Nunca pasa nada
Capítulo 16
ESTABA LLOVIENDO cuando al día siguiente Nathan salió de la casa para llevar a los perros a un temprano paseo matutino; la lluvia fría y desagradable que calaba hasta los huesos, coincidía con el fuerte dolor gélido en su corazón.
Nathan no había dormido desde que supo la noticia de la muerte de Andrew. Había permanecido acostado junto a Alex toda la noche, viendo trascurrir lentamente los minutos, incapaz de comprender el hecho de que nunca volvería a verlo. Había tratado de descansar un poco, sabiendo que los niños se levantarían temprano y a él le esperaba un día difícil en la escuela.
Cada vez que cerraba los ojos lo único que podía visualizar era a Andrew observándolo fijamente desde el césped, con la cámara cubriendo la mitad de su cara, con aquella estupefacta expresión de adoración en su rostro. La culpa se mezclaba con el dolor al darse cuenta de que su último pensamiento sobre Andrew había sido el enojo por cómo le había jodido su cómoda vida. Ahora no tenía que preocuparse por eso. El recorrido había terminado, el trayecto de la montaña rusa había acabado.
Cuando comenzó a hacer estiramientos, las lágrimas que había estado reprimiendo durante toda la noche, porque no quería molestar a Alex con su dolor, finalmente brotaron, fusionándose con las gotas de lluvia que caían desde sus pestañas. Tyler y Ruby se arremolinaban inquietos a sus pies, ansiosos por salir y conscientes de que su propietario se encontraba en un estado de angustia. Bailey permaneció atrás, no muy segura de lo que estaba pasando.
Persuadiendo a los perros de que fueran delante de él, Nathan corrió hacia el parque, batallando por mantener su respiración mientras sollozaba
con el aire frío de la mañana. El frío enviaba dolores punzantes a su pecho.
Hasta que no llegó a las puertas, no que se dio cuenta de que el parque estaba lleno de recuerdos sobre Andrew, más en concreto, recuerdos de Andrew con él. La cima de la colina donde había tumbado a Andrew antes de aquel fin de año, su primer partido de fútbol, donde tuvieron sexo antes de que Andrew se fuera. En todas partes a donde corría, encontraba un momento con Andrew. Normalmente eso le daba consuelo, pero no aquel día.
Al girar en una curva, tropezó, incapaz de enderezarse cuando Tyler se interpuso en su camino. Aterrizó con fuerza en el suelo, raspando sus manos y rodillas en el proceso. Conmocionado y con dolor, Nathan le gritó al perro: «No te cruces», empujando al asustado animal cuando intentó acercarse. Trató de ponerse en pie y terminó arrastrándose hacia un lado para apoyar su espalda contra un árbol; mientras inclinaba la cabeza en sus brazos, atrajo las rodillas al pecho y lloró: las lágrimas corrían sin cesar por sus mejillas rojas y punzantes.
Se dio cuenta de que una mano se apoyaba en su hombro.
—Hijo, ¿estás bien?
Nathan levantó la cabeza y vio a una mujer de mediana edad que reconoció vagamente, mirándolo con preocupación. Sostenía la correa de un bichon frisé que estaba olfateándolo con curiosidad.
—¿Estás bien? —repitió ella.
Y entonces Nathan se dio cuenta de que estaba mirándola fijamente.
—Sí, yo, eh… —Trató de levantarse, pero el tiempo que había pasado en el suelo frío lo había hecho entumirse. Se tambaleó y acabó cayendo contra la mujer.
—¿Estás borracho? —preguntó la mujer con desaprobación mientras lo ayudaba a ponerse en pie con cierta dificultad.
Nathan podría haber jurado que lo olió.
Soltó un bufido.
—Ojalá lo estuviera. —Ante el sonido de desaprobación de ella, añadió—: Lo siento. Recibí una mala noticia. Un amigo… murió.
El rostro de la mujer se dulcificó y le dio unas palmaditas en el brazo para consolarlo.
