Paria Z
Capítulo 8
Desde el otro lado del colchón, Alan dirigió su mirada a Ellen, quien dormía a pierna suelta. No sabía cómo debía sentirse. Cuando había vuelto a su apartamento, debido al estado de confusión provocado por las pastillas para dormir, ella parloteó entre sueños, pero antes de poder entender lo que decía, sus cuerpos desnudos ya se habían enredado. Mike había muerto hacía escasas horas. Bueno, morir era lo menos, porque dicho así parecía que se hubiera tratado de una muerte al uso, lo que, teniendo en cuenta el aprieto en el que se encontraban, habría sido algo envidiable. Sin embargo, Mike había sido devorado, y allí estaba Alan tumbado en la cama de Mike, puede incluso que en su parte del colchón, ya que lo más probable era que Ellen echara una cabezadita en la suya, por lo que Alan estaba ocupando una propiedad muy personal de un hombre que acababa de fallecer. Digamos que el destino le había jugado una mala pasada.
El cuerpo de Ellen, incluso consumido, continuaba pareciéndole atractivo a Alan. Bueno, se trataba de la clase de erotismo que pueda suscitar una supermodelo del campo de concentración de Buchenwald, aunque continuaba conservando ese algo indefinible que despertaba su instinto sexual. Alan cogió un lápiz y un bloc y comenzó a bosquejarla.
Sus agradables y suaves curvas habían desaparecido, pero, si lograba fundir su pincel con la mente de Egon Schiele, era posible que hiciera un buen trabajo. Había gente que encontraba erótica la obra de Schiele y, aunque no fuera el caso de Alan, uno debía adaptarse al lugar y al momento. Las areolas y los pezones de Ellen eran de color oscuro, prácticamente burdeos, lo que creaba un enorme contraste con su pálida piel. Sus maltrechas tetas se desparramaban como sacos vacíos y aplastados, aunque él se las había chupado como si de ellas manara algún tipo de antídoto. A diferencia del resto, Ellen evitaba subir a la azotea, por lo que no había dejado de palidecer durante las últimas semanas. El parche triangular de oscuro vello púbico, enmarañado y empapado por el sudor y la mezcla de fluidos del acto sexual, contrastaba en gran medida con su cerúlea piel.
La relación sexual no había parecido amorosa, sino más bien desesperada, voraz, aterrorizada y violenta. No obstante, para Alan había supuesto el primer consumo placentero de energía que recordaba desde que todo se hubiera podrido. A pesar de que se habían molido los huesos a golpes, su antiguo sueño erótico se acababa de hacer realidad. Alan se acordó de la letra de una canción infantil de su niñez: «¡Fi! ¡Fi! ¡Fo! ¡Fum! Huelo la sangre de un inglés. Esté vivo o muerto, moleré sus huesos para hacer pan». ¿Qué clase de canción de mierda era esa para enseñársela a un niño? ¿Moler sus huesos para hacer pan? ¿Qué tipo de pan era ese? Sin embargo, en ese momento, esos monstruos de ahí fuera deseaban hacer prácticamente lo mismo, pero pasando del tema de los carbohidratos. Nos limitaremos a comerte vivo, pero gracias de todos modos.
El dibujo de Alan no estaba saliendo como él esperaba. Ellen parecía retorcida y enredada, sus contornos eran convexos donde no debían serlo, y lo mismo ocurría con los cóncavos. Su maraña de rizos morenos era como una mancha grasienta y amorfa, lo que impedía ver con claridad un párpado cerrado, tan oscuro que parecía que tuviera el ojo morado. Era como si la hubieran estirado en un potro de tortura, como hacían con algunos de los acusados de herejía durante la Inquisición. En su lápiz se podía leer «Ticonderoga», pero por el modo de plasmar a su nueva novia, por un capricho del destino, bien podría leerse «Torquemada». El gran inquisidor se habría sentido orgulloso de haber reducido a un ser humano al lamentable estado en el que Ellen se encontraba, y todo en un solo día y en el nombre de Dios. El problema del dibujo era su perfección, pues la calcaba.
No era necesario que Ellen lo viera, así que Alan hizo una bola con él, lo lanzó por la ventana y este fue a caer justo en el lugar manchado de sangre en el que Mike se había topado con la muerte. ¿Qué haría Goya?, se preguntó Alan. La frase le trajo a la memoria esas pegatinas para coches, camisetas, pulseras de la amistad y demás artículos, en los que aparecía estampada la frase de moda: «¿Qué haría Jesús?». Bueno, a juzgar por lo que estaba sucediendo, abandonaría a sus apreciados feligreses para que se pudrieran. Por suerte, Alan no creía en esa estupidez, de no ser así, se habría sentido muy decepcionado con el Todopoderoso.
