Nunca pasa nada

Sue Brown · Capítulo 10 de 21

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Nunca pasa nada

Capítulo 10

—YA HE regresado —anunció Andrew mientras entraba de espaldas hacia el pasillo con una enorme maleta, un trípode y una cámara en precario equilibrio en sus brazos—. ¿Compraste cervezas? Puedo ir a por ellas si no lo hiciste —dijo, sin esperar una respuesta. Trató de darle con el pie a la puerta para cerrarla, y maldijo cuando rebotó y chocó contra él, casi tirándolo.

—A ver, deja que te ayude. —Dos grandes manos se acercaron a él, tomando la bolsa y el trípode—. Gary está en la cocina con Gabe. Hallarás allí un montón de cerveza si llegas a ella antes de que lo hagan esos dos.

Un gran cuerpo caliente se pegó contra él por un breve momento, trayéndole recuerdos que había hecho todo lo posible por reprimir. Luego se alejó, dejándole el corazón trabado en su pecho.

—¿Na… Nathan?

Andrew se volvió lentamente y vio al hombre que lo perseguía en sueños de pie delante de él, sosteniendo el equipamiento de la cámara en sus brazos. Estaba sonriéndole tímidamente, como si no estuviera muy seguro de su recibimiento. Cristo, estaba fantástico, y más musculoso si ese breve roce entre ellos no le había mentido.

—Hola —dijo Nathan con voz ronca.

—Yo… tú… eh —tartamudeó Andrew, incapaz de formar una frase coherente, y se ruborizó cuando Nathan arqueó una ceja, claramente divertido por su balbuceo.

—También me alegro de verte. Vine con Gabe. Llegamos hace un par de horas.

Andrew frunció el ceño.

—Gary no mencionó que fueras a venir.

Nathan parecía avergonzado.

—Le pedí que no lo hiciera. Quería que fuera una sorpresa. Tenía la esperanza de que estuvieras contento de verme. Estás contento de verme,

¿verdad? —preguntó con incertidumbre.

—Sí, por supuesto —murmuró Andrew. Por supuesto que estaba contento de verlo. Pero podría haberle advertido para poder prepararse, reunir algunas defensas. Y no actuar como un estúpido cuando se vieran de nuevo. Dios, no quería mantener una conversación educada. Deseaba joder con él hasta la extenuación, allí mismo, en aquel momento, en la maldita alfombra del pasillo que olía a cerveza, cigarrillos y al gato callejero que parecía que le gustaba ir a visitarlos. Claro, como si eso fuera a pasar. ¿Para qué demonios estaba allí entonces?

La sonrisa de Nathan había flaqueado.

—Perdón. No pensé. Yo, eh, puedo encontrar un motel o algo así. —Se pasó una mano por el pelo, despeinándose.

Andrew quería arreglárselo como si se tratara de Colin.

—No, perdona, es que me he sorprendido mucho al encontrarte aquí.

Por supuesto que estoy contento de verte. ¿Cómo estás? ¿Qué tal Alex y Daniel? —Se apresuró a tranquilizarlo.

Nathan parecía incómodo. Eso era comprensible. Le estaba hablando sobre la mujer a la que le había sido infiel con él.

—Están bien. ¿De verdad no te importa que esté aquí? Quiero decir, no han pasado seis meses todavía.

Como si Andrew necesitara que le recordara la promesa que había conseguido de él. En realidad habían pasado cuatro meses y doce días,

¿pero quién llevaba la cuenta? Probablemente también podría decir cuántas horas si se lo pedían. ¿Por qué Nathan estaba allí?

—En serio, está bien. Deshagámonos de estas cosas y vayamos a por una cerveza.

Lo condujo a su habitación. Batallaron brevemente con el armario para guardar el equipo. Andrew cerró la puerta del desorden y se volvió para

mirar a Nathan, quien lo miraba fijamente. Esperó un minuto, pero Nathan no le dijo nada y su expresión tampoco cambió.