—Lo siento mucho. ¿Eran muy cercanos?
La garganta de Nathan se cerró mientras trataba de responder.
—Lo… lo amaba.
Esperaba otra mirada de desaprobación, pero en vez de eso su cara se suavizó más.
—Vete a tu casa, hijo. Aquí vas a acabar enfermo.
Nathan miró a su alrededor. Se había olvidado de los perros por centrarse en su dolor. Los tres estaban esperándolo pacientemente en la hierba. Lo miraron cuando se aproximó, y Ruby y Bailey menearon las colas. Tyler se quedó atrás, con las orejas hacia abajo; claramente no estando seguro de si debía acercarse a Nathan o no.
—Has entrenado a tus perros muy bien —dijo la mujer—. No se han movido en todo el tiempo que has estado apoyado en el árbol.
Nathan se arrodilló e hizo una mueca cuando la tierra lastimó las raspaduras de sus rodillas, y atrajo al perro más grande a sus brazos.
—Lo siento, muchacho. —Enterró su cabeza en el pelaje húmedo de Tyler y lo abrazó a modo de disculpa. El perro gimió y resopló en su oído.
—¿Quieres que te acompañe a la salida?
Nathan se sobresaltó, se había olvidado de que la mujer seguía allí, con su pequeño perro a sus pies. Con cansancio se levantó.
—Estoy bien, de verdad. Debería regresar a casa para ayudar a mi esposa con los niños.
Ahora las cejas de la mujer se alzaron cómicamente hacia su flequillo.
Tal vez eso no fue lo más sensato que pudo haber dicho, pero al diablo: si ella lo desaprobaba, que lo hiciera. No estaba de humor para preocuparse.
La mujer le dedicó una sonrisa amable y le reiteró su pésame. Para su alivio, ella se alejó, y él les silbó a los perros para que lo siguieran.
Nathan salió del parque, cojeando y dolorido rumbo a su casa. La lluvia había disminuido a una ligera llovizna, pero aun así hacía frío,
haciendo que se estremeciera en su ropa deportiva.
No tenía idea de cuánto tiempo había estado en el parque, pero no podía ser tan tarde, porque Allison y Jim no se habían ido a trabajar; sus autos a juego todavía estaban estacionados en la entrada. Los perros estaban empapados y, como a Alex no le gustaba que los perros mojados anduvieran por la casa, los llevó por un lado para así poderlos secar con una toalla en el cuarto de lavado.
La puerta aún no estaba completamente abierta cuando Alex bajó corriendo las escaleras.
—¿Dónde demonios estabas? He estado tratando de llamarte. —
Sonaba rara, casi emocionada.
—He llevado a los perros a su paseo habitual. ¿Por qué me has llamado? —Nathan estaba sosteniendo a Bailey firmemente mientras frotaba su grueso pelaje.
Alex se arrodilló junto a Nathan y le agarró la mano. Sorprendido por el inesperado contacto, levantó la vista hacia ella.
—Stephanie llamó hace una hora. Tiene algunas noticias.
RECOBRAR LA conciencia, fue lento y doloroso para Andrew. No fue fácil ni tampoco bienvenido. Sabía que Rich estaba muerto antes de que Steph le tendiera la mano y se lo dijera. Lo sabía porque estuvo muerto antes de que su auto se estrellara. Había muerto al volante, y no había absolutamente nada que pudiera haber hecho para prevenir eso o el accidente que lo siguió.
Recordó cómo se desvió el coche, el movimiento inesperado despertándolo de la ligera siesta en la que se había sumido, y luego al abrir los ojos vio a su esposo sobre el volante, con los ojos mirándolo fijamente.
Sí, esa imagen estaba grabada vívidamente incluso allí, en aquel mundo a medias.
Después de eso hubo el choque del metal, vidrios quebrándose y el ruido que viviría con él hasta el final de sus días. Se alegró de haber cerrado los ojos y entrar en la oscuridad, lejos de esa mirada vacía.
