Paria Z
Capítulo 25
—Había olvidado lo reconfortante que puede llegar a ser lo trivial —dijo Alan, cuando apagaba el pequeño reproductor de deuvedé portátil. Había estado viendo varios episodios seguidos de Apartamento para tres—. Qué serie tan estúpida. ¿Por qué tenías esto en tu librería?
—Era de Mike, le encantaba John Ritter.
Alan se volvió a sentar, sintiéndose algo mal por haber vilipendiado la serie, aunque era mala de verdad, pésima, vamos. Quizá a Mike le provocara nostalgia. Muchos chicos la veían, junto a La mujer maravilla y, por supuesto, Los ángeles de Charlie, y todo para meneársela, aunque a Alan las mujeres estúpidas nunca le habían parecido sensuales, y Suzanne Somers encarnaba la estupidez en grado superlativo. Verla y empalmarse habría supuesto la carga emocional de tener una erección con una retrasada calentona.
Alan dirigió su mirada a Ellen, quien estaba haciendo un crucigrama. La escena parecía extrañamente tranquila, reconfortante. Resultaba difícil conciliar esa imagen de tranquilidad doméstica con la multitud de marionetas de carne vivientes que deambulaban por las calles. Ellen había ganado algo de peso y se parecía más a la de antes, o lo que es lo mismo, estaba muy atractiva, pero ¿para qué? La llegada de Mona había supuesto el aplazamiento del cumplimiento de la sentencia, pero no la revocación definitiva. Vale, tenían algunas comodidades, como alimentos y luz por las noches, y Alan estaba limpio, afeitado y bien acicalado, así que, cuando le llegara la hora de morir, dejaría un bonito cadáver o, al menos, constituiría un atractivo primer plato. Hacía solo un rato, se había sentido reconfortado por una estúpida serie cómica, pero en ese momento se sentía como si nada tuviera el más mínimo sentido. El hecho de haber visto el trajín de la antigua vida de Jack Tripper, Chrissy Snow y Janet Wood solo había logrado amplificar el horror de la cruda realidad. Alan pulsó el botón de eyección y volvió a guardar el disco en su funda, jurando que no volvería a visitar el soleado valle de las risas enlatadas. Enervado, se dirigió a la ventana para absorber una buena dosis de realidad.
—Esa serie tenía algo de divertida —dijo Ellen, levantando la mirada de su libro de crucigramas.
—Era horrenda —dijo Alan.
—Creía que acababas de decir que era reconfortante.
—Sí, bueno, no me he expresado bien. Demándame si quieres.
—Qué gracia. —Cuando Alan no le preguntó qué era lo que le hacía gracia, Ellen continuó hablando—. Fíjate en una de las pistas de este crucigrama: «Señorita ThighMaster de Apartamento para tres». ¿No es una coincidencia graciosa?
—Para troncharse de risa.
—El mar humor puede ser muy contagioso, sobre todo en espacios cerrados.
—¿Me estás diciendo que me vaya?
—No, no tergiverses mis palabras. Lo que te estoy diciendo es si hay algo que pueda hacer para animarte. —Ellen se levantó de la mesa y empezó a desabotonarse la blusa, pero Alan se dio media vuelta.
—No todo se arregla con sexo —dijo entre dientes.
—Pues hubo un tiempo en el que sí.
—Sí, pero son tantos hubos. También hubo un tiempo en el que Manhattan no era un descomunal cementerio plagado de cadáveres demasiado estúpidos como para mantenerse en pie. Hubo un tiempo en el que podíamos salir a la calle y pasear sin tener que preocuparnos de que nos devoraran. Hubo un tiempo en el que…
—Muy bien, perfecto, ya lo he pillado —dijo Ellen con brusquedad, mientras se abrochaba los botones—. Mira, no tengo ganas de bronca, ¿vale? ¿Por qué no te vas a tu apartamento a dibujar o hacer lo que sea? Quizá te venga bien un paseo. —Alan levantó una ceja, pero antes de que tuviera tiempo de decir algo sarcástico, Ellen añadió:
—Por la azotea o por el vestíbulo. Anda, vete un rato.
—Creía que ahora este era mi apartamento.
