Nunca pasa nada

Sue Brown · Capítulo 3 de 21

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Nunca pasa nada

Capítulo 3

—APAGA LA maldita alarma.

—No es mi alarma —murmuró Andrew, tratando de darse la vuelta y volver a dormir.

—Amigo, está sonando en mi oído. Apágala. —Gary golpeó su almohada con enojo.

—¡Ay! ¡Diablos! ¡Qué estás haciendo! —gritó con fuerza su almohada. Andrew abrió uno de sus ojos y descubrió a Gary, nariz abajo, sobre su ingle y golpeando alrededor, tratando de apagar la fuente del ruido

—. Mi teléfono, en mi bolsillo —se quejó Andrew adormilado.

Hubo un momento incómodo cuando Gary hurgó en ambos bolsillos, y entonces lo oyó decir al contestar:

—Mierda, es medianoche.

Andrew gimió al pensar en quién podría estarle llamando.

—No, soy Gary. Estaba usando a Andy como almohada cuando sonó el teléfono en mi oído.

Andrew se estremeció al pensar en cómo sonaba eso. «Por favor, Dios, no permitas que sea mi madre», aunque ella conocía a Gary.

—De todos modos, nueve y media sigue siendo medianoche cuando te vas a dormir a las cinco de la mañana. ¿Qué quieres, Nate?

Andrew trató de abrir los dos ojos al darse cuenta de con quién estaba hablando Gary. Colin le había dicho que Nathan no fue a la escuela el día anterior, y el maestro sustituto no sabía cómo destruir el mundo con Lego como el señor P lo hacía.

—No, ¿en serio? Oh, bien hecho, amigo. ¿Un varoncito? Eso es fantástico. ¿Cuándo? —Hubo una pausa mientras Gary escuchaba, y entonces—: Aguarda. Me sentaré en él hasta que se despierte.

Agitando una mano hacia Gary, Andrew dijo:

—Estoy despierto. Dame el teléfono.

Gary se lo entregó. Andrew bostezó, rascándose el estómago distraídamente mientras saludaba a Nathan.

—¿Alex ha tenido al bebé?

—Sí, ayer por la noche. —El tono de Nathan sonaba cansado en su oído, su acento estaba más pronunciado de lo usual—. El bebé está en la sala de neonatología. Tiene problemas para respirar. Los médicos dicen que no es demasiado grave, pero lo tendrán allí por un tiempo.

Andrew se sentó, completamente despierto.

—Lo siento, Nathan. ¿Alex está bien?

—Sí. Está bien, pero muy cansada. Fue un parto difícil. Escucha, me dijeron que fuera a casa para que durmiera un poco y comiera. ¿Podrías recogerme? No me siento con fuerzas para conducir.

—No hay problema. Dame diez minutos para cambiarme y tomar un café. ¿Alex necesita algo de ropa extra? Podría enviar a Stephanie a que la busque mientras yo me preparo.

—Eso estaría bien. Se lo haré saber —agradeció Nathan.

Andrew cortó la conexión y se puso en pie, tambaleándose ligeramente, mientras empezaba a notar el dolor de cabeza por tomar muchas cervezas y dormir poco. Gary estaba sentado, buscando sus botas.

—¿Estás en condiciones para conducir? —Ante el asentimiento de Andrew, añadió—: Bien, vete y rescata a ese chico. Ah, encontré una. —

Sacó una bota de debajo de una mesa—. ¿Andy?

—¿Sí? —Andrew se detuvo al pie de la escalera que conducía a la casa.

—Ten cuidado. —La expresión de Gary era seria.

Andrew se le quedó mirando, un poco perplejo.

—Por supuesto, conduciré con cuidado.

—Eso no es a lo que me refiero. —Gary se frotó la cara con una mano.

Era evidente que estaba incómodo, y Andrew tenía un mal presentimiento sobre lo que Gary en realidad quería decir.

—Estoy demasiado cansado para juegos, amigo. —Andrew encogió los hombros para ponerse la chaqueta.

—Nathan es un chico bien parecido, pero está casado y ahora tiene un bebé recién nacido —mencionó Gary, esperando que su amigo no se ofendiera.

Andrew soltó un corto suspiro.

—No te preocupes. Es muy heterosexual. No voy a tratar de cambiarlo. —Frunció el ceño al mirar hacia atrás, a Gary—. ¿De verdad crees que sería lo suficientemente bajo como para tratar de seducirlo?

