Nunca pasa nada
Capítulo 17
LA FECHA para dar de alta a Andrew se retrasó por una infección que lo debilitó, frustró y que, cuando estaba despierto, lo volvía sumamente gruñón. En total, estuvo en el hospital durante un poco más de tres semanas, y cuando al fin iba a ser dado de alta, era obvio para todos, menos para él, que iba a necesitar ayuda por un corto periodo de tiempo.
Podía ingeniárselas para vestirse razonablemente bien con el yeso en su brazo, siempre y cuando se pusiera pantalones deportivos y camisetas holgadas, pero las actividades del día a día, como lavarse el cabello y cocinar, estaban fuera de su alcance, a pesar de sus protestas.
Su familia estaba haciendo planes para que fuera a vivir con ellos en vez de regresar al apartamento en Los Ángeles o a la casa junto al lago. Joe y Stephanie, junto con los padres de Andrew, Nathan y Alex, estaban conversando, tomando café y comiendo galletas que Ruth acababa de hornear en la enorme cocina de Stephanie. Esta había llegado a una tentativa tregua con la señora Matthews tras el arrebato en el hospital.
Como era normal, Colin estaba jugando en el suelo con Daniel y Jessie.
Stephanie firmemente rechazó la sugerencia de Ruth de que Andrew volviera a Texas donde ella podía cuidar de él. No permitiría nunca que regresara a las garras de su madre. El consenso fue que Andrew volvería a su antiguo hogar en el sótano, mientras se recuperaba, y luego decidirían si estaba lo suficientemente bien como para volver a su casa.
Colin escuchó lo que decían en aquel consejo de familia con una expresión de asombro en su rostro.
—¿Ya le habéis preguntado a papá lo que quiere hacer?
Los seis adultos le miraron; el silencio y las expresiones culpables en sus rostros eran una clara indicación de que la opinión de Andrew no se había tomado en cuenta.
—¿Alguno de vosotros ha hablado con él? —preguntó Colin con incredulidad. A falta de una respuesta, se rio—. Os dirá a todos que no; lo sabéis, ¿verdad?
—No seas ridículo, Colin —espetó la señora Matthews—. Es lo suficientemente sensato como para saber que necesitará ayuda.
—Supongo que Colin tiene razón —dijo Joe—. Estamos aquí sentados haciendo planes y ninguno de nosotros le hemos preguntado lo que quiere hacer.
Alex partió una de las galletas y se comió las chispas de chocolate, dejando el resto en el plato. Nathan no estaba muy seguro de por qué ella estaba allí en absoluto.
—Yo habría pensado que él querría ir a casa. Probablemente también querrá ocuparse de todos los asuntos pendientes de Rich.
Nathan estuvo a punto de contestarle bruscamente, hasta que se acordó de que ella comprendía exactamente por lo que Andrew estaba pasando.
Había perdido a toda su familia en un accidente, a excepción de una tía, y tuvo que resolver todo por sí misma. Si alguien lo entendía era ella. Colocó una mano sobre la de Alex y la apretó suavemente. Ella levantó la vista y le sonrió.
Colin frunció el ceño.
—Es demasiado pronto para deshacerse de las cosas de Rich.
—Eso no es lo que Alex ha querido decir —dijo Nathan, no soltándole la mano.
—El hecho es… —comenzó Nick, y todos se volvieron hacia él con sorpresa. El padre de Andrew rara vez intervenía en los asuntos de su familia. Rara vez hablaba, y en sus momentos ensombrecidos por la rabia contra Ruth, Nathan se había preguntado si durante su matrimonio ella había atormentado mental y físicamente el espíritu de su esposo—. El hecho es —repitió—, que hasta que a Andrew no le quiten el yeso,
necesitará ayuda. Todavía está muy débil y él, o bien se viene para acá, o regresa a Los Ángeles con una enfermera.
—O a Santa Fe. —Ruth apretó los labios—. Tú trabajas todo el día, Stephanie —señaló—. Colin tiene que ir a clase. Yo estoy en casa y puedo darle el apoyo que necesita, con la ayuda del Señor, por supuesto.
Stephanie soltó un bufido, y Joe y Nathan apresuradamente giraron sus caras para evitar reírse abiertamente.
—Se quedará aquí con nosotros —le dijo Stephanie a Ruth con firmeza, con un tono que le sugería a la mujer que era mejor olvidarse inmediatamente de la idea de Santa Fe.
Por desgracia, Ruth nunca sabía cuándo parar.
—Pero es tu exmarido, Stephanie, no está bien. —Apeló directamente a Joe—. ¿Cómo te sientes acerca de que haya otro hombre en tu casa?
Seguro que no quieres que viva con vosotros.
Joe negó con la cabeza con firmeza. Nunca había tenido ningún problema con que Andrew viviera con ellos y se lo dijo sin rodeos.
Nathan escuchaba el debate con interés. Se preguntó si Andrew sabía cuánta gente se preocupaba por él. Entre su familia y sus amigos, había un montón de personas a las que les importaba.
—Entonces, ¿quién le va a decir que vendrá aquí? —preguntó Colin.
Sonaba un poco cansado, después de haberle servido a Jessie de caballo para pasearla alrededor de la cocina con Daniel animándolo con gritos.
—Yo lo haré —respondió Stephanie—. Puede quejarse todo lo que quiera, pero necesita ayuda, y no hay nada más que hablar.
—Andrew querrá volver a Los Ángeles para la ceremonia conmemorativa del mes que viene —señaló Nathan, y se hizo un silencio repentino.
Andrew se había perdido el funeral de Rich mientras estaba en el hospital. No había manera de que fuera a perderse esa ceremonia. Había sido organizada por la secretaria de Rich, Ida. Ella había viajado a Castleton para discutir los arreglos con Andrew, dándoles la oportunidad de llorar juntos por su ser querido por primera vez. Ida adoraba a Rich y a Andrew
como los hijos que nunca deseó. Se enfrentó a un nuevo jefe por primera vez en más de una década y decidió retirarse porque no quería volver a empezar. Su última función en nombre de Rich y Andrew, fue organizar la ceremonia en Los Ángeles.
—También tiene que resolver lo de su negocio —dijo Joe.
Nathan podía entender por qué le preocupaba eso a Andrew. Su negocio fotográfico se había detenido después del accidente. Ida y Gary habían hecho todo lo posible para ayudarle, pasando sus trabajos a sus amigos en el sector, pero Andrew no estaba obteniendo ganancias y no lo haría a corto plazo, con el brazo roto de por medio. El dinero no era un problema inmediato, y el seguro de vida de Rich lo había dejado en una posición acomodada, especialmente con las dos propiedades ahora a su nombre, pero había trabajado duro toda su vida para mantener a su familia.
Ahora era como un barco sin timón: sin pareja ni trabajo. Toda su familia y sus amigos trataron de hacerle ver que contaba con mucho tiempo para tomar nuevas decisiones, pero la falta de enfoque lo consumía, contribuyendo a su mal carácter.
—Voy a hablar con Andrew esta noche —anunció Stephanie abruptamente—. No podemos aplazar esto por más tiempo. Shane dijo que los médicos piensan que estará lo suficientemente bien como para ser dado de alta a principios de la semana si la infección desaparece.
—Buena suerte con la charla. —Nathan le sonrió, agradecido de que él no fuera a ser el que tuviera esa conversación con Andrew.
—Gracias —dijo ella, sabiendo exactamente lo que él estaba pensando
—. ¿Crees que pueda tomar prestado el casco y el escudo de Daniel?
