Paria Z

Bob Fingerman · Capítulo 33 de 42

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Paria Z

Tercera parte

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—Sería una verdadera traición —dijo Ellen, frotándose el abdomen, mientras sentía patadas imaginarias aporreándole el vientre—. No deberíamos. Además, no tenías ningún derecho a hacer lo que hiciste. Dios mío, si lo descubriera, podría significar el fin de todo lo que hemos logrado.

—Sí, es posible —dijo Eddie rebotado.

—O el principio de una nueva y valerosa era —añadió Karl—. En serio, si no comparte el secreto que le permite caminar entre los impuros, no está haciendo nada por granjearse nuestra lealtad.

—¿Impuros? ¿Granjearse? —repitió Alan.

—¿Qué pasa?, ¿es que no tengo derecho a expresarme con propiedad?

—Este…, pues claro que tienes, es solo que suena un poco forzado, ¿sabes? Nunca habías hablado de una forma tan grandilocuente.

—Ah. Y, por cierto, ¿qué significa «grandilocuente»? —preguntó Karl enfadado.

—Estoy de guasa. —Alan empujó la silla hacia atrás y cruzó las piernas con una sonrisita.

—Callaos los dos —dijo Ellen con brusquedad—. Este es un asunto muy serio. Eddie ha propuesto que abusemos de la confianza de Mona, y además quiere que conspiremos en su contra, lo que, sinceramente, me parece una putada.

—Oye, yo no lo he planteado así —dijo Eddie.

—No, pero esa es la esencia. Y mirad, no quería compartir este pequeño secreto con vosotros, pero estoy embarazada y no estoy dispuesta a arriesgarme a envenenar a mi bebé experimentando con drogas misteriosas. —Ellen miró su reloj para comprobar cuánto tiempo llevaba Mona fuera haciendo recados. Se sentía cansada e irritable y, aunque en parte se debiera a los cambios hormonales, estaba disgustada de verdad. Ya fuera por deferencia o por indiferencia, quién sabe, los demás no hicieron comentario alguno acerca de su embarazo, aunque Dabney sí que apartó la mirada.

—Bueno, yo estoy dispuesto —dijo Karl—. Necesito saber si tiene poderes divinos o es solo una drogata que toma pastillas con unos efectos secundarios cojonudos.

—Supongo que yo también estoy dispuesto —dijo Dave, lo que le valió una palmadita en la espalda por parte de Eddie.

—No contéis conmigo —dijo Abe en voz baja—. Esa joven se ha portado muy bien con nosotros y no pienso devolverle el favor con una traición.

—Estoy de acuerdo. Conmigo tampoco contéis —dijo Alan.

—Lo mismo digo —dijo Dabney—. A menos que seamos honestos y hablemos con ella de esto, no quiero formar parte.

En el exterior, una copiosa lluvia aporreaba las ventanas, pero nadie subía a retozar desnudo. El cielo tenía un deprimente color gris, cada vez más oscuro, y la atmósfera en el interior del edificio tampoco era la más propicia para que se produjeran repentinos cambios de humor. Aunque la reunión estaba teniendo lugar en el comedor de Ellen, a cuatro plantas de altura, parecía que estuvieran en un búnker. Ellen se preguntaba si se habrían sentido así los hombres de Hitler, cuando tramaron su muerte. ¿Se trataba de una comparación adecuada? Tenía la esperanza de que no. ¿Y si lo comparaba con los que tramaron la muerte de Kennedy? Ellen creía en las teorías de la conspiración, no en todas, pero sí en algunas.

Se levantó de la mesa, se desperezó y se dirigió a las ventanas que daban a la calle. Debajo, la horda caminaba arrastrando los pies sin rumbo, tan horribles como de costumbre, y pudo ver algunos disturbios aislados desde su posición privilegiada. Algunos se empujaban y otros tropezaban y desaparecían de la vista, para acabar siendo pisoteados. Siempre parecía la reunión de Nochevieja menos festiva que se hubiera celebrado nunca. Era como Times Square, al estilo apocalíptico.

