Nunca pasa nada
Capítulo 9
ANDREW EMPEZÓ el día como un hombre casado, con la certeza de que nunca pasaba nada en su pequeño mundo, aparte del diminuto detalle de que ahora un hombre ocupaba todo su tiempo.
Terminó el día como un hombre honesto, por primera vez en su vida adulta, aunque no sabía qué demonios acababa de pasar.
ANDREW SALIÓ cuidadosamente de su cuarto oscuro, con los brazos llenos de equipamiento que organizar.
—¿Necesitas una mano?
Sobresaltándose por la voz inesperada, miró por encima de su hombro.
Stephanie dejó su bolso y se dirigió hacia él con los brazos extendidos.
—Gracias —accedió Andrew.
Stephanie tomó lo que pudo en sus manos, y lo colocó sobre la encimera que había detrás de ella. Andrew hizo lo mismo con el resto de los artículos, después dio un paso atrás para mirar a su esposa.
—Eh, no es que sea un ingrato, pero ¿por qué estás aquí? —preguntó.
Stephanie rasguñó un pedazo desportillado en la encimera.
—Necesito hablar contigo sin que Colin escuche. Es más difícil ahora que está de vacaciones. Se ha ido unas horas a casa de Bobby.
Andrew levantó una ceja, pero se limitó a decir:
—¿Quieres un café?
Ella asintió, con una expresión de alivio por posponer la conversación durante unos minutos más. Andrew la observó discretamente mientras
preparaba una taza de café. Stephanie estaba preocupada por algo. Estaba mordiendo su cabello mientras esperaba a que él regresara. No la había visto hacer eso desde que estuvo reuniendo el valor para hablarle de Joe.
«Oh, Dios…».
Unos minutos después, estaba empujando una gran taza de café delante de Stephanie, con una sensación de ansiedad atenazando su estómago.
Esperó hasta que bebiera un poco, luego puso una mano sobre la de ella.
—¿Vas a decírmelo ahora, Steph? Vamos, no voy a morderte.
Ella lo miró, y entonces le espetó:
—Joe y yo queremos casarnos.
Andrew tragó saliva, después le dirigió una débil sonrisa.
—Ya era hora, cariño.
—¿No te importa? —preguntó Stephanie en voz baja—. ¿Tu madre, Colin…?
Andrew le apretó la mano.
—¿No crees que ya es hora de que nos enfrentemos a mi madre? Ha controlado nuestras vidas durante mucho tiempo. Y nuestro chico es fuerte.
Lo superará.
Stephanie soltó un débil sollozo.
—¿Y tú, Andrew? ¿Vas a superarlo?
—Tengo que hacerlo, ¿no es así? Todavía tengo un hijo a quien mantener. ¿Joe quiere hacerse cargo de la hipoteca? —Andrew trató de sonreír, pero sabía que se notaba que era forzado.
Ella asintió.
—Estará feliz de hacerlo, pero no tienes que irte de inmediato. El sótano es tuyo mientras arreglamos todo.
—Creo que voy a irme a vivir con Gary, me lo ha estado ofreciendo desde hace años. Colin ya no es tan pequeño. No me necesita tanto. —
Andrew se mordió el labio para impedir que siguiera temblando.
Stephanie no se dejó engañar y le acarició la mejilla con suavidad. Su relación había sido estrecha, aunque poco convencional a lo largo de los años, y herir a su marido era lo último que quería hacer.
—Siempre te necesitará, tú lo criaste, ¿recuerdas? No te vamos a echar. No voy a dejar que eso suceda. Aunque será bueno para ti tener un poco de tiempo a solas. Tienes que estar lejos durante una temporada.
Andrew la miró con cautela.
—¿Por qué tengo que irme lejos?
Con su mano cayendo sobre la mesa, Stephanie dijo:
—Nunca te he juzgado ni criticado tus decisiones. Siempre has sido discreto al mantenerte lejos de casa, pero esto que estás haciendo ahora…
es peligroso y alguien va a salir lastimado. —Lo miró a los ojos—. Tú no juegas con fuego. No a la vuelta de la esquina.
Profundamente afectado, Andrew preguntó:
—¿Cómo lo sabes? —No se había dado cuenta de que Stephanie conocía sus sentimientos por Nathan.
Ella le dirigió una sonrisa triste.
—¿Te has dado cuenta de la forma en que lo miras? Está escrito en tu cara, y lo mismo le pasa a él. Incluso después de la fiesta de Año Nuevo, Jim me preguntó si estábamos bien. Eso sí, Allison probablemente le aconsejó que lo hiciera.
—Tenía dolor. Lo llevé a casa. —Andrew estaba furioso; «¡Esa vieja bruja entrometida!»—. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Dejarlo en agonía?
—Oye, soy yo con la que estás hablando. Sé que estabas haciendo lo correcto, en ese entonces. —Stephanie hizo una pausa—. ¿Pero ahora? Es un poco más que eso, ¿verdad? Andrew, la gente está empezando a murmurar, y eso está hiriendo a Alex. Nathan ha estado realmente apagado desde que volvió del fin de semana fuera. Está distante y de mal humor.
—¿Ella dijo eso? —cuestionó Andrew con voz ronca.
Stephanie asintió.
—No sé lo que pasó, cariño, y no lo quiero saber, pero vete con Gary durante unas semanas. Disfruta un poco de la vida. Olvídate de Nathan.
Andrew se encogió de hombros.
—Si te pidiera que te olvidaras de Joe, ¿podrías hacerlo?
—¿Yo? Probablemente. Dolería, pero podría hacerlo. —Sin embargo, Stephanie no podía mirarlo a los ojos.
—No estoy seguro de que pueda olvidarme de él, Steph. Lo amo —
admitió Andrew, diciéndolo en voz alta por primera vez.
Ella le apretó la mano.
—Cariño, sé que es así, y Dios sabe que si hay alguien que merece amar, eres tú, pero está casado y tiene un hijo. No está disponible. Vete y consigue algo de espacio para respirar, para todos. ¿Sí?
Andrew asintió lentamente. El trabajo estaba tranquilo y no sería difícil conseguir quien lo cubriera en el hospital durante unas pocas semanas. La enormidad de lo que Stephanie le acababa de decir se estrelló sobre él como una ola gigantesca. No había tenido ni idea de que había sido tan evidente.
