Paria Z

Bob Fingerman · Capítulo 35 de 42

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Paria Z

Capítulo 34

 

—Quiero salir contigo —le dijo Karl, quien estaba plantado en el descansillo de la puerta de Mona.

—¿Me estás pidiendo una cita? —Mona miraba a Karl, sin que sus ojos revelaran ni el más mínimo ápice de irrisión, sorpresa o interés.

—No, no. No quiero ninguna cita —dijo tartamudeando—. Solo quiero salir del edificio contigo la próxima vez que vayas a hacer algún recado.

El rostro de Mona delató brevemente cierta curiosidad.

—¿Por qué?

—Porque quiero hacer un experimento. Me gustaría comprobar si el grado de repulsión que provocas en los zombis es suficiente para mantenerlos a raya, aunque tengas compañía, es decir, si tu paraguas de protección se extiende a más personas. ¿Te acuerdas del juego infantil del fantasma en el cementerio? —Mona negó con la cabeza—. Te explico. Era otra versión del corre que te pillo, solo que había un cementerio imaginario (el patio del recreo, el cuarto de estar, cualquier sitio) y una casa, que era la zona donde estabas a salvo. Bueno, el niño que era elegido como fantasma tenía que quedarse en el cementerio y los demás se colocaban alrededor de él y tenían que lograr llegar a la casa. Si el fantasma te pillaba, entonces te tocaba serlo a ti. Lo que pasa es que nosotros jugábamos de la siguiente forma: si nos agarrábamos del brazo o a una cuerda que hacíamos atando ropa, podíamos usar la «electricidad» y salir de la casa, siempre que estuviéramos atados a ella con la cuerda de salvamento, la cual transmitía electricidad. Claro, no era electricidad de verdad, solo el poder de la casa. La cuestión es que podías atreverte a entrar en el cementerio sin correr ningún peligro y burlar al fantasma. Algunas veces, todos nos quedábamos en la casa y nos reíamos del fantasma sin compasión, hasta que este amenazaba con abandonar el juego. Bueno, pues quiero comprobar si tu don especial tiene electricidad. ¿Me sigues?

—No me parece una buena idea.

—Quizá tengas razón, pero tengo que averiguarlo.

—Tengo la impresión de que quieres morirte.

Karl cayó en la cuenta de que no le gustaba que Mona articulara frases completas. Estaba desorientado y le picaba la piel. En realidad, sentía corrientes eléctricas por toda su epidermis y tenía el vello erizado. Quizá se debiera al nerviosismo, aunque también era posible que fuera producto de las pastillas. Esos medicamentos, ¿qué serían? Tantos años repitiéndose «Di que no», para acabar cambiando de opinión. Claro, que las cosas habían cambiado mucho. Si Mona estaba tomando speed, no se le notaba. Karl había conocido a una familia de escoria blanca que vivía cerca de su pueblo y que cocinaba cristal de metanfetamina casero. Los granjeros colocados salían de allí gritando en camionetas y acribillaban con perdigones los buzones de los vecinos o cualquier otro objetivo que no se moviera, aunque a veces también elegían a alguno en movimiento. El Gran Manfred los denominaba «los condenados».

—Bueno, ¿qué dices, Mona? ¿Puedo ir contigo?

—Tráete la Biblia.

—¿Para combatir a los zombis como en El exorcista? «El poder de Cristo te obliga» —dijo Karl, al tiempo que realizaba una pésima imitación de Max Von Sydow.

—No, por si necesitas la extrema unción.

Definitivamente, a Karl no le hacía ninguna gracia que Mona hablara. Drogas. El anticristo. Algunas personas tenían razón y otras no, y Mona pertenecía a la segunda categoría. ¿Tenían suficientes provisiones? Que Karl supiera, todas las arcas estaban rebosantes, pero quería comprobar qué pasaba si salía con Mona. Abe había mencionado que quería libros. ¿Podría utilizarlo como excusa para abandonar el nido? Se sentía impaciente y la impasibilidad de Mona lo exacerbaba. No era un tipo violento, pero sintió el deseo de golpearla, aunque solo fuera por ver su reacción, si es que tenía alguna. ¿Se enfadaría? ¿Le devolvería el golpe? Su comportamiento era desesperante. Tenía ganas de darle un puñetazo, pero no en la cara, sino en el estómago. Quería ver cómo se estremecía y se doblaba de dolor. Deseaba obligarla a ponerse de rodillas para que le implorara clemencia.