A sus espaldas, los demás continuaban debatiendo si debían o no asaltar el alijo farmacéutico de Mona. Abe no estaba interesado. Desde la muerte de Ruth, Mona lo había enganchado al Valium, y su nueva imperturbabilidad era prácticamente igual a la de su proveedora. Era como la versión vegetativa de su antiguo yo. No parecía posible que un cóctel de sustancias químicas fuera el responsable de que Mona se mantuviera a salvo cuando salía, aunque el hecho de que se atiborrara de medicamentos sin duda explicaba gran parte de su personalidad, o la falta de esta.

—¿Así que estás embarazada, eh? —Dabney se aproximó a Ellen y se situó en la ventana junto a ella, al tiempo que la lluvia los salpicaba de manchas oscuras. Los relámpagos eran seguidos de ensordecedores truenos. Ellen se limitó a asentir con la cabeza. Karl dirigió su mirada a las ventanas y pensó que los continuos rayos y truenos emanaban del trono de Dios, como en el Apocalipsis.

—¿Es una noticia feliz o un problema inesperado? —continuó Dabney—. No quiero entrometerme, pero es un asunto muy serio.

—Sí, ya lo sé.

Cuando dirigió su mirada a Alan, Dabney reprimió la tentación de preguntar quién era el padre. Mike no llevaba muerto tanto tiempo, por lo que era probable que Ellen lo desconociera, en cuyo caso, nunca lo sabrían, ni tampoco cuándo nacería el bebé, si es que iba a hacerlo. Mike y Alan se ajustaban básicamente a la misma descripción: los dos tenían el cabello moreno, eran pálidos y de complexión fibrosa. ¿Acaso eso importaba? Tampoco es que el chico fuera a asistir a la universidad algún día. Ni siquiera iría a la guardería.

Ellen percibió que a Dabney le olía el aliento a alcohol, pero no a cerveza, se trataba de un intenso olor a whisky y cigarrillos. Tenía los ojos enrojecidos y medio cerrados. Ellen tenía la impresión de que prácticamente todos estaban como locos por medicarse. O anestesiarse. Dabney le dio un paternal y suave apretón a Ellen en el bíceps y salió del apartamento. En la mesa, Eddie dio un golpe con el puño, como si este fuera un martillo, y levantó la sesión. Él y sus confederados irrumpirían en el apartamento de Mona y le robarían algunas pastillas de la mochila. Ellen respiró profundamente, y el aire era húmedo y con olor a muerte y ozono. Un relámpago difuso blanqueó el cielo y absorbió el escaso pigmento que quedaba de un panorama ya de por sí carente de color. Si el mundo no se hubiera acabado todavía, lo habría considerado como algo muchísimo más profético.

Ya fuera psicosomático o no, Ellen sentía agitación en su vientre, y se preguntaba si llevar a término su embarazo sería una buena idea. Los zombis no se iban a marchar a ninguna parte. Ya habían transcurrido más de cinco meses desde que suplantaran a la humanidad y, que Ellen supiera, los ocupantes del número 1620 eran los únicos supervivientes, al menos en Nueva York. ¿Qué esperanzas podía tener su bebé? Era probable que Alan tuviese razón.

A la mierda Alan y su racionalidad.

A la mierda Mona y su falta de encanto.

A la mierda todos.

Cuando el último de sus «invitados» se hubo marchado, se dejó caer en el suelo, apoyándose en la pared, con el único deseo de llorar, pero no vertía lágrimas, ni siquiera gemía. Se limitó a sentarse y hacerse un ovillo, al tiempo que se sentía completamente desolada. Un bebé, una nueva vida para un planeta muerto. ¿Se trataba de algo esperanzador e inteligente o solo era una idea egoísta y estúpida? Quizá más tarde, y ya que la cosa iba de medicamentos, le pidiera a Mona que saliera y le trajera algo personal: Mifepristone, también conocida como RU 486, también conocida como «la píldora abortiva».