Gary lo miró fijamente.

—Estaba más preocupado de que te enamoraras de él y salieras lastimado. No sería la primera vez.

—¿Alguna vez me vas a permitir olvidar a Matt?

Gary se levantó y puso sus brazos alrededor del otro hombre.

—No, si eso evita que cometas otra vez el mismo error. —Le dio un rápido abrazo—. Solo, no te involucres demasiado, ¿vale?

Andrew le devolvió el abrazo, consciente de que se estaba aferrando a él mientras se preguntaba si la advertencia no llegaba un poco tarde.

Una vez que escuchó la buena noticia, Stephanie fue voluntariamente a la casa de los Peterson y, rápidamente, llenó para Alex una pequeña bolsa con ropa cómoda de día y algunas prendas más de dormir. En la cima de la pila del equipaje colocó un regalo de parte de Andrew y ella, y una tarjeta hecha por Colin. Le entregó la bolsa a su esposo y le hizo prometer que le daría sus saludos a Alex.

Conduciendo velozmente hacia el hospital, Andrew se alegró de que el tráfico matutino fuera fluido; la mayoría de las personas ya estaban en sus

trabajos. Conocía el camino a la sala de maternidad y, en poco tiempo, estuvo llamando a la puerta de seguridad.

—¿Sí? ¿En qué le puedo ayudar? —La voz sin cuerpo era secamente eficiente.

—Soy yo, Janice. Andrew.

—Andrew. Hola, cariño. No sabía que tenías cita para hoy. —La voz de pronto sonó mucho más amable, y con un zumbido se abrió la entrada a la unidad.

Andrew caminó hasta la estación de enfermería. Como era habitual a esa hora de la mañana, en la sala había mucho ruido. El personal estaba ocupado tratando de que las mamás se asearan y vistieran, y unos cuantos recién nacidos lloraban estrepitosamente en las habitaciones laterales.

El personal lo saludó mientras avanzaba, y él devolvió sus saludos; conocía a la mayoría de ellos por sus nombres. Janice estaba en la estación de enfermería y le sonrió mientras se acercaba.

—Buenos días, Andrew. No esperaba verte por aquí esta mañana.

¿Cómo está Stephanie?

Andrew le dio un rápido abrazo, diciendo:

—Bien. Hoy no estoy aquí por negocios. He venido a recoger a Nathan Peterson.

—Ah, sí. Eso también es algo bueno. El pobre hombre está que no se tiene en pie, y si se cae, tiene mucho cuerpo donde hacerse daño. —Janice hizo un gesto para que la siguiera por el pasillo.

Andrew sonrió ante la imagen de un texano derribado en el suelo.

—Yo no me interpondría en su camino si eso sucede, Janice. Tú podrías ser la que resultara lastimada. ¿Cómo está su bebé?

—El bebé Daniel va bien —dijo ella, profesionalmente neutral. Él le dirigió una mirada—. No me mires así, Andrew. Sabes que no voy a decir lo que no debo. —Janice llevaba de enfermera demasiado tiempo como para no comportarse de manera profesional, ni siquiera por un amigo como Andrew.

—Lo sé, pero está bien, ¿verdad? —presionó Andrew.

—Habla con Nathan. Aquí está.

Andrew levantó la mirada y vio a su amigo acercándose por el pasillo, con aspecto de estar completamente agotado: tenía ojeras bajo los ojos y los hombros encorvados. No lo había visto desde la mañana del domingo, después de la sesión de toda la noche con Gary y la banda. Siguiendo las instrucciones de Stephanie, lo había echado junto con Gabe justo antes del almuerzo, indicando que Alex estaba esperándolos con comida para ambos.

Si recordaba bien, Nathan aún llevaba la misma camisa, ahora arrugada y sucia.

—Hola, Nathan, ¿cómo estás? —Mantuvo su voz tranquila y plana.

Nathan lo miró, aliviado de ver que Andrew lo esperaba.

—Gracias por venir. Sé que podría haber tomado un taxi. Espero no haberte causado ningún problema con Gary.

Andrew movió su mano con desdén.

—No hay problema en absoluto. Tenía que marcharse de todos modos.

—Alzó la bolsa que Stephanie había empacado—. ¿Quieres darle esto a Alex antes de irnos?

