Paria Z

Bob Fingerman · Capítulo 2 de 42

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Paria Z

Primera parte

1

 

Febrero, hace unos meses

 

Larry Gabler estaba allí tumbado, sangrando y respirando con dificultad. Con setenta y dos años, era once años menor que Abe, aunque en ese momento se lo habría puesto muy crudo a Matusalén.

—Tienes que volver a casa con Ruthie —le dijo él entre jadeos, mientras el sudor brillaba en su cerúleo rostro.

—Sí, sí —dijo Abe, al tiempo que se servía un copazo de la botella que había en su escritorio; la radio emitía sin parar el poco convincente reportaje de los histéricos corresponsales que intentaban articular lo que estaba ocurriendo en toda la ciudad de Nueva York, por no hablar del resto del mundo. Abe dio un tímido sorbo al whisky, antes de bebérselo de un trago y asomarse por la ventana para echar un vistazo al caos que reinaba debajo. Mientras observaba, tres taxis chocaron y el conductor de uno de ellos salió despedido por el parabrisas como si fuera un torpedo de carne. La gente se empujaba y se daba empellones, unos trepaban por encima de los otros, todos trataban de salvarse, que se fueran a la mierda los demás. El estruendo de los gritos y de las balas perdidas retumbaba en el cada vez más oscuro pasillo del edificio de oficinas, al tiempo que el sol se escondía por el oeste, más allá de Jersey. Mezclado con la habitual mugre de los montones de nieve acumulados en la acera, había un color nuevo: un rojo intenso, abundante, que los hacía parecer grandes cucuruchos de nieve ensangrentados.

—Ay, sí, estoy deseando bajar y mezclarme entre la multitud —dijo Abe.

La chica vagabunda que había traído a Larry renqueando estaba muerta de miedo. Estaba sentada, prácticamente catatónica, al otro lado del apelmazado sofá de la sala de espera. Era una joven y atractiva portorriqueña, posiblemente de veintitantos, quizá fuese dominicana, Abe no estaba del todo seguro. Para él los jóvenes eran jóvenes, los viejos eran viejos y los hispanos eran hispanos. Larry soltó un chirriante gruñido y se tiró un estruendoso pedo, con la barbilla apoyada en el pecho, mientras le sangraban las fosas nasales.

—Creo que tu amigo ha muerto —murmuró la joven latina.

—Ya estaba muerto cuando entró —respondió Abe—. Lo pude percibir en todo su ser. Cuando se llega a mi edad, la muerte es una de las pocas cosas que uno puede reconocer a simple vista.

Abe dirigió su mirada al pedazo de tela empapado en sangre que rodeaba la pantorrilla mordisqueada de Larry, los pantalones estaban hechos jirones. Se tomó rápidamente otro chupito de whisky y se dirigió hacia la puerta.

—¿Adónde vas? —preguntó la chica.

—Tengo que hacerle una visita a Menachem Bender.

—¿A quién?

Sin dar más explicaciones, Abe salió de la oficina de la tienda de ropa de bebés Cutie-Pie y bajó a toda velocidad al vestíbulo en dirección al establecimiento de ropa masculina de tallas grandes Menachem Bender. Trató de abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.

—Bender, ¿estás ahí? —Aporreó la puerta varias veces, haciendo vibrar el cristal esmerilado en el que aparecía grabado el nombre y el logotipo de Bender—. Bender, vamos, soy yo, ¡Abe Fogelhut! ¿Estás ahí? —No hubo repuesta. Abe inspeccionó el vestíbulo, antes de dar un codazo y sacar del marco el panel que estaba suelto, provocando que el cristal cayera al suelo de linóleo haciéndose añicos. Con cuidado de no cortarse, abrió la puerta, sintiendo el angustioso estremecimiento que le provocaba el hecho de invadir el negocio de su vecino, así como un intenso y paralizante miedo—. ¡Bender!

No hubo respuesta.