Daniel levantó la vista cuando su nombre fue mencionado.
—¿Para qué los necesitas, tía Steph? ¿Irás a matar un dragón?
Los adultos se echaron a reír, aliviados de que se rompiera la tensión, mientras Colin sacudía la cabeza.
—Algo mucho peor que un dragón.
—¿Peor que un dragón? —Daniel parecía asombrado.
Colin asintió solemnemente.
—Mamá necesita tu espada y casco para matar a un ogro gruñón.
Daniel parecía tan escéptico como el niño de cinco años que era.
—¿Un ogro gruñón? ¿Cómo puede ser eso peor que un dragón que escupe fuego?
—¿Has visto Shrek?
El niño asintió.
—¿Quién atrapó al dragón?
Daniel abrió la boca.
—¿La tía Steph va a matar a Shrek? —Su labio inferior tembló por un momento y le lanzó una mirada acusadora a Stephanie.
—Bien hecho, Colin. —Stephanie suspiró y se puso en el suelo con Daniel—. No voy a matar a Shrek. Solo quiero protegerme del tío Andrew.
Es un poco gruñón en este momento.
—¡Oh! —El alivio invadió la cara de Daniel, y él asintió—. Tienes que decirle a su mamá que le pegue en el trasero si no se comporta bien.
Debería haber sido divertido el comentario inocente de un niño pequeño. Ruth ciertamente se rio entre dientes, pero fue la única.
Nathan se preguntó si él era el único que quería llorar al pensar en lo que en realidad Ruth le había hecho al trasero de Andrew durante muchos años, dejando tras de sí las cicatrices. A juzgar por las caras de Stephanie y Colin, no creía que lo fuera. Incluso Nick parecía ligeramente asqueado.
—Es hora de irnos a casa, enano —le dijo a Daniel, tendiéndole los brazos. Daniel fue a ellos de buena gana y se dejó cargar junto con Jessie.
Colin ayudó a su madre a ponerse en pie, sonriendo por su gruñido al levantarse. Su pequeño cuerpo hacía que su barriga fuera perceptible antes de lo previsto, y estaba empezando a encontrar más difícil moverse.
—¿Cuándo vas a ir a verlo? —preguntó Alex mientras extendía las manos hacia su hija.
—No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. —Stephanie hizo una mueca. El estado de ánimo de Andrew era, en el mejor de los casos, malo. Aquella no era una conversación que deseara tener.
—Iré contigo —le aseguró Joe, y se levantó como si fueran a ir en ese mismo instante.
—Creo que Nathan debería ir también.
Nathan, Stephanie y Joe se giraron para mirar a Alex con asombro.
—¿Qué? —dijo ella a la defensiva—. Nathan parece ser el único al que escuchará en este momento.
—Es hora de llevar a dormir a los niños —señaló Nathan, haciendo caso omiso de su declaración. Alex estaba en lo correcto, pero no le parecía bien reconocerlo, no sin tener que pensar por qué.
—Pasaron las últimas semanas sin ti —dijo Alex—. Una noche más no hará ninguna diferencia, y estoy seguro de que Colin va a ayudar, ¿verdad?
—Claro. —El chico estuvo de acuerdo—. ¿Puedo ir con Bobby después? —le preguntó a Stephanie.
—Si estás de vuelta a las diez —accedió su madre. Cuando él parecía dispuesto a discutir, añadió—: Mañana tienes que ir a clase
—Bien —murmuró Colin, y se alejó.
Nathan negó con la cabeza.
—Quiero llevar a los niños a la cama. Allá los veo mañana si es que no ha sido dado de alta.
—Buenas tardes, amigos.
Gary estaba en la puerta, sonriéndoles. Su pelo estaba más largo que nunca y parecía un malhechor. Nathan tuvo que reprimir el impulso de esconderse.
—Gary —gritó Stephanie, corriendo a darle un beso.
Él envolvió sus brazos alrededor de ella y la abrazó con fuerza.
—Hola, mamá linda —dijo arrastrando las palabras, inclinándose para darle un beso en su suave mejilla.
Stephanie entornó los ojos y retrocedió.
—Pareces una mierda —soltó sin rodeos.
—¡La tía Steph ha dicho una palabra grosera! —le informó Daniel a su padre.
Nathan hizo un ruido desaprobatorio hacia Stephanie.
—Mala tía Steph —dijo, moviendo un dedo—. Aunque ella tiene razón. Tu aspecto es horrible.
Gary se encogió de hombros.
—He estado conduciendo un par de días para llegar aquí. No he dormido mucho en las últimas dos semanas.
Estaba de gira con su banda cuando recibió la llamada sobre el accidente de Andrew y Rich. Voló de regreso para verlo, y luego regresó a los conciertos.
—Entonces, ¿quieres dormir un poco antes de ir a ver a Andrew? —
preguntó Stephanie—. Puedes pasar esta noche en la sala de entretenimiento. Solo tengo que poner algunas sábanas limpias.
—Ya he ido a verlo. —Gary le sonrió—. Está de mal humor y dice que está aburrido, pero se quedó dormido poco después de mi llegada.
—Parece que se trata de nuestro chico —comentó Stephanie—. Tal vez debería posponer la discusión hasta mañana.
Gary levantó una ceja.
—Suena serio. —Buscó a su alrededor esperanzadoramente—. A quién se lo tengo que chupar para que… —se interrumpió al darse cuenta de que Ruth y Nick estaban en la habitación—. Ruth. —Le tendió los brazos—. Ven aquí y dame un abrazo. Te juro que pareces más joven cada vez que te veo.
Ella le dirigió una sonrisa forzada y negó con la cabeza, pero de todos modos se acercó para darle un abrazo. Gary era el único de los amigos de Andrew que hacía todo lo que Ruth aborrecía y, sin embargo, ella pensaba que era maravilloso.
En honor a la verdad, Gary nunca le había dicho lo que pensaba exactamente de su trato para con el hombre al que consideraba su mejor amigo.
Joe le ofreció una botella de cerveza con una sonrisa.
—Va por cuenta de la casa —dijo—. No es necesario nada a cambio.
—Compartieron una sonrisa y Gary se volvió para saludar a todos los demás.
Alex le dio un beso, y él besó tenuemente la cabeza de Jessica.
—Estábamos a punto de retirarnos. Es hora de que los niños se duerman.
—Jessie ha crecido mucho —dijo Gary mientras la niña se agachaba y escondía su rostro.
—Es un poco tímida.
—Es hermosa, igual que su madre —le dijo Gary, y Alex se sonrojó ligeramente. Se volvió hacia Nathan y le saludó con una inclinación de cabeza—. Nathan. —Eso fue todo.
No importaba el tiempo que hacía que se conocían, Nathan tenía la sensación de que Gary nunca lo perdonaría por no ser suficiente, por no haber tratado a Andrew de la forma en que debió haberlo hecho. Nathan murmuró un saludo y lo dejó así.
Gary estrechó la mano de Nick, abrazó a Colin y con eso acabó los saludos. Alex y Nathan estaban a punto de despedirse cuando Gary dijo:
—Andrew mencionó que saldría del hospital la semana que viene.
Stephanie asintió e hizo una mueca.
—Eso es lo que tengo que hablar con él. En dónde va a vivir hasta que le quiten el yeso. Ha estado tan gruñón que ninguno de nosotros se ha atrevido a mencionar el tema.