Aquí había dolor y luz que lastimaba sus ojos, pero seguían queriéndolo traer de regreso a pesar de sus protestas. Les dijo que lo dejaran en paz, que lo dejaran morir, pero ignoraron todo lo que dijo. Pasó un rato antes de que se diera cuenta de que no había dicho ni una palabra y que las protestas fueron solo en su cabeza.
Sostuvieron su mano. Podía sentirlo. Era su vínculo con la realidad. La pequeña mano de su exesposa; la enorme de Joe, un tanto incómodo por el contacto; la de Colin, temblando en torno a la suya, agarrándose a él con desesperación sombría. Había otras manos que no reconocía, y una que no esperaba, enorme y cálida, que acariciaba sus dedos. Sabía que estaba a salvo en ese agarre, así que se durmió. A veces podía sentir esas manos sobre su cuerpo, el contacto familiar a lo largo de su espalda y sus piernas.
Se preguntaba si soñaba con esos toques, pero realmente no importaba. De todos modos los aceptó con gusto.
Hablaban con él mientras estaban sentados junto a la cama. Al principio no podía entender lo que decían y eso era molesto, porque lo sacaba de su feliz e indolora oscuridad. Sin embargo, después de un tiempo, comenzó a entender sus palabras. Le decían mucho más de lo que ellos se daban cuenta, sentados en la habitación con solo un hombre inconsciente como compañía. Supo sobre las esperanzas y los temores de Steph acerca de su nuevo embarazo, de las preocupaciones de Joe sobre ser un papá primerizo.
Colin solo hablaba, aferrándose a su mano; iba de «Pensé que estabas muerto» a «Tú me abandonaste». Lo último afectó profundamente a Andrew. Su hijo nunca había verbalizado nada de esto, ni con él ni con su madre, y sin embargo ahora, cuando Andrew era incapaz de responder o abrazarlo, el rencor salía a borbotones.
Gary y Gabe se turnaban con comentarios sarcásticos sobre los tipos holgazanes que yacían en la cama todo el día, pero podía oír la preocupación en sus voces.
Nathan también hablaba con él. No podía entender por qué estaba en Los Ángeles, pero tomó su turno para sujetar su mano más de una vez. En un momento dado, Andrew luchó por emerger a través del dolor que amenazaba con sofocarlo y le escuchó decir lo mucho que lo amaba. Intentó
responder, pero debieron interpretarlo como un grito de dolor, porque sintió la oscuridad alcanzarlo de nuevo y se quedó dormido con el sonido de la voz de Nathan, rogándole que resistiera.
Todos le decían lo mismo, una y otra vez: «Pensábamos que habías muerto», y hablaban de su alegría al saber que había sobrevivido a los hierros retorcidos; el dolor de ellos se convirtió en esperanza cuando descubrieron que los primeros informes habían sido incorrectos.
No estaba muerto. Todavía no.
Nathan era el único que hablaba de Rich. Tal vez los demás no comprendían que Andrew quería oír hablar de su marido; su dulce, amable y apuesto esposo. Quería saber si se habían hecho cargo de él mientras Andrew no podía. Estaba seguro de que la secretaria de Rich, Ida, había organizado todo. ¿Y qué había sucedido con Ida ahora que ya no estaba Rich?
Pero Nathan, su amante ocasional, le hablaba de Rich con calidez y afecto, y eso consolaba a Andrew.
Andrew estaba muy agradecido a todos. Quería decirlo antes de marcharse, antes de reunirse con su esposo. Confiaba en que Dios dejara que fuera pronto, porque el dolor era cada vez más fuerte y parecía durar más tiempo antes de caer de nuevo en la inconsciencia.
Dios obviamente tenía otras ideas.
SE DESPERTÓ un día y se encontró a Nathan dormido a su lado, con su cabello, demasiado largo, cerca de la cara, haciéndole cosquillas en la mejilla. Estaba sentado en la silla de plástico al lado de la cama y había estado corrigiendo exámenes antes de que se quedara dormido, inclinado sobre la cama.