—No tiene por qué serlo —dijo Ellen y, de inmediato, Alan se arrepintió de haberse mostrado tan impertinente.
—Lo siento —dijo él, pero Ellen le hizo una señal para que se marchara, indicándole la puerta—. De verdad, no era mi intención molestarte. Lo siento.
En el rellano, Alan permaneció mirando la puerta cerrada. Una riña doméstica, pensó. Qué banal, aunque no tiene nada de reconfortante. ¿Podría Jack guardar la falsa apariencia de un acicalado homosexual, manteniendo al Señor Roper siempre a raya? ¿Podría Chrissy llevar un suéter todavía más escotado, pero no hasta el punto de que los censores de la cadena se negaran a emitirlo? ¿Podría Janet decir alguna perogrullada sentenciosa que solucionara su dilema de una vez? ¿Podrían Ellen y él fingir que eran una pareja feliz, cuando todo lo que les rodeaba era completamente deprimente?
No os perdáis los siguientes episodios.
Karl estaba sentado en su apartamento de paredes desnudas.
Además de las fotografías de chicas de calendario, había arrancado los pósteres de los semidioses del heavy metal. «Amarás a Dios sobre todas las cosas». Desde la llegada de Mona, había reconsiderado sus deseos y valores laicos, y lo único que sentía era vergüenza. El hecho de que hubiera querido acostarse con ella era algo que tendría que mantener en secreto. Afortunadamente, no había contado sus impuros deseos a nadie, y menos aún a ella. Durante las últimas semanas, había sido testigo del desinterés de la chica, así como de la forma en que se movía entre la hambrienta muchedumbre que deambulaba por las calles sin sufrir daño alguno.
Karl ni creía ni dejaba de creer en la doctrina del arrebatamiento. Los seres vacíos que arrastraban los pies por las calles no habían sido «dejados atrás», al menos, eso no era lo que se suponía que tenía que pasar, aunque puede que sí lo hubieran sido. La Biblia y la profecía de la Biblia estaban abiertas a distintas interpretaciones. Él pensaba que, si no ascendías al Cielo, te quedabas en un lugar muy desagradable, que era la Tierra, para vivir el resto de tus días aguardando el momento de ser trasladado al infierno. ¿Dónde encajaban esas criaturas del exterior en los planes de Dios? Karl recordó algunos versículos de los corintios: «La muerte ha sido tragada por la victoria» y «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?». La victoria y el aguijón de la muerte eran bastante evidentes a los ojos de Karl.
Si a Karl no le fallaba la memoria, en la batalla del Armagedón, todo aquel que no fuera creyente sería asesinado brutalmente. ¿Serían esos los zombis? Eran demasiados no creyentes. Quizá esas criaturas fueran las carcasas de las personas rectas que habían ascendido al Cielo, como si se tratara de lo más novedoso en reciclaje. Esos cuerpos terrenales que habían dejado de ser necesarios se estaban aprovechando ahora para castigar a los infieles que quedaban en la tierra, él y sus vecinos. Supuestamente, después de la batalla del Armagedón, Satanás sería derrotado y Jesucristo establecería un reinado mesiánico en la tierra de mil años en Jerusalén. Karl se desplomó, parecía una idea tan descabellada, aunque aun así, volvió a mirar por la ventana. Los seres humanos se comían entre ellos o, al menos, las criaturas que lo habían sido devoraban a los que quedaban.
Karl recordó la parodia del tema People de Barbra Streisand.
«Gente. Gente que se come a gente,
es la más asquerosa del mundo…».
Las personas solían lamentarse de su mala suerte o del día tan insoportable que habían tenido y, a veces, intentaban comparar un mal día de trabajo con las penalidades del santo Job. Sin embargo, el hecho de tener un jefe desagradable era difícilmente equiparable. El trabajo era un asco, pero ser Job debía ser aún peor, aunque a pesar de todo siguió amando a Dios. Quizá se tratara de la Tribulación, en cuyo caso, Karl no había visto la luz hasta que fue demasiado tarde. Se preguntó si en realidad sería demasiado tarde, sin duda lo era para los cabezas huecas que vagaban por las calles, pero Karl aún sentía que su corazón continuaba amando a Dios. Se suponía que Dios era un ser misericordioso, aunque los hechos parecían contradecir dicha tesis.
