Paria Z

Bob Fingerman · Capítulo 39 de 42

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Paria Z

Capítulo 38

 

Desde la calle, Alan oyó un agudo silbido, seguido del ruido del radioteléfono que anunciaba el regreso de Mona. Abandonó los retoques que estaba realizando en un antiguo lienzo de la chica y comprobó que la modelo de carne y hueso estaba fuera, sola y con una expresión menos distante de lo normal. Sola. Alan se apresuró a bajar las escaleras en dirección al apartamento 2B, tan preocupado de que llegara sin compañía que ni siquiera avisó a los demás. Cuando arrojó la cuerda para subir a Mona, ella estaba trepando a la furgoneta de Dabney. Ellen se acercó a Alan y miró por encima de su hombro, dándole un susto.

—¿Dónde está Karl? —preguntó ella.

—Buena pregunta.

A pesar de que la explicación de Mona fue monosilábica y fragmentada, logró describir el lamentable estado en el que se encontraba Karl, quien había quedado espatarrado sobre los restos de una mesa de exposición, con el tronco en una dirección y las piernas en otra, al tiempo que soltaba fluidos como si fuera un coche viejo. Ellen reprimió el deseo de preguntar si el accidente había tenido lugar antes o después de que Mona hubiera logrado encontrar las píldoras «del día después». Tendría que encontrar el momento oportuno.

—Tenemos que sacarlo de allí —dijo Alan, fingiendo tranquilidad—. No podemos dejarlo allí hasta que se muera, o peor, hasta que se lo coman vivo. Antes de la caída, ¿funcionó bien el tema del paraguas de protección? —Mona asintió con la cabeza—. Muy bien. —Alan exhaló con fuerza y se reclinó en su silla, levantando las patas del suelo. No quería salir al exterior, pero el deber lo llamaba. Se dirigió a la ventana que daba a la calle y observó a la horda—. Puaj —dijo—. No sé si podré hacerlo.

—¿Hacer qué? —preguntó Ellen—. ¿Salir ahí fuera? De ninguna manera. Ni siquiera las has probado.

Alan giró la cabeza en su dirección, con una expresión que decía: «No digas ni una sola palabra más».

—Venga ya, Alan —dijo Ellen—. Karl está ahí fuera partido como una rama podrida ¿y todavía quieres que no se entere de la traición? Que le den por culo al pacto. Tú no te mueves de aquí. Que vayan Eddie o Dave. Coño, estaban locos por meterle mano al alijo de Mona, pues que lo pongan ellos a prueba. —Ellen se detuvo y se dirigió a Mona con un tono de voz ligeramente condescendiente—. Mona, cariño, esos tipos, incluido Karl, te han estado birlando pastillas para…

—Ya lo sé —dijo Mona.

—¿Que lo sabes?

—Sí, sé contar.

—¿Y sabiéndolo no has hecho nada? Pero si han invadido tu espacio y han abusado de tu confianza. Yo no quería mantenerlo en secreto, pero, de verdad, los gorilas que tenemos entre nosotros me intimidaron.

—Ya lo sé.

—Y dice que lo sabe. —Ellen se sintió casi tan molesta con Mona por saberlo y no haber dicho ni pío que con el robo de los conspiradores—. Entonces, ¿por qué no habías dicho nada?

—¿Cómo qué?

—Pues, para empezar, algo como «dejad de robarme pastillas». ¿De qué vas? Ni siquiera saben lo que se están tomando. Esos fantasmas se han convencido a sí mismos de que las pastillas son tu arma secreta, ya sabes, en contra de los zombis. ¿Y lo sabías? No me lo puedo creer.

—Es difícil no hacerlo.

Alan se alejó de la ventana, dejando a un lado temporalmente la difícil situación en la que se encontraba Karl. De todas formas, era probable que estuviera muerto.

—¿Es difícil no hacer qué? ¿Darse cuenta del robo?

—Por los efectos secundarios.

—Ooooh —dijeron los dos al unísono. Las actividades de Eddie y Dave en la azotea, la esquizofrénica religiosidad de Karl. Efectos secundarios. A ellos les habían parecido las secuelas normales, las regresiones de una situación apocalíptica, aunque era de imaginar a qué se debían esos comportamientos tan extraños. Ellen y Alan se sintieron bastante estúpidos.

—Tienen graves contraindicaciones —dijo Mona, pronunciando cuidadosamente las palabras y esbozando una sonrisa.

—¿Y por qué las tomas?

—Tengo que hacerlo —dijo Mona, sin ponerse en absoluto a la defensiva.

—¿Qué son?

—Sustancias químicas para el cerebro.

—No puedo creer que lo supieras y lo hayas permitido —dijo Ellen, negando con la cabeza.

—Puedo conseguir más.

—A ver, ya que estamos poniendo las cartas sobre la mesa —dijo Alan dubitativo —, ¿son tu secreto? ¿Podría Karl haber salido solo? ¿Podría haberlo hecho Eddie?

