Nunca pasa nada

Sue Brown · Capítulo 8 de 21

Páginas del PDF

Nunca pasa nada

Capítulo 8

IRA Y resentimiento retorcían sus entrañas mientras veía a Andrew caminar hacia la multitud sin mirar atrás. Hastío, mientras bebía cerveza tras cerveza, con poco que hacer, más que ver a Gary y Gabe besuqueándose o, peor aún, vislumbrar en unas cuantas ocasiones a Andrew abrazando a otros hombres. Cuando volvió del baño, lo encontró solo, así que por un breve instante Nathan no pensó en las consecuencias de sus acciones.

Estaba somnoliento. El caluroso verano en Texas se notaba menos bajo los árboles, por lo que Nathan cabeceaba en la hamaca tranquilamente, mientras su pequeño hijo dormía acurrucado contra él. A Daniel le estaban saliendo los dientes. Sus brillantes mejillas rojas y el constante mal humor habían resultado agotadores para sus padres y abuelos. Para darles a todos un descanso después de una noche de insomnio, Nathan lo había llevado consigo a la hamaca. El calor del mediodía y el suave movimiento, arrullaba al niño gruñón, y no pasó mucho tiempo antes de que sucediera lo mismo con su padre; sus sueños fueron inundados por una persona.

La sensación de los músculos moviéndose debajo de la piel, las manos explorando en la oscuridad. La ligera rugosidad donde debería haber suavidad, fuerza compacta casi a su mismo nivel en vez de un cuerpo ágil y pequeño. Lo «incorrecto», que lo inquietaba pero que le hacía desearlo más.

La sorpresa de que se le ofreciera… la sensación. La estrechez, lo resbaladizo… ofrecido pero no sometido. El olor a especias y alcohol, al sudor por el baile, los ruidos de los demás… Todos sus sentidos gritando

«Incorrecto».

Un zumbido en la pierna le molestaba. Nathan lo apartó como a un molesto insecto hasta que se dio cuenta de que era su teléfono el que vibraba. Buscó a tientas, esperando que se detuviera antes de responder.

—Diga —respondió en voz baja, con cuidado de no despertar a Daniel.

—¿Has hablado con él? —El tono brusco de Gabe perturbó su adormecimiento.

—No.

—Estúpidos idiotas. —Gabe cortó la conexión.

Perplejo, Nathan se quedó sosteniendo el teléfono debajo de la oreja.

Suspirando al darse cuenta de que Gabe seguía enojado con él, acarició el suave y oscuro cabello de su hijo. Daniel resopló suavemente, arrugando la cara mientras dormía.

—Es muy fácil para ti, pequeño. Comes, juegas, duermes. Esa es tu vida. No tienes ni idea, y espero que nunca la tengas. —La voz de Nathan era gentil y triste.

«No tienes idea de lo que se siente al comprender que quieres algo más que tu existencia ordenada».

Tenía trabajo, perros, amigos y una hermosa familia, algo importante, pero quería más. Pudo tenerlo, solo una vez. En la oscuridad, en el anonimato. Había pensado… No, había esperado que Andrew no se percatara de quién era. Confiaba en que solo lo considerara como sexo anónimo. Un poco de excitación que mitigara su deseo. Nathan empujó en él su ira, su necesidad, su confusión, y al final, en el breve instante apoyado contra el otro hombre, sacando fuerzas de él, su consuelo fue la falta de culpa por parte de Andrew, la falta de conocimiento de lo que habían hecho.

Hasta que el nombre fue susurrado. «Está bien, Nate».

—¿Estás bien, Nathan?

«¡No!».

—Eh, ¿doctor Bob? —Nathan levantó la cabeza y vio a su hermano mayor, agitando una cerveza fría hacia él.

—¿Hay espacio ahí para mí?

Nathan se hizo a un lado, protegiendo a Daniel mientras Bob se subía a la enorme hamaca. Ambos la habían construido en el verano que Nathan cumplió dieciséis años. Había sido lo suficientemente grande como para dar cabida a los tres hermanos. Una vez que su hermano se acomodó, puso a Daniel encima de su pecho y tras aceptar una cerveza, la bebió con gratitud.

Los hermanos holgazanearon en silencio durante unos minutos, el movimiento natural de la hamaca los adormiló.

