Paria Z
Capítulo 13
—Son hermosos y horripilantes al mismo tiempo —dijo Ellen, mientras admiraba los trabajos de los zombis de Alan. Llevaban una semana juntos y Alan la había invitado a su estudio para que contemplara su obra. Era la única persona del edificio a la que le había permitido entrar a su sanctasanctórum—. Dios mío, hay tantos.
—Y son todos diferentes —dijo Alan—. Como ocurre con los copos de nieve.
—Bueno, no precisamente —dijo Ellen con el ceño fruncido.
—¿Como las huellas?
—Eso se acerca más. Es como si los estuvieras catalogando.
—Supongo que es lo que estoy haciendo, me ayuda a pasar el rato. Son como las pinturas rupestres del futuro.
Ellen recorrió con la vista la mareante cabalgata de dibujos. Aparte de su calidad técnica, Alan había plasmado algo acerca de las criaturas del exterior que nunca había dejado de tener en cuenta: su humanidad. Esos monstruos no siempre habían sido así, antes fueron Homo sapiens. Las meticulosas ilustraciones de Alan, al tiempo que carecían de sentimiento, revelaban una cierta humanidad latente en su contenido. La inclinación de una cabeza, la suavidad de una ceja, la curvatura de una boca. Todos esos rasgos le recordaron a Ellen que esas vasijas vacías un día tuvieron una vida interior. Habían sido amigos y vecinos.
—Me sorprende lo imparciales que son —dijo Ellen maravillada.
—No nos odian, ni tampoco han elegido ser lo que son.
Ellen recorrió con el dedo el contorno de un dibujo a pastel de un zombi al que le faltaban los brazos y la mitad del rostro. No llevaba pantalones y había perdido el pene, aunque conservaba el escroto. Ella analizó el resto de las imágenes. Hombres, mujeres, a todos les faltaban distintos miembros. No había ni uno solo que hubiera permanecido intacto. ¿Cómo era posible que no se hubiera fijado en eso antes? Se dirigió a la ventana apresuradamente y, apoyados en el alféizar, había unos prismáticos, así que decidió usarlos. Aunque los zombis de la calle de abajo estaban hacinados, pudo confirmar lo que reflejaban los dibujos de Alan. No había ni tan siquiera uno que estuviera entero. En algunos, el daño era más evidente que en otros. Resultaba fácil distinguir a los que les faltaban todos los miembros, aunque todos estaban mutilados, aparte de sufrir una putrefacción generalizada. Tenía sentido, ya que la mayoría habían sido atacados salvajemente cuando todavía eran personas, antes de morir y revivir.
A algunos les faltaban las orejas, la nariz, la mandíbula y fragmentos de hombro; tenían cortes profundos, y las cavidades en las que debían encontrarse los vientres estaban vacías. Ella cayó en la cuenta de que muchos de ellos iban desnudos, bien porque se les había caído la ropa o porque se la habían arrancado a la fuerza. Algunos llevaban arrastrando fragmentos resecos de intestino que los demás pisaban. Varios tenían cortes a través de los cuales se podían apreciar sus atrofiados órganos internos, algo parecido a los modelos anatómicos de juguete que su hermano pequeño montaba, solo que menos asépticos. Los que no tenían piernas se arrastraban con los brazos, prácticamente perdidos entre la multitud, al tiempo que los demás les pasaban por encima. Sin embargo, seguían adelante. Ellen volvió a dirigir su mirada a la pared en la que se encontraban los retratos de Alan y trató de reconocerlos entre la multitud que tenían debajo.
—Lo que se ve ahí fuera es como un cuadro del Bosco —dio ella, aparentemente aturdida.
—El Bosco era un puto amateur. La peste Negra fue pan comido. Esos maricones lo tuvieron fácil —le dijo Alan a Ellen con una sonrisa.
—No hables así.
—¿Te parece demasiado siniestro?
—No, demasiado vulgar. Pareces una versión algo más cultivada de Eddie.
