Nunca pasa nada
Capítulo 15
LA MÁQUINA de afeitar eléctrica zumbaba sobre su barbilla mientras Nathan se preparaba para ir a la escuela. El espejo mostraba una sombra negro mate bajo sus ojos, y bostezó con cansancio. Sería difícil no quedarse dormido en el trascurso del día. La fotos para su madre habían sido tomadas los dos días anteriores, y había sido uno de los fines de semana físicamente más agotadores que había tenido en mucho tiempo. ¿Cuándo fue la última vez que había intentado una voltereta lateral, por amor de Dios? Pero al menos ahora todo había terminado, y tal vez podría olvidarse de la montaña rusa Big One por un tiempo.
¿De la Big One? Nathan sonrió mientras la afeitadora se hacía cargo de la barba debajo de su mentón; no se olvidaría pronto de esa hija de puta.
Tenía ocho años cuando sus padres lo llevaron a la feria estatal. Para sus jóvenes ojos, era una vista increíble; el color, el ruido y la presión de tanta gente abrumándolo. Sostuvo firmemente la mano de su madre, mirando de un lado a otro, y fue entonces cuando la vio: la Big One. Era enorme, llena de giros y vueltas, curvas y espirales, y supo que tenía que subir en ella.
Estaba allí esperándolo, llamándolo. Le rogó a su padre para que le permitiera subir a la montaña rusa, usó cada súplica que su joven mente pudo conjurar.
Su madre negó con la cabeza y dijo que era demasiado joven, pero para sorpresa y completo asombro de Nathan, su padre dijo que si era lo suficientemente alto, se le permitiría subir con ellos. Su madre abrió la boca para discutir, pero su padre tranquilamente le tendió la mano y le dijo a su esposa que era su decisión y que era firme.
Nathan miró a su madre, quien generalmente era la que mandaba en la familia, y luego a su padre, quien estaba contento de que fuera de esa
manera. Quería decir algo, pero un duro pellizco en su hombro por parte de Bob le dijo: «Cállate, obtuviste lo que querías», así que tomó la mano de su padre sin decir palabra.
Su madre le dirigió una mirada dura a su padre, que indicaba que aquello aún no había terminado, pero no dijo nada más, simplemente sujetó la otra mano de Nathan y lo acompañó en la larga, larga fila para la Big One.
Por un momento, mientras estaba formado y se acercaba cada vez más la hora de subirse a la montaña rusa, Nathan empezó a tener dudas. A pesar de ser alto para su edad, admitió para sí mismo que tenía un poco de miedo por el tamaño del artefacto.
Su madre había estado observando su rostro.
—No es demasiado tarde para salir de la fila, cariño. Podemos encontrar otra cosa a la que subirte —dijo astutamente, apretando sus hombros en un abrazo de madre e hijo.
Pero Nathan no iba a echarse atrás, sin importar cuán temible pareciera la enorme montaña rusa, que se alzaba amenazadora ante él, y una vez que estuvo allí, atado al lado de su padre, una vez que su estómago hubo caído en picado y gritado al dar la vuelta, se dio cuenta de que había aprendido una valiosa lección ese día.
No importaba cuán grande fuera la atracción, la anticipación era mucho peor que el acontecimiento real.
Así que las fotos de los Peterson que se tomaron en la casa de Rich junto al lago, habían sido solo otra Big One.
¿No era así?
Bueno, sí, hasta cierto punto lo fueron. Toda su relación con Andrew había sido como subir a la Big One: las subidas y bajadas de su amor, la revoltura en el estómago por sus peleas y separaciones, y los muy, muy escasos momentos de calma en su amistad. Pero Nathan había estado tratando con una sensación, una que no sabía de qué, una que se hizo más fuerte cuando la mañana del sábado de la sesión fotográfica había llegado.
Y esta vez, no estaba cien por ciento seguro de qué era lo que anticipaba,
solo sabía que tenía todo el potencial para terminar saliéndose de los carriles y estrellándose en el suelo
Solo que no sucedió.
No acabó en un completo desastre. Nathan había esperado pasar el fin de semana con la sensación de muchos nudos en su interior, pero descubrió que había sido uno de los mejores que había experimentado en su vida, y la mayoría de eso fue debido a la hospitalidad de Rich y la profesionalidad de Andrew como fotógrafo. Por primera vez se dio cuenta de por qué Andrew era tan bueno en lo que hacía. Incluso si el bastardo le hizo dar volteretas laterales sobre la hierba.
