Nunca pasa nada
Capítulo 19
ANDREW TROPEZÓ mientras corría a abrir la puerta principal, y sus lentes patinaron por el suelo. Era la una y media de la mañana y había estado esperando desde que recibió una angustiada llamada hacía varias horas. Se subió el pantalón de pijama, que se le había resbalado por su todavía demasiado delgado cuerpo, y se colocó los lentes en la cara.
«¡Diablos!». Casi le dan un puñetazo en el rostro al abrir su apartamento. La persona en el otro lado había levantado su puño para tocar de nuevo.
—Nathan, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien?
Era evidente que Nathan no lo estaba. Tenía un aspecto horrible. Su piel estaba enrojecida al igual que sus apagados ojos. Apestaba a alcohol y se apoyaba contra el marco, como si fuera lo único que lo sostuviera.
Andrew no había visto a Nathan durante casi cuatro meses después de su viaje a Italia. Había estado demasiado ocupado en Los Ángeles para ir a Castleton. Supo por Stephanie que las cosas no iban bien entre él y Alex y, para ser sincero, había estado esperando aquella llamada.
Cuando Natán habló, su voz sonó apagada y monótona.
—Quiere el divorcio. Dijo que finalmente se acabó. —La voz de Nathan se hizo más fuerte mientras soltaba las palabras.
Teniendo en cuenta la hora y los vecinos, Andrew tiró de él hacia el vestíbulo.
—Ven —le dijo, guiándolo con sus brazos por el estrecho recibidor.
El hombre casi se derrumbó contra él cuando cerró la puerta.
Lo empujó suavemente hasta la habitación principal y luego el sofá; se sentó a su lado, con el brazo alrededor de sus hombros.
—Comienza de nuevo. ¿Alex te ha echado? —preguntó.
Nathan asintió.
—Tuvimos una pelea —empezó.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. Se veía venir desde hace ya un tiempo. Rechacé otro ascenso en la escuela y se enojó.
Mientras le frotaba la espalda de manera tranquilizadora, Andrew sintió a Nathan soltar una profunda y temblorosa respiración antes de continuar.
—Estaba tratando de explicarle que no me sentía preparado para ese papel y de repente se puso a gritarme que yo era un repugnante maricón que únicamente la usaba para criar a mis hijos. Es solo que… el trabajo, no era adecuado para mí. Era sobre hacer papeleo y me apartaría de dar clases a los niños. Lo odiaría, pero no pude hacerla entender eso, y entonces empezamos a gritar y todo se descontroló.
Andrew luchó fuertemente contra la creciente ira en su interior y respiró hondo. Después de todo, ¿qué diablos iba a decir? Nathan y Alex habían estado felizmente casados antes de que se hubieran mudado, antes de que lo conocieran. Él había sido un nuevo profesor, felizmente casado y con un hijo en camino, y ahora, había que verlo.
Su mano se deslizó bajo la chaqueta de Nathan, y notó cuán frío estaba a pesar de las templadas temperaturas en el exterior.
—Sabes que eso no es cierto. A pesar de nosotros, has sido un buen padre y un buen marido.
Nathan levantó la cabeza y lo miró con incredulidad.
—He estado acostándome con otros hombres desde el comienzo de nuestro matrimonio. ¡Eso no me convierte en el esposo del año!
—No te fuiste cuando te enteraste de que había fingido estar embarazada.
Nathan dejó escapar un jadeo.
—¿A dónde diablos habría ido? ¡Tú no me querías!
—Yo no podía… ¡Nunca he dejado de quererte, pero estaba casado!
—También yo. Pero eso no te impidió arruinar mi matrimonio —
espetó Nathan con amargura.
Andrew observó su cara, retorcida por la desesperación.
—Tú empezaste esto, Nathan —señaló—. No yo.
—¡No me detuviste!
—Estaba enamorado de ti —dijo Andrew en voz baja—. No era lo suficientemente fuerte como para decir que no.