Asintiendo, Nathan dijo:

—Sí. Espera un momento mientras me despido. No está lo bastante bien como para visitas en este momento.

—Dale nuestros saludos. La veremos en otra ocasión.

Andrew observó a Nathan mientras entraba en una de las habitaciones laterales. Observando el ir y venir de la gente por la sección, aguardaba pacientemente, cuando Lauren, una de las enfermeras mayores, salió de la pequeña cocina.

—¡Andrew! Me alegro de verte. ¿Estás aquí por negocios? —Se acercó y le dio un abrazo.

—Hoy no. Estoy aquí para recoger a Nathan Peterson. Nadie me ha solicitado esta semana.

—¿Solicitado?

No había visto a Nathan salir de la habitación de Alex y llegar a su lado.

Lauren sonrió y revolvió el cabello de Andrew, haciéndolo sentir como si tuviera cinco años.

—Este chico es nuestro fotógrafo favorito. Toma fotos de los recién nacidos y de la familia. La mayoría de los padres lo usan.

Nathan parecía un poco confundido.

—Pensé que solo lo hacías en tu estudio. Los agarras jóvenes.

Un tanto herido y aún molesto por su última discusión respecto a su profesión, Andrew espetó:

—¿Preocupado de que corrompa niños, Nathan? No lo estés, solo les tomo fotos cuando me lo piden. —Se sintió mal cuando Nathan pareció dolido y sorprendido por su vehemente respuesta.

—No, no. No quise decir eso, hombre. Solo quise decir…

Fue interrumpido por Lauren frunciendo el ceño, no comprendiendo el significado del altercado, que le dijo:

—¿Este dulce hombre? ¿Corrompiendo niños? Dios, difícilmente. He querido decir que toma todas las fotografías que realmente importan. Bailes de graduación, bodas, bautizos. La gente se siente segura con él. Incluso se ocupa de aquellos que…

No terminó, ya que Nathan levantó las manos en señal de rendición.

—Estoy seguro de que lo hacen, Lauren. No quise implicar otra cosa, Drew.

Andrew suspiró fuertemente.

—Yo también lo siento. Debes estar agotado. No he querido empezar una pelea. Vamos, vayamos a tu casa. Lauren, ¿llamarás si hay algún problema? Porque a menos que se presente una novedad, lo llevaré a casa para que coma y duerma.

Lauren asintió, diciendo:

—Claro que lo haré.

Cuando salieron de la unidad de maternidad, Nathan parpadeó por el frío aire matutino y la luz del sol que lo golpearon. Siguió a Andrew al coche y se desplomó en el asiento delantero con agradecimiento cuando la puerta se abrió.

Apoyó la cabeza contra la ventanilla del coche en silencio, en tanto Andrew maniobraba para salir del estacionamiento del hospital y avanzar hacia la calle.

Nathan estaba tan callado que Andrew pensó que se había quedado dormido, por lo que se sorprendió cuando de repente dijo:

—No quise decir que fueras un peligro para los niños. Sabes que nunca pensaría eso.

—Pero lo hiciste. Pensaste que estaba aprovechándome de niños pequeños —dijo Andrew en voz baja, girando hacia la autopista.

—Nunca dije eso —protestó Nathan.

—No tuviste que hacerlo. Tu reacción fue obvia. —Andrew sabía que estaba revelando cuán dolido se sentía.

Nathan se giró para mirarlo.

—Bueno, ¿qué esperabas que creyera? Eres mi vecino, tienes un hijo y tu nombre está en una revista porno.

—Esperaba que fueras más abierto. Pero debí haberlo sabido. Después de todo eres un buen chico texano. —Para Andrew era difícil contener su rencor.

—¿Qué se supone que significa eso? —Nathan se sentó más derecho, el enojo era evidente en el cansancio de su voz.

Andrew giró hacia su vecindario y resopló ligeramente.

—Nate, no peleemos ahora, ¿vale? Ni siquiera te he preguntado por el bebé. ¿Dijiste que le estaba costando un poco respirar?

—Sí, es enorme en comparación con todos los demás bebés, pero el nacimiento duró demasiado tiempo y… —Hubo un sonido como el de un sollozo reprimido, y la voz de Nathan se fue apagando.