Stephanie lo observaba atentamente.
—¿Sabes?, es la primera vez en diez años que te he visto mostrar tantas emociones. Ya era hora de que empezaras a vivir de nuevo. —Se puso de pie y él hizo lo mismo—. Supongo que será mejor que vayamos y se lo digamos a nuestro hijo.
Andrew tragó saliva con dificultad; no era una conversación que deseara en absoluto.
—HOLA, MAMÁ. —Andrew sujetaba el teléfono con tanta fuerza, que sus nudillos estaban blancos.
—¿Andrew? ¿Eres tú? ¿Por qué tu voz está tan ronca? ¿Qué sucede?
—Las angustiadas preguntas que su madre soltó, bombardearon su dolorida cabeza.
«¿Ronca? Tal vez porque acabo de decirle a mi hijo que no me volverá a ver durante semanas. Tal vez porque le dije a mi hijo, al que crié, que alguien más va a ser su papá a tiempo completo. Tal vez sea porque mi hijo y yo hemos estado llorando durante las dos últimas horas.
»¿Cuál es el problema? Eh, ¿por dónde empiezo? Aún soy… gay. He tenido sexo con uno de mis vecinos… otra vez. Al menos este no se quedará embarazado. Pero el pequeño problema es que está casado y ya tiene un hijo.
»Ah, y me voy a divorciar porque mi mujer está enamorada de otro hombre».
—Andrew, ¿sigues ahí?
—Mamá, tengo algo que decirte.
—Sabía que algo andaba mal. ¿Qué pasa, hijo? ¿Necesitas que vaya para allá? Puedo tomar un vuelo hoy. —Sonaba como si ya estuviera buscando su maleta.
«¡Dios, no!».
—Mamá, por favor, necesito que no hables durante un minuto —
susurró Andrew. Su estabilidad emocional era frágil, y su madre no le estaba ayudando.
Hubo un silencio de ofensa en el otro extremo de la línea.
—Stephanie y yo vamos a divorciarnos. —Andrew sabía que el cansancio en su voz se estaba mostrando.
El silencio continuó durante más de un minuto.
—¿Mamá? ¿Me has oído?
—Andrew Timothy Matthews… —La voz de su madre era fuerte ahora. «Oh, oh»—. Por favor, dime que me acabas de decir una especie de broma de mal gusto. No te vas a divorciar. Nunca. No lo voy a permitir.
Andrew cerró los ojos mientras escuchaba a su madre hablar sin consideración ni reparo. Los notaba doloridos y arenosos; realmente deseaba haber tenido la sensatez de quitarse los lentes de contacto antes de
llamar a su madre. Se sorprendió de que no se hubieran caído con todo el llanto que acababa de derramar.
—¿Andrew? Dime algo, hijo.
Andrew hizo una mueca.
—Estoy aquí.
—Hoy iré para allá. Dile a Stephanie que arregle una habitación. Veré si el pastor Jim está disponible. Él también necesitará una.
—¡No, mamá, definitivamente no! No puedes tomar un vuelo para acá.
No voy a estar aquí. Voy a estar con Gary durante un tiempo. Además, no hay nada que el pastor pueda hacer para cambiar nuestra decisión. Es algo que deberíamos haber hecho hace mucho tiempo.
—No digas cosas como esas. ¿Qué pensarán los vecinos? Estás casado ante los ojos de Dios. El divorcio es un pecado, ¿y qué hay de Colin? ¿Qué pasa con él?
—Me doy cuenta de que estás más preocupada por lo que los vecinos piensen que por tu nieto —señaló Andrew secamente.
—No me hables así, Andrew Matthews, ¡no te lo permito! —espetó Ruth.
Andrew suspiró.
—Lo siento, mamá. Pero, sinceramente, no hay nada que puedas hacer al arrastrar al pastor Jim hasta aquí. Stephanie… Stephanie ha conocido a otro hombre, y quiere casarse. Me alegro por ella. Ya es hora de que se establezca con él. Joe es un buen hombre y la hará feliz.
—Tú eres su marido.
—De nombre solamente. Tú lo sabes.
—¡Andrew! —El tono de su madre provocó claros ecos en el sótano.
—Soy gay, ¿recuerdas?
—Difícilmente lo podría olvidar —replicó ella—. Pero seguramente ya superaste esa tontería.
Andrew contó hasta diez y luego añadió otros diez extra para asegurarse.
—No es algo que pueda cambiarse, mamá.
—Pensé que te quitamos esa tontería cuando tenías quince años.
—Tú y el pastor hicisteis todo lo posible —dijo Andrew con gravedad
—. Todavía tengo las cicatrices para probarlo.
—Obviamente no fue lo suficiente si sigues profiriendo esa abominación.
Andrew frotó con las yemas de sus dedos las cicatrices de su trasero.
Incluso a través de la tela de sus pantalones podía notar las líneas largas, interrumpidas por las marcas de la hebilla.
—No le puedes quitar la homosexualidad a alguien a base de golpes.
Pensé que tú y el buen pastor por fin lo habíais entendido.
—Pero has estado casado durante diez años. Dejaste embarazada a Stephanie.
—Y hemos estado pagando por ello desde entonces, al permanecer en un matrimonio falso que ninguno de los dos quería. Solo me acosté con ella para que me dejaras tranquilo. ¡Simplemente no fui lo suficientemente listo como para usar un condón! —gritó Andrew, frustrado por el enorme fanatismo de su madre y los diez largos años que había soportado vivir una mentira.
—¿Cómo puedes decirme esas cosas? —Ruth se atragantó. Andrew sabía lo que venía a continuación y silenciosamente pronunció las palabras con ella—. Soy tu madre. Te amamante cuando eras un bebé, limpie tu rodilla cuando te caíste…
—Y me golpeaste con un cinturón, con hebilla y todo, cuando me descubriste besando a Nick bajo las gradas.
—Fue por tu propio bien —se quejó ella.
—Sí, tal fue así que he pasado una década fingiendo ser algo que no soy, y condenaste a Stephanie a vivir de la misma manera. —Andrew exhaló ruidosamente—. Mira, ha sido un día infernal y… Aguarda, mamá.
—Se calló cuando escuchó los gritos de Colin al otro lado de su puerta.