También descubrió lo bien que besaba Rich.
Nathan pensó en el fin de semana mientras usaba el hilo dental. Era un caleidoscopio de imágenes, de perezosos días soleados y de los niños de Bob chillando de risa mientras Colin los perseguía por todo el patio. La visión de su madre soltado lágrimas de felicidad —y de tristeza cuando creía que nadie la estaba mirando— por ver reunidos a los restos de su familia. De Alex y Stephanie murmurando sobre la revista de bebés que sostenían mientras Stephanie apoyaba la mano sobre su vientre todavía plano; ella había dado la noticia del próximo nacimiento mientras estaban sentados a la mesa almorzando. Andrew con sus cámaras y las luces, Colin asistiéndolo con Daniel agarrado alrededor de su pierna, y todo el tiempo la presencia de Amy Peterson estuvo con ellos. Por primera vez en mucho tiempo, los Peterson hablaron de ella con amor y afecto, convirtiéndose de nuevo en parte de ellos.
El que la casa fuera grande fue algo bueno, ya que entre la familia Peterson y los Matthews, ocuparon una gran cantidad de espacio. Andrew había invitado a Stephanie, Joe y Colin para que pudieran ayudar a entretener a todos entre las fotografías. Personalmente, también le parecía que para Nathan y Alex podría ser menos incómodo con sus amigos allí. No había invitado a Gary y Gabe esta vez, puesto que se suponía que aquello era un asunto de familia. Resultó que Gary estaba de gira con la banda y de todos modos no habría podido ir. Rich se había puesto firme en no invitar también a Ruth y Nick. Su excusa era que no había espacio, pero todos
sabían que él no permitiría que su homofóbica suegra pusiera un pie en su casa.
Andrew tomó cientos de fotos formales e informales de los Peterson, determinado a darle un día memorable a toda la familia. Fotos de los nietos jugando, Nathan y Bob con sus esposas, Teresa y John con sus hijos.
Andrew hizo que el proceso fuera divertido, incluso consiguiendo que los hombres dieran volteretas laterales sobre la hierba, logrando que todos huyeran de ellos por la manera en que sus extremidades se agitaban.
Rich había organizado una cena de gala a última hora de la tarde para que los niños pudieran unirse a ella. Y para impedir que Daniel y Jess estuvieran completamente cansados y fastidiosos, Alex había insistido en llevarlos a que descansaran en su habitación. Ambos estaban cansados por todo el juego, por lo que felizmente se sentaron a ver Plaza Sésamo durante un rato. Alex tuvo la oportunidad de bañarse y Nathan sacó a los perros a pasear alrededor del lago.
El sol se estaba poniendo, proyectando en el agua un resplandor entre naranja y rosado. Era muy hermoso y pacífico. Nathan aprovechó la oportunidad para quedarse allí durante unos minutos, observando la actividad de las aves en el lago.
—En momentos como este es cuando le doy gracias a Dios por esta vista.
Nathan se sobresaltó; había estado tan perdido en sus propios pensamientos que no había oído a Rich aproximársele. Se volvió para mirar al hombre, quien estaba mirando hacia el lago. Nathan se sorprendió de lo cansado que parecía; las líneas de su rostro estaban mucho más marcadas, haciéndolo parecer más viejo de lo que realmente era. Rich se giró para mirarle, y Nathan se sonrojó, avergonzándose por ser descubierto observándolo.
—Tienes suerte de tener esto —dijo rápidamente.
—Sí —convino Rich.
Se volvió para sentarse sobre un tronco caído justo detrás de ellos y le dio unas palmaditas al espacio junto a él. Un poco incómodo, Nathan se
sentó a su lado. Tyler y Ruby no parecían demasiado molestos por interrumpir su paseo y alegremente se entretuvieron en la orilla del agua.
—¿Te contó Andrew cómo terminé siendo dueño de esta propiedad?
La pregunta fue tan inesperada, que Nathan se limitó a mirarlo.
—Eh, no.
Rich sonrió y se recostó contra el tronco del árbol que estaba convenientemente detrás de su improvisado asiento.
—Mi pareja anterior, Paul, era el dueño.
—No sabía que habías estado antes en una relación formal con alguien
—dijo Nathan con nerviosismo—. Realmente no lo…
—Discutiste con Andrew —interrumpió Rich—. Lo sé. No creo que estéis precisamente pensando en mí cuando estáis juntos.