Abe echó un rápido vistazo a la oscura habitación, entonces entró, encendió los tubos fluorescentes que había en el techo y estos comenzaron a emitir zumbidos de protesta. Un somero repaso a los libros de contabilidad de Bender hizo evidente que Cutie Pie no era el único establecimiento del sector textil que experimentaba un pésimo trimestre.

—Vaya —suspiró Abe—. Mi más sentido pésame. —Abe rodeó el escritorio en dirección al almacén y casi tropieza con el cadáver de Bender, quien empuñaba una 38 en su mano de blancos nudillos. La pared y el suelo adyacentes se encontraban salpicados de fragmentos de cráneo y cerebro. Abe se tapó la boca con la mano y entonces la bajó, al caer en la cuenta de que ni iba a gritar ni a vomitar. Solo negó con la cabeza y abrió el almacén, al tiempo que repetía sus anteriores condolencias. Al encender la luz, se permitió esbozar una sonrisa.

—Perfecto —dijo, al ver los montones de ropa de invierno para excursionistas de talla grande que habían quedado sin vender.

Momentos después, volvió a Cutie Pie para encontrarse con Larry inclinado sobre la latina y devorándole las entrañas con avidez. Abe regurgitó lo que tenía en el estómago, lo que le abrasó la garganta al pasar. Larry ni siquiera apartó la mirada de su festín, aún espasmódico, cuando Abe, feliz de haber recuperado el revólver de Bender, vació el cañón en su compañero, ahora convertido en zombi. El quinto disparo hizo saltar por los aires la parte superior del cráneo de Larry, quien cayó sobre los restos de la chica. Abe escupió bilis al suelo, dio un trago a la botella de Cutty Sark, se enjuagó la boca con él y volvió a escupir.

—Muy bien —dijo, fingiendo la mayor tranquilidad posible—. Muy bien.

Se limpió la boca con su pañuelo, cogió un cúter y abrió una de las numerosas cajas de la colección de bodies de invierno para bebés de la marca Baby Sof’Suit que no se habían vendido.

—Muy bien —repitió—, ha llegado la hora de la redención.

Con su metro sesenta y cinco de altura y su cintura de setenta y seis centímetros, Abe se puso un peto de la talla XXXL de Breathable Sub-zero Shield Sooper-System, un mono de caza con doble aislamiento para los gorditos a los que les gusta darse caminatas por los bosques para disparar a bichos indefensos. Dejándose el peto bajado, Abe comenzó a rellenarse las perneras con bodies, desde los tobillos hacia arriba. Tras alcanzar la máxima densidad, se lo subió, tiró de la parka de camuflaje a juego y la rellenó con más bodies. Con la capucha ceñida alrededor de su bufanda y un par de gafas para la nieve, Abe se parecía a Papá Noel preparado para la lucha.

—Muy bien —repitió, esta vez con un tono más apagado—, hora de volver a casa.

 

Julio, en la actualidad

 

Tumbado boca arriba, Dabney permanecía despierto al aire libre. El cielo, sin estrellas, era como un bloque de pizarra, y tampoco había nubes que diferenciaran la opaca penumbra que reinaba en las alturas, aunque no se trataba de una oscuridad total, sino de algo grisáceo y sin vida. Sería agradable que se vieran estrellas, quizá la luna, lo que fuera, sin embargo, no había nada, nada de nada. ¿Cómo podía ser posible? Quizá estuviera perdiendo la vista. Debajo de él, la tela asfáltica pintada en plata estaba abollada y aún caliente, al continuar reteniendo el calor diurno. Él palpó la textura con sus gruesos dedos, que estaban tan arrugados y despellejados como el resto de su piel, achicharrada por el sol de pasarse la vida allí en la azotea. Que los demás se pudran en sus apartamentos, pensó. Yo prefiero pudrirme a los ojos de Dios.

Dabney se tocó la frente, se arrancó una tira de piel y la presionó contra su lengua, mientras saboreaba la acre salinidad de ese sucedáneo de cecina, fino como el papel. Se dejó el pellejo en la boca durante un rato, antes de salivar lo suficiente para poder tragársela. Sabía que su comportamiento estaba siendo asqueroso, pero ¿y qué? Se estaba demostrando a sí mismo qué sentidos podía estimular. El gusto; comprobado. El tacto; comprobado. La vista; negativo. ¿El oído? Todo lo que lo rodeaba estaba en silencio, así que Dabney forzó un eructo ácido. Comprobado. ¿El olfato?