Más vale prevenir que curar.

Abe estaba tumbado en el lugar de la cama en el que Ruth había fallecido. Alan y Karl le habían dado la vuelta al colchón de Abe, ya que los fluidos de su esposa lo habían puesto todo perdido por el otro lado, a pesar de tener puesta la funda. En el dormitorio, el ambiente estaba viciado, pero a Abe le era indiferente, debido a su agradable entumecimiento. ¿Dónde había escuchado esa frase antes? Quizá se la hubiera inventado. La habitación estaba a oscuras y Abe se encontraba mirando al techo. Transcurridos unos momentos, no estaba seguro de tener los ojos abiertos, así que parpadeó para averiguarlo. Abiertos o cerrados, la sensación era la misma. El Valium le provocaba una agresiva apatía, lo que parecía un oxímoron, pero ¿a quién le importa?

Sin embargo, para un hombre que había estado tan aferrado a sus ideales, la indiferencia era algo poco natural. Además, independientemente de que su estado de calma se debiera o no al consumo de fármacos, sentía esa artificialidad en lo más profundo de su ser. No era la misión de Abraham Fogelhut estar así de tranquilo, ya que contradecía con la esencia de su personalidad. Se preguntaba si eso sería lo que habrían experimentado todos los jipis y los radicales izquierdistas, cuando se ponían de droga hasta las cejas, allá por los años sesenta, cuando todo ese narcisismo era imparable, cuando todo era considerado un happening, cuando happening se convirtió en un nombre, ¿se trataría de la misma sensación? De ser así, Abe, que estaba algo desorientado, debía replantearse su opinión acerca de la subcultura de las drogas en los sesenta: era algo incluso más estúpido y ególatra de lo que había imaginado.

Happening como un nombre.

Movida como un sustantivo.

Los adjetivos convertidos en nombres.

¿Los adjetivos convertidos en nombres?

Por Dios Santo.

Entre los jipis y los jóvenes radicales, se estaban cargando el idioma, por no hablar de los negros y su jerga hip-hop. ¿Cómo se llamaba ese idioma?, ¿ebonics? Si la plaga no hubiera aparecido, dada la trayectoria que el inglés había tomado, al menos en Norteamérica, muy pronto las generaciones más jóvenes se habrían limitado a usar dialectos tribales. Era probable que, después de todo, los zombis les hubieran hecho un favor a todos.

No se sentía relajado.

¿No era demasiado pronto para haber desarrollado una tolerancia a las drogas?

¿Cuándo fue la última vez que se había tomado una pastilla?

Atiborrase de pastillas, puaj, eso es lo que hacían los alfeñiques. El mundo es una mierda, toma una pastilla. Tu esposa ha muerto, toma una pastilla. Tus hijos han muerto, toma una pastilla. Acaba de una vez, tómate un frasco entero. A la mierda. El hombre fue creado para sufrir, ¿no lo había dicho un poeta? Alguien lo dijo, o quizá fuera una canción. Muy bien, estoy haciendo un pacto conmigo mismo, pensó. Durante las semanas que me queden pienso leer. Voy a leer todo lo que Mona pueda encontrar. A los clásicos. Leí a algunos, pero no a los suficientes, y siempre que lo hacía era por obligación, en la escuela. Tengo que confeccionar una lista. Que los demás hagan lo que quieran, que sigan perdiendo el tiempo en tonterías, pero yo voy a enriquecer mi mente.