¿Qué podía decir ante eso?
—Yo… eh… —«¿Estoy demasiado ocupado teniendo sexo con él, como para hablar de ti?».
Rich le dio unas palmaditas en la mano.
—Está bien, Nathan. Paul murió hace diez años.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos?
—Unos quince años. Era… Bueno, era VIH positivo. Los medicamentos dejaron de funcionar al final.
—Lo siento mucho, Rich. —Nathan quería poner su brazo alrededor de él, realmente lamentaba lo que había tenido que pasar, pero se contuvo, no sabiendo si hacerlo era apropiado.
Rich se encogió de hombros.
—Yo también. De todos modos, no es por eso por lo que estamos teniendo esta conversación.
—¿Vas a decirme por qué estamos teniendo esta conversación? ¿O es otra de esas enigmáticas sandeces gay que sigo teniendo con Andrew? —La paciencia de Nathan se estaba agotando.
Riendo, Rich dijo:
—¿Cómo diablos es que tú y Andrew alguna vez dejáis de quejaros el uno del otro?
—Quién sabe —admitió Nathan, con una leve sonrisa curvando su boca.
—Paul también heredó este lugar de su pareja anterior. Es una especie de legado de paz para nosotros. Un lugar para cuando el mundo exterior es demasiado. Voy a dejárselo a Andrew cuando yo muera.
—¿Qué?
—Oh, no estés tan asustado. No estoy a punto de fallecer. Solo te estoy hablando acerca de esta casa, de su historia especial. Vengo aquí cuando quiero pensar, ¿sabes?
Francamente, Nathan no lo entendía. Era una linda historia, pero ¿qué tenía que ver con él?
Rich se volvió hacia él. Nathan notó los penetrantes ojos grises que tenía.
—Si alguna vez tienes que pensar…, en algún lugar tranquilo…, puedes venir siempre aquí —añadió Rich.
—¿Qué te hace pensar que tengo que pensar?
—Hombre, podrías decir simplemente gracias.
Ambos levantaron la vista y vieron a Andrew, cámara en mano. Tenía una ceja arqueada y miraba a Nathan.
Un poco avergonzado, Nathan levantó la mano en señal de rendición.
—Lo siento, he sido un ingrato. Gracias. Si necesitó un lugar para pensar, te llamaré.
Rich asintió.
—La oferta siempre estará abierta, Nathan. Andrew, ¿tengo que volver?
—Todavía no. Los del servicio de comidas aún no han terminado.
Dijeron que como en media hora. Iré a ducharme.
—Entonces caminaré con Nathan de regreso.
Andrew se inclinó y lo besó. Se despidió de Nathan con una inclinación de cabeza y se volvió por donde había venido.
—Los perros no han aprovechado mucho el paseo —dijo Rich mientras se ponía de pie.
—Han pasado toda la tarde persiguiendo a los niños alrededor del jardín. Creo que estarán bien. Ya no son jóvenes.
Los dos hombres siguieron a Andrew a la casa. Y cuando esta estuvo a la vista, Nathan se detuvo. Rich se dio la vuelta, sorprendido. Nathan tragó saliva un par de veces y después preguntó:
—Rich, ¿eres VIH positivo?
Rich no parecía ofendido por la pregunta.
—No. Paul supo que lo era antes de que estuviéramos juntos. Me mantuvo a salvo. ¿Por qué lo preguntas?
—Andrew… yo… Alex… los niños. —Nathan no podía conseguir una frase coherente, pero Rich pareció entender.
—Lo entiendo. No soy positivo, y nos hacemos la prueba con regularidad.
—Lo siento. —Nathan se sentía como un miserable, pero había tenido que preguntar.
—No lo sientas. Ha sido una pregunta justa. Tú y yo estamos unidos por nuestro amor a Andrew. ¿Crees que él te habría puesto en peligro o, Dios no lo quiera, a Alex y tus hijos? —cuestionó Rich, en un tono que sonó más agudo ahora.
Nathan suspiró y se pasó una mano por su cabello.
—No, por supuesto que no. Y siempre hemos usado condones. Es solo que nunca se me había ocurrido… la posibilidad del sida. Ya sabes, con toda esta otra mierda que ha pasado. Ha sido bastante difícil hacer frente a acostarme con un hombre y ser infiel.