Olfato.

El olfato había sufrido demasiado en los últimos meses y, aunque tampoco se podía decir que dicho sentido hubiera sido nunca su fuerte, la atrofia de este podía considerarse como una especie de bendición, dadas las circunstancias. Así que, por el momento, tres de cinco. La mañana llegaría y la vista volvería pronto a formar parte de la lista.

Cuatro de cinco.

No estaba mal.

—Dios, hasta el más mínimo movimiento me pondría contento. Movimiento. Contento. Una leve brisa me traería una sonrisa, mientras se desliza sin prisa por debajo de mis sisas y alivia mi… mi… Joder. Ya no me sale.

Tras terminar el juego de rimas, Karl se colocó de costado, el colchón en el que había estado tumbado estaba húmedo debido al sudor, un fluido que no podía permitirse perder. Karl miraba a la pared, o al menos en su dirección. Estaba tan oscuro que no podía verla, pero estaba allí, una fina capa protectora que lo separaba de ellos, aunque ni siquiera estaba pensando en los verdaderamente peligrosos, en letras mayúsculas, solo pensaba en los que estaban en el edificio, sus vecinos.

Todas las ventanas del apartamento 5B estaban abiertas, aunque nadie lo notaría, porque el aire estaba tan quieto que parecía un vacío. Karl inhaló profundamente, pero algo acumulado en el interior de la cavidad nasal le provocó un estridente silbido. Entonces comenzó a inspirar, espirar, inspirar, espirar, cambiando el ritmo e intentando olvidarse de su insomnio. Silbaba por la nariz un tema de pop prácticamente olvidado, cuya melodía le había venido a la cabeza de repente desde lo más profundo del subconsciente. ¿Qué tema era ese? Más tarde, se puso a tararearlo sin letra, aunque la tenía, de eso se acordaba. En ese momento, eso lo estaba matando. Cuanto más tarareaba, alargando las notas, menos podía concentrarse en la letra, realmente lo estaba matando, bueno, en realidad no, pero tampoco le servía de gran ayuda.

Pesar como cuarenta y cinco kilos sí que lo estaba matando.

Estar deshidratado sí que lo estaba matando.

La falta de sueño sí que lo estaba matando.

El repetido soniquete era sencillamente enervante.

Con crujidos internos que ponían en entredicho sus veintiocho años de edad, Karl dejó caer sus piernas por un lado de la cama y rozó con los dedos los tablones de madera desnudos, los cuales estaban tan calientes como todo lo demás. ¿Qué clase de mundo era ese en el que hasta el suelo estaba caliente? Se suponía que los suelos eran fríos al tacto, incluso en verano.

Antes de salir de la cama, Karl buscó a tientas las cerillas en la mesita de noche. Aunque no le gustaba la idea de encender una y añadir todavía más calor, a pesar de que este fuera mínimo, era todavía más reacio a golpearse los dedos de los pies o a tropezar con algo. Después de haber vivido en ese apartamento durante los últimos años, era de esperar que conociera el terreno, incluso sin poder ver nada, pero no era el caso. Su sudorosa palma dio con la carterita de fósforos y Karl encendió uno, cuyo brillo lo cegó durante un momento, a medida que sus ojos se adaptaban a ese diminuto haz de luz en medio de la más absoluta oscuridad. El pequeño y titubeante fuego dio con la mecha ennegrecida de una de las velas y la encendió, provocando un foco de brillo con una reconfortante incandescencia.