¿Qué le pasaba?

—Mona, ¿rezarías conmigo? —le preguntó Karl, al tiempo que le ofrecía unas manos temblorosas. Sentía tal repulsión hacia su persona que pensó que iba a explotar. Si uno pudiera purgarse físicamente del odio hacia su persona, Karl lo habría expulsado por cada uno de sus poros, como si fuera un géiser humano. ¿Se trataba de una demencia natural? ¿Sería producto de los medicamentos? Qué más daba. ¿Claustrofobia, tal vez?—. ¿Lo harías, por favor? —le suplicó. Mona se encogió de hombros con aspecto de sentirse incómoda. Por fin mostraba un sentimiento reconocible y, aunque no fuera el que Karl había deseado, al menos se trataba de una reacción humana—. No pasa nada —dijo entre titubeos—, lo siento, no quiero imponerte mis movidas. Olvídalo.

—Guay —dijo Mona, mientras agarraba el pomo de la puerta para cerrarla.

—Sí, la oración es un asunto privado. Lo siento, no era mi intención…

Mona cerró la puerta y Karl oyó cómo echaba el pestillo. Las criaturas de fuera no la afectaban en absoluto, aunque, al parecer, él sí lo había hecho. Por un momento, se sintió poderoso. Había logrado asustar a Mona. Sonrió, pero después hizo una mueca, corrió escaleras arriba en dirección a su apartamento, sacó un cinturón del tocador y empezó a flagelarse la espalda. ¿Cómo me atrevo a disfrutar haciéndola sentir incómoda? Perdóname, Jesucristo. Perdóname Dios mío. Ni siquiera sé a quién debo pedir perdón, así que discúlpame también por eso. ¿A Buda? ¿A Alá? Ay, Dios, ¿y si todos esos terroristas tenían razón? Karl había leído uno de los libros de Alan de Phil Dick, cuyo título era Sivainvi. ¿Sería cierto lo que narraba en él? Alan le había explicado que, en los años sesenta, Dick había tenido una visión y llegó a estar convencido de estar en contacto con una conciencia cósmica, a la que dio el nombre de Sivainvi, el acrónimo de Sistema de Vasta Inteligencia Viva.

Estaba claro que Dick era un tarado que se ponía hasta el culo de anfetaminas, aunque era posible que tuviera razón. ¿Acaso había existido algún profeta completamente racional? ¿Se trataría de una característica común a todos ellos? ¿Racionalidad? ¿Era la fe algo racional? ¿Lo había sido alguna vez? ¿Qué pasaba con todas las locuras que Juan había escrito? El Apocalipsis seguía siendo una pastilla difícil de tragar, aunque Karl lo intentara todas las noches. Pastilla. Quizá fuera el momento de tomarse una. Karl dejó caer el cinturón y se dirigió a la cocina para sacar una del blíster. Después de que el pequeño comprimido rosa cayera en la palma de su mano, se lo tragó con un poco de Snapple. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué me estoy tomando? Necesito un Vademécum. Sí, eso es lo que me hace falta. Quizá Mona pueda llevarme a la librería de Barnes & Noble de la calle Ochenta y seis, pero ¿qué excusa puedo poner para querer ese libro? ¿Para qué iba a necesitarlo? Si no es porque estoy tomando medicamentos que desconozco. ¿Habrá ella notado que le faltan pastillas? Además, si salgo a la calle, ¿me llevaría a todos los sitos con ella? ¿Y si sus excursiones a la farmacia son privadas? Quizá por eso se muestre tan reticente a que la acompañe.