—¿Qué pasa, hermano?

La voz de Bob lo sobresaltó, perturbando al niño. Nathan lo tranquilizó para que se durmiera de nuevo, posponiendo el momento en que tendría que responder.

«¿Qué pasa? No pasa nada. Tengo una vida perfecta».

—¿Qué te hace pensar que pasa algo? —respondió, tratando de conseguir más tiempo.

Bob únicamente levantó una ceja, con un gesto de «No te lo crees ni tú», uno que los hermanos mayores perfeccionaban a través de los años, y dijo gentilmente:

—Pareces… distante, casi triste. No con tu molesta y parlanchina manera de ser habitual.

Al darse cuenta de que no iba a librarse de su hermano con una distracción, Nathan buscó una evasiva. Pasándose una mano impaciente por el pelo, dijo:

—Solo estoy cansado, por Daniel y el nuevo trabajo, y todo eso. Lo que está sucediendo es simplemente demasiado. —Su boca se curvó en una suave sonrisa mientras miraba hacia abajo a su pequeño hijo acurrucado en su cadera—. Hay días que no paro.

Levantó su mirada y encontró a su hermano observándolo con una expresión indescifrable en el rostro. Vio que Bob tomaba un largo trago de cerveza, al parecer reflexionando sobre sus palabras.

—Claro que un montón de cosas han pasado en el último año —

concedió su hermano. Y Nathan dejó escapar un suspiro de alivio—. ¿Estás seguro de que eso es todo?

—¿A qué te refieres? —Nathan encubrió un momento de pánico con otro sorbo de cerveza.

Bob levantó la etiqueta de la botella de cerveza, deslizando una uña por debajo del papel húmedo. Parecía muy incómodo, pero Nathan no estaba seguro de lo que quería decir.

—Mamá mencionó que estabas teniendo problemas con un vecino.

La respiración de Nathan se detuvo en su pecho.

—Un poco, hace un tiempo —admitió con cautela—. Pero ya no.

Somos amigos desde hace meses.

—Eh, Alex mencionó algo acerca de un infernal viaje de campamento.

—Bob seguía levantando la etiqueta, negándose a mirarlo.

—Sí, fui con Andrew, su hijo y un amigo al parque un fin de semana.

Estuvo bien. Aparte del incidente del árbol… y del arroyo… y del fuego.

Bob sonrió y quiso saber más. Nathan dejó escapar un suspiro de alivio cuando comenzó a contarle las travesuras de Bobby en la acampada, esperando haber desviado de sí mismo la atención de su hermano.

Habían agotado el tema del campamento así que lo cambiaron al del último partido, cuando de repente Bob dijo:

—Cuando estuve contigo justo antes de Navidad, lo vi.

—¿A quién? —preguntó Nathan. No, no había funcionado.

—A Andrew. No os hablabais, pero él te observaba desde la distancia.

—El tono de Bob volvió a ser serio.

Nathan frunció el ceño. No estaba seguro de a dónde quería llegar Bob.

—En esa época quería matarme, seguramente. Estaba siendo un completo imbécil con él. Bob, ¿realmente de que se trata esto?

—Te estaba mirando como si fueras el sol, la luna y las estrellas, envueltos para regalo de Navidad. —Bob se removió incómodamente en la hamaca antes de volver a mirarlo.

Nathan abrió la boca para burlarse, pero la expresión en el rostro de su hermano lo detuvo antes de que las palabras fueran pronunciadas.

—Debes estar malinterpretándolo —murmuró Nathan.

—¿Tú crees? —cuestionó Bob—. Mira, Nate, no quiero meterme en tus asuntos y no habría dicho nada, pero… —Y entonces Bob añadió el argumento contundente—: Mamá me preguntó si estaba pasando algo. Ha estado preocupada desde que lo conoció en Año Nuevo. Dijo que algo no andaba bien.

Nathan lo miró con incredulidad.

—¿Qué? ¿Qué carajo tú y mamá creéis que está pasando? ¡Es mi vecino y amigo, eso es todo! —Su voz se levantó con ira, perturbando a Daniel, quien frunció el ceño y gimió en su sueño. Nathan respiró profundamente y le acarició el cabello, tratando de calmar a ambos—. Mira, los dos estábamos descontentos por la pelea y no había sol, luna o lo que sea. Jesús, Bob, ¿qué crees que soy?

