Nunca pasa nada

Sue Brown · Capítulo 1 de 21

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Nunca pasa nada

Capítulo 1

ANDREW OBSERVÓ a la nueva pareja con una mirada cínica. Señor y señora Recién Casados, los anillos a juego brillando con la luz del sol, con el brazo de él alrededor de los hombros de ella, manteniéndola cerca. Solo podía ver sus espaldas mientras eran presentados a los buitres del vecindario, pero Dios, él era alto. Muy alto y con un cuerpo excepcionalmente bien formado.

Su esposa era pequeña comparada con el recién casado, apenas le llegaba hasta los hombros, pero desde el punto de vista de Andrew, ella lo tenía atado en corto: sus dedos estaban enganchados firmemente en las presillas del pantalón. No dejaría que se fuera pronto. Andrew no los oía, pero podía ver al tipo riéndose de algún chiste que Allison había hecho.

Sabía cómo acabaría esto. Habría una presentación en la parrillada, intercambiarían sonrisas de cortesía y, entonces, desaparecerían detrás de su puerta principal, solo emergiendo para ir a trabajar y hacer las compras. Allí realmente ninguno era amigo de nadie; no a menos que tuvieran hijos, en cuyo caso harían planes para que los niños jugaran, compartirían el vehículo para llevarlos y tomarían ginebras furtivamente a las dos de la tarde. Aun así, tenían que fingir para los recién llegados, según las ordenes de Allison.

Si había un solo pensamiento en la cabeza de Andrew acerca de estas fiestas del vecindario, era sobre cuán rápido podría escapar de ellas. No importaba lo mucho que bebiera o que tratara de encajar, cada fiesta era larga y tediosa, incluso con el acuerdo que tenía con Stephanie de que después de mostrar buena disposición, podía retirarse a su cuarto oscuro.

Estaba muy cansado de fingir ser algo que no era. Andrew Matthews, esposo modelo, padre y fotógrafo de la ciudad. Miró su reloj. Media hora; entonces podría dejar a los vecinos con sus diversiones y regresar al cuarto oscuro. Veintinueve minutos y treinta segundos. Tomó un trago de su

cerveza. Distraídamente, se preguntó cuánto tiempo llevaban casados. ¿Un mes? Seis semanas como mucho. Predijo que en nueve meses habría un pequeño recién nacido en un cochecito de bebé, o… ¡hola! ¡Tal vez la próxima semana, a juzgar por el tamaño de esa barriga! Andrew se sintió paralizado al ver el vientre de la recién casada cuando ella se dio la vuelta.

O habían estado practicando antes de la boda o su intuición estaba acabada.

Escondido en la esquina, pudo observar con libertad a la mujer, notando sus tobillos ligeramente hinchados en las sandalias de tacón alto con cintas atadas a las piernas. Se sorprendió de que pudiera ponérselas. A pesar de su avanzado embarazo, era una mujer delgada, con delicada estructura ósea. Andrew notó lo atractiva que era. Luego, por primera vez, le dio un apropiado vistazo al hombre. Rayos, era joven. Demasiado joven para estar casado y esperando un hijo. Tenía el aspecto de un atleta universitario en su primera cita, con el cabello despeinado y músculos marcados, con hombros anchos y caderas estrechas.

—¿No son lindos? Todo corazones y flores. Están taaaan enamorados.

Andrew miró a su esposa. Stephanie estaba contemplándolos con algo parecido a disgusto; sus largos dedos envolvían con tanta fuerza una copa de vino, que sus nudillos estaban blancos. Suspiró quedamente. Ellos nunca habían sido así. Observó al hombre, tan joven y enamorado, con una gran sonrisa en su rostro mientras abrazaba a su esposa, acercándola a su costado. Andrew sintió una emoción que no había experimentado en mucho tiempo. Estaba celoso, envidioso del amor que se mostraban el uno al otro, y de las sonrisas, de su maldito afecto. Stephanie y él nunca se habían mirado el uno al otro de esa manera, jamás.

Tomó otro trago de la cerveza y dijo:

—Espera a que las noches de insomnio pasen factura. Los corazones y las flores no contarán mucho para ese entonces. —Vio la copa de Stephanie.

Estaba vacía, como siempre. Se preguntó cuántas había consumido—.

¿Quieres otra? —Agitó su botella hacia ella.

Stephanie asintió.

—Sí, ¿por qué no? El alcohol es lo único que hace soportable el día de hoy. Voy a averiguar dónde está Colin. Vuelvo en un momento.