Con dificultad, levantó su brazo y pasó los dedos suavemente por el pelo enredado de Nathan. En verdad estaba ridículamente débil. El movimiento no despertó al hombre profundamente dormido; únicamente soltó un leve suspiro y movió la cabeza para acomodarse.
Andrew pensó que debía decirle a alguien que estaba despierto, pero el timbre estaba fuera de su alcance y no quería molestar a Nathan. Tal vez simplemente descansaría sus ojos durante unos minutos.
La siguiente vez que despertó, Colin lo saludó con un fuerte grito.
Andrew miró a su alrededor. No había ninguna señal de Nathan y supuso que se había quedado dormido un poco más de la cuenta, ya que en ese momento el día estaba completamente claro.
—¿Estás despierto? ¡Estás despierto! ¡Mamá, mamá, realmente está despierto!
Andrew sonrió mientras su hijo adolescente parecía no saber si abrazarlo o correr en busca de ayuda, y terminó en equilibrio entre la puerta y la cama como una gacela a punto de emprender la huida.
Stephanie entró por la puerta, seguida de cerca por un enfermero y Joe.
—Oh, Dios mío, Andrew, estás despierto. Gracias, gracias Dios mío.
—Ella estaba llorando y sonriendo, las lágrimas corrían por su rostro mientras se inclinaba y lo abrazaba.
Andrew trató de hablar, pero tenía la boca seca. El enfermero vio su dificultad y le ofreció algunos trozos de hielo para calmar su garganta reseca. Andrew manifestó su agradecimiento con voz ronca mientras el hielo se derretía en su boca.
El enfermero —quien después Andrew supo que se llamaba Shane—
se ocupó de revisarlo, mientras su familia celebraba su regreso a la tierra de los vivos. Andrew se esforzó por cooperar, pero estuvo agotado después de unos minutos, y al ver el bostezo de su paciente, Shane gentilmente condujo a todos afuera.
Mientras salían de la habitación, Colin protestó alegando que alguien tenía que sentarse con él. Cuando Andrew cerró los ojos, oyó que Stephanie le decía que eso no era tan importante ahora que Andrew estaba recuperándose. Sonrió cuando Colin le dijo, sin dejar lugar a dudas, que iba a volver a estar con su padre hasta que Nathan apareciera. Sintió que alguien sujetaba su mano mientras se deslizaba de nuevo en el sueño, reconfortado por el hecho de que no estaba solo y curioso por saber por qué
Nathan estaba en Los Ángeles. Les preguntaría cuando despertara, sabiendo a ciencia cierta que habría una próxima vez.
NATHAN VOLVIÓ al hospital el fin de semana. Andrew fue trasladado al hospital de Castleton una vez que estuvo lo suficientemente estable como para moverse; eso les habían hecho más fácil ir a visitarlo.
Alex había estado de acuerdo en que fuera a verlo si cuidaba de los niños por la tarde para poder ir de compras con algunas de sus amigas. Para su sorpresa, Daniel le pidió ir también, pero como Andrew estaba todavía bastante débil, le sugirió a su hijo que esperara un poco más. Daniel puso mala cara, pero se tranquilizó con la promesa de que iría al cine si Colin también podía ir. A veces Nathan pensaba que había conseguido otro hijo de forma indirecta, ya que Daniel rara vez iba a alguna parte a menos que supiera que Colin iría también.
El trayecto al hospital era fluido en una mañana de sábado, así que con mucha facilidad encontró un espacio para estacionar el coche. Estaba pasando por las puertas dobles de la sala cuando oyó la voz de Colin alzarse con ira al gritarle a su padre que dejara de tratarlo como a un niño.
Sonrió. Andrew debía estar mejor si Colin volvía a gritarle. Nathan evitó por poco ser lanzado contra la pared cuando la puerta de la habitación a la que Andrew había sido trasladado, se abrió de golpe y Colin salió.
—¿Colin? ¿Estás bien?