«Sí, Nate, sigue diciéndote eso a ti mismo. Ni siquiera puedes ocultarlo de tu madre y hermano mayor. Dios sabe lo que ella diría si se enterara de lo que su niño ha estado haciendo. Su niño acechando a su amigo, empujándolo en un cuarto oscuro y obligándolo… No, no obligándolo. Hubo un momento en el que pude sentir el pánico de Andrew, pero de pronto pareció relajarse bajo mis manos, y tomó el control…

ofreciéndose… Rayos…, ofreciéndose a sí mismo».

Miró a su hermano, sin realmente verlo, todavía perdido en la oscuridad, perdido en la sensación de la lujuria e ira. Enojado con Andrew por llamarlo por su nombre, por perder el reconfortante manto del anonimato, por hacerlo enfrentarse a su adulterio. Justo aquella misma mañana…

—Oye, cariño, ¿estás aquí conmigo?

Abrió los ojos y vio que el rostro preocupado de Alex lo observaba.

Preocupación aproximándose a enojo. Sacudiendo la cabeza, se dio cuenta de que había estado divagando mientras hacían el amor. Tras disculparse, la culpa en su interior le hizo prestar especial atención a las necesidades de Alex, hasta que ella estuvo casi sollozando al tener su orgasmo. Su gratitud

lo consumió aún más, ya que no podía sacar de su mente el pensamiento de otro cuerpo reaccionando bajo el suyo.

—Oye, ¿Nathan? ¿Sigues aquí conmigo? —Bob frunció el ceño, pero sus ojos reflejaban preocupación.

Nathan tragó saliva y asintió.

—Sí, lo siento. Estoy bien. —Tomó un largo trago de cerveza, tratando de ordenar sus pensamientos.

—Patrañas —dijo su hermano sin rodeos—. No estás bien. No soy estúpido, Nathan, y tampoco lo es mamá. Si no te esfuerzas en actuar de manera más convincente, nunca te creerá.

—No es…

—¿Te acostaste con él?

Nathan se le quedó mirando con la boca abierta. Bob le devolvió la mirada.

—Yo, yo…

—Bueno, ¿lo hiciste?

Nathan se mordió una uña de la mano y asintió.

Bob suspiró ruidosamente.

—Por Dios, hermanito, te has metido en un lío. ¿Alex lo sabe?

—No, por supuesto que no. No es nada. —Miró hacia Bob de forma suplicante—. No quise que sucediera.

«Tal vez la primera vez podía ser excusada, Nathan Peterson, pero

¿qué hay de la siguiente? Esa no fue con ira, ¿o sí?».

El acusatorio redoble de tambores en su cabeza comenzó a sonar más fuerte mientras su hermano resoplaba y decía:

—¿Nada? ¿Estás seguro? ¿Qué pasó? Comienza desde el principio. —

Se inclinó para sacar de debajo de la hamaca un par de cervezas, donde se habían conservado frías—. Creo que vamos a necesitar estas.

Nathan aceptó la suya y bebió de ella mientras se preguntaba por dónde empezar. ¿La acampada, Año Nuevo, la primera vez en la discoteca, o cuando se conocieron y la sensación que le provocó el abrazar a Andrew?

Fue perturbado cuando Bob palmeó su pierna.

—Está bien, puedes hablar conmigo. Todo irá bien, Nathan. No me desagrada… Me refiero a la idea de tú y Andrew.

—¿No? —Nathan levantó una ceja mientras observaba a su hermano.

Bob no había sido conocido por sus ideas liberales mientras estaban creciendo.

Bob negó con la cabeza.

—Al ser médico, ves muchas cosas. Los viejos prejuicios y todo eso que sueltas cuando eres niño, no parece importar más. También he hecho nuevos amigos, amigos gais. Así que no importa lo que me digas, Nathan.

Estoy preocupado por ti, ¿de acuerdo?