Los sentimientos de Karl hacia el Gran Manfred también habían cambiado.
«Honrarás a tu padre y a tu madre». Aunque Manfred Stempler hubiera sido una persona estricta y cruel, era probable que Karl no hubiera entendido que todo lo hacía con el único propósito de convertir a sus hijos en unos adultos ejemplares. Karl deseaba tener una Biblia, pero le daba vergüenza pedírsela a sus vecinos, además, lo más probable es que fueran paganos. Alan solo tenía novelitas de ficción y era un ateo confeso. Ellen, ¿quién sabe? Probablemente sería, como mucho, agnóstica. Los Fogelhut eran judíos, lo que no tenía nada de malo. Los judíos, solía decir el Gran Manfred, eran solo cristianos imperfectos. ¿Eddie y Dave? Sodomitas. Es posible que Dabney fuera distinto, pero estaba claro que ninguno de los demás. Quizá pudiera pedirle a Mona que le trajera una Biblia en uno de sus viajes entre los impuros, si no era mucho pedir.
Karl se sentía inmensamente confuso. Mona podía caminar entre los muertos vivientes, ¿acaso no era como un milagro de los que aparecen en la Biblia? ¿Sería una enviada de Dios? Su constante serenidad parecía denotar unas características sublimes. ¿Estaría empapada del Espíritu Santo? Sin embargo, Karl había oído sus canciones. Ella escuchaba a Evanescence; lo había comprobado con sus propios oídos. Eran una banda cristiana, ¿no?, ¿o solo lo eran a medias tintas? Quizá solo fueran espirituales. En cualquier caso, también había oído que escuchaba a los Black Sabbath, ¿qué quería decir eso entonces? ¿Qué sentido tenía todo eso?
—¿Dios, estás ahí? Soy yo, Karl. —Entonces hizo una mueca. ¿Sería una blasfemia parafrasear a Judy Blume en un momento de crisis espiritual?—. Bueno, perdona mi humilde súplica, pero es que he perdido algo de práctica. Borra eso, mucha práctica. Estoy confuso. Nunca he dejado de creer en ti, pero hay tantas cosas que no comprendo y que creo que no llegaré a comprender nunca. De verdad. Lo siento, estoy tratando de ser pretencioso, y es un error, aunque mi súplica es sincera. Discúlpame, intentaré hablar sin grandiosidad ni nada de eso. Uf, esto no me está saliendo nada bien. Mira, sé que he tenido muchos pensamientos impuros, pero he hecho acto de contrición, ¿vale? —Sus pensamientos se remontaron a toda velocidad a la foto de Lourdes Ann Kananimanu Estores (Miss Junio de 1982) que había guardado en secreto en el cajón de su tocador. Su tesoro en caso de emergencia—. No quiero desterrar a Lourdes Ann. Por favor, tiene que haber algo bello en mi existencia. Llevo semanas sin masturbarme. ¿Acaso la castidad no sirve de nada? No es que quiera hacer méritos… Pero no habrías creado a una mujer tan perfecta como Lourdes Ann, si no fuera para admirarla, ¿no?
Karl levantó su mirada hacia el techo y observó que una larga grieta lo recorría en diagonal de una esquina a la otra, bisecando el espacio encalado con yeso. El simple hecho de mencionar a Miss junio de 1982 inundó su mente de pensamientos impuros. No, no. Bórralos de tu mente, lucha contra la tentación, aunque ¿para qué molestarme? De todas formas, ya estoy condenado, ¿no es así?