Resoplando, Gary dijo:
—Sois todos unos maricas. —Ignoró el ceño fruncido de Ruth y continuó—: Ese enfermero, Shane, le dijo que no sería dado de alta a menos que obtuviera algo de ayuda.
Todos sonrieron ante eso. Shane era el único al que Andrew no le gritaba, sobre todo porque el enfermero le devolvía el grito. Andrew había aprendido a morderse la lengua cuando él estaba a su alrededor; solo
soltaba sus quejas de frustración cuando la puerta estaba cerrada y no podía ver la sonrisa de satisfacción de Shane.
—Piensa que lo vais a obligar a vivir aquí durante un par de semanas
—comentó Gary.
Stephanie se encogió de hombros.
—Esa es la idea. ¿Alguna sugerencia mejor?
—No. Le dije que dejara de lloriquear y aceptara. Se vendrá conmigo para la ceremonia conmemorativa.
—¿Ya le dijiste eso? —Stephanie habló lentamente.
—Por supuesto. —Gary sonrió—. Le dije que la alternativa era alguien como Shane cuidando de él durante unas cuantas semanas. Se puso pálido ante la idea.
—Creo que Shane es genial —intervino Nathan.
—Es porque no lo tienes diciéndote qué hacer cada cinco minutos —
indicó Gary—. Puede parecerse a Mary Poppins, pero tiene el alma de Hitler. —Hizo una pausa—. Ahora que lo pienso, Mary Poppins también la tenía. Andrew lo odia con pasión.
—Perfecto. —Stephanie sonrió, mirando a su alrededor, a los reunidos
—. Voy a ir a verlo esta noche para confirmar las disposiciones. Gracias, Gary.
—Es un placer. —Gary bostezó, y su rostro sin afeitar se retorció por un segundo.
Joe observó a su invitado inesperado.
—Necesitas dormir —señaló—. Te daré sábanas y un edredón. Vamos.
Nathan y Alex aprovecharon ese momento para despedirse; Jessie estaba casi dormida en los brazos de Alex.
Mientras caminaban de regreso a la casa con el número veinticuatro, Nathan le dijo en voz baja:
—No te dije gracias.
Su mujer lo miró inquisitivamente.
—¿Por qué?
—Por dejarme visitar a Andrew. Sé que eso puso presión extra sobre ti.
Alex se tomó un tiempo para responder, cambiando a Jessie a su otro hombro antes de hacerlo.
—Sé lo que sentís el uno por el otro. Te habrías sentido muy abatido si no hubieras estado allí.
Nathan tragó saliva, le resultaba difícil articular las palabras.
—Yo, eh, sí, pero…
—Lo odio —dijo Alex con fiereza—. Odio el hecho de que lo amas a él y no a mí. —Jessie protestó en su sueño cuando los brazos que la rodeaban la apretaron demasiado fuerte—. Has hecho una burla de nuestro matrimonio. —Alex dio un suspiro tembloroso—. Pero te quedaste y eso significa algo, así que sí, te di eso.
Nathan quería decir algo para que mejorar la situación, ¿pero qué demonios iba a decir?
—Gracias —soltó sin convicción.
No dijeron nada más mientras caminaban de regreso a su casa.
ANDREW TOMÓ la noticia de las inminentes disposiciones sobre el lugar donde viviría, actuando como ya lo habían anticipado.
Se despertó de un sueño inquieto y se encontró a Stephanie sentada junto a su cama, leyendo una revista barata. No había ido al hospital la noche anterior, ya que sus planes se vieron afectados por una discusión con Colin sobre su toque de queda. Colin terminó castigado y de peor humor, y Stephanie estuvo haciendo guardia mientras él limpiaba los baños, todos los de la casa.
—¿Qué hora es? —murmuró Andrew; su voz era ronca mientras trataba de hablar.
—Las cuatro —le dijo Stephanie, ofreciéndole un vaso de agua que ya estaba servido en la mesita de noche.
Andrew se sentó y aceptó el vaso; bebió agua hasta que el recipiente estuvo vacío. Stephanie lo observó de cerca. Tenía mucho mejor aspecto, a pesar de que acababa de despertar. La mirada vidriosa en sus ojos se había ido y el rubor que cubría su piel se había desvanecido.
—¿Cómo te sientes? —inquirió.
—Mucho mejor —admitió Andrew, colocando el vaso en la mesita de noche—. El doctor me quiere dar de alta mañana.
—¡Eso es genial! —Stephanie le sonrió cálidamente—. Dios, debes estar deseando salir de aquí.
Andrew vaciló por una muy larga fracción de tiempo.
—¿Qué pasa? —le preguntó ella, extendiendo la mano para tocarle el brazo no cubierto con el yeso.
—Gary dijo que debía volver a tu casa. —Andrew sonaba molesto, y ella pudo ver el color aumentando de nuevo en sus mejillas.
Eligiendo cuidadosamente sus palabras, Stephanie dijo:
—¿Es eso un problema? Solo será por poco tiempo, hasta que te quiten el yeso.
—¿Todos piensan que soy incapaz de cuidar de mí mismo?
—¡No! —protestó ella—. ¡Ninguno de nosotros piensa eso! Pero, Andrew, sigues estando débil. —Haciendo caso omiso de su mirada, continuó—. Tienes el brazo enyesado y a lo más lejos que has ido en tres semanas es al baño. Vamos, Andrew, sé sensato.
Andrew se recostó sobre las almohadas y cerró los ojos por un momento. Los abrió de nuevo y vio a Stephanie mirándolo fijamente.
Suspiró, sin querer admitir que tenía razón.
—Está bien, solo por un tiempo hasta que me quiten el yeso, y luego regresaré a nuestra… a mi casa. —Andrew se equivocó con las palabras, y tragó con fuerza el nudo en su garganta.
Stephanie no hizo ningún comentario, simplemente se acercó para poder acariciar su pelo de manera reconfortante.
—Lamento mucho lo de Rich. —Ya lo había dicho muchas veces, y la respuesta siempre era la misma.
—Sí, yo también. —Una respuesta suave, sin emociones.
—Andrew.
Era preocupante para todos que Andrew no parecía estar de duelo por la pérdida de su esposo. Habían pasado tres semanas desde el accidente y apenas había dado señales visibles de dolor. A Stephanie le preocupaba que estuviera reprimiendo sus emociones otra vez. Recordaba cómo había sido cuando él era adolescente, haciendo frente a su sexualidad y la extrema disciplina de su madre. Había sido como un polvorín, a punto de estallar en cualquier momento.
Stephanie vio cómo Andrew se tapaba la cara con un brazo, ocultándola de la mirada preocupada de su exmujer. Así fue como Shane y Nathan los encontraron unos minutos más tarde. Abrieron la puerta y se detuvieron bruscamente al captar la escena.
—¿Está todo…? ¿Andrew, estás bien? —Shane fue hasta la orilla de la cama, y colocó dos dedos en su muñeca.
—Estoy bien —murmuró Andrew, apartando su brazo.
Nathan vaciló en la puerta, sin saber qué hacer; entonces se dirigió hacia la cama y atrajo a Andrew en un gran abrazo, intentando no golpear su brazo roto. Andrew puso resistencia durante un minuto, pero se trataba de Nathan, así que se relajó, enterrando su cara enrojecida en el cuello de él.
Nathan ignoró a los demás mientras murmuraba disparates reconfortantes en el oído de Andrew, protegiéndolo en sus brazos.
Andrew se dejó consolar durante unos minutos; luego se apartó, limpiándose la cara con la mano.