Karl tenía muchas velas, regalos de su madre, sus tías, su abuela y sus antiguas novias. Tenía incluso de compañeras de trabajo, la gilipollez del juego del amigo invisible. ¿Qué les pasaba a las mujeres con las velas? Cuando se las regalaban, fingía que le gustaban y luego las metía en una caja que guardaba en un armario, aunque en ese momento se alegraba de tenerlas, con la excepción de las aromáticas. Había aprendido la lección por las malas. Los aromas frescos, afrutados, acanelados y a flores hacían renacer su aletargado sentido del olfato, se trataba de unos olores olvidados que despertaban sus receptores olfativos, lo que a su vez intensificaba la repugnancia del insoportable tufo de la putrefacción de la calle. Solo hizo falta una vela con aroma a manzana para aprender la lección. Había encendido la mecha y disfrutado durante un momento del delicioso buqué, antes de vomitar por el penetrante hedor del incesante desfile de seres putrefactos al aire libre.

Así que, nada de velas aromáticas.

Con la luz, Karl pudo distinguir la decoración de su dormitorio, los pósteres de la pared (Kiss, Slipknot, Metallica, Judas Priest, Ozzy, Motörhead, Korn) le proporcionaban tranquilidad, aunque ninguna de esas bandas era la responsable de la dichosa melodía que en ese momento no dejaba de repetirse en su cabeza. ¿Cuál era? Le resultaba conocida y desconocida a la vez. Era una melodía en cierta forma bonita y molesta al mismo tiempo.

Karl recorrió con la mirada el Muro de la Belleza, un auténtico tapiz de fotos de chicas de calendario, páginas desplegables, recortes de revistas y lo que más le gratificaba a nivel personal (aunque en ese momento, en retrospectiva, tan sentimental que daba pena), las fotos Polaroid de los viejos tiempos en los que todavía «se comía algún rosco» y, en ocasiones, lograba convencer a sus conquistas para que posaran desnudas para él. Cuando todo era diferente, había sido discreto y guardaba esas fotos en un lugar privado, pero ¿y en ese momento? En ese momento estaban siempre a la vista.

Karl se levantó de la cama y arrastró los pies hasta llegar a la pared. La parpadeante luz de la vela provocaba que las imágenes parecieran estar contoneándose, y aunque había cierto movimiento en sus partes bajas, era insuficiente para el autoerotismo. ¡Erotismo! Vaya una falacia. ¿Hay algo menos erótico que hacerse una paja frente a un altar de representaciones bidimensionales de carne núbil?, ¿o de cualquier carne?, en este caso, ¿de carne muerta? Todas estaban muertas, o eso pensaba él, al menos; entonces, ¿constituía un acto de necrofilia el hecho de masturbarse con esas fotografías de bellezas? En los viejos tiempos, una de las estrellas del porno favoritas de Karl se suicidó y, a consecuencia de eso, el descomunal alijo de vídeos en los que ella aparecía se convirtió en algo odioso para su libido, así que se los regaló a un amigo menos preocupado por… ¿cómo decirlo?, ¿el sentimiento?, ¿la conciencia?, ¿la ética?, ¿la empatía? o sencillamente ¿la decencia de toda la vida?

La decencia parecía una virtud pasada de moda, por lo que, cuando podía recobrar energías, les daba unas palmaditas en el trasero a las señoritas muertas. ¿Acaso las había de otra clase?

Karl recorría con las puntas de los dedos algunas de sus fotografías favoritas. Chicas de piernas largas, anchas de caderas, cinturas de avispa, y todas ellas con ojos tentadores. Lo más preciado era su foto Polaroid de Dawn-Anne McCarthy, el amor platónico de su primer ciclo de secundaria. Se había encontrado con ella, años después de graduarse, en la cola de una tienda de la ciudad. Su antiguo desdén por él en el instituto había desaparecido y algunas semanas de ensueño satisficieron todas y cada una de sus fantasías de adolescente con ella, aunque en el caso de algunas, su mente pubescente había sido demasiado inexperta para tan siquiera evocarlas.

Hasta que la jodió, claro está.

—Eras la mejor, cariño —le dijo Karl, mientras rozaba con la punta de su dedo índice el sedoso centro del sexo de Dawn. Él suspiraba con una melancolía manifiesta, aunque tampoco es que hubiera nadie que fuera a notarlo ni a darle consuelo—. Eras mi Everest.