De niño, Karl había tenido varicela, y su pálido cuerpo se adornó de protuberancias rojas que se ampollaban y picaban que te cagas. En ese momento, tenía la misma sensación, aunque su piel tuviera un aspecto normal. Numerosos santos habían sufrido, e incluso los que no lo eran. Como Job; ¿acaso era su destino sufrir como lo hizo? Dios estaba siempre atormentando a su fiel rebaño. El mundo, por ejemplo; ¿acaso no era una prueba de la existencia de un Dios maligno? Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, pero los seres humanos no tenían nada de lo que poder presumir. Eran imperfectos, mezquinos, zafios, violentos y arrogantes. ¿Acaso el hombre era una criatura de la que poder sentirse orgulloso? Quizá ese fuera el motivo por el que Dios había borrado a casi todos de la faz de la tierra, aunque estaba claro que los que habían sobrevivido no eran ni los mejores ni los más brillantes. Karl sabía que no lo era. ¿Y Eddie? Que Dios se apiade de nosotros, si es uno de los pocos elegidos.

Karl comenzó a reírse ante la idea de que Eddie fuera un protegido del Todopoderoso, aunque también lo hizo al pensar que Dios los estaba ayudando. Menuda falacia. ¡Qué mentira tan blasfema! ¡La Biblia! ¡Las drogas! ¡La locura! Karl tenía tantas ganas de salir a la calle que se mordió el labio inferior hasta hacerse sangre. Entonces absorbió con fuerza el fluido de sabor metálico, lo paladeó y, en voz muy baja, dijo:

—Dios, que te den por culo.

A continuación, con una energía renovada, comenzó a golpearse su espalda desnuda con el cinturón, hasta impregnarla de sangre y sudor. No resultaba recomendable poner a prueba a un Dios malvado. Cada vez que levantaba el cinturón para el siguiente golpe, salpicaba de sangre las paredes de color beige, lo que le trajo a la memoria la piel con varicela de su niñez.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó, lloriqueando—. ¿Qué puedo hacer?

—Oye, no hagas eso —farfulló Ellen, quien miraba a Karl completamente atónita, al igual que hacía Alan—. ¿Es que se te ha ido la pinza? ¿Cuántos días llevas poniéndote? ¿Dos o así? A ver, partiendo de la base de que la teoría de Eddie acerca de las pastillas sea cierta, y que conste que no puedo ni si quiera creerme que esté dando crédito a algo de lo que ese imbécil haya dicho y que solo lo hago por ser justa hasta con el diablo, ¿cómo puedes pensar que has desarrollado una resistencia a los zombis en tan poco tiempo? Lo que te ocurre es que tu mente se está atrofiando. ¿Qué te pasa? ¿Crees que el efecto de las drogas tiene algo de positivo? Echa un vistazo a la espalda de tu camisa.

—No puedo —dijo Karl—. La tengo detrás.

—La tienes pegada a la piel, y no es por el sudor. ¿Qué coño te has hecho? ¿Te crees que no te hemos oído? —Ellen imitó el ruido del látigo, añadiendo un giro de muñeca para terminar. Karl tiró de la espalda de su camisa, y era evidente que la tenía algo pegada a la columna. Ellen le dirigió una desafiante mirada con unos ojos abiertos como platos—. ¿Te has fustigado mucho por Jesús?

—Bueno, da igual —dijo Karl, mientras se limpiaba los dedos responsables del delito en los pantalones, antes de metérselos en el bolsillo delantero—. Voy a salir con Mona. Alguien tiene que hacerlo. Quiero comprobar qué pasa y comprobar si las pastillas provocan algún efecto en nosotros o si podemos disponer de un paraguas de protección por el hecho de encontrarnos próximos a ella. En definitiva, quizá su don, o como queráis llamarlo, sea contagioso y proteja a la persona que la acompañe.

—Genial, Operación Gran Paraguas. —Dijo Ellen con el ceño fruncido. El pobre idiota estaba decidido—. Bueno, pues yo no pienso darte ni la lista de la compra, ya le he dicho a Mona lo que quiero, pero si te vas con ella, no volveremos a verte. No se trata de un hasta luego, sino de un adiós.

—Gracias por tu voto de confianza —dijo Karl, haciendo pucheros.