—Me atrapaste, y ahora estoy muy jodido.
—¿Eso es lo que realmente crees? —Todo el odio que fue arrojado sobre él hizo que fuera difícil para Andrew pasar las palabras por el nudo en su garganta—. ¿A qué le tienes tanto miedo, Nathan? La última vez que me fijé, no era ilegal ser homosexual. Tu familia te apoya. A tus amigos no les importa. Demonios, incluso tu puto jefe te apoya. ¿Cuál es tu problema, diablos? No es una maldita enfermedad.
La boca de Nathan se movió silenciosamente, y luego se dejó caer contra él. Andrew le acarició el pelo, acercándolo más. Nathan enterró su ardiente rostro en el pecho de Andrew como si estuviera tratando de ocultarse.
Permanecieron sin decir palabra durante un largo rato. Andrew casi saltó cuando Nathan volvió a hablar, las palabras rompieron el silencio.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
Nathan levantó la cabeza.
—De todo. Perder a mis hijos, mi casa, mi trabajo. Y ahora no tengo una profesión. Renuncié a mi trabajo esta tarde.
Andrew lo miró boquiabierto.
—¿Pero por qué?
—Skinner me dijo que iba a perder mi puesto cuando dejara a Alex por ti. Todos me decían que tomara una decisión. Pero eso implicaba perder todo lo que siempre quise. —Sus dedos se estaban clavando en el muslo de Andrew—. Pero quiero decirte que te amo tanto que deseo morir al pensar en la vida sin ti.
Rayos. Andrew acababa de decirle lo que él había querido oír durante años, y se sentía como un desgraciado porque en algún lugar había una mujer llorando sin su esposo y dos niños sin su papá.
Andrew puso su mano debajo de la mandíbula de Nathan, obligándolo a mirarlo.
—No estás diciendo esto porque ella te echó, ¿verdad? Tienes que estar seguro sobre esto. No hay vuelta atrás esta vez.
—Es demasiado tarde. No quiero volver con Alex. Solo quiero estar contigo y mis hijos. —La voz de Nathan se trabó mientras hablaba, y nuevas lágrimas rodaron desde sus ojos.
—Vamos a solucionarlo, te lo prometo. Puedo hacerme cargo de ti para que puedas mantener a tu familia —prometió Andrew, extendiendo la mano para secar las lágrimas que rodaban por las mejillas de Nathan.
Nathan se soltó y negó con la cabeza.
—No voy a vivir a costa tuya. Tendré que encontrar un trabajo, y quiero ver a Daniel y a Jess con regularidad.
—Lo harás. Podemos mudarnos cerca de ellos si lo deseas. Ya no necesito vivir aquí —prometió Andrew, con la esperanza de que Alex no impidiera que Nathan viera a sus hijos—. Pero deja que te ayude un poco,
¿sí? Yo quiero… necesito cuidar de mi pareja.
La mirada en los ojos de Nathan se suavizó, oscureciéndose mientras se lamía los labios.
—Tu pareja. Eso me gusta. He esperado mucho tiempo para oírte decir eso.
Andrew le acarició el cabello, desenredándolo con sus dedos. No quería decir lo que estaba a punto de soltar, pero tenía que hacerlo.
—Necesito que me asegures que esta es la decisión correcta, Nate, porque si vas a alejarte de mí otra vez, será la última. Alex tiene razón. Se merece algo mejor que lo que le estás dando ahora. Puede encontrar a alguien que realmente la ame. —Puso un dedo sobre los labios de Nathan, cuando abrió la boca para protestar—. Pero ella sigue siendo tu esposa. Sea lo que sea lo que quieras hacer, te voy a apoyar. Si eso significa alejarme y dejarte solo, entonces voy a hacerlo. Si estás seguro de que quieres estar conmigo como mi amante, te voy a apoyar y puedo ayudarte a ti y a Alex a mantener a tus hijos. Rich me dejó el dinero suficiente para hacerlo.
Nathan besó el dedo y lo apartó.