Ignorando el irritado graznido de su madre, fue a ver de qué se trataba la conmoción. Andrew encontró a su hijo protegiendo la puerta, literalmente, aunque no pudo ver de qué hasta que Colin se hizo a un lado y vio a Nathan, quien parecía conmocionado.
—¡Es todo por su culpa! —Colin estaba gritándole a su antiguo maestro—. Eran felices antes de que usted apareciera, y ahora… —Tomó una bocanada de aire que se transformó en un sollozo—. Ahora se van a separar y es por su culpa. ¡Aléjese de mí! —gritó, cuando Nathan pretendió moverse hacia él.
Andrew le colgó a su madre sin decir adiós y emergió a la luz del sol para tratar de detener la confrontación.
—Colin, ¿qué te pasa? ¿Por qué le gritas a Nathan?
Puso una mano sobre el hombro de Colin. Su hijo lo miró, con el rostro sucio e hinchado por las horas de llanto.
—Te vi… y ahora vas a dejar a mamá… vas a irte con Gary… Te vi encima de él cuando volví al árbol… Eras feliz antes de que él llegara y te hiciera llorar… Todo es por su culpa… Lo besaste y ahora ya no me quieres.
Nathan lo miró horrorizado, y dijo:
—Colin, yo… —Se detuvo cuando Andrew negó con la cabeza brevemente.
Andrew se arrodilló en el caliente pavimento y giró a Colin para que quedara de espaldas a Nathan. Su boca se oprimió en rebeldía como si estuviera esperando una reprimenda de su padre por gritarle a su maestro, pero no pudo evitar que las lágrimas rodaran por su rostro; frescos rastros de lágrimas cayeron a la tierra. La mirada de Colin fue directa al suelo.
—Mírame, Colin. —Andrew habló en voz baja, y esperó a que el niño levantara su mirada hacia él, antes de seguir. En su visión periférica pudo ver a Stephanie llegar corriendo por un lado de la casa, obviamente alertada por los gritos, pero no le hizo caso e ignoró a Nathan, solo centrándose en la figura angustiada de su hijo—. Colin. —Continuó con el mismo tono suave
—. ¿De verdad crees que me voy porque ya no te quiero?
El sonido de los sollozos de Colin le desgarró el corazón. A pesar de las desafiantes palabras que le había dicho a su madre, su hijo era una de las pocas cosas buenas que había obtenido de su matrimonio falso, y la angustia de Colin era demasiado para soportar.
—¿Lo crees? —preguntó de nuevo.
Colin sacudió la cabeza.
—Pero él te hizo llorar, y lo besaste y ahora te vas a ir.
—Mamá y yo te explicamos por qué me voy. No tiene nada que ver con Nathan. Es solo por un par de semanas. Voy a regresar, Colin. Te lo prometo. —Andrew sabía que lo decía en serio. Tenía que tomarse un respiro de todo, ordenar los embrollos en su cabeza.
—¿Vas a regresar? —Colin lo estaba mirando, con sus grandes ojos azules fijos en él.
—Por supuesto que sí, Colin. —Stephanie se arrodilló al lado de Andrew—. Es tu padre y te ama.
El rostro de Colin se arrugó de nuevo, pero esta vez con alivio. Sus padres lo atrajeron a sus brazos y durante unos minutos se acurrucaron juntos en la entrada; era una pequeña familia tratando de confortarse los unos a los otros.
Nuevas lágrimas se derramaron por las mejillas de Andrew, irritando sus ojos ya inflamados, mientras enterraba su rostro en el cabello de su hijo.
Alzó la vista y vio a Nathan torpemente parado, sin saber si marcharse o quedarse.
—Entra. —Andrew hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta.
Nathan parecía indeciso mientras se acercaba.
—¿Estás seguro, Andrew? Puedo volver más tarde.
—No, necesito hablar contigo y no voy a estar durante unos cuantos días. —Los brazos de Andrew se tensaron al notar a Colin moverse bruscamente en sus brazos.
Nathan entró en el sótano, dejando a la familia en la puerta. Andrew acarició el cabello de su hijo. Lo tenía más largo que el año anterior y se le
enroscaba alrededor de las orejas.
—Colin, tengo que hablar con Nathan. —Su hijo abrió la boca para decir algo, pero Andrew lo detuvo—. Colin, sé lo que viste y hablaré contigo acerca de ello, pero no ahora. Por favor, déjame hablar con Nathan; luego iré a buscarte.
Esperó a que Colin asintiera antes de soltarlo, y después se puso de pie, apretando con su mano el hombro de Stephanie. Andrew se desperezó y, mientras lo hacía, se dio cuenta de que Allison y Jim estaban en el patio delantero de ellos, mirando la pequeña escena. Habían sido testigos de todo.
No tenía ninguna duda de que probablemente también los habían escuchado. A veces sus malos pensamientos le hacían creer que Allison incluso tenía micrófonos ocultos en cada casa del vecindario. «¡Mierda!».
Los vecinos apartaron su mirada rápidamente cuando se dieron cuenta de que los habían descubierto escuchando, pero Andrew alcanzó a ver la expresión en el rostro de Allison. Era muy parecida a la que había puesto en Año Nuevo, cuando le ayudó a Nathan a ir a su casa, solo que con un poco menos de especulación y mucho más de conocimiento.
Andrew entró en el sótano y cerró la puerta. Por un breve instante, se apoyó contra ella cerrando los ojos. Las últimas horas habían sido muy duras, con conversaciones difíciles, y la que tendría a continuación tampoco la deseaba. Abrió los ojos y vio a Nathan mirándolo fijamente; su rostro era indescifrable.
—Hola —dijo estúpidamente, sin saber por dónde empezar. Se preguntó si Nathan, si se lo pedía amablemente, lo envolvería en uno de esos grandes abrazos de oso suyos y lo dejaría llorar como una Magdalena.
Lo cual le recordó algo—. Espera, tengo que quitarme los lentes de contacto. Los ojos me están matando.
Pasó junto a Nathan, todavía de pie en silencio en medio de la habitación. Su silencio empezaba a ser preocupante.