—Ya lo he pillado. Puaj. De acuerdo, me abstendré de decir palabrotas. Ya en serio. Esos tontainas. ¿Está mejor así? —Ellen asintió con la cabeza—. Comparados con nosotros, los tontainas del siglo catorce lo tenían más fácil, aunque lo que está ocurriendo ahora es una evolución lógica. Las ratas y las pulgas propagaron la peste bubónica. Verás, las ratas que transmitieron la enfermedad fueron traídas a Europa a través del comercio con el este. Al menos, esa es la teoría que yo recuerdo. Las pulgas que tenían las ratas contagiaron la enfermedad a los humanos. Supongo que ya sabes que no se trataba precisamente de una época muy higiénica. Las alcantarillas estaban abiertas, la gente cagaba por las ventanas, perdona, defecaba. Igual que nosotros, ¿vale? La peste se propagó como un incendio fuera de control. Los síntomas resultaban evidentes para todo aquel que tuviera ojos. Les salían esos típicos bubones, que eran ganglios linfáticos inflamados, lo que unido a una fiebre muy alta los hacía delirar. Sus pulmones también quedaron infectados y una versión aerotransportada se propagó entre las personas a través de las toses, los estornudos o por el propio aliento al hablar. Es probable que todo este lío comenzara con las pulgas o las ratas, ¿quién sabe? Lo siento, no estamos en una clase de historia.
—No, continúa, es interesante.
En realidad no lo era, pero hacía pasar el rato. Ellen nunca había sido una gran aficionada a la historia, pero Alan era inteligente y a los hombres les gustaba oírse a sí mismos, así que ¿por qué no mimarlo un poco? Alan sacó un grueso volumen de su librería y empezó a gesticular con el volumen en la mano, pues el libro era lo que avalaba su tesis. De manera inconsciente, daba un golpecito al libro después de cada frase y puntualizaba sus teorías a fuerza de repetirlas. Podría haber sido un excelente profesor, pensó Ellen, pero la escuela nunca había sido su lugar favorito.
—¿El examen va a ser de preguntas largas o tipo test? —preguntó ella, esbozando una sonrisa.
—Lo siento, ¿quieres que lo deje?
—No, solo estaba de broma. —No lo estaba.
—La naturaleza lleva siglos tratando de hacer desaparecer a los seres humanos de la faz de la tierra —continuó Alan—. ¿Sabías que al final de la primera guerra mundial hubo una gripe pandémica? Una vez que se propagó, acabó con la vida de unos veinticinco o treinta millones de personas en todo el mundo, puede incluso que más, y además de una forma vertiginosa. Llegó y se fue en un solo año. ¿Te acuerdas de la gilipollez del SRAS y de todas esas mascarillas de gasa que llevaba la gente? ¿Recuerdas que todo el mundo tuvo el aspecto de Michael Jackson durante un par de meses? Pues lo mismo ocurrió durante la gripe pandémica, y podían multarte si no cumplías las ordenanzas relativas a dicha enfermedad. Eran tantos los que estaban estirando la pata que había escasez de ataúdes, de personal en las funerarias y de enterradores. Con el paso del tiempo, creo que el sida habría superado a la gripe en número de muertos, pero todas esas enfermedades fueron los preliminares de lo que está sucediendo ahora. La enfermedad actual es aquella de la que la humanidad no va a salir victoriosa.
Ellen se limitaba a mirar por la ventana.
—No, supongo que no, aunque puede ser.
Alan esbozó una sonrisa y negó con la cabeza. El hecho de que hubiera cabida para una mínima dosis de optimismo lo dejó helado. Sintió una punzada de envidia, y luego una más intensa provocada por el hambre. Salió de la habitación y se marchó para la cocina, algo que Ellen ni siquiera advirtió; parecía estar en una especie de trance. Era probable que su breve diatriba acerca de la muerte no hubiera sido una buena idea. Ellen no había ido allí para escuchar una disertación. En fin, a lo hecho pecho, de todas formas Alan ya no podía enmendarlo. Abrió un armario, cogió una lata de carne de cerdo con alubias y sacó el abrelatas del cajón de los cubiertos. Después de lamer hasta el último ápice de la tapa, sirvió con una cuchara dos raciones iguales en dos platos, antes de emplear el abrelatas para quitar la tapa del fondo y chuparla hasta dejarla reluciente. Más tarde, sacó unas tijeras de podar metálicas, cortó la lata de arriba abajo y, meticulosamente, abrió el cilindro, con cuidado de no cortarse, antes de pasarle la lengua al interior y dejarlo como una patena.
—Aquí no se tira ni lo que se cae —como solía decirse.
Al volver al salón, que hacía las veces de estudio, vio que Ellen estaba tumbada en el suelo con los ojos cerrados. Al principio, Alan pensó que la charla sobre la muerte había acabado con ella, pero comprobó que su caja torácica se elevaba con cada leve respiración. ¿Se habría desmayado?