Karl se puso colorado de vergüenza ante sus cursilerías, luego levantó su mirada hacia el techo y pensó en subir a la azotea. Probablemente allí hiciera menos calor, quizá corriera algo de aire. Más tarde se acordó de Dabney y lo reconsideró, así que volvió a la cama, apagó la vela y se enroscó de costado en el borde, en un intento por no tocar la zona húmeda.

Que estaba caliente.

—¿Estás dormido?

Al otro lado del vestíbulo, en el apartamento 5A, Ruth Fogelhut le daba un golpe a su marido de cuarenta y seis años en unas costillas tipo xilófono con una mano similar a la garra de una gallina, mientras sus afilados dedos arañaban la translúcida epidermis de este, dejando tras de sí unas marcas de color rojo escarlata, aunque tampoco es que fuera a verlas nadie con esa oscuridad.

—¿Quién puede dormir aquí? Sobre todo… —pausa para un ligero ataque de tos seca— cuando te pasas la noche torturándome. ¿Dormir? ¿A qué llamas tú dormir? Debería tener la suerte de poder dormir. Hasta una pesadilla sería preferible a tu constante coñazo.

—No es necesario que seas tan desagradable, Abraham.

—¿Se supone que eso es para reprenderme, «Abraham»? ¿Crees que soy un niño de cinco años y que decir mi nombre completo es un castigo que voy a tolerar? Abe, Abraham, llámame como te dé la real gana. Puedes llamarme Ismael, me tiene sin cuidado. Dormir, dormir es un bonito recuerdo.

—Te llamaré mierda, ¿qué te parece eso?

En la oscuridad, Abe esbozó una sonrisa triunfal. Durante toda su vida, Ruth nunca había sido dada a decir tacos, una vulgaridad así era indigna de ella. Las palabrotas eran para el pueblo llano, la plebe, pero sin las necesidades básicas, como son la comida, el agua corriente, la electricidad, la higiene, etcétera, hasta Emily Post podría llamarte chupapollas durante la cena.

—Lo siento, Abe. Abe, ¿está mejor así? —La voz de Ruth era ronca y lastimera, parecía provenir de alguien no del todo humano, como si tuviera los huesos de cascabel y la boca reseca, como si fuera algo momificado y parco, pero no te lo pierdas, es que en realidad no era del todo humana. Ruth, la que una vez fuera una réplica exacta de Ruby Keeler de joven, con unas curvas que quitaban el hipo, era en ese momento un arrugado saco de huesos, prácticamente calvo y con unos cráteres como hueveras alrededor de sus legañosos y apagados ojos verdes.

—Abe está bien —contestó este en voz muy baja. ¿Por qué alzar el tono de voz? Ya no había ruidos con los que tener que competir, como el tráfico y los aviones que surcaban el cielo estruendosamente, ya no se oían los gritos de los niños ni de las víctimas de los atracos, ni a los clientes broncas del bar situado en diagonal con respecto a su apartamento. Ya no había coches tuneados con sus estridentes equipos, cuyos bajos eran tan intensos que se podían sentir en el colon. Tampoco se oía el molesto escándalo de los camiones de la basura, ni el estruendoso rugido del triturador, ni el impacto y sonido metálico de las latas vacías al ser arrojadas al suelo, ni tampoco las bromas inarticuladas de los empleados del servicio de recogida de basura. ¿Quién podía pensar que iba a echar de menos toda esa mierda?—. Abe está bien —repitió, con la intención de tranquilizarse tanto a sí mismo como a Ruth. Parecía más recomendable hablar de sí mismo en tercera persona, como si no fuera del todo real, porque la realidad daba asco. Abe no está bien, pensó él. ¿Quién coño está bien con los tiempos que corren?

—No puedo dormir.

—¿En serio? —preguntó el anciano, el sarcasmo comenzaba a volver paulatinamente, desbancando su miserable intento por mostrarse tierno—. Podrías tirarme al suelo con una pluma. —El hecho era que cualquiera de ellos podía ser abatido por una pluma, y no especialmente grande. Eran dos esqueletos con una pizca de carne mustia unida por una decrépita membrana, que yacían juntos en un desvencijado sarcófago.