—Esto será difícil, así que no voy a decir que todo será maravilloso.
Apenas he metido en mi cabeza la idea de ser bisexual y estoy teniendo dificultades para lidiar con eso, pero estoy enamorado de ti. Vivir lejos de mis hijos es lo más difícil que he hecho nunca, pero no me estás pidiendo que lo haga. Por fin estoy tomando esta decisión por mí mismo. Te amo, y ya hemos esperado demasiado para estar juntos.
—Entonces encontraremos la manera de que sea maravilloso. —
Andrew atrajo a Nathan con sus brazos, besando sus labios, sus húmedos ojos y las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
Nathan se estremeció bajo sus manos y lo acercó aún más.
—Te necesito mucho, Drew. Tengo la cabeza llena de mierda, pero solo me siento vivo cuando estás a mi lado.
—Voy a estar contigo, Nate. Te lo prometo. —Andrew le alzó la camiseta, necesitando sentir la piel bajo sus manos.
Obviamente estaban en la misma sintonía; Nathan se quitó la chaqueta y la camiseta por la cabeza. Andrew estaba repentinamente desesperado por tenerlo en sus manos para atraerlo a su cuerpo. Salió un profundo gruñido de su garganta y escuchó uno en la de Nathan como respuesta.
—Necesito…
—Sí.
—Solo déjame… —Andrew estaba desabrochando el cinturón del pantalón de Nathan, sus dedos batallaban con la hebilla. Fue detenido por él
al poner las manos sobre la suyas.
—No creo… No estoy seguro… —Nathan se detuvo, frustrado—.
¿Podemos ir a la cama? Solo quiero estar cerca de ti, este ha sido un día muy largo.
—Por supuesto. —Andrew tiró de Nathan hasta que estuvo de pie.
Sin ceremonia se quitaron el resto de sus ropas.
Nathan lo observó con el ceño fruncido.
—Todavía estás demasiado delgado —lo regañó cuando pasó un dedo por las visibles protuberancias de sus costillas.
—No como mucho —admitió Andrew. Aunque no estaba dispuesto a revelar que algunos días se olvidaba de comer del todo. Solo Rich lo había hecho cocinar y comer regularmente.
—Eso va a cambiar.
Andrew hizo un gesto de exasperación.
—Hombre, no puedo creer que me tengas desnudo y estés regañándome por mis hábitos alimenticios.
Nathan tiró de él para que el cuerpo de Andrew quedara pegado al suyo; su vientre caliente atrapó el pene de Nathan entre ellos.
—Tendrás que reponer tus fuerzas… después —dijo Nathan arrastrando las palabras, y Andrew supo que Nathan podía sentir el repentino rubor que inundó todo su cuerpo. La risita baja en su oído lo confirmó.
Se sonrojó todavía más, pero no se dirigieron a la habitación hasta que él se movió y Nathan gimió por la presión en su pene.
A pesar de que los dos hombres estaban duros, lo ignoraron y rodaron bajo las sábanas; Nathan enterró de nuevo su rostro en el cuello de Andrew mientras se acomodaban con sus extremidades entrelazadas. Durante un rato —Andrew no sabía cuánto tiempo pasó y no le importaba— se quedaron en la misma posición. No estaba seguro de si Nathan se había quedado dormido, pero su respiración se había normalizado al calmarse. Él mismo estaba cansado, aunque demasiado nervioso para dormir. Estaba
empezando a entender la enormidad de lo que había pasado y no acababa de asimilarlo. Sin embargo, al final el calor del cuerpo de Nathan lo relajó lo suficiente como para cerrar los ojos.
No estaba seguro de a qué hora despertó y tampoco se molestó en girar la cabeza hacia el reloj de la mesita de noche. Andrew quería dormir, pero su mente seguía funcionando frenéticamente.
—Puedo escuchar qué estás pensando —murmuró Nathan adormilado, cerrando sus dedos alrededor del brazo de Andrew. Y sus labios rozando la base de su mandíbula.
