Paria Z
Capítulo 26
—Tú estás loca —le dijo Alan, levantando la voz ante su incredulidad—. Saturday Night Live era una mierda comparada con Second City Television.
—Es cuestión de gustos, no de cordura, por el amor de Dios —le rebatió Ellen. Era una estupidez. ¿Cómo podía Alan ponerse así por un simple programa de televisión? Solo se trataba de un antiguo y poco conocido espacio cómico.
—O de la falta del mismo. El hecho de que algo sea más popular no implica que sea mejor, sino que, a menudo, es todo lo contrario. Todo el mundo dice que le gusta más Saturday Night Live, pero confía en mí, no es mejor.
—A mí me hacía más gracia, ¿vale? A mí, es mi opinión. Opinión, Alan. O-P-I-N-I-Ó-N.
—Sencillamente, no puedo entender que una mujer tan inteligente como tú pueda decantarse por Saturday Night Live. De acuerdo, tenía algunas cosas graciosas, eso está claro, no estoy diciendo que no las tuviera, pero no se acercaba ni por asomo a la calidad de Second City Television. Ese programa era acertado y brillante, aunque nunca acabara de gustar a todo el mundo. Dado que se alejaban de la corriente dominante, tenían que ser mucho más inventivos y, exentos de las trabas que supone complacer a los patrocinadores y, lo que es aún peor, al pueblo llano, crearon uno de los mejores espacios cómicos que se hayan hecho nunca en Norteamérica.
—No nos vamos a poner de acuerdo, así que, ¿por qué no lo dejamos?
Alan estuvo a punto de puntualizar lo poco que le gustaba esa expresión, pero lo dejó pasar. Que Ellen siguiera con sus clichés, tanto conversacionales como con respecto a los programas cómicos. Guardó el plateado disco en su lugar y volvió a colocar su preciada colección de Second City Televisión en la repisa. No paraba de abrir paquetes y paquetes de pilas para verlo una y otra vez, pero las risas justificaban el derroche. Qué pena que a Ellen no le gustara tanto. Sin duda, lo encontraba algo entretenido, pero que no la volviera loca lo irritaba. No había conocido nunca a ninguna mujer que reconociera que Second City Televisión era infinitamente mejor a Saturday Night Live. ¿Sería una cuestión de sexos, como pasaba con esos cómicos, Los tres chiflados? Alan pensaba que eso de los gustos típicos de las mujeres y de los hombres era una gilipollez, aunque a él tampoco le gustaban Los tres chiflados. Ellen no era ninguna estúpida, aunque sí algo convencional. Quizá algo más que convencional, una conformista. La cuestión era que Saturday Night Live le gustaba a más gente, tan sencillo como eso. Bueno, daba igual, Alan podría disfrutar de los episodios de Second City Televisión con los cascos puestos.
—Te he dicho que por qué no lo dejamos —le repitió Ellen, mientras su impaciencia tensaba sus adorables facciones.
—Claro. —Se dieron un abrazo y se marchó cada uno a su rincón, él a ver otro episodio y ella a hacer otro crucigrama. Cuando se disponía a sacar otro disco de la funda, Ellen carraspeó histriónicamente y le lanzó una férrea mirada—. ¿Qué pasa? —le preguntó él, con la esperanza de evitar más torpezas.
—Llevas tiempo sin pintar ni hacer ningún dibujo.
—Me estoy tomando un respiro, ¿vale? Es probable que la musa no me haya inspirado todavía o que lo único que me apetezca sea relajarme y enterarme un poco del vídeo. ¿Puedo?
—Pues claro que puedes —dijo Ellen, intentando que su tono fuera neutral—. Es solo que estabas más animado y optimista antes de tener ese cacharro para los deuvedés. No estoy diciendo que no tengas derecho a utilizarlo de vez en cuando, pero… —Alan levantó una ceja—. Olvídalo, te dejo con tu programa. Que lo disfrutes.
—Gracias.