Corrió tras el chico que había llegado al ascensor y presionaba malhumoradamente el botón para bajar.
—¿Qué? —Colin levantó la mirada, perdido en su coraje.
—¿Estás bien? —repitió Nathan—. Oí gritos.
—Ah, sí, sí, era papá. Él es…
—No es tu culpa, cariño. Solo tuvo un mal día.
Nathan miró a su alrededor y vio que Stephanie caminaba hacia ellos, con una expresión agobiada en su rostro.
—¿Qué pasa con él? —Nathan estaba preocupado. Andrew había estado progresando bien desde que recuperó la consciencia.
—Me gritó por mover su televisión para que yo también pudiera verla.
Entonces me gritó por derramar su agua como si yo tuviera seis años, y luego…
Pausó para tomar aire y Stephanie intervino.
—Hoy está cansado y con dolor. —Le dirigió una mirada significativa a Nathan.
Él asintió, entendiendo lo que ella no estaba diciendo.
Hasta ahora Andrew había estado muy animado, no de manera natural.
Que Nathan supiera, no había mostrado ninguna emoción por la pérdida de Rich. Todos habían estado esperando a que se derrumbara.
—Ruth está con él —aclaró Stephanie.
¿La madre de Andrew intentando actuar maternal? Nathan arqueó una ceja mirando a Stephanie. Su madre era la última persona que Andrew necesitaba ver si él se encontraba de esa manera.
—No pude detenerla. No lo ha visto desde que recuperó la conciencia
—añadió Stephanie a la defensiva.
—Tal vez no debería entrar. —Nathan sabía que Ruth estaba al tanto de su relación. Era poco probable que estuviera feliz de verlo y, conociendo a esa mujer, ella posiblemente diría eso.
Stephanie negó con la cabeza.
—Por lo menos ve a saludarlo. Es probable que le esté gritando a ella en este momento. Le darás a alguien más con quien ser desagradable.
—Gracias por eso —comentó Nathan mientras abría la puerta.
—Es la voluntad de Dios, Andrew. Rich está pagando por sus pecados, tal como tú seguramente lo harás. La próxima será tu familia ardiendo en el infierno si no te arrepientes.
Nathan se detuvo en la puerta, incapaz de creer lo que acababa de escuchar. Ruth estaba sentada junto a la cama de Andrew, sosteniendo su
mano sana. Él estaba sentado, con la cara pálida y la boca apretada mientras escuchaba la disertación de su madre.
—El pastor te dijo que Dios iba a sembrar el castigo por tu práctica abominable.
Nathan vio que Andrew parecía encogerse en las almohadas, con los ojos cada vez más opacos y sin vida.
—¡Fuera!
Por segunda vez en el espacio de cinco minutos, Nathan fue empujado a un lado cuando Stephanie irrumpió en la habitación.
Ruth la miró, frunciendo los labios mientras decía:
—De verdad, Stephanie, no hay necesidad de que me grites. Ah. —Su boca se apretó más cuando vio a Nathan—. Estás aquí. ¿Cómo está tu encantadora esposa? Deberías estar en casa con ella en vez de aquí con mi hijo.
Nathan rodeó la cama para poder poner su mano sobre el hombro de Andrew y así darle apoyo. Sintió que este se inclinaba desesperadamente hacia el contacto.
—Andrew es mi amigo.
—Aja, solo que tu idea de amigo no es la que la gente decente entiende. —Ella pronunció las palabras en un tono desagradable.
—¡Fuera!
Nathan vio con satisfacción cómo Ruth se estremeció ante la ira de su exnuera.
Stephanie quitó la mano de Andrew de la de su madre y la miró; todo su cuerpo irradiaba furia. Y entonces añadió:
—¿Cómo te atreves a venir aquí y darle un sermón a tu hijo con tus sandeces? Andrew necesita tu apoyo, no tu fanatismo. Perdió al hombre que amaba y él casi murió. Eres una mala mujer y una peor madre. Ahora, fuera de esta habitación y vuelve a tu casa. No eres bienvenida aquí, Ruth.