Karl se acordó de la serie de novelas Dejados atrás, y de sus rectos y virtuosos autores, en particular del mayor y especialmente repugnante, Tim LaHaye, cuyo nombre sonaba parecido a LaVey, a Anton LaVey. Eran dos caras de la misma moneda. Cuando Karl llegó a Nueva York por primera vez, creyó que Anton LaVey era un tío guay. Tenía el aspecto perfecto, con esa cabeza como una bola de billar y su puntiaguda perilla. Era el máximo representante de la Iglesia de Satán y el autor de la Biblia satánica. Era guay. Bueno, quizá no del todo. En cualquier caso, mejor que Tim LaHaye. Ese tipo había ayudado a Reagan a subir al gobierno, y luego durante su presidencia. Incluso se parecía físicamente a él. ¿Se trataba de una especie de narcisismo extravertido? ¿Acaso eso no era pecado? Uno de los motivos por los que Karl le había dado la espalda a la iglesia era que todos sus defensores a ultranza parecían ser una pandilla de corruptos, mangantes y dementes. El clero, los evangelistas, los propagandistas; ninguno de ellos le parecía ser tan santo.
Karl manoseaba el único regalo tangible del Gran Manfred. Su padre había insistido en que lo aceptara, antes de que se marchara a Nueva Sodoma: una pistola Smith & Wesson Modelo 910S 9 mm. Karl no la había sacado de la funda, desde que llegara a Nueva York, pero en ese momento la sujetaba entre sus manos. Era una sensación extraña, sin embargo, era el único objeto de su propiedad que su padre había tocado, y no se trataba de una cruz, sino de una pistola. Ellen tenía razón, sería inútil emplearla contra esas criaturas del exterior. Karl recorrió con el dedo la boca del arma, suspiró y volvió a guardarla en su funda forrada de goma espuma. Las armas no eran lo suyo.
Si Eddie descubriera alguna vez que tengo esto… Karl apartó ese pensamiento de su mente.
Se levantó de la cama, volvió a colocar el arma en el cajón de los calzoncillos y salió al vestíbulo, justo cuando Mona bajaba de la azotea, meneando la cabeza como de costumbre. Los rayos del sol iluminaban las escaleras a través de la puerta abierta y la claraboya, envolviéndola en un cegador brillo de color blanco. Él se puso colorado y bajó la cabeza.
—¿Necesitas algo? —le preguntó ella, al tiempo que se quitaba un auricular.
—Bueno, jolín, la verdad es que me da vergüenza pedírtelo.
—¿Crema para las hemorroides?
—¿Cómo?
—El colega de la azotea me la ha pedido.
Karl forzó una sonrisa.
—No, no, lo que quiero es una Biblia. La del Rey Jaime o la Nueva Versión Estándar Revisada, cualquiera, no me importa, siempre que sea una Biblia oficial. Tampoco quiero que te tomes demasiadas molestias. —Mona lo anotó en su cuaderno, pero sin mostrar reacción alguna—. Quiero repasarla un poco para ver si puedo encontrarle algo de sentido a lo que está pasando ahí fuera.
—Ajá.
—Quiero decir, quizá haya llegado el fin del mundo. —Karl expresó la frase a modo de pregunta, con la esperanza de despertar el interés de Mona—. Ya sabes, como lo que dice la Biblia o el Apocalipsis.
—Ajá.
—Muy bien —dijo Karl, mientras sonreía y se encogía de hombros—. Supongo que eso es todo por el momento.
Cuando Mona comenzó a bajar las escaleras, Karl quiso saber qué música estaba oyendo.
—Oye, Mona —dijo gritando para que pudiera oírlo con el machacón ruido de sus cascos. Ella se detuvo al pie de las escaleras y miró hacia arriba, mientras volvía a quitarse uno de los auriculares—. Este…, Mona, solo quería saber qué estás oyendo.
—A Ministry.
—Ah. Este… ¿qué canción?
—Jesus Built My Hotrod [1]
—Ah, vale gracias.
Ella asintió con la cabeza y continuó bajando las escaleras.
Karl se sentía cada vez más confuso.
—¿Todavía te sientes deprimido? —le preguntó Ruth, pero la incredulidad empañaba todos sus intentos por mostrarse comprensiva—. Dios mío, Abe, sácate eso ya de la cabeza.
—«Sácate eso ya de la cabeza», dice. Esto es increíble. Me acusa de faltar a mis obligaciones, me acusa de haberme quedado obsoleto y ahora va y me dice: «sácate eso ya de la cabeza». Quizá sea un hombre más joven el que deba ocuparse del puesto de centinela, porque es posible que yo no sea el más indicado para estar pendiente de la luces del campanario.