Volvió a pensar en Goya y en el deber de un artista. Aunque había pintado numerosos y hermosos lienzos, el viejo Francisco no rehuía de plasmar la fealdad. Alan recordó un cuadro de Goya, Saturno devorando a un hijo, en el que el gigante mitológico agarra con fuerza el cuerpo desnudo y parcialmente desmembrado de uno de sus hijos, con ojos de paranoico y quizá un toque de profundo dolor, al tiempo que le arranca la cabeza con la boca. Alan contaba con una enorme experiencia de primera mano, con respecto al hecho de ver cuerpos desmembrados, así como con el de documentarlos. En su apartamento, había varias paredes cubiertas de arriba a abajo de dibujos y cuadros que había realizado de la banda que deambulaba por las calles, tanto trabajos individuales como colectivos. Era como el Audubon de los zombis, el conservador del registro visual de la extinción de la humanidad.
Pero ¿para quién?
¿Quién vería esas interpretaciones? Las probabilidades de que existiesen futuras generaciones eran bastante escasas. ¿Los que viajan en el tiempo? ¿Los extraterrestres? No, se trataba de arte por el arte. Al igual que ocurre con la necesidad de respirar y comer, Alan había descubierto que tenía una predisposición para la creación artística, pero siempre se había preguntado la pureza de su instinto. ¿Creaba solamente a fin de impresionar a los demás? Fundamentalmente, había realizado trabajos para que fueran publicados, pero en ese momento ya no quedaba público. Durante un tiempo, pensó que solo crearía arte si existía una remuneración por sus obras. Menudo precio había que pagar para ratificar su talento. Su apartamento era una galería dedicada a un único tema: El final. Dibujos a lápiz, a pastel, a pluma, a tinta, algunas acuarelas, las cuales, estrictamente hablando, no habían sido realizadas con agua, es decir, no con sus reservas, sino con orina, que iba de maravilla. El pigmento amarillento confería autenticidad al tema. Al menos, podía pintar al óleo y colocarse un poco con el disolvente.
Así pues, el arte continuaba ofreciendo sus pequeños dividendos.
Además, había conseguido a la modelo de sus sueños.
Quien en ese momento se movía.
—Mmmmm —susurró ella—. Hola.
Hablando de colocones, Ellen parecía algo cocida. Él se preguntó cuántas pastillas para dormir se habría tomado y trató de apartar de su mente la idea de que pudiera haber intentado seguir los pasos de Mike. Los desenfocados ojos de Ellen bailaban en sus cuencas. Cuando, parpadeando, trataba de volver a la realidad, parecía confusa, insegura.
—Tú no eres Mike, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó en un tono acusador. Ella movió la cabeza, en un intento por reactivar su cerebro—. Lo siento, lo siento. Mike ha muerto, está muerto. Alan, lo siento. —Ella trató de esbozar una sonrisa, pero sin éxito—. ¡Vaya día!, ¿eh? —dijo en un intento fallido por mostrarse feliz, haciendo uso de la típica y desagradable cadencia de una secretaria en el dispensador de agua de su oficina.
—Sí —dijo Alan entre dientes.
—¿De qué es ese olor? —preguntó arrugando la nariz.
—Ah, hay un incendio en la calle, luego te lo cuento.
—¿Un incendio? —repitió ella con los ojos aún vidriosos.
—Sí, pero no es momento de hablar de eso.
Ellen se arrastró por encima de la arrugada ropa de cama para aproximarse a Alan y apoyó la cabeza en su pecho desnudo, antes de rodearlo entre sus brazos. Él comenzó a echar de menos su monástico apartamento.
—Entonces —susurró ella— ¿te mudas a vivir conmigo o no?
Se trataba de un ruego.
Una invitación.
Una trampa.
Con el pretexto de que necesitaba algo de su bloc, Alan se soltó de Ellen y huyó de su opresiva guarida. Con grácil aplomo, salió al pasillo común y la dejó plantada en la cocina. Cuando cesaron los múltiples clics del engranaje de las cerraduras de Ellen, la puerta de enfrente se abrió y apareció Eddie, con una mirada irónica y malévola, y una caña de pescar en la mano.
—No pierdes el tiempo, ¿eh? —dijo lanzando una mirada lasciva—. Sabes, siempre te he tenido por maricón, pero me descubro ante ti, Zotz. Has entrado ahí como un campeón y te has llevado el botín. Me quito el sombrero, colega.
—¿Qué estás…?
