Paria Z

Bob Fingerman · Capítulo 3 de 42

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Paria Z

Capítulo 2

 

La oscuridad comenzó a desaparecer y la habitación adquirió un oscuro y horrible tono lavanda azulado, como si las paredes estuvieran amoratadas, lo que anunciaba el comienzo de un nuevo día. Ellen estaba tumbada de costado. Había apartado la vista de las ventanas de dos hojas situadas junto a la cama para observar el cambio de color de la pared. El violeta estaba desapareciendo, sustituido por un ocre ictérico, el cual, a medida que el brillo aumentaba, iba perdiendo pigmentación. Al final, todo adquirió un tono hueso apagado, mientras el intenso brillo de la luz del sol acentuaba todas las imperfecciones de la pared: las grietas y los parches de masilla apenas disimulados por un trabajo de pintura de mala calidad. El hecho de que la pared tuviera marcas por debajo de la pintura le recordó a Ellen a su antigua jefa, una mujer con un cutis poco agraciado que se aplicaba una cantidad exagerada de base de maquillaje en un triste intento por ocultar sus imperfecciones. Sin embargo, lo único que conseguía era resaltar todos y cada uno de los hoyos de un rostro asolado por el acné, una topografía de problemas dermatológicos sin remedio. Un maquillaje excesivo era el equivalente femenino a un peluquín de mala calidad. Siempre que Ellen había visto a un hombre con un peluquín descarado, y la mayoría de ellos saltaban a la vista de una forma horripilante, había imaginado que no tendría mujer ni buenos amigos, a ver quién iba a permitir que un marido o un amigo se presentaran en un lugar público con un aspecto tan ridículo.

La pared estaba picada, ligeramente torcida y algo abombada en el centro. El edificio era antiguo, tenía casi un siglo, pero aún se mantenía en pie. Hacía un par de años, había leído en la revista New York que su bloque se encontraba justo al lado de una falla, por lo que era posible que cualquier día la tierra comenzara a vibrar y a temblar para acabar tragándoselos a todos, aunque sería preferible a que lo hicieran esos monstruos.

Si la noche había sido particularmente cálida, peor sería el día, si bien al menos podía ver, aunque tampoco se podía decir que el paisaje fuera una bendición del cielo. Por las noches, su campo de visión se reducía a una cortina negra como el carbón, a no ser que encendiera una vela. Podía acordarse de cómo era antes, cuando tenía algo de chicha sobre sus huesos y cierto tono muscular. Joder, recordaba con nostalgia los michelines que quería perder, pero solo por las noches, porque durante el día podía asimilar realmente el aspecto tan horrible que tenían, tanto ella como todos los demás. Habían llegado a tal punto que, si un recluso de Auschwitz viera ahora a los residentes del número 1620 de la avenida York, diría: «Maldita sea, vaya hijos de puta más enfermos y raquíticos».

O algo por el estilo.

Ellen comenzó a golpear a Mike en un surco que se había formado entre sus costillas hasta que, con gran esfuerzo, este abrió los ojos para mostrar unos globos oculares enrojecidos, amarillentos y mucilaginosos. Su boca, una fina zanja, ancha y reseca mientras dormía, se apretaba y se soltaba, al tiempo que las arrugas se extendían a modo de radios desde unos labios de color gris apagado que, en otros tiempos, habían sido rojos, regordetes y los más apetecibles del mundo. Su boca, a medida que trataba de articular las primeras palabras del día, se fruncía como un agrietado esfínter, parcialmente oculto por una barba rizada de varios días. Ellen seguía besando ese ojete arrugado que tenía por boca, aunque lo hacía de manera mecánica, era solo un triste gesto en honor a la antigua gloria romántica.

—¿Qué pasa? —La voz de Mike era tan áspera como el desierto de Gobi.

—Creo que deberíamos bloquear mejor la puerta. No sé, poner delante algunos muebles para que no pueda entrar nadie.

Con un esfuerzo considerable, Mike se sentó y se restregó los ojos y la nariz para quitarse las legañas y las costras.

