Me tumbé en el sofá cama de mi nuevo despacho, que era menos confortable que la cama del dormitorio, pero a cambio tenía dos ventajas: el ambiente de paz que le daban los libros y sus vistas al jardín. Era una noche de luna llena y todo parecía tener un aura de misterio, refinado por aquella luz de una blancura espiritual, hipnótica. Soplaba un viento apacible, sedoso, y era grato escuchar tras los vidrios la marea seca de los árboles. A lo lejos, se oía el rumor de la autopista, el bisbiseo de los coches y a veces el rugido dogmático de los camiones. Luego, de repente, los sonidos cambiaron y pensé que ya me había dormido, que soñaba con la selva y pronto vería las cataratas Victoria, escucharía el mosi-oa-tunya, el humo que truena, divisaría al doctor Livingstone y las manadas de elefantes junto al río Zouga. Creí sentir tam-tams en la distancia y el murmullo de la jungla: algo que cruje, algo que repta, algo que se agita, algo que se posa, algo que se te acerca con sigilo… Pero de pronto supe que no era eso, sino las pisadas de alguien que había entrado en la habitación. Abrí los ojos con el tiempo justo para ver al ciclópeo Edgardo viniéndoseme encima, distinguí un destello feroz en su mirada, los dientes de tiburón… Cuando intenté saltar del sofá cama, ya era demasiado tarde. Se dejó caer sobre mí, para inmovilizarme. «Debía de pesar como dos hombres juntos», lo mismo que el Goliat de la Biblia, y noté que me aplastaba. Me tapó la boca y la nariz con una mano, para asfixiarme, y con la otra me agarró de la garganta. Pude distinguir el anillo de los Feijóo de Sotomayor, la espada, los roeles, la corona… Me quedaba sin oxígeno. Se me empezó a nublar la vista: los muebles, la lámpara, las vigas de madera…, todo parecía indefinido, un bosquejo a lápiz de la habitación. En unos segundos estaría muerto. La piel me ardía, igual que si estuviese en llamas. Sentí su respiración discontinua, agitada por el esfuerzo de estrangularme, era un gruñido sordo y feroz, de animal devorando a su presa… Vi su cicatriz en la mejilla y de pronto supe con toda certeza de qué manera, cuándo y quién se la había hecho.
La otra vez que me había atacado, en mi cuarto del hotel de La Habana, me quedé sin respuestas, absolutamente paralizado, no intenté combatirlo porque no pude recordar ninguno de los movimientos del krav magá, la técnica de defensa que me enseñó la Guardia Civil cuando estuve perseguido por la fenya. Por suerte, esta vez la bombilla se encendió y los mecanismos se activaron, recordé en un instante y por puro espíritu de supervivencia todas las lecciones que me habían dado en los entrenamientos los agentes de la Unidad Especial de Intervención: liberarse y contraatacar; si estás en el suelo, o bloqueado sobre cualquier otra superficie, uno: recoge las piernas; dos: busca un punto de apoyo y pivota hacia un costado; tres: coge al agresor del pelo con tu mano más débil y tira hacia atrás como si abrieses una trampilla, mientras con la otra le aprietas la nuez de Adán igual que si lo hicieses con unas tenazas; cuatro: mete la pierna derecha bajo la izquierda, haz palanca, gira y lo volteas; y cinco: después, te levantas clavándole el antebrazo en el cuello, te impulsas hacia arriba; y a partir de ahí, una de dos: huyes o le golpeas.