Un piso más abajo, en la cuarta planta, con la oreja pegada a la puerta del 4B, Ellen Swenson se tapaba con fuerza la boca con la mano, reprimiendo las ganas de llamar a su marido, Mike, quien dormitaba a ratos tras la puerta, que se encontraba abierta en ese momento. Ellen había colocado su chancla izquierda entre la puerta y la jamba y había caminado de puntillas por el estrecho pasillo para escuchar a hurtadillas. Mike no se creía las afirmaciones de su esposa sobre sus vecinos, los deportistas, los exdeportistas. Eran chicos normales, engullidores de cerveza, jugadores de hockey, bravucones, republicanos, en definitiva, chicos corrientes de los que dan voces. Eran unos tipos masculinos y amantes del deporte, a los que les gustaba salir de juerga con los amigotes, pero debido a su extremada superficialidad, a Ellen le parecía que tenían un halo de misterio. El argumento de Mike, (gracias, Freud), era que a veces un puro es solo eso, un puro, pero Ellen no se lo tragaba. Habiendo apartamentos aún vacíos, ¿por qué habían decidido vivir juntos al llegar allí? Sencillamente, ella le daba vueltas a todo.

Ellen tenía una teoría y necesitaba pruebas, algo que le servía de entretenimiento cuando sufría de insomnio, que era casi siempre, sobre todo desde que las noches se habían convertido en interminables. No había luz ni entretenimiento ni las diversiones convencionales, así que Ellen se las ingeniaba para distraerse sola. De pequeña, había sido fan de Nancy Drew, Encyclopedia Brown e incluso de Scooby Doo, por lo que aquella chica entrometida descubriría las tretas de los deportistas, aunque le fuera la vida en ello, porque si eso no la mataba, lo haría el aburrimiento.

La ventaja de un mundo prácticamente silencioso era que las paredes oían, algo que a veces resultaba un inconveniente, aunque en ese momento no fuese el caso. Deben estar en el salón, supuso Ellen. Sonaban cerca, muy cerca, como si estuvieran al lado de la puerta, aunque el sonido puede tenderte una trampa en la más absoluta oscuridad. Lo único que deseaba era oír algo comprometedor con lo que poder jactarse frente a Mike, demostrándole que tenía razón.

—Ni siquiera sé por qué te hago caso, Mallon —oyó decir a Eddie. Ellen imaginaba que Eddie era el líder. Daba más voces y parecía más temible, por lo que Ellen le tenía miedo. El pálido, pelirrojo y pecoso de Dave solo la molestaba—. Nunca tienes razón.

—Tío, ten cuidado con el agua.

—Vaffanculo, colega. No te preocupes tanto por mí. —Eddie lanzó violentamente la jarra que había en la encimera para dejar claro su dominio, caso cerrado—. Qué jodidos los gilipollas del otro lado del pasillo —dijo con brusquedad—. ¡Putos Swenson!

Al oír su apellido, Ellen se puso nerviosa.

—Deberíamos meterle una somanta de hostias a Mike y llevarnos a su mujer para convertirla en nuestra esclava sexual. Aquí solo hay dos putas mujeres…

—¿Y qué pasa con Gerri?

—Aquí solo hay dos putas mujeres, una tiene como noventa años y la otra está casada y es monógama. ¡Putos monógamos! De todas formas, ¿qué clase de egoísmo de mierda y pasado de moda es ese? ¿Los judíos no lo compartían todo en los kibutz esos? Mira, no hay vuelta de hoja, te lo aseguro colega, esto es una mierda.

—Oye, relájate —le reprendió Dave en voz baja—. Las paredes oyen, ¿sabes?

—Me importa un carajo —bramó Eddie—. Que lo oiga, que lo oigan los dos. ¡Oye, Swenson, me hago pajas pensando en la zorra de tu mujer!

Tras oír eso, a Ellen se le anudaron las entrañas, ya no tenía ninguna gracia y, aunque ni Dave ni Eddie eran los robustos gigantones que una vez fueron, los dos seguían siendo imponentes. Mike y ella no tendrían ninguna posibilidad frente a ellos en una confrontación física. Esclava sexual. Cuando Ellen comenzó a temblar, Eddie soltó una estruendosa y maléfica carcajada.