Nathan estaba animándola en su interior, pero mantuvo su rostro inexpresivo; solo al sujetar a Andrew percibió cómo temblaba este bajo su
toque.
Colin no fue tan diplomático. Había estado de pie en la puerta observando los efectos de su abuela predicándole a su padre.
—¡Deja a mi padre en paz, vieja bruja! —Se había olvidado de su propio berrinche de unos minutos antes.
El rostro de Ruth se puso rojo de ira y sus labios se comprimieron tanto que casi desaparecieron. Nathan supuso que a ella raramente le hablaban de esa manera; la mayoría de las veces que la había visto, ignoraban sus sermoneos lo más posible.
—¡Colin!
—¡No le hables a tu abuela así!
Tanto Stephanie como Andrew regañaron a su hijo, pero Nathan podía sentir el aumento de la tensión en los hombros del hombre bajo sus manos.
—Por qué no salimos y le damos un poco de paz y tranquilidad a Andrew —sugirió.
Fue interrumpido por Shane y otro hombre con la palabra «Seguridad»
en su placa de identificación.
—¿Qué está pasando? Podemos oír el ruido desde el otro lado del pasillo. —Sin esperar una respuesta, Shane continuó—. Andrew, lo siento, pero hay gente muy enferma en las habitaciones de al lado. Tus visitas van a tener que salir ahora.
Andrew asintió débilmente mientras se recostaba en las almohadas.
Nathan pensó que parecía más blanco que la propia ropa de cama, y era obvio que tenía dolor, por las profundas líneas alrededor de su boca.
—Lo siento, Shane. Los ánimos se calentaron un poco —se disculpó Stephanie, mientras conducía a Ruth y Colin fuera de la habitación, ignorando sus protestas—. ¿Puede Nathan al menos saludar a Andrew?
Acaba de llegar. —Salió, empujando a la madre de Andrew y a Colin por la puerta.
—Si puedes hacer que se tome sus medicamentos y se asee, es todo tuyo —concedió Shane.
Nathan miró severamente a Andrew.
—¿Y bien? —le preguntó.
—Estoy bien. No necesito más medicamentos —murmuró Andrew, ruborizándose bajo la mirada directa de Nathan.
—Claro que estás bien. Por eso tienes tan mal aspecto —declaró Nathan—. Shane, ¿dónde están los medicamentos?
El enfermero entró en la habitación. El hombre de seguridad se había ido después de que los otros tres lo hicieran, tal vez para asegurarse de que realmente salían del edificio.
—Están en la mesa, Nate.
Sintió, más que vio, la cabeza de Andrew girar hacia él. Si había algo que garantizara llamar su atención, era que alguien lo llamara Nate. Eso era personal y para uso de él. Sin embargo, Shane y Nathan había pasado muchas horas juntos mientras esperaban a que despertara. Shane probablemente sabía más de él que ningún otro en ese momento. Le parecía que había conseguido un amigo con esa experiencia.
Nathan le entregó las tabletas con un vaso de agua. Andrew abrió la boca para negarse, pero una dura mirada de Nathan y Shane le hicieron cambiar de idea y se las tomó mirándolos con furia.
—¿Satisfecho?
—Ahora necesita asearse. Huele mal —ordenó el enfermero.
Andrew cerró los ojos.
—Tal vez mañana.
—Realmente lo necesitas ahora, amigo. Shane tiene razón. Apestas.
—Pásame el paño. —Andrew lo agarró de Shane y se limpió la cara—.
Ya está. ¿Satisfecho?
—Jessie puede hacerlo mejor que eso —aseguró Nathan.
—Estoy muy cansado. —Andrew se acostó contra las almohadas y cerró los ojos de nuevo, haciendo caso omiso de ambos.
—¿Por qué no dejas que Nate te ayude? Lo hizo mientras estabas inconsciente —sugirió Shane, dirigiéndose al baño.
Los ojos de Andrew se abrieron de golpe.
—¿Qué hiciste?