—Lo siento. —Andrew lo besó en la parte superior de la cabeza—. No quise despertarte con mis pensamientos ruidosos.
Nathan se sentó y atrajo las rodillas a su pecho, apoyando la cabeza en ellas. La sábana se arremolinó en su cintura, y Andrew sintió la pérdida de su calor inmediatamente. Se sentó y tomó una de las grandes manos de Nathan entre las suyas.
—Te amo.
—Yo también te amo, Andrew. —La voz de Nathan era ronca y gruesa
—. No puedo creer que por fin esté aquí.
—Yo tampoco. —Andrew se pegó a la espalda de Nathan y lo envolvió en sus brazos.
Nathan se apoyó contra él, y Andrew podía sentirlo tratando de reprimir sus sollozos.
Andrew lo sostuvo con más fuerza.
—Shhh… Cariño, suéltalo. No me importa. Simplemente suéltalo.
—Lo siento mucho —susurró Nathan; su aliento se trabó mientras las palabras se convertían en un sollozo.
—No debes pedirme disculpas —le dijo Andrew con fiereza—. Sé que esto es aterrador. Has renunciado a todo. Pero todo saldrá bien, te lo prometo.
—¿Lo prometes? —preguntó Nathan con voz temblorosa, y Andrew le dio un beso en la parte posterior del cuello.
—Lo prometo. Todo tiene solución; solo tomará algún tiempo, eso es todo.
Andrew lo derribó y se puso encima de él, a horcajadas sobre sus muslos. Vio los enormes ojos de Nathan, enmarcados por pestañas llenas de lágrimas. Dios, ese hombre era su todo, y por fin estaba allí debajo de él.
Quería tirar de las mantas sobre sus cabezas, como lo había hecho en su primera noche, y esconderse en la cama para siempre. Nathan lo atrajo y besó tiernamente. Se besaron durante mucho tiempo, besos suaves que significaban consuelo, amor, calor y nada más. Cuando las caderas de Nathan comenzaron a presionar contra él, y pequeños jadeos escaparon entre los besos, Andrew se enderezó.
—¡Rayos!
No estaba seguro de cuál de los dos dijo eso, pero estuvo de acuerdo.
Andrew se deslizó por los muslos de Nathan para mirar al hombre extendido debajo de él. Nathan estaba duro otra vez y había pasado mucho tiempo, demasiado tiempo. No perdió más en provocaciones. Se inclinó hacia adelante, lamió el líquido preseminal que surgía de la punta y, a continuación, capturó la cabeza del pene con su boca.
—Oh, Dios, Andrew. —Nathan rascó con sus dedos el pelo corto de Andrew, alzando sus caderas.
Andrew lo soltó, ignorando las súplicas apasionadas de Nathan.
Empujó la cara entre sus muslos, lamiendo y besando la suave piel, chupando y rodando el saco, y lamiendo su perineo. Nathan abrió las piernas para darle mejor acceso.
—Diablos, estás más guapo que cuando nos conocimos. —La boca de Andrew se secó mientras miraba la imagen frente a sí. Le levantó las piernas, separándolas más y simplemente observó.
Nathan se ruborizó ligeramente, avergonzado por la admiración imperturbable en el rostro de Andrew, pero no había duda de que el rubor se extendía por su cuello y pecho.
—¿Únicamente vas a mirarme o realmente vas a hacer algo?
—Déjame ver lo que es mío —dijo Andrew, arrodillado sobre sus talones. Podía mirar y tocar sin sentirse culpable o preocupado. Vio como
una gota de líquido preseminal brotaba por la ranura y bajaba por la cabeza
—. Dios —susurró mientras la atrapaba con su dedo y lo llevaba a los labios de Nathan. Este lo chupó, y la sensación fue directamente al pene de Andrew.
Andrew apoyó la cara en el pliegue del muslo de Nathan, lamiéndole el sudor. Lentamente enloqueció a Nathan con sus ligeros besos y lametones. Tenían toda la noche y no estaba dispuesto a apresurarse. Alzó la vista y lo vio recostado con un brazo sobre sus ojos.