Ellen observó cómo Alan se colocaba los auriculares, y el gesto le recordó muchísimo al de Mona, con sus cascos siempre presentes. A medida que él iba entrando en un estado de éxtasis televisivo, Ellen se sintió invadida por un enorme desconsuelo. La postura de su nueva pareja parecía imitar a la de Mike, por su manera de repanchingarse en el sofá, con las piernas subidas en la otomana y los tobillos cruzados, así como su forma de flexionar los dedos de los pies cuando se reía. El rostro de Alan se fue relajando, a medida que la comedia lo fue tranquilizando, pero la expresión de Ellen empezaba a ser un poema, algo que no podía deberse a una simple discusión acerca de cuál era el mejor espacio cómico. Del desconsuelo, pasó a sentir náuseas. Se levantó de la mesa de comedor y salió disparada al dormitorio, llegando a la ventana en el momento justo de vomitar. Un torrente de comida a medio digerir empapó a los zombis que estaban debajo, aunque a ninguno pareció importarle lo más mínimo.
¿Cuánto tiempo hacía desde que no vomitaba? Le parecía algo casi inmoral. Sin embargo, era posible que hubiera comido algo en mal estado. Claro, con la falta de refrigeración y todo eso. Ellen lanzó algunos chorros más, antes de caer desplomada y colocarse la cabeza entre las rodillas. Durante algunos largos e infelices meses, Ellen había flirteado con la bulimia. Mientras Alan revivía tiempos felices en el comedor, Ellen solo se acordaba de calamidades en el dormitorio. El vómito había salpicado toda la zona en la que Mike había sido asesinado salvajemente, devorado y posiblemente digerido por esos odiosos y asquerosos monstruos sobrenaturales.
Mike.
Su esposo.
En el pasado.
Padre de su hija.
En el pasado.
Marido, en el pasado, hija, en el pasado.
Todo formaba parte del pasado.
Alan, con los auriculares puestos, no pudo oír sus sollozos. Ellen contrajo su cuerpo, conmocionada por el profundo dolor.
Eddie se limpió el semen de la mano con una servilleta de papel. Tenía el bíceps derecho machacado del esfuerzo. Desde que había recuperado su alijo de vídeos de su antiguo tocador, no había dejado de meneársela. Dave estaba sentado en el sofá, hojeando un viejo número de Time, cuyo tema de la portada era la galopante obesidad en América. Ah, los viejos tiempos. En realidad, Dave no estaba leyendo, solo deseaba fingir indiferencia hacia el incesante onanismo de Eddie, pero le molestaba y le dolía en lo más profundo de su alma. Que Eddie pudiera preferir masturbarse a tener relaciones con un ser humano de carne y hueso era algo incomprensible para Dave. Era como si lo que hubieran construido juntos se tratara de algo únicamente circunstancial. Dave continuaba ofreciéndole placer a Eddie, aunque eso implicara que este no aparatara la vista del monitor de siete pulgadas. Sin embargo, Eddie lo rechazaba. Ahora que había traído su porno, Dave había quedado en un segundo plano.
—¿Cuántas veces piensas ver la misma escena? —le preguntó.
—¿Sabes lo que pareces? Pareces una puta mujer —le rebatió Eddie—. ¿Te lo habían dicho alguna vez?
—Solo tú.
—Pues quizá debieras metértelo en esa dura mollera que tienes.
Dave optó por no contraatacar con alguna grosería y, en lugar de hacerlo, se levantó del futón y abandonó el apartamento, sin que el Señor Tommasi protestara lo más mínimo. Genial, dejemos que disfrute de sus patéticos deslices, ya irá luego arrastrándose a Dave, pero puede, solo puede, que Dave le permita volver a él. ¿A quién quería engañar? Por supuesto que le permitiría volver a él.
Fuera, en el vestíbulo, Dave presionó su rostro contra el frío estuco y suspiró. ¿Desde cuándo su vida se había convertido en un culebrón con protagonistas del mismo sexo? ¿Eran todas las chicas con las que había tenido relaciones sexuales en el instituto solo una cortina de humo? En esa época, había percibido que la atracción que sentía hacia ellas era real, aunque, así y todo, nunca creó verdaderos lazos afectivos con ninguna de ellas, sino con otros chicos, sobre todo con Eddie. Suspiró y subió el tramo de escaleras que conducía a la azotea. Dabney estaría allí arriba. ¿Podría fingir amistad? Daba igual, porque Dabney no era muy dado a la charla, a no ser que le dejaras claro que te apetecía ese tipo de interacción. Que permanezca sentado junto a su montón de ladrillos y juegue a apedrear a los zombis. Dave respiró profundamente y abrió la puerta de un empujón.