—¿Qué te pasa? —preguntó Andrew, moviéndose nerviosamente un poco ante el escrutinio.

—Has cambiado —comentó Nathan en voz baja.

Andrew frunció el ceño.

—Supongo que tengo el cabello un poco más largo. Y me salieron más pecas por el sol.

Sacudiendo la cabeza, Nathan dijo:

—Eso no es todo. Pareces más libre, más… —Su lengua se trabó en las siguientes palabras—. Más obviamente gay.

Andrew soltó un bufido.

—Amigo, soy gay. Tú más que nadie deberías saberlo.

—Pero antes no lo parecías.

—Ahora ya no vivo en los suburbios. Supongo que puedo ser un poco más abierto. He pasado la mitad de mi vida tratando de encajar en el rol de padre ideal heterosexual. ¿Puedes culparme por querer terminar con eso? —

La voz de Andrew se hizo más aguda hacia el final.

Nathan se acercó y le puso una mano en el brazo en un gesto tranquilizador.

—No he dicho que te culpé, o que me importe. Tienes muy buen aspecto. Las mechas rubias realmente te quedan bien. Solo necesito acostumbrarme, eso es todo.

—Pero no dejarías que te vieran caminando por la calle con un maricón —dijo Andrew amargamente, no realmente calmado.

Evidentemente no importaba lo que hubiera pasado entre ellos. Nate nunca haría frente a la idea de ser gay o por lo menos a la de ser bisexual. Estaba engañándose a sí mismo si pensaba de otra manera.

—Sí lo haría, contigo —dijo Nathan con sencillez, inclinándose hacia delante para besarlo.

Andrew se aferró a la camisa de Nathan, atrayéndolo para que cada parte de ese cuerpo musculoso estuviera contra él, y que lo partiera un rayo si el hombre no parecía más grande y más fuerte que nunca. Todos los asuntos y preocupaciones fueron olvidados en su deseo por tocar y sentirlo una vez más.

—No juegues conmigo —dijo intercalando entre cada palabra besos que se volvieron más salvajes a medida que se aproximaba el final de la orden. Andrew podía sentir los dedos de Nathan clavándose con más fuerza en su espalda.

—Te deseo —gimió Nathan contra sus labios, y después solo sus labios se tocaron mientras se desabotonaban las ropas con prisa por desnudarse: sin delicadeza, ni sutileza, solo con un deseo urgente por sentir piel.

Nathan no perdió el tiempo; una vez que ambos estuvieron desnudos, levantó a Andrew en sus brazos y lo arrojó sobre la cama. El chillido que soltó este, fue tragado cuando Nathan se colocó encima de él y de nuevo le cubrió la boca con la suya.

—¡Diablos! —gimió Andrew en su boca, y se retorció debajo de él; la acción provocó que sus penes se deslizaran uno contra el otro.

—¡Cristo! Deja de hacer eso, no voy a aguantar. —Nathan estaba prácticamente perforando su labio.

Andrew sonrió maliciosamente, moviéndose un poco, y Nathan gruñó, su desesperación vibró en la boca de Andrew.

La sonrisa desapareció cuando Nathan empujó sus caderas contra las de Andrew con tanta fuerza, que este siseó agudamente y tuvo que meter la mano entre ellos para sujetar la base de su pene.

—¿Algún problema, Drew? —preguntó Nathan mientras con una mano acariciaba la suave piel del costado y de la cadera de Andrew.

Andrew no se molestó en contestar, no podía concentrarse en poner

«acabar» y «joder» en una frase coherente. En lugar de eso, le empujó el hombro, esperando que lo entendiera. Hubo una corta pausa mientras se daba cuenta de lo que Andrew quería, y entonces obedientemente descendió hacia el pie de la cama para poder concentrarse en el asunto en cuestión.