—Nate, mírame —exigió, y Nathan hizo lo que se le dijo—. Quiero que me mires.
—Dios mío. —La declaración de Nathan salió de su boca mientras los labios de Andrew se deslizaban por su pene—. Andrew, por favor.
Andrew lo liberó con un obsceno sonido haciendo gemir de nuevo a Nathan.
—¡Jode mi boca! —Envolvió sus labios alrededor de la bulbosa cabeza del pene y aguardó. Quería que Nathan tomara la iniciativa, que deseara eso.
—Andrew… Yo…
Andrew apretó sus manos en el trasero de Nathan y lo atrajo más, no soltando su pene.
Unas manos se enredaron en el cabello de Andrew y Nathan lo miró, captando su mirada. Los ojos de Andrew estaban claros y firmes sobre los suyos. Nathan empujó sus caderas hacia arriba. Y Andrew lo tomó. Pareció que algo se liberaba en Nathan y lo instalaba en un ritmo constante; se movió en la boca gentilmente hasta que Andrew tiró de él, tratando de acercarlo más.
Nathan coreó una liturgia de « porfavorporfavorporfavor» hasta que estuvo empujando sin control. Saliva corría por la barbilla de Andrew y no podía respirar, pero no iba a detenerse, no iba a soltarlo hasta que… Con un grito ahogado, Nathan se vació en su garganta.
Andrew yacía jadeante a su lado mientras Nathan se recuperaba de su orgasmo.
—Eso fue… Cristo, Andrew… Yo nunca había, nunca…
Andrew sonrió. Había absorbido la coherencia de Nathan Peterson. Se sentía muy satisfecho.
Rodando sobre su costado, Nathan lo miró; su pene estaba duro y reposando contra su estómago.
—¿Qué hay de ti?
—Tócame.
La voz de Andrew era ronca, apenas podía hablar, pero la orden fue inconfundible. Nathan tragó saliva y se inclinó hacia adelante, poniendo su mano en la piel caliente sobre el corazón de Andrew. El hombre se estremeció bajo sus caricias.
Se movió hasta estar alineado con el cuerpo de Nathan, presionando sus labios en la áspera barba de su cuello, sintiendo el pulso de la sangre debajo de sus labios. Nathan estaba evidentemente recuperándose de su monumental orgasmo, puesto que ya estaba medio duro contra el muslo de Andrew.
Se masturbaron juntos durante unos minutos, sin poder pronunciar más allá de «así» y «ahora». Nathan desplazó sus manos por Andrew, tentando con sus largos dedos los pezones oscuros de Andrew y deslizándolas por las firmes costillas.
—Dios. —Andrew temblaba bajo sus manos—. Por favor, Nate, quiero que me jodas.
—Lo que tú desees, cariño —concedió Nathan. Lo levantó y se giró junto con él, poniéndolo boca abajo—. Te voy a joder. ¡Te voy a llenar con tanta fuerza que vas a estar gritando!
—Mucho parloteo, pero poca acción, Nate —opinó Andrew, empujando con fuerza contra él, pidiéndole con su cuerpo que se moviera.
Sintió una mano de Nathan en su espalda baja, tocándolo, y a la otra comenzando a rodear su entrada. Andrew no pudo evitar soltar quejidos y gemidos mientras Nathan lentamente le introducía un dedo.
—¿Mejor?
—Ajá.
—¿Quieres que…?
Andrew lo miró por encima del hombro.
—Nathan, quiero ese gran pene tuyo en mi trasero en los próximos dos segundos.
Nathan se impulsó dentro, abriéndose paso con la cabeza del su pene en el cuerpo de Andrew.
—Oh, Dios mío… —gimió Andrew dejando caer la cabeza entre sus omóplatos mientras presionaba contra Nathan—. Por favor, Nate, estoy tan cerca, tan cerca… —Empujó de nuevo en el pene, tratando de aliviar la presión que se acumulaba en su interior.