—¿Y eso? —preguntó él con la voz ronca—. ¿Acaso crees que los que deambulan por las calles van a llegar aquí arriba? No lo han hecho desde aquella única vez y creo que está bastante bien…

—No es por ellos, sino por Dave y Eddie. Los oí hablando anoche y…

Mike le lanzó una avinagrada mirada.

—¿Bueno, qué? —dijo ella, al tiempo que cruzaba los brazos por delante de unos pechos como tablas que colgaban como un par de chuletas mustias. No eran los pechos turgentes de una exitosa madre trabajadora y urbanita de veintisiete años del Upper East Side, sino más parecidos a los que aparecen en los artículos de las revistas acerca del hambre en Etiopía, Somalia o cualquier otro terrible lugar, el típico pecho que hace las veces de pista de aterrizaje para las legiones de moscas sin ni tan siquiera notarlo. Esas tetas venidas a menos habían amamantado a un bebé, habían sido grandes y sustentadoras de vida, abundantes y eróticas, algo que realmente alimentaba su ego. Sin embargo, en ese momento, no eran más que un par de peras mustias.

Se deja de ser madre cuando tu retoño muere, el retoño que fue tuyo en el pasado.

Todo formaba parte del pasado.

—Estás como una cabra —logró articular Mike—. ¿Si llegan a oírte ahí fuera quién sabe lo que te habrían hecho?

Ellen se había hecho una idea bastante clara, teniendo en cuenta el breve pero memorable despotrique de Eddie de la noche anterior. No creía que fueran capaces de violarla; pero si esos gilipollas de deportistas estuvieran algo más nutridos, viviría aterrorizada por ellos, sobre todo por Eddie. Es probable que su absoluta convicción de que se hubieran convertido en un par de muerdealmohadas no fuera tan incuestionable como pensaba, y perder la tranquilidad que tenía creyendo que solo empleaban su brutal carnalidad entre ellos tampoco mejoraba sus ánimos.

—De todas formas, prométeme que no vas a volver a hacer ninguna estupidez así.

—No ha sido una estupidez, Mike.

—Vale, no lo ha sido. Esto… una imprudencia. Una insensatez. Algo peligroso.

—Parece que te preocupe de verdad.

—Yo… —Mike comenzó a petardear como un motor Evinrude—. ¿Qué… yo… Claro yo… ¿Qué forma es esta de empezar el día?

Ellen se encogió de hombros, salió de la cama y se dirigió hacia la cocina.

—¿Quieres que te traiga un poco de agua? —le preguntó a Mike, cuyo rostro parecía desencajado. Él parpadeó unas cuantas veces, asintió con la cabeza y ella salió del dormitorio. Que sufra, pensó ella. No tenía ningún motivo para atormentarlo, pero era su forma de matar el tiempo. Además, tendría algo por lo que tener que disculparse más tarde. Las horas se tenían que rellenar de alguna forma, así que ¿por qué no provocar una pequeña riña doméstica? El sexo requería mucha energía, además los dos estaban tan enjutos que había dejado de ser divertido. Sus huesos entrechocaban, sus flácidas pieles colgaban y desprendían malos olores, aunque también ayudaba a pasar el rato, lo que a veces era suficiente. Se habían leído todos los libros y revistas. Ninguno de ellos tenía ninguna habilidad que valiera la pena explotar. Mike se había dedicado a la fotografía, pero ya no podía hacerlo y, en los viejos tiempos, ella escribía malos poemas, pero ¿para qué molestarse en hacerlo en ese momento? ¿Acerca de qué iba a escribir? ¿Del fin del mundo? Ese era un tema que ya estaba muy, pero que muy trillado.

