Paria Z
Capítulo 7
Julio, en la actualidad
—Haced algo de una vez, montones de pus.
Antes incluso de que las cosas se pusieran tan feas, Abe Fogelhut ya tenía claro lo que hacer. Tenía ochenta y tres años, la televisión y la radio no funcionaban y nunca había sido un gran aficionado a la lectura (exceptuando algún que otro periódico, aunque solo leía The Post o The News, nunca el relamido y sensiblero Times), así que hacía lo que hacen las personas mayores: sentarse junto a la ventana a observar cómo el mundo se pudría, al tiempo que contaba los días que restaban hasta el colapso final. Si hubiera tenido huevos, habría acelerado el proceso. ¿Por qué retrasar lo inevitable?
Porque, por asquerosa que fuera vida, era lo único que se tenía.
La recompensa final era la muerte irreversible, y punto. El problema era que en los días que corrían no era así, por lo que morir había perdido parte de su atractivo.
Abe hacía lo mismo todos los días. Había apoltronado su débil y escuálido cuerpo, con discutible comodidad, en el raído sillón tapizado, había abierto las lúgubres cortinas de flores y las polvorientas persianas venecianas y había tomado posición como testigo ocular de nada. La multitud se arremolinaba, como de costumbre. Era lo mismo de siempre, nunca cambiaba nada. Incluso el dolor del estómago vacío de Abe se había aliviado para convertirse en un aburrido adormecimiento. En realidad, deseaba volver a sentir los agudos retortijones que provoca el hambre, pero las personas se adaptan a todo, y ese era el problema, que se había acostumbrado a las nuevas circunstancias.
Con cierto esfuerzo, Abe abrió la ventana, asomó un poco la cabeza, produjo un poco de saliva pegajosa y escupió a la estúpida muchedumbre que se encontraba justo debajo de su casa, situada en la cuarta planta. El espeso y pastoso escupitajo cayó haciendo plaf en la cabeza de uno de esos monstruos, pero el muy gilipollas ni siquiera tuvo la decencia de notarlo, de indignarse, ni de tan siquiera molestarse. Nunca reaccionaban. Abe suspiró con resignación y se retiró de la ventana para volver a tomar asiento en su sillón.
—A esto se reduce todo —masculló—. Esto es lo que se entiende por entretenimiento en esta falsa apariencia de mundo. Bah. —Volvió a hundir la cabeza en el cojín, cerró los ojos y rechinó sus ya desgastados dientes, al tiempo que jadeaba —. ¿De qué sirve? —dijo entre gemidos—. ¿Qué maldito sentido tiene?
—¿De qué sirve qué?
—Exactamente.
Ruth entró en la habitación arrastrando los pies, mientras sus zapatillas provocaban un ruido sordo contra la desgastada moqueta. Él mantenía los ojos cerrados, pues le resultaba insoportable mirarla. La piel de debajo de su afilada mandíbula era una cortina en movimiento. Fuera cual fuera el turbio asunto que escondía apenas estaba oculto por su translúcida epidermis. Abe evitaba ver su propia imagen. Ya ni siquiera se molestaba en mirarse en el espejo, no desde que había dejado de afeitarse. Al principio, le picaban los pelos de la barba, pero como ocultaban las imperfecciones de su lánguida piel se ganaron su permanencia. Además, ¿qué sentido tenía derrochar agua en los tiempos que corrían? ¿Por vanidad? La vanidad era un concepto en desuso, incluso en el caso del vello facial. Abe olía como el viejo pergamino al que recordaba y su piel parecía cuero barato y arrugado. Hacía semanas que había dejado de cambiarse de ropa a diario, ¿para qué molestarse?, aunque antes de eso también había dejado de bañarse. Solo se lavaba con una esponja húmeda los sobacos, los huevos y el culo, y sin demasiado entusiasmo.
Sin embargo, ver a Ruth en la misma situación le resultaba insoportable. Ella se había sentido siempre tan orgullosa de su aspecto. Había sido vanidosa, en los tiempos en los que la vanidad aún tenía sentido, pero en ese momento parecía una arrugada momia, flotando en su pardusco vestido de Kmart. Si Abe hubiera tenido algo en el estómago para poder vomitarlo al verla, lo habría hecho, en honor a su antigua belleza.
—¿De qué sirve qué? —repitió Ruth.
—Nada, todo, contestar a esa pregunta.
—Entonces, ¿qué sentido tiene que te lo preguntes todos los días?
—Eso es, exactamente eso.
—Odio hablar contigo cuando tienes los ojos cerrados —dijo Ruth quejándose.