Abe se levantó de la cama, cogió una pastilla de jabón de color marfil y se dirigió a la azotea, quitándose la ropa mientras subía las escaleras. ¿Qué había pasado con el pudor? A nadie le importaba ya. El chaparrón golpeaba con fuerza la claraboya de cristal esmerilado, empapando el hollín, y su ritmo invitaba a Abe a seguir adelante. Que los demás se encojan de miedo en sus agujeros o que hagan lo que les dé la gana. Por el ruido que oyó al pasar por la casa del italiano, estaban ocupados en una enérgica sodomía. Cada loco con su tema. Abe dejó caer su última prenda de ropa y salió a la tela asfáltica, la cual reflejaba los destellos de los relámpagos y brillaba, debido a la lluvia. Su cuerpo, incluso bien alimentado, estaba lacio y pálido. ¿Siempre le habían colgado tanto los huevos? ¿Quién podía recordarlo? El cielo parecía el telón de fondo de una película expresionista alemana de la época del cine mudo; mostraba unas espesas nubes negras colocadas en forma asimétrica contra capas de un lúgubre gris. Con los constantes relámpagos, todos los edificios, al menos durante segundos, parecían monolitos de un puro blanco y negro.

Absoluto.

De joven, Abe había sido educado para ver las cosas blancas o negras. Existía el bien y el mal, y punto. Gente buena y gente mala. Cuando era adolescente, poco había que pudiera contradecir esa idea. Los nazis eran auténticos demonios, contra los que resultaba fácil luchar y a los que no costaba nada odiar. Sus atrocidades no tenían matices. Él se había alistado y había luchado para hacer el bien, y aunque los horrores fueran innumerables, la causa era indiscutiblemente virtuosa, y eso que todavía no estaba al tanto de la existencia de los campos de concentración. Había presenciado la brutalidad en todo su sangriento esplendor. Sin embargo, en su mente comenzó a haber cabida para los tonos de gris. Su primer cadáver alemán contradecía la propaganda. No se trataba de un enorme huno de dientes afilados y, aunque Abe era solo un ingenuo adolescente, no había contado con que el enemigo tuviera ese aspecto. Se trataba de un niño raquítico, rubio, ligeramente pecoso, con unos labios rosados tersos y suaves y unas pálidas mejillas. No se trataba de un nazi, sino de un soldado raso. Era sencillamente un chaval que había muerto en una cuneta plagada de barro.

Antes de esa vivencia, el mundo resultaba más fácil de asimilar. A Abe le había gustado verlo todo blanco o negro, y lo echó de menos cuando dejó de ser así. Allí abajo, la multitud emitía gruñidos de queja por el mal tiempo, y sus lamentos eran amortiguados por unos ensordecedores truenos que hacían temblar la tierra. No había ningún chico de cabello rubio claro, con pecas y labios tersos. Era probable que lo hubiera habido alguna vez, aunque no en ese momento.

Eran el enemigo.

Nosotros contra ellos.

Blanco y negro.

Sin embargo, hasta esos monstruos carecían de malicia. Se limitaban a moverse por instinto como autómatas.

Mientras Abe se enjabonaba, comenzó a echar de menos el gris.

Al menos, el marfil era el color de la pureza.

Bueno casi.

—Pretty in pink —balbuceó Karl. Tenía una extraña sensación en la piel, pero no le resultaba nada agradable—. Ni siquiera me gustan los Psychedelic Furs. — Entonces observó la pastilla rosa que tenía en la palma de la mano, después de habérsela birlado a Mona de su alijo. Aunque la Biblia no trataba el tema del consumo de drogas, proporcionaba principios muy claros que daban a entender que se trataba de algo inaceptable. Se suponía que los cristianos debían respetar las leyes de la tierra, aunque ya no quedaba ninguna. En cualquier caso, no se trataba de un consumo por puro placer, sino de un experimento de vida o muerte, lo que le hizo esbozar una sonrisa. La expresión «experimentar con drogas» siempre le había parecido poco adecuada, pero eso era exactamente lo que estaba haciendo. Se sentía muy científico.

Y sentía un hormigueo.

Y se sentía sudoroso.

Y con la boca seca.