—¿Qué campanario?
Abe comenzó a recitar entre dientes el poema La cabalgata de Paul Revere:
—«Una si vienen por tierra, y dos si vienen por mar; y yo desde la otra orilla estaré…».
—Ya empieza a divagar, no sé ni por qué me preocupo.
Ruth salió de la habitación arrastrando los pies y volvió al dormitorio. Perfecto, pensó Abe. Ni que yo necesitara que una vieja bruja encorvada minara los últimos vestigios que me quedan de hombría. Se sentó en su puesto, con una taza de café en la mano (ni caliente ni fría, sino a temperatura ambiente) y comenzó a mirar por la ventana, a la espera del regreso de Mona, con un radioteléfono guardado en el bolsillo de la camisa. Maldito fuera si le daba a Ruth la satisfacción de pillarlo haciendo el vago dos veces.
—«Más abajo, en el cementerio, yacen los muertos —siguió recitando Abe, con una cadencia propia de un colegial—, en el campamento nocturno en la cima de la montaña, estaba envuelto en un silencio tan sepulcral, que podía oír, como los pasos de un centinela, a la vigilante brisa nocturna, a medida que pasaba, arrastrándose de tienda en tienda, y parecía susurrar: “¡Todo está bien!”». Sí, claro, todo está bien, por los cojones. Dios mío, ¿qué puta poesía habría escrito Longfellow acerca de esta asquerosa situación? —Abe se reclinó en su asiento y se preguntó si habría alguien en alguna parte que estuviera escribiendo poesía acerca de la realidad del momento, en cuyo caso, la obra sería horrible, como todo lo demás durante el último cuarto de siglo.
«Más abajo, en el cementerio, yacen los muertos».
Abe se inclinó hacia delante para observar a los muertos, bueno más bien, a los muertos vivientes. ¿Cuánto tiempo seguirían deambulando? Comían cuando podían, que, por suerte, era algo bastante poco frecuente. ¿Acaso sus reservas de energía eran inagotables? Parecía bastante improbable. Esas criaturas seguían y seguían, como el estúpido conejito de Duracell, sin que ninguna de ellas cayera desplomada por el agotamiento. Es de imaginar, pensó Abe, que al final todos caerán y lo peor habrá pasado. Está claro que habrá mucho que limpiar, pero eso es lo de menos. Así y todo, al igual que me ha ocurrido a mí, durante vuestras vidas habíais estado convencidos de muchas cosas. Creíais que la muerte era lo peor que os podía pasar y que los muertos seguirían estándolo, creíais que ponerse gravemente enfermo o quedarse sin las prestaciones de la Seguridad Social sería lo peor que os podía ocurrir en la vejez, pero estabais equivocados. Sin embargo, aunque equivocarse fuera lo mejor de la vida, Abe estaba hasta la coronilla de las malas elecciones y de los arrepentimientos.
—A vosotros, cabezas de chorlito, os ha salido bien la jugada, ¿lo sabíais? —le gritó Abe por la ventana a la multitud que se encontraba debajo—. No tenéis ni una sola preocupación, ¿eh? ¿Es que ya no pensáis en nada? ¡Es probable que no! Menudo chollo. Vaya una suerte, hijos de puta. ¡Ya ni siquiera necesitáis una televisión! ¡Escuchad, se me acaba de ocurrir algo! ¡Estamos viviendo el final de la escala evolutiva y por fin se ha llegado al hombre perfecto del siglo veintiuno! ¡Con la cabeza hueca! ¡Sin una sola preocupación! ¡Sin trabajo, aunque activo, sin rumbo fijo, sin otra cosa que hacer que disfrutar de su dulce existencia, y siendo despiadado, siempre que se le brinda la oportunidad! Oye, Darwin, tú, chupapollas, ¡mi enhorabuena! —Abe comenzó a reírse, mientras daba puñetazos al astillado alféizar de pizarra, haciéndole un flaco favor a sus maltrechos huesos.
En el otro extremo del apartamento, Ruth cerró la puerta del dormitorio lentamente, a fin de amortiguar los irritantes desvaríos de su esposo.