—Cuando lo pones así… —dijo Rich secamente—. ¿Para qué demonios crees que eran los condones?
Nathan se sintió como un idiota. Abrió la boca para disculparse de nuevo, pero de repente Rich se encontró en su espacio personal, poniendo la boca sobre la suya. No estaba moviéndola, sino aguardando, y Nathan no sabía qué diablos hacer. Hasta que se dio por vencido y se acercó más aún, dejando a Rich a cargo. Y aquel hombre realmente podía besar, tanto con sus suaves labios como con la lengua. Justo cuando Nathan se adecuó al ritmo, Rich dio un paso atrás con un gemido de satisfacción, logrando que el más joven lo mirara con incertidumbre. Él tampoco parecía muy centrado mientras se tambaleaba ligeramente.
—Ya veo por qué le gustas tanto —dijo Rich.
—Mmm… —balbuceó Nathan incoherentemente al tiempo que llevaba un dedo a sus labios hinchados.
—Ven, vamos a cenar algo.
Rich le sonrió y retomó su camino, no esperando a que el cerebro y cuerpo de Nathan se coordinaran. Este observó al hombre entrar en la casa, y Tyler tocó su mano con el hocico como si estuviera sugiriéndole que se moviera. Acarició la cabeza del perro y siguió a Rich a la casa. En el momento en que llegó a su habitación, cualquier intención de pensar que hubiera tenido, desapareció con la algarabía de arreglar a dos niños para ir a la cena.
EL FIN de semana concluyó con un almuerzo, café y el último juego de los niños. A media mañana, los agotados adultos descansaban en el gran salón, con Colin y los niños jugando con un enorme tren sobre el piso de madera.
Los padres de Nathan estaban sentados junto a él, con el ordenador portátil de Andrew sobre la mesa delante de ellos, revisando todas las fotos que se había tomado. Stephanie estaba descansando; las náuseas matutinas comenzaban a afectarla. Alex y Joe estaban leyendo en el porche. Bob, su esposa y sus hijos habían salido temprano esa mañana porque les esperaba un largo viaje. Nathan no estaba seguro de dónde estaban Rich y Andrew.
Un ruido extraño llamó su atención. Alzó la vista y se percató de que su madre deslizaba un dedo por sus ojos. Su atención se centraba por
completo en una foto de Bob y Nathan bajo uno de los gigantescos árboles, con sus hijos en el regazo y con los perros a sus pies.
—Mamá, ¿qué te pasa? —Nathan puso un brazo alrededor de los hombros de Teresa, sintiéndolos sacudirse un poco.
—A veces me pregunto si Amy tendrá hijos. ¿Cuántos años tendrían?
¿Niños o niñas? —Su madre sorbió ligeramente mientras miraba la pantalla
—. ¿Alguna vez lo sabremos?
Sintiéndose inútil, Nathan miró a su padre sobre la cabeza de su madre. John negó con la cabeza y atrajo suavemente a Teresa a sus brazos.
—Vamos, cariño, vamos a ver a los demás antes de que vayamos a almorzar.
Andrew había prometido enviárselas a todos por correo electrónico, para que escogieran sus favoritas. Nathan y Bob iban a obsequiarles a sus padres una gran foto familiar enmarcada. Andrew les había ofrecido dárselas sin costo, pero ellos insistieron en pagar por la grande.
Teresa seguía mirando el resto de las fotos cuando se detuvo en una de Nathan. Había estado jugando a las peleas con Daniel; su pelo estaba despeinado y sus mejillas coloradas. Nathan pensó que parecía un idiota, pero su madre se detuvo, no haciendo clic con el ratón para pasar a la siguiente.
—Ese chico te quiere de verdad —dijo ella, todavía centrada en la fotografía.
—¿Mamá? —dijo Nathan con incertidumbre. Sabía que ella estaba al tanto de la relación entre él y Andrew desde antes de que Jess naciera, porque había sido lo suficientemente honesto como para pedirle su ayuda, pero desde entonces no le había hablado de él en absoluto. Estaba bastante seguro de que Alex tampoco había dicho nada, ya que aunque ella y sus padres se llevaban bien, no tenían una relación muy estrecha.
—Oh, Nathan, solo tienes que mirar esta foto para saber lo que siente por ti.
—Es solo una foto, mamá. Mírame. ¡Parece que acabo de levantarme!