Un par de minutos más tarde, después de una breve batalla, se libró de las lentillas. Se echó agua en la cara y miró su reflejo en el espejo. Tenía aspecto de estar destrozado. Su semblante estaba tan pálido que las pecas destacaban, y sus ojos estaban enrojecidos e hinchados.
Plasmando una sonrisa en su rostro, volvió a entrar en la sala. Un par de brazos lo rodearon y, al fin, su cabeza descansó en el pecho de Nathan.
—Yo… —empezó, con su voz amortiguada por los pliegues de la camisa de Nathan.
—Shhh…
Más que oírlo, Andrew notó el tranquilizante sonido, y su cabeza fue acariciada de manera similar a como había acariciado la de Colin unos minutos antes.
Andrew abrió su boca para hablar de nuevo pero en lugar de eso se puso a llorar en el pecho de Nathan; los sollozos se intensificaron cuando finalmente dejó escapar el sufrimiento y la angustia acumulados durante el día. Encontró a sus manos aferrándose a la camisa de Nathan, enredando los dedos en el blando material mientras lloraba por el dolor y la confusión.
Nathan no dijo nada y tampoco lo soltó. Al contrario, los condujo hacia atrás para que ambos se sentaran en la cama de Andrew, y después continuó sosteniéndolo hasta que este terminó con sus lágrimas. Durante unos minutos se quedaron en la misma posición. Andrew estaba demasiado agotado para moverse, además de que el latido del corazón de Nathan le ayudaba a calmarse. Se preguntó si debería estar avergonzado por descomponerse de esa manera frente a su amigo, pero en ese momento no tenía la energía para realmente preocuparse por ello.
Aunque finalmente, Andrew levantó la cabeza y lo miró. Nathan aflojó un poco los brazos, pero no lo soltó por completo.
—Pareces una mierda —le dijo sin rodeos.
—Me siento como una mierda —coincidió Andrew, separándose para pasarse una mano por la cara.
Nathan lo soltó y fue al baño. Volvió con una toalla pequeña que usó para limpiarle el rostro, sosteniéndolo por la barbilla con una de sus grandes manos, mientras pasaba el paño frío por los ojos y las mejillas.
—Esto es agradable —murmuró Andrew, dejando que Nathan se hiciera cargo de él como si fuera un niño pequeño.
Nathan se detuvo por un minuto mientras enjuagaba el paño, y después le volvió a limpiar cuidadosamente la cara y terminó, secándolo con una toalla.
—¿Te sientes mejor? —preguntó.
—Mucho mejor —murmuró Andrew, empezando a sentirse un tanto avergonzado por la forma en que había perdido por completo el control.
—No lo hagas —dijo Nathan.
Andrew lo miró con un poco de confusión, ya que no había dicho nada.
—No te avergüences —repitió Nathan—. Parece que ha sido un día horrible.
Andrew asintió.
—Lo ha sido.
—¿Quieres contármelo? —Nathan caminó hacia donde estaba la cafetera. Como era habitual, Andrew había preparado café pero olvidado beberlo. Nathan sirvió dos tazas, vertiendo crema y azúcar en la suya, y las llevó consigo a la cama.
Andrew lo miró, pensando que hasta que lo conoció, no había tenido crema ni azúcar en el sótano. Aceptó la taza murmurando un «Gracias» y tomó un largo trago, ignorando la sensación casi de dolor que notó cuando el caliente líquido negro bajó por su garganta.
—Debes tener una garganta de hierro —comentó Nathan, no por primera vez.
Andrew lo ignoró, concentrándose en ingerir tanto café como le fuera posible antes de que tuviera que hablar.
Nathan dejó que el silencio se prolongara un poco más, y luego dijo:
—¿Entonces, tú y Stephanie finalmente os vais a separar?
Andrew asintió.
—Sí. Joe le pidió que se casara con él. Está harto de esperar. No puedo culparlo.
—No, en absoluto. Llevan juntos mucho tiempo. —Nathan hizo una pausa y continuó—: Ya me he dado cuenta de que se lo dijeron a Colin.
¿Qué hay de tus padres?
—Estaba hablando con mi madre cuando lo de Colin. Siento que estuviera tan enojado. No sabía que nos había visto… en el campamento.
Nathan agitó su mano en un gesto desdeñoso.
—No te preocupes, lo entiendo, y no es como si no nos hubiéramos, eh, besado. Yo, eh, me preguntaba qué quiso decir con que te hice llorar.
Andrew sintió sus mejillas arder, y agarró un hilo suelto de su edredón para evitar la mirada de Nathan.
—Me vio después de que me echaste de tu casa, justo antes de Año Nuevo. Sabía que iba a verte. Me descubrió regresando a los pocos minutos, aún con las bebidas, y yo, eh, estaba llorando un poco. —Levantó la visita y notó la expresión de sorpresa en Nathan—. Estaba enojado y molesto —
dijo a la defensiva.
—Lo siento —susurró Nathan—. No tenía ni idea. Fui un completo idiota.
—Está en el pasado. Lo había olvidado hasta que Colin lo mencionó.
Normalmente no soy así de débil. —Andrew se puso más rojo cuando Nathan arqueó una ceja—. Excepto hoy, tal vez.
Nathan pasó un brazo alrededor de él, abrazándolo fuertemente hasta que se relajó contra su hombro.
—¿Dónde vas a vivir? ¿En el estudio? Hay un apartamento encima,
¿no?
—Sí, pero lo alquilo, y el contrato de arrendamiento aún no vence. Me iré a vivir con Gary por un tiempo, hasta que pueda encontrar un nuevo lugar. Quizás me quede allá de forma permanente. —Andrew se inclinó buscando el calor del costado de Nathan.
Sintió que el brazo alrededor de su hombro se tensaba; entonces Nathan se apartó. Andrew lo miró, confundido por su alejamiento.
—¿Estás pensando en mudarte a Los Ángeles… de forma permanente?
—preguntó Nathan muy lentamente.
Andrew asintió.
—Tengo algunos contactos allí y sería más fácil empezar mi negocio en algún lugar donde me conocieran en vez de comenzar de nuevo en una pequeña ciudad. —No podía descifrar la expresión de Nathan, pero por la contracción en su mejilla, habría dicho que estaba claramente molesto.
—¿Y qué hay de m… Colin?
«¿M…? ¿Mí?».