Un largo lametón desde los testículos hasta la punta del miembro de Andrew, lo tuvo arqueándose fuera de la cama. Solo las enormes manos de Nathan colocadas en sus caderas lo detuvieron, y entonces se aferró a las sábanas, almohadas y todo lo que tenía a su alcance, mientras lo engullía.

—¡Joder, mierda! —gritó, sin importarle que probablemente podía ser oído por la mitad de los apartamentos. Nathan no le había hecho esto antes, pero era evidente que había estado tomando notas. Cada truco y giro que Andrew había hecho con él, estaba siendo devuelto con creces y, rayos,

¿qué era eso con la lengua?

Gimió por la pérdida cuando Nathan lo liberó, y lo siguiente que supo fue que estaba boca abajo, con una almohada debajo de sus caderas.

—¿Qué…? —Trató de mirarlo por encima de su hombro—. ¿Nate, estás seguro de esto?

Nathan le devolvió la mirada, con sus labios hinchados y brillantes.

—¿Quieres que me detenga?

—Claro que no.

—Entonces cállate y déjame continuar.

Andrew se calló, cualquier inquietud persistente fue silenciada por la cálida lengua lamiendo su columna vertebral. Siguió la curva de la columna hasta llegar a su trasero. Hubo una vacilación y luego recibió besos calientes en un glúteo, luego en el otro, hasta que esa lengua traviesa lamió sus testículos. Andrew no podía respirar correctamente, ni hablar; tampoco pensar más allá de: «Hazlo ya, por favor». El aire estaba atrapado en su pecho mientras sus bolas eran absorbidas por un calor acogedor. Todo su mundo se redujo a aquella cama y aquel hombre.

Se halló gimiendo en su almohada mientras Nathan lamía la delgada piel detrás de sus testículos y se trasladaba hasta penetrarlo con su lengua, abriéndolo con ella, una y otra vez; el calor, el sudor, la intensa excitación de eso obligándole a empujar contra la cara de Nathan. Este no pareció prestarle atención, y continuó lamiendo y penetrando hasta que Andrew le estuvo rogando que le permitiera correrse, «por favor».

—Que boca tan obscena tienes, Drew.

—Que lengua tan obscena tienes, Nate. Ahora ponla de nuevo en donde le corresponde —logró soltar Andrew.

Nathan lanzó una carcajada.

—¿Vas a suplicar?

—Por favor —suplicó Andrew. Era un hombre necesitado, y en ese momento lanzaría su vida por la borda si eso significaba que iba a conseguir que esa lengua regresara a donde la necesitaba.

—Me encanta oír tu voz. Áspera y necesitada —dijo Nathan antes de hacer lo que se le había pedido, penetrándolo con la lengua e introduciéndola tan lejos como podía, hasta que Andrew estuvo casi gimoteando en éxtasis.

Andrew necesitaba más.

—Jódeme —le ordenó.

—Sí.

Andrew se estiró y agarró el lubricante y los condones de la mesita de noche; después hubo un dedo preparándolo, y luego dos, dilatándolo para un enorme pene.

—Diablos, tus dedos son grandes —murmuró.

Nathan deslizó una mano alrededor de él para colocarla posesivamente en su vientre mientras lo invadía con sus dedos.

—¿Es demasiado para ti? —quiso saber, con los labios moviéndose en el cuello de Andrew.

—Nunca. —Andrew se atragantó, sintiendo los dedos deslizarse en su próstata. Protestó por la falta de estos cuando Nathan los retiró.

Nathan alzó ligeramente a Andrew, para luego bajarlo en su pene, embistiéndolo.

—¡Jesús!

—¡Diablos!

Ambos gritaron cuando la sensación los golpeó, y entonces no hubo marcha atrás. Andrew se sujetó a la cabecera para darle a Nathan el control

y este lo agarró de las caderas, lo suficientemente fuerte como para dejarle moratones, y se movió hacia dentro y fuera de Andrew, sin ritmo ni delicadeza, mientras se abría paso en él.