—Lo dudo.

—¿Por qué? Si están tomando lo mismo que tú.

—Quizá pudieran después de algunos años.

—¿Por qué? ¿Por qué después de años? ¿Por qué quizá?

—Ellos no nacieron adictos.

—Nacer adictos.

—Algo así.

Era como si tuvieran que sacarle las palabras con cuentagotas, aunque por fin apareció en escena la madre de Mona, pero no como un ama de casa estresada que formara parte de un ensayo farmacológico por prescripción facultativa, sino como una adicta crónica. Mona había sufrido alteraciones químicas en el vientre de su madre y se había convertido en dependiente. Alan esbozó una sonrisa, mientras pensaba: cuatro dedos en cada pie. Entonces recordó los documentales que había visto en la cadena PBS de divulgación pública acerca de bebés de madres que habían tomado talidomida o crack. Que tuviera cuatro dedos en los pies y una forma de ser tan brusca era bastante mejor que tener muñones o carecer de todos los miembros. Entonces, ¿era esa la clave de la inmunidad de Mona? De todos los defectos de nacimiento, este era el más darwiniano que existía. ¿Se trataba de un defecto o de una evolución? «Vivir mejor por medio de la química», como decía el lema de DuPont.

Pero cuando las pastillas se agotaran, ¿qué sería de Mona?

¿Las seguía necesitando?

¿Las había necesitado alguna vez?

Mientras Karl yacía sobre la mesa, reflexionando sobre su inminente muerte, no se dio cuenta que su caderas habían cambiado de posición ni de que había cruzado las piernas. Desde su distorsionada perspectiva, dirigió su perdida mirada al otro lado del muro de escasa altura, y la calle estaba atestada de muertos vivientes. Entonces miró al agujero por el que se había caído, con la esperanza de ver a Jesús o algún ángel haciéndole señas para que lo siguiera, pero no sonó la flauta. Se limpió la frente y comenzó el recuento de los segundos que le quedaban.

—¡Qué imbécil soy!

Karl se sentó, sintiendo un hormigueo donde antes no había sentido nada.

—¡Qué idiota!

Se miró las manos, mientras flexionaba los dedos y giraba las muñecas.

—¡Qué gilipollas soy! ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias, Jesús! Gracias… Uy.

El hecho de no estar paralizado le provocó euforia, lo que a su vez hizo que perdiera el juicio y comenzara a gritar. Se giró hacia la calle y los zombis lo estaban mirando.

—Ay, cojones —dijo Karl. La muchedumbre que se encontraba apretujada junto a los marcos del escaparate aún no había averiguado cómo saltar por encima del muro de aproximadamente medio metro de altura que las separaba de su apetitosa presa, pero era solo una cuestión de tiempo. Aunque no tuvieran la inteligencia para levantar una pierna por encima y repetir el movimiento con la otra, el empuje desde el gallinero provocaría la primera oleada de zombis en un santiamén. Karl se masajeó las piernas, en un intento por hacer desaparecer la parestesia de sus pantorrillas y muslos, y estos comenzaron a picarle, al igual que las manos. Había pasado de no notar nada a una sobreabundancia de sensaciones en cuestión de segundos. Karl se habría sentido dichoso, de no haber estado a punto de cagarse de miedo. Se bajó al suelo, sintiéndose tembloroso, pero sintiendo.

Durante una fracción de segundo, se enfadó con Mona por haberlo dejado allí, pero ella no era médico, solo una chica rarita. Había ido en busca de ayuda, pero no podía esperar hasta que volviera. A ella le gustaría saber que estaba equivocada.

El suelo parecía firme, pero también se lo había parecido en la planta de arriba. La entrada de los zombis era inminente. Tanto cuento con las milagrosas pastillas de Mona para que luego todo quedara en nada. Puto Eddie. ¿Cómo había podido ser tan estúpido como para creer que Eddie tuviera razón en algo? Era tan inmune a los zombis como un cubito de hielo a una hornilla. Una vez más, trató de utilizar el radioteléfono para informar a Mona de que se había puesto de pie, pero solo pudo oír interferencias. Karl dio un par de pasos algo espásticos, como si fuera el número cómico de un mimo, pero no sabía hacia dónde correr. El muro que lo separaba de ellos seguía resolviendo el problema, pero una vez que lograran entrar, iba a tener lugar un frenético festín. Los primeros zombis cayeron amontonados por encima del tabique al suelo cubierto de hollín, pero cuando intentaban levantarse les caían más encima, y luego más. Karl proyectó el haz de luz de su faro hacia la escalera mecánica. ¿Qué probabilidades tendría de caerse dos veces a través del suelo? ¿Debía tentar a la suerte y huir hacia la planta de arriba o permanecer allí y enfrentarse a un destino evidente? Se sentía atrapado entre la espada y la pared. Quizá pudiera llegar a la azotea, pero ¿qué haría después? ¿Saltar? Vayamos por partes. Con las piernas temblorosas, Karl se dirigió a la escalera mecánica, se agarró a la correosa barandilla y, medio tirando de su cuerpo y medio corriendo, logró llegar hasta el rellano.