—Ten. —Shane le ofreció a Andrew un paño húmedo.
Pero Nathan lo tomó en su lugar y limpió el rostro de Andrew con ternura, como si se tratara de Daniel o Jessie.
—No soy un niño —gruñó Andrew.
Nathan dejó caer la cabeza hacia delante y rozó la oreja de Andrew.
—Mmm…, lo sé —susurró, sonriendo mientras Andrew se sonrojaba aún más.
—¿Eh, chicos?
Shane y Stephanie estaban mirándolos, con diversión sobreponiéndose a su preocupación.
Nathan se sentó, retirando el pelo sudoroso de la cara de Andrew.
—¿Mejor? —le preguntó; la preocupación oscurecía sus ojos.
Andrew asintió.
—Lo siento —le dijo a Stephanie.
Ella agitó una mano con indiferencia.
—No hay problema. —Y, Dios, en realidad no lo había.
Shane le sirvió otro vaso con agua y se lo ofreció junto con unas pastillas. Andrew lo miró con aversión extrema.
—Supongo que vas a hacer caso omiso si te digo que no las necesito,
¿verdad?
—Así es —afirmó Shane con alegría.
Andrew se las tomó de mala gana, frunciendo el ceño por las sonrisas apenas ocultas de Stephanie y Nathan.
—¿Feliz ahora? —demandó al dejar el vaso sobre la mesa.
—Buen chico. —Nathan le dio unas palmaditas en la cabeza y saltó hacia atrás cuando el yeso de Andrew salió volando hacia él.
—¡Ay, diablos! —A pesar de que no conectó con Nathan, el repentino movimiento fue suficiente para traer dolor al brazo de Andrew.
Las cejas de Shane se alzaron.
—Dime, Andrew, ¿siempre eres tan violento?
—Solo cuando me provocan.
Andrew resopló de nuevo, y todos se rieron de él. Entonces se frotó el brazo, sumergiéndose en lo que podría describirse mejor como un estado
hostil.
—¿Has decidido a dónde irás cuando salgas de aquí? —le preguntó el enfermero mientras recogía el vaso y el paño.
—¿No lo habéis decidido por mí? —siseó Andrew.
—Andrew. —Stephanie lo reprendió con suavidad.
Shane era obviamente un maestro en ignorar el malhumor de sus pacientes.
—¡Excelente! —dijo—. Con suerte mañana por la mañana obtendrás tu pase de libertad. ¿Puedes venir a por él? —preguntó, dirigiéndose a Stephanie.
—Claro —contestó ella.
—Estaré feliz de salir de aquí —dijo Andrew, pasándose la mano por el cabello, y haciendo una mueca al sentir la suciedad entre sus dedos.
—No puedo quedarme mucho más tiempo —dijo Nathan mientras miraba su reloj—. Pero si quieres podría lavarte el pelo antes de irme.
—¿Lo harías? —Andrew sonrió por primera vez, complacido ante la idea de tener el pelo limpio.
Nathan se había hecho cargo de ese tipo de cosas desde el accidente.
Nadie se lo había pedido, pero Andrew no lo había detenido una vez que comenzó a sentirse mejor. La infección lo había dejado tan indefenso como un gatito y cualquier ayuda era bienvenida, aunque nunca lo hubiera admitido. En sus peores momentos, se sentía culpable por el placer del contacto íntimo que suponía tener las enormes manos de Nathan frotando su cuero cabelludo.
—Será mejor que me vaya. Joe estará pronto en casa. —Stephanie se levantó, frotándose la espalda que protestaba por la hora que había pasado en el hospital en aquella silla incómoda. Se inclinó y lo besó en la mejilla
—. Hasta mañana, cariño. Llamaré para saber a qué hora te dejarán salir.
Andrew asintió.
—Nos vemos por la mañana.
—Mediodía —advirtió Shane cuando la acompañó hasta la puerta.
—Por supuesto. En realidad, Shane, ¿podemos hablar un momento?
Andrew alzó una ceja mientras salían de la habitación, con una expresión oscura cuando Stephanie se negó a mirarlo a los ojos.
—¿Más organización? —preguntó amargamente mientras miraba a Nathan.
—Vamos a cuidar de ti —lo tranquilizó Nathan, tomando la mano libre de Andrew en la suya.
—Es fácil para ti decirlo. Siento como que no tengo voz ni voto en lo que sucede.
—Es solo por unas cuantas semanas, después podrás irte a tu casa.
«Mi casa». Dios. Su casa era el apartamento de Rich o la que estaba junto al lago que también era de él. Supuso que ambos lugares eran suyos ahora, pero diablos, ¿dónde estaba su hogar? No en Castleton y tampoco en Los Ángeles.
—¿Andrew?
Este levantó la mirada y vio a Nathan observándolo con preocupación.
—¿Todavía quieres que te lave el pelo o prefieres dejarlo para cuando estés en casa? —preguntó Nathan.
Andrew tragó saliva, luchando contra el impulso de poner su cabeza en el ancho pecho de Nathan y dejar de lado todo el dolor y la miseria reprimidos en su interior.
—Ahora, por favor.
Sacó las piernas de la cama y se puso en pie, tambaleándose un poco; se dio cuenta de que los medicamentos estaban haciéndole efecto. Nathan puso una mano debajo de su codo y lo acompañó hasta el baño.
—Ven, vamos a hacer que te sientas un poco más limpio —murmuró Nathan.
El baño estaba cálido. Andrew se sentó en una silla de plástico cerca del lavabo. Nathan puso una toalla sobre sus hombros y Andrew se inclinó sobre el lavabo. No era la más cómoda de las posiciones, pero protegía su brazo.
Andrew suspiró mientras Nathan vertía una jarra de agua tibia sobre su cabello sucio. La sensación de los dedos largos desenredando su pelo era increíble. Empujaba hacia la presión a medida que Nathan lo enjabonaba, evitando las áreas que seguían siendo sensibles por los moratones.
—¿Mejor?
La única respuesta de Andrew fue un gemido.
Nathan se rio mientras enjuagaba el champú.
—Eres muy niña.
—Intenta no bañarte durante tres semanas —se quejó Andrew mientras se sentaba.
Nathan le envolvió la cabeza con una toalla y secó bruscamente su cabello. Terminado el secado, el pelo quedó levantado en todas las direcciones. Nathan se acercó al estante y agarró el peine de Andrew.
—Amigo, yo puedo peinarme mi propio cabello.
Andrew quiso quitarle el peine, pero Nathan lo apartó lejos de él, ignorando su gruñido de fastidio.
—Me gusta hacerlo, ¿de acuerdo?
Andrew cedió por la admisión de Nathan y dejó que le hiciera un ordenado peinado.
—Listo, muy limpio.
Nathan le dio un ligero beso en la parte superior de la cabeza y arregló el baño. Andrew no se movió, sintiéndose repentinamente agotando por el esfuerzo. Nathan lo ayudó a volver a la cama y él se recostó con alivio; sus músculos dolían hasta por el mínimo movimiento.
Descubrió a Nathan mirándolo astutamente.
—¿Comprendes ahora por qué queremos que cuentes con ayuda?
—Eso no significa que me tenga que gustar.
—Me temo que sí, solo por un tiempo.
Andrew cerró los ojos. Realmente necesitaba una siesta.
—¿Irás…? —Se detuvo, no queriendo presionarlo.
—¿Ir a dónde? —preguntó Nathan con curiosidad.
—¿Irás a la ceremonia de Rich?