Hice todo eso y aquella mala bestia cayó a plomo en el espacio que había entre el mueble y la pared, lanzando una exclamación en la que se juntaban la sorpresa, la ira y el odio. Al ir a incorporarse, ciego de rabia y obstaculizado por su edad y por su propia corpulencia, se agarró a una de las almohadas y volvió a resbalar. Soltó otro juramento, se revolvió con aspavientos de alimaña atrapada en una red, chocó con una estantería auxiliar en la que yo había colocado las obras de mis poetas favoritos…, y la lámpara que había encima cayó a tierra con un estrépito de loza y cristales rotos. Cuando por fin se rehízo y estuvo en condiciones de saltar sobre mí para acabar de una vez por todas conmigo, yo era otro, no habían transcurrido más que unos segundos, pero bastaron para que encontrase un arma contundente: mi delicada estatua de Seshat, Señora de los Libros, Diosa de la Escritura, Guardiana de las Bibliotecas y Reina de los Arquitectos. Al verla, torció el gesto y se quiso llevar la mano al bolsillo, seguramente tendría ahí una pistola, tal vez un puñal… Pero ya era demasiado tarde para él y los dos lo sabíamos. En un visto y no visto, levanté la figura egipcia, aferrándola con las dos manos igual que si fuera un bate o una maza de guerra medieval, tensé los músculos hasta el límite y se la partí en la sien, poniendo el alma entera en aquel golpe ejecutado con una violencia proporcional a mi miedo y del que dependía, sin ningún género de dudas, que yo saliese de allí por mi propio pie o en la camilla plegable de una ambulancia y cubierto con una manta de poliéster metalizado de color oro.
El estallido fue terrible, un quebrarse brutal de arcillas y huesos. Su cabeza se dobló bruscamente, en un ángulo inverosímil; me lanzó una mirada estupefacta, como de pez muerto en una caja de hielo; su rostro pareció que se apagaba lo mismo que una bombilla que se desenrosca o se funde, y todo él se vino abajo con un estrépito de torre dinamitada, soltando un grito borroso, un estertor sombrío, «olas gigantes que os rompéis bramando», como dice Gustavo Adolfo Bécquer. Después, la escena del crimen quedó en un silencio inquietante, lleno de malos presagios y amenazas. «El jayán asesino», hubiera titulado quizás en su portada, a cinco columnas y con grandes letras, El Caso.
Me hubiese gustado atarlo con una soga o unas cadenas antes de que volviera en sí, quitarle el revólver —si es que de verdad llevaba uno—, echarle un cubo de agua a la cara y cuando se despejase hacerle un interrogatorio en el que le presionaría para que me respondiera a muchas cuestiones y aclarar varios asuntos: por ejemplo, hablarme del día en que mató al comandante José González, decirme quién le dio la orden de hacerlo y quién le había dado ahora la de ir tras mis pasos a Cuba y atacarme en Las Rozas. Le amenazaría con dispararle. «Ni eres capaz de hacerlo, ni sabes usar un arma», podría responderme: «¿Y qué?», diría yo, con maneras de detective: «Tengo el cargador lleno y eso pone la suerte de mi lado: yo sólo necesito acertar una vez y tú, que falle doce». Después de hacerle entrar en razón, le preguntaría si era consciente de por qué llevaba aquel anillo que le habían regalado o tal vez puesto a la fuerza sus jefes y si sabía que sus antepasados habían sido algunos de los gallegos que esclavizó en La Habana el negrero Urbano Feijóo de Sotomayor y que entre ellos se contaba, casi con toda certeza, uno de aquellos bebés que criaban los terratenientes en sus mansiones para transformarlos en esbirros insobornables, tal y como me había contado a través del supuesto ensayo sobre Nicolás Guillén que me hizo llegar la profesora Delia Cabrera, porque estaba seguro de que era a él a quien se refería en clave: «Los usaban para entretener y hacerles compañía a sus hijos y al crecer los empleaban como criados, doncellas, mayordomos o gobernantas». «Su vida estaba ligada durante generaciones a la de sus amos». «Por lo general, esos empleados desconocían sus orígenes y no consideraban explotadores a sus patronos, sino verdaderas almas caritativas, así que les estaban agradecidos y les eran leales. Cuando los colonizadores decidían regresar a España, lo más común era que los acompañasen de buen grado y por su propia voluntad, para seguir allí a sus órdenes».
Finalmente, me gustaría saber también si en La Habana no quiso acabar conmigo o es que me dio por muerto. Pero la verdad es que no tuve valor para hacer nada de eso, me había salvado por la campana y jugar a héroe de película no estaba entre mis planes; así que, en lugar de pensármelo dos veces, la segunda la usé para huir, lo dejé encerrado bajo llave, me marché de casa y marqué el número de la policía. Hay ocasiones en las que lo mejor no es lo que más conviene.