—¡Qué idiota soy! —gritó, al caer en la cuenta de que continuaba con su pesada mochila a cuestas.

Después de tirarla al calcinado suelo, Karl huyó a toda prisa a los aseos situados al fondo de la segunda planta. Quizá, como en las películas, hubiera algún conducto de aire por el que poder trepar hasta llegar a un lugar seguro. Entró en el aseo de hombres, cerró la puerta de golpe (pensando durante una fracción de segundo lo curioso que había sido que, incluso en esas circunstancias, hubiera optado conscientemente por el de hombres y no por el de mujeres) y comenzó a explorar la oscura estancia, apuntando con la linterna de un lado para el otro. Había un techo falso, pero ni rejilla ni conducto. Típico, típico, típico. Nunca confíes en Eddie ni te creas lo que ves en las películas. ¡Idiota!

Por supuesto, la puerta no tenía cerradura. La abrió y asomó la cabeza. Los zombis aún no habían llegado al entresuelo. Tiene que haber una forma de salir de aquí. Piensa. Sin embargo, a falta de un plano de planta, tenía que adivinarlo. La primera oleada de zombis ya había logrado llegar al rellano. Karl no podía verlos todavía, pero oía cómo arrastraban los pies entre gemidos, guiados por una absoluta necesidad. ¿Lo habrían olido, como los perros de caza a su presa? Quizá su olor hubiera sido amortiguado por el hedor a chamuscado. Su única opción era el compartimento que tenía pestillo. Si se subiera al váter y se quedara en silencio, es probable que no pudieran encontrarlo. Arrea. Los gemidos eran de hambre. Resueltos. Ay, Dios, parece que son muchos.

Toneladas.

Toneladas.

Con un estruendoso estrépito, una buena parte del calcinado suelo se vino abajo.

Están lloviendo zombis. ¡Aleluya!

—Oye, Eddie —le gritó Alan a algunas azoteas de distancia—. ¿Podrías dejar un segundo lo que estás haciendo?

Eddie dirigió su mirada a Zotz, antes de volver a concentrarse en el zombi que se resistía en su sedal.

—¿Qué coño quieres? ¿Es que no ves que estoy ocupado?

Alan se aproximó con cautela y permaneció a una azotea de distancia.

—Sí, ya veo que estás ocupado, pero es importante.

—Más te vale —dijo Eddie con brusquedad, cortando el sedal a medida que este se hundía. Vestido solo de cintura para abajo y reluciente de sudor, Eddie se acercó a Alan pavoneándose—. Al Cometa no le gusta un pelo dejar libres a los pececillos, ¿capisce?

—Sí, claro. Mira, Karl se ha quedado atrapado y sin poder moverse en la librería Barnes & Noble de la calle Ochenta y seis, situada entre la Segunda y la Tercera Avenida. ¿Quieres ir a ayudarlo a salir de allí? Según Mona, está hecho trizas.

—Lo sabía —dijo Eddie, en tono despectivo—. Eso es lo que pasa por encargarle a un imbécil la misión de un hombre.

—Eres todo corazón —le dijo Alan, mientras retrocedía involuntariamente por si tomaba represalias.

—Joder, es que lo sabía —dijo Eddie, mientras se quitaba el pañuelo y se limpiaba la frente—. Karl no ha sido devorado ni ninguna movida de esas, ¿no? ¿Cómo se ha hecho trizas?

—Se ha caído a través de un agujero del suelo.

Eddie comenzó a reírse.

—Puto testa di merda. Así que no se lo han papeado, sino que su propia estupidez lo ha dejado hecho polvo. Me lo imaginaba. Entonces, ¿ha sido Mona la que lo ha mantenido a salvo o han sido las drogas?

—No tengo ni idea, lo único que sé es lo que ella me ha contado, y es una mujer parca en palabras.

—Sí, ya me había dado cuenta. Bueno, no es mala idea, porque quiero poner a prueba mi teoría. ¿Sabes a lo que me refiero? Coño sí, haré de héroe con Martes Addams.

—¿Martes Addams?

—Sí, la zorra de los Monsters. Christina Ricci interpretó ese papel en la película, antes de que le saliera ese par de peras.

—Ah, te refieres a esa Martes Addams —dijo Alan, al tiempo que pensaba: la de La familia Addams se llamaba Miércoles, gilipollas, que no te enteras—. Mazel tov, voy a decírselo.

Puto judío, pensó Eddie, cuando Alan bajaba las escaleras.

—Los Monsters —refunfuñó Alan—. Dios, confío en que los zombis se coman a ese gilipollas.