En la cocina, Ellen se sirvió medio vaso de agua de una botella de quinientos mililitros de Kirkland Signature Premium, aunque su contenido no era ni por asomo de primera. Se trataba de agua de lluvia, y Ellen no podía recordar desde cuándo la tenían, solo sabía que habían rellenado una caja entera la última vez que llovió. La mujer volvió renqueando al dormitorio y, en ese momento, Mike se encontraba de pie junto a la ventana, mirando directamente al callejón del edificio vecino, situado a menos de tres metros de distancia. Las ventanas estaban desprovistas de cortinas y todas las habitaciones se encontraban a oscuras, faltas de vida. Solía haber vecinos escandalosos. Justo enfrente de ellos, vivía una pareja de latinos que atronaban con música de salsa las veinticuatro horas del día. Se drogaban descaradamente junto a las ventanas, fumando hierba y haciéndose rayas. Una vez, el tipo sorprendió a Mike espiándolos, entonces fingió un disparo con el dedo y soltó: «Pum, pum, pum», antes de guiñar un ojo y sonreírle mostrando una hilera de deslumbrantes dientes de oro.

Mike se asomó por la ventana y dirigió su mirada al callejón. Los rezagados que se habían separado de la manada arrastraban los pies de atrás hacia adelante, después de haber roto una puerta que alguien, probablemente a causa del pánico, había olvidado cerrar con llave. Mike carraspeó, provocando que dos de ellos levantaran la vista, y sus apagadas miradas se iluminaron al reconocer el delicioso bocado. Uno de ellos dejó escapar un leve, aunque audible, grito ahogado y comenzó a renquear en dirección a Mike.

—Ten cuidado —le dijo Ellen, cuando Mike asomaba medio cuerpo por la ventana, apoyándose en el estómago.

—Parece que te preocupe de verdad —le devolvió Mike, pero lo hizo con una sonrisa.

Ellen se acercó sigilosamente a su marido y le puso la mano en la espalda, al sentirse culpable por haberle tocado las narices sin motivo, sobre todo tan temprano. Al menos, podía haber esperado hasta después de su escaso desayuno.

—Te he traído el agua —dijo Ellen, levantando el pequeño recipiente de cristal, un viejo bote de mermelada con una foto de Huckleberry Hound.

Mike apartó las manos del alféizar y se enderezó, ansioso por beber y sin pensar en la hoja inferior de la ventana. Entonces, se golpeó la cabeza con ella y resbaló sobre los suaves tablones del suelo, lo que provocó que sacara el tronco por la ventana. Ellen dejó caer el vaso y trató de coger a Mike con las manos húmedas por el sudor y unos músculos atrofiados por la malnutrición. Llegó a agarrarlo por el bíceps izquierdo, pero se le resbaló y Mike cayó hacia delante, golpeándose su huesudo y desnudo culo contra la hoja, mientras sus piernas se movían como un molinillo ante la atónita mirada de Ellen. El único sonido que pudo emitir, al ver que su marido se caía por la ventana, fue un grito ahogado.

Después de tragar saliva, Ellen se dirigió a toda prisa hacia la otra ventana, la que tenía la escalera de incendios. Era posible que hubiera sobrevivido y que pudieran rescatarlo. Al abrir las cortinas, apareció la puerta de seguridad plegable. Miró el candado como si nunca lo hubiera visto antes. La puerta estaba allí gracias al antiguo inquilino, pero se trataba de un modelo que no estaba homologado por el cuerpo de bomberos. Además no podía recordar la combinación. Mike la tenía por algún dado.

En su ordenador portátil.

En su inútil e inservible ordenador portátil.

En ese momento, parecía que la sangre que corría por sus venas hubiera ralentizado su ritmo. Avanzó arrastrando los pies hacia la ventana por la que Mike se había caído. No quería mirar, pero lo que ella quisiera o no ya no tenía ninguna importancia. Asomó la cabeza, imitando exactamente la misma postura que Mike había adoptado hacía solo un momento. En el callejón de abajo, Mike yacía desparramado de espaldas, con sus largas y flacas extremidades en una postura casi cómica. Visto desde arriba, su marido parecía una esvástica humana. Sus piernas, flexionadas como si fuera a echar a correr, parecían sacadas de unos dibujos animados. Estaba bocarriba y sus miradas se cruzaron. No estaba muerto. Ellen abría y cerraba la boca, incapaz de decir nada. Quería gritarle unas palabras de consuelo, una última frase que Mike pudiera llevarse a la tumba. «Te he traído el agua» parecía poco adecuada.