Andrew jadeó mientras sus testículos se endurecían, y entonces soltó una mano para tocarse; hilos blancos salieron disparados contra la cabecera y las almohadas de la cama. Más que oírlo, sintió el gemido de Nathan cuando alcanzó su propio orgasmo, y Andrew acabó sentado en el regazo del hombre mientras este se estremecía y jadeaba en su oído; al final se desplomó contra su espalda.

Pasaron varios minutos antes de que alguno de los dos reuniera la energía para moverse; Andrew disfrutaba de la resbaladiza intimidad del cuerpo de Nathan alrededor de él. Pero, al final, tuvo que moverse cuando un calambre amenazó los músculos de su muslo. Se separaron, y se apoyó en sus temblorosas piernas para ir a buscar una toalla con la que limpiarse.

Se la lanzó a Nathan y se subió de nuevo a la cama. Nathan se limpió y extendió una mano con la que atrajo a Andrew para acurrucarse con él en la cama.

—Realmente debería ir a saludar a Gabe —comentó Andrew, sin hacer ningún movimiento para abandonar la seguridad del abrazo de Nathan.

—Dentro de un rato —acordó Nathan.

Andrew cerró los ojos, solo por un minuto. Gabe podía esperar.

ANDREW SE despertó, y por un momento fue incapaz de procesar por qué había una persona caliente y sudorosa enroscada alrededor de él en su cama.

Entonces recordó y la más amplia sonrisa se deslizó por su rostro. Nathan estaba allí, en Los Ángeles, y lo había chupado y habían jodido sensacionalmente. No era de extrañar que su trasero estuviera dolorido.

No quería moverse, pero la naturaleza lo llamaba y la mano de Nathan estaba extendida en su vientre, presionando la vejiga, por lo que la necesidad era más urgente. Al final, se liberó suavemente, sonriendo mientras Nathan resoplaba en el cálido espacio que acababa de desocupar.

Se puso un pantalón deportivo y una camiseta, y se dirigió al baño para después ir en busca de una cerveza.

Andrew podía oír a Gabe y Gary jugando a Guitar Hero en la sala. Se arregló lo mejor que pudo y fue a donde estaban. El juego obviamente había terminado, porque Gabe le miró con una gran sonrisa extendida en su rostro.

—¿Has terminado de saludar a Nate?

Andrew se sonrojó un poco, pero se limitó a decir: «Sí», y fue a por la cerveza.

Unos minutos después, se sentó junto a su compañero de piso, con una botella en mano.

—No me dijiste que íbamos a tener invitados este fin de semana —le reprochó con suavidad.

Gary levantó las manos en señal de rendición.

—Me hicieron jurar que mantendría el secreto. Nathan quería que fuera una sorpresa.

—Sí, algo así ha sido. —Andrew le dirigió una mirada que decía que él se merecía más lealtad. Gary asintió, un poco en tono de disculpa.

—¿Dónde está mi chico? —preguntó Gabe, mientras se rascaba la pierna.

—Está durmiendo. —El color escarlata de nuevo se deslizó por el rostro de Andrew, pero mantuvo la compostura.

Gabe soltó una risita.

—Me lo imagino. Ha sido una semana muy complicada para Nate, con eso de que se enteró del nuevo bebé y todo.

Andrew se preguntó si era posible romperse en mil pedazos sin que nadie se diera cuenta. Ciertamente ni Gary ni Gabe parecían haberse dado cuenta de que estaba destrozado. Podía oír a Gabe balbuceando acerca de Nathan, Alex y el bebé.

«Bebé».

Nathan y Alex estaban esperando otro bebé y él no lo sabía. Había pensado —había dolor en su pecho— tontamente, como así fue, que Nathan finalmente había decidido que quería estar con él. Estúpido, estúpido…

Nadie lo quería. Dolor, sufrimiento… Alguien estaba gimiendo, tratando de respirar, necesitaba que se callaran para poder morir en paz…

—¿Andy?