Un nudo se formó en la garganta de Nathan, por lo que tuvo que tragar saliva un par de veces antes de que pudiera hablar. Nunca había sido muy cercano a su hermano, siempre le había parecido que Bob lo trataba como si lo considerara molesto e inoportuno, ¿pero ahora? Ahora quería descansar su cabeza en el hombro de Bob y desahogar sus ojos. Sujetó un hilo suelto de la camiseta de Daniel cuando empezó a hablar.

—Hace unas semanas fuimos a una discoteca. No pasó nada antes de eso, lo juro, excepto que los dos sabíamos que lo queríamos. —Habló entrecortadamente.

—Entonces, ¿qué pasó? ¿Se te lanzó? —preguntó Bob suavemente.

—Más bien al revés. —Ante la mirada sorprendida de su hermano, Nathan añadió—: Lo sé, es solo que no pude soportarlo más; toda la tensión y las miradas. Nunca antes había hecho nada como esto.

—Así que, ¿la del club fue la única vez?—Bob parecía que podía lidiar con eso.

A Nathan le costó un gran esfuerzo admitir avergonzadamente:

—No.

—¿Habéis continuado desde entonces? —Bob sonaba como si estuviera tratando de ser comprensivo.

Nathan sacudió la cabeza.

—No exactamente. No iba a ser así. Iba a ser sexo anónimo en la discoteca. Se suponía que él no iba a saber que se trataba de mí. —Ante la mirada perpleja de Bob, Nathan añadió—: Lo arrastré a un espacio oscuro antes de que me reconociera.

—Tú, él, no… No creo que pueda preguntarlo —tartamudeó Bob—.

Entonces…, ¿sabía que eras tú?

—Sí.

—Y, ¿qué pasó? —preguntó Bob otra vez.

«¿Qué pasó? Lo que pasó fue una estupidez», pero Nathan no podía sacarlo de su cabeza. Era lo primero que pensaba al despertar y lo último antes de irse a la cama.

—¿Estás seguro de que quieres oír esto? —Nathan no estaba seguro de que fuera una buena idea desahogarse con su hermano. No era como si ellos alguna vez hubieran compartido sus problemas.

Bob lo miró seriamente.

—¿Qué si quiero oírlo? No. Pero necesitas decírselo a alguien antes de que te consuma, y sería una mierda de hermano si no te ofreciera un hombro. Vamos, no te lo voy a preguntar de nuevo.

Nathan suspiró y se recostó en la hamaca. Daniel se giró, extendiéndose sobre su regazo, gimoteando levemente mientras chupaba su mano.

—Me escapé cuando dijo mi nombre. —Decirlo en voz alta le hizo sentirse aún más cobarde.

Una vez más, Bob tiró de la etiqueta de la botella de cerveza.

—Andrew soltó tu nombre cuando tú, eh…

Nathan se ruborizó.

—No, fue después. Me dijo que todo estaba bien, y salí corriendo.

—Entonces, ¿qué pasó? —Bob era sin duda persistente.

Nathan ordenó los acontecimientos en su mente.

—Fui a donde estaban Gary y Gabe, y les dije que iba a volver al motel. Después me fui de la discoteca.

Bob pareció confundido.

—¿Por qué te estabas quedando en un motel?

—Era un fin de semana para chicos. Andrew estaba, eh, inquieto. Gary pensó que una salida nocturna a una discoteca nueva le haría bien. Le daría la oportunidad de divertirse un poco. Así que fuimos a Waterstown. Ahí hay una gran discoteca ga… —Nathan no sabía exactamente cuánto revelar.

—¿Discoteca gay? —preguntó Bob—. ¿Andrew es gay? Pero está casado con esa hermosa morena, eh, ¿Stephanie?

Nathan miró a Bob cuidadosamente. No importaba lo que hubiera dicho antes, no estaba seguro de que su hermano estuviera tan relajado como le había hecho creer.

—Sí, es gay. Su madre lo obligó a casarse con Stephanie cuando ella quedó embarazada. Tenían solo dieciséis años. Estaba tratando de ser un buen chico cristiano heterosexual.

Bob hizo un gesto de comprensión.

—Eso es duro. Un error, y tienes que cargar con una esposa y un hijo.

—No parecía estar criticando a Andrew, y Nathan respiró con más fluidez.

—Andrew es un gran padre, pero a veces necesita relajarse un poco.

—¿Y va a una discoteca? —Bob parecía más feliz de haberlo entendido en su propia mente.