—protestó Nathan.
—Te adora y eso se nota —respondió ella, y su padre asintió.
—Tu madre tiene razón, Nathan.
Teresa, de pronto, fijó su mirada en él y Nathan se sintió como si tuviera seis años otra vez y lo hubieran descubierto con las manos en la masa.
—¿Lo vuestro, todavía sigue?
Nathan abrió la boca para negarlo. Nada bueno vendría de ella si sabía la verdad.
—Sí. —Agachó la cabeza—. Lo siento mucho.
Su madre suspiró y se acercó a él, apretándole ligeramente el brazo.
—No es conmigo con quien deberías disculparte. ¿Alex lo sabe? ¿Y
qué pasa con ese adorable hombre que está con él?
—Rich lo sabe. No sucede muy a menudo y solo es con su permiso. Y
Alex… No hablamos de ello. Realmente ya no estamos tan unidos. —Fue una admisión enorme, era la primera vez que Nathan admitía a alguien que su matrimonio estaba fracturado, tal vez sin remedio, y pudo oír su voz temblar cuando pronunció las palabras en voz alta.
Su madre suspiró.
—¿Qué diablos os ha pasado? Estabais muy unidos, erais muy felices.
Os mudasteis a Castleton y todo salió mal.
Era algo que Nathan pensaba a menudo. ¿Alex y él seguirían todavía felizmente casados si nunca hubiera conocido a Andrew? Quizás.
Probablemente. Pero entonces, ¿Nathan se habría conformado con tener una tranquila y suburbana existencia durante toda su vida, en la que nunca pasara nada? ¿Habría tenido idea de que la Big One estaba allí?
—Vamos a solucionarlo, mamá. Tenemos que hacerlo, por el bien de Daniel y Jessie. Además, Andrew y yo solo somos amigos.
Miró al otro lado de la habitación. Andrew acababa de entrar. Llevaba puesto un suéter de color azul claro, el cual se ceñía su torso. La luz solar proveniente de los ventanales captaba las mechas rubias en su cabello.
Andrew miró a su alrededor, vio a Nathan y sonrió; sus ojos se arrugaron en
las esquinas. Automáticamente este le devolvió la sonrisa, y por un breve momento pareció que eran las únicas personas en la habitación. Entonces Daniel corrió hacia Andrew y lanzó los brazos alrededor de sus piernas, y Andrew miró hacia abajo, rompiendo el hechizo.
Nathan miró hacia otro lado y encontró a su madre observándolo especulativamente.
—Creo que… —comenzó ella.
—¿Qué?
—Creo que realmente necesitas pensar en esto, hijo. Fuiste educado para hacer lo correcto. ¿Estás realmente siendo justo con Alex?
—¿Qué más puedo hacer, mamá? —preguntó Nathan con desesperanza.
Su madre lo atrajo hacia su hombro. Y él no quería hacer nada más que descansar la cabeza ahí, y dejar que ella lidiara con todos sus problemas.
—Es más difícil ahora, pero no es demasiado tarde para que encuentres una nueva vida, cariño. No te criamos para que engañaras a tu esposa. Eras muy joven cuando te casaste, y tal vez pareció que era lo correcto, por el bebé, pero Nate, no puedes seguir mintiendo a Alex. —Ella se aferró a él cuando trató de apartarse—. Tampoco te criamos para que te mintieras ti mismo. Amas a Andrew y él ciertamente te ama.
—Está con alguien más ahora —señaló Nathan.
—Andrew te ama —dijo su madre simplemente.
—Pero…
Para su sorpresa, su padre tomó la palabra. Normalmente le dejaba todos los asuntos de la familia a su esposa.
—No hay peros, hijo. Tienes casi treinta años. Es hora de madurar y ser un hombre. Ya sea que elijas a Alex o a Andrew, tendrás que cuidar de tu familia, y sabes que te ayudaremos lo mejor que podamos.
Nathan miró a Andrew y después a sus hijos jugando inocentemente en el suelo con los trenes. No era tan sencillo. Había vuelto a ponerse en la fila
para la Big One, y de alguna manera no creía que su madre le fuera a permitir desertar en esta ocasión.