Andrew tomó la copa y se alejó hacia la cocina. La casa de Allison y Jim era igual que la suya, toda llena de relucientes electrodomésticos blancos colocados en exactamente el mismo lugar. Abrió el refrigerador y lo encontró repleto de arriba abajo con vino; Allison era bien conocida por tomarse aquellas parrilladas muy en serio. Agarró una botella abierta de vino blanco, llenó la copa de Stephanie justo hasta el borde —de lo contrario, ella solo se quejaría— y cerró la puerta de la nevera para ir en busca de la cubeta con cervezas.

—¿Hay una para mí?

Andrew se giró mientras metía la mano en el agua helada para conseguir una botella. El señor Recién Casado le sonreía con una expresión de esperanza en sus ojos.

—Por supuesto. —Le dio la que había agarrado y, a continuación, sacó una segunda para sí mismo.

—Gracias. —El hombre la destapó y tomó un largo trago, dejando escapar un gemido de placer casi obsceno, cuando el líquido frío bajó por su garganta. Andrew trató de no mirar—. Dios, lo necesitaba. —De repente, pareció recordar sus modales, y después de limpiarse la mano en sus pantalones, se la tendió—. Nathan Peterson. Acabo de mudarme al número veinticuatro.

Andrew se abstuvo de su deseo por reírse de él, para simplemente estrechar su mano y decir:

—Andrew Matthews. Mi esposa, Stephanie, y yo vivimos en el número doce.

Andrew medía más de un metro con ochenta y seis centímetros, pero aquel hombre lo empequeñecía tanto en altura como en lo físico; su apretón de manos fue firme aunque no para aplastarle los huesos. Repentinamente se preguntó cómo luciría en blanco y negro, sin camisa y mojado. Tal vez lavando el automóvil. Andrew prefería tomar fotos en las que la gente estuviera haciendo algo de verdad. Entonces, al ver la expresión divertida de Nathan, se dio cuenta de que había estado estrechándole la mano durante demasiado tiempo.

Riendo nerviosamente, trató de iniciar una pequeña charla.

—Así que, ¿ya conoces a todos? ¿Recuerdas sus nombres?

—Ni uno solo. Tú eres Justin, ¿cierto? —Nathan sonrió por el evidente resoplido de Andrew—. A decir verdad, es un poco abrumador. Solo llevamos aquí cuarenta y ocho horas.

—No lo dudo. Aunque pronto conocerás a todos, y serás arrastrado a estos eventos con suficiente frecuencia. Allison y Jim aman sus jolgorios de

«somos todos muy buenos vecinos».

Nathan frunció el ceño, tratando de recordar quiénes eran ellos.

—Una rubia delgada y bajita, y un hombre canoso mayor que ella,

¿verdad?

Andrew asintió.

—Sí. Se encargan del programa de vigilancia del vecindario. El resto de nosotros simplemente acatamos órdenes.

—Oh. Está bien, ya entiendo. —Nathan miró su botella. Estaba vacía.

Esperanzado, la agitó hacia Andrew—. ¿Hay alguna posibilidad de obtener otra?

Andrew señaló la cubeta.

—Sírvete. Nunca vuelves a casa sobrio después de una de estas reuniones. No, si quieres mantener la cordura. —Vio como Nathan hurgaba con entusiasmo en la cubeta y sacaba otra botella—. Así que, ¿pronto tendrás a tu primer hijo?

—¿Lo has notado? —Nathan parecía estar casi saltando de la emoción ante la perspectiva—. ¿Quieres un oso de goma?

Se sacó del bolsillo una bolsa de dulces medio vacía. Confuso, Andrew asintió y metió la mano en la bolsa. Agarró uno rojo, echó la cabeza hacia atrás y lo arrojó en su boca. Nathan continuó.

—Alex parece que va explotar en cualquier momento. Espero que no lo haga. Me refiero a explotar —añadió apresuradamente ante la mirada perpleja de Andrew.

—Entonces supongo que es el primero. —Andrew se rio abiertamente.

El tipo era como un niño pequeño.

Nathan se rio con él, sin sentirse ofendido en lo más mínimo.

—Sí, lo es. Está previsto que nazca dentro de cuatro semanas. —De nuevo le ofreció osos de goma.

Andrew escogió uno verde y le mordió los miembros antes de decapitarlo y tragar su cuerpo.

—Jesús, ¿qué te ha hecho ese oso? —Nathan había estado observando todo el proceso con fascinación.

—No le he dado la oportunidad de hacerme nada. He acabado con él primero —dijo Andrew con aire de suficiencia, y tomó un trago, aunque el sabor amargo de la cerveza en realidad no combinaba bien con el del dulce.