Aunque el sol estaba cubierto por una neblina blanca, la luz le pareció intensa, sobre todo después de haber estado en un espacio interior, así que se protegió los ojos con las manos y sacó su gorra de béisbol de los Giants del bolsillo trasero. En lugar de estar tumbado boca abajo en su lona, Dabney se encontraba sentado a una mesa plegable de aluminio, haciendo algo que Dave no podía distinguir. Se le había presentado la oportunidad de charlar, lo que le haría olvidar su actual tragedia amorosa, así que Dave, en un intento por fingir despreocupación, se acercó a él y decidió aprovecharla.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó, al acercarse. Dabney estaba encorvado y llevaba puestas unas gruesas gafas de lupa, con las que nunca lo había visto. Se acercó a la mesa y comprobó que había numerosas piezas pequeñas, algunas sueltas y otras todavía guardadas en sus fundas de plástico. Dabney estaba construyendo una maqueta. Qué tierno. Esperad un momento. ¿Pensaba Dave eso realmente? ¿Estaba siendo irónico, bromista o condescendiente? No, era tierno, ese hombre de mediana edad con un par de pinzas de depilar ensamblando piezas de su ¿qué era?, ¿quizá la maqueta de un avión?
—Estoy ensamblando una maqueta de un P-51D Mustang norteamericano. Es una buena forma de matar el tiempo; además, el pegamento coloca un poco. —Dabney levantó su mirada y esbozó una sonrisa—. Solo estoy de broma, para colocarme necesito algo más que un poco de pegamento. Hablando de colocarse, ¿te apetece una cerveza? Me parece que te vendría bien.
—Este… vale, gracias. —Dave ni siquiera había pensado en pedirle a Mona bebidas alcohólicas. Qué estúpido. Dabney le pasó una botella de Heineken y Dave tuvo que reprimir la tentación de llorar por lo agradecido que se sentía.
—Son muchas piezas y muy pequeñas. Además, ha pasado mucho tiempo desde que no monto uno de estos. Mis hijos solían volverse locos con las maquetas. Les encantaba construir bólidos y qué sé yo qué más, pero yo prefiero los aviones. — Dabney levantó su mirada al cielo, pero no pudo ver nada—. Solía quejarme del rugido de los reactores, sobre todo cuando estaba viendo la televisión, porque tenía que subir el volumen para poder oírla. Ahora daría mi huevo izquierdo por que un avión sobrevolara esto. Aunque no viniera a por mí, al menos sería una prueba de que está pasando algo ahí fuera, una señal de que quizá haya más supervivientes. Antes de que Mona apareciera, la última evidencia de vida fue aquel accidente, pero todo pasó tan rápido que ni siquiera tuvimos tiempo de reaccionar. Le he preguntado a Mona si se encuentra con gente cuando va a hacer los recados y me ha dicho que no. Tiene que haber más supervivientes, lo que pasa es que es probable que no se encuentren por aquí.
—Lo que me pregunto es cómo lo hace.
—Sí, bueno, esa es la pregunta del millón, ¿no? ¿Cómo es que esos malvados hijos de puta no se la meriendan como al resto de los mortales? Es curioso, sí. — Dabney se terminó la cerveza y la lanzó por encima del borde de la azotea, sin ni siquiera observar su trayectoria, por lo que no pudo ver dónde caía, aunque deseaba que hubiera sido en el cráneo de alguno de esos muertos vivientes. Dabney sacó una diminuta pieza y la frotó con un pedazo de papel de lija para limarla, con los ojos puestos en las instrucciones, las cuales estaban colocadas junto a un radiocasete monofónico que gorjeaba una cinta muy usada de Ben Webster—. Me gustaría ver a varios escuadrones de estos ametrallando sin piedad a esos gilipollas de ahí abajo — dijo, levantando la maqueta para que Dave la admirara—. ¿Te lo imaginas? Un puñado de estas maravillas acabando con la puta vida de esos caníbales hijos de puta. Sería algo genial.