LA BREVE discusión de Nathan con su madre, lo había dejado enojado e inquieto. Sabía en su corazón que ella tenía razón. Ya era hora de que pasara por otra cúspide de la montaña rusa y encontrara un nuevo trabajo, tal vez incluso consiguiera un ascenso. Había recorrido un largo camino desde sus primeros días en la escuela Castleton. Puede que ahora fuera el momento de salir de la zona y encontrar otra escuela y otro cuerpo de bomberos con el que tener trato.
Sonrió con tristeza mientras arreglaba su aula después de que la campana sonara. Tenía suerte de tener como director a una persona comprensiva. No muchos habrían tolerado la cantidad de veces que la alarma de incendio había sonado en los primeros días de su nueva profesión. Nathan tenía la impresión de que el director, el señor Skinner, había visto algo en él que era digno de apoyar, a pesar de su predilección evidente por la pirotecnia.
Andrew y él eran como magnesio y aire. Solo un breve contacto y las llamas emergían. No era que él quisiera dejar su casa y su trabajo. Era lo que deseaba… No, lo que necesitaba para reclamar su vida. Parecía que el mundo giraba alrededor de sus hijos y sus momentos fugaces con un hombre que lo tenía en su órbita de la misma manera que la Tierra giraba alrededor del Sol. Durante demasiado tiempo, Nathan solo se había sentido vivo cuando era envuelto por el calor de Daniel y Jess, o por la ardiente luz que Andrew representaba. Era el momento de alejarse de la atracción gravitatoria de esa relación destructiva.
Rayos. Había estado alargando el proyecto espacial demasiado tiempo.
Incluso sus metáforas eran un cliché.
Limpió lentamente la pizarra y se aseguró de que su escritorio estuviera ordenado. Al salir del aula, la secretaria de dirección estaba caminando hacia él con una expresión de alivio.
—¡Nathan! Todavía estás aquí. Gracias a Dios. El director quiere verte en su oficina antes de que te vayas.
Frunciendo el ceño mientras miraba su reloj, Nathan preguntó:
—¿Es importante, Susan? Le prometí a Daniel que esta tarde lo llevaría con Colin al parque.
Susan había estado en la escuela durante años. El tiempo suficiente para recordar todavía al menos a uno de los males de su existencia. Se estremeció delicadamente mientras lo miraba por encima de sus lentes de armazón dorado.
—Matthews sigue manteniéndote entretenido, ya veo. Entonces él y Bobby no han logrado explotarse a sí mismos
Nathan sonrió.
—Todavía no, Susan. Se ha calmado mucho desde que salió de aquí.
Ella le devolvió la sonrisa, y luego puso su rostro serio.
—¿Y Andrew? ¿Cómo está? ¿Sigue bien?
Por un momento Nathan se quedó perplejo. ¿Cómo podía Susan conocer a Andrew, si habían tenido un contacto mínimo en las reuniones entre padres y maestros? Por no hablar de cómo podía saber que Andrew había estado enfermo. Entonces recordó que este solía tomar las fotografías escolares.
Percatándose de su expresión, Susan añadió:
—Hace un tiempo me encontré con Allison en la ciudad. Me contó que Andrew había estado… —Nathan observó como ella buscaba un eufemismo conveniente—. Desanimado.
«Apuesto a que no fue así como Allison lo describió», pensó con cinismo.
—Está bien ahora, gracias. Tiene un buen negocio en Los Ángeles y está casado.
Una de las cejas de Susan se elevó casi cómicamente.
—¿Casado? Pero me enteré de que estaba saliendo con alguien. Yo, eh, pensé que se trataba de un hombre.
Nathan reprimió un suspiro. Realmente no quería estar discutiendo la vida privada de Andrew con la secretaria en medio del pasillo, aunque
aparentemente este estaba desierto. Con un esfuerzo, mantuvo el control de su temperamento.
—Está casado con ese mismo hombre. Su nombre es Rich. Pensé que Allison habría esparcido ese chisme. Ahora, si me disculpas, iré a ver al señor Skinner a su oficina.
Se alejó sin aguardar a que Susan le respondiera, pero pudo sentir los ojos de ella clavados en su espalda todo el camino por el pasillo.
Eso simplemente confirmó su resolución de que había llegado el momento de abandonar Castleton.
Hasta que el director abrió la boca.
—¿Ascenso? —Nathan lo miró fijamente—. ¿Me quiere ofrecer un ascenso?
—No exactamente —corrigió su jefe—. Quiero que te presentes para la vacante. Tengo que entrevistar a todos los posibles candidatos.
Simplemente estoy pidiéndote que la solicites.