—No puedo darte ninguno. ¿Prefieres que te mienta? Genial, nos veremos a tu regreso. Pero ¿estás hablando en serio? Si es así, ha sido un placer conocerte.

Karl aceptó los comentarios de Ellen y se dirigió a la puerta en compañía de Alan.

—¿Le has hablado a los demás de tu futura expedición? —le preguntó Alan.

—Sí. Al principio Eddie me dijo que él debería ser el primero en salir, y no una nenaza como yo, pero cuando le dije que corría un alto riesgo de que me mataran, aceptó que hiciera yo de cobaya. ¿Quieres que te traiga algo? ¿Material para tus cuadros o lo que sea?

—Lo único que quiero es que vuelvas sano y salvo.

Karl se detuvo y levantó su mirada hacia Alan, sintiendo cómo la emoción le comprimía el pecho. Eddie se había comportado como de costumbre, Dave se había limitado a darle una palmadita en la espalda, Abe había mostrado una total apatía, debido a su consumo de Valium, Dabney, borracho como una cuba, lo había acusado a gritos de altanero, arrogante y presuntuoso, antes de ponerse a llorar, echarlo a patadas de su nuevo apartamento, cerrar la puerta con llave y destituirlo sumariamente y, para colmo, Ellen le había echado un rapapolvo, por lo que Alan había sido el único en desearle una buena expedición. ¿Qué coño les pasaba? Esa era la pregunta del millón en un mundo en el que los millones ya no tenían ningún valor. Alan y él se estrecharon la mano, se dieron un abrazo, y entonces Alan comenzó a darle palmaditas en la espalda a Karl, pero al darse cuenta de que este hacía gestos de dolor, pensó que quizá no hubiera sido una buena idea. Alan se miró la mano y, al ver en ella restos de sangre, empezó a disculparse, aunque Karl le agradeció el gesto.

—Una cosa más —dijo Alan, en tono de advertencia—. No estoy seguro de si esas criaturas disponen de los sentidos habituales, pero sé que el olor a sangre atrae a los tiburones, así que creo que deberías hacer algo con tu espalda. Sé que aún hace calor, pero pienso que tendrías que ponerte una chaqueta o algo así.

—Ni siquiera había pensado en eso. Ay, Dios.

—Bueno, es solo una opinión.

Karl corrió escaleras arriba, se quitó la camisa y, como la tela continuaba pegada a las costras, las heridas volvieron a sangrarle. Entonces se echó agua por la espalda, pero necesitaba algo más fuerte. Si las heridas de los latigazos tenían como objeto apaciguar a un Dios cruel, quizá algo que agravara el dolor sería visto con buenos ojos. En lugar de frotarse con alcohol, fue al armario a por una botella de vodka barato y lo vertió sobre sus heridas. El escozor provocó que llorara a mares, parecía que hubiera desviado el abundante líquido que recorría su columna para que brotara de sus lacrimales. Le picaba toda la espalda y la habitación apestaba a la bebida alcohólica que estaba quemando sus orificios nasales y chamuscando su dolorida espalda. Después de secársela, dándose golpecitos con una toalla, Karl se envolvió el torso con papel de cocina transparente, a fin de hacer desaparecer el olor a sangre. Se tomó un par de pastillas, se puso una camisa limpia y una cazadora, y entonces se dirigió al apartamento de Mona, sintiendo un hormigueo. Con la esperanza de amortiguar aún más su aroma, potencialmente delicioso, Karl metió algunas cosas en una mochila y se la colgó a la espalda. Quizá se debiera a las drogas, a la bebida alcohólica que sus heridas habían absorbido o al subidón de adrenalina, pero la cuestión era que tenía la espalda adormecida y ya no sentía dolor ni físico ni emocional.

Al pasar por la puerta de los Fogelhut, la golpeó con fuerza con los nudillos.

—¡Viejo, deséame buena suerte! —gritó. No hubo respuesta. Entonces comenzó a aporrearla con la mano abierta, pero Abe seguía sin contestar.

Muy bien, como quieras.

—Vamos a ello —era el mantra de Karl, mientras bajaba las escaleras.

Vamos a ello.

Vamos a ello.