Dave asintió con la cabeza, al tiempo que le daba un sorbo a la cerveza. Estaba caliente, así que Dave imaginó estar en Europa, pues había leído en alguna parte que los europeos se la tomaban así. Le parecía extraño que fuera verdad, pero nunca lo sabría de primera mano. Dave dirigió su mirada hacia el horizonte en dirección norte y deseó haber viajado, haber visto mundo y abierto sus horizontes, pero ya era demasiado tarde. Al mirar al sur, dio un grito ahogado.
—Mira allí —dijo señalando.
En la distancia, una espesa nube negra ascendía en forma de remolino hacia el cielo. Lo que la había originado se encontraba oculto por los edificios que había en medio, pero en algún lugar, quizá allá por el este, se estaba produciendo un incendio. ¿Era una señal de vida en algún otro sitio? Bueno, quizá solo fuera una tubería de gas que había reventado sola.
—Espera un segundo —dijo Dabney, mientras alargaba la mano para sintonizar la radio del casete, pero se detuvo a mitad de camino y soltó un desdeñoso resoplido—. Qué imbécil soy, iba a poner las noticias. Supongo que ha sido por instinto. Pensarás que después de todos estos meses de mierda tendría que saber que era inútil intentarlo. Así y todo, continúo disfrutando de algunas cosas, como construir una maqueta y beber cerveza, por lo que todo me parece prácticamente normal, exceptuando el hecho de estar viviendo en la azotea, aunque hasta eso ya me lo parece, al menos ahora. Resulta increíble cómo el concepto de lo que nos parece normal cambia continuamente. Sin embargo, si normal equivale a lo más común, entonces esos zombis son normales y nosotros no.
Dave asintió con la cabeza y le dio otro trago a la Heineken. No era normal que mantuviera una relación física con Eddie, o al menos no una sexual. Siempre había sido bastante física. En el pasado, la única vez que había sido sexual fue cuando se follaron a un par de compañeras de estudios en su habitación de la residencia de estudiantes. Dave negó con la cabeza, para apartar de su mente ese recuerdo. En ese momento, no le apetecía pensar en Eddie.
Los dos volvieron a dirigir su atención hacia el sur, al oír un estrepitoso ruido sordo, amortiguado por la distancia, al que siguió una bola de fuego que salió despedida hacia el cielo, para acabar siendo absorbida por la nube de humo negro. Entonces se oyó una sucesión de apagadas explosiones, seguidas cada una de ellas por densas nubes de una oscura bruma. Los vientos del este moldeaban las columnas de humo en forma de borrosos signos de interrogación en el cielo.
—¿Qué crees que es? —preguntó Dave.
—No lo sé, pero parece estar bastante lejos en dirección este. Podría tratarse de la central termoeléctrica cercana a la sede de la ONU ¿O la derribaron? Ya no me acuerdo. Podrían ser muchas cosas, pero a menos que enviemos a nuestra chica de los recados a comprobarlo, nunca lo sabremos y, sinceramente, no creo que sea una buena forma de sacar partido de su tiempo.
—No, supongo que no. Dios, ¿crees que podrá llegar hasta aquí?
—No seas tan ingenuo, hijo. No me gustaría estar en ese vecindario, pero estamos a kilómetros de distancia. No te preocupes y piensa en positivo. Quizá esté friendo a un mogollón de zombis. ¿No sería genial? —Dabney levantó su avión Mustang a medio acabar y simuló varias caídas en picado, añadiendo sonidos para los disparos —. No es tan catártico como un buen bombardeo, pero tendré que conformarme.
Independientemente de lo que estuviera ocurriendo en la ciudad, seguro que se trataba de algo grave. Una lluvia de sordas descargas se repetía con cierta regularidad en dirección sur, gran parte del cielo estaba cubierto de un humo negro y la parte inferior de las oscuras nubes se tiñó de un color anaranjado, a consecuencia del fuego que ardía con furia desde debajo. La nube de humo y hollín comenzó a dirigirse hacia el norte y, de repente, el cielo que tenían sobre sus cabezas empezó a cambiar de color. Un gris marengo comenzó a tragarse el pigmento, mientras el ya pálido cielo se teñía de un gris verdoso. El aire despedía mal olor, debido a la combinación de las sustancias sólidas carbonizadas y la gasolina en llamas.