Andrew se giró y vio a Nathan sentado, con la cara hacia el otro lado; sus hombros temblaban. Le puso brevemente una mano sobre el brazo, y después condujo los últimos minutos hacia su calle, dándole tiempo para recuperarse. Al detenerse en la entrada para el auto, Nathan se irguió y lo miró brevemente, pasándose una mano por el rostro para tratar de ocultar el último rastro de lágrimas.

—Perdón. Supongo que estoy cansado —dijo, un poco avergonzado.

Andrew sacudió la cabeza.

—No hay nada de que disculparse. Créeme, te entiendo mejor de lo que crees. Hablaremos luego. Ve a casa, dúchate y duerme un poco. Ven a cenar cuando te sientas mejor. Stephanie o yo podemos prepararte algo de comida cuando tengas hambre.

Nathan miró hacia su casa. Abrió la puerta del coche y, después, se volvió hacia Andrew.

—No quiero regresar a casa mientras ellos no estén. No parece lo correcto.

Dudó un momento, y entonces Andrew ofreció:

—¿Quieres dormir en mi cama un rato? Puedo entretenerme en el cuarto oscuro mientras estás durmiendo. Tengo trabajo que hacer de todos modos.

Asintiendo con gratitud, Nathan bajó del auto. Lo siguió al sótano y se puso de pie junto a la cama, un poco inseguro. La cama estaba hecha. Ni Andrew ni Gary habían llegado a acostarse en ella la noche anterior.

—Ten. —Andrew le lanzó un viejo pantalón deportivo y una camiseta

—. Iré a decirle a Stephanie que hemos regresado. Acuéstate, Nate, antes de que te caigas y rompas algo.

—Gracias, hombre. —Nathan se dejó caer sobre la cama. Se quitó las zapatillas de tenis con la punta de los pies y se sentó sosteniendo la ropa de Andrew, como si no estuviera seguro de tener la fuerza para cambiarse.

Andrew dijo en voz baja:

—Duerme, Nate. Me mantendré en contacto con el hospital. Te prometo que te despertaré si algo cambia. —Y subió las escaleras a la casa,

dejando al hombre más joven en paz.

Nathan durmió la mayor parte del día como un comatoso, mientras que Andrew trabajaba en torno a él. El hombre de más edad no entendía por completo por qué no había querido ir a su casa, pero en realidad no importaba. Estaba oscureciendo cuando finalmente sacudió a Nathan para que se despertara, con el ofrecimiento de café recién hecho.

Desperezándose al frotarse los ojos, el pelo revuelto y sobre el rostro, Nathan se sentó, aceptando el café con un «gracias» murmurado y un

«¿Qué hora es?».

—Son casi las siete. —Por el pánico en los ojos de Nathan, Andrew añadió con dulzura—: El bebé está bien. Hemos llamado tres veces al hospital. Ha estado durmiendo plácidamente. Alex también está bien.

Stephanie está con ella ahora. Dice que hay una multitud de mujeres muy extrañas que no dejan de preguntar cuándo van a volver a verte. Y nos pidió que te dejáramos dormir, y que no regreses hasta que hayas ingerido una comida adecuada. Por alguna razón, no quiere que te desmayes y aplastes al bebé. Por cierto, también quiere que te bañes. Dice que apestas. —Sonrió por la manera en que Nathan farfulló su indignación—. Son sus palabras, no las mías. Aunque tiene razón. Hueles mal, amigo. —Le lanzó una toalla enorme—. Ve y aséate. Tendré un filete esperándote cuando salgas de la ducha. —El estómago de Nathan sonó agradecido, aunque en su rostro todavía había indignación. Andrew se rio y tiró de él para sacarlo de la cama—. Anda niño, báñate. Revisaré detrás de tus orejas cuando vuelvas, así que asegúrate de limpiar allí.

—Como si pudieras alcanzarlas —se burló Nathan, estirándose al máximo antes de moverse obedientemente hacia el baño.

Andrew tragó saliva. La camiseta que Nathan llevaba era una de las suyas y, por lo tanto, le quedaba un poco corta. El delgado material se levantó cuando se estiró, exponiendo los cuadriculados y planos músculos, flanqueados por los agudos huesos de la cadera. Andrew le dio gracias a Dios de que Nathan estuviera dándole la espalda antes de que pudiera ver la pura y simple lujuria que seguramente debía estar escrita por toda su cara.

No iba a hacer aquello otra vez. Se lo había prometido a Gary. Nathan estaba prohibido.

Casado, con un bebé, heterosexual.

Correcto.

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