«Dolor».

—¿Andy?

«¿Por qué Gary continua diciendo mi nombre?».

—Andy, amigo, mírame.

—¿Qué le pasa? ¿Por qué no está hablando?

Andrew podía oír a Gabe. Parecía presa del pánico. Quería preguntarle por qué, pero en realidad el dolor en su pecho era quien dominaba sus pensamientos.

—Está hiperventilando. Hay algunas bolsas de papel en uno de los cajones de la cocina. Ve y tráeme una de esas —ordenó Gary—. Andy, concéntrate en mi voz. —Parecía muy tranquilo. A Andrew le gustaba la calma. Quizá Gary pudiera barrer los pedazos de su corazón y tirarlos a la basura, entonces podría descansar—. Andy, respira en la bolsa.

Lo estaba intentando maldita sea, pero el dolor era demasiado.

… Respiración…

… Respiración…

… Respiración…

… Menos dolor…

—Bien, está bien ahora. Lo estás haciendo muy bien. —La mano de Gary frotaba suavemente de forma repetitiva en su espalda baja—. ¿Estás conmigo ahora?

Andrew asintió y se apoyó en Gary. Un vaso de agua se presionó en su mano y bebió de este despacio. Levantó la mirada y vio el rostro preocupado de Gabe a centímetros del suyo.

—Perdón por asustaros —se disculpó débilmente.

Gabe le dio unas palmaditas en el brazo.

—Cielos, eso ha sido aterrador. Pensé que estabas teniendo un ataque al corazón. ¿Estás bien ahora, amigo?

—Sí, parece más dramático de lo que es. Estoy bien.

—Pero, ¿por qué tú…? Oh, mierda, no lo sabías, ¿verdad? No te lo ha dicho. ¡Ese estúpido hijo de puta no te ha dicho lo del bebé! —La voz de Gabe se elevó con agitación.

Andrew jadeó cuando su pecho tuvo otra punzada. Gary lo abrazó acercándolo y dijo:

—Cállate, Gabe. Tiene que mantenerse calmado ahora.

—Lo siento —murmuró Gabe—. Pero…

—No sabía lo del bebé —confirmó Andrew, deseando poder ir a acostarse en su cama.

—¿Qué está pasando? —La aguda voz de Nathan cortó sus pensamientos mientras este lo miraba en los brazos de Gary—. Drew, ¿qué ha pasado?

Andrew no le hizo caso y se volvió hacia Gary.

—Tengo que hacer una llamada telefónica. ¿Me puedes pedir un taxi?

—Por supuesto. —Gary asintió y le ayudó a ponerse en pie, sirviéndole de apoyo cuando se tambaleó ligeramente.

—Drew, ¿a dónde vas? ¿Qué está pasando? —preguntó Nathan con incertidumbre. Por la indiferencia de los demás, parecía que fuera transparente.

—Asegúrate de que se haya ido cuando regrese —le dijo Andrew a Gary—. Voy a quedarme con Rich esta noche.

—¿Rich? ¿Quién es Rich? Andrew, ¿por qué me dejas? —Nathan se movió hacia adelante para impedirle que se fuera de la sala.

—Fuera de nuestro camino —le advirtió Gary, con un toque de disgusto en su voz.

—Le he dicho lo del bebé —aclaró Gabe rápidamente, antes de que Nathan pudiera decir algo más.

Andrew observó la deformación de la cara de Nathan. Cualquier esperanza de que todo hubiera sido un gran error, desapareció, y con la ayuda de Gary, pasó junto a él y entró en su habitación para tomar su teléfono.

La habitación olía a sexo. Al sexo que habían tenido. Andrew quería vomitar. Sin decir una palabra, Gary empujó a Andrew sobre la cama y se fue a abrir una ventana. Su teléfono estaba en la mesita de noche donde lo había puesto antes. Gary marcó el número y se lo entregó a Andrew cuando empezó a sonar.