Las manos de Nathan apretaron los hombros de Andrew, atrayéndolo a su pene, haciéndolo gritar.
—Ahora es mi turno de joderte hasta hacerte gritar.
—Dios, sí. Eso quiero —le rogó Andrew.
La nalgada que le dio la mano de Nathan, lo hizo apretarse duramente alrededor del pene, provocando siseos en ambos.
—Eres mío.
—¿Lo soy? —Andrew lo miró por encima de su hombro—. No digas eso si no es en serio. —Todavía necesitaba esa confirmación.
—Lo digo en serio. Eres mío, solo mío. No habrá nadie más, nunca. —
Nathan empujó a Andrew hacia abajo en el colchón, cubriéndolo por completo.
—Solo tuyo —afirmó Andrew.
—Yo no quiero a nadie más.
—Ni toqueteos, ni discotecas, nada.
—Solo tú, para siempre. —Fue tan solemne como un voto.
—Eres mío —repitió Nathan. Podría haber puesto una marca en el corazón de Andrew.
—Siempre lo he sido.
Y, Dios, sintieron que les cayó encima el peso de los últimos siete años, al saber la verdad.
Nathan se echó hacia atrás hasta que la cabeza de su pene estuvo casi en la apertura. Andrew se quejó por la pérdida.
—Está bien, cariño —lo tranquilizó Nathan, mientras acariciaba su costado.
—Por favor.
—¡Mío! —Sus caderas fueron bruscamente hacia adelante cuando Nathan reclamó su derecho.
—¡Tuyo! —respondió Andrw como si hubiera sido una pregunta.
Una de las manos de Nathan se enfundó en el pene de Andrew, sosteniéndolo con firmeza.
—Te amo, Andrew.
—Yo también te amo, Nathan.
Andrew lo sintió morderle en el cuello, y él presionó contra el mordisco.
—Quiero tu cuerpo, tu mente, y a ti, cada minuto de cada día.
—No tienes que pedirlo. Me tienes —le aseguró Andrew.
Y entonces encontró difícil respirar mientras Nathan gruñía:
—No estaba pidiéndotelo.
Por primera vez, Nathan parecía tener completamente claro lo que quería. Sin ocultarlo y sin sentir culpas, sabía muy bien lo que deseaba. Sus dedos se clavaron cruelmente en las caderas de Andrew, y ambos gritaron cuando Nathan le golpeó la próstata una y otra vez. Esta no era una gentil consumación de su relación; eso vendría después. Era sexo duro y ambos lo necesitaban.
El orgasmo de Andrew le fue arrebatado, sus testículos se apretaron dolorosamente, y Nathan lo siguió con una última y profunda estocada, causando que ambos gritaran. El movimiento hizo que los brazos de Andrew cedieran al peso y se desplomaran sobre la cama, sus extremidades se apilaron, plagados de sudor y cubiertos por el semen. Andrew se dio
cuenta de que habían olvidado usar un condón; una omisión estúpida, pero eso decía mucho acerca de su estado de ánimo.
Evidentemente ese pensamiento también se le ocurrió a Nathan, porque bajó la mano y tocó el calor emergiendo de Andrew.
—Ni siquiera pensé en ello —comentó.
Andrew se inclinó y lo tocó allí, enredando sus dedos juntos.
—Tal vez deberíamos hacernos unos análisis, solo para estar seguros.
—Está bien —aceptó Nathan—. No quiero nada entre nosotros. —Era una manera de unirlos, reconociendo que no estarían con nadie más.
Andrew trató de alcanzar la boca de Nathan. Se besaron, con besos húmedos, indefinidos y dulcemente desesperados. Sintió a Nathan bajarse de su espalda y atraerlo contra su pecho, regresando a sus posiciones de antes. Se relajaron en los brazos del otro durante unos minutos, pero Nathan, obviamente, todavía podía sentir la tensión presente en el cuerpo de Andrew.