—Pero ¿por qué yo?
Los labios del señor Skinner se contrajeron.
—¿No crees que eres lo suficientemente bueno para el ascenso?
—¡No! ¡Quiero decir, sí! Quiero decir… Oh, diablos, no estoy seguro de lo que quiero decir. —Nathan se pasó las manos por el despeinado cabello. Necesitaba con urgencia un corte. Pero entonces recordó las manos de Andrew moviéndose a través de los mechones mientras bailaban, mientras se besaban. Era un vínculo con esa noche, al igual que la camisa sin lavar que cuidadosamente había doblado y guardado en su armario. La sacaba de vez en cuando y hundía la nariz en la tela, tratando de detectar el último rastro persistente de la colonia Andrew.
—¿Nathan?
Fue traído de vuelta al presente por la voz de su director. Sonrojándose culpablemente, se disculpó por su falta de atención.
—Lo siento. Sí, me gustaría solicitar el trabajo. Gracias por pensar en mí.
Skinner asintió.
—Susan puede darte los impresos y detalles. Te entrevistaremos la próxima semana.
Nathan frunció el ceño.
—¿Tengo que repasar algo? —Quería estar lo más preparado posible para aquella entrevista.
—Estarás bien. Las preguntas que te harán no van más allá de tus capacidades actuales. No creo que te hayas dado cuenta de lo mucho que animas a sus compañeros docentes, particularmente a los involucrados con las ciencias y matemáticas. —El director le sonrió alentadoramente—. Has madurado hasta convertirte en un buen profesor.
Conmovido por la alabanza y la fe puesta en él, Nathan expresó su agradecimiento.
Recostándose en su asiento, Skinner le dirigió una mirada especulativa.
—¿Sabes?, no estuve tan seguro durante tu primer año… Oí rumores.
La expresión de Nathan se endureció.
—¿Qué clase de rumores? —dijo fríamente.
En cambio, el director permaneció igual.
—Que tu amistad con el padre de uno de tus alumnos era estrecha, tal vez demasiado.
—¿Qué significa eso? —Nathan quería que lo explicara. ¿De qué exactamente estaba siendo acusado?
—Nathan, Andrew es un amigo mío.
Estaba a punto de replicar, cuando comprendió lo que Skinner había declarado muy específicamente. Entonces levantó la vista.
—¿Un amigo?
El director asintió.
—Hemos sido amigos durante casi veinte años, aunque siempre he estado unos años por delante de él. Cuando estás en el instituto, no es difícil
descubrir quién es diferente. Lo mantuve en silencio porque quería enseñar sin ningún problema, y él se ató a un matrimonio con Stephanie. No es coincidencia que se mudara aquí con su familia.
—Pero usted y él… —De alguna manera eso parecía inapropiado
—No, definitivamente no. —Skinner tamborileó su dedo sobre la mesa
—. Te lo cuento porque no soy tu enemigo y no estoy exponiendo rumores solo porque sí. Estoy hablando sobre lo que he escuchado de otros.
—¿Allison?
—La misma.
Nathan miró a su jefe a la cara.
—¿Cuánto sabe usted realmente?
El director soltó un pequeño suspiro.
—Lo suficiente para saber que habrías perdido tu trabajo, si no se hubiera detenido. La gente de por aquí no es tan tolerante.
—¿Me habría despedido por tener una relación homosexual? Eso es discriminación —señaló Nathan con dureza.
—Y tú no eres tan ingenuo —respondió el director, igualmente con dureza—. Te habría despedido por tener una relación adúltera con uno de los padres. Nathan, los chismosos como Allison se deleitan en meter su nariz en los asuntos de otras personas. Si no hubieras tenido otro bebé, te habría resultado muy difícil seguir trabajando aquí.
Nathan se tragó las palabras amargas porque sabía que Skinner tenía razón. Sabía que Allison estaba al tanto de esa relación, pero no había sido consciente de que ella hubiera esparcido chismes. Se había salvado por muy poco. Por supuesto, si se hubiera ido con Andrew, no se habría quedado en la zona de todos modos.
Skinner le dirigió una sonrisa de simpatía.
—Eres un buen maestro, y Andrew es amigo mío. Pero la opinión pública te habría echado de aquí. Me alegro de que no fuera así. Y por si te sirve de algo, fuiste bueno para él. Lo hiciste por fin despertar para ver lo
que se estaba perdiendo. Ahora por lo menos está viviendo en una relación feliz y satisfactoria.