—Stephanie va a reducir las horas de su trabajo por un tiempo. Con el dinero que Joe aporte, ella estará feliz de encargarse de nuestro hijo hasta que sea más independiente. —Andrew optó por responder lo que en realidad Nathan había preguntado, y no lo implícito.
—Veo que has pensado en todo —soltó Nathan, hundiendo las manos en sus bolsillos.
—Eso espero. Claro, siempre y cuando surja trabajo, puedo conducir o tomar un vuelo entre aquí y Los Ángeles, y Colin puede venir a visitarme
—explicó Andrew pacientemente.
—Bueno, eso está bien entonces —dijo Nathan.
«¿Qué es lo que me estoy perdiendo?».
Nathan se dirigió a la puerta. Andrew se sentó, estúpidamente paralizado en su lugar mientras el hombre que amaba se iba, y se preguntó una vez más qué era lo que se estaba perdiendo.
Nathan había puesto una mano en la puerta cuando se detuvo, giró sobre sus talones y se dirigió de nuevo hacia Andrew. Se colocó delante de él y le gritó:
—Dime algo, ¿ibas a decirme que te irías o solo te ibas a largar con Gary y dejar que me enterara a través de los vecinos? ¿Cuándo te vas exactamente?
—Mañana, a primera hora —le dijo Andrew débilmente, inclinándose un tanto hacia atrás—. Le llamé y va a reunirse conmigo en Los Ángeles pasado mañana.
—Así que si yo no hubiera venido, ¿no te habrías molestado en decírmelo?
—¡Claro que lo hubiera hecho! —Andrew estaba harto de que todos estuvieran gritándole aquel día. ¡Él ni siquiera había comenzado a hacerlo!
—. Nathan, Stephanie me lo ha dicho esta mañana. Sabía que iba a verte hoy. —Se pasó una mano por el pelo—. ¿Cuál es el maldito problema?
—¿Problema? No hay problema, Andrew. ¿Por qué debería haber un problema? Lárgate a Los Ángeles, deja atrás tus problemas familiares, a m… —Nathan ahora tenía los puños apretados.
De repente, Andrew se levantó, forzándolo a que diera un paso atrás.
—De nuevo hay una «m». Todo esto es acerca de ti, ¿no? A ti te importa un comino Colin o Stephanie. Todo se trata del hecho de que te dejo aquí. Ah, no, no te vas a ir esta vez.
Le tiró del brazo mientras trataba de salir, obligándolo a pararse en seco.
—Quítame las manos de encima —espetó Nathan.
—¿Qué eres, una especie de virgen quejumbrosa? —Aun así, Andrew lo soltó—. Cielos, mi esposa acaba de decirme que quiere el divorcio, estoy perdiendo mi hogar, mi madre quiere que el pastor venga a pegarme en el trasero como hizo antes. —Andrew asintió con furia al ver la expresión de sorpresa de Nathan—. Oh, sí, puedes ver las cicatrices si piensas que estoy mintiendo. Mi hijo no me habla porque cree que estoy jodiéndome al vecino y abandonándolo, y el vecino… El puto vecino, o debería decir el vecino con el que en realidad sí jodí, quien se escapa a cada oportunidad, está enojado conmigo porque voy a tratar de recuperar mi vida. Dime, ¿he olvidado mencionar algo? —Se quedó sin aliento, su pecho subía y bajaba mientras trataba de calmarse. Diablos, sentía como si fuera a sufrir un derrame cerebral.
Nathan sacudió la cabeza.
—No, lo has cubierto todo. —Parecía aturdido por la ira de Andrew.
«¡Muy bien! Ya era hora de que dejara de pensar que soy un puto juguete con el que puede jugar cuando le da la gana».
—Voy a ir con Gary para pensar. Tú… tú tienes un montón de cosas que pensar. Yo soy el último de tus problemas.
—Pero tenemos que hablar. Necesito hablar de ello —dijo Nathan con desesperación. Agarró a Andrew por los brazos, casi sacudiéndolo.
Andrew se encogió de hombros. Hablar era lo que había estado haciendo todo el día, y mira lo que había conseguido. Observó al hombre que estaba frente a él. Dios, amaba a ese hombre, y necesitaban arreglar lo que sea que tuvieran, pero simplemente no podía lidiar con eso en aquellos momentos.
—Nate, ha sido un día horrible y mañana me espera un largo camino por delante. Dejémoslo por hoy.
—¿Así que eso es todo? ¿Vamos a terminar así? —La voz de Nathan se entrecortó un poco.
Andrew lo miró con tristeza.
—Nunca comenzamos, Nathan. Tuvimos sexo, eso fue todo.
—No te creo. —Nathan estaba como si Andrew le hubiera golpeado en el estómago—. Fue más que sexo. —Las palabras de su hermano volvieron a él. «¡Un toqueteo en la oscuridad!».
—¿Lo fue? Eres un hombre casado, Nathan, con una bella esposa y un hermoso bebé. Un hombre heterosexual. No puedo esperar otros diez años para que decidas lo que eres. Lo hice una vez. Su nombre era Matt. Esperé dos años, solo para que él decidiera que estaba más enamorado de su esposa que de mí. Es tiempo de que también me comporte con más madurez. No voy a esperar más para que otra persona decida mi felicidad. —Andrew vio como el dolor abrumaba a Nathan.
«Así se hace, Drew. Deshazte del hombre ahora que está decaído».
Andrew observó como Nathan se giraba y salía de su casa y de su vida.
Las lágrimas que no habían estado lejos de derramarse, emergieron de nuevo, pero resopló con fuerza, negándose a sucumbir. Como le había dicho a Nathan, al día siguiente tenía un largo viaje y todavía no había empacado.
¿Llorar desconsoladamente? Eso podía esperar.
LA ALARMA sonó al alba como un claxon en su oído. Gimió cuando se dio la vuelta y extendió un brazo para golpear la maldita cosa y silenciarla.
Rodando sobre su espalda, Andrew se rascó el estómago y se puso a pensar en si las mañanas y los despertadores habían sido inventados por el diablo, como instrumentos de tortura. Miró hacia el bulto en la cama junto a él. No se había movido en absoluto, y parecía estar roncando ligeramente bajo el edredón.