—Solo estoy de coña, Dave, relájate.

Sí, claro, relajarse. A pesar del sofocante calor, a Ellen se le puso la piel de gallina, mientras un sudor frío le recorría la frente. Como un ciego de una película de cine mudo, extendió los brazos, volvió a tientas a la puerta de su apartamento, se metió en él y dio tres vueltas a la llave por si Eddie no estaba «solo de coña».

Alan se masajeó las sienes y se quitó las gafas, que estaban rayadas y manchadas de sudor y sebo. Su «zona T» había estado haciendo horas extras y sus cejas dejaban manchas translúcidas en los cristales. Las velas parpadeaban, lo que aumentaba la ya sofocante temperatura, pero ¿qué podía hacer si no podía conciliar el sueño, sino tumbarse allí y mirar hacia el tenebroso vacío? No le apetecía pintar, así que leer era lo único que le quedaba por hacer, ya que no había televisión ni internet. Todas las baterías estaban gastadas, por lo que tampoco podía usar el Walkman ni el iPod. La música era solo un dulce recuerdo, junto con las comidas regulares, las lujosas y prolongadas duchas, las películas… joder, todo.

Alan continuó frotándose y sintió cómo su pulso latía con fuerza por debajo de la finísima capa de dermis que se extendía sobre su cráneo. Pensó en sumergirse en sus cada vez más escasas provisiones de ibuprofeno, paracetamol y aspirina de marca genérica. Tenía la vista cansada. Su madre siempre le había advertido que se estropearía los ojos por leer con una luz inapropiada, también le aconsejaba que no se sentara demasiado cerca de la televisión, un consejo que en ese momento era discutible. Le apetecía seguir leyendo, era un libro tan bueno que no lo podía soltar. Su padre solía darle charlas acerca de que malgastaba su mente en porquerías y le pedía con insistencia que leyera a los clásicos para ampliar sus horizontes y refinar su mente, pero Alan persistía en la lectura de bodrios. A Alan le gustaba el escapismo, incluso cuando las cosas seguían yendo bien, pero ahora este constituía su único lujo. Su colección de novelas de ciencia ficción y policíacas valían su peso en oro. Olvida eso; el oro ya no servía para nada, eran más valiosas que dicho metal. Lo siento, papá. Es probable que Chaucer o Dickens o Goethe o Balzac o Sartre o quienquiera que fuera me hubieran convertido en mejor persona, resulta difícil saberlo, pero en este preciso momento seré yo quien lleve las riendas de mi fantasía, muchas gracias.

Por otro lado, había dejado que los libros de terror se pudrieran en la estantería.

El dolor en las sienes se extendió hasta la mitad de su cabeza, llegando al puente de su nariz, el martilleo era incesante, insistente e insufrible. Pasó de masajearse los lados de la cabeza a la zona entre los ojos. Iba a tener que dejar de leer para sumergirse en su oscuro insomnio, porque, en realidad, no quería medicarse. Alan se chupó las puntas de los dedos y pellizcó las velas para apagarlas.

Volvió a desplomarse en el colchón. Le picaba la cara, ya que aún no se había acostumbrado a su poblada barba, pues no dominaba el arte de afeitarse en seco. Desnudo, sudoroso, peludo y ciego hasta la llegada del sol, la cabeza le reventaba y el hedor le provocaba arcadas. Alan pulsó el botón del reloj digital y el diodo electroluminiscente anunció que eran las tres y veintisiete de la madrugada. Faltaban aproximadamente dos horas para que amaneciera, toda una eternidad. Mientras se rascaba y se retorcía, se quedó dormido, la única persona que lo había logrado en todo el edificio.

Una planta más abajo, situados por encima de la abandonada y tapiada lavandería Phnom Penh, los apartamentos 2A y 2B estaban libres, pues nadie quería vivir tan cerca de la calle, además, el 2B traía muy malos recuerdos.