Hubo una pausa, y Andrew se maldijo por preguntar, por mostrarse tan inseguro.
—Iré, Drew, te lo prometo.
Unos cálidos dedos le acariciaron la cara y Andrew se inclinó hacia ellos, aún sin abrir los ojos.
—Gracias —susurró.
—Duerme. Mañana será un gran día.
Andrew obedeció la suave orden; su último pensamiento consciente fue tener los labios de Nathan en los suyos mientras se quedaba dormido.
—¿LISTO PARA marcharte, compañero? —El gruñón susurro con acento le hizo abrir los ojos.
Andrew levantó la vista y vio a Gary de pie en la puerta de su habitación. Ya había empacado y estaba listo para irse. Lo había estado desde hacía una hora, y su impaciencia por dejar el hospital atrás era abrumadora. Cuando era el fotógrafo del ala de maternidad, había disfrutado de visitar el hospital; los sonidos y los olores añadían un extra a la experiencia de estar en un lugar especial. Ahora, sin embargo, solo lo asociaría con dolor y pérdida, lo que suponía que le pasaba a muchas personas.
—¿Dónde está Stephanie? —preguntó.
—Manteniendo a tu mamá lejos de aquí. —Gary arrastró las palabras, aún con ese exagerado acento.
—Gracias a Dios.
Gary recogió su maleta y salieron de la habitación, haciendo una pausa para darle a Andrew la oportunidad de despedirse de las enfermeras; recibió un beso en la mejilla de la mayor parte de ellas y un abrazo de los demás.
—Shane lamentará haberse perdido tu partida —le dijo una joven enfermera uniformada de rosa—; has sido su paciente favorito. Pero eso significa que tendré el placer de empujar tu silla de ruedas.
Tratando de no hacer una mueca mientras se sentaba en la silla de ruedas, Andrew dijo:
—Es una lástima. Pero ya me ha visto lo suficiente mientras he estado aquí.
Llegaron a la entrada del hospital, y Gary lo ayudó a ponerse en pie.
—Bueno, cuídate, Andrew. —La enfermera le dio un beso en la mejilla y Gary lo guío hacia estacionamiento.
Andrew caminó tan rápido como sus débiles piernas se lo permitieron.
—Entonces, ¿Shane echará de menos tu lamentable presencia o a tu encantador y constante visitante? —Gary sonrió con picardía mientras salían del lugar.
—¡Cállate! —gruñó Andrew, haciendo caso omiso de la risa de Gary.
Andrew se desplomó en la esquina de la camioneta, agradecido de estar lejos de aquellas cuatro paredes. Se durmió tranquilamente mientras conducían, asombrado de lo cansado que estaba aun después de lo que pareció un mes de estar durmiendo. Incluso un poco de esfuerzo lo agotaba.
—Despierta, despierta, Bella Durmiente, ya salió el sol.
Andrew abrió los ojos y descubrió que la camioneta estaba estacionada en la entrada del número doce. La puerta principal se abrió y Colin salió corriendo, seguido de cerca por Ruth.
—¡Hola, papá!
—Jesús… Lo siento señora, déjale bajar de la camioneta, hijo. —Solo Gary podría hablar así y disculparse por los sentimientos ultrajados de la señora Matthews en una sola frase. Ella resopló un poco, pero no se lanzó a su reprimenda habitual por usar el nombre del Señor en vano.
Andrew ignoró a Gary, envolviendo a Colin en un abrazo, sintiendo a su vivaz y cálido hijo en sus manos.
—Hola.
Colin lo soltó para que saludara a su madre y luego condujo a Andrew a la cocina. Stephanie lo estaba esperando con una gran taza de café.
Andrew se sentó en un taburete con gratitud. Por nada del mundo iba a mostrar que sus piernas se tambaleaban, pero Stephanie lo adivinó y le dirigió una mirada de complicidad.
—Siéntate antes de que te rompas una pierna.
Le pasó la taza y él la tomó con gratitud; se bebió la mitad del líquido, amargo y caliente, en un solo trago. Fue como si una energía inmediata se difundiera a través de su cuerpo, y Andrew suspiró con satisfacción.
Gary entró en la cocina, seguido por Nick.
—Andrew. —Sus ojos se iluminaron al ver a su hijo sentado en la cocina.
Andrew se puso en pie mientras su padre se dirigía rápidamente hacia él. Nick le dio un breve abrazo y después lo empujó suavemente para que se sentara de nuevo.
A pesar de sus traumáticos años de adolescencia, realmente amaba a su padre, quien lo había hecho lo mejor posible, aunque falló en evitar que Ruth infligiera sus extremistas puntos de vista sobre él. Cuando era adolescente, se había resentido amargamente por la manera en que Nick siempre se ponía de lado de su madre en la forma en que manejaba su sexualidad. Hasta años más tarde no se dio cuenta de que su padre sí había intervenido. Podría haber sido mucho, mucho peor.
Ruth estaba inquieta a su alrededor, reprendiendo a Stephanie por darle café en vez de té de hierbas y hacer que se sentara en un taburete duro en lugar de llevarlo a la cama.
—No estoy enfermo, mamá —espetó Andrew—. Aunque lo estaré si me obligas a tomar cualquiera de esas estúpidas infusiones. —No ayudó que por el rabillo del ojo pudiera ver los gestos de alegría de Gary y Colin.
Ella tenía la expresión de «Solo estoy tratando de ayudar» que Andrew odiaba. Nick le estaba dirigiendo una mirada suplicante, y él tuvo que suspirar y disculparse, consciente de que a su manera, ella solo estaba tratando de ser maternal.
—Esta es la primera taza de café decente que tengo en semanas, y me hace mucho bien —dijo Andrew—. Después de beberla me comprometo a acostarme. —Fingió un bostezo que rápidamente se convirtió en uno real.
—Ten, toma otra taza y vete a dormir.
Stephanie le estaba entregando una dosis adicional cuando la puerta de la cocina se abrió y Daniel entró corriendo, seguido por Alex y Jessie.
La esposa de Nathan no lo había visitado en el hospital y, pese a que el hombre le aseguraba que ella lo alentaba para que fuera a visitarlo regularmente, Andrew fue sumamente consciente de la repentina tensión cuando ella lo miró.
Ajeno a la atmósfera, Daniel chilló de alegría cuando vio a Andrew. A pesar de que no lo había visto muchas veces, sabía que Colin adoraba a su padre y por eso este era alguien especial.
—¡Tío Andrew! —empezó a decir, y entonces se detuvo, arrugando la cara. Se volvió hacia Stephanie acusadoramente—. No se parece a Shrek —
le dijo con firmeza.
Andrew arqueó una ceja mirando a Stephanie, observando risueño cómo ella se sonrojaba.
—¿Shrek?
—Pude haber… eh… dicho que eras algo gruñón —admitió Stephanie.
—Tía Steph dijo que eras un ogro y que tenía que tomar prestados mi espada y casco —le contó Daniel.
Sus labios temblaron cuando Andrew notó la incomodidad de Stephanie. Gary se reía abiertamente mientras que Colin asentía hacia Daniel. Andrew se arrodilló para estar a la misma altura que el pequeño, aunque había una clara posibilidad de que necesitara ayuda para levantarse.
—Me he parecido un poco a un ogro —admitió—. Pero sin la piel verde.
—Definitivamente.
Andrew resopló al ver los signos de asentimiento de los presentes, pero ellos simplemente estaban de acuerdo con él.