—Sí. Él y Gary se divierten, pero son más amigos que otra cosa.

Personalmente no me gusta ir a las discotecas, pero Gabe quería reunirse con Gary otra vez —continuó Nathan.

Bob se atragantó con un trago de cerveza, escupiéndolo hacia el frente.

—¿Gabe? —jadeó débilmente—. ¿Gabe Michaels? ¿Batea para el otro equipo ahora? —Se sacudió por un minuto, tratando de encontrar un pañuelo para limpiarse la nariz.

Encogiéndose de hombros ligeramente, Nathan simuló muy bien una sonrisa.

—¿Qué puedo decir? Es una sorpresa para los dos.

—Estoy seguro —murmuró Bob.

—De todas formas, me fui de la discoteca, pero estaba compartiendo una habitación con Andrew, porque los otros dos querían estar juntos. Así que al final tuve que enfrentarme a él. —Nathan acarició la espalda de Daniel con su mano, buscando consuelo.

—Oh, mierda.

Nathan se pasó una mano por el pelo.

—No sabía qué iba a hacer o decir, y cuando llegó, hice lo peor posible.

—¿Pegarle?

—Besarlo.

Bob frunció el ceño.

—Acababas de tener sexo con él. ¿Por qué el besarlo fue el gran problema?

—No fue… No fue un buen beso. —«Por Dios, ¿podría sonar más infantil?».

Dada la ceja arqueada de Bob, estaba claro que pensaba lo mismo.

—¿Qué tipo de beso fue, exactamente?

—Lo empujé con fuerza contra la pared cuando entró a la habitación y le di un beso.

En todo caso, las cejas de Bob estaban en peligro de desaparecer bajo su flequillo.

—Imagino que Andrew estaba un poco harto de ser empujado.

—Supongo —convino Nathan—, porque me apartó bruscamente.

Perdí el control y, dando fuertes pisotones, me metí en el baño y cerré la puerta con seguro.

—¡Ay! ¿Cómo tomó tu berrinche?

—Fue un poco más que un berrinche —insistió Nathan.

Bob le dirigió una mirada de hermano mayor.

—Sí, claro. Entonces te has comportado como un idiota. ¿Qué más?

—Me senté en el inodoro y espere. No pasó nada.

—¿No tocó ni gritó?

—No. De hecho, al final abrí la puerta y me encontré que Andrew se había acostado.

Bob se quedó boquiabierto mirando a su hermano.

—¿Te refieres a que…?

Nathan asintió.

—Estaba desnudo, bajo las sábanas, y dormido.

—¡Dios! Necesito más cerveza, mucha más cerveza. No te muevas. —

Bob se levantó de la hamaca y se alejó hacia la casa.

—Y un biberón con leche para Daniel. Creo que va a despertar pronto

—le dijo Nathan antes de que se fuera.

—¿Quién te dijo que yo era tu sirviente? —se quejó Bob.

—Está bien; me levantaré y despertaré a Daniel, y tú tendrás que cuidarlo. —Nathan hizo ademán de levantarse.

—No, no. —Bob habló apresuradamente—. No se me ocurriría despertarlo después de la noche de insomnio que obviamente ha tenido.

Nathan fue magnánimo al no sonreír demasiado mientras lo veía partir.

Se echó hacia atrás y cerró los ojos, aunque no se durmió como antes. Esta vez los acontecimientos de esa noche no estaban reproduciéndose como una vieja película ante sus ojos. Bob tenía razón. Tenía que hablar con alguien sobre aquello. Alguien que no fuera Gabe o Gary o, Dios no lo permitiera, Andrew. Si iba a tomar alguna decisión sobre su vida, necesitaba el apoyo de su familia.

El tintineo de las botellas alertó a Nathan del regreso de su hermano, lo que le permitió estar preparado para el brusco balanceo de la hamaca. El movimiento de vaivén despertó a su pequeño hijo, quien se puso a llorar, y

unos minutos después, la leche caliente lo tranquilizó lo suficiente para que los dos hombres pudieran reanudar su conversación.

Bob esperó hasta que Daniel se acomodara antes de decir:

—¿Así que Andrew estaba roncando y tú…?

—Lívido.

—Me imagino. Entonces, ¿qué hiciste?