—Siempre tiene que pasar algo para aguar la fiesta —dijo Dabney entre dientes. Entonces miró de arriba abajo las filas simétricas de purificadores de agua Brita Ultramax que estaban colocados junto al muro divisorio de escasa altura y se dirigió hacia ellos para ponerles la tapa, porque si se ponía a llover, como parecía que iba a ocurrir, ni siquiera esos filtros bastarían para depurar del todo el agua contaminada, si bien, algo harían. Una gruesa gota le cayó en la nariz y frunció el ceño—. Literalmente —dijo, mientras volvía a guardar el resto de las piezas de la maqueta en la caja. Cuando comenzó a llover a cántaros, Dave se despidió rápidamente y salió corriendo hacia el hueco de las escaleras. Transcurrido un momento, Dabney se quitó la ropa y la guardó en su cobertizo.
El agua estaba fría, pero bastaba para una ducha improvisada. Se plantó en el centro de la azotea, con la cabeza inclinada hacia atrás para que la lluvia cayera con fuerza sobre su rostro y empapara su canosa barba, se escurrió el vello facial, a fin de eliminar el exceso de humedad, y dejó que el agua recorriera su pecho. A diferencia del pasado aguacero, que había sido tan alegre y comunal, en esta ocasión se encontraba solo. Era probable que Dave hubiera advertido a los demás de la nube negra. Genial, a Dabney no le importaba un remojo a solas. Que tengan miedo si quieren. La lluvia era una forma natural de limpiar la contaminación de las nubes y de sofocar las llamas. ¿Quién era Dabney para ponerlo en duda? El agua parecía venir muy bien. No le quemaba, ni tan siquiera le escocía de una forma que fuera alarmante. Abrió los ojos para realizar una prueba de acidez, bastante poco ortodoxa, y no, el agua no escocía. No pienso que sea perjudicial para mis ojos, pensó, ni tampoco para beber. Quitó las tapas a los dispensadores de agua Brita.
Qué diablos, pongamos esos filtros a prueba.
Karl había olvidado lo difícil que era entender la Biblia, independientemente de su versión, aunque recordaba vagamente que La Biblia de las Américas era algo menos complicada. Estaba plagada de frases mal construidas y, a menudo, incomprensibles. No eran más que relatos contradictorios de los mismos acontecimientos. Estaba claro que lo importante era el mensaje y no el mensajero. No era de extrañar que se distrajera en misa y durante los sermones de Manfred. El lenguaje era prácticamente ininteligible. Tras echar un vistazo a los primeros apartados, pasó al Apocalipsis, imaginando que tendría más relación con lo que estaba buscando.
Karl había olvidado los detalles, o quizá se negaba a recordarlos, pero los recuerdos de las imágenes empezaron a inundar su mente: Dios y sus cuatro monstruosos demonios plagados de ojos sentados junto a su trono, sin dejar de repetir: «Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando. Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos. Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas. Y del trono salían relámpagos y truenos y voces». Como un escandaloso equipo de música de última generación.
Parecía más una rave que el Cielo.
Y Dios, evidentemente, tenía la apariencia de un jaspe y de una cornalina, un detalle olvidado que hizo que Karl tuviera que consultar a toda prisa el diccionario, el cual definía jaspe como: «Forma de cuarzo opaca; roja, amarilla, marrón o verde oscuro; que se utiliza para la decoración como piedra preciosa», y de la cornalina decía: «Ágata de color de sangre o rojiza», que también tuvo que buscar para descubrir que ágata se definía como: «Cuarzo lapídeo, duro, translúcido y con franjas o capas de uno u otro color», lo que sinceramente no le sirvió de nada. No resultaba demasiado reconfortante la imagen del Todopoderoso hecho de piedra, posado sobre su trono, en compañía de unos monstruosos perritos falderos que no dejaban de vitorear eslóganes. Resultaba un misterio que Jim Henson no lo hubiera adaptado a sus producciones, porque habría sido un vehículo perfecto para Los Teleñecos.