Los zombis se aproximaban a su marido, arrastrando los pies. Ellen comenzó a castañetear los dientes, mientras Mike le imploraba con la mirada que dijese algo. Lo que fuera. Con gran esfuerzo, ella logró mover los labios para articular un mudo: «Te quiero». Por favor, que se muera antes de que lo alcancen. Por favor.

Debajo de la cabeza de Mike se estaba formando un charco de sangre, y Ellen cayó en la cuenta de que el cuello dibujaba un ángulo muy extraño. Dado que la caída había sido desde un cuarto piso, se lo había partido. Yacía inmóvil. Por favor, que se le entumezca todo el cuerpo, por favor, al menos que se ahorre el dolor. Los ojos de Mike se humedecían a medida que perdían el foco. Que pierda la conciencia. El primero de los profanadores se encorvó y se puso de rodillas, enseñando los dientes. Al menos, Ellen no podía verle el rostro, pero sabía qué aspecto tenía. Su piel, áspera y cadavérica, estaba tan amarillenta como la de un pollo muerto desplumado y lo suficientemente translúcida como para mostrar unas venas de un apagado color ciruela. Tenía las encías ennegrecidas y deformadas, unos dientes enormes y los ojos vidriosos, si es que le quedaba alguno.

En el callejón resonó un alarido, a medida que atacaban con furia a Mike, arrancándole de los huesos la escasa carne que le quedaba con esos horribles dientes, clavándole las uñas y quitándole la piel a tiras. Ellen no podía moverse, se había quedado paralizada por el profundo dolor, mientras observaba a su marido, desmembrado. Con una habilidad ingénita, uno de ellos clavó sus dientes alrededor del hombro izquierdo de Mike, le arrancó el brazo de cuajo y comenzó a devorarlo, separándole a tiras la piel del hueso. Otro lo destripó, dando pie sin quererlo a que los demás le gorronearan su botín. Unos gruñidos bestiales acompañaban el frenético festín, mientras los monstruos se golpeaban entre sí, escarbaban y se movían en círculo como si fueran hienas. Desde la calle lateral, llegaron a trompicones más zombis al callejón, atraídos por el ruido y el olor a sangre fresca. En un breve espacio de tiempo, lo único que Ellen pudo ver fueron sus espaldas encorvadas sobre el lugar en el que yacía Mike. Ella clavó las uñas en el ladrillo que había debajo del alféizar de la ventana y comenzó a frotarlas contra el duro material, una especie de manicura rudimentaria. Las lágrimas provocaban que viera borroso.

—Te he traído el agua —volvió a decir, con un hilo de voz más delgado que su figura.

—Ellen —gritó una voz desde abajo—. ¡No mires! ¡Métete dentro!

¿Estaba Mike tratando de ahorrarle el sufrimiento? Era tan propio de él que, incluso en un momento así, tratara de proteger sus sentimientos. Sin embargo, sintió no poder darle el gusto, porque estaba paralizada. Lo siento, Mike. Te pido perdón por todo.

Para cuando consiguió librarse de su inmovilización temporal, lo único que quedaba de su querido y dulce Mike era una oscura mancha carmesí en la acera y algunos huesos pelados. Ellen arrancó los dedos de la argamasa y pensó en tirarse por la ventana, pero se lo pensó dos veces y se dejó caer al suelo. Entonces, se abrazó a sí misma, sin lograr consuelo alguno de sus huesudos dedos y extremidades.

Exmadre.

Y ahora exesposa.

En la casa de al lado, oyó cómo Eddie gritaba algo ininteligible, y su tono, como de costumbre, era desagradable y no auguraba nada bueno.

Se había quedado sola.