—¿Drew? ¿Cuál es el problema?
Andrew levantó la cabeza y apoyó la barbilla sobre el pecho de Nathan. No quería destruir esa sensación entre ellos, pero…
—¿Vas a alejarte de mí?
Nathan suspiró fuertemente, en un desahogo inmediato y ruidoso.
—¡No! Dios, no, claro que no. —Sus brazos envolvieron a Andrew y lo apretó con fuerza. Andrew tosió y él lo soltó—. Anoche vine aquí sabiendo que estaba dejando a mi familia atrás. Sabiendo a lo que estaba renunciando.
El ceño de Andrew se frunció y abrió la boca para hablar, pero Nathan se le adelantó.
—Sé lo que estoy obteniendo. A ti. —Le acarició la mejilla con la mano y Andrew se inclinó hacia esta, tal como Nathan lo había hecho antes
—. Eres lo único que quiero.
—¿Y tus hijos? ¿Tu profesión? Sería mucho más fácil si continuaras siendo un hombre heterosexual y casado. —Andrew quería creerle, pero
simplemente no podía.
—Un bisexual, miserable e infiel hombre casado que está enamorado de otra persona —corrigió Nathan—. Alex y yo lo resolveremos. No somos la primera familia que se separa, y vamos a solucionarlo. Soy un gran maestro y Skinner me prometió darme una buena referencia. —Hablaba valientemente, pero Andrew podía oír la preocupación subyacente.
—¿Así de grande es tu ego? —comentó, pero todavía seguía preocupado.
—Así es. —Nathan tiró de Andrew de modo que este estuviera acostado completamente encima de él; sus flácidos penes se deslizaron entre sí y provocaron un siseo por parte de Andrew—. Te diré en qué más soy bueno.
Andrew arqueó una ceja.
Decidiendo que las acciones decían más que las palabras, Nathan deslizó una de sus manos en la parte trasera de la cabeza de Andrew y tiró de ella hacia abajo. La sonrisa de Andrew fue capturada en un beso cuando sus labios se encontraron. Los sonidos de besos suaves llenaron el aire y Andrew se perdió en el tacto y el olor de su hombre, quien lo envolvía. Por primera vez desde que conoció a Nathan, se sentía como en casa en sus brazos.
Nathan suspiró, el sonido quedó capturado entre ellos. Andrew se apartó ligeramente.
—¿Realmente estás bien, Nate?
—En realidad no. Solo dame un poco de tiempo.
Andrew asintió y volvió a recostarse. No hubo más palabras mientras hacían el amor una vez más; el rígido calor contra los huesos de sus caderas, sudor y semen surgieron conforme se besaban, presionándose entre sí mientras sus manos se exploraban mutuamente, trayendo a sus orgasmos casi accidentalmente. La necesidad de estar piel contra piel era lo que ambos ansiaban.
Pero para Andrew, no era el sexo lo que importaba. Ni siquiera el quedarse dormidos juntos, aunque estuvieran entrelazados con mucha
fuerza, como si tuvieran miedo de separarse. Para Andrew, era el momento en que se despertó por segunda vez y descubrió a Nathan en sus brazos, parpadeando para verlo; eso era lo que le daba una sensación de intensa felicidad en lugar del dolor que normalmente tenía cuando estaba con él.
—Buenos días. —La voz de Nathan era suave y somnolienta.
—Buenos días.
Andrew le dio un beso, recorriéndole perezosamente la espalda con la mano. Resopló y se acercó más, deslizando una pierna entre las de Nathan; la leve fricción con el fino vello en sus piernas los hizo temblar a ambos.
—No puedo creer que todavía estés aquí —dijo Andrew, con la voz ahogada contra el pecho de Nathan—. Pensé que te habrías ido cuando despertara. Pensé que había soñado todo.
—No voy a ir a ninguna parte —le aseguró Nathan, apretando sus brazos alrededor de él—. Esta vez no.
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