—¿Hola, Andy?

Andrew apretó el teléfono con fuerza al oír la voz sorprendida de Rich.

Trató de hablar pero su garganta se había atascado.

—¿Estás bien? —oyó que preguntaba Rich.

Gary le arrebató el teléfono y habló.

—¿Rich? Sí, bien, gracias. Escucha, Andy necesita un lugar para pasar la noche. ¿Está bien si lo mando para tu casa? Puede tomar un taxi. —Hubo una pausa, y luego—: Se lo diré. Como en unos quince minutos. Sí, nos vemos dentro de un rato.

Puso el teléfono donde lo encontró y comenzó a rebuscar en los cajones de Andrew.

—Vendrá a recogerte.

—¿Qué? No, quiero decir, puedo tomar un taxi —protestó Andrew.

Gary se encogió de hombros.

—Rich ha insistido, y por una vez, creo que tiene razón. ¿Esta ropa está bien? —dijo, mostrándole lo que había metido en una pequeña maleta.

Andrew asintió con indiferencia. Estaba demasiado cansado para discutir con Gary.

Hubo un quedo toque en la puerta y Nathan entró; Gabe lo seguía. Si Andrew hubiera tenido la energía, se habría reído de la forma en que Gary

se colocó entre él y Nathan.

—¿Qué quieres?

Nathan se detuvo en cuanto entró en la habitación.

—Solo quiero hablar con Andrew —le respondió.

Gary resopló.

—Hombre, eso debiste hacer hace un par de horas. Ahora es un poco tarde para eso.

—No quise… Yo solo… —intentó Nathan.

—¿Un revolcón de despedida? —Andrew se levantó con cansancio—.

Está bien, Gary. Lo entiendo, Nate, de verdad. Viniste a decírmelo en persona, supongo que debería estarte agradecido por eso.

Nathan apartó a Gary para ponerse frente a Andrew. Extendió la mano para sujetarlo, pero se detuvo cuando lo vio alejarse.

—No vine para eso. Quería… quería explicar por qué…

—Vaya forma de explicar —gruñó Gary.

—Cállate, Gary —dijeron los dos.

—Solo quería volver a verte —dijo Nathan con impotencia—. Ella…

No puedo dejarla con dos bebés. Pero cuando te vi…

—Lo que sea. —Andrew estaba cansado de ser razonable y no quería escuchar excusas. Agarró la maleta y el teléfono, y lo esquivó por segunda vez, liberándose de la mano que Nathan extendió para detenerlo.

El timbre de la puerta sonó. Andrew fue a abrir la puerta. Como era de esperar, se trataba de Rich; su semblante era de preocupación. Envolvió a Andrew en un rápido abrazo y le dio un beso en la parte superior de su cabeza.

—Gracias por venir tan rápido —murmuró Andrew, enterrando el rostro en su hombro. Notó que Rich le acariciaba la cabeza.

—No hay problema. ¿Estás listo?

Andrew asintió y salió sin molestarse en decir adiós.

—Por favor, Andrew, no te vayas. Tenemos que hablar.

Endureciendo su expresión, Andrew se giró hacia Nathan.

—Lo entiendo, de verdad. No puedes dejar a tu esposa y eres un hombre decente. Pero no voy a esperar ni a fingir más. Vuelve con tu esposa y tus hijos. No voy a molestarte. Volveré mañana. Asegúrate de haberte marchado para entonces. Adiós, Gabe. —Volvió su atención a Rich

—. Vayámonos de aquí.

Rich deslizó su brazo alrededor del hombro de Andrew y lo condujo fuera del apartamento. Y casi valió la pena escuchar a Nathan decir furiosamente: «¿Quién diablos es Rich?», y a Gary: «No es tu puto asunto», cuando la puerta se cerró detrás de ellos.

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