—Voy a ir a dormir —anunció—. Con mi café. —Apretó este contra su pecho; esperaba que no hubiera sonado tan débil como se sentía.
—Ojalá que tú y tu café seáis muy felices juntos, bizcochito.
Andrew sonrió débilmente al oír, detrás de él, el escandalizado grito de Ruth:
—¡Gary!
Andrew se despidió de Alex con una inclinación de cabeza y se dirigió a las escaleras del sótano.
Eso estableció la rutina de los siguientes días. Dormía, subía brevemente para tomar café y dormía un poco más. Si lloraba por Rich, lo hacía en privado, y los otros no presenciaban su duelo. En uno de esos días, Gary se fue para reunirse con su banda con un «Nos vemos», y un fuerte abrazo que le indicó a Andrew cuán preocupado había estado por él. En realidad, el cerebro adormecido de Andrew no había deparado en que Nathan no había ido a verlo en absoluto, hasta que despertó y lo encontró sentado en el extremo del sofá cama.
Abrió los ojos, consciente de una extraña sensación entre sus omóplatos, como si alguien estuviera observándolo. Se dio la vuelta, parpadeando mientras enfocaba el enorme cuerpo de Nathan, quien le sonreía.
—¿Nathan? —Andrew trató de incorporarse, haciendo un gran esfuerzo por el yeso.
—Hola —dijo Nathan, poniendo una mano sobre el estómago de Andrew—. Quédate así. Perdona que te despierte.
Recostándose de nuevo en las almohadas, Andrew volvió la cabeza para ver el reloj. Pasaba de mediodía. De alguna manera se había quedado dormido otra mañana. Tragó saliva, probando el sabor rancio en su boca.
—Ten. —Nathan le ofreció café en un vaso para llevar.
Andrew lo aceptó con avidez y tomó un sorbo, saboreando el moca asquerosamente azucarado. Estaba muy caliente, fuerte y negro.
Nathan percibió la mirada inquisitiva de Andrew.
—Quería verte, pero no atraer la atención de los de la casa. Pensé que si te traía una ofrenda de paz, no te importaría que me hubiera colado.
—¿A quién estabas evitando? ¿A mí o a Gary?
—Alex me dijo que se fue ayer —admitió Nathan, el rubor se extendió por sus mejillas.
—¿Entonces pensaste que era seguro venir? —Andrew no pudo evitar el tono divertido en su voz.
Bajando la cabeza, Nathan se ruborizó más.
—Supongo que eso me hace bastante patético, ¿eh?
—Bueno. —Andrew fingió considerarlo—. Tiene la mitad de tu tamaño.
—¡El tipo es realmente terrorífico! —protestó Nathan—. Además, no creo que le agrade mucho.
—Es solo sobreprotector —admitió Andrew.
—Me alegro de que haya alguien así en tu vida —dijo Nathan suavemente—. Tienes amigos especiales.
Andrew asintió.
—Sí, los tengo —convino, colocando una mano sobre la de Nathan, todavía en su estómago. La palma de Nathan estaba parcialmente apoyada en su cálida piel, donde su camiseta se había levantado. Permanecieron así sentados por un momento, porque no querían romper la conexión entre ellos.
Finalmente Andrew se movió porque necesitaba ir al baño. Nathan apartó la mano y esperó a que volviera.
—¿Te gustaría ir al parque con los chicos? —dijo mientras Andrew salía del baño, dirigiéndose directamente a su café.
Andrew frunció el ceño mientras tomaba un trago.
—¿Qué día es hoy?
—Sábado. ¿Por qué?
—Dios, ¿he estado dormido durante toda la semana?
—Amigo, has estado durmiendo durante un mes —indicó Nathan.
Andrew se frotó la mandíbula. Estaba cubierta con una delgada barba rojiza. Nathan lo había afeitado un par de veces en el hospital, hasta que Andrew pudo pasar una maquinilla eléctrica por su propia barbilla.
—¿Entonces, parque, pelota, perros, o de nuevo plancharás la oreja en las sábanas? —insistió Nathan.
—Café, cama y dormir más. No creo que esté listo para perseguir una pelota todavía.
—Vamos, Drew. Necesitas un poco de aire fresco —declaró Nathan.
Sacudiendo la cabeza, Andrew se terminó el café y lanzó el vaso térmico a la basura. Falló y este rebotó en el borde. Pero se encogió de hombros y volvió a la cama.
—Realmente no estoy listo, Nate. Tal vez mañana. —Se recostó y cerró los ojos.
—Mañana entonces. Te tomo la palabra —advirtió Nathan. Le dio un ligero beso en la sien y se bajó de la cama.
—Mañana —acordó Andrew, casi durmiéndose.
Solo que no fue al día siguiente ni el día después de ese. Esa mañana, Andrew amaneció temblando y dolorido. Lo único que podía hacer era tomar Tylenol y agua, y esperar que el sueño enviara lejos la miseria que estaba invadiendo su cuerpo.
Natán lo visitó en algún momento, pero con toda sinceridad, no podía saber cuándo. Solo supo que Nathan tocó su brazo y le acarició el pelo, y luego se quedó dormido de nuevo.
Tuvieron que pasar otros cuatro días para que Andrew pudiera mantenerse despierto durante algo más que unos minutos. Para cuando llegó el fin de semana, fue capaz de permanecer despierto el tiempo suficiente para ver una película con Colin, y Stephanie había dejado de merodear a los pies de su cama.
Colin pasó la mañana del domingo en la cama de Andrew, viendo programas infantiles en la televisión y comiendo su ración mensual de osos de gomita. Andrew aguantó un par de horas y luego se quedó dormido
oyendo de fondo a extrañas criaturas peleando entre sí sin ninguna razón aparente.
Se dio cuenta de que estaba pegado a un cuerpo caliente y que Colin estaba hablando con alguien. Andrew se giró y encontró a Nathan y Daniel en su cama, también mirando la pequeña televisión. Daniel tenía metida la mano en una bolsa con dulces Twizzlers y su rostro cubierto de azúcar. El cuerpo caliente pertenecía a Nathan, quien estaba ligeramente curvado en torno a sí para no caerse de la cama.
—Oigan —dijo con voz áspera, y luego se aclaró la garganta para volver a intentarlo—. Estamos un poco amontonados. ¿No hay otro lugar en el que podáis acostaros?
Nathan le sonrió.
—Solo vinimos a por vosotros para ir al parque.
Andrew gruñó.
—Marchaos. Buscad a otra persona a quien molestar. —No le importaba qué hora era, realmente necesitaba dormir más.
—No es bueno para ti estar encerrado aquí todo el tiempo. La habitación apesta, hombre. Realmente necesitas ventilarla.
Andrew se dio la vuelta apartándose de Nathan.
—¿Por qué no invitas a Shane? Estoy seguro de que le encantaría ir contigo —murmuró con indiferencia.
—¿Quién? ¿Shane? Andrew, ¿de qué demonios estás hablando? —La voz de Nathan se había agudizado.
Colin se levantó de la cama y le tendió la mano a Daniel.
—Ven, Danny. Mi mamá hizo tortitas. ¿Una carrera hasta la escalera?
Los dos chicos corrieron ruidosamente por las escaleras hasta la cocina, dejando a los dos hombres en un incómodo silencio. Uno que Nathan era el encargado de romper.
—¿Qué quieres decir con que podría invitar a Shane?
Andrew se dio la vuelta para enfrentarse a Nathan.
—Shane. El guapo enfermero. Tu nuevo mejor amigo.
