Nunca pasa nada

Sue Brown · Capítulo 14 de 21

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Nunca pasa nada

Capítulo 14

NATHAN PERMANECÍA de pie en la fila para entrar a la discoteca, moviéndose impacientemente de un lado a otro mientras esperaba a que lo dejaran pasar.

Iba solo, lo que lo hacía sentirse cohibido; Gabe le había enviado un mensaje de texto diciéndole que llegarían tarde, y él no podía quedarse quieto, desesperado por algo que solamente podía encontrar allí. Era consciente de la apariencia de la gente a su alrededor, de la brecha entre ellos y él. Se preguntó si algún día no lo dejarían entrar porque no parecía lo suficientemente «gay».

Se acordó de otra discoteca, otra fila, con un inquieto Andrew a su lado. En ese entonces no había entendido realmente cómo Andrew se sentía, la inquietud y el deseo que lo perturbaban. Ahora, sin embargo, comprendía muy bien esa sensación.

Había días en los que solo quería salirse de su propia piel y dejarla atrás. En esos días había una llamada a Gabe y una discoteca anónima en alguna parte: un lugar en el que podía abandonar su piel en la entrada y encontrar un hombre que fuera lo suficientemente alto y delgado. Si había suerte, tenía pecas. Podía intercambiar besos con los ojos cerrados y furtivas masturbaciones. En la oscuridad, nadie se daba cuenta de que únicamente susurraba un nombre.

Luego podía meterse de nuevo en su piel y ser lo que tenía que ser —

esposo, padre y maestro—, en paz por un tiempo. Pero sabiendo que vería a Andrew en un par de semanas, que pasarían el fin de semana fingiendo ser una familia feliz, la inquietud había regresado y hubo otro mensaje para Gabe. Sin embargo, había sido un largo viaje solo para una mamada. Gabe había insistido en probar aquella discoteca en particular, lo que significaba

que Nathan conduciría durante horas en ambos sentidos. Le había costado negociar con Alex, y sabía que estaría agotado al día siguiente por la tarde.

Finalmente fue su turno de entrar. Gabe le dijo que se reuniría con él en el guardarropa. Nathan deseaba no tener que esperar demasiado tiempo.

Había visto a un hombre delante de él en la fila, que se ajustaba a sus necesidades: alto y delgado, con el tipo de fisionomía que provocaba que su corazón dejara de latir. Tratar de encontrarlo de nuevo, en la tenue iluminación de la enorme discoteca, era otra cosa.

No podía ver a ninguno de sus amigos, y mientras esperaba para guardar su chaqueta, le envió otro mensaje a Gabe. Estaba esperando una respuesta mientras entregaba su abrigo. Parecía que el destino estaba de su lado. El hombre, su presa, aparentaba también estar esperando, y según lo que podía ver, no estaba con nadie. Solo necesitó que se girara para ver los ojos azules de Andrew.

Su teléfono sonó. Lo revisó automáticamente y notó que Andrew estaba haciendo lo mismo.

¡Divertíos, cabrones!

«Sí, muchas gracias, Gabe».

Otro pitido.

¡No lo estropeéis!

Alzó la vista y vio a Andrew mirándolo con recelo.

—Yo no sabía nada de esto —dijo a la defensiva.

Andrew asintió.

—Tampoco yo. Nos ha… tendido una trampa.

—Gabe.

—Rich —corrigió Andrew.

Nathan frunció el ceño. ¿Qué demonios estaba haciendo el esposo de Andrew enviándolo a una cita a ciegas con su examante?

—La versión corta. Rich está en Londres. Me dijo que necesitaba salir una noche y que llamara a Gary. ¿Tú llamaste a Gabe? —Nathan asintió y Andrew se encogió de hombros—. Cuando intercambian ideas…

—¿Pero por qué?

Andrew le tiró del brazo. Estaban deteniendo el avance de la fila.

Nathan dejó su chaqueta y se volvió hacia Andrew. Casi pensando que si cerraba los ojos, Andrew desaparecería. Pero todavía estaba allí, apoyado contra la pared con una expresión de sorpresa en su rostro.

—¿Por qué Rich y esos cabrones nos tenderían una trampa? Es decir,

¿a nosotros, en una salida nocturna?

—Sinceramente, no lo sé. Puedo decirte que no fue idea de Gary.

Sabes cómo se siente acerca de nosotros, y Gabe no iría en contra de él. Lo único que puedo pensar es que Rich tuvo algo que ver con eso. Él y yo, no somos totalmente exclusivos, Nate.

Nathan se quedó boquiabierto.

—¿Quieres decir que…? ¿Tienes sexo con otras personas?

—A veces. En raras ocasiones. Y solo con su consentimiento. Somos homosexuales. No es lo mismo que las mamás y los papás: renunciando a todos los demás hasta que la muerte los separe. Ninguno de los dos buscamos abiertamente a otras personas, pero no es el fin del mundo si lo hacemos.

—¿Pero no conmigo?—«¡Yo no te compartiría!».

Andrew le sonrió con tristeza.

—Definitivamente no contigo. No es lo mismo que tener una mamada anónima en un rincón oscuro. —Asintió por la inmutación de Nathan, percatándose de que por primera vez este realmente entendía—. Tú no eres cualquier tipo en un rincón. Rich lo sabe, y sabe que contigo sería todo o nada, de lo contrario ya habría intentado acostarse contigo.

Y ese era un pensamiento que Nathan no quería explorar muy de cerca.

Sí, había tenido esos pensamientos también. Verlos besarse le ocasionó sentimientos encontrados desde el cerebro hasta el pene.

—Así que, ¿por qué aquí y ahora? No tiene sentido. —Nathan estaba más confundido que nunca.

—No lo sé, y por el momento no me importa. Lo único que sé es que te ha dado su consentimiento y estamos aquí, juntos, por nuestra cuenta. —

Andrew dio un paso adelante, casi tocando a Nathan. A continuación levantó la vista hacia él—. ¿Vas a bailar conmigo o te vas a ir, Nate?

Nathan lo miró con desesperanza.

—Debo irme. —Su piel parecía demasiado grande para él.

—Vete entonces.

La brecha entre los dos se cerró infinitesimalmente. Los sentidos de Nathan estaban abrumados por los ojos claros y el aroma especiado.

Tenía que dar un largo paso hacia atrás; como de un kilómetro.

—Sabes que no me puedo ir. —La inquietud se había convertido en ratas que roían sus entrañas con dientes enormes.

Andrew no estaba ayudando con la situación al ponerse sobre las puntas de los pies y darle un corto beso en sus labios.

—Baila conmigo.

¿Nathan realmente había tenido alguna elección a partir del momento en que puso los ojos en él?

Lo siguió ciegamente a la pista de baile, abriéndose paso entre la multitud de jóvenes absolutamente despampanantes. ¿Andrew le prestaría atención una vez que empezaran a bailar? Lo había visto antes entrar en ese estado mental, donde nada importaba excepto su necesidad por bailar y tener sexo. La necesidad que Nathan tenía en ese momento.

Andrew encontró un hueco en la gente y se volvió para mirarlo. Por una fracción de segundo, Nathan pudo ver una vacilación momentánea en sus ojos, como si esperara que fuera a dejarlo al darle la espalda, y luego un destello de alivio cuando vio que seguía allí. Andrew extendió sus brazos y, sin poder evitarlo, Nathan se movió hacia ellos, sintiéndose como si estuviera siendo lazado con una cuerda. No existía la posibilidad de rechazarlo o alejarse del desastre que sin duda iba a suceder.

—Estoy en casa.

Nathan estaba seguro de que se suponía que no debía oír el comentario que Andrew susurró contra su hombro, pero hacerlo propagó calidez en su interior. Le habían dado una noche. No tenía que echarla a perder. Debía

sacarle el máximo provecho antes de recoger su vida real junto con su chaqueta. Ambos bailaron, moviéndose juntos como si no hubiera nadie más en la discoteca. Rápida o lenta, la música no tenía importancia. Lo que importaba era que Andrew no estaba a más de un dedo de su cuerpo.

Lo había visto bailar antes, en aquellos días en que la inquietud estaba en el cuerpo de Andrew en lugar del suyo. En aquel entonces le añadía una calidad frenética a sus movimientos que no estaba presente ahora. Andrew estaba bailando para Nathan, solo para él, y lo demostraba en cada sinuoso contoneo, en cada roce contra sus caderas.

Por el calor, el sudor resbalaba por sus cuerpos mientras bailaban, y las prendas se pegaban a sus torsos de una manera casi obscena. Andrew se quitó su camiseta dejando el pecho al descubierto, y la metió en el bolsillo trasero de Nathan.

A pesar de tener más años que la mayoría de los jóvenes que estaban en la discoteca, Andrew era deslumbrante. Su complexión aún era delgada pero muscular, y su piel estaba ligeramente bronceada. Nathan podía ver la atención que estaba recibiendo de los demás hombres, y tuvo que abstenerse de gruñir «Mío» cada vez que le dirigían una mirada indeseada o se humedecían los labios.

Andrew se le acercó y comenzó a desabrochar la camisa de Nathan.

Las manos de Nathan volaron para cubrir las de él; no estaba seguro acerca de desnudarse en público. Su camisa se abrió cuando el último botón fue desabotonado, y Andrew la deslizó por sus hombros.

—Ahora van a humedecer su ropa interior —dijo Andrew mientras le quitaba la camisa.

Nathan no se atrevió a mirar a su alrededor. A diferencia de Andrew, realmente no le gustaba atraer la atención fuera del aula. Fijó la vista en el ombligo del otro hombre y el tenue rastro de vello que conducía a su pantalón de mezclilla. Quería caer de rodillas y…

—Mírame, Nate —ordenó Andrew en voz baja. Pero Nathan observaba el movimiento de las luces de colores sobre los abdominales de Andrew—. ¡Mírame! —Los ojos de Nathan fueron de abajo arriba y casi se abrasaron por la intensidad de la mirada de Andrew—. Mira a tu alrededor.

Todos te desean. Desean tocarte, tocar tu hermoso cuerpo, y si lo hacen…

—Andrew se inclinó hacia delante—. Les arrancaré los brazos. ¡Esta noche eres mío! —susurró con fiereza.

Nathan no miró a su alrededor. No le importaba nadie más. Estaba siendo reclamado con cada mirada de deseo, con cada toque posesivo por parte de Andrew. Estaba marcando su territorio como si le hubiera orinado encima, y el mordisqueo en su estómago cesó como si las ratas hubieran sido sometidas bajo el dominio de la posesión de Andrew. ¿Las ratas podían ronronean? Estas seguramente podían porque eso era lo que hacían mientras Andrew lo reclama como suyo.

Bailaron de nuevo, pegándose aún más, deslizando las manos sobre la suave y sudorosa piel de sus costados. Una vez, solo una, un hombre trató de entrometerse pero fue forzado a retroceder por la ira en los ojos de ambos. Para todos los demás, era obvio que no tenía sentido tratar de unirse a la fiesta de ellos dos. De vez en cuando bebían agua; ninguno quería que el alcohol los desenfocara o les arruinara la noche, y después volvían a la pista de baile.

El trasero de Andrew se restregó contra Nathan hasta que este gimió en su oído. Al presionar su erección en la espalda baja de Andrew, Nathan se retorció lentamente para deslizarse entre los glúteos. Con sus manos extendidas sobre el pecho de Andrew, podía sentir que su respiración era entrecortada.

Andrew tomó una de las manos de Nathan y la pasó por su torso, empujándola hacia abajo hasta que los dedos estuvieron sumergidos debajo de la cintura de sus pantalones. La punta de su pene rozó las yemas de los dedos; estaba duro y goteando contra la piel. Andrew sacó la mano y chupó de esta su propio sabor.

Fue como si estrellas blancas explotaron en los ojos de Nathan. Quería inclinarlo allí en la pista de baile, e introducir el pene en su firme trasero hasta que ambos estuvieran gritando. No estaba seguro de si Andrew lo detendría, tuvieran audiencia o no.

—Tienes que detenerte —le dijo con voz tensa mientras él mismo trataba de contenerse.

—¿Detenerme? —El aliento de Andrew le hizo cosquillas en la palma de la mano—. ¿De verdad quieres que deje de tocarte, Nate? —Su boca le chupó firmemente los dedos.

Nathan gruñó; esa provocación iba más allá de su resistencia. Giró a Andrew en sus brazos y lo besó, empujando su lengua contra la de él, reclamándolo de nuevo. Lucharon por ganar el control del beso, olvidando el baile mientras seguían en la pista, perdidos en la necesidad de dominar al otro. Las uñas de Andrew arañaron su espalda, nunca lo suficiente como para dejar una marca permanente, pero si como para hacer que el sudor le picara brevemente.

Andrew terminó la batalla, con su pecho agitado mientras llevaba aire a sus pulmones. Dio un paso atrás y le agarró del brazo, guiándolo a la parte trasera de la discoteca. Encontraron un espacio aislado y reanudaron su beso, solo que esta vez fue más lento, más profundo, sin ningún deseo de dominar, solo de probar y explorar y decirse con las manos, los labios y las lenguas, cuánto se habían echado de menos. El mundo se redujo a ese beso, un bálsamo para el dolor dentro de sí.

Nathan lo presionó contra la pared, con las manos ahuecadas alrededor de su mandíbula, sintiendo el roce de la incipiente barba en las palmas de sus manos. Estas eran lo suficientemente grandes como para acariciarle detrás de las orejas, así que notó el suave y sedoso cabello que se encrespaba en su cuello. Necesitaba empujarlo contra la pared para sentir su firme cuerpo muscular contra el suyo. Metió una pierna entre las de Andrew, provocándole un gemido que se tragó mientras ejercía una excitante presión en el pene de Andrew. Presionó de nuevo, deseando escuchar el sonido que algunas veces atormentaba sus sueños.

Andrew recorrió con sus manos el pecho y los costados de Nathan, la suave piel de los brazos; sus pulgares le frotaron los pezones, provocándolos para que se endurecieran, y después continúo hacia abajo, sumergiéndolas en la pretina de los pantalones para enredar los dedos en el grueso vello.

Nathan rompió el beso para confesar:

—Tus manos me están volviendo loco.

El pelo de Andrew le hizo cosquillas en la piel mientras asentía con la cabeza, tirando de él para otro beso.

Su piel parecía excesivamente sensibilizada. No importaba dónde fuera tocado por Andrew, la sensación iba directa como un relámpago a su pene.

Necesitaba más que la ligereza con la que los dedos danzaban sobre el bulto en sus pantalones.

—Tócame —suplicó, friccionándose contra él.

Andrew bajó la cremallera de Nathan, y deslizó su mano en los calzoncillos de algodón; encontró que él ya estaba duro y deseoso. Nathan gimió en su boca mientras su miembro era acariciado, lentamente, con un pulgar frotando la cabeza de este. Palpó los pantalones de Andrew, queriendo tocarlo también. Las manos le temblaban mientras desabrochaba el botón e introducía la mano. Andrew no llevaba ropa interior así que sus dedos envolvieron el duro pene, fascinándose por el contraste de la suave y aterciopelada piel.

Se masturbaron mutuamente mientras se besaban; sus besos eran cada vez más apasionados, haciéndolos jadear en la boca del otro mientras se acercaban al orgasmo. Andrew estaba gimiendo en su boca, levantándose sobre las puntas de sus pies cuando comenzó a ser acariciado con más dureza. A Nathan le resultó difícil concentrarse cuando la mano alrededor de su pene bajó para sujetar sus testículos, y la otra mano retomó la labor de acariciarlo, moviéndose más rápido. Llegaron al clímax juntos, torrentes calientes se derramaron sobre sus manos mientras temblaban en los brazos del otro. Nathan levantó su mano y vio como Andrew lamía lo que había en ella; entonces hizo lo mismo, girando su lengua entre los dedos de Andrew y saboreando hasta que no quedó nada.

Fueron al baño para limpiarse; Andrew terminó antes, por lo que lo esperó afuera. Nathan salió y lo halló hablando con un hombre más joven.

Lo miró por un minuto, mientras el hombre le entregaba un pedazo de papel.

La cosa era que Andrew recolectaba números de teléfono de la manera en que la mayoría de la gente lo hacía con menús de comida para llevar.

Eran literalmente puestos en sus manos. Había visto suceder eso antes

cuando eran vecinos, en las discotecas y bares, y una vez incluso cuando se detuvieron en una pequeña tienda con Colin a su lado.

Aquel hombre le dio el número con una sonrisa confiada. Era joven, apenas un veinteañero, con cabello rubio y una sonrisa deslumbrante. Hacia a Nathan sentirse viejo y agotado a sus veintiocho años.

Andrew estaba inclinado hacia adelante mientras el hombre hablaba, y eso obviamente pareció una invitación porque el tipo se acercó para tocarlo.

Nathan se puso detrás de Andrew y lo atrajo contra él, pasándole posesivamente un brazo sobre el pecho, enviando un mensaje sutil a su rival. Andrew se apoyó en él y le dio un beso bajo la mandíbula.

—¿Listo?

Nathan asintió.

—¿Quieres bailar otra vez?

—Siempre. —Andrew salió de sus brazos, pero luego lo tomó de la mano. Le sonrió al joven, quien ahora parecía un poco triste—. Encantado de conocerte, Kyle.

Nathan también sonrió a Kyle. Y a juzgar por la forma en que este se apartó a toda prisa, el gesto debió haberle parecido menos que amable.

—¿Asustando a la competencia, Nate? —preguntó Andrew mientras caminaban de regreso a la pista.

—¿Qué te hizo pensar eso? —murmuró Nathan.

—El hecho de que cortaste la circulación de mi mano. —Andrew levantó la mano para mostrar que la sangre había desaparecido de la parte donde había sido apretada con fuerza.

Nathan apresuradamente se disculpó, pero siguió con:

—Nadie más va a tocarte esta noche. ¡Nadie!

Vio como Andrew tiraba deliberadamente el número de Kyle en un cubo de basura.

—Solo tú —acordó Andrew felizmente, y se metió debajo del brazo de Nathan cuando empezaron a bailar de nuevo.

Nathan fue cuidadoso en no despegarse en absoluto de él durante el resto de la noche.

Hacia el final estaban abrazados. Moviéndose despacio, apenas arrastrando los pies en el mismo lugar. Andrew apoyó su cansada cabeza en el hueco del cuello de Nathan, colocando una de las manos en su trasero, con los dedos metidos en el bolsillo del pantalón. La otra mano estaba entrelazada con la de él y apoyada en su pecho, sobre el corazón de Nathan.

Nathan apretó los labios contra la frente de Andrew, saboreando la sal en esta. No quería que la canción terminara, no deseaba soltarlo y admitir que la noche había llegado a su fin.

—Te amo —susurró contra su piel.

Andrew suspiró, temblando ligeramente en sus brazos, y Nathan se maldijo por romper el hechizo. Solo había querido decirlo una vez, cuando no estuvieran enojados, emocionales o llorando.

Alzando la cabeza, Andrew lo miró a los ojos.

—Te he amado desde el momento en que puse los ojos en ti en esa estúpida parrillada. Y eso no va a cambiar pronto. —Agachó la cabeza de nuevo y Nathan lo apretó en sus brazos.

La canción se acabó y Nathan supo que todo había terminado; la vida real estaba esperándolo en la puerta. Tenía que ir a casa para que Alex pudiera llevar a Daniel a la fiesta de cumpleaños de otro niño mientras él cuidaba de Jessie.

Se detuvieron, todavía entrelazados, haciendo caso omiso de las luces que se encendieron y los agotados clientes que charlaban mientras avanzaban hacia la salida. Finalmente, Andrew le dio un ligero beso en el cuello y levantó la cabeza. Con la iluminación, Nathan podía ver su rostro, cansado, pálido y satisfecho, con una sonrisa en sus labios hinchados por los besos.

La fila para recoger los abrigos estaba casi vacía en el momento en que fueron por el de Nathan. El joven detrás del mostrador le entregó la chaqueta guiñándole un ojo.

Nathan sonrió al ver a Andrew moverse entre él y el mostrador.

—Relájate —le susurró al oído.

—¡Mío! —mintió Andrew, casi gruñendo al desafortunado chico.

—Siempre —mintió Nathan, con el dolor de la inminente separación comenzado a hacerle efecto.

Salieron tomados de la mano a la fría mañana. Andrew se estremeció en su delgada camiseta y Nathan lo rodeó con sus brazos, solo para posponer el momento un poco más. Andrew inclinó la cabeza para darle un beso, y permanecieron juntos bajo un anuncio que les prometía que el mundo que rendiría a sus pies únicamente si tenían aliento de menta fresca.

Su despedida fue simple; Nathan caminó hacia su auto y Andrew encontró un taxi que lo llevara a casa. Ninguno de los dos miró hacia atrás, a la noche que quedaba en el pasado.

El largo viaje de regreso, le dio a Nathan mucho tiempo para reflexionar acerca de aquello en lo que se había convertido, en lo que encontró tan peculiar en Andrew cuando se conocieron: un hombre atrapado en un matrimonio a causa de su familia.

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