Algunas de las profecías parecían ser verdaderas, o al menos a medias. Las criaturas que deambulaban por las calles habían resucitado de entre los muertos, pero Karl no recordaba haber visto ninguna procesión ante un gran trono de color blanco, ni tampoco que arrojaran a los no inscritos en el libro de la vida al lago de fuego y azufre. Y aunque los zombis eran horribles, tanto que parecían personajes bíblicos, las profecías eran tan específicas acerca de las plagas que asolarían a la humanidad que el hecho de omitirlos no le cuadraba.
Ángeles con hoces gigantes que asesinaban a millares.
Todos tenían marcas en la frente, algunas causadas por un ángel y otras por la bestia.
Langostas saliendo del infierno, con rostros humanos, diminutas coronas y petos, cabellos de mujer, dientes de leones y aguijones de escorpión.
Millones de ángeles a caballo con cabezas de león.
Tormentas de granizo y plagas.
Bueno, quizá se tratara de una plaga.
Le estaban dando sudores de leer esas cosas. Se sentía como si se hubiera sometido a una terapia de regresión para traer a la memoria los recuerdos que había intentado borrar. Cuando llegó a la parte en la que los perros no eran aceptados en el Cielo, se acordó de Chessie, su perra retriever, y lamentó que no se encontrara allí. Los perros estaban incluidos en el grupo de los hechiceros, los sexualmente inmorales, los asesinos e idólatras, así como vinculados con todo aquel que «amara y practicara la falsedad». ¿Tendría miedo Dios de que esos perritos se le mearan encima por parecer una estatua? ¿No era la función de esas monstruosidades la de mantener a los chuchos alejados del trono de Dios? Eso no le hizo ninguna gracia a Karl.
Lo que sí le gustó era que el nuevo ejército del demonio se llamara Gog y Magog. Tenía algo de guay. Aunque no tuvieran mucho que ver, a partir de ese momento Karl pensó en referirse a esas criaturas de fuera como Gog y Magog, a fin de animar un poco la conversación. Sonaba mejor que «esos putos zombis». En opinión de Karl, el apóstol Juan, quien había escrito ese libro, quizá no fuera el testigo más fiable. De hecho, era probable que estuviera loco de atar. Se trataba del relato de un solo hombre, por lo que, a juzgar por los estándares del momento, daba la impresión de ser una especie de reportaje bastante chapucero. ¿Quién corroboraba lo que decía? ¿Qué pasaba con la teoría de las tres fuentes? Aun así, ¿quién podía saberlo? ¿Qué se suponía que era metafórico y qué literal? ¿Qué era parábola y qué profecía? A Karl le iba a estallar la cabeza. Mientras se tomaba un par de analgésicos, escuchó leves explosiones en la distancia.
El apartamento se encontraba en la parte posterior del edificio, por lo que ni se molestó en mirar por la ventana, pues las «vistas» solo daban al bloque del otro lado del callejón. Se apresuró a subir a la azotea y se encontró con Dabney, quien estaba desnudo bajo la lluvia que caía de un cielo con un tono deprimente. Dabney no pareció advertir la presencia de Karl; tenía la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados con fuerza. ¿Estaba tarareando o solo hablando entre dientes consigo mismo? Se oyó otro leve estruendo y Karl, al descubrir el origen del ruido, dirigió su mirada hacia el sur. En esa zona, el cielo estaba ennegrecido y las llamas ardían con furia. Como si estuviera en estado de trance, Karl se dirigió a la parte más al sur del edificio y, al llegar a la esquina, permaneció de pie en su imposta observando la lejana conflagración, con el estómago revuelto, antes de recuperar el equilibrio, agarrándose a una tubería metálica.
—Ay, Dios mío —dijo con voz muy baja, al recordar un pasaje del capítulo nueve:
«Cuando el quinto Ángel tocó la trompeta, vi una estrella que había caído del cielo a la tierra. La estrella recibió la llave del pozo del Abismo, y cuando abrió el pozo, comenzó a subir un humo, como el de un gran horno, que oscureció el sol y el aire».
Es probable que, después de todo, llegaran las langostas mutantes.