—¿Qué podía hacer, despertarlo? —inquirió Nathan—. Me desvestí y me metí en la cama, tratando de calmarme lo suficiente para dormir.

—¿Y lo hiciste?

—No. Estaba demasiado enojado. —Nathan sonrió con tristeza a su hermano. Cuando era niño su temperamento había sido legendario, y su hermano fue en su mayoría el receptor.

Bob le dirigió una mirada inquisitiva.

—Hasta ahora no he escuchado mucho más que un rápido toqueteo en una discoteca.

«¿Un rápido toqueteo? ¿Así es como mi hermano clasifica una mamada y una jodida?». Nathan se preguntó si él mismo era el extraño, si le estaba dando demasiada importancia. Tal vez lo era.

—Él no estaba dormido.

—¿Eh? —Fue increíble la cantidad de entonación que su hermano logró modular en una sola palabra.

Nathan negó con la cabeza.

«Cómo podría describir que había estado tendido allí en la oscuridad, con los puños apretados, deseando gritar a Andrew para despertarlo y… ¿Y

qué, rogar su atención? ¿Cómo podría describir cómo fue el silencio lo que le hizo darse cuenta de que Andrew fingía dormir? No había resoplidos, ni una respiración profunda, solo silencio; una expectante y silenciosa espera».

Se enderezó sabiendo lo que iba a hacer. ¿Lo más sensato, darse vuelta e irse a dormir? No. Se levantó de la cama y cuidadosamente, a tientas, caminó hacia la otra cama; llegó y se sentó, asegurándose de no hacerlo

sobre Andrew. No hubo ni un movimiento ni un ruido por parte de él, tampoco dio ninguna indicación de que estuviera despierto.

Nathan vaciló solo un momento, y luego le puso una mano en el hombro, diciendo:

—¿Drew?

Andrew hizo un pequeño ruido, casi un suspiro, casi un sollozo, y después estiró un brazo y tiró de él para darle un beso.

—Lo volviste besar —comentó su hermano—. ¿Fue un buen beso?

«¿Un buen beso? Este fue un beso como el de Westley y Botón de Oro, Shrek y Fiona, Brad y Angelina. ¡Pero aumentado mil millones de veces!».

—¿Eh?

Consternado, Nathan miró a su hermano.

—Sí, hermano mío. Lo has dicho en voz alta. —Bob ni siquiera trató de ocultar su sonrisa—. Así que, ¿fue un buen beso?

—¿No acabo de decir eso? —murmuró Nathan.

Daniel se terminó la última gota de leche del biberón, y después de unas cuantas esperanzadas succiones, soltó la tetina y miró a Nathan somnoliento. Sus mejillas aún parecían enrojecidas e hinchadas.

—¿Todavía estás cansado, hombrecito? —susurró Nathan, y lo apoyó sobre su hombro, dándole dulcemente palmaditas en su espalda. Daniel eructó perezosamente y, después de refunfuñar durante unos minutos, se volvió a dormir.

—Todavía parece un poco afiebrado —observó Bob.

—¿Esa es su opinión profesional, doctor Peterson?

Bob se rio.

—Es la del tío que espera dormir un poco esta noche. Así que lo besaste y estallaron fuegos artificiales. ¿Después qué?

Nathan acarició la espalda de Daniel. El bebé estaba caliente y pegajoso por el calor del verano, y Nathan se preguntó si debía llevar a

Daniel a la casa para darle un baño de agua fría. Cualquier cosa para evitar responder a la maldita pregunta.

—¿Nathan? —insistió su hermano.

—Entonces me hizo el amor.

Y eso es lo que lo hacía tan condena y aterradoramente real. Andrew no jodió con él o lo clavó contra el colchón. Le hizo el amor. Si hubiera sido otra mamada o un revolcón, habría sido increíble y más fácil de descartar como un hecho aislado. Pero desde el principio, Andrew le dejó claro que quería algo más que sexo.

Nathan rodó y se halló sobre su espalda. Andrew tiró de la sábana sobre sus cabezas, lo que los confinó en su propio mundo privado. Nathan estaba asustado por la intimidad de aquella acción. Por una fracción de segundo el impulso de salir fue casi abrumador; entonces Andrew acunó su cabeza con las manos y lo besó de nuevo, cualquier deseo de alejarse se derritió bajo sus labios.