Tragó saliva mientras lo contemplaba. Por la noche, Colin había bajado las escaleras hasta el sótano y preguntado si podía dormir en su cama por última vez antes de que se fuera a Los Ángeles. Andrew había puesto palomitas de maíz en el microondas, y juntos bebieron refresco y vieron su película favorita antes de ir a la cama.
Tan cuidadosamente como pudo, se levantó de la cama y caminó hacia el baño para ducharse. Cuando salió, Colin estaba sentado en la cama, bostezando y frotándose los ojos. Estaba relativamente limpio, por una vez, debido a la insistencia de su padre de que tenía que bañarse antes de meterse en la cama.
Colin lo miró; su labio inferior temblaba un poco al recordar lo que ocurriría ese día. Andrew se sentó en la cama y lo llevó a su regazo, envolviéndolo en un abrazo de oso.
—Voy regresar pronto. Lo prometo —le susurró en su suave cabello.
Notaba las lágrimas tibias sobre su pecho, y las suyas también se unieron a estas mientras los dos pensaban en las próximas semanas.
—¿Puedes volver para cuando se reinicien las clases? ¿Sí, papá?
Siempre me has llevado a la escuela el primer día. —Colin parecía mucho más joven de lo que era al suplicarle que regresara.
Andrew lo abrazó con más fuerza. Era una tradición, y no iba a romperla.
—Prometo que estaré aquí. Desayunaremos tortitas y después te llevaré a la escuela.
—¿Joe va a ser mi papá ahora?—preguntó Colin en voz baja.
Andrew hizo una mueca. ¿Podría ser apuñalado con más fuerza?
—Yo soy tu padre y siempre lo seré. Él solo va a cuidar de ti cuando yo no esté aquí, Colin. Vas a obedecerlo, ¿de acuerdo? ¡Lo digo en serio! —
añadió mientras miraba la cara rebelde de su hijo.
Colin se relajó contra él.
—Está bien —resopló—. Pero no voy a llamarlo papá.
Andrew lo apretó con fuerza y se bajó de la cama.
—No, no lo hagas. Ese es mi título. Me tengo que ir, hijo. Lo siento.
Las lágrimas amenazaban con salir de nuevo, pero Colin asintió.
—Voy a ir a buscar a mamá —dijo, y subió corriendo las escaleras hasta la casa.
Andrew respiró hondo al ver a su hijo salir. «Rayos, esto es muy duro».
EL AUTO estaba cargado y no había razón para retrasar su salida por más tiempo. Andrew se giró para decir adiós y se encontró a Colin esperándolo, casi pisándole los talones. Se arrodilló y lo abrazó sin decir palabra; los brazos de Colin se enroscaron férreamente alrededor de su cuello durante largos minutos.
Pero tenía que irse. Se desprendió de Colin y se lo entregó a Stephanie.
Le dio un beso en la mejilla a la que pronto sería su exmujer, y dijo:
—Te llamaré cuando llegue.
Estaba en el auto, listo para salir, antes de que mirara a Colin y se despidiera con su mejor «¡Volveré!». Sonrió mientras el niño hacía un gesto de exasperación.
Mientras se alejaba, Andrew revisó el espejo retrovisor. Colin estaba envuelto en los brazos de Stephanie, pero tenía los ojos secos, determinado a ser valiente por su padre. Fuera de la vista de su familia, Andrew no era tan valiente, y las lágrimas fluyeron libremente.
Pasó por delante de la casa de Nathan. Las persianas estaban cerradas y no había señales de vida. A esa hora, Nathan normalmente estaría preparándose para salir a correr con los perros. Andrew nunca había ido con él, prefiriendo el calor de su cama. Por una vez, deseó haber hecho el esfuerzo de levantarse más temprano, para disfrutar de la salida del sol en vez de verla a través de una neblina borrosa de lágrimas.
Tenía una última cosa por hacer antes de irse, algo que no había discutido con nadie.
Se detuvo frente a la entrada del parque, el parque de ambos, a donde habían escapado de la primera parrillada para jugar al fútbol con Colin y los perros. En el transcurso del año, más y más hombres se les habían unido, y la intimidad se había perdido, pero todavía tenía un lugar especial en su corazón. Allí era donde se había sentido vivo por primera vez en años.
Recordó la conversación con Stephanie de hacía un par de días. Suprimir cualquier emoción había sido fácil y mucho, mucho más seguro. Entonces Natán había entrado en su vida y luego ¡zas! Las barreras fueron derribadas con un brazo alrededor de sus hombros y su nariz embriagada por el aroma a sol y sudor.
Andrew se bajó del auto y cruzó las puertas. Hizo una pausa, tomando una bocanada profunda de aire fresco matutino, y comenzó a vagar por el parque. No tenía un itinerario, solo quería caminar y recordar.
Corrió brevemente para llegar a la colina donde Nathan lo había derribado. Ese fue el momento en que se dio cuenta de que no importaba lo que aquel hombre hiciera o cómo se comportara con él: había algo especial en Nate Peterson. Algo que le hacía querer perdonar todo el daño y los estúpidos malentendidos que le había causado.
Se detuvo en la cima, haciendo una pausa para recuperar el aliento.
Bueno, no era un maniático del ejercicio como el hombre que lo perseguía en sus sueños.
—Deberías venir conmigo unas cuantas veces en vez de holgazanear en la cama.
Andrew cerró los ojos. Aquello era injusto. Atormentarlo así. Una rápida visita y se habría ido.
—¿Ni siquiera vas a decir hola? —El relajado acento se había convertido en algo más agudo, casi suplicante.
Andrew abrió los ojos y se dio la vuelta. Nathan estaba apoyado en un árbol con los perros a su lado, jadeando fuertemente. Estaba enrojecido y sudoroso, como si acabara de correr con todas sus fuerzas para llegar a ese punto. Pudo ver que intentaba parecer despreocupado por la forma en que estaba apoyado de manera informal contra el tronco del árbol, pero la tensión era muy evidente y clara en las líneas alrededor de su boca y en las sombras oscuras bajo sus ojos.