—¿Ellen?
—¿Mmmm?
—¿Te apetece comer algo?
Ellen se irguió y asintió con la cabeza con aspecto de adormilada. Parecía estar colocada. Permaneció sentada en el suelo, aceptó el plato de alubias, y ambos comenzaron a comer lenta y silenciosamente. A excepción de los zombis, ya nadie devoraba la comida. Cuando dejaron los platos limpios, Alan los volvió a llevar a la cocina. Lavar los platos era cosa del pasado, así que los limpió con el dobladillo de sus pantalones cortos. En lo que a limpieza se refería, no podía hacerse mejor. Chúpate esa, Departamento de Sanidad.
Cuando volvió, Ellen estaba desnuda en el sofá de espaldas a él. La postura de su cuerpo era un desnutrido homenaje al clásico lienzo de Ingres, La gran odalisca. Incluso se había envuelto la cabeza con una toalla, pero en lugar de tener en la mano el abanico con plumas de la modelo de Ingres, sujetaba un matamoscas.
—¿Quieres inmortalizar algo con vida? —le preguntó ella—. No me queda mucha, pero algo tengo todavía.
Alan recordó el dibujo de Ellen del que se había deshecho de una forma poco afortunada y el insano trato que había hecho con Eddie. ¿Por qué no lo habría quemado? En cualquier caso, no se trataba del dibujo, sino de proteger a Ellen de los malvados cotilleos de Eddie. No obstante, ¿estaba Ellen preparada para ver una representación fiel de ella misma? Ese era el mayor problema. Alan había tirado ese dibujo, porque pensaba que podría herir su sensibilidad. ¿Cómo debería proceder? Cuando había hecho retratos de, cómo decirlo, las personas estéticamente difíciles que había conocido, siempre las embellecía un poco, es decir, las favorecía en la medida de lo posible, pero manteniéndose bastante fiel al modelo y, cuando entregaba la obra, el interesado siempre parecía quedar complacido. Sin embargo, Ellen, con el grado de deterioro que sufría, probablemente se daría cuenta de un ardid tan caballeroso, por lo que era más recomendable retratarla con realismo.
—De acuerdo —dijo Alan, mientras recogía del suelo un bloc y un lápiz de terracota de la marca Conté.
—¿No prefieres hacerme un cuadro? —le preguntó Ellen.
—Bueno, un dibujo sería más rápido.
—¿Acaso tienes que irte a algún otro sitio?
—Buena observación.
Alan abrió una caja de madera maciza con pinturas que había pertenecido a su abuelo. A continuación, colocó sus pinceles, con las cerdas hacia arriba, en un frasco que tenía a mano y seleccionó un pincel de pelo de cerdo y otro redondo de la misma clase para representar la estructura básica en un diluido color siena oscuro. Ya tenía un lienzo preparado y grapado a un tablero de los que se ponen en el regazo, ya que los bastidores para caballete se habían convertido en un dulce recuerdo. El lienzo, con su capa de aguada seca de color gris azulado, estaba apoyado sobre una base bastante pequeña, pero tendría que apañárselas, como ocurría con todo, dada la escasez de suministros. Alan nunca quiso ser un miniaturista, pero no le quedaba más remedio.
A medida que Alan bosquejaba la estructura del retrato de Ellen, mediante pequeñas pero firmes pinceladas, estudiaba su cuerpo en profundidad. Eran más o menos las diez y media de la mañana y la luz en ese rincón del apartamento era algo difusa, ya que el sol estaba entrando por el este. Para cuando los rayos del sol incidieron sobre la avenida York y comenzaron a proyectar una luz directa en el interior de la habitación, ya había sombreado la estructura. Todavía habría buena luz durante un par de horas. A medida que la iluminación cobraba intensidad, lo mismo ocurría con los relieves del cuerpo de Ellen, mientras el sudor brillaba en cada una de sus marcadas vértebras y costillas dorsales, así como en sus abultadas caderas. Aunque estaba escuálida, la esencia de su antigua belleza continuaba siendo evidente, por lo que cabía la posibilidad de que ese cuadro fuera halagador y fiel al mismo tiempo.
—¿Me das un vaso de agua? —le preguntó Ellen, rompiendo lo que Alan supo que habían sido varias horas de un completo silencio.