Nathan no quería decirle a Bob cuán espléndido había sido Andrew, y cuán fácilmente le había hecho superar sus temores. No quería decirle cómo era ser reducido a tres palabras, a susurrar «Por favor» y «Más» mientras Andrew pasaba horas besando, lamiendo y tocándole el cuello y pecho, antes de que cualquier otra cosa pasara. No quería que Bob supiera lo que se sentía tener los dedos de Andrew enroscados alrededor de él, cuán correcto parecía el ser sostenido así. Y sobre todo, no quería hablar sobre lo que se sentía al ser penetrado por primera vez, primero por los dedos de Andrew, luego por su pene mientras le susurraba suaves palabras de apoyo en la oreja; el paso de «Es demasiado» a la arrebatadora sensación que le hizo proferir: «Más, ahora».

¿Cómo podía decirle a Bob que nunca se había sentido así cuando Alex y él hacían el amor? Que su bella esposa, a la que adoraba, nunca lo había conmovido de esa manera.

Alzó la vista y vio que Bob lo miraba fijamente, con una extraña expresión en su rostro. Era casi como si estuviera celoso.

—Estás muy callado —comentó Nathan.

Bob suspiró, dando golpecitos distraídamente en la parte superior de la botella vacía de su cerveza.

—Es mucho para procesar —admitió.

—Lo sé —convino Nathan—. Yo… Lo siento si piensas que he cometido un error, Bob.

Bob miró seriamente a su hermano.

—Creo que has hecho tu vida más complicada, y tienes que pensar mucho en lo que realmente quieres. Cielos, eres un padre maravilloso, un maestro excepcional, y has sido un gran esposo. Solo estás muy confundido en este momento.

—He sido un gran esposo. Ya no. He cometido adulterio. —Y, Dios, se le revolvía el estómago cada vez que pensaba en ello.

—Te has enamorado —señaló Bob. Se sentó, haciendo que la hamaca se columpiara violentamente—. No será fácil, cualquiera que sea la decisión que tomes.

Nathan sacudió la cabeza.

—No hay nada que decidir. Tengo una esposa y un hijo al que cuidar.

Bob le dirigió una mirada seria.

—¿Así que quieres convertirte en otro Andrew? ¿Atrapado en una relación en la que no quieres estar, porque no eres lo suficientemente valiente como para tomar lo que deseas?

Nathan no podía creer lo que su hermano estaba diciendo.

—Tengo un hijo que me necesita. Perderé mi trabajo si esto sale a la luz, si dejó a Alex por Andrew.

—Probablemente —convino Bob—. Pero hay otros trabajos de enseñanza, y eres un hombre decente. Apoyarías a Alex y Daniel.

—Es muy pronto, demasiado, para tomar esta decisión. —Las palpitaciones en la cabeza de Nathan estaban empezando de nuevo.

—Habla con Andrew. Por lo menos ten esa conversación —insistió Bob, mientras se bajaba sin gracia de la hamaca.

—¿Cómo sabes…?

Bob soltó un bufido.

—Porque soy tu hermano, estúpido. Y no he pasado la última hora escuchándote hablar de él, para no darme cuenta de que probablemente no has charlado con él desde esa noche. ¿Estoy en lo cierto?

—Sí, tienes razón. Es que parecía un poco difícil mantener una conversación a plena luz del día. —«Incluso si te despiertas con la cabeza en su pecho y la mano alrededor de su pene».

—Es hora de hacer algo maduro, hermano. Ahora voy a echarme una siesta, para amortiguar los efectos de las actividades de mi sobrino para esta noche. —Bob se inclinó y besó la parte superior de la cabeza de Daniel.

—Bob —dijo Nathan, repentinamente con la voz ronca—. Gracias.

Bob le revolvió el cabello, un gesto que había hecho desde que Nathan era un niño pequeño.

—No te preocupes. —Entró en la casa.

De nuevo a solas, excepto por el pequeño dormilón de su hijo, Nathan se mordió el labio mientras pensaba en su siguiente movimiento.

Marcó un número en su teléfono y esperó pacientemente.

—¿Andrew?

OceanofPDF.com