—No te hagas el tonto, campeón —dijo moviendo la caña de pescar para hacerse entender. Entonces, Eddie levantó el dibujo alisado de Ellen con el que Alan había hecho una bola—. He practicado un poco de pesca en el lago Swenson. —Dio la vuelta al dibujo, y la parte de atrás estaba manchada de sangre.
Alan miraba su obra con incredulidad.
—¿Con la que está cayendo y tú te dedicas a rescatar ese dibujo del callejón? Joder, pero ¿es que estás loco?
—Accidentes de coches los hay a patadas —dijo Eddie sonriendo—, pero el arte es para siempre.
—¿Que accidentes de coches los hay…? —Alan movió la cabeza como un perro mojado que intentara encontrarle sentido a tal afirmación—. ¿Qué dices? ¿Cuál ha sido la última vez que has visto algún coche pasar por aquí?
—Hace siglos, pero no nos sirvió de nada, ¿no es cierto? En cualquier caso, había otros ruidos que despertaban un mayor interés. Chico, Ellen jamás había gemido así con Mikey, te lo aseguro, ni en los viejos tiempos.
Alan metió a Eddie en su apartamento de un empujón, entró tras él y cerró la puerta.
—Por Dios, Eddie, Ellen podría oírnos —dijo Alan, mientras le clavaba el dedo a Eddie en su hundido esternón.
—Todo el mundo oye lo que dicen los demás, casanova, las paredes tienen oídos, sobre todo si te estás tirando a una vocinglera. Gemía de tal forma que pensaba que se la estaban comiendo viva, aunque supongo que era lo que en realidad estaba ocurriendo. —Eddie sonrió con ironía, antes de sujetar el dibujo en la puerta de su frigorífico con un imán de plástico con forma de plátano y comenzar a admirarlo—. Aunque Ellen ya no está tan buena como en los viejos tiempos, ¿eh? Antes tenía unas peras de las que poder presumir. Bueno, uno se conforma con lo que tiene, ¿no es cierto? No permitas que la búsqueda de la perfección te impida disfrutar de algo medianamente aceptable.
—Mira, no le des tanta importancia, ¿de acuerdo? —dijo Alan, odiando tener que emplear un tono de voz algo engatusador—. Ellen ya tiene bastantes problemas y se los tiene que comer con patatas…
—Ninguno de nosotros tiene patatas que comer —dijo Eddie, interrumpiéndolo.
—Lo digo de manera metafórica. Dios, en cualquier caso, se trata de algo provisional, solo intento…
—Meterla en caliente. Es comprensible. Colega, si hay alguien en el edificio que piense como tú, ese es mi menda. Ese cuento del artista sensible ha obrado el milagro, ya lo pillo. A algunas chicas les gustan los deportistas y a otras los intelectuales. Debería haber sabido que a la puta de Ellen le ponían como una moto los listillos, solo tienes que echarle un vistazo a su última pareja, Mikey Swenson. ¿A qué se dedicaba? ¿A la informática?
Mike había trabajado en el departamento informático de una empresa de transacciones bursátiles en Wall Street, así que un punto para el agudo deportista.
—Mira, mantenlo en secreto, ¿vale? Deja que la mujer pasa su duelo en paz.
Eddie comenzó a reírse socarronamente.
—De acuerdo, con una condición.
Alan comenzó a flaquear.
—Dime cuál.
—Que continúes trayéndome dibujos de mujeres desnudas. Quiero que me sigas proporcionando material fresco y colosal. No sé por qué no he pensado antes en explotarte, teniendo en cuenta la absoluta falta de recursos. Obviamente, hace tiempo que se me acabó lo de ver porno en internet.
—¿Quieres que haga dibujos pornográficos de Ellen para ti? —preguntó Alan boquiabierto.
—No solo de Ellen, y desde luego no con el aspecto que tiene ahora. Ya se me ocurrirán algunas ideas con las que puedas trabajar. ¿Está claro? Vale, pues ahora sal de mi puto apartamento.
Alan bajó a su casa y se dejó caer en la cama, completamente aturdido. Así debía ser la cárcel. Siempre se había preguntado si podría soportar la falta de libertad, sobre todo durante mucho tiempo. Imaginaba que su única arma para sobrevivir sería la de dibujar perversas fantasías para el resto de los presos. Los violadores querrían violar a sus fantasías eróticas, los asesinos querrían asesinar a las suyas, los polifacéticos querrían un híbrido, una de la columna A, tres de la columna B, y así sucesivamente. Sin embargo, en ese momento, un exdeportista estaba chantajeando a Alan para que realizara dibujos posapocalípticos de mujeres.
¿Qué haría Vargas en su lugar?