—Solo que no conmigo. —¿Cuántas veces había dicho eso?
—No contigo —concedió Skinner.
Nathan se miró las manos. Se dio cuenta de que temblaban ligeramente. Su vida parecía ser una serie de conversaciones surrealistas. Le habían ofrecido un ascenso y, ¿qué? ¿Le habían llamado la atención? Había sido una advertencia de no salir de las limitaciones habituales. Ah, estaba bien, entonces.
El director se puso de pie.
—Estaré esperando tu solicitud.
—Sí. —Nathan estrechó su mano y salió de la oficina del señor Skinner, sin estar seguro de si estaba contento o enojado por la conversación. Dondequiera que iba, parecía que una parte de la vida de Andrew lo seguía, y francamente, ya había tenido suficiente.
Estaba atrapado en una espiral sin saber cómo salir. Tan pronto sus padres estaban hablándole del divorcio, como que su jefe le estaba ofreciendo un ascenso si continuaba siendo un buen padre de familia. Todo ese tiempo, él permanecía atrapado en la atracción gravitatoria de Andrew Matthews.
Nathan sentía que la cabeza le daba vueltas. No podía pensar en nada más allá del hecho de que definitivamente era hora de liberarse de los grilletes de una relación gay que nunca había querido en primer lugar.
NATHAN ESTABA sentado en la parte inferior de las escaleras, jugando con Daniel y sus trenes, cuando sonó el timbre. Había tenido una conversación con Alex acerca de la posibilidad de un ascenso mientras ella cocinaba la cena y se aseguraba de que Daniel no la molestara. Fue emocionante tener algo tan interesante para compartir con ella, y pasaron una hora hablando de lo que podrían hacer con el dinero extra. No podía pensar en una separación todavía.
Cuando sonó el timbre, estaban a punto de sentarse a comer, por lo que Alex frunció el ceño con disgusto.
—Deshazte de ellos. La cena se enfriará si te entretienes.
—Lo haré.
Nathan se puso de pie, haciendo una pequeña mueca cuando sus músculos se estiraron, y fue a abrir la puerta dispuesto a pelear con quien estuviera al otro lado. Se trataba de Colin, con su nueva perra junto a él.
—Hola, Colin. Eh, no puedo salir a pasear a los perros ahora. Estamos a punto de cenar.
Colin sacudió la cabeza y Nathan notó que parecía muy angustiado.
—Por favor, señor P, ¿cuidaría a Bailey por unos días?
Asintiendo, Nathan le tendió la mano para sujetar la correa. Colin se la entregó, su mano temblaba un poco.
—Claro, no hay problema. Colin, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? ¿Tu mamá y Joe están bien? —Ahora Nathan estaba realmente preocupado.
Stephanie estaba embarazada otra vez y había estado teniendo algunos problemas. Parecía muy relajada al respecto, pero era el primer hijo de Joe y él había sido menos optimista acerca de la serie de exámenes a los que ella se había sometido.
Daniel, quien había seguido jugando, de repente se precipitó hacia delante y apretó sus brazos alrededor de las piernas de Colin.
El niño mayor se agachó y lo recogió, enterrando su rostro en el cabello rizado de Daniel, amortiguando la voz al decir:
—Hola, Daniel.
Nathan desabrochó la correa del cuello de Bailey y la encerró en la sala con Tyler y Ruby. Después regresó a la puerta y colocó una mano sobre el brazo de Colin.
—Dime qué pasa, Colin. Por favor.
El chico levantó la cabeza, un toque de angustia torcía su boca, sus ojos estaban rojos y llenos de lágrimas. Nathan esperó, de pronto sabiendo que la montaña rusa tenía una última maniobra antes de que llegara a su fin.
—Tenemos que ir a Los Ángeles.
«¡Oh, Dios, no!».
—Papá y Rich tuvieron un accidente esta tarde. Gary ha llamado. Mi papá… —Las lágrimas se derramaron mientras decía—: Gary ha dicho…
ha dicho que mi papá…
Su voz se convirtió en silencio y este solo fue roto cuando Colin comenzó a sollozar quedamente, mientras Daniel, quien solo comprendía que su amigo estaba molesto, suavemente palmeó su espalda.
Se suponía que la montaña rusa no iba a descarrilarse, ¿verdad?
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