Nathan miró al suelo, sintiéndose intensamente incómodo. Andrew no parecía complacido por esa información.
—Yo, eh, te di baños de esponja mientras estabas inconsciente.
—¿Por qué?
—Te tranquilizaba. Parecía que te calmaba que lo hiciera él. Si cualquier otro trataba de hacerlo, te agitabas bastante —dijo Shane, saliendo del baño con un poco de jabón y una toalla.
El rostro de Andrew se encendió y apartó la vista de ambos.
—Deja de poner mala cara, princesa. —Nathan decidió usar el sentido del humor para romper la tensión—. Alguien tenía que darte un baño para detener a los bichos que habían empezado a infestarte. Se lo pidieron a Gary, pero no quería romperse una uña.
Andrew soltó un bufido, pero Nathan vio que intentaba reprimir una sonrisa.
Nathan no empezó a asearlo hasta que el dolor se redujo en el rostro de Andrew. Le dio el paño y lo observó mientras limpiaba su cara, esta vez correctamente. Andrew lo consiguió, pero incluso ese poco esfuerzo lo dejó debilitado.
Limpió su pecho e ingle, gruñendo un poco por el esfuerzo. Nathan fue a buscar un poco de agua para darle la ilusión de privacidad.
—Terminado.
Al darse cuenta de lo cansado que estaba, sin decir nada, Nathan le quitó el paño y secó su cuerpo. Por un minuto, Andrew pareció querer oponerse, pero luego su resistencia se vino abajo.
Le habló sobre su anterior día de trabajo para distraerlo, limpiándole lentamente el resto del cuerpo y rodándolo para ocuparse de su espalda y trasero. Andrew se dejó mover como un niño pequeño. Sus respuestas al
intrascendente parloteo de Nathan, se hicieron más lentas y silenciosas hasta detenerse por completo.
Nathan pensó que se había quedado dormido hasta que Andrew dijo:
—Madre…, lo siento.
Por un momento, Nathan creyó que le estaba pidiendo perdón a su madre, pero entonces se dio cuenta de que lo que estaba haciendo era disculparse por el comportamiento de ella.
—No hay problema. —Nathan le acarició el cabello. No se lo había lavado desde el accidente y estaba grasiento al tacto.
Andrew se mantenía con la cara girada hacia el otro lado de donde estaba él y la sábana estaba un poco más abajo de sus caderas. Nathan podía ver que los moratones por el accidente iban lentamente desvaneciéndose en amarillos y marrones, y estaban atravesadas por las cicatrices de los golpes con el cinturón que le propinaron su madre y el pastor.
Tragó saliva, y dijo:
—Nunca es un problema. —Trazó las delgadas cicatrices blancas que desaparecían bajo las sábanas.
—Te sentí —dijo Andrew después de otra larga pausa.
—¿Qué?
—Que me limpiabas cuando estaba inconsciente. Sentía tus manos sobre mí. Tú eras el único que hablaba de Rich. Todos los demás evitaban hablar de él. —La voz de Andrew era suave, casi adormilada.
—Me pareció correcto —dijo Nathan simplemente.
—¿Crees que tiene razón?
—¿Quién?
—Mi madre. ¿Que Rich se murió porque soy gay?
Nathan no supo cómo responder durante un minuto.
—¿De verdad crees eso, Andrew? ¿De verdad crees que tu esposo murió de una enfermedad cardíaca debido a tus deseos de acostarte con hombres? —Sus palabras fueron duras, pero su tono fue tranquilo y firme.
Sin embargo, Andrew se estremeció. Nathan resistió la tentación de atraerlo a sus brazos. Cuando Andrew no respondió, le tocó el hombro. No estaba dispuesto a dejar que Andrew durmiera pensando de esa forma.
—No… no lo creo. —Andrew arrastró las palabras pero sonó seguro al responder finalmente.
Nathan le dio un beso en uno de sus omóplatos.
—Tampoco yo. Ahora duérmete.
Andrew durmió.
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