—Recuérdame no meterme con tu lado malo. —Nathan arrastró las palabras.

Se sonrieron mutuamente, y entonces Andrew preguntó:

—¿Eres de Texas?

Nathan se quitó un imaginario sombrero Stetson y dijo:

—Sí jefe. Nacido y criado en San Antonio.

Andrew fingió un gruñido.

—Oh, no. ¿Un fan de los Spurs? Creo que jamás podré volver a hablarte. —Habló lentamente, permitiendo que el acento que normalmente suprimía, se hiciera más notable.

—¡Espera un momento! —Los ojos color avellana de Nathan realmente brillaron—. ¿He oído a otro fugitivo? ¿Solo que a uno del lado menos afortunado?

—Nacido en Dallas, trasladado a Santa Fe cuando tenía diez años —

confirmó Andrew.

—Ah, ¿un seguidor de los Mavericks entonces? —Ante el asentimiento de Andrew, el joven continuó—. Mmm… No estoy seguro de si deberíamos estar hablando, pero ya que ambos somos nenes de mamá, dejemos a un lado nuestras diferencias, ¿al menos hasta que machaque tu trasero en el videojuego de Madden?

Andrew se estremeció ante la referencia a su madre —quizás sería mejor decir que era la oveja negra de su madre—, pero mantuvo la sonrisa pegada en su cara. Por una vez, le gustaba esa nueva adición a la zona.

Esperaba que Nathan no fuera del tipo que se escondía detrás de su puerta y no salía de casa.

—Ni lo sueñes, muchacho —dijo arrastrando las palabras.

Nathan gritó de alegría.

—Competitivo, ¿eh? —Una luz desafiante entró en sus ojos—. ¿Qué tal si nos escapamos de aquí y finges que puedes tratar de vencerme? —Se abalanzó hacia delante para hundir a un asustado Andrew en un abrazo de oso.

Agitando los brazos, Andrew se sintió aplastado contra una camisa de algodón. Aspiró el olor de detergente para ropa, y debajo de este, sudor y algo que no podía definir. Sus manos, tratando de sujetarse a algo sólido, aterrizaron en la espalda de Nathan. Rayos, aquel hombre estaba acumulando músculos. Hacía que Andrew pareciera un insecto palo.

—No te atrevas a huir, Nathan Peterson —los interrumpió una voz ligera, cálida y femenina, tratando de sonar divertida pero con un claro toque de irritación.

Andrew intentó separarse y conservar algo de dignidad. Más que oír, sintió la risita de Nathan; su pecho vibraba bajo su mejilla. Y luego un brazo se deslizó sobre sus hombros, obligándolo a girarse para encontrarse con Alex. Curiosamente, Nathan no lo soltó, solo lo metió debajo de un brazo en tanto decía:

—Hola cariño, te presento a nuestro nuevo vecino, Andrew. Es un fan de los Mavs, pero no dejes que eso te desanime.

Alex hizo un gesto de exasperación.

—Disculpa a mi marido, Andrew. Es un cachorro descuidado con sus modales. Suéltalo, Nathan —le ordenó, como si estuviera hablando con un perrito.

—A Drew no le importa, ¿o sí? —Y Andrew fue apretado por un instante, antes de que Nathan obedientemente dejara caer el brazo y se

acercara a su esposa, inclinándose para besarla en la mejilla.

Andrew se debatía entre indicarle que si volvía a llamarlo «Drew», sus testículos estarían en peligro, o pedirle que volviera a ponerle el brazo encima. Pero entonces otro brazo rodeó su cintura y unas uñas afiladas se clavaron en su piel.

—Con que yo estaba esperando a que regresaras con mi bebida, y en lugar de eso te encuentro tocando al nuevo vecino. Trabajas rápido, Drew.

—Stephanie había seguido a Alex hasta la cocina y había sido testigo de toda la demostración.

Andrew estaba decidido a no darle a su esposa la satisfacción de verlo sonrojarse.

—Solo estás celosa —respondió—, porque me han dado un abrazo y a ti no.

Alex se rio, sin percatarse de la tensión entre sus nuevos vecinos.

—Se le echa encima a todos. —Le dio a Nathan un codazo en las costillas—. Créeme. No entiende el concepto de espacio personal.

Nathan alzó las manos en señal de rendición.

—Es que soy muy amigable. De todos modos, Drew y yo tenemos una cita para que pueda derrotarlo.

Stephanie soltó una risa débil.

—Aun cuando sé lo mucho que le encantaría que lo aniquilaras, Andrew prometió llevar a su hijo al parque esta tarde.

Una amplia sonrisa se mostró en el rostro de Nathan. ¿En algún momento aquel tipo dejaba de reír?

—¿Tú también tienes un hijo?

—Sí, Colin. Tiene nueve años —murmuró Andrew—. Pasará a cuarto en septiembre.

—Oye, Nathan es profesor de cuarto grado. Enseñará en la escuela Castleton. —Alex miró a su marido con orgullo.

Para sorpresa de Andrew, Nathan se volvió de un rojo brillante.

—Me gradué hace poco. Este será mi primer trabajo —admitió.

—Esa es la escuela de Colin. Serás el profesor de su clase. —

Stephanie los tomó por sorpresa al ir a la puerta de la cocina y llamar gritando a su hijo.

Después de un minuto, un niño flacucho y desgarbado entró por ella.

Vestía unos shorts, no traía camisa y, como de costumbre, estaba muy sucio.

Incluso sus odiadas pecas, de las que se quejaba a cada oportunidad, eran prácticamente imperceptibles por la mugre que cubría su cuerpo.

Su madre lo encaminó hacia Nathan.

—Colin, quiero que conozcas a tu nuevo maestro, el señor Peterson.

—Jesús, es enorme. —La mandíbula de Colin cayó un poco al mirarlo.

A Andrew le divirtió notar que tanto el profesor como el alumno, parecían sumamente avergonzados mientras los demás reían. Stephanie le dio un codazo a Colin.

—¿Qué has dicho?

—Encantado de conocerlo, señor Peterson —dijo el niño educadamente.

Su nuevo maestro salió a su rescate.

—Nate, por lo menos hasta septiembre. —Nathan le tendió la mano y Colin la estrechó tal como le habían enseñado—. Dejaremos lo de señor P

hasta el primer día de clases, ¿de acuerdo?

Colin asintió.

—¿Puedo irme ya, mamá, por favoooor? —gimió, desesperado por alejarse de sus padres y, más aún, de su nuevo maestro. Todavía estaba de vacaciones. Era muy, muy pronto para pensar en la escuela.

—Diez minutos, luego tu papá te llevará al parque a jugar a fútbol. —

Stephanie fue firme.

Andrew le echó un vistazo a su reloj y suspiró interiormente. No habría posibilidad de ir primero a su cuarto oscuro. Había estado muy cerca de escapar.

Colin salió por la puerta de la cocina en el momento en que obtuvo permiso de irse, casi derribando a Jim y Allison, quienes habían ido en busca de los nuevos vecinos. Se tuvieron que hacer hacia atrás mientras él pasaba corriendo, y después entraron, complacidos de ver a Andrew y Stephanie esforzándose con Nathan y Alex.

—Hola. ¿Cómo estáis? ¿Ya tenéis bebidas? Jim, necesitamos más cervezas, Nathan ya casi se la ha acabado. —Como de costumbre, Allison se hizo cargo tan pronto como entró en la cocina. Era mucho más joven que su marido, pero no había duda de que era la fuerza impulsora en su relación.

Jim parecía contento con dejar que tomara las riendas y, a cambio, ella le daba un hogar bien organizado y le prestaba atención de forma cariñosa, aunque autoritaria.

Nathan les dedicó una amplia sonrisa. Andrew estaba casi cegado por la forma en que la cocina de pronto se iluminó.

—Estoy bien, gracias Allison. No voy a tomar otra. Tengo que llevar a los perros a pasear esta tarde, y Drew me ha invitado a jugar al fútbol con él y su hijo.

Andrew se atragantó con lo último de su cerveza. Mientras soltaba sus disculpas, entrecortadamente, una mano enorme le dio una palmada en la espalda.

—¿Estás bien, Drew? ¿Estás acobardándote por nuestro partido? Dame diez minutos para cambiarme e ir a por los perros, y nos vamos.

Andrew levantó su mirada y vio a Nathan hacerle un guiño apenas perceptible. A su lado, Alex parecía furiosa. Allison les sonrió a todos.

Justo esto era lo que más disfrutaba, que todos sus vecinos se llevaran muy bien.

Andrew le devolvió la sonrisa a Nathan. ¿Una tarde en el cuarto oscuro, escondiéndose del mundo, o una tarde bajo el sol dándole una paliza al trasero —un trasero extremadamente bueno— de su nuevo amigo, en un partido de fútbol? No había punto de comparación.

—¿Crees que puedes derrotarnos a mí y a mi hijo? Adelante, no te tengo miedo.

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