Dio un paso hacia Nathan, abriendo la boca para saludarlo. En lugar de eso, soltó un chillido rotundamente impropio de un hombre cuando fue envuelto en los brazos de Nathan, quien lo giró y lo empujó contra el tronco para poder meterle un musculoso muslo entre sus piernas. Trató de protestar; mejor dicho, trató de pensar en algo de qué protestar, mientras sin su consentimiento, su mano rodeó el cuello de Nathan, tirando de él para darle un beso. Su otra mano se deslizó bajo su camiseta sin mangas, sintiendo el movimiento de los sólidos músculos bajo la piel húmeda.
—¡Rayos!
Nathan gimió profundamente en su garganta, el retumbo se traspasó a Andrew a través de los labios aplastándose juntos, de las lenguas resbalando sobre los dientes y entrelazándose brevemente. Andrew podía sentir el roce del mentón de Nathan contra su propia incipiente barba y la presión del cuerpo de él, enorme y abrumador, forzando a su espalda dolorosamente contra la corteza del árbol.
Era estúpido y peligroso besarse así a la intemperie, pero Andrew no podía resistirse. Lo único que quería hacer era frotarse en el muslo de Nathan, hacerlo tan rápido como pudiera. Las manos del hombre estaban en todas partes: ahuecándose en el rostro, deslizándose sobre su trasero, desabrochándole el cinturón y… Diablos… Tener las manos así debería ser ilegal en todos los estados. Nathan agarró el miembro de Andrew y lo masturbó vigorosamente, frotando el pulgar sobre la hendidura. Andrew estaba siendo controlado, empujado tan fuerte que casi estaba sobre las puntas de sus pies, y lo odiaba, le encantaba, rayos, lo necesitaba mucho.
En su desesperación, puso las manos sobre los hombros de Nathan para tratar de recuperar un poco de control.
Otra pasada del dedo sobre la cabeza y eso fue todo, llegó al orgasmo, derramándose en la mano de Nathan, casi sollozando por el alivio. Nathan levantó la mano; no parecía saber qué hacer con una palma llena de semen.
Andrew inclinó la cabeza y lamió un camino en el desastre. Nathan pareció ligeramente asqueado por un momento, hasta que Andrew lamió otra vez, y otra vez, largos y húmedos lametones sobre su palma, que lo hicieron estremecerse y temblar bajo su lengua. Lentamente Andrew le limpió la mano, chupando cada dedo hasta que no quedó nada de sí mismo; después le dio un beso, compartiendo el último resto
El beso siguió y siguió hasta que la fuerza de Nathan se agotó y bajó a Andrew al suelo. Las manos de Andrew se deslizaron por su pecho, frotándole los duros pezones bajo la camiseta sin mangas de color negro.
—Quiero chupártelo —gruñó, rozando con sus labios la oreja de Nathan.
Nathan se estremeció.
—¡Dios, sí!
Andrew miró por encima de Nathan. Era temprano, pero las personas utilizaban el parque para pasear a sus perros y correr. Ellos estaban a la vista de cualquier persona que utilizara aquel camino, y aunque ahora no era un secreto que era gay y se sentía orgulloso de serlo, Nathan todavía tenía que vivir allí. «Un poco tarde para ser prudente, Andrew».
Había un grupo de arbustos a un lado de ellos, así que arrastró a Nathan hasta allí para estar en un lugar más aislado. Los perros los siguieron, un poco contrariados porque su paseo se había interrumpido. En el momento en que estuvieron escondidos, Andrew se dio vuelta y avanzó hacia él, se aferró al dobladillo de la camiseta y tiró de esta para sacársela por la cabeza.
—Eh, Drew, ¿vas a desnudarme en público? —Había diversión en la voz de Nathan mientras era controlado por Andrew.
Andrew lo ignoró mientras comenzaba a besarle el cuello y el pecho, cuidando de no dejarle marcas, deseando poder morder y chupar, que se le
permitiera reclamarlo como suyo. Su lengua resbaló sobre un pezón, lamiendo a su alrededor y luego tiró suavemente mientras sus dedos jugaban con el otro. Nathan estaba murmurando algo, pero no podía entenderlo. Lo comprendió cuando comenzó a presionarlo con urgencia sobre sus hombros.
Andrew continuó succionando ligeramente todo el torso con sus besos, descendiendo; se detuvo solo un instante para apreciar la suave piel tonificada y el vientre plano que estaba allí para que lo tocara. En la noche de la discoteca, se habían explorado en la oscuridad. Ahora estaban a plena luz del día e iba a mirar, sabiendo que nunca podría conseguir otra oportunidad.
Alzó la vista y vio que Nathan lo observaba fijamente, como si él también estuviera tratando de memorizar todo lo que Andrew Matthews era.
Andrew se había perdido en su mirada, abrumado por la oscuridad de sus ojos.
—Te necesito. Necesito esto —susurró Nathan, rompiendo el momento.
Andrew asintió y le bajó bruscamente los shorts deportivos.
—¡Cuidado! —protestó Nathan, y sus ojos se pusieron en blanco cuando fue engullido—. Oh, Dios, Andrew.
Andrew lo deseaba. Deseaba que aquel momento nunca acabara.
Quería oírlo gimiendo su nombre una y otra vez mientras su lengua jugaba con la cabeza de su miembro. Nathan era enorme y estaba duro, y diablos, necesitaba aquello en su boca, volver a probar su sabor, la textura. Lo tragó hasta donde pudo, hasta que la cabeza estuvo empujando en la parte posterior de su garganta. Nathan había estado inquieto, sus manos se movían errantes por la cara y el pelo de Andrew; luego, cuando este logró tomarlo por completo, repentinamente se paralizó murmurando:
—Oh, Dios. Oh, Dios. Oh, rayos, por favor.
Y llegó al clímax; interminables torrentes calientes bajaron por la garganta de Andrew. Nathan trató de retirarse, pero Andrew lo retuvo poniéndole las manos en el trasero, sosteniéndolo en su lugar hasta que hubo terminado. Lo soltó conforme se fue suavizando, y descansó su
mejilla por un minuto contra el vello corto, inhalando el olor que lo anclaba a ese hombre. Nathan ahuecó las manos en su cara, acariciándole con los dedos la mejilla mientras se recuperaba del orgasmo.
El ladrido de un perro a lo lejos lo sobresaltó, de pronto haciendo a Andrew consciente de lo vulnerables que eran. De mala gana, le subió los shorts y buscó la descartada camiseta. Nathan la halló y la recogió; la sacudió enérgicamente para quitarle las hojas y ramas que se aferraban al material.
Entonces le sonrió.
—Parecerá que estuve revolcándome sobre los arbustos.
Andrew le devolvió la sonrisa; entonces el pensamiento de lo que habían estado haciendo golpeó sus mentes y notó que la mirada de Nathan se convirtió en una excitada y dura, y Dios, quería mucho más de aquel hombre. Aquello no había sido suficiente.
—Andrew, tengo que…
Andrew dio un paso atrás.
—Te tienes que ir. —No era una pregunta.
Nathan asintió.
—No quisiera, pero… —Sus ojos parecían preocupados, y eso fue más que nada lo que impidió que Andrew se alejara cuando estaba a punto de ser abandonado otra vez. Aquello era por lo que no podía quedarse, el permanecer siempre por detrás de la familia. Necesitaba más que eso.
Se encogió de hombros, aparentemente indiferente.
—Lo entiendo, Nate. De todos modos tengo que continuar con mi camino. Me espera un largo trecho que conducir.
Nathan le miró desesperado mientras comenzaban a caminar para salir de los arbustos; les silbó a los perros, quienes se habían desperdigado cuando se aburrieron. Tyler y Ruby se encaminaron hacia ellos, encantados de ponerse en movimiento de nuevo. Como de costumbre, Mollie estaba distraída en sus propias cosas.
En silencio, caminaron hacia la puerta donde estaba estacionado el auto. Andrew trató de pensar en algo, cualquier cosa para retrasar el momento de la separación, pero su estúpido, senil e inútil cerebro estaba en blanco.
—Seis meses.
—¿Qué? —Andrew frunció el ceño cuando Nathan de pronto se detuvo, agarrándolo del brazo para impedirle irse. La mirada del más joven se clavó en él, rogándole que escuchara.
—Dame seis meses.
«¡Oh!».
Andrew sacudió la cabeza.
—Nate, he pasado por esto. Ya no voy a esperar más. ¿No son suficientes diez años? —Lo miró. Nathan estaba muy pálido y tragó saliva convulsivamente, pero notó un ligero brillo en sus ojos.
—Te amo —espetó Nathan.
Cerrando los ojos para no ver la cara seria de Nathan, se preguntó por qué Dios le estaba haciendo aquello tan difícil.
—Yo también te amo, Nate. —Miró a su alrededor. No había nadie a la vista, por lo que corrió el riesgo de rozar rápidamente sus labios contra los de él. No estaba muy seguro de por qué se preocupaba por un beso, considerando lo que acababan de hacer—. Pero eso no cambia el hecho de que tengo que ordenar mi vida.
—En Los Ángeles. —Nathan tenía el ceño fruncido, formando una línea profunda entre sus cejas.
—Tal vez —concedió Andrew, ignorando su mirada furiosa—. Estaré de vuelta en un par de semanas, de momento. Le prometí a Colin que estaría aquí para el comienzo del nuevo año escolar, y tengo negocios que finalizar.
—¿Por qué no puedes vivir en Castleton, cerca de tu hijo, y por qué no, cerca de mí? —dijo Nathan con terquedad.
—¿Te refieres a ser como solíamos ser antes? —dijo Andrew, alzando la voz con ira—. ¿Escapadas al parque y salidas nocturnas a la discoteca?
¿Es eso suficiente para ti? Porque no lo es para mí. O tal vez eso es lo que quieres. Puedo ser tu aventura, donde obtienes un poco de emoción cuando las cosas se ponen demasiado aburridas en casa.
La cara de Nathan estaba blanca y compungida.
—Eso es injusto.
—¿Lo es?—Andrew también podía ser directo.
Nathan exhaló sonoramente, como si hubiera estado conteniendo el aliento.
—Carajo, Drew, ¿qué quieres de mí? ¿Quieres que deje a mi esposa e hijo, por no hablar de mi trabajo, para el que me he preparado tanto y en el que soy bueno?
—Yo… yo… Diablos, no quiero que lastimes a Alex ni a Daniel, pero sí, te quiero para mí. En mi cama, en mi vida… todo el tiempo. —La ira se desvaneció en los ojos de Nathan por la sinceridad de Andrew—. Pero no quiero seguir esperando algo que nunca sucederá. Estoy muy cansado de esperar. Quiero una relación. Tengo casi treinta años y nunca he tenido una verdadera relación con nadie.
—No quiero vivir en Los Ángeles. Eso es demasiado lejos de Daniel
—espetó Nathan.
Los ojos de Andrew se abrieron como platos.
—¿Nate?
Nathan humedeció sus labios como si estuviera repentinamente nervioso.
—Vete por un tiempo. Ordena tus pensamientos. Te veré cuando regreses. Pero… no hagas grandes planes sin hablar conmigo primero, ¿de acuerdo?
Había una extraña sensación en la boca del estómago de Andrew, una muy extraña y aterradora. Pensó que tal vez, esta vez… Asintió, con los ojos fijos en Nathan, y después se volvió hacia el auto. Era hora de marcharse.
—Saluda a Gary de mi parte. Dile que mantenga sus manos lejos de ti
—gritó Nathan; el relajado acento texano calentó su corazón.
Andrew sonrió mientras seguía caminando.
—No prometo nada. Un hombre tiene que divertirse mientras espera.
—¡Oye!
Andrew estaba seguro de que se suponía que no tenía que oír el «No con mi hombre».
NUNCA HABÍA pasado nada en la vida de Andrew de lo que tuviera el control. Siempre había sido la marioneta de otra persona. Desde el momento en el que anunció que creía que podía ser gay, su madre había controlado su existencia. Lo había sermoneado, golpeado y, finalmente, obligado a contraer un matrimonio que no quería, porque no había sido lo suficientemente valiente como para oponerse a ella y decirle: «Esto es lo que soy, Andrew Matthews, un hombre gay».
Y allí estaba él, con veintisiete años de edad y apenas dando esos pequeños pasos hacia el mundo. Conduciendo sin mirar atrás y dejando atrás a su hijo y al hombre que amaba, al menos por un tiempo. No era el final, pero sin duda era un nuevo comienzo.
Ya era hora de que la aguja del tocadiscos bajara para comenzar a tocar
una nueva canción.{1}
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