—Sé quién es Shane, Drew. ¿Pero mi nuevo mejor amigo?
Así que sí, tal vez ahora se sentía como un fenómeno, ya que Nathan lo miraba como si le hubieran crecido dos cabezas.
—Andrew, ¿estás celoso de Shane? ¿A qué diablos se debe eso?
—Hablaba de ti como si fuerais amigos.
Nathan asintió lentamente.
—Hablamos mucho mientras estabas inconsciente. Hablé con todas las enfermeras. Y los médicos y la maldita señora de la limpieza. ¿También estás celoso de ellos?
—No seas ridículo.
—¡Estás celoso de un enfermero y me llamas ridículo!
—Es guapo y alegre. —Andrew se mordió el labio—. Te llamó Nate
—espetó.
Los ojos de Nathan se agrandaron.
—¿Está teniendo un berrinche porque alguien que me dio consuelo en un momento difícil, me llamó por un nombre que por lo menos media docena de personas usa?
—Jódete.
—Jódete tú, Andrew —soltó Nathan. Sus ojos eran fríos y duros mientras lo miraba—. Estás siendo un idiota y un egoísta. Necesitaba a Shane. Me escuchaba hablar de ti cuando tenía miedo de que no fueras a despertar. Me dejó divagar sobre lo mucho que te amaba y de que tuve que ver cómo te casabas con otro hombre, mirar cómo lo besabas cuando lo único que yo quería era que me besaras a mí. ¿Con cuántas de las personas que conozco puedo hablar de esto?
—¡Basta, por favor! —Las manos de Andrew fueron a sus orejas—.
No puedo escuchar esto. —Estaba tratando de esconderse de Nathan, pero no había ningún lugar a donde ir.
—Tú has empezado —señaló Nathan, exhalando una profunda respiración—. No quiero a Shane. Te quiero a ti.
Andrew se acurrucó hecho una bola, con las manos sobre las orejas, tratando de esconderse de las palabras que había provocado. Nathan le separó las manos y tiró de él para que se sentara. Con una mano lo sostuvo de la mandíbula, obligándolo a que lo mirara a los ojos; el color avellana casi había desaparecido por la ira.
—¿Eres tan estúpido que no puedes ver que no se trata de Shane? Solo hay un hombre para mí, Andrew Matthews. —Su voz se convirtió en un susurro—. Esperé a que despertaras, aterrorizado de que nunca lo hicieras.
—No quería despertar —admitió Andrew—. Todavía no quiero hacerlo. —Vio el destello de dolor en los ojos de Nathan, pero sabía que era demasiado tarde para detenerse—. Al menos en mis sueños no estoy solo.
—¿Rich está ahí?
Andrew asintió, sus manos se curvaron alrededor de los bíceps de Nathan.
—Y tú también. Ambos estáis ahí, y es cálido y seguro. Y aquí… —
Agitó una mano alrededor—. Rich está muerto, tú estás con Alex y yo estoy solo otra vez. Prefiero quedarme dormido.
—Andrew. —La voz sonó ronca gruesa, como si Nathan estuviera conteniendo las lágrimas. Le soltó la mandíbula y apoyó la frente en la de él.
Debajo de las rodillas de Andrew crujieron unas envolturas de dulces, y algo se pegó en sus pantalones, pero estaba tan inmovilizado por Nathan, que no podía retirarlo de sus ropas.
—Él no querría que te ocultaras así —murmuró Nathan—. Querría que volvieras a vivir.
—Es demasiado pronto, ni siquiera han pasado dos meses —protestó Andrew—. Necesito más tiempo.
—Lo sé, cariño, lo sé.
Andrew fue instado a sentarse sobre el regazo de Nathan, con la cabeza apoyada en el hueco de su cuello, cálido y seguro. Una de las manos de Nathan estaba en su cabeza y la otra trazaba patrones suaves en la parte baja de su espalda. A Andrew le pareció que podía quedarse dormido así.
—Vendrás con nosotros un rato —dijo Nathan después de unos instantes. Cuando Andrew se tensó, dispuesto a discutir, añadió—: No tienes que quedarte mucho tiempo, pero Stephanie quiere limpiar la habitación y cambiar las sábanas. Te llevaré en coche mientras Colin y Daniel pasean a los perros. Créeme, te sentirás mejor, y entonces podrás dormir esta noche.
Andrew estaba dispuesto a protestar cuando otra voz interrumpió.
—¿Papá está bien?
—Está bien —le aseguró Nathan a Colin, pero no soltó a Andrew de inmediato.
—Estoy bien. Solo… —dijo Andrew, sentándose en la cama para frotar su cara. Colin no le dejó terminar. Trepó a la cama y lo abrazó.
—Está bien, papá, lo entiendo.
El chico olía a caramelo y sudor, y mientras Andrew apoyaba su cabeza en el hombro delgado de Colin, la calidez de Nathan todavía estaba cerca de él; no deseaba nada más que eso. Estaba hundido en el dolor de perder a Rich, todavía atado a la culpa de amar a Nathan, pero aún era amado por su familia y sus amigos, así que tenía que recordarse eso a sí mismo cuando los sentimientos negativos amenazaban con abrumarlo y arrastrarlo a la depresión.
Fue una buena idea ir al parque. Pero no lo admitiría delante de nadie, especialmente de Nathan. Después de cinco semanas de estar en cama y aún con el yeso en el brazo, Andrew no podía correr. Se sentó en un banco viendo a los chicos y a los perros jugar enérgicamente a perseguir a Tyler para recuperar el balón, sintiendo la tenue brisa refrescando su cara del calor del sol y aspirando el aire fresco.
Nathan se dejó caer en el banco junto a Andrew, dando una profunda respiración.
—¿Estas haciéndote viejo? —le preguntó Andrew con ganas de reír.
—Jódete —se quejó Nathan, a pesar de que habría tenido más contundencia si no hubiera jadeado mientras hablaba.
—Ya, ya. —Andrew le palmeó la rodilla con condescendencia.
Nathan iba a golpearlo pero se detuvo, consciente de que los ojos de Daniel estaban fijos en él.
—Papá, ¿el tío Andrew se ha portado mal? —le preguntó su hijo.
Andrew recordó repentinamente cuando Colin tenía cinco años, cómo le preguntó furiosamente por qué si Andrew le había pegado en el trasero cuando le había roto una de las lentes de su cámara, ahora él no podía hacer lo mismo con la hermana de Bobby cuando ella había destruido su Buzz Lightyear. Siendo francos, Andrew no pudo responder a eso, y había sido muy cuidadoso cuando usaba castigos físicos con su hijo.
—Solo estamos jugando a las luchas —explicó Nathan mientras empujaba a Andrew.
El movimiento repentino tomó a Andrew por sorpresa, y un rayo de dolor le atravesó el brazo en proceso de curación. Siseó y fulminó con la mirada a Nathan, a pesar de que no había enojo real en él.
Nathan pareció inmediatamente arrepentido.
—Lo siento, amigo —se disculpó—. Se suponía que únicamente sería un ligero golpe.
—La próxima vez recuerda que eres como un gigante —se quejó Andrew mientras sostenía su brazo cerca del pecho.
—En serio, ¿te he hecho daño?
Andrew sacudió la cabeza.
—No, solo está herido mi orgullo, por ser tan débil.
—Mi padre, el gallina —canturreó Colin mientras ponía a Daniel sobre sus hombros y corría sin rumbo fijo.
Nathan miró especulativamente a Andrew.
—Ni siquiera lo pienses. Ya te lo he dicho, ni siquiera pienses en ello.
¡Nathan, bastardo! —chilló Andrew cuando fue alzado para ser puesto en el hombro de Nathan mientras este perseguía a Colin alrededor, y los perros ladraban descontroladamente por el entusiasmo. Aun en medio de las fuertes e ignoradas protestas, se dio cuenta cuán cuidadoso Nathan era con él.
Nathan se detuvo, jadeando por el esfuerzo, y Andrew se bajó hasta quedar sobre sus pies; sus lentes estaban torcidos, su pelo despeinado y su dignidad por los suelos. Se tambaleó por un momento, con su equilibrio afectado; no estaba seguro de si vomitaría o no. Nathan lo sostuvo hasta que fue capaz de ver con claridad y su estómago se había sosegado a un leve rugido.
—Te odio —murmuró Andrew.
—No, no es cierto.
Andrew sacó la lengua infantilmente. No iba a admitir que Nathan tenía razón.
No se le permitió regresar a la cama hasta la noche. En el momento en que entró por debajo de la colcha, estaba agotado por el esfuerzo físico. Se durmió con una facilidad que no había tenido en las últimas dos semanas.
Sí, había dormido durante horas, pero nadie había estado allí cuando yacía despierto en la noche, mirando al techo, con los ojos llenos de miseria e insomnio.
Durmió hasta el lunes al mediodía, y solo se despertó cuando su teléfono vibró en sus oídos.
—¿Qué? —logró decir.
—Es hora de levantarse. —La voz, demasiado alegre de Nathan, sonó en su oído.
—Púdrete. —Presionó para finalizar la llamada y se giró. El bastardo lo estaba molestando desde el trabajo.
El teléfono vibró de nuevo.
—¡Basta! —soltó esta vez.
—Levántate, entonces, y te dejaré en paz.
—Ya me he levantado.
—Mentiroso.
—¡Dios, eres un tirano!
—Deberías estar agradecido de que soy yo, y no Gary o Gabe. Tenían planes que incluían agua helada. Oh, me tengo que ir. ¡Ben, deja las trenzas
de Suzie en paz!
Andrew escuchó la trifulca en el otro extremo de la línea, con una mezcla de diversión y molestia.
—¿Puedo colgar ahora?
—Solo si vas a sacar tu perezoso cu… trasero de la cama.
—Por supuesto. —Andrew cortó la llamada y se dio la vuelta, hundiendo la cabeza en las almohadas. Iba a levantarse. Muy pronto.
Volvió a darse la vuelta y tomó el teléfono de nuevo. Apagarlo sería la única manera de garantizar la paz.
Funcionó hasta que una fuerte y estridente alarma sonó en su oído.
—¡Por el amor de Dios!
Andrew buscó a tientas hasta que encontró la fuente del ruido. Alguien había colocado un anticuado reloj despertador en su mesita de noche.
—Ya me he levantado. Ya me he levantado. ¡Dejadme en paz, maldita sea! —Su grito de protesta fue más allá del sótano, pero nadie le respondió.
Sentado en la cama, rascándose el estómago, contempló volver a dormir, pero sabía que si lo hacía, algo más fuerte y desagradable sonaría en su oído.
Se levantó de la cama y fue al baño: soltó gruñidos de alivio al orinar.
Mientras se lavaba las manos, echó un vistazo a su reflejo en el espejo.
Dios, eso fue un sobresalto. Su cabello estaba grasoso, la piel pálida con profundas marcas púrpuras bajo sus ojos, y tenía una apariencia de total miseria en su rostro. ¿Así era su aspecto todo el tiempo?
Necesitaba desesperadamente una ducha. Fue a la habitación en busca de una bolsa de plástico. Y allí había una sobre la mesa. Sacó el contenido de esta y metió su brazo lastimado; más o menos le cubría la escayola.
Perfecto. Ahora necesitaba amarrársela.
Cinco minutos después estaba bajo el chorro de la ducha, disfrutando de la sensación del agua caliente corriendo por su cuerpo. Había echado mucho de menos esto. Andrew gimió en agradecimiento mientras se inclinaba en el rocío del agua. Esta comenzó a enfriarse antes de que saliera
de la ducha. Se secó por encima con una toalla, y se quitó la bolsa una vez que la mayoría del agua había desaparecido.
Enrolló la toalla en su cintura y regresó a la habitación en busca de ropa limpia. Hasta ese momento no había notado la cantidad de pantalones deportivos y camisetas que había apilados en una de las sillas. Rebuscó hasta dar con algo que quisiera usar. En la parte inferior de la pila había una nota.
«El café está arriba, en la cocina».
Andrew se quedó mirando las palabras por un minuto; en realidad no comprendía qué era lo que decía. Entonces se le ocurrió. Había sido sutilmente echado de la cama por un grupo de…
—Bastardos —siseó, incapaz de detener la sonrisa en su rostro.
Efectivamente, el café estaba recién hecho en la cafetera. Se sirvió una taza y fue con esta hacia la mesa. Había otra nota esperándolo.
«Andrew, ni siquiera PIENSES en ir a la cama. Prepara la cena. Besos.
Stephanie.
»P. D. Pasta estará bien.
»P. D. 2 La salsa está en el refrigerador».
Andrew iba a matar a todos, uno por uno, muy lentamente. Tan pronto como averiguara cómo lograrlo sin ser arrestado. Mientras tanto, iba a beber un poco de café, y luego tal vez otra taza. No iba a hacer pasta para nadie, excepto tal vez para sí mismo.
Más tarde. Mucho más tarde.
—MI ESTÓMAGO va a estallar —se quejó Colin mientras se recostaba en la silla.
—Tres porciones le ocasionan eso a una persona —espetó Stephanie, incluso cuando ella había terminado su segundo plato de pasta y miraba los restos con avidez.
Joe seguía comiendo. No dijo nada.
Andrew los miró risueño, mientras mantenía sus manos rodeando una gran taza de café. Su apetito se había reducido a un pequeño plato de pasta, pero fue testigo de cómo el resto de la comida desaparecía con rapidez.
—Echaba de menos tu comida —protestó Colin con aprecio—. ¿Qué le has puesto a la salsa de mamá? Nunca sabe así cuando ella la sirve.
Stephanie le lanzó una mirada a Colin, pero era evidente que ella también estaba esperando la respuesta.
—Vino y hierbas —respondió Andrew—. Nada más. A Rich le gustaba.
Hubo un repentino silencio, y entonces Stephanie dijo:
—No me sorprende. Es deliciosa.
La fuente de servir estaba vacía cuando declararon que habían comido suficiente; Colin y Joe la rebañaron para obtener el último par de bocados.
Andrew anunció que, como había cocinado, no iba además a lavar los platos. Regresó al sótano después de desearles buenas noches a todos. Y al salir de la habitación, pudo oír a Colin comenzar una discusión acerca de quién exactamente iba a limpiar la mesa.
Cerró la puerta ante la respuesta de Joe, agradecido de no estar involucrado. Al igual que la noche anterior, estaba exhausto y lo único que quería hacer era dormir. Se lavó los dientes y se metió en la cama, agarrando el libro que estaba leyendo. Entonces, un pensamiento se le ocurrió.
De ninguna manera se iría a dormir antes de que las dos puertas que daban al mundo exterior estuvieran cerradas. Nadie, y en verdad nadie, lo despertaría con llamadas telefónicas o alarmas al día siguiente por la mañana.
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