—Y yo odio hablar contigo cuando los tengo abiertos.
Unas semanas antes, esa réplica podría haberla hecho llorar, sin embargo, sabía a qué se refería Abe y, si le hubieran quedado lágrimas, es probable que hubiese derramado algunas, pero estaba tan reseca como el Sahara. Abe oyó cómo Ruth volvía a salir renqueando del salón y, poco a poco, fue abriendo los ojos para mirar por la ventana. Aunque tenía un nombre judío, él siempre había sido ateo, y nada de lo que había visto ni vivido le había quitado eso de la cabeza. Así era y eso es lo que había. Así que viviría todo el tiempo que pudiera y, cuando le llegara el momento de caer redondo en su sillón por el hambre y la deshidratación, al menos podría decirse a sí mismo que lo había sabido sobrellevar.
Aunque puede que eso careciera de la más mínima importancia.
Eso no significaba que no envidiara a los estúpidos gilipollas que tenían fe, lo cierto es que los consideraba afortunados. Sencillamente creían, a pesar del constante reality show que tenían afuera, que cuando uno moría su alma se marchaba a un lugar mejor. Esos montones de podredumbre que deambulaban por allí no eran más que sacos vacíos.
En la cocina, Ruth hurgaba en el armario. Aún tenían algunas provisiones, la mayoría gracias a la generosidad de sus vecinos, pero pronto se terminarían. Solo quedaba una caja de biscotes, un poco de mantequilla de cacahuete, una lata de alubias, una lata de espaguetis con tomate y un único palito de carne de res Slim Jim, fuera lo que fuera eso. Había además tres garrafas de agua de cuatro litros. Las tuberías estaban tan áridas como ella, por lo que ya ni se molestaba en abrir el grifo, pues lo único que hacía era gruñir, y para oír gruñidos se habría quedado en el salón escuchando a Abe.
A diferencia de su marido, Ruth había recuperado la fe, pero eso ocurrió antes de que todo se fuera a la mierda. Aproximadamente en la época en la que su madre murió, Ruth había renovado su vínculo con el judaísmo, lo que provocó una enorme consternación a su marido, quien pensaba que su mujer ya se había curado de esas locuras.
Cuando Ruth cumplió setenta y seis, su madre, Ida, por entonces de noventa y dos años y más vegetal que animal, falleció por fin. En el momento de su muerte, pesaba lo mismo que años tenía. Llevaba un tiempo postrada en la cama, apenas tenía actividad cerebral y casi tenía peor aspecto que Ruth en ese momento, si es que eso fuera posible. Antes de su fallecimiento, fragmentos de Ida ya habían muerto, como los miembros amputados que se habían gangrenado a consecuencia de su mala circulación.
En aquel entonces, aquello provocó que a Abe le viniera a la cabeza un viejo chiste de la Segunda Guerra Mundial acerca de un prisionero americano de un campo de prisioneros de guerra alemán que realiza trabajos forzados, reparando un tejado bajo la lluvia. Se resbala, mientras tapa un agujero, y se perfora la pierna un clavo oxidado. El tipo acaba perdiendo la extremidad y solicita que el guardia la envíe a Estados Unidos para que sea enterrada allí. El guardia siente compasión y satisface su petición. El mismo prisionero vuelve al departamento de trabajo y, mientras repara otro tejado, corre la misma suerte. El hombre pierde la otra pierna y realiza la misma petición, la cual vuelve a ser satisfecha. El prisionero, ahora sin piernas, está en el departamento de trabajo del aserradero y, mientras introduce los tablones, a través de una sierra de banco, pierde un brazo, entonces vuelve a pedir que su miembro sea enviado a Estados Unidos para ser enterrado, pero esta vez el guardia se niega a hacerlo.
—Pero ¿por qué? —pregunta el prisionero—. Porque —dice el guardia— el comandante piensa que tratas de escapar por partes.
Ese chiste perdió toda su gracia cuando la anciana Ida escapó por partes de la unidad de cuidados intensivos del Golden Acres de Maspeth en cuatro ocasiones, aparte de haberse quedado ciega por la diabetes, ser incontinente, haber perdido la capacidad del habla y no saber ni quién diablos era ni dónde estaba, si es que estaba. A medida que a Ida le fueron llegando todas las desgracias juntas, Ruth comenzó a visitar el templo local para reconciliarse con Dios. Por esa época, Ida estiró la pata, gracias a Dios, pero que no se interprete como una proeza, considerando que ya no le quedaba ninguna. Ruth era muy activa en el templo y Abe se distanció mucho de su esposa. Vivían juntos, pero no revueltos, algo que a él le habría molestado todavía más, si hubiera seguido sintiendo una atracción sexual hacia ella, pero esa parte de la relación se había «esfumado» hacía ya mucho tiempo. Él había sido testigo de la horrible putrefacción en vida de Ida. Dios no existe, pensó en numerosas ocasiones. Ida nunca había sido santa de su devoción, pero nadie merecía el sufrimiento que tuvo que soportar antes de diñarla. No le desearía nada así ni a Hitler.
Bueno, puede que a Hitler.
Y a Stalin.
Pero a nadie más.
Desde el exterior, un alarido gutural rompió el sepulcral silencio y Abe se dirigió a la ventana, justo a tiempo de ver cómo se desarrollaba la escena de abajo. Se trataba de algo novedoso: uno de los sacos de pus había clavado sus dientes en otro, provocando una enorme consternación en su víctima. Cuando el agresor le arrancó al otro un pedazo de carne putrefacta, ambos profirieron unos ruidos indescriptiblemente repugnantes, lo que desencadenó un enorme revuelo entre la multitud, por lo general, aletargada. El contrincante se tragó el pedazo de carne fétida, comenzó a temblar ligeramente y la vomitó, antes de que prosiguiera una refriega espástica.
—¡Tienes que ver esto! —gritó Abe—. Oye, cariño… —Resultaba difícil desprenderse de los viejos hábitos—. ¡Por fin esos hijos de puta han empezado a pelearse entre ellos! —Aplaudía de emoción—. ¡Han comenzado a evolucionar! ¡Muy pronto esos miserables cabrones se estrangularán entre sí como las personas normales! —Reía y tosía al mismo tiempo.
—¿Y qué tiene eso de fantástico? —preguntó Ruth.
A Abe se le cortó la respiración, suspiró y miró a Ruth, entrecerrando los ojos.
—De verdad, eres única a la hora de aguarle la fiesta a alguien.
—¿Qué tiene eso de especial? ¿Qué tiene de emocionante que esos monstruos se ataquen entre sí? Es algo terrorífico, son horribles.
—No sabes apreciar la ironía, Ruth, nunca ha sido tu fuerte. A mí me parece divertido, ¿sabes? A pesar de todas las cosas terribles que se podrían decir de esos sacos de desechos de ahí fuera, siempre han parecido llevarse bien, aunque tengan la cabeza completamente hueca. Sin embargo, ahora se están enfrentando. Aunque muramos y revivamos, estamos hechos para odiar. Hasta esos descerebrados pedazos de carne por fin se han mostrado hostiles entre ellos. Es la manera humana de ser inhumano.
—¿Y te parece algo bueno?
—Anda, vete de aquí, Ruth. Déjame disfrutar de esto y olvídate de lo que te acabo de decir, por favor.
Abe volvió a asomar la cabeza por la ventana.
Todo había vuelto a la normalidad, ya no había empujones ni escándalo, solo el habitual desfile de vegetales. Hundió la cabeza en la parte acolchada de la butaca y, con los ojos cerrados, comenzó a reflexionar acerca del silencio. Hubo un tiempo en el que había apreciado esa paz, pero no en esos momentos. Echaba de menos el ruido del tráfico y los autobuses que solían recorrer la avenida York. Añoraba incluso sus chirriantes sistemas hidráulicos.
Mientras permanecía allí sentado, con los ojos cerrados, a Abe le llegó a los oídos, a través de la descolorida cortina, un leve ruido unido a los estúpidos berridos de las monstruosas criaturas. Se trataba de un sonido que no podía reconocer, apagado y con eco. Con gran esfuerzo, Abe se levantó del sillón, asomó la cabeza por la ventana, dirigió su mirada hacia el norte, nada, luego hacia el sur, ¡bingo! Algo se abría paso entre la multitud en dirección norte y avanzaba en zigzag por entre los coches abandonados que habían quedado atravesados. A medida que se iba aproximando, el sonido se amplificaba. El corazón le latía con fuerza.
¿Qué demonios es eso?, se dijo Abe a sí mismo. Avanzaba a buen ritmo. Era un coche. No, algo más grande. Se trataba de uno de esos minitodoterrenos, lo que pasaba es que no alcanzaba a oír el rugido del motor, debido al ruido sordo de los destartalados cuerpos que rebotaban contra su sólida superficie. Es probable que se tratara de un vehículo híbrido, pues avanzaba en silencio.
Abe quería gritarle al conductor, pero no tenía sentido. Esa máquina no iba a parar bajo ningún concepto. Sin embargo, a no ser que esas criaturas hubieran aprendido a conducir, al menos existía una prueba de que había vida más allá de su maltrecho grupo. A medida que se acercaba al edificio, Abe pudo ver con claridad el vehículo, aunque por poco tiempo. La parte delantera era una oscura masa de concavidades empapadas de sangre. A pesar de que estaba bastante seguro de que esas criaturas no sentían miedo, era evidente que no les hacía demasiada ilusión la idea de convertirse en adornos provisionales del capó, a medida que rebotaban contra el suelo o quedaban aplastados por debajo.
Cuando el pequeño utilitario deportivo se abrió paso con dificultad en dirección norte, chocó con el armazón de un coche averiado que estaba oculto por la multitud. El violento impacto retumbó a través del cañón de edificios y, una vez más, Abe fue testigo de cómo un conductor salía despedido a través del parabrisas.
—Pobre cabrón —dijo Abe entre suspiros, imaginando que la multitud se iba a arremolinar alrededor del desgraciado, a fin de hacerlo trizas para comérselo de entremés. Sin embargo, no lo hicieron; por el contrario, se retiraron del ya humeante montón de chatarra.
—¿Qué demonios pasa? —dijo Abe, completamente perplejo.
Los zombis se estaban dispersando y alejando del lugar en el que yacía el cuerpo. Abe no podía verlo, por encontrase fuera de su ángulo de visión y oculto entre la multitud, pero sin duda no estaban arremolinándose a su alrededor. Se oyó un gemido bestial que provenía de esa dirección, lo que provocó que a Abe se le erizaran los pelos de la nuca.
—Esto no había pasado nunca —dijo entre jadeos.
A regañadientes, dejó de mirar por la ventana, cuando Ruth entró en la habitación.
—¿Qué ha sido eso? —gritó ella.
—Un accidente —dijo él—. Un vehículo ha chocado. Tengo que comprobar si alguien más lo ha visto.
Cuando salió del apartamento, Ruth se aproximó arrastrando los pies al lugar que su marido había dejado libre, con objeto de verlo con sus propios ojos. En el vestíbulo se oía un jaleo de voces. Desde arriba, Abe oyó cómo Karl daba gritos en la azotea y, a pesar de sus doloridas piernas, decidió subir. Cuando se aproximaba a los últimos escalones, una explosión sacudió el edificio y tuvo que agarrarse con fuerza a la barandilla para no caerse.
—Madre mía —farfulló él.
Salió a la tela asfáltica y vio que un humo negro ascendía desde la calle. Falto de energía, recorrió renqueando el resto del camino, todo lo deprisa que le fue posible, a fin de unirse a los demás hombres que se encontraban en el filo de la azotea.
—No creía que un híbrido pudiera explotar así —dijo entre jadeos.
—Lo ha hecho el coche con el que ha chocado —aclaró Karl—. De todas formas, ¿por qué creías que era un híbrido?
—Porque no se oía el motor.
—El motor estaba haciendo un ruido que no veas —le dijo Dabney—. Lo que pasa es que estás un poco sordo, abuelo.
Abe se disponía a protestar, cuando Alan gritó:
—¿Es que estáis chalados? ¿Qué más dará el tipo de coche que haya sido? ¡Ha muerto una persona!
—Sí, y no han tratado de devorarla —añadió Karl.
—Es probable —dijo Dabney.
—Yo también lo he visto —confirmó Abe—. Se estaban dispersando. Ha sido algo muy extraño.
—Es probable que hubieran olido una fuga de gasolina —replicó Dabney— y que retrocedieran porque supieran que iba a explotar.
—Eso es darles demasiado crédito —dijo Karl.
—Los animales presienten los problemas —dijo Dabney—. Las tormentas y los terremotos. No sabemos una mierda de esas criaturas, aparte de que les gusta devorarnos. Podrían disponer de todo tipo de habilidades animales y de algunos sentidos más desarrollados. Quizá huelan la sangre.
Al oír eso, Alan se acordó de Mike y bajó para ver qué tal se encontraba Ellen, quien, después de tomarse un par de somníferos, dormía profundamente. Había hecho bien, dos muertes seguidas serían demasiado para ella. Mientras regresaba al edificio, los demás continuaban discutiendo acerca de lo que acababan de presenciar.
Demasiadas emociones en un solo día, pensó Alan. Cuando volvió al apartamento de Ellen, Eddie y Dave salían del suyo, y el